Realidad: Novela en cinco Jornadas

Part 19

Chapter 193,195 wordsPublic domain

No afirmo ni niego. Aplazo mi juicio, porque te veo cohibida por el temor y te incito á sosegarte y reflexionar. Tiemblas. Tu cara es como la de un muerto.

AUGUSTA.

Estoy enferma.

OROZCO.

Enferma de susto. Tranquilízate: tómate el tiempo que quieras para pensarlo; es temprano. Estamos solos y nadie nos molesta. Mira, yo me siento en esta butaca á leer un poco, y en tanto tú recoges tu conciencia, y decides delante de ella lo que debes responderme. (_Se sienta junto á la mesa en que está la luz, toma un libro y lee._)

AUGUSTA, _para sí_, la _cabeza inclinada sobre el pecho y arrebujada en su abrigo_.

Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica. ¡Qué actitud tan extraña la suya! Por grande que sea la serenidad de espíritu de un hombre, no la comprendo en grado tal. Imposible que su cerebro no sufra alguna alteración honda. La humanidad, ni aun en los ejemplares más perfectos, puede ser así... Y no obstante, ¿qué hay en esa actitud que me causa una especie de alivio y me inspira confianza? Todo esto, ¿será para oirme y perdonarme? Y pregunto yo: «¿Ese perdón vale? El perdón de quien no siente, ¿es tal perdón? ¿Puede un alma consolarse con semejante indulgencia, venida de quien no participa de nuestras debilidades?» ¡Oh, no!; su santidad me hiela. Yo no confieso, no confesaré... ¡Y si tras esa mansedumbre rebulle el propósito de imponerme un castigo severo!... ¡Si en su sistema, para mí no bien comprensible, entra también el trámite de matarme!... ¡Ay, siento escalofrío mortal!... ¡No, no confieso!

OROZCO, _apartando la vista del libro_.

¿Piensas, Augusta, ó es que te has quedado dormida?

AUGUSTA.

No duermo, no. Pensaba en esa tontería que me has dicho, en tu sospecha. ¿Quién te la sugirió? ¿Te habló alguien?

OROZCO.

Curiosidad por curiosidad, creo que la mía debe llevar la preferencia. Habla tú primero.

AUGUSTA.

Sin duda algún amigo nuestro, de los que te tienen envidia y mala voluntad, ó amiga mía, chismosa y visionaria, te ha... (_Impaciente._) ¿Por qué medio adquiriste esas ideas?

OROZCO, _con ligera inflexión festiva_.

Por adivinación.

AUGUSTA.

No creo en las adivinaciones. (_Para sí._) Virgen Santa, mis temores se confirman... Anoche, en aquel delirio estúpido, canté... ¡Si lo tengo bien presente!... ¡Si no se me ha borrado del cerebro la impresión de lo que hice y dije!... ¡Miserable de mí, vendida neciamente! Si ahora me obstino en negar... (_Alto, tragando saliva._) Explícame ese misterio de las adivinaciones.

OROZCO.

Tú lo has dicho: misterio es de nuestra alma. Pero, en este caso, el poder mío revelador ha tenido auxiliares.

AUGUSTA.

¿Alguien me acusó?

OROZCO.

Quizás.

AUGUSTA, _para sí_.

¡Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y separa en mi espíritu las acciones reales de las fingidas por el cerebro enfermo! (_Rehaciéndose._) ¡Oh, no es posible que yo hablara; no puede ser! Me estoy atormentando con un recelo pueril, hijo del miedo. Ánimo... y no confesar.

OROZCO, _para sí, fingiendo leer_.

Esto sí que es difícil de extirpar. El desgarrón de este sentimiento, que me arranco para echarlo en el pozo de las miserias humanas, ¡cómo me duele! Al tirar me llevo la mitad del alma, y temo que mi serenidad claudique. Si salgo triunfante de esta prueba, ya no temeré nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará. ¡Pero cómo me duele esta amputación! (_Mirando furtivamente á su mujer._) Era el encanto de mi vida. Inferior á mí por su inconsistencia moral, su amor me daba horas felices, su compañía me era grata, y la idea de igualarla á mí, purificándola, me enorgullecía. La pierdo. Quizás será un bien esta viudez que me espera; quizás este lazo me ataba demasiado á las bajezas carnales... Me convendrá seguramente perder el único afecto que me ligaba al mundo. ¿Y si no lo perdiera?... Si con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí... (_Volviendo á fijar los ojos en el libro._) ¡Ah!, no tiene alma para nada grande. Si me confiesa la verdad, toda la verdad, la perdono y procuraré regenerarla.

AUGUSTA, _para sí, sofocada y limpiándose el sudor de la frente_.

No sé qué siento en mí... Un prurito irresistible de referir cuanto me ha pasado, mi falta, mi pena inconsolable... ¡Pero si ya se lo revelé!... Sí; no tengo duda. Paréceme que viéndome estoy en el acto inconsciente de anoche; oigo mis propias palabras; me retumban aquí como si ahora mismo las pronunciara. Todo lo canté bien claro... Y si lo sabe, ¿á qué me lo pregunta? ¿A qué humillarme con una segunda confesión?

OROZCO.

¿Has pensado, Augusta?

AUGUSTA.

No, no pienso. Todo está pensado ya. (_Para sí, con tenacidad._) No confieso, no puedo, no quiero. Me falta valor. Siento en mi alma la expansión religiosa; pero el dogma frío y teórico de este hombre no me entra. Prefiero arrodillarme en el confesonario de cualquier iglesia... Y si despierta niego, después de haberme acusado delirando, ¿qué pensará de mí? Nadie es responsable de lo que dice en sueños... Pero los delirios suelen ser el espejo turbio y movible de la vida real... ¡Qué combate dentro de mí! No sé qué hacer ni por dónde escurrirme.

OROZCO.

¿Has examinado tu conciencia, Augusta?

AUGUSTA, _sacando fuerzas de flaqueza_.

Déjame en paz. Mi conciencia no tiene nada que examinar.

OROZCO.

¿Está tranquila? ¿No te acusa de ninguna acción contraria al honor, á las leyes divinas y humanas?

AUGUSTA, _para sí_.

Me confieso á Dios, que ve mi pensamiento; á ti no...

OROZCO.

¿Qué dices?

AUGUSTA.

No he dicho nada. (_Para sí, con brutal entereza._) Me arriesgo á todo... Salga lo que saliere, negaré...

OROZCO.

¿Insistes en llamar disparatado y absurdo el rumor de que presenciaste la muerte violenta de Federico?

AUGUSTA, _para sí, desconcertada_.

¿Poseerá alguna prueba material?

OROZCO.

¿Callas?

AUGUSTA, _enfrenándose_.

No, no callo... Es que me asombro de que creas semejante desatino. (_Para sí._) Si tiene pruebas, que las tenga. Ya no me vuelvo atrás.

OROZCO.

¿De modo que lo niegas?

AUGUSTA.

Lo niego terminantemente.

OROZCO.

¿Y lo juras?

AUGUSTA.

¿A qué viene eso de jurar?... Si es preciso... lo juro también.

OROZCO, _para sí_.

Me engaña miserablemente. Peor para ella. Desgraciada, quédate en tu miseria y en tu pequeñez.

AUGUSTA.

No es propio de ti dar crédito á las invenciones de la gente maliciosa.

OROZCO, _gravemente_.

Yo no anticipo juicio alguno. Me atengo á lo que tú declares.

AUGUSTA, _para sí, recelosa_.

¿Me crees? ¿Crees lo que digo?

OROZCO.

Sí... (_Se aparta de ella, y pasea por la habitación mirando al suelo. Para sí._) Me he quedado solo, solo como el que vive en un desierto.

AUGUSTA, _para sí_.

No me ha creído... ¡Y yo noto un vacío en mi alma...! Me siento divorciada, sola, como si viviera en un páramo.

OROZCO, _para sí_.

Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún cuidado me inquieta ya, si no es el de mi propia disciplina interior, hasta llegar á no sentir nada, nada más que la claridad del bien absoluto en mi conciencia.

AUGUSTA, _para sí_.

He mentido... Su virtud no me convence ni despierta emoción en mí. ¡Divorciados para siempre!... Si viera en él la expresión humana del dolor por la ofensa que le hice, yo no mentiría, y después de confesada la verdad, le pediría perdón. Ningún rayo celeste parte de su alma para penetrar en la mía. No hay simpatía espiritual. Su perfección, si lo es, no hace vibrar ningún sentimiento de los que viven en mí.

OROZCO, _para sí_.

¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi vida. ¿Flaqueará mi ánimo en esta crisis tremenda? La conmoción interior es grande. ¿Conseguiré dominarla, ó me dejaré arrastrar de este impulso maligno que en mí nace, ó más bien resucita, porque es resabio de mis dominadas pasiones de hombre? (_Detiénese detrás de Augusta, contemplándola. Ella no le ve._) ¿Por qué no te impongo el castigo que mereces, malvada mujer? ¿Por qué no te...? (_Apretando los puños._)

AUGUSTA, _para sí_, _sobresaltada y recelosa al sentirle parado detrás de ella_.

¿Qué hace? No me atrevo á moverme, ni á mirar siquiera para atrás. ¡Dios me ampare!

OROZCO, _para sí_, _venciéndose con supremo esfuerzo_.

No, no te iguales á lo más miserable y rastrero de la humanidad. Déjala...

AUGUSTA, _volviéndose aterrada_.

¿Qué? ¿Qué hay?

OROZCO.

Nada, no he dicho nada. (_Para sí, paseando de nuevo._) No, los brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, la serenidad que adquirí á fuerza de mutilar y mutilar pasiones y afectos miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira de lejos estas bastardías liliputienses. Nada existe más innoble que los bramidos del macho celoso por la infidelidad de su hembra.

AUGUSTA, _para sí_.

Si en él viera yo el noble egoísmo del león que se enfurece y lucha por defender su hembra..., me sería fácil humillarme y pedirle perdón.

OROZCO, _para sí_.

Ánimo, y adelante. Volvamos á esta vida externa, cuya estupidez me es necesaria, como la esterilidad glacial del yermo en que habito. Vivamos en esta aridez pedregosa, como si nada hubiera ocurrido. Despierto de un sueño en que sentí reverdecer mis amortiguadas pasiones, y vuelvo á mi rutina de fórmulas comunes, dentro de la cual fabrico, á solas conmigo, mi deliciosa vida espiritual. (_Alto y con resolución._) Augusta.

AUGUSTA, _volviéndose sobresaltada_.

¿Qué?

OROZCO.

¿Pero no te acuestas, hija? Es muy tarde.

AUGUSTA, _para sí_.

El mismo acento de siempre. (_Alto._) Sí, me acostaré. ¿Y tú?

OROZCO.

Yo también. Oye una cosa: mañana recuérdame que hay que comprar el regalo para Victoria Trujillo, cuya boda es el jueves.

AUGUSTA.

Es verdad. ¿Qué le compraremos?

OROZCO.

Lo que tú quieras. Tienes mejor gusto que yo para elegir cachivaches. ¡Ah! Otra cosa: si mañana estás bien, hemos de visitar á Clotilde Viera.

AUGUSTA.

¡Ah, sí!... Mañana estaré bien, y saldré; saldremos.

OROZCO.

Daremos una vuelta en coche por el Retiro y la Castellana. Te llevaré á que veas los cuadros que ha comprado últimamente tu papá.

AUGUSTA.

Bueno... (_Para sí._) Como si tal cosa. El mismo hombre, el mismo, inalterable, marmóreo, glacial. ¿Qué significa esto? (_Alto._) Francamente, no tengo muchas ganas de ver los cuadros que ha comprado papá, pues me dijo Malibrán que eran cosa de muertos, y santos en oración, flacos, sucios y amarillos. Todo eso me es antipático.

OROZCO.

Por cierto que ayer estuve á punto de comprarte una imitación de Watteau muy linda... Pastorcitos, elegantes marquesas con cayado, mucho lazo en la frente y hombros, zapatito de raso, y luego amorcillos jugando con las ovejas.

AUGUSTA.

¡Ay, eso me encanta! ¿Por qué no me lo trajiste?

OROZCO.

Pensé consultar contigo la compra antes de hacerla; pero como estuviste mala, no quise molestarte.

AUGUSTA, _que se levanta y tira del cordón de la campanilla_.

Pues no dudes que te agradezco de todas veras regalito tan de mi gusto. (_Mirándole fijamente y con alarma. Para sí._) ¿Qué significa esta indiferencia grave y hermosa, que raya en lo sobrenatural? Esto no es grandeza de alma. Esto es...

OROZCO, _para sí_.

Expláyate, hombre, expláyate en el páramo de la vida externa. Eso conforta.

AUGUSTA, _para sí, cavilosa_.

Una nueva pena, una nueva inquietud. Será preciso consultar con los mejores especialistas en perturbaciones cerebrales. (_La criada aparece en la puerta. Augusta se retira con ella._)

ESCENA ÚLTIMA

OROZCO, _solo_.

¡Dominada la pavorosa crisis!... Pero andan por dentro de mí los jirones de la tempestad, y necesito dispersarlos, no sea que se junten y condensen de nuevo y me pongan otra vez al borde del abismo de la tontería... Fuera locurillas impropias de mí. Los celos, ¡qué estupidez! Las veleidades, antojos ó pasiones de una mujer, ¡qué necedad raquítica! ¿Es decoroso para el espíritu de un hombre afanarse por esto? No; elevar tales menudencias al foro de la conciencia universal es lo mismo que si, al ver una hormiga, dos hormigas ó cuatro ó cien, llevando á rastras un grano de cebada, fuéramos á dar parte á la Guardia civil y al juez de primera instancia. No; conservemos nuestra calma frente á estas agitaciones microscópicas, para despreciarlas más hondamente. Figúrate que no existen para ti; muéstrate indiferente, y no hagas á la sociedad y á la opinión el inmerecido honor de darles á entender que te inquietas por ellas. Que nadie advierta en ti el menor cuidado, la menor pena por lo que ha ocurrido en tu casa. Para tus amigos serás el mismo de siempre. Que te juzgue cada cual como quiera, y tú sé para ti mismo lo que debes ser en ti, compenetrándote con el bien absoluto. (_Asómase á una ventana que da al patio de la casa._) ¡Hermosa noche, tibia y serena, de las que ponen á Villalonga fuera de sí! ¡Cómo lucen las estrellas! ¡Qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen á contarle que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante llamado mujer quiso á un hombre en vez de querer á otro! ¡Si el espacio infinito se pudiera reir, cómo se reiría de las bobadas que aquí nos revuelven y trastornan!... Pero para reirse de ellas era menester que las supiera, y el saberlas sólo le deshonraría. (_Abre los cristales y apoya los codos en el antepecho. En la pared opuesta del patio rectangular se ven las ventanas de la escalera de la casa._) Da gusto respirar el aire libre: su frescura despeja la cabeza y sutiliza la imaginación. (_Pausa._) Siéntome otra vez asaltado de la idea que ha sido mi suplicio ayer y hoy, la maldita representación del trágico suceso, y la manía de reconstruirlo con elementos lógicos. ¿Qué pasó, cómo fué, qué móviles lo determinaron? Me había propuesto expeler y dispersar estos pensamientos; pero no es fácil. Se apoderan de mi mente con despótico empuje, y tal es su fuerza plasmadora, que no dudo puedan convertirse en imágenes perceptibles á poco que yo lo estimulara. (_Agitado._) Debo recogerme y procurar el reposo. (_Cierra la ventana y se retira. Discurre por varias habitaciones de la casa, las unas obscuras, alumbradas las otras. Largo intermedio, al fin del cual vuelve á encontrarse Orozco, por efecto de una traslación inconsciente, en la ventana que da al patio._) ¿Cómo es esto? ¿Todavía luz en la escalera? Y parece que entra alguien y sube. (_Fijándose en las ventanas de enfrente._) Sí; una persona sube con paso lento, como fatigada. ¡Ya! Será Juan, que se retira después de haber cerrado el portal y apagado las luces. ¡Pero si el gas está encendido aún!... El tal sigue subiendo..., y es persona á quien creo conocer..., aunque no puedo asegurar quién sea. Juan se ha dormido, ¡qué posma!, y deja entrar á todo el que llega. (_Llamando._) ¡Juan!... No me oye... Iré á ver qué intruso es este. (_Se aparta de la ventana, atraviesa el despacho, luego el billar, y sale á la sala de tresillo._) ¿Pero qué es esto? ¿El salón también encendido? (_Sorprendido de ver luces en todas las estancias._) Vamos que... Saldremos por aquí á la antesala y á la escalera, á ver quien... á estas horas... (_Asómase á la puerta de la antesala, y retrocede después de una breve inspección._) Nadie, nadie. Era mi idea, queriendo convertirse en imagen. (_Atraviesa el salón y la sala japonesa; pasa al gabinete próximo, que comunica con el tocador y la alcoba conyugal, y al entrar en ésta siente pasos detrás de sí; vuélvese y ve una imagen subjetiva, representación fidelísima de persona viviente. La imagen viste de frac. Semblante triste y afectuoso._)

OROZCO, _levantando el cortinón de la puerta que da á la alcoba_.

¡Ah! ¿Eres tú? Acabáramos... Yo decía: «¿Pero quién sube á estas horas?» ¿Estaba Juan dormido cuando entraste?

LA IMAGEN.

Sí; todos duermen á estas horas; tú también.

OROZCO.

Yo no. ¿No me ves en pie?

LA IMAGEN.

¡Qué has de estar en pie, hombre! Por cierto que tienes una postura molestísima. ¿Negarás que te duelen el brazo derecho y el cuello?

OROZCO.

Sí que me duelen.

LA IMAGEN.

Ponte de otra manera y respirarás más fácilmente. ¿Por qué no duermes tranquilo? ¡Pobre cerebro, atormentado noche y día por las fórmulas algebraicas de la conciencia universal! Si no te calentaras los cascos dormido y despierto, no vendría yo á molestarte.

OROZCO.

No me molestas. Pasa aquí. (_Entran en la alcoba._)

LA IMAGEN.

Se me ocurrió venir porque pensabas en mí más de lo que yo merezco, reproduciendo en tu mente mi persona y mis actos con una fuerza tal que hacías vibrar mis inertes huesos. En medio de tus extraordinarias perfecciones, tuviste flaquezas impropias de un hombre de tu altura moral; reconstruiste, al par de la terrible escena de mi muerte, las escenas amorosas que la precedieron.

OROZCO, _con tristeza_.

Es verdad: ayer y hoy, á pesar de mis esfuerzos por encastillarme en un vivir superior, no he podido menos de ser á ratos tan hombre como cualquiera. Pensé mucho en ti y en ella. Y tú me dirás: «¿cómo has llegado á conocer la verdad de mi desastrosa muerte?» Te contestaré que he pasado rápidamente de la presunción á la certidumbre.

LA IMAGEN.

¿Te lo ha dicho esa?

OROZCO.

Anoche, calenturienta y trastornada, articuló delante de mí palabras ininteligibles. Pero no vendió su secreto. Esta noche, despierta y en posesión de su juicio, no ha tenido grandeza de alma para confesarme la verdad. La muy tonta se ha perdido mi perdón, que es bastante perder, y la probabilidad de regenerarse.

LA IMAGEN, _acercándose al lecho de Augusta y contemplándola dormida_.

Duerme, como tú, intranquila, y también me trae á su lado.

OROZCO.

¿Pero la ves á ella? Yo creí que me veías á mí solo, como hechura mía que eres. Y te equivocas al pensar que duermo. Ni siquiera estoy en el lecho: me veo en pie, como tú, vestido; aún no me he quitado el frac. Acércate acá. ¿Qué haces ahí mirando á mi mujer? ¿No la has visto bastante? Es una falta de atención que me dejes con la palabra en la boca habiendo venido á visitarme... Pero qué, ¿te vas? (_Se pasa la mano por los ojos._)

LA IMAGEN.

No; aquí me tienes. Te toco para que no dudes de mi presencia.

OROZCO, _cogiéndole una mano_.

No he concluído de contarte cómo se determinó en mí el conocimiento de esa triste verdad. El rumor público acerca de la culpabilidad de Augusta fué principio y fundamento de mis presunciones. Oí todas las hablillas, y de su variedad y garrulería saqué la certidumbre de que esa desdichada te amó, y de que tú la amaste. Completaron mi conocimiento diversos accidentes: las visitas de Felipa, algo que advertí en la cara de ésta, la turbación de Augusta, la rozadura de su mano, y un no sé qué, un misterioso sentido testifical notado en la luz de sus ojos, en el eco de su voz y hasta en el calor de su aliento. Ahora, respecto á tu muerte, nada concreto sé. No puedo decir que poseo la verdad; pero tengo una idea, interpretación propiamente mía, hija de mi perspicacia y de mi estudio de la conciencia universal é individual. Esta interpretación atrevida no concuerda con ninguna de las versiones vulgares patrocinadas por los comentaristas del ruidoso y sangriento caso; es mía exclusivamente, y voy á comunicártela. (_La imagen se sienta al borde del lecho en que yace Orozco, y se inclina sobre éste._) Pero no peses tanto sobre mí. Me sofocas, me oprimes, no me dejas respirar... Oye lo que pienso de tu muerte... ¡Ay!, por Dios, no te apoyes en mi pecho. La más grande montaña del mundo no pesa lo que tú... Pues mi opinión es que moriste por estímulos del honor y de la conciencia; te arrancaste la vida porque se te hizo imposible, colocada entre mi generosidad y mi deshonra. Has tenido flaquezas, has cometido faltas enormes; pero la estrella del bien resplandece en tu alma. Eres de los míos. Tu muerte es un signo de grandeza moral. Te admiro, y quiero que seas mi amigo en esta región de paz en que nos encontramos. Abracémonos. (_Se abrazan._)

Madrid, Julio de 1889.

FIN DE LA NOVELA