Realidad: Novela en cinco Jornadas

Part 5

Chapter 53,883 wordsPublic domain

Sí, perderla. Déjame á mí. Los favores de cierta clase se pagan con el aborrecimiento. ¿Recuerdas aquel verso: _inglés te aborrecí, héroe te admiro_?... Pues viene que ni de molde. Querido Infantillo, tú no sabes de la misa la media. Cuando uno tiene la fatalidad de ser insolvente, si quiere conservar á los amigos, lo primero que debe hacer es no deberles nada. _Inglés te aborrezco._ Yo no puedo evitar que se apodere de mí una aversión insana hacia toda persona decente que viene en mi auxilio... En fin, no quiero tocar este punto. No lo toques tú tampoco, y déjame. Lo único que te diré es que no vayas mañana á casa. Estaré fuera casi todo el día.

INFANTE, _para sí_.

¡Qué hombre este! El orgullo le acabará.

FEDERICO.

Ahora, vámonos pian pianino á dar otro paseo.

Calle.

_Siguen paseando y charlando. Llegan á la calle de Lope de Vega._

INFANTE.

¡Qué noche tan serena y deliciosa!... Te acompañaré hasta tu casa.

FEDERICO.

Esta es la hora de las confidencias, la hora de la amistad. Me estaría yo charlando contigo, de calle en calle, hasta el día. No tengo sueño ni ganas de acostarme.

INFANTE.

Dios quiera que mañana salgas bien de tus conflictos.

FEDERICO.

Saldremos, sí. Hay fe en la Providencia. Como si yo no tuviera hoy bastantes pesadumbres sobre mi alma, me ha caído una que... Vamos, te la cuento.

INFANTE.

Gracias á Dios que me confías algo.

FEDERICO.

Y la cosa es grave. (_Avanzan hacia el extremo de la calle._) Sigamos hablando hasta el Prado, y luego volveremos. Esta es mi casa. (_Señalando á la derecha._)

INFANTE.

Noticia fresca. Como no digas más...

FEDERICO.

Quedamos en que ésta es mi casa. Bueno. Mira ahora la de enfrente.

INFANTE.

La miro, y no veo en ella nada de particular.

FEDERICO.

Fíjate en la planta baja..., en la tienda...

INFANTE.

Veo un rótulo de ultramarinos que dice: _Santana. Géneros del Reino y extranjeros_.

FEDERICO.

Perfectamente. Más arriba verás dos ventanas, que corresponden al entresuelo de la derecha. Ahí tiene su escritorio ese animal.

INFANTE.

Todo lo veo, menos la relación que eso pueda tener contigo.

FEDERICO.

Te lo diré. En el escritorio trabaja un chiquillo como de veinte años, un hortera que le hace guiños á mi hermana.

INFANTE.

¡Ah!, ya...

FEDERICO.

Y no es eso lo peor, sino que la muy tonta se deja querer de semejante mequetrefe. Lo descubrí ayer, y me volé... Escena terrible en mi casa. Tengo que hacer un escarmiento con esas lagartonas que me sirven, y plantarlas en la calle.

INFANTE.

Cuestión delicada es esa para resolverla _ab irato_. Considera que tu hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está en la edad crítica del amor... No ve á nadie... Ha visto á ese chico...

FEDERICO, _irritándose_.

Cállate. No puedo soportarlo... ¡Mi hermana dejándose impresionar por un tipo de esos...! Tú conoces mis ideas. Soy un botarate, un vicioso...; pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada puede destruir. Llámalo soberbia, si te parece mejor. No me resigno á que ese vil hortera haya puesto los ojos en Clotilde. Soporto menos que ella guste de vérselos encima. Te aseguro que habrá la de San Quintín en mi casa. A mi hermanita la meteré en un convento de Arrepentidas, y al danzante ese, como yo le coja á mano, como le sorprenda en la escalera de mi casa..., tengo sospechas de que hay aproximaciones..., como le sorprenda, te juro que no le quedarán ganas de volver.

INFANTE.

Moderación. Esas ideas son del siglo XVII, clavaditas. Comprendo que no te agrade la elección de tu hermana; pero fíjate en las circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?

FEDERICO, _nervioso_.

No me vengas á mí con esa clase de reflexiones. La tapadera de las circunstancias sirve para encubrir los ultrajes al honor. Que mis ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero son así, y no admito otras. Aunque me llames extravagante, te diré que no me cabe en la cabeza la igualdad. Yo no soy de esta época, lo confieso; no encajo, no ajusto bien en ella. Ya sabes mi repugnancia á admitir ciertas ideas hoy dominantes. Eso que en lenguaje político se llama pueblo, yo lo detesto, qué quieres que te diga, y no creo que con la gente de baja extracción vayan las sociedades á nada grande, hermoso ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula..., no lo puedo remediar... Eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que no es verdad, ni hay tal democracia, pues si la hubiera... ¡Dios nos asista!

INFANTE.

Tú podrás pensar lo que gustes; pero como los hechos se sobreponen á las ideas, si tu hermanita se empeña en democratizarse, se democratizará... á despecho de tu aristocracia.

FEDERICO.

Prefiero verla muerta.

INFANTE.

Piénsalo bien... Esas cosas se dicen pronto..., pero luego la realidad... (_Aproxímanse á la puerta de la casa._)

FEDERICO.

¿Dónde estará ahora ese maldito sereno? Quizás durmiendo la mona en el hueco de alguna puerta. (_Suena la cerradura, y observan que la puerta se abre por dentro._) ¡Ah!, escucha, mira. Alguien sale...

ESCENA II

_Los mismos._ SANTANITA.

_Ábrese la puerta y aparece Santanita, el cual, al ver á los dos amigos, retrocede asustado y como si quisiera volver á meterse en el portal._

FEDERICO, _con súbita ira_.

¡Rayos y demonios!... ¡Eh!... ¿Quién es usted? (_Echándole mano al pescuezo._)

SANTANITA, _con terror suplicante_.

¡Ay, ay!... ¡Por Dios, D. Federico, no me mate usted!

FEDERICO.

Badulaque, mequetrefe, tú vienes de mi casa. (_Le sujeta con nerviosa energía. Infante interviene en ademán pacífico._)

INFANTE.

¡Por Dios... Calma...! ¡Qué atrocidad! (_Tratando de calmar á su amigo._)

FEDERICO.

Si no fuera quien soy, le ahogaría... ¡Miserable! ¿Qué hacías en esta casa?

SANTANITA.

¡Señor, óigame usted!... (_Anonadado y trémulo._) Subí sin más objeto que hablarle... por el ventanillo..., nada más. Yo se lo juro..., y puede usted comprobarlo arriba.

INFANTE.

Basta... Retírese usted.

FEDERICO, _soltándole_.

Sí..., que se vaya... La escena es repugnante. (_Mirando á Santanita con desprecio._) ¡Qué ignominia! Si en vez de ser un bicho fuera un hombre, acabaría con él, puesto que no hay tribunales que castiguen estas infamias.

INFANTE.

Concluyamos. (_A Santanita._) ¿Todavía está usted aquí?

FEDERICO.

Ya has oído, muñeco, que no me rebajo á castigarte. Otra cosa será si llego á cogerte en mi casa.

INFANTE.

Largo... Se acabó la cuestión.

SANTANITA, _recogiendo su sombrero, que en la refriega se le ha caído_.

Don Federico, usted abusa de su posición. No es caballero todo el que lo parece, ni para serlo basta llevar sombrero de copa. Puesto que usted se pone en ese terreno, á él iremos todos. (_Se aleja._)

FEDERICO, _sin poder contenerse_.

¡Pues no se atreve...! ¡Si me provoca...!

INFANTE, _sujetándole_.

Déjale, por Dios. Ya ves que huye.

SANTANITA, _desde lejos_.

Don Federico, usted se empeña en luchar con la corriente, imponiendo á todo el mundo su quijotismo, y usted se fastidiará. (_Vase calle abajo._)

ESCENA III

FEDERICO, INFANTE.

INFANTE.

Pero hombre, ¿estás en ti? Si le maltrataras gravemente, ¿no sabes que podría costarte la torta un pan?

FEDERICO.

Iré á la cárcel... ¡Qué vergüenza, qué leyes! Si esto se llevara á la justicia, á mí me condenarían, y á ellos les casaban. ¡Y á esto llaman organismo social! La ley protege la deshonra, y el Estado es el amparador de los criminales. (_Entra en el portal._)

INFANTE.

No me despido. En la calle te he librado de hacer un disparate, y ahora entro contigo para impedirte hacer otro en tu casa.

FEDERICO.

A esa chiquilla sin seso y de condición villana, le enseñaré yo el respeto que debe á su nombre. ¡Qué falta de pudor! ¡Qué vileza!

INFANTE.

¡Ay, amigo mío (_ambos encienden cerillas y suben_), no echas de ver que se han quedado muy atrás los tiempos calderonianos!

FEDERICO.

Sí, y también echo de ver la gran diferencia en favor de aquéllos. ¿Pero tú crees que si en nuestra edad se usara el ceñir espada, se me escapa ese tipo asqueroso? Le atravieso en el acto.

INFANTE.

Más vale que no usemos armas.

FEDERICO, _llega á su habitación y llama_.

Verás, verás cómo ahora resulta que nadie ha visto nada, que todo es figuración mía y ganas de reñir. Estas canallas de mujeres me la han de pagar.

ESCENA IV

_Los mismos._ CLAUDIA.

CLAUDIA, _abriendo la puerta_.

Buenas noches.

FEDERICO.

Oye, ¿qué hacía en casa ese sinvergüenza que acaba de salir?

CLAUDIA, _soñolienta_.

¿Quién? ¿Está usted loco? Bah; ya viene con sus remontazones. Aquí no ha entrado nadie.

FEDERICO.

Tú y tu hermana sois unas grandísimas alcahuetas... ¿Y la señorita?

CLAUDIA.

Acostada y durmiendo.

FEDERICO.

Pasa, Infante. (_Entran en la sala._)

INFANTE.

Mira, deja el asunto para mañana. Ya debes suponer que te han de negar todo. Ten calma, soporta el hecho, y búscale solución de la manera más práctica.

FEDERICO.

¡Qué tonto eres! (_A Claudia._) Mañana os ponéis en la calle con toda vuestra indigna parentela, y mi hermana irá á las Arrepentidas... ¡Qué bajeza de espíritu y de sentimientos!... No quiero verla... Que no se ponga delante de mí. No podría contenerme...

INFANTE, _sentándose_.

Eso me parece muy bien: no hables con nadie esta noche. Aplaza la cuestión para otro día.

FEDERICO, _á Claudia, con vivo enojo_.

Esta casa es una sentina, y vosotras alimañas inmundas.

INFANTE.

Bien, desahógate...

FEDERICO, _á Claudia_.

Quítate de mi presencia... Vete... con mil pares de demonios.

CLAUDIA, _para sí_.

Ya se le pasará el enfado... Este señorito fantasioso cree que estamos en tiempos como los de esas comedias en que salen las cómicas con manto y los cómicos con aquellas espadas tan largas y hablando en consonante. ¡Válgate Dios con la quijotería! (_Vase._)

FEDERICO, _paseándose_.

¡Esto es horrible! ¡Qué bochorno! ¡Aquí tienes tu dichosa idea de igualdad, que todo lo encanalla! Ese pelandruscas se ríe de mí en mis barbas, ultraja un nombre respetable, y tengo las manos atadas contra él.

INFANTE.

Has hecho bien en aplazar la función. Y ahora puedo irme tranquilo.

FEDERICO.

Retírate si quieres. (_Recogiendo tres cartas que hay en el velador._) ¿Tres cartas? ¿Apostamos á que en ellas vienen nuevas calamidades? Nada, que sigue la mala. (_Abre una._) ¿Lo ves?... Una desgracia, un golpe en la nuca... Mi padre me anuncia que llega pasado mañana... ¿Y á qué viene?... Es mi padre y no puedo decir contra él ninguna palabra ofensiva. (_Con ira._) Te juro, amigo Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay bajo el sol. No puedo echar de mí esta susceptibilidad delicadísima, y adondequiera que me vuelvo no encuentro sino agudas puntas que me la hieren y me la chafan. ¡Este hombre...! (_Estruja la carta y la arroja al suelo._) Si no fuera mi padre, creo que le... ¿Pero á qué vendrá á Madrid? Me lo figuro, y la rabia me ahoga. ¿Por qué no se estará allá, en su libre América, olvidado y olvidándonos? No me bastaba con el sofoco que me ha dado Clotilde, sino que también este azote había de caer sobre mí.

INFANTE.

Lee las demás cartas. La suerte suele darnos sorpresas... Quizás en alguna de ellas encuentres un bien inesperado.

FEDERICO, _examinando otra carta_.

Sí..., para bienes inesperados está el tiempo. Conozco la letra. Es de Torquemada... (_La abre._) ¡Maldita sea tu alma!... (_Lee._) «Pongo en su conocimiento que si mañana á las doce...»

INFANTE.

Lo que es por ese lado... Entérate de la otra. ¿Conoces también la letra del sobre?

FEDERICO, _que sonríe examinando el sobre_.

Pues mira, estos garabatos me producen una dulce impresión entre tantas desventuras. Es de una mujer... ¿Para qué hacer misterios? Es de _La Peri_... ¡Pobrecilla!... (_Lee para sí._) Nada, me convida á almorzar. Tiene que hablarme... Sí; el día es á propósito para almuercitos...

INFANTE.

Yo me retiro... No olvides mis consejos. Siento dejarte tan preocupado y caviloso. ¿Acaso, en medio de las agitaciones de esta noche, has visto un rayo de luz, un indicio de salvación?

FEDERICO, _después de una pausa_.

¡Quién sabe! Tal vez sí. (_Se dan las manos cariñosamente._)

INFANTE.

Pues buenas noches... digo, buenos días. Pronto amanecerá.

FEDERICO.

Adiós.

_Vase Infante. Federico pasa á la alcoba._

ESCENA V

Gabinete lujoso en casa de _La Peri_. Es de día.

FEDERICO, LEONOR.

FEDERICO, _entrando precedido de una criada._

Pásale recado en seguida. Si hay alguien y tengo que hacer antesala, me marcho, porque no estoy de humor de plantones.

CRIADA.

No hay nadie; digo, sí, está ese, que es lo mismo que decir nadie. Pero al momento se va... (_Poniendo atención._) ¿Oye usted? Ya sale... como siempre, metiendo mucho ruido.

FEDERICO.

Pues anda, dile á tu ama que estoy aquí, y que si no sale pronto me colaré adentro.

CRIADA.

Siéntese usted un ratito. Leonor sabe que es usted, porque me dijo: «corre á abrir, que debe de ser ese...» Ahora saldrá. (_Vase._)

FEDERICO, _sentándose en un sillón_.

Aquí todos somos _eses_. ¡Bueno, bueno, bueno!

LEONOR, _que sale presurosa, muy maja, con bata negra de seda, adornada de lazos rosa-té, la cara recién empolvada, el pelo recogido con horquillas de concha_.

Niño, buenos días. Hay que echarte memoriales para verte. (_Poniéndole la mano en la cabeza._) ¿Cómo estás? ¿A ver esa carátula? Palidez tenemos, y ojeritas... ¡Ay, ay! Habrás dormido mal... ¡Pobrecito de mi alma!

FEDERICO, _estrechándole la mano_.

Yo, así, así. ¿Y tú, como estás? (_Se sientan juntos. Leonor le pasa la mano por el pelo._)

LEONOR.

¿Recibiste mi papel?

FEDERICO.

Sí, esta madrugada, al llegar á casa. Te agradezco mucho la buena voluntad.

LEONOR.

El agradecimiento está de más. Pues oye: supe ayer por Torquemada lo que te pasa, y la que te tenían armada para hoy ese pillo y su compinche Bailón. Me entraron ganas de echar un capote por ti, como tú lo has echado por mí, cuando me he visto en la cuna de la fiera.

FEDERICO.

Conozco tu buen corazón y tus desplantes de generosidad. Puesto que entre los dos hay confianza, hablemos. Nunca siento ante ti el embarazo que estas materias me producen ante otras personas con quienes tengo amistad.

LEONOR.

Es que yo soy tu amiga de... de la entraña, y los demás lo son de aquí. (_Tocándose la punta de la lengua._) Estoy contenta; esta mañana te eché las cartas, y en ellas vi que saldrías bien del soponcio.

FEDERICO.

¡Qué célebre! (_Riendo._) ¿Y qué te dijeron los naipes?

LEONOR.

Primero salió _disgusto grande_..., ya sabes, el siete de espadas, _en un corto camino_, _cuerpo y pensamiento de un hombre moreno_. La cosa era bien clara...

FEDERICO, _burlándose_.

Clarísima; ya lo creo.

LEONOR.

No lo tomes á broma. Pues rezados los tres Padre-nuestros con muchísima devoción, y encendida la lamparilla á San Antonio, volví á echar _lo que ha de venir_, y ¿qué creerás que salió? Pues recelo por la mañana, el caballo de bastos, que eres tú, la mujer de buen color, y por fin, el as de oros. ¿No sabes lo que significa el as de oros?

FEDERICO, _impaciente_.

Signifique lo que quiera, vamos al grano, Leonorilla. No hay tiempo que perder, y es preciso plantear la cuestión lisa y crudamente. ¿Tienes dinero?

LEONOR.

¡Dinero!... (_Mirándose las uñas._) Lo que es dinero, muy poco tengo disponible; pero se puede agenciar de aquí á la noche.

FEDERICO.

Imposible esperar de aquí á la noche.

LEONOR.

Tienes razón. Salió el dos de bastos, que quiere decir _corto camino_... Bueno; pues para no cansar, empeñaré todas mis alhajas, ó las que sean menester. ¿Qué quiere decir la sota de copas junto al as de oros sino que _la mujer de buen_ color llevará á Peñaranda sus joyas? ¿Te parece bien?

FEDERICO.

Paréceme atroz, y lo acepto por la terrible ley de la necesidad, con pena, pero sin rubor. Pásmate, como se pasmaría el mundo si lo supiera. ¡Qué extrañas relaciones estas! No somos amantes: lo fuimos. Somos tan sólo amigos, pero esta amistad nuestra es un fenómeno psicológico... ¿Sabes lo que es psicológico? Pues quiere decir _del alma_, un fenómeno...

LEONOR.

Mira (_con ademán de pegarle_), no me llames á mí fenómeno, ni tampoco á nuestra amistad...

FEDERICO.

Quiero decir que esto nadie lo entiende más que nosotros. Por nada del mundo acepto yo de un amigo de mi clase ciertos favores. ¿Por qué los acepto de ti sin que mi decoro se sienta herido? No puedo explicármelo claramente. ¿Qué significa esta fraternidad que entre nosotros existe? ¿Se funda quizás en nuestra degradación? Yo degradado, tú también, nos entendemos en secreto... Quizás si tus auxilios se hicieran públicos yo los rechazaría con horror. Pero es el caso que de otras personas, bien seguro estoy de ello, no los recibiría ni aun ocultándolos con el mayor sigilo. Mi orgullo tiene esta debilidad contigo, quizás porque entre tú y yo hay un parentesco espiritual, algo de común, que no es honroso, sin duda: la desgracia, Leonor, el envilecimiento... Esto me confunde.

LEONOR, _sin entender estas psicologías_.

No, tonto; es que nos sale de dentro el ser amigos.

FEDERICO.

Amistad es ésta que Dios debiera tener en cuenta. En ella se funda algo, que si no es virtud, se le parece; en ella puede haber abnegaciones y hasta sacrificios. No es por alabarme; pero conviene recordar que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida, como tú me ayudas ahora. Me compadeces, como yo te he compadecido. Pues aunque seamos un par de pícaros tú y yo, este sentimiento que uno á otro nos inspiramos, ¿no es de la mejor ley?

LEONOR.

Yo no sé lo que me pasa contigo. Bueno debe de ser esto, porque yo, aunque corra mis temporales de amor, siempre tiro hacia ti como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy intranquila, y si oigo decir que estás enfermo, me pongo de mal temple. Me enamoro de éste y del otro, me chapuzo, me emborracho; pero no me importa engañar al que más me entusiasma y encajarle una mentira. Pues no teniendo amores contigo, como no los tengo, primero me corto la lengua que decirte una falsedad. Esto sí que es rarísimo. No sé...; pero como vivo sin familia, me parece que tú eres para mí algo como hermano, como padre..., y si tú dices: «Leonorilla, tal cosa te conviene», lo hago con los ojos cerrados. ¿Consiste en que tú solo me hablas con verdad? Por esto debe de ser. Eres el perdis más caballero que hay bajo el sol.

FEDERICO.

Y tú la perdida más señora que hay bajo la luna. Te profeso un cariño fraternal. ¡Caso extraño! En cuestión de amores, tú vas por tu lado, yo por el mío. Después de rodar cada cual por distinta órbita, venimos á juntarnos en este punto inexplicable de nuestra confianza, que es para mi alma un gran consuelo. (_Para sí._) ¿Será verdad lo que estoy diciendo, ó me engaño y me ilusiono con palabras artificiosas? ¿Será que me he connaturalizado con la degradación, como los seres que viven en una sentina y no pueden respirar si se les saca del aire corrupto? Es triste que haya venido á encontrar el único afecto reposado y noble en el trato de esta mujer envilecida.

LEONOR, _que le ha observado cariñosamente_, _tratando de penetrar el objeto de su meditación_.

¿En qué piensas, monín?

FEDERICO.

En cosas que á mí me pasan.

LEONOR.

¿Amores? ¡Ah!, pizpireto, no me lo niegues. Como entre tú y yo no hay lío, puedes contarme tus penitas. Dime: ¿A qué señora trasteas, pillo? Porque señora ha de ser, y de las buenas.

FEDERICO.

Pues... algo hay. Pero la confianza contigo tiene su excepción, y lo que es el nombre no hay para qué sacarlo á relucir.

LEONOR.

Bueno; guárdate el nombre. No le vaya á dar el aire. ¿La quieres mucho?

FEDERICO.

Te diré... Me gusta. Es mujer hermosa, apasionada, y tan buena por todos estilos, que no me la merezco. Pero...

LEONOR.

Ese pero es muy salado. Di que no te entusiasma.

FEDERICO.

No es eso; despierta en mí ilusión grandísima: mas no sé qué barrera, no sé qué zanja la separa de mí... Sería mi felicidad si entre ella y yo se estableciese, como entre nosotros, esta confianza, esta sinceridad, este abandono de los secretos penosos de la vida... Mi alma se divide... La parte que tengo aquí me hacía falta llevarla allá para completar lo otro.

LEONOR, _tirándole del pelo_.

¿Y piensas llevarla, canallita?

FEDERICO.

Es que no puedo. Estas cosas son fatales, superiores á nuestra voluntad. Así es que faltando allá un ligamento esencial y necesario, aquello tiene que concluirse.

LEONOR.

¡Qué cosas!

FEDERICO.

Ya ves que te hablo de mis amores. Cuéntame ahora los tuyos. ¿Sigues con el Marqués de La Cerda? ¿No te has cansado ya del _pollo malagueño_?

LEONOR.

Chico, el Marqués está cada día más chocho por mí; sólo que de algún tiempo á esta parte se me ha vuelto muy cicatero, y hace muchos números. En cuanto al pollo, verás. He estado apasionadísima, chochísima durante unos meses. No podía vivir sin él. Ya me voy enfriando, porque me ha hecho dos ó tres judiadas buenas. ¡Y cómo me tira el dinero el muy tuno! ¡Pero paso por todo, porque es tan guapo, tan zalamero!... Hace dos días tuvimos una bronca un poco más fuerte que las de tanda. Le tiré una bota á la cabeza y le hice sangre en la frente. Después no tenía yo consuelo. Ayer y anoche estuvimos de monos; pero al fin tocamos á reconciliación.

FEDERICO.

¡Qué vida, chica! ¡Qué misterio en los afectos humanos! Y hay tontos que quieren reducirlos á reglas y encasillarlos como las muestras de una tienda.

LEONOR.

Sí que es raro lo que le pasa á una. Mírame chiflada por ese gitano, y sin maldita confianza en él; no le fiaría el valor de una peseta, ni nada tocante á las cosas formales.

FEDERICO.

Pues á mí me pasan hoy, además de lo que te he dicho, cosas muy desagradables. Si tuviéramos tiempo te las contaría.

LEONOR.

Sí que hay tiempo. Son las diez y media. Yo me visto volando, y arreglo eso en lo que se persigna un cura loco. Cuenta.

FEDERICO.

Pues he descubierto que mi hermana me ha salido enamoricada de un muchacho de ultramarinos. Créelo: esto me produce el mismo efecto que si me dieran de bofetadas en mitad de la calle. ¿Y qué voy á hacer yo ahora? No lo sé. Me acostumbraré á la idea de que se ha muerto mi hermana.

LEONOR.

¡Vaya un disparate, niño! Si la pobrecita le tiene ley á ese facha, déjales que se casen. Guárdate el orgullo para otras cosas. Puede que sea más feliz con él que con cualquier fantoche de esos que andan por ahí. Yo tuve un novio barbero. ¡Ay, mi Lucas! Se llamaba Lucas... Si me hubiera casado con él, en vez de escaparme de casa de mis tíos con el tenientillo de Infantería que me perdió, hoy sería yo una mujer honrada; mira tú, tendría la mar de chiquillos y... Pero no nos descuidemos. Ya me parece hora de ocuparnos de nuestros negocios. Saldré á eso, y luego almorzaremos juntos... Vamos á ver: ¿quedamos en que empeño las alhajas? Si se pudiera aguardar á mañana, yo le pediría á mi Marqués de La Cerda esa cantidad, amenazándole con sacarle los ojos si no vomitaba.

FEDERICO.

No..., eso no. Malo es lo de las alhajas; pero lo prefiero.

LEONOR.

Pues manos á la obra. Por una casualidad, tuve noticia de este apurillo tuyo. Fuí á ver á Torquemada, para pagarle mil reales que le debía mi pollancón maldecido, y me dijo aquel esperpento que ya no te da más prórrogas, que si hoy no le pagas te echa al juez. Por él supe también la cantidad. Dime: si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías venido tú á contarme tu compromiso y á pedirme que echara el resto por sacarte?

FEDERICO, _después de vacilar_.

Creo que sí.

LEONOR.

¡Viva la confianza! Ahora á la calle, Leonor. Voy á echarme una falda... Al momento estoy lista. (_Vase saltando._)

FEDERICO, _solo_.

¡Qué criatura, qué arranques! Lo mismo absorbe una fortuna que la regala. Ha arruinado á tres ricachos, y á mí me comió lo que heredé de mi madre. ¡Pero qué simpático desorden!

LEONOR, _que entra en traje de calle, con mantilla y manguito_.