Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 6
Ya estoy. No te muevas de aquí. Yo te lo arreglaré todo. Torquemada está á dos pasos, calle de Tudescos... Me parece que llevo bastante... género. (_Mostrando varios estuches envueltos en un pañuelo._) Llevo los tres solitarios, el collar de perlas, los pendientes, la mariposa de brillantes... Con esto creo poder llegar á las trece mil pesetas. Si no es bastante, Valentín me dará lo que falte, prometiendo llevarle alguna alhaja más.
FEDERICO.
Haz lo que quieras. Te pintas sola para estas cosas. Aquí te aguardo.
LEONOR.
Si viene el Marqués, no me le entretengas, á ver si se larga. Dices que no me has visto, que cuando llegaste ya había salido yo. Si le hablas del crimen ese, te advierto que es _Cuadradista_ rabioso, y que quiere ahorcar á todo el género humano, menos á la madrastra. Dale por ahí mucho jabón. Si cuando yo venga está él aquí, salúdame como si no me hubieras visto hoy. Ya buscaré un pretexto para escaparnos, dejándole en el chiquero.
ESCENA VI
FEDERICO, _solo, paseándose_.
¿Esto qué es? ¿Es la mayor de las degradaciones, ó acaso hay en esta amistad algo de bien moral, tan legítimo como lo más legítimo que en el mundo existe? ¿Es cierto que acepto estos auxilios en reciprocidad de otros prestados por mí, y es cierto que no encuentro en ellos nada de vergonzoso? Escudriño en mi conciencia llena de susceptibilidades, y ningún remordimiento descubro por tales actos. Busco y revuelvo más, y mi orgullo no parece por ninguna parte. Anda huído por los rincones y escondrijos del alma. ¿Será que el tal orgullo es ley tiránica ante la sociedad, y todo licencia y anarquía para las acciones desconocidas de la gente? Entonces, el culto de la dignidad será, ni más ni menos, el arte de no dejar traslucir nuestro rebajamiento... Hay en mí dos hombres: el Federico Viera que todo el mundo conoce, y el amigo de _La Peri_. ¿Cuál es el verdadero y cuál el falsificado? Me marea esta duda, y no sé qué pensar de mí. (_Pausa. Trata de ordenar sus ideas._) ¿En qué consiste que cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es venir á contárselo á esta mujer? Para todos es ella el vicio, el embuste y la dilapidación; para mí es como un apoyo moral... Me espanto de decirlo. ¿Acaso le tengo amor? No; no es eso, porque sus amantes no me infunden celos. Amistad es, sí, y de las más atractivas. ¡Enigma tremendo! ¿Por qué me inspira esta mujer una confianza que no siento por ninguna otra?... (_Herido por un recuerdo._) ¡Ah!, ya no me acordaba. Esta tarde, entrevista con Augusta. Parece que la idea de la cita ha brotado en mi mente con un ligero chispazo de disgusto. ¿Qué significa esto? ¿La quiero, sí ó no? No puedo dudar que me interesa, y no obstante, desearía que ella se cansase y me propusiese el rompimiento... Pero no lo hará. Mujer soñadora y altanera, tiene entusiasmo, la exaltación temeraria de las almas de complexión robusta. Bien sabe Dios que no quisiera lastimarla. Me gusta, me ilusiona, me embriaga á ratos; pero no me inspira la dulce familiaridad con que estoy ligado á esta bribona de Leonorcilla. La otra pertenece á la sociedad, y ante ella, por una serie de actos maquinales, me revisto de mi orgullo, me lo pongo (_haciendo ademán de vestirse_) como me pondría el frac. Soy su amante, su amigo no. Por nada del mundo le confiaría los abrumadores aprietos en que me veo una semana sí y la otra también. Por nada del mundo admitiría de ella lo que admito de esta pobrecilla y despreciada _Peri_. La quise y la seduje por estímulos obscuros de la imaginación y de los sentidos, y por ella he faltado á la consideración que debo á un amigo. ¿No es esto más villano que empeñar las alhajas de _La Peri_ para pagar mis deudas? (_Con rabia._) Y sin embargo, el mundo no lo ve así. Por lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían de saludarme; por lo otro me envidiarían... (_Agitadísimo._) Lo indudable para mí es que con unas y otras cosas, la vida se me va haciendo muy pesada y me cuesta ya trabajo cargar con ella. No hay en mi existencia un rato de tranquilidad, y adondequiera que me vuelvo, doy con mi cara en un poste. Y para acabar de anonadarme, viene mi padre, como llovido, á turbar más mis ideas y á ponerme en el disparadero. Porque, no tengo duda, el objeto de este viaje es un bien combinado ataque al bolsillo de Orozco. ¡Esto me faltaba! (_Pateando._) Luego la casquivana de Clotilde... No, no soporto tanta mengua. No puedo más; mi resistencia se acabará pronto. (_Se sienta. Larguísima pausa._) Ya, ya sé la cantinela de Augusta esta tarde. Me parece que la oigo: que desea regenerarme; que debo pensar en vivir de un modo regular; el estribillo de la última tarde que nos vimos. Y para eso me ofrecerá sus riquezas. ¡Qué oprobio! ¡Aceptar tal cosa, vivir y vivir bien con la fortuna del hombre á quien ultrajo! Esto no lo haré yo jamás. Prefiero mil veces pedir públicamente delante de todos mis amigos cinco duros á _La Peri_, y tomarlos sabiendo que ella los sustrae del bolsillo de sus amantes; prefiero esto á recibir de la mujer de Orozco esos medios de vida honrada que me ofrece. ¡Vaya una honradez! Antes me ganaría yo la vida con los oficios más vergonzosos, en esta casa ó en otra cualquiera, envileciéndome, pero sin engañar á nadie... (_Vuelve á pasear._) ¡Cuánto tarda Leonor! Si no viene pronto, creo que enloqueceré. No puedo estar solo. Necesito compañía constante. ¿Pero á quién descubrirme totalmente? ¿Cómo contarle á la otra lo que hoy he hecho? ¿Cómo decirle: «tengo una amiga del alma, una socia moral, que hace los mayores desatinos por librarme de las uñas de mis acreedores»? En cuanto yo le refiriera esto, ¡buena se pondría! ¡Qué escenita de celos y recriminaciones! No, entre Augusta y yo, las dulzuras inefables de la confianza no pueden existir. A Leonor sí le confío lo que es de cierto orden, mis deudas, mis apuros. Ella lo siente, lo comprende, y me conforta y me da la mano cuando voy á hundirme. ¡Compañerismo misterioso! Pero si le declarara mis relaciones con Augusta, la repugnancia con que miro sus ofertas y la inquietud inmensa que me produce el ultraje á Orozco, de seguro no lo comprendería, ni sabría consolarme. De modo que á una y á otra he de ocultarles algo; con ninguna puedo tener la comunicación plena y total, consuelo del alma... Mi vida ha venido á dividirse en dos esferas irreconciliables. Tengo que seguir en esta incertidumbre, partiendo el alma sin poder darla entera á nadie, y ni amiga ni amigo encuentro que me ayuden á soportar todo el peso de tristeza que llevo sobre mí. Adelante con él; iré hasta donde pueda... Me parece que ya viene Leonor, este diablillo de bondad.
ESCENA VII
FEDERICO, LEONOR.
LEONOR, _entrando presurosa_.
Hecho todo. Dame un abrazo... en premio de mi virtud.
FEDERICO.
Ahí va. (_La abraza y la besa._) Tu virtud, sí. No creas que has dicho una broma.
LEONOR.
Basta de matemáticas, ó sea de agradecimiento. No dirás que he tardado mucho. Fuí á casa de ese puerco de Torquemada, y desde la puerta me volví... Se me ocurrió que era imprudencia retirar yo misma los pagarés. Podría contarlo el muy tuno, y tus amigos creerían horrores de ti; que yo te pago las trampas.
FEDERICO.
Has tenido una feliz idea. No había yo pensado en eso. De modo que...
LEONOR.
Te traigo los santos cuartos para que tú mismo vayas á casa de ese judío. Échate pronto á la calle, y á ver dónde nos reunimos luego para almorzar juntos...
FEDERICO, _tomando el dinero_.
Donde tú quieras. Estoy á tus órdenes.
LEONOR.
¡Ah! ¿No ha venido el Marqués ni ningún otro de esos cataplasmas?
FEDERICO.
No ha venido nadie.
LEONOR.
De buena lata te has librado. Mira, _chiquío_, conviene que tomemos soleta antes que se nos plante aquí algún punto fuerte.
FEDERICO.
Sí; ¿te parece que almorcemos en un sitio reservado, en un bodegoncito, donde nos sirvan cordero ú otro plato español de los que á ti tanto te gustan?
LEONOR.
¡Ah, pillastre! Te avergüenzas de que te vean conmigo, y buscas un sitio solitario para esconderte. Bien; iremos á casa de Botín, el de la Cava.
FEDERICO.
No; es que...
LEONOR.
Te veo, besugo... Tu señora, quienquiera que sea, estará celosa, y puede que te ande buscando las vueltas.
FEDERICO.
No es eso, tonta. Pero no nos detengamos.
LEONOR.
A la calle. (_Cantando._) ¡Españoles, venid! Nos separaremos en el portal, y luego, fíjate bien, te espero en la Plaza Mayor. No me des plantón.
En la escalera.
FEDERICO.
¡Quita, pues no faltaba más!...
LEONOR.
¡Ah!, me olvidaba de contarte... ¿Sabes á quién me encontré ahora? Al abuelo Cisneros. ¡Qué terne está! Me paró y me dijo que fuese á verle. Mira tú, á ese tío marrullero le sacaría yo de buena gana diez mil realetes para dártelos á ti... No seas tonto y no pongas esa cara. ¡Vaya! Lo que ya hice una vez, ¿por qué no repetirlo ahora?
FEDERICO, _contrariado_.
Por Dios, Leonor, que se te quite eso de la cabeza.
LEONOR.
¿Escrupulitos tenemos? ¡Qué tonto te me has vuelto, chico! Déjame á mí, que entiendo el tinglado del mundo mejor que tú. ¿Para qué quiere tanto dinero ese viejo chinche, más malo que la sarna? Nosotras somos las repartidoras de la riqueza y niveladoras de las fortunas mal distribuidas. No, no te rías. Cisneritos me tiene que pagar la última que me hizo, cuando me prometió el tapiz y luego se llamó Andana. Se la guardo, sí, porque es la única persona que me ha engañado en este mundo. Déjale venir, tonto, y como yo le dé unos cuantos pases, el tapiz es mío, y luego lo empeñamos si nos hace falta dinero, ó lo vendemos si te conviniere...
FEDERICO, _con hondo disgusto_.
Leonorilla, no me mezcles á mí en esas historias...
LEONOR.
¡Ay, qué guasa! El diablo harto de carne...
FEDERICO.
No es que me meta á fraile, sino que... Cállate, cállate.
LEONOR.
¿Pues sabes lo que se me ocurre en este momento? Que yo, preparando con tiempo una combinación, podría agenciarte, en el golfo que jugamos en casa por las noches, alguna cantidad gorda.
FEDERICO, _apartándose de ella_.
¡Qué ignominia! Me causa horror tu proposición.
LEONOR, _con calma bonachona_.
Pero qué, ¿tu tranquilidad no vale una trampa?...
FEDERICO, _aterrado_.
Ni en broma me lo digas... ¡Si esto lo oyera alguien! ¡Si esto se supiera...!
LEONOR.
¡Pero como nadie lo ha de saber!... El honor y el deshonor dependen de que las cosas se sepan ó no se sepan. De forma y manera que si lo que debe quedar secreto quedara siempre, esas palabrillas, honor y deshonor, habría que suprimirlas de la conversación.
FEDERICO.
Filosófica estás... (_Llegan al portal._) Bueno; no nos entretengamos charlando.
LEONOR.
¡Eh, niño!, no vayas á distraerte y á darme un esquinazo. Porque tú las gastas así.
FEDERICO.
Descuida. Seré puntual. (_Se separan en la calle._)
ESCENA VIII
Dos habitaciones comunicadas, pequeñas, puestas con dudosa elegancia. En la de la derecha, sofá, butacas, un secreter, velador con tapete, un entredós con lámpara de bronce, cortinas de seda, chimenea encendida, sobre la cual hay un gran espejo. En la de la izquierda, tocador con colgadura, una silla larga, banquetas de pelouche, armario de luna, lavabo. En el fondo de este gabinete, la puerta que comunica con una alcoba. Es de día.
AUGUSTA, FELIPA.
AUGUSTA, _en la sala de la derecha_, _en pie_, _mirando su reloj_.
Las cuatro y veinticinco. Me retrasé con aquella visita... ¡Qué ansiedad! Yo creí encontrarle aquí. Hoy estaba más obligado que nunca á la puntualidad...
FELIPA, _entrando con una bata_.
¿No se pone la señorita la bata?
AUGUSTA.
No... Pero sí; tienes razón, me la pondré. (_Pasa á la otra estancia. Se quita el abrigo y el sombrero._) Hace mucho calor aquí. No eches ya más leña en esa chimenea, que parece el infierno. (_Para sí._) Pero es tontería pedirle puntualidad. ¡Cuánto me hace padecer! (_Ayúdala Felipa á quitarse el vestido y á ponerse la bata. Después la descalza, poniéndole chinelas de raso, negras.) _Ya estoy cómoda. Ahora sólo falta que venga á las tantas. No, lo que es hoy no se lo perdonaría. (_Alto._) Por Dios, Felipa, ten cuidado con la puerta, para abrir en cuanto sientas el coche. Otra cosa: á eso de las seis te vas á casa de la tía Serafina, y preguntas cómo sigue y qué personas han estado allí. Me harás ahora una naranjada bien cargadita de azúcar. (_Vase Felipa. Augusta se acerca al balcón, y mira á la calle al través del visillo._) ¿Pero por qué tardará tanto este hombre, el primer desocupado de Madrid?... ¡Pobrecillo!, sabe Dios si esos demonios de ingleses le habrán armado hoy alguna trampa de la cual no pueda escapar. ¡Ah!, otro coche por Santa Engracia. Él es... Me lo dice el corazón. (_Atenta al ruido del carruaje. Pausa._) No, no será éste. ¡Qué tristeza! No dobla la esquina... Sigue para arriba... (_Se pasea por la habitación._) ¡Qué rato tan triste este de la espera, de la incertidumbre, del temor de que no venga! (_Vuelve al balcón, y levanta un poco el visillo._) Por la calle solitaria no pasa un alma... El pregón del aguador, que va con el burro cargado de botijos, me suena como un _de profundis_. Pues el machacar de los herreros que hay más abajo, me late en las sienes como mi propia sangre. ¡Ah!, otro coche. ¿Será...? No; por el ruido debe de ser un carromato, de estos de siete mulas, que están pasando media hora. ¡Qué pesadez, qué monotonía y qué sobresalto! (_Se echa en una butaca, la cabeza hacia atrás._) Esperaremos así. El corazón me dice que el primer coche que se sienta en el Paseo será el suyo. ¡Qué silencio ahora!... Otra vez ruido de ruedas; pero lejano, por la Ronda... Si me durmiera, se me haría menos sensible el plantón... Pero lo que yo digo: ¿qué quehaceres tendrá este hombre para...? (_Aguzando el oído._) ¡Ahora, ahora! (_Levántase._) Si no es éste, me entrará la desesperación. Se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche en que viene él, que hace siempre más ruido que los demás. ¡Ah!, gracias á Dios, se para en la esquina... Vamos, ya estoy contenta. Ya sube... Esa Felipa, ¡cómo tarda en abrir!... ¡Felipa!
ESCENA IX
AUGUSTA, FEDERICO.
FEDERICO, _entrando en la sala_.
Perdóname, hija de mi alma, si he tardado un poco.
AUGUSTA.
¿Cómo un poco? Hace media hora que estoy aquí. Ya pensé que no venías. Y como yo me pongo siempre en lo peor, creí que esta tardanza era... la del humo...
FEDERICO.
¡Pero qué calor hace aquí! (_Quitase gabán y sombrero._) ¿Conque la del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (_Se sientan ambos en el sofá._)
AUGUSTA.
Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas ya. A fe que estoy contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita después de las perrerías que me haces.
FEDERICO.
¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus cavilaciones! No, gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu perdis. Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche, cuando me pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La reconciliación ha de venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un agravio.» Esta mañana, al recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».
AUGUSTA.
No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste usted á mis preguntas.
FEDERICO.
¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces tenemos...
AUGUSTA.
Será con su cuenta y razón. Empiezo á preguntar. Primero: ¿por qué has tardado tanto hoy?
FEDERICO.
¡Dale!... Cosas mías; asuntos que no pueden interesarte.
AUGUSTA.
¿Cómo no han de interesarme tus asuntos? ¡Qué herejías echas por esa boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú condenado á la hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma... Yo no debí escribirte hoy. Repito que ha sido una flaqueza mía. ¡Anoche no dormí pensando en tus traiciones!...
FEDERICO, _riendo_.
Pero sepamos cuáles son mis traiciones. No me he enterado de ellas todavía.
AUGUSTA.
Hazte ahora el tonto. Esa mujer indigna, á cuya casa vas con tanta frecuencia...
FEDERICO, _interrumpiéndola_.
Te lo habrá dicho Malibrán, que se dedica á desacreditarme.
AUGUSTA.
Quien me lo dijo, añadió que ese trasto de _La Peri_ tiene gran influjo sobre ti.
FEDERICO, _con frialdad y un poco distraído_.
¡Qué disparate!
AUGUSTA.
Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos pueden ser ó no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.
FEDERICO.
¿Cómo?
AUGUSTA.
Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se aplacarán mis celos, pues queriéndome á mi, no podrás querer á otra.
FEDERICO, _abrazándola con cariño, pero receloso_.
¡Pues si eso te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía, no pienses en infidelidades que sólo están en tu imaginación, ó en la malicia de amigos que me quieren mal.
AUGUSTA, _dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas ternezas_.
Soy débil y me entrego á tus engaños, para asegurar siquiera la dicha del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa: y es que esta mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones que me pusieron demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon las ideas. Me dió por argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije: «¡Si no puede ser, si no cabe en cabeza humana que habiéndole yo sacrificado mi honor, y queriéndole como le quiero, me sustituya con una mujer de esa clase y de esa vida!» Pero al pensar esto no las tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen á mí lo más natural y verosímil. De todos modos habías ganado en mi alma el terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve lástima, tuve lástima de ti y de mí, y te cité para hoy, diciéndome: «¡Qué demonio! Si estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas, ¿á qué tanta gazmoñería?»
FEDERICO, _besándola_.
Sí, vale más que nos veamos y que hablemos como buenos amigos.
AUGUSTA.
Y ahora siguen las preguntas.
FEDERICO.
¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te engaño. ¿Quieres que te hable con completa sinceridad? Pues _La Peri_ es amiga mía... La conozco hace tres ó cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad, así... (_con embarazo_), así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me consulta alguna vez sus asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre, le doy un buen consejo, y... ¿Quieres más franqueza?... Pues alguna que otra vez voy á su casa. No..., no frunzas el ceño. ¡Pero, hija mía, si le hablo delante de su amante! El que te haya dicho otra cosa ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no hay entre ella y yo...; amistad sí, una amistad..., yo no sé cómo hacértela comprender.
AUGUSTA, _seria_.
No te canses, que no la entenderé nunca. Comprendo que te enamores de una mujer perdida, prefiriéndola á mí. El amor no tiene lógica, ni entiende de clases. Pero la amistad no es tan independiente, señor mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la decencia y la opinión. ¿No te parece á ti que la amistad formal con una mujer de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la gente la interprete mal y suponga en ti ignominias que no existen, sin duda, pero que parecen la consecuencia natural de tu trato con personas de tal estofa?
FEDERICO, _con acritud y ligeramente turbado_.
¡Ignominias! ¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien á calumniarme?...
AUGUSTA.
No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía de esas amistades confesadas por ti.
FEDERICO, _impaciente_.
¡Qué tontería invertir estas cortas horas en divagar sobre hechos imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con tus celos y tus cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero á ti sola, si por más que rebusque tu suspicacia no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué te importa lo demás?
AUGUSTA, _con cariño_.
¿Pues no ha de importarme? Cuando se ama de veras, gusta mucho absorber toda la vida de la persona amada. Tú no me ofreces más que la flor de la vida, y eso no me satisface; yo quiero también las hojas, el tronco, las raíces... ¿Qué te parece la figurilla?
FEDERICO.
Buena, buena.
AUGUSTA.
¿El amor es acaso una ilusión pasajera? No; si es de ley, ha de completarse con la compañía y el apoyo moral recíproco, con la confianza absoluta, sin ningún secreto que la merme, y con la comunidad de penas y de alegrías... Una queja he tenido siempre de ti, y es que nunca has querido confiarme secretos penosos que te oprimen el corazón. Yo sé que hay esos secretos, yo sé que padeces callandito por la falsa idea que tienes de la dignidad. ¿Para qué sirve el amor si no sirve para que los amantes se consulten y se apoyen en sus desgracias? Dices que me quieres. Pues pruébamelo... ¿Cómo? Clavando en mi corazón parte de las espinas que tienes clavadas en el tuyo. ¡Si no puedes negar que las tienes, si todo el mundo lo sabe! ¡Ay!, algunas de esas espinas verás qué pronto me las sacudo yo.
FEDERICO, _para sí_.
Corazón inmenso, no merezco poseerte. (_Alto, abrazándola._) ¡Qué buena eres, qué talento tienes, vida mía, y qué indigno soy de ti!
AUGUSTA.
¡Embustero!... Si me quieres de verdad, confíate á mí. Ya sé los argumentos que te haces á ti mismo para no confiarte. ¿Crees que no tengo penetración, que no sé leer en tu alma? Pues sí que leo, y lo vas á ver. Tú piensas que, en ley de decoro, un caballero pobre no puede confiar á una señora casada y rica, con quien tiene relaciones, ciertas contrariedades de su vida. Temes parecer indelicado, innoble. ¡Qué tontería! El verdadero amor debe ahogar el orgullo y acabar con él, como el pez grande se come al chico. Yo aspiro á vencer tu orgullo y á devorarlo, avivando el amor y dándole, tontín, las grandes tragaderas. Pero ayúdame tú. Para animarte, te diré una cosa: Yo te quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay en ti, por lo que padeces en silencio y por las amarguras que pasas sin chistar. (_Con veleidad graciosa._) Pues oye, se me ocurre una transacción: que gastes con todos esa delicadeza y la suprimas para mí. Es mi enemiga, mi rival y tengo celos de ella. Le clavaría las uñas. Para que lo sepas todo, tu vida angustiosa, tu pobreza, sí, empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor que te tengo. (_Sonriendo._) Si fueras capitalista, yo no te habría querido. Si fueras un hombre metódico que llevaras tus cuentas por partida doble, créelo, me serías antipático.
FEDERICO, _soltando la risa_.
¡Monísima! Me haces mucha gracia.
AUGUSTA.
Yo soy así: estoy cansada de la regularidad. Me ilusiona el desorden.
FEDERICO, _con viveza_.
¡Ah! Ya te cogí. ¡Contradicción! Si eres como dices, ¿á qué ese empeño de poner orden en mí?
AUGUSTA, _confundida_.
Pues si hay contradicción que la haya. No retiro nada de lo dicho. Ea, hablemos claro. Yo deseo ser, además de tu amante, tu consejera y tu administradora. No quiero que pases tantas agonías. Dame tu confianza; destruye esta muralla que hay entre nosotros.
FEDERICO, _con seriedad_.
Augusta, vida mía, lo que ignoras de mí se revela á tu imaginación soñadora como algo interesante, novelesco, dramático, y no es eso; es de lo más prosaico y vulgar. ¿Y si yo te dijera que derribando esta muralla de la China perdería quizás tu estimación?
AUGUSTA.
No, no; la pobreza no deshonra á nadie. Comprendo, aunque nunca las he pasado, las humillaciones que trae la falta de dinero; pero eso se remedia fácilmente, querido mío.
FEDERICO.
Yo no merezco el interés que te tomas por mí. ¿Pero no es mejor que dejemos en la sombra y detrás de nosotros toda esa realidad fastidiosa, que al fin, al fin, puede que diera al traste con el amor mismo? Eso que ignoras te seduce porque es misterio. Si dejara de serlo, lo mirarías quizás con repugnancia.
AUGUSTA.
Es cierto que me atrae el misterio, lo desconocido. Lo claro y patente me aburre.
FEDERICO.
Vuelvo á señalarte la contradicción. Si eres así, ¿cómo se te antoja penetrar en mi vida íntima para que yo también te aburra?
AUGUSTA.
No, no es eso... ¿Me dejas explicarme?
FEDERICO.
Sí, estoy encantado oyéndote.
AUGUSTA.