Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 18
Tomás me llamó esta tarde y me rogó que le enterara de lo que se dice por ahí. No me anduve en chiquitas. Sé cuánto le agrada la verdad, y á la buena de Dios le informé de todo, empezando por las versiones necias y acabando por las horripilantes. Vale más que lo sepa, y que entienda que algunos de sus amigos no merecen serlo. ¿Pero has visto, Villalonga, qué tonta es esta humanidad?
VILLALONGA.
Sí, hijo mío, es más tonta que tú, que es cuanto hay que decir.
ESCENA X
_Los mismos._ CISNEROS, _que aparece en la sala japonesa, viniendo del interior de la casa_.
CISNEROS, _para sí_.
¡Pobrecita mía, cuánto padece! ¡Verse calumniada, zarandeada por tanto imbécil!... Esto es un horror... (_Con rabia._) ¡Bendito sea Nerón! Comprendo su deseo de que la humanidad no tuviese más que una sola cabeza para cortarla... Hasta los periodiquillos se atreven á deslizar malévolas alusiones á esta casa. Ya os daría yo una buena mano de azotes si pudiera. ¡Habráse visto otra! ¡Reticencias contra mi hija...! Estoy que trino. (_Atraviesa el salón sin saludar á nadie, y entra en la sala de tresillo._)
VILLALONGA.
Aquí está D. Carlos. ¡Qué fea vitola trae! Don Carlos, ¿qué nos cuenta?... ¿Qué se dice?
CISNEROS, _sofocando su rabieta_.
Se dice..., pues se dice que este es un país de idiotas.
VILLALONGA.
Eso ya lo sabía yo. Detesto á mi patria, la hidalga nación del garbanzo, de Recaredo y de la gramática parda. ¡Pues si yo pudiera metamorfosearme en inglés ó en alemán...!
CISNEROS.
Como no te metamorfosees tú en el moro de los dátiles. Este es un país liliputiense. Dan ganas de andar sobre él así... (_pisa fuerte_), destruyéndolo á pisotones como á las hormigas. Les juro á ustedes que esta noche dormiría yo muy tranquilo si tuviera ocasión de dar un par de linternazos á alguien.
VILLALONGA.
Pues déselos usted á Malibrán que dice...
CISNEROS, _con viveza_, _apretando los puños_.
¿Qué dice?
MALIBRÁN.
Pues que la tabla que ha comprado usted anteayer como de Memling no es ni siquiera flamenca. La tengo por una imitación francesa de las peores.
CISNEROS.
Váyase usted al cardo con sus tablas. Entiende usted de pintura lo que yo de empollar mosquitos. Lo que hacía falta aquí, créanlo, era un Nerón. ¡Qué hombre tan simpático, y qué buena persona! Ya podían echarle periódicos á ese.
CALDERÓN.
¡Fuertecillo está usted, D. Carlos!
VILLALONGA.
Desengaños amorosos. ¿Lo digo?
CISNEROS.
¿Qué?
VILLALONGA.
Lo diré: entre barbianes no debe haber misterios. Pues esta tarde le han visto á usted salir de la gruta de Calipso, ó sea de la casa de Leonor.
CISNEROS.
Toma. ¿Y qué?
VILLALONGA.
Es que creíamos que usted no sirve ya ni para novilladas de invierno, y que ya no sabe ni marcar una banderilla.
CISNEROS.
¡Monigotes!... Generación menguada y raquítica, los viejos toreamos mejor que vosotros. Preguntádselo á cualquier res. No servís para nada, y con estas canas os dejo yo tamañitos siempre que queráis.
MALIBRÁN.
¡Buen punto está usted! ¡Con su carga de años, visititas á _La Peri_!...
CISNEROS.
Porque se puede. Fastidiarse... Ea, fantoches, vuestra conversación me revienta.
CALDERÓN.
¿No quiere echar una partidita?
CISNEROS.
No estoy de humor de juegos. No tengo tranquilidad, no puedo estarme quieto; necesito moverme, correr, ir de aquí para allá, empujar al que se me ponga delante, y si alguien se desmanda, ¡por vida de la tía Cotilla!, le... le pulverizo. (_Sale de estampía por la puerta del billar._)
CALDERÓN.
¡Es mucho D. Carlos!...
MALIBRÁN.
Se me figura que he calado el objeto de sus visitas á _La Peri_.
VILLALONGA.
Y yo también. (_Pasan al salón, formando grupos que entablan animados coloquios._)
OROZCO, _á Calderón_.
Nada más divertido esta noche que el examen de caras, Pepe. La de Teresa Trujillo, deliciosa, incomparable. Expresa curiosidad febril y el arrobamiento artístico del que asiste á una función dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha leído en la frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera yo un folletín espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un puro resplandor de júbilo, como faz vergonzosa que se consuela con la vergüenza ajena. El rostro abesugado del buen Pez, radiante de cordura y ministerialismo. Parece descargar todo el peso de su severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus historias son ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes? La imposibilidad de soltar ahora el _todo va bien_ le da una contracción violenta, que le desfigura y le hace parecer otro hombre. La cara del Exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de protección, como si dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas cosas». Te aseguro que me he divertido delante de este museo de la opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si hablaran...! ¡Cuánto daría yo por oírles!
CALDERÓN.
Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se habrán divertido fotografiándote la tuya.
OROZCO.
No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan todos los días. La cara mía que expresa y siente, ¡ay!, es la que mira para adentro. (_Llegan más personas._) Parece que esta noche carga el gentío que es un primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso interés: el público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas, ó de criminales, ó de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver los sitios por donde vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre, tocar los objetos que llevan impresa la huella del delito... (_Con amargura._) En suma, el drama está en mi casa y tengo esta noche un lleno completo. (_Dirígese á saludar á los que llegan._)
CALDERÓN, _para sí_.
Hombre sin igual es éste. Todo lo sabe y parece que lo ignora todo.
ESCENA XI
Tocador de Augusta. Es de noche.
AUGUSTA, _doliente, recostada en un sofá_; FELIPA, _en pie, delante de ella_.
AUGUSTA.
¡Gracias á Dios que vienes á tranquilizarme!
FELIPA.
Dos veces estuve aquí esta mañana; pero la señorita dormía y no quise molestarla.
AUGUSTA.
¡Dormir! No he descansado desde aquel momento terrible... No sé si esto es dormir ó no; ignoro si mis impresiones son fingidas ó reales; estoy como idiota, Felipa, y el temor que llena mi alma no me permite ordenar los recuerdos ni apreciar lo sucedido. Ni aun puedo formar juicio de mis acciones desde aquel instante, ni de cómo vine aquí. Cuéntame lo que ha pasado después. Estoy en ascuas. ¿Qué hiciste? ¿Se ha descubierto? Dímelo todo, sin ocultarme cosa alguna, por terrible que sea.
FELIPA, _bajando la voz_.
Tranquilícese la señorita. No se ha descubierto ni se descubrirá nada. En cuanto dejé á la señorita aquí, después de lavarle las manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la manga, me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del pobre...!
AUGUSTA, _dando un gran suspiro_.
¡Ay!
FELIPA.
Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una silla.
AUGUSTA.
¿Lo tiraste á la calle?
FELIPA.
Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré junto á la valla. Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos lavoteamos las manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa... Examinamos con remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas de sangre; pero no hallamos... ni esto. Los vecinos del principal, únicos que hay en la casa, como si estuviesen en Babia. No se enteraron de cosa ninguna. Verdad que el tiro retumbó muy poco. Lo habrían oído los vecinos si hubieran estado encima; pero, claro, al otro piso no llegó la bulla. Los porteros, sordos, mudos y ciegos: de ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya les pueden echar jueces. Les he prometido que la señorita les librará de quintas al hijo.
AUGUSTA.
¿Uno, un hijo solo?... Les libraré más: todos los que tengan.
FELIPA.
Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan contentos los pobres. Son unas almas de Dios.
AUGUSTA.
¡Ay!, habla más bajo... Tengo un miedo horrible... Mira si hay alguien en el gabinete.
FELIPA, _que se asoma al gabinete y vuelve_.
Ni una mosca. Podemos hablar sin recelo. Esta mañana fuí, y ¿qué hice? Llevé allá á mi hermana con toda su chiquillería, y atesté de muebles la sala, y ya está Rafael trabajando. Quitamos primero la alfombra, desmontamos la cama, me llevé las botas, el sombrero y vestido de la señorita...; saqué del pupitre los papeles, cartas á medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé á mi casa...
AUGUSTA.
Mejor sería que lo quemaras todo...
FELIPA.
Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa, tan cierto como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero decir, que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella noche...
AUGUSTA, _secreteando_.
Ya está prevenida Ramona, y bien recompensada. Esta mañana vino á verme. Confío en que no me faltará. Si la curia hiciera alguna tontería corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo arreglará. Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y quedó en hablarle mañana mismo.
FELIPA, _casi entre dientes_.
Todo irá como en las propias manos del Silencio, y aquí el que más mira menos ve.
AUGUSTA.
¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí de ningún modo podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste. Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en comparación de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando.
FELIPA.
No hablemos de eso. Por usted me dejaría yo matar, si fuera preciso.
AUGUSTA, _conmovida_.
No merezco tanta abnegación... Déjame que llore. ¡Ay de mí! Todavía no acierto á dominar la situación en que me encuentro. A ti, que me has ayudado á ocultar mi falta; á ti, que sabes la verdad de esta deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte á boca llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo desproporcionado á la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si fuera castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no. ¡Verle morir así, sin que en su agonía tuviera para mí una palabra de ternura!... ¿No te acuerdas?, parecía que me despreciaba..., ¡á mí que le he querido tanto, que estaba dispuesta á sacrificarle mi posición, mi honor!... El desdén con que me trató después de atentar á su vida por primera vez me ha destrozado el alma, dejándome una herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dió un nombre ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela...
FELIPA.
El trastorno, la ofuscación... Si no supo lo que hacia, menos había de saber lo que hablaba.
AUGUSTA.
Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la propia mano, aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como consuelo?
FELIPA.
No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido á Dios que me perdone.»
AUGUSTA.
Eso es, perdón á Dios, y á mí que me partiera un rayo. ¿Por qué no me había de pedir perdón también á mí, aunque no fuera sino por este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice que le maté yo. ¡Qué infamia tan estúpida!... Yo estoy muerta de pena y desconsuelo; de pena por él, porque le amé, quizás más de lo que se merecía; desconsolada porque no le volveré á ver, porque murió queriéndome poco ó nada, dejándome afligida y celosa..., sí, celosa... ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible pesadilla!... ¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay tiempo bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.
FELIPA, _con agudeza_.
El tiempo es muy bueno; trabaja sin que se sienta, y del fin de unas cosas hace el principio de otras.
AUGUSTA.
Cada hora que pasa me siento más acongojada y padezco más. Aquella noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror mismo, me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente. Por la mañana me vestí para ir á misa, y cuando Pepe me dió la noticia, me asustó como si fuera una novedad para mí. Hízome el efecto de ver traducida á la realidad una cosa soñada. Desde aquel momento perdí el valor y me descompuse. Postrada en este sofá pasé un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido mi pena inmensa, aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño para ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú que, cuando se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada á aparentar que sólo llorabas al gato de la casa.
FELIPA.
¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal comedia.
AUGUSTA.
Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el castigo es desproporcionado á la falta. ¡Luego de la situación esta se derivan tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en mí sentimientos tan extraños, que me pongo á morir cuando entra aquí y me habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común, y su serenidad ni me lastima ni me inquieta; á veces paréceme que le admiro todo lo que admirarse puede, y me pondría de rodillas delante de él para adorarle como á un ser que no participa de nuestras miserias.
FELIPA, _advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un pañuelo_.
¿Qué es esto?
AUGUSTA.
La magulladura que me hice en la muñeca cuando forcejeamos para quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana siguiente.
FELIPA.
A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me duele bastante.
AUGUSTA.
He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque nadie lo ha puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para los que me creen asesina.
FELIPA.
El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas. D. Tomás se creerá lo del lacre.
AUGUSTA, _con profunda tristeza_.
¡Ay! ¡Si vieras tú qué recelosa estoy de que lo sabe todo, aunque aparenta ignorarlo! Tengo mil motivos para conocer su penetración, que en ciertos casos supera á cuanto se puede decir. No obstante su tranquilidad, que me hace dudar... «Si lo sabe, me pregunto yo, ¿por qué no me lo dice? Su calma, ¿es la expresión más refinada del desprecio que le merezco, ó significa una situación de espíritu muy diferente?» Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener pesadillas horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo real de lo soñado. Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida la terrible escena, lo mismo, Felipa, lo mismo que la vimos tú y yo. De que esto fué imaginario no tengo duda. Pero después..., y aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha quedado en mí, aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues oye. Me levanté..., fuí al despacho de Tomás y llamé á la puerta. El dijo desde dentro: «¿quién es?», y yo respondí: «soy _La Peri_». Abrió; entré, y sentándome á su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué atrocidad! Pues he pasado todo el día de hoy revolviendo en mi cabeza aquel acto, y trabajando por poner en claro si fué real ó no. Tengo los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy viendo á Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy _La Peri_; no vayas á creer que soy tu mujer»; y luego vuelta á contarle cómo y por qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es la duda de si este delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, ó si, en efecto, yo me levanté de mi cama, y fuí al despacho de Tomás, y él me abrió, y hablamos, y...
FELIPA.
Señorita, ¡por los clavos de Cristo!, eso no se hace nunca sino en sueños.
AUGUSTA.
Pero en el trastorno en que yo estuve anoche, trastorno de los sentidos y del alma toda, no sé... ¿No sabes tú que hay personas que dormidas andan y hablan y repiten lo que les ha pasado recientemente?
FELIPA.
Sí, y á esos llaman sonámbulos.
AUGUSTA.
Yo no me he tenido nunca por sonámbula. ¡Oh, no, imposible que este recuerdo amarguísimo sea recuerdo de un acto real! ¿Verdad que no? La impresión del hecho que llevo en mí es de pesadilla, de esas que á veces se quedan dentro de nosotros tan bien estampadas como los hechos positivos. Pero... todo podría ser. Anoche deliraba yo como un tifoideo, y tenía fiebre muy alta. Yo cerraba los ojos, y al abrirlos de tiempo en tiempo, Tomás junto á mí, mirándome sin pestañear. Sus miradas me penetraban hasta el fondo del alma. No puedo asegurarte si le veía despierta ó le veía dormida. ¿Hablé yo? ¿Me levanté y anduve? Conservo una idea vaga de haber sentido sus pasos alejándose hacia el despacho, á no sé qué hora de la noche. También ha quedado en mí una obscura reminiscencia de lo que me atormentó la idea de ser yo _La Peri_, ese trasto, y de los esfuerzos que hice para no ser ella, sino quien soy. ¡Lucha espantosa entre un nombre y mi conciencia!... Pero nada puedo afirmar con certeza. No sé qué daría por disipar esta duda horrible, cerciorándome de que no hablé, de que no me vendí. (_Pasándose la mano por la frente._) ¡Cómo está esta cabeza!
FELIPA, _atisbando á la puerta_.
Me parece que el señor viene. (_Se levanta._)
ESCENA XII
_Las mismas._ OROZCO.
OROZCO, _á su mujer_.
Querida, aunque no es tarde, harías bien en irte á descansar. ¿Por qué no te acuestas?
AUGUSTA.
Espero á tener sueño. ¡He dormido tanto en este sofá!...
OROZCO.
La conversación no te conviene. (_Tomándole el pulso._) Ni pizca de fiebre; pero la charla puede hacerte daño, y has picoteado bastante esta noche: primero con tu papá, después con Manolo Infante, ahora con Felipa.
AUGUSTA.
Hablar me distrae. Di, ¿se han ido todos ya?
OROZCO.
Todos. Como no estabas tú, la reunión, cansada de su propia insipidez, se ha disuelto temprano. Y ahora nos quedaremos solos, porque ésta se marchará también. Felipa, retírate, que algo tendrás que hacer en tu casa.
FELIPA, _para sí_, _turbada_.
Parece que me echa. Sabe más que Merlín el señor éste... Imposible que deje de... (_Alto._) Con permiso...
AUGUSTA.
Felipa, quedamos en que mañana recogerás en casa de Sobrino veinticuatro varas, que con las diez y media que tienes...
FELIPA, _oficiosamente_.
Ocho y poco más, señorita... Pues hacen treinta y dos.
AUGUSTA.
Eso es; pero antes de cortar me traes la batista para verla, porque si no es igual á la otra, la devolveremos.
FELIPA.
Bueno. ¿Me manda algo más?
AUGUSTA.
Que te des mucha prisa. ¡Ah! Y que no me olvides los visillos...
FELIPA.
Estamos en ellos. Buenas noches. Que ustedes descansen. (_Vase._)
OROZCO.
Si no tienes sueño, pasa á mi despacho y hablaremos un ratito.
AUGUSTA.
Si que pasaré. ¿Piensas velar?
OROZCO.
Es posible.
AUGUSTA, _recelosa_.
¿Tienes que hacer? ¡Qué afán de calentarte los cascos en cosas que no nos importan!
OROZCO.
Si nos importan ó no, lo veremos... Allí te aguardo.
AUGUSTA.
Iré. (_Se incorpora._)
ESCENA XIII
Despacho de Orozco.
AUGUSTA, _envuelta en su cachemira, se acomoda en una butaca junto á la chimenea, muy cargada de lumbre_; OROZCO, _junto á la mesa, en la cual hay una lámpara encendida_.
OROZCO.
Qué... ¿tienes frío?
AUGUSTA.
Un poco; pero ya voy entrando en calor. (_Para sí._) No sé por qué, tiemblo. Su mirada me desconcierta.
OROZCO.
No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco de asuntos que á entrambos nos interesan.
AUGUSTA.
¿Asuntos?... Tú siempre discurriendo empresas ó aventuras humanitarias...
OROZCO, _interrumpiéndola_.
No es eso...
AUGUSTA.
Vale más que te acuestes y descanses.
OROZCO, _acercándose á ella_.
Descansaría si pudiera. Pero por mucho dominio que uno tenga sobre sí propio, por grande que sea nuestra energía para disciplinar las ideas, hay ocasiones, querida, en que las ideas ahogan la necesidad de reposo, y el sueño es imposible.
AUGUSTA, _para sí_, _con espanto_.
Llegó el momento de las explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe, ó desea saberlo? (_Mirándole fijamente á los ojos._) ¿Quién podrá descifrar el jeroglífico de ese rostro de mármol?
OROZCO, _para sí_, _mirándola á su vez con atención profunda_.
¿Será capaz de confesar? Me temo que no.
AUGUSTA, _para sí_.
No nos acobardemos. Me adelantaré gallardamente á sus preguntas. (_Alto._) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres decirme algo y no te atreves?
OROZCO.
Te observo temerosa, y esperaré á que te tranquilices.
AUGUSTA.
¡Temerosa yo! (_Para sí._) Fingiré un valor que no tengo... Hasta para confesar lo necesitaría, pues si me rindo, conviéneme hacerlo con dignidad.
OROZCO.
Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con palabras. Yo también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente para poner la verdad por encima de los afectos grandes y chicos, para reducir á la insignificancia las pasiones cuando contradicen el sentimiento universal.
AUGUSTA, _para sí_.
Desvaría. El delirio humanitario se ha apoderado de él. Esto me envalentona. Veámosle venir.
OROZCO.
Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en un sistema de vida que empieza siendo espiritual y difícil y acaba por ser fácil y práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad á fuerza de meditaciones y de magnas luchas.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el pensamiento de este hombre! Si me hablase en lenguaje humano, que moviera mi corazón y mi conciencia, me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se han hecho para mí, amasada en barro pecador. (_Alto._) Ya sé que eres un hombre sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, á la calladita y sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido lo que parece imposible en la flaqueza humana, á saber: no tener pasiones, subirte á las alturas de tu conciencia eminente y mirar desde allí los actos de tus semejantes, como el ir y venir de las hormigas; aislarte y no permitir que te afecte ninguna maldad, por muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he comprendido bien? (_Orozco hace signos afirmativos con la cabeza._) ¿Y quieres que yo te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme, caigo y me estrello.
OROZCO.
La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos deseos y el pensamiento de toda inclinación mala.
AUGUSTA.
¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven á ensuciar cuando menos lo pienso.
OROZCO.
Yo te enseñaré la manera de triunfar si te confías á mí; pero por entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y después que yo lo sepa... hablaremos.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Confesar!, esto me aterra. Si él fuera más hombre y menos santo, tal vez...
OROZCO.
¿No contestas á lo que te digo? Descúbreme tu interior; pero con efusión completa.
AUGUSTA, para sí.
Lo sabe y quiere arrancarme la confesión. ¿Cómo lo habrá sabido? ¿Se lo dije yo? Esta duda me vuelve loca. Tomemos la ofensiva. (_Alto._) ¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí? Empieza por decirme en qué se funda tu suspicacia, y yo veré lo que debo contestarte.
OROZCO, _con determinación_.
Inútiles y ridículos escarceos. Vale más que hablemos con claridad. Desde que apareció muerto Federico, tu nombre anda en lenguas de la gente. No necesito añadir más. Lo que haya de verdad en esto, tú me lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es, que yo lo sepa por ti misma. Esta ocasión es solemne, y en ella he de saber quién eres y lo que vales.
AUGUSTA, _turbada_.
¿Pero tú... crees...?
OROZCO.
Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero á que tú hables.
AUGUSTA, _para sí_.
¡Confesar!... ¡Antes morir!... ¡Siento un pavor!... (_Alto._) Pues te diré: extraño mucho que des asentimiento á esas infamias.
OROZCO, _flemáticamente_.
Luego es falso lo que se dice.
AUGUSTA.
¿Y lo dudas?
OROZCO.