Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 4
Me cree dormida. De este modo me rodeo de soledad, me meto en mí. (_Atendiendo sin mirar._) Parece que discute consigo mismo en voz baja. Yo pensaré en silencio. Los dos padecemos con el insomnio; pero ¡por cuán distintos motivos! A mí me desasosiega el pecado, y á él la perfección... No le siento ahora; no sé qué daría porque se durmiese profundamente. También yo... empiezo á notar, así, cierta torpeza, como si las ideas se me cuajaran... (_Pausa._) Pero no se calma la inquietud que siento en mi corazón, este temor, esta ira, los celos. Se calmaría quizás si lo contase á alguien. Consuelo del espíritu turbado es la confesión; pero la confesión religiosa no acaba de satisfacerme. A un cura tendría yo que prometerle la enmienda, y esto no puede ser. Le engañaría si la prometiera; sería estafar la absolución, que es lo que hacen la mayor parte de los penitentes, figurándose de buena fe que están arrepentidos y creyendo que no reincidirán. Como no me gusta engañar, empiezo por no engañarme á mí misma. El que á mí me confiese ha de ser un sacerdote extraordinario, ideal, superior á cuantos hombres andan por el mundo, de un saber tan grande y de una sensibilidad tan fina para tomar el pulso á las pasiones, que pueda yo mostrarle con sinceridad hasta los últimos dobleces de la conciencia... (_Agitándose en el lecho._) ¿Pero yo estoy dormida ó despierta? Porque esto que pienso no es un despropósito de los que solemos soñar...; esto que se me ocurre indica talento..., vaya si lo indica... Pues sí, ese confesor que me hace falta, ya lo siento venir. Parece que lo traigo yo misma con la fuerza de mi pensamiento... (_Aparece la sombra de Orozco, sentada junto al lecho. Es una forma indeterminada, cuyo ropaje no se percibe: distínguense claramente la cara y las manos._) Aquí está ya. Lo que yo me figuraba: su rostro es el mismo de mi marido; sus ojos, que me miran con tanto cariño y dulzura, revelan el saber total y la piedad eterna... (_Le mira fijamente._) ¿Y qué?... (_Pausa._) No dice nada. No hace más que clavarme su mirada, que me penetra hasta lo más hondo. No, no mentiré, no te ocultaré nada. Confesor, no me causas miedo, sino confianza... (_Agitándose más._) Ya, ya sé qué es lo primero que debo decir: cuándo empezó mi infidelidad y la razón de ella. ¡La razón de ella! ¿Yo qué sé? Esas cosas no tienen razón. Le traté algún tiempo, ya casada, sin sospechar que le quería con amor. No caí en la cuenta de que estaba prendada de él, sino cuando me declaró que se había prendado de mí. Tres días de ansiedades y de lucha precedieron á uno memorable para mí. ¡Vaya un diíta, Señor! No me acuerdo bien de lo que sentí aquel día. La vida se me completó. Le amé locamente, y cuando me fuí enterando de sus desgracias, de las cadenas ocultas que arrastra el pobrecito, le quise más, le adoré. Declaro que hay dentro de mí, allá en una de las cuevas más escondidas del alma, una tendencia á enamorarme de lo que no es común ni regular. Las personas más allegadas á mí ignoran esta querencia mía, porque la educación me ha enseñado á disimularla. Pues sí, tengo antipatía al orden pacífico del vivir, á la corrección, á esto mismo que llamamos comodidades. Esto de hacer un día y otro las mismas cosas, el tenerlo todo previsto, el encontrar todo á punto, me entristece, me fatiga. Bendito sea lo repentino, porque á ello debemos los pocos goces de la existencia. ¿Hemos nacido acaso para este tedio inmenso de la buena posición, teniendo tasados los afectos como las rentas? No; para algo nos habéis dado la facultad de imaginar y de sentir, por algo somos un alma que ama los espacios libres y quiere dar un paseíto por ellos. Este compás social, esta prohibición estúpida del _más allá_, no me hace á mí maldita gracia. Y lo peor es que la educación puritana y meticulosa nos amolda á esta vida, desfigurándonos, lo mismo que el corsé nos desfigura el cuerpo. De este modo aprendemos la hipocresía, y buscamos compensación al fastidio, trayendo á nuestra vida algún elemento secreto, algo que no esté á la vista ni aun de los más próximos. Tener un secreto, burlar á la sociedad, que en todo quiere entrometerse, es un recreo esencial de nuestras almas con corsé, oprimidas, fajadas... Sin misterio, el alma se encanija. Aborrezco esa vida, que no vacilo en llamar pública, ó si se quiere, legal, muy santa y muy buena para quien se pueda amoldar á ella, pero que no es para mí... Que me quite Dios las ideas que me andan por dentro del cráneo, que me quite los nervios, y me volveré la burguesa más pánfila de la clase... (_Se agita de nuevo y contempla con estupor la Sombra._) Veo que me miras con ojos benévolos. No podía ser de otra manera. Declaro todo lo que siento, y me someto al fallo tuyo... ¿Soy pecadora, ó qué soy? No me dices nada. ¿Por qué callas? ¿Te asombras de que no me disculpe? No siento en mí la disculpa. Creo que al principio intenté sofocar el amor hacia un hombre que no es mi marido. Pero pronto me convencí de que era inútil intentarlo. Me encantaban la persona y sus palabras, el sonido de su voz, su carácter noble, su susceptibilidad, sus desgracias, la pobreza disimulada con tanta gallardía; y no puedo dejar de amarle, ni en rigor, aquí dentro de mí, me avergüenzo de ello. ¿Qué tienes que objetarme? Dirás que estoy unida por la ley á ese amigo sin par, á ese hombre extraordinariamente bueno y amable. Yo reconozco sus méritos y virtudes, yo le admiro. Tú que me oyes, ¿eres él, ó has tomado su rostro para inspirarme más respeto? Porque si eres él mismo, y vienes á oirme en confesión, te traerás la razón grande, el metro elástico para medirme; habrás dejado fuera de aquí las reglas chiquitas, hechas á gusto del medidor... Dime al fin el juicio que te merezco; háblame, para que yo no crea que es mi propio pensamiento quien te pone delante de mí. (_Sofocada._) ¡Dios mío, el talento que saco en estas horas de insomnio me hace padecer! (_A la Sombra._) ¿Qué piensas de mí? ¿No me dices una palabra consoladora? Cuando entraste me mirabas con indulgencia, y ahora... (_La Sombra principia á desvanecerse._) ¿Te vas? Aguarda... En verdad que no puedo asegurar que estoy despierta ni que estoy dormida... ¿Crees que no he sido bastante sincera? No te vayas, no... (_La Sombra desaparece._) ¡Disparates como los que yo pienso! (_Llevándose la mano á los ojos._) ¡Pero si yo no dormía! Despierta estaba, y qué sé yo...; puedo jurar que le he visto ahí..., una persona, un sacerdote, un ser extraño, con la cara y los ojos de... ¡Qué desatinos engendra la fiebre!... Sí, en mi juicio estoy. (_Golpeándose el cráneo._) No tengo duda. Mi marido duerme tranquilamente. ¡Y yo imaginaba confesarme con él!... ¡Vaya, que es de lo más absurdo!... En el fondo no deja de tener cierta gracia... (_Se incorpora._) ¡Qué suplicio el de estar en la cama sin sueño!...
_Pausa larga. Permanece un rato con las ideas obscurecidas, murmurando frases deshilvanadas. Restrégase los ojos. Por fin se aclara su juicio, y se reconoce en la realidad._
Difícil es que pueda precisar si he dormido ó no... Lo que es ahora bien despabilada estoy... ¡Ay, amor mío, cuánto me haces sufrir! Quiero verte, quiero dolerme de tus agravios, y que me pidas perdón y desvanezcas este enojo que siento contra ti. No puedo soportar tu amistad con esa mujer indigna. No te vale decirme que las visitas son inocentes. ¿Qué objeto tienen entonces? No escucho tus explicaciones, no las admito. Esta noche me has parecido amable, como pesaroso de ofenderme y con deseos de desagraviarme. ¿De veras quieres que nos veamos mañana en nuestro asilo? ¡Y yo, tonta, respondí que no! ¡Tenemos á veces unos arranques de dignidad tan ridículos!... (_Pausa._) Nada, mañana le escribo en cuanto me levante; le diré: «Aunque tú no lo mereces, grandísimo pillo, necesito oir tus descargos, y acudiré á la hora de costumbre. Si tardas te araño.» No, no; esto es humillante. Debo fingirme muy incomodada, ¡uy, qué genio tengo!, y con pocas ganas de perdonar. Él es el que debe humillarse. Coquetearemos. Le diré: «Amigo mío, es preciso que esto concluya, y vale más que tratemos, serenamente y sin atufarnos, de nuestra separación definitiva...» Esto, esto; magnífico. ¡Qué feliz idea! Quisiera tener aquí lápiz y papel para apuntarla, no sea que se me olvide de aquí á mañana... ¡Señor, qué ansiedad, y cómo se estiran las horas de la noche! Me dan ganas de saltar de la cama volando, y escribir la esquela antes que se me escape del cerebro aquella idea felicísima. No, aguantaréme aquí. Tomás no duerme. Se sorprendería de verme levantada. ¡Ay, qué tumulto dentro de mí! Esa _Peri_, esa _Peri_; no la puedo ver. He de obligarle á que me prometa no poner más los pies en su casa. No, no le escribo lo que pensé. Más fuerte, más fuerte, y unos morros así... Le diré: «Imposible perdonarte tus visitas á esa mujerzuela. Entre tú y yo no puede haber ya ni siquiera amistad, si no me juras...» Sí, que jure, que jure, que se fastidie... Esto es lo que he de escribirle... ¡Ah!, se me ocurre ahora otra idea estupenda. Una carta llena de ternura es lo mejor, pues si me muestro arisca y exigente, puede que se incomode. ¡Es tan orgulloso! Nada, nada; mucha suavidad, quejas dulces... «Eres un ingrato, y correspondes mal al inmenso cariño que te tengo. No debiera verte más; pero soy débil, y mi debilidad te necesita. No me faltes esta tarde, si no quieres que me muera.» Esto escribiré... ¡Lástima no tener lápiz!..., porque si no lo apunto, de fijo que se me olvida... Estoy llorando, y no había notado que lloro... (_Pausa._) Me parece que Tomás descansa. Su respiración indica sueño... (_Poniendo atención._) Sí, duerme. Me levantaré. Las sábanas son de fuego... Me levanto, voy al gabinete, y endilgo esa carta antes que se me borre la idea... No, esperaré á que sea más tarde, á que apunte el día, que ya no puede tardar. Y nada de ternura, nada de mimos. Hay que tratarle á la baqueta. Pero ¿y si se crece al castigo? No, no se crecerá... Lo que hay es que no puedo seguir acostada. Arriba, pues. En mi gabinete escribiré. Hora tremenda es esta para el cerebro. Creo que me vuelvo loca si sigo así. (_Salta del lecho, se pone la bata, mete los pies en las pantuflas y de puntillas recorre la alcoba._) ¡Ah! Gracias á Dios, me siento más serena. En cuanto salí de las abrasadas sábanas, soy más dueña de mí. Las ideas se me aclaran. No, no escribo ahora. Tengo la seguridad de que lo que escribiese hoy me parecería mal mañana, y rompería la carta. Al mediodía le pondré cuatro líneas, muy secas, citándole... ¡Qué frío hace! Cuatro palabras, y luego, charlando cara á cara, le diré muchas cosas, pero muchas cosas... (_Después de dar algunos pasos, detiénese junto al lecho de Orozco, y contempla á éste dormido._) Mañana romperé la regularidad enervante de esta vida; mañana probaré lo misterioso y secreto, que arroja algunos granos de sal sobre la insipidez de lo legal y público. El corazón apasionado se alimenta de la flor de lo desconocido. Envidio á los que, al abrir los ojos, dicen: «¿Qué me pasará hoy?, ¿qué comeré hoy?...» Hombre santo y ejemplar, tus luchas son como una comedia que compones y representas tú mismo en el teatro de tu conciencia para conllevar el fastidio del puritanismo. El bien y el mal, esos dos guerreros que nunca acaban de batirse, ni de vencerse el uno al otro, ni de matarse, no cruzan sus espadas en tu espíritu. En ti no hay más que fantasmas, ideas representativas, figuras vestidas de vicios y virtudes, que se mueven con cuerdas. Si eso es la santidad, no sé yo si debo desearla. Duerme... (_Volviéndose hacia un cuadro de la Virgen, Murillo auténtico._) Pero, lo que yo digo: los santos deben estar en el cielo. La tierra dejárnosla á nosotros los pecadores, los imperfectos, los que sufrimos, los que gozamos, los que sabemos paladear la alegría y el dolor. (_Contemplando otra vez á Orozco._) Los puros, que se vayan al otro mundo. Nos están usurpando en éste un sitio que nos pertenece. (_Principia á amanecer._)
JORNADA SEGUNDA
ESCENA PRIMERA
Antesala de un círculo de recreo. Sucesivamente cambia en escalera, en calle y en café, según se indica.
FEDERICO VIERA, MANOLO INFANTE.
FEDERICO, _que sale por el fondo_.
¡Maldita sea mi suerte! ¡Necio de mí! Debí prever este desastre, pues cuando nos amenaza un día de prueba, la noche que le precede es siempre una noche de perros. Las desdichas, como las venturas, no vienen nunca solas: vienen en parejas, como la Guardia civil. Si mañana (debo decir hoy, porque son las dos) ha de ser para mí un día tremendo, ¿cómo no calculé que esta noche no podía ganar? Las vísperas de los días malos son... peores. (_Un lacayo le pone el abrigo._)
INFANTE, _que entra por la derecha, como viniendo de la calle_.
¡Hola..., Federico el Grande..., qué oportunidad!...
FEDERICO.
Infantillo, ¿venías á buscarme?
INFANTE.
Justamente, á eso vengo... Salía de mi honrado Círculo de Ingenieros, y dije: «voy á subir un momento allá, á ver si está ese perdío y le arranco al nefando tapete, para llevármele á tomar chocolate y echar un párrafo con él».
FEDERICO.
¡Cuánto te hubiera agradecido que me arrancaras al nefando tapete!... ¡Noche más infame!... Vámonos, vámonos. (_Bajan la escalera._) ¿Tenías que decirme algo concreto, ó simplemente charlar?
INFANTE.
Nada concreto.
FEDERICO.
¿De veras? Tú eres muy ladino, y con esa apariencia de _bon enfant_, tienes tus trapacerías, y en la conversación un gancho invisible para extraer las ideas.
INFANTE.
Me juzgas á mí por ti mismo. Indeliberadamente, atribuimos á los demás nuestras propias cualidades.
FEDERICO.
En este caso, el listo eres tú..., y yo también un poco, porque adivino de qué quieres hablarme.
INFANTE.
Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta una idea fija, nos arrimamos á las personas que pueden darle pábulo. Es una necesidad del alma. Sí..., confieso que te busco para charlar, pero siempre con ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en mi prima.
FEDERICO.
Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas convencido y satisfecho.
INFANTE.
Lo estoy por lo que á ti se refiere. Te he borrado de la lista de sospechosos; pero puedes volver á ella cuando menos lo pienses. Te absuelvo libremente, pero quedas sujeto á las resultas del proceso... Y en cuanto á ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado ante la laguna Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas noches he puesto varias trampas. Hubo momentos en que creí ver caer en ellas á Malibrán, á ti, al oficialito de Artillería, al propio Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie. Todos los indicios son tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.
Calle.
FEDERICO.
¡Qué noche tan clara y serena! Se ensancha el alma mirando el cielo estrellado y espaciándose por ese azul inmenso. Las noches de Madrid son mejores y más bellas que los días, y en mi opinión, toda la vida, la política, los negocios, el comercio y la poca industria que hay, debiera hacerse de noche.
INFANTE.
A eso vamos.
FEDERICO.
¡Mira ese cielo; pero míralo, hombre. Observa qué templado ambiente!
INFANTE.
Sí, sí; pero no varíes la conversación. Oye una cosa. Dice Schopenhauer que cuando sufrimos un fuerte dolor físico, si nos ponemos á analizarlo, aplicando á él todo nuestro espíritu con insistencia, el dolor se alivia.
FEDERICO.
¿Te has consolado así? Vaya, menos mal.
INFANTE.
Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo por preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento es lo que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, á la abnegación, á posponerlo todo al objeto amado?» ¡Ay!, me temo que si tocaran á sacrificarse mucho, yo, francamente..., vamos, que no. De lo cual deduzco que lo que siento es una pasión de amor propio, la pasión de las sociedades refinadas, como dice Malibrán. Lo que tomamos por amor no es más que el afán de vencer y de halagar nuestro orgullo. Te confieso que quiero á esa mujer como se quiere lo que llega á constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa un triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el vocablo: no debo decir que amo á mi prima, sino que la ambiciono.
FEDERICO.
Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace bastante tiempo toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz ó de una cartera.
INFANTE.
No es enteramente lo mismo; pero en fin, hay alguna semejanza.
FEDERICO.
Pasión de vanidad, ó si quieres, pasión de gloria. Vencer, ganar una batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.
INFANTE.
Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae á mal traer es la rivalidad, sentimiento profundamente humano, la envidia (demos á las cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la tenga ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo inventar quise. Y persigo á mi rival con ensañamiento. Si eres tú el que busco, dímelo por Dios; si sabes algo de otro, dímelo también.
FEDERICO, _fríamente_.
Pues sí sé... Vaya si lo sé..., y contando con tu discreción, voy á decírtelo.
INFANTE.
Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna extravagancia.
FEDERICO.
Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.
INFANTE.
¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta sandunga concilian ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman á sus maridos, les respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.
FEDERICO.
Eso no reza con nuestra amiga, que tiene á su marido un cariño firme y leal.
INFANTE.
Te diré... Razonemos. A mí me parece que Augusta estima á su marido, y le quiere, y no le pondrá en ridículo por nada del mundo. No hay miedo de que dé escándalos; y si tiene, como pienso, algún drama íntimo de estos imposibles de evitar en las altas clases sociales, uno de estos..., llámalos errores, llámalos derivaciones espiritualistas ó materialidades que nacen de la excitación de la vida elegante, en fin, dales el nombre que quieras...; pues digo que si se sale de la vía legal, ha de ser con sensatez y buenas formas, guardándole á su marido todo el respeto, y hasta el cariño... que... Mira tú, para aclarar esto, sería preciso que antes fijáramos todas las categorías y formas del amor, las cuales son tantas que no se cuentan nunca, y cada día encontramos una categoría y una forma nuevas.
FEDERICO.
¡Cuánto sabe este chico, Dios!... Pues yo no admito esas filosofías de estira y afloja, y me atengo á la idea de que Augusta es honrada.
INFANTE.
Es que la honestidad también tiene sus categorías.
FEDERICO.
No, no las tiene. Veo, Infantillo, que siendo yo un mala cabeza, como dicen, y tú uno de los niños más formalitos de estos tiempos, estoy menos corrompido que tú. Pues te digo otra cosa: tus pretensiones son una mala acción y una deslealtad.
INFANTE.
Si pones la cuestión en el terreno de la moral del _Amigo de los Niños_...
FEDERICO.
Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría infeliz la idea de agraviar y deshonrar á un hombre tan bondadoso, tan digno de respeto y amistad. Dime: ¿eres tú de los que ven en Orozco un hipócrita, un egoistón lleno de camándulas?
INFANTE.
No; yo no creo eso: le tengo por persona estimabilísima. Pero te diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada ya. Si ahora me dijeran á mí: «Infante, ahí tiene usted el caos. Fabrique usted la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita á los principios eternos», cuenta que lo arreglaría á gusto tuyo, á gusto de todos los sensatos y escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya, con multitud de repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro vejestorio entrado en siglos, con sus reservas, sus distingos, sus ondulaciones, yo no he de ponerme en ridículo haciéndome el apóstol de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo que yo; pero por afán de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.
FEDERICO.
Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan desquiciado, tengo yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la sigo; pero en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene á ser un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero firmes y claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé que no tengo autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá; por eso te digo lo que los curas dicen: «Haz lo que te predico y no lo que yo hago...» ¡Pero si hallarás por ahí mil mujeres á quienes puedes aplicarte!... Busca otra, que las hay con maridos tontos ó merecedores de que se les burle. Pero á esa déjala..., déjala.
INFANTE.
¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino en conciencia amplia, la única que podemos tener...; crees en conciencia amplia, que es villanía engañar sin escándalo á Orozco?
FEDERICO.
En conciencia de todos tamaños lo creo. Dejemos la moral alta, y vengamos á la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohibe.
INFANTE.
¿Lo crees tú? He dicho sin escándalo.
FEDERICO.
Con escándalo ó sin él, será una indignidad.
INFANTE.
En ti se comprendería esto, porque tienes obligaciones de cierta clase con Orozco. Pero yo no las tengo. Conmigo es un amigo de tantos. Le debo las atenciones usuales y corrientes en sociedad; pero nada más. Tú no estás en ese caso. A ti te quiere mucho; tiene por ti verdadera debilidad. ¿Sabes lo que me dijo ayer? Te lo repito textualmente: «Es preciso que entre todos hagamos un esfuerzo para regularizar la vida de ese pobre Federico, arrancándole sus hábitos viciosos. Es un excelente corazón, y un carácter hidalgo debajo de su capa de libertino con embozos de bohemio.»
FEDERICO.
¿Eso dijo? (_Con sequedad y soberbia._) ¡Pero qué empeño de reformarme! Estos amigos reformadores y redentoristas me fastidian. ¿Por qué no me dejan como soy?
INFANTE.
Hombre, agradece la intención.
FEDERICO.
Sí, la agradezco.
INFANTE.
Por lo demás, ya sabemos que á ti no te baraja nadie.
FEDERICO, _con ira disimulada_.
Pues no vacilo en decir que si yo estuviese como tú, prendado de Augusta, y no supiera contenerme en una actitud completamente platónica, sería un hombre indigno... Si te parece, entraremos en la chocolatería. Luego daremos otro paseo hasta mi casa.
Chocolatería.
_Toman asiento, y son servidos por un mozo._
INFANTE.
¿De modo que tu consejo es que desista?
FEDERICO, _ensimismado_.
Sí; el honor lo pide así.
INFANTE.
¡El honor! Ahí tienes otra cosa que no se ha definido bien todavía, y que tiene muchos arrumacos. ¿Y si yo te probara que el honor, precisamente, me manda no desistir?
FEDERICO.
Dirías un disparate.
INFANTE.
Sobre esto hemos de hablar mucho. ¿Quieres que me pase mañana por tu casa?
FEDERICO, _con amargura fría, dando fuerte palmada sobre la mesa_.
Calla por Dios; mañana será para mí un día nefasto, con dificultades de tal magnitud que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema ante estos tremendos compromisos, consiste en la ausencia de toda previsión. En el momento crítico discurro lo que debo hacer, y lo hago. Obro por inspiración, y la inspiración y el cálculo no son compatibles. En presencia del enemigo que me acosa, siento en mí algo del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación ingeniosa y salvadora.
INFANTE.
¡Tremenda vida! ¿Por qué no eres franco con los amigos? ¿Por qué no aceptas...?
FEDERICO, _interrumpiéndole_.
Porque me quedaría sin amigos. Déjame á mí. Yo me bandeo solo. (_Tratando de arrojar de su mente las penosas ideas que le abruman._) No hablemos de eso. Tengo por sistema no apurarme por nada. Te digo que no hablemos de eso.
INFANTE.
¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me confiaras tus afanes, y en ayudarte á vencerlos?...
FEDERICO.
Te lo agradecería; pero francamente, no quiero perder tu amistad.
INFANTE.
¡Perderla!
FEDERICO.