Realidad: Novela en cinco Jornadas

Part 2

Chapter 23,835 wordsPublic domain

Cuando usted fué á Cuba la primera vez, vendían la carne humana, y usted, creyendo que no hacía nada malo, afanaba algunas hilachas de aquella carne... No, no le censuro; era cosa corriente.

AGUADO.

Perdone usted...

AUGUSTA.

Está usted perdonado; pero déjeme acabar... Pues en aquel tiempo se defraudaba tanto como ahora, ó quizás más, mucho más. Cierto que usted fué siempre de los puros, en eso estamos... Si lo sabemos, si es artículo de fe: no se apure. Yo reconozco que usted se enfurece ahora con muchísima razón, y que si quiere volver allá es para corregir todas aquellas infamias que antes no corrigió.

AGUADO.

Permítame...

AUGUSTA.

¡Día feliz el día en que usted vuelva!

INFANTE.

Se extirpará de raíz el cáncer.

MONTE CÁRMENES.

Y aquello será la delicia del mundo.

VILLALONGA, _mandando callar_.

Dejarla, dejarla.

AUGUSTA.

Pues haría muy mal el señor de Aguado en meterse á cirujano de cánceres. Dirían de él los horrores que ahora dicen de los otros.

AGUADO.

Pero como yo desprecio la calumnia...

AUGUSTA.

Justo es despreciarla. En fin, yo reconozco, todos reconocemos que usted hace allí mucha falta; y si yo fuera Ministro del Cáncer..., digo, de Ultramar, ahora mismo extendía la credencial.

AGUADO.

Gracias..., estimando.

AUGUSTA.

Y usted me mandaría, por el primer correo, cigarros para mi marido, y para mí cascarilla, de esa tan buena que usan allí las señoras.

AGUADO.

¡Quiá! Usted no la necesita... con ese cutis.

AUGUSTA.

Ó dulces, piñas, guayaba.

AGUADO.

Si es usted más dulce que todas las jaleas del mundo.

AUGUSTA.

En fin, váyase usted pronto, á ver si arreglando aquello no se vuelve á mentar la dichosa inmoralidad. Ya empalaga. Me gusta más oir hablar del crimen famoso, que al menos interesa por sus lances dramáticos y sus misterios de folletín.

AGUADO.

Eso á mí no me divierte. Mientras ustedes desmenuzan el crimen, voy á echar un vistazo á los tresillistas. (_Pasa al salón._)

VILLALONGA.

¡Adelante con el crimen!... En el Casino he oído novedades estupendas.

AUGUSTA.

¿Qué se dice?... ¿A ver?

ESCENA IV

_Los mismos._ FEDERICO VIERA.

INFANTE, _aparte, retirándose del grupo_.

¡Qué hermosa está, qué simpática y qué mona es esta maldita, y cómo me fascina y enloquece!... ¡Ah!, paréceme que oigo la voz de Federico en el salón. (_Entra en el salón Federico Viera, y habla con Aguado._) Él es, sí. Observaré la cara que pone mi prima cuando él entre. ¿Por qué mis sospechas, sin fundamento formal, sobreviven á todas las razones y se rebelan contra las pruebas en contrario? Acechando rostros y palabras espero sorprender algún indicio, y coger la punta del hilo por donde se saque el ovillo de la realidad. Este bendito Marqués de Cícero me servirá de garita para ponerme de centinela. (_Llevándole hacia la consola que está junto á la puerta._) Querido Marqués, el domingo sentí mucho no ir á pasar el día en las Charcas.

CÍCERO.

Pues acertó usted quedándose, porque el día, que amaneció hermosísimo, se nos puso infernal. Tomás no fué tampoco, ni Malibrán; sólo estuvimos Villalonga y yo; pero Jacinto, viendo el mal cariz, se metió en la casa. Yo, siempre impertérrito, me corrí hacia el puesto con el guarda, porque me daba la corazonada de que habían de venir las perdices. Lo que venía, hijo de mi alma, era el chubasco número uno. Pero yo..., impertérrito con mi capote de monte. El macho que llevamos es un macho que no nos lo merecemos, ni se lo merecen ellas las muy correntonas; ¡venga agua!, y el macho impertérrito, cantando que se las pelaba, _chiquití_. Por fin, ¿creerá usted que parecieron por allí las muy...?

INFANTE, _aparentando atender al Marqués, y contestándole con cabezadas_.

Yo... ¡oh!, yo no creo... (_Aparte._) Ya se acerca. Disimulo, y mucho ojo á la cara de esa hipócrita. Que no se me escape ni la inflexión más ligera.

AUGUSTA, _para sí, fingiendo prestar atención á lo que le dice Villalonga_.

Ahí está ya. Cara mía, ojos míos, haceos de piedra. Que ninguna suspicacia, ninguna curiosidad os sorprendan en un descuido de expresión. Ese pillo de Manolo me está observando... A buena parte viene. El corazón me salta en el pecho; pero la cara, bien prevenida, se mantiene firme; y aquí no pasa nada. Indiferencia afectuosa..., distracción..., no le siento entrar. (_Entra Federico._)

INFANTE, _para sí_.

No repara en él...

FEDERICO, _saludando_.

Aunque usted no quiera... Augusta...

AUGUSTA, _fingiéndose sorprendida, y sin ninguna emoción visible_.

¡Ah!..., parece que entra usted como los ladrones. ¡Cuánto tiempo...! ¿Ha estado usted malo?

FEDERICO.

Un poquillo.

AUGUSTA.

Pues no se le conoce en la cara. Me alegro de verle. ¿Nos trae usted noticias nuevas del crimen?

INFANTE, _para sí_.

Pues señor, cualquiera les descubre á éstos. ¿Tocaré yo el violín á toda orquesta? ¿Correré tras un fantasma?

FEDERICO, _sentándose_.

Traigo noticias... para chuparse los dedos. Esta tarde se dice que la muerta no es quien se creía, sino otra persona. ¿Qué tal? ¡Equivocarse en la identificación! Esta sí que es gorda.

AUGUSTA.

¿Pues quién era?

FEDERICO.

Una señora recién venida de Cuba, y cuyo nombre nadie sabe.

AUGUSTA.

Vamos, eso es ya delirar.

VILLALONGA.

Ganas de aumentar la confusión. No, sobre la persona de la víctima no puede caber duda. Estas bolas las hacen correr los curiales con la idea de desorientar al público, á fin de que no se fije en los verdaderos asesinos.

AUGUSTA, _convencida_.

Para mí, el matador es Segundo Cuadrado, ese pillo á quien algunos quieren hacer pasar por santo, porque ayuda á misa y se reza tres ó cuatro rosarios al día. Creo además que es instrumento de personas muy altas.

FEDERICO.

He oído que algunos vecinos vieron entrar en la casa, horas antes del crimen, á un cura.

AUGUSTA.

¡También un cura!

FEDERICO.

Por las trazas debía de ser alguien disfrazado de sacerdote, quizás una mujer.

MONTE CÁRMENES.

La madrastra... Si digo que...

FEDERICO.

¿Por qué no?

CÍCERO.

Eso no puede ser.

INFANTE.

Es un disparate.

MONTE CÁRMENES, _aburrido_.

Ea, señores, es mucho crimen para mí. Volveré cuando hayan ustedes pescado la verdad, y la trinquen bien para que no se escape. (_Vase._)

AUGUSTA.

Pues ustedes dirán lo que quieran; pero á mí, la madrastra, esa doña Sara, me parece una buena persona. Manolo, ¿tú qué piensas?

INFANTE.

Que es un crimen adocenado, y que ni hay madrastra, ni intoxicación, ni alto personaje, ni influencia, sino la vulgarísima tragedia del sirviente que roba, y al verse sorprendido mata; ni más ni menos.

FEDERICO.

Vamos, tú eres sensato, y te atienes á la versión de rúbrica, que nos presenta los hechos como arregladitos á un patrón de conveniencias curiales. Hasta el crimen debe ser correcto, y los asesinos han de tener su poquito de ministerialismo.

AUGUSTA.

Muy bien dicho.

INFANTE.

No es eso. Pero me parece ridículo mezclar en asuntos tan bajos á personas respetables. Hasta han dicho que el criaducho, ese Segundo, es hijo natural de...

FEDERICO.

¿Quién podrá afirmarlo ni negarlo? Si los misterios de la conciencia individual rara vez se descubren á la mirada humana, también la sociedad tiene escondrijos y profundidades que nunca se ven, así como en el interior de las masas rocosas hay cavernas donde jamás ha entrado un rayo de luz. Pero de repente ocurre un cataclismo, una convulsión del terreno, un derrumbamiento, y la roca se parte, descubriendo el hueco que nadie hasta entonces había visto... En cuestión de enigmas sociales, yo no afirmo nada de lo que la malicia supone; pero tampoco lo niego sistemáticamente.

AUGUSTA.

Yo no soy sistemática; pero me inclino comúnmente á admitir lo extraordinario, porque de este modo me parece que interpreto mejor la realidad, que es la gran inventora, la artista siempre fecunda y original siempre. Suelo rechazar todo lo que me presentan ajustado á patrón, todo lo que solemos llamar _razonable_ para ocultar la simpleza que encierra. ¡Ay!, los que se empeñan en amanerar la vida no lo pueden conseguir. Ella no se deja, ¿qué se ha de dejar? Este Manolo, empapado en esa tontería del ministerialismo, no quiere ver más que la corteza oficial ó pública de las cosas. Es la mejor manera de acertar una vez y engañarse noventa y nueve. Nadie me quita de la cabeza que en ese crimen hay algo extraordinario y anormal. Sería ridículo y hasta deshonroso para la humanidad que los delitos fuesen siempre á gusto de los jueces. Admito lo del personaje influyente que protege al asesino; me inclino á creer que el móvil fué amor y no robo, y en cuanto á la madrastra, esa doña...

VILLALONGA.

Cuidado con defender á la madrastra, que aquí está Teresa Trujillo, y según parece, va á negar el saludo á los que no opinen como ella.

AUGUSTA.

Es furibunda _madras... trista_; dificilillo es de pronunciar, pero no hay más remedio que admitir la palabreja.

ESCENA V

_Los mismos._ TERESA TRUJILLO, _de edad madura, vivaracha, el pelo pintado de rubio_.

AUGUSTA.

Las trae acabaditas de coger.

TERESA.

Vengo á buscarlas. (_Saludando á todos._) Manolito, buenas noches. Jacinto, Federico, Marqués..., de fijo ustedes saben algo nuevo. Hoy me he leído una arroba de prensa. ¡Qué buena viene! Por supuesto, al que sostenga que no fué la madrastra, le diré que ha tomado dinero de los _Cuadradistas_.

AUGUSTA.

Pues yo la defiendo, y de mí no creerá usted que me he vendido.

TERESA.

Pero estás influida por éstos, que en su afán de sacar del pantano al juez, hacen la causa del _Cuadradismo_, sosteniendo que el criado _mojó_. ¡Qué infamia! ¡Pobre Segundo, un muchacho honrado y decente, devoto de la Virgen!... Yo no puedo ver esto con paciencia. Te juro que si á esa bribona no la llevan al palo... va á haber aquí un cataclismo.

INFANTE.

¡Qué la han de llevar, señora, si doña Sara es una santa, devotísima de San José!

TERESA.

Quite allá el muy tonto... Usted es de los que trabajan porque triunfe la farsa. Ya se ve: defiende al gobierno, que tiene interés en echar tierra... Una horca en la Puerta del Sol, para ir colgando en ella ministros y pájaros gordos, es lo que hace falta.

AUGUSTA.

¡Hija, por Dios!...

TERESA.

Ó la guillotina. Aquí no hay justicia ni vergüenza. Es cosa probada que los que andan en el ajo le han asegurado la vida á ese bendito Segundo para que declare en forma que no comprometa á doña Sara. Esto es un espanto. Yo puedo asegurar á ustedes una cosa, y es que unas amigas mías la vieron un día en _la Palma_ comprando cintas para sombreros...

VILLALONGA.

¿Y qué?

TERESA.

Si no me ha dejado usted concluir. Iba con ella un hombre de barba rubia.

INFANTE.

¿Y qué?

TERESA.

¡Y qué!... ¡Y qué! (_Exaltándose._) Ese sujeto es el hombre con barba postiza que los vecinos vieron bajar, momentos antes del crimen.

FEDERICO.

¡Si el que bajó iba vestido de cura!

INFANTE.

De anchas caderas, bajito él, pecho abultado... Era la propia doña Sara disfrazada de sacerdote.

TERESA.

No echemos la cosa á barato, amiguitos, que esto es muy serio.

AUGUSTA.

Pongámonos en lo razonable.

TERESA.

Eso es, en lo razonable.

FEDERICO, _á Augusta, vivamente_.

¿Pero no decía usted que es enemiga de lo razonable, porque lo razonable es el amaneramiento de los hechos?

AUGUSTA.

Sí; pero hay que distinguir...

FEDERICO.

No, no crea usted que voy á condenar sus ideas. Convengo en que la realidad es fecunda y original, en que la verdad artificiosa que resulta de las conveniencias políticas y sociales nos engaña. Pero no nos lancemos por sistema á lo novelesco, ni por huir de un amaneramiento caigamos en otro, amiga mía. Usted tiene viva imaginación, y lo dramático y extraordinario la seduce, la fascina. La vida, por desgracia, ofrece bastantes peripecias, lances y sorpresas terribles, y es tontería echarnos á buscar el interés febricitante, cuando quizás lo tenemos latente á nuestro lado, aguardando una ocasión cualquiera para saltarnos á la cara.

AUGUSTA.

En eso estamos conformes. Pero yo no busco el interés febricitante. Es que, sin darme cuenta de ello, todo lo vulgar me parece falso: tan alta idea tengo de la realidad... como artista; ni más ni menos.

VILLALONGA, _aplaudiendo_.

Admirable paradoja. ¡Qué maravilloso talento!

_Todos aplauden._

AUGUSTA, _soltando la risa_.

Gracias, amado pueblo.

FEDERICO.

Tiene usted toda la sal de Dios.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Qué zalamerito viene esta noche! ¡Ah!, grandísimo pillo, tú me la pagarás. No sabes tú la culebra que tengo enroscada aquí. Deja que yo te coja...

TERESA.

No entiendo de estas zarandajas. Yo sigo siempre el criterio del pueblo. ¿Es esto lo que llaman ustedes vulgo? Pues sea: no me negarán que el pueblo tiene un instinto...

VILLALONGA.

Sí; pero es profundamente sugestivo y fascinable. Los milagros ¿qué son más que fenómenos de hipnotismo? Todas las religiones, incluso la cristiana, se fundan en eso.

TERESA, _amoscándose_.

¡Eh!, cuidado: no me toquen á la religión. De las falsas hablen ustedes lo que gusten; pero de la verdadera...

INFANTE.

Y usted, ¿cómo siendo tan absolutista...?

TERESA, _irritada_.

Sí, señor, muy absolutista, muy católica, apostólica, romana, y al mismo tiempo muy popular, muy populachera. ¿Qué, no lo entiende usted, angelito?

MONTE CÁRMENES, _asomándose á la puerta_.

¿No ha concluído todavía el crimen?

AUGUSTA.

Sí, sí; basta ya. Tilín, tilín; se suspende esta discusión. Orden del día...

_Entra Monte Cármenes. La conversación se generaliza y se deslíe, subdividiéndose._

ESCENA VI

OROZCO, CALDERÓN _y_ AGUADO _aparecen en la sala de la derecha. En una de las mesas de ésta, continúan jugando al tresillo_ CISNEROS, MALIBRÁN _y_ PEZ. _En otra juegan el_ EXMINISTRO _y los_ TRUJILLOS, _padre é hijo_.

OROZCO, _á Aguado_.

No es exacto, repito, y buen tonto sería yo si tal hiciese.

AGUADO.

Pues á mí me han dicho que, á no ser por usted, el _Correccional de jóvenes delincuentes_ no se habría construído nunca.

OROZCO.

Habladurías. He contribuído á esta obra benéfica en la misma medida que los demás iniciadores, y desempeño el cargo de tesorero de la Junta.

AGUADO.

Ahí es donde cae usted, amigo mío. ¡Si todo se sabe! La Junta no recauda lo bastante para continuar con método las obras. Llega un sábado y faltan fondos para pagar los jornales de la semana. Pero no hay que apurarse: el buen Orozco tira del talonario, y...

OROZCO, _risueño y calmoso_.

Pues estaría yo lucido. No, esas generosidades caen ya dentro del fuero de la tontería, y francamente, yo aspiro á que se tenga mejor idea de mí. El atribuirle á uno méritos que no posee, y que, por lo disparatados, no deben lisonjear á nadie, constituye una especie de calumnia, sí, señor, una calumnia de benevolencia, que si no se cuenta entre los pecados, no debe contarse tampoco entre las virtudes.

AGUADO.

¿De modo que, según ese criterio, yo soy un calumniador... al revés? Pues me corregiré, pierda usted cuidado; diré que es usted un pillo, un hombre sin conciencia; diré más: diré que el tesorerito este se da sus mañas para distraer cantidades del fondo del _Correccional_ y aplicarlas á sus vicios.

OROZCO.

Basta; no tanto. (_Con jovialidad._) Pues mire usted: si se dijera eso, alguien lo creería más fácilmente que lo otro, siendo ambas cosas falsas.

AGUADO.

No crea usted que la opinión pública se deja extraviar tan fácilmente por los difamadores. Ya ve usted las atrocidades que han dicho de mí. Que si me traje media isla de Cuba en los bolsillos; que si vendía los blancos como antes se vendían los morenos; mil tonterías. Pues si al principio se formó contra mí una atmósfera tan densa que se podía mascar, no tardé en disiparla con mi desprecio, y al fin la opinión me hizo justicia.

CALDERÓN.

¿Qué duda tiene? (_Con ironía._) La reputación de usted es como el sol, que disipa las nieblas, y resplandeciendo en el cénit de la fama...

OROZCO.

No te metas á hacer figuras, Pepe, que armas unos líos... Por supuesto, yo desconfío siempre de la voz pública, así cuando vitupera como cuando alaba, y creo que rarísima vez acierta.

AGUADO.

Pues aguantar el chubasco, señor mío. De usted se dicen horrores: que costea solo ó casi solo las obras del _Correccional_ para chicos; que le comen un codo las Hermanitas de la _Paciencia_; que viste todo el Hospicio dos veces al año, y qué sé yo...

OROZCO.

Más vale que les dé por ahí. Yo también pienso echarme á panegirista de los amigos; diré que el señor de Aguado fundará un asilo para cesantes de Ultramar.

AGUADO.

¿Yo? Que los parta un rayo. Eso sí que no lo creerá bicho viviente. Para que me _asilen_ estoy yo, no para _asilar_ á nadie. Desnudo fuí y desnudo vine.

CISNEROS, _terminando una jugada_.

Ea..., entregarse... No puede usted conmigo.

MALIBRÁN, _paga, disimulando cortésmente su mal humor_.

Ahí va..., D. Carlos, he tenido el honor de que me gane usted seis duros.

CISNEROS.

El honor de jugar conmigo se paga caro.

MALIBRÁN.

Pero con gusto. (_Aparte._) Maldita sea tu estampa, pícaro viejo. (_Alto._) D. Carlos, dispénseme y deme de alta: tengo que marcharme. Calderón me sustituirá en el papel de víctima. (_Se levanta; Calderón ocupa su sitio._)

CALDERÓN.

No, lo que es á mí no me trastea D. Carlos. Prepárese usted, que le voy á abrasar vivo.

CISNEROS, _barajando_.

Este Calderón es de cuidado; pero no puede conmigo. ¿Tienes dinero? Si no lo tienes, dile al benéfico Orozco que te llene los bolsillos, porque ahora la entregas. (_Juegan._)

MALIBRÁN, _á Orozco_.

¡Ah, qué cabeza...! ¿Pues no me iba sin decirle á usted lo que más presente tenía?... Aquel muchacho que usted me recomendó... ¿No se acuerda? Ya le hemos metido en un viceconsulado de Asia.

OROZCO.

Bien... Pues francamente, yo tampoco me acordaba. Ha hecho usted una buena obra: Ese joven es hijo de una pobre viuda...

MALIBRÁN.

No tiene que agradecerme su colocación... Yo lo he hecho por usted.

OROZCO.

¡Por mí!... Si apenas le conozco. Me lo recomendó... (_Haciendo memoria._) Pues no me acuerdo, ni hace al caso. Ello es que hay tanta miseria en este mundo, que se llega á perder la cuenta de los desfavorecidos de la suerte que pordiosean en una ú otra forma.

AGUADO.

Es verdad; el desequilibrio entre las necesidades y las posiciones es tal, que el sablazo ha venido á ser continuo y denso, como una granizada; y no cae sólo sobre la cabeza del rico, sino también sobre los que vivimos con modesto pasar. Sablazos en la calle y en la casa, por la mañana y por la tarde, en pleno día y á la melancólica hora del crepúsculo; sablazos de dinero, de recomendaciones, de influencias. Aseguro á usted que comemos de milagro.

OROZCO, _distraído_.

De milagro...

AGUADO.

Admiro la paciencia de usted y su longanimidad. (_Siguen hablando, Malibrán pasa al salón y se encuentra con Villalonga, que ha salido de la sala japonesa._)

VILLALONGA.

¿Te vas ya?

MALIBRÁN.

Sí, voy á despedirme de la ingrata.

VILLALONGA.

¿Y cómo va eso?

MALIBRÁN.

Desastrosamente. No he adelantado ni un solo palmo de terreno. Me confirmo cada día más en la certeza de lo que hablábamos anoche.

VILLALONGA.

¿Crees que hay moros por la costa?

MALIBRÁN.

Como creo en Dios. Y esa morisma hace tiempo que piratea. Nada, Augusta tiene su enredito. Y ten por cierto que tiro de la manta y se lo descubro.

VILLALONGA, _con sorna_.

Sí; véngate. A estas virtudes enfatuadas hay que arrancarles la aureola. ¡Cuidado si será tonta esa mujer! No quererte á ti, tan buena figura, tan sacadito de cuello, entendidito en pintura, familiarizado con la política extranjera, y muy fuerte en todo lo que sea _triples alianzas_. Por supuesto, yo creo que te idolatra y lo disimula; también ella tiene sus puntas de diplomática.

MALIBRÁN.

No te burles. Y que está enamorada no ofrece ya duda para mí. ¡Ah, tengo yo un olfato...! He rastreado mil síntomas infalibles. Cualquier día se me escapa á mí una pieza de esta clase.

VILLALONGA.

Grandísimo adúltero, de quien está prendada es de ti.

MALIBRÁN.

No, no.

VILLALONGA.

¿En quién te fijas, pues?

MALIBRÁN.

Qué sé yo. En Calderón, la ostra de la casa, en el artillerito ese, en Federico Viera, en Manolo Infante.

VILLALONGA.

El más verosímil me parece Infante. Ese las mata callando.

MALIBRÁN.

Pues no sé qué te diga. Déjame proseguir mis estudios y mis... diligencias. Ahora... (_bajando la voz_) la estoy acechando en sus salidas de casa, y créelo, le deshago el tapadijo; créelo como ésta es noche.

VILLALONGA.

Estás trastornado, Cornelio.

MALIBRÁN.

Chico, cuestión de amor propio. Todas las pasiones son eso y nada más que eso. Llámalo _el diablo_. Tal como están hoy las sociedades, con las religiones abatidas y la moral llena de distingos, el amor propio nos gobierna. ¿Ves á Orozco, á quien todos llaman la mejor persona del mundo? Pues es que se ha impuesto ese papel, y lo sostiene por algo que se asemeja á la vanidad del artista. Si estuviéramos en época en que la santidad fuera moda, ese se haría canonizar por pintarla, y extremaría sus actos benéficos hasta el sacrificio y la mortificación, todo por orgullo, por el culto del arrastrado Yo. Ley primaria del mundo es el amor propio. Todos hacemos un altar donde nos ponemos á nosotros mismos, y nos adoramos con un dogma cualquiera. Mi dogma es vencer en empeños amorosos.

VILLALONGA.

Vencerás. Así tuviera yo tan seguros el cielo y mi canonjía del Senado. Por cierto que el empeño de meter á Orozco en la combinación me ha hecho bajar un puesto en la lista.

MALIBRÁN.

Tontería. ¡Si Tomás no lo desea!

VILLALONGA.

No te fíes de apariencias. Ya sabes que tengo á nuestro amigo por un poquitín hipócrita. Esa modestia, esos ascos al bombo son afectados. Cada cual se busca su toque ó manera en la sociedad, y el toque de ese es decir «no quiero, no quiero», para que se lo den todo, y tres más.

MALIBRÁN.

Puede que tengas razón... En fin, es muy tarde, y yo me voy.

VILLALONGA.

¿A casa de Leonor?

MALIBRÁN.

Después. Sobre la una. Abur. (_Entra en la sala japonesa, se despide y sale de la casa._)

ESCENA VII

_Los mismos, menos_ MALIBRÁN.

OROZCO, _pasando con Aguado al salón_.

Apuesto á que todavía están apurando el tema del crimen.

MONTE CÁRMENES, _que sale de la sala japonesa_.

¡Crimen y siempre crimen! Augusta quiso entrar en la orden del día; pero Teresa se rebeló contra la presidencia, y ahora está haciendo una excursión patibulario-comparativa al campo de la historia, analizando la vida y milagros de la Bernaola, Vicenta Sobrino y otras tales.

OROZCO.

Mi mujer se pirra por los crímenes, y Teresa es capaz de traerse el verdugo en el bolsillo. Yo que el Gobierno, crearía con ellas y otras damas la policía judicial que tanta falta nos hace. ¿Verdad, Villalonga?... Venga usted para acá. Parece que está usted de puntas conmigo. Le prevengo que no he dado paso alguno para entrar en la combinación. Es cosa de los amigos de usted. Yo lo agradezco sin solicitarlo, y lo aceptaré si me lo dan, así como me quedaré tan fresco si me lo niegan.

VILLALONGA, _para sí_.

¡Valiente jesuitón estás tú! (_Alto._) Para mí es cuestión de amor propio y, ¿á qué negarlo?, de conveniencia. Necesito el cargo para bandearme. Estoy cansado de luchar; tengo, como cada hijo de vecino, mi _serie de lamentables equivocaciones_. Llámelo usted mala cabeza, vértigo político; llámelo usted temperamento anárquico, si le parece mejor. Pero ya voy para viejo, y solicito esa posición para formalizarme y adquirir los hábitos de consecuencia que no tengo. ¿Soy sincero?

OROZCO.

Sí. Sólo por su sinceridad merece usted la breva. Yo siento mucho que, sin comerlo ni beberlo, hayamos venido á ser rivales.

VILLALONGA.

Rivales no. En este caso, hay que hacer justicia al mérito y quitarle el sombrero. La posición, la riqueza de usted justificarían mi preterición, si no hubiera otros motivos.

EL EXMINISTRO, _que ha salido poco antes con ambos Trujillos de la sala de juego, y ha oído lo dicho últimamente por Villalonga, le coge por la solapa y con desentono le dice_: