Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 17
¡Ay, la pícara idea moderna, contra la cual yo estoy á matar! A todo el que piensa ó hace algo extraordinario le llaman loco. Es que esta innoble sociedad, sin religión, sin ningún principio, no comprende nada grande. El genio poético y la inspiración, locura; locura las acciones maravillosas; locos los criminales, para dejarles impunes; locos los grandes hombres, para empequeñecerles. ¿Pretenden sin duda establecer un nivel de tontería y vulgaridad del cual no rebase nadie? No, yo protesto contra esa idea. ¡Orozco demente! ¡Oh, Dios de justicia! ¿Y por qué? ¡Porque imaginó aquel plan admirable en beneficio mío y de mi hermana! Idea encantadora, original y atrevida; idea tan alta, que no se puede uno elevar hasta ella y hacerse digno del que la concibió, sino no aceptándola. Sí, rechazarla es merecerla, querida mía, y aceptarla es una indignidad... Créelo, si aquí hay locos, somos nosotros, tú y yo, que estamos discutiendo una cosa tan clara y sencilla.
AUGUSTA, _contrariada_.
Lo claro y sencillo es que no tienes sentido común..., ó en ti no hay más que orgullo, soberbia, hinchazón, caballería andante y ganas de hacer el paladín.
FEDERICO.
Ni comprendo yo cómo podría ser amado un hombre capaz de envilecerse hasta ese punto. Yo mujer..., ¡quita allá!, sentiría asco del hombre que en un caso semejante no procediera como yo procedo.
AUGUSTA, _retirándose de la mesa y arrojándose en un sofá_.
Será que estoy imposibilitada de verlo así por mi ceguera, porque todas las potencias del alma me las tiene secuestradas el amor. (_Con arrogancia._) No me pesa ser así, ni me concibo de otra manera. Pudo asustarme esta falta mía cuando á ella me vi lanzada; pero una vez en el camino, las cuestas, y aun los despeñaderos, no me asustan. Todas las consecuencias que pudieran sobrevenir, yo las soporto. A veces me doy á imaginarlas muy terribles, y créelo, las miro sin pestañear. Queriéndote yo, y queriéndome tú, para nada me faltan alientos. Paréceme que no hay ningún interés superior al de tu tranquilidad, y que la logres por mi mediación será mi mayor dicha.
FEDERICO, _agitado y hosco_.
No puede ser, repito que no puede ser.
AUGUSTA, _con súbita energía_.
Pues lo será, quiéraslo ó no. ¿Se ha de hacer siempre lo que á ti se te antoje?
FEDERICO.
En cosas que á mí sólo atañen, sí. ¡Pues no faltaba más...!
AUGUSTA, _con exaltación_.
Tienes el deber de complacerme, de sacrificarme tu orgullo, á mí, á mí, que me he deshonrado por quererte... Vengamos á cuentas. ¿No puedes tú deshonrarte un poco por mí?
FEDERICO.
Augusta, mi sacrificio en ese caso sería superior al tuyo.
AUGUSTA.
Egoísta.
FEDERICO.
Egoísta tú...
AUGUSTA, _levantándose poseída de furor_.
Pues tiene que ser, porque yo te lo mando... Necio, si ya no puedes evitarlo. Estás cogido. Te lo diré, para que te sometas á los hechos consumados. Esta mañana han estado en casa dos de tus acreedores. Les citó mi marido para tratar con ellos de la manera de recoger tus pagarés.
FEDERICO, _con menosprecio_.
¡Mujer!... Déjame en paz. Usas un argumento capcioso para doblegarme.
AUGUSTA.
Te doblegarás, aunque no quieras. Lo hecho, hecho está, y que patalee tu ridículo orgullo. Y si te obstinas en luchar con nosotros, te aborrezco, te abandono á tu suerte... (_Nerviosa y trémula coge una copa de champagne, como con intención de beber; pero de improviso la estrella contra la pared próxima._) ¡Maldita sea yo mil veces!
FEDERICO.
Estás loca, loca..., y yo también.
AUGUSTA, _rompiendo á llorar_.
¡Dios mío, qué desgracia querer á este hombre, quererle así... Y no poder yo arrancarle de mi alma, como debo y como él se merece!
FEDERICO, _aproximándose á ella_.
Aborréceme de una vez. Y así quedaremos francos para hacer cada cual nuestra santa voluntad.
AUGUSTA, _con vivísima expresión en la voz y gesto_.
No sé aborrecer...; pero sabré arrancarte de mi corazón y arrojarte á la indiferencia. Estúpido, tú te lo pierdes. Consúmete en la miseria; vive como los tramposos, sin familia, sin hogar casi, acechando la suerte, perseguido de acreedores, sin saber por qué calle pasar, porque en todas temes que salga una fiera con las garras afiladas; anda, sigue, corre, diviértete; devánate los sesos calculando cómo aplacar á este usurero, cómo entretener al otro, cómo engañarles á todos; pásate la vida aparentando bienestar y alegría, de casa en casa, y en realidad más pobre y más angustiado que los infelices harapientos que piden limosna por las calles.
FEDERICO, _que se sienta al otro extremo de la mesa, volviendo la espalda á Augusta_.
Sí, ese es mi destino. Qué quieres; viviré así..., mientras viva.
AUGUSTA.
Buen provecho. Imposible hacer carrera de ti. Esto me desilusiona de una manera horrible. Hemos concluído. Ya era tiempo... Por culpa tuya es... Esta noche nos despedimos para siempre.
FEDERICO.
Concluiremos, sí... Yo lo deseo.
AUGUSTA.
¡Lo deseas! (_Conteniendo su furor._) Ya lo conocía yo... Pues mira: yo también lo deseaba. No me decidía por lástima de ti.
FEDERICO.
Y yo también vacilaba, por la misma razón.
AUGUSTA.
Pues mejor... (_Rabiosa._) Esto se acabó. Ya era tiempo.
FEDERICO, _para sí, apoyando la cabeza en las manos_.
¡Nada me queda ya, ni esto siquiera! Hasta el recreo de la imaginación se me acaba. Ya ni aun podré engañar las soledades de mi vida llamando á la mujer seductora y diciéndole: «vente á pasar un rato conmigo». Romperemos.
AUGUSTA, _altanera y sarcástica_.
Tenía que ser. Somos incompatibles. Tu quijotismo no se aviene con mi llaneza... Puede que te lo sufran esas mujerzuelas con quienes tratas, las _Peris_ y otros tipos semejantes, porque esas, por su misma inferioridad, hasta pueden socorrerte sin herir tu soberbia...
FEDERICO, _llena de champagne una copa y la bebe_.
¡Dios mío, qué mal me siento! (_Pausa. Augusta le contempla sin chistar._)
ESCENA IV
_Los mismos. La_ SOMBRA DE OROZCO, _que entra por la puerta de la derecha, y se sienta á la mesa frente á Federico. Viste traje de cazador con capote de monte. Augusta no le ve._
FEDERICO, _mirándola con estupor_.
¿Ya estás aquí?... Te esperaba.
LA SOMBRA, _tiritando_.
¡Hace un frío en aquel monte!... (_Se sirve champagne y bebe._) Parece que te causo miedo. No temas; soy tu amigo. Desde la calle se oyen las voces que das maltratando á esa pobrecita _Peri_. (_Contemplando á Augusta con lástima._) ¿Ves cómo lloriquea? Eres un bruto, y no te mereces tal joya.
FEDERICO, _con ironía delirante_.
¡Valiente joya!... Reñíamos porque se empeña en deshonrarme.
LA SOMBRA.
¡Deshonrarte á ti, el Amadís de la delicadeza y de la dignidad! Sobreponte á las hablillas del vulgo. Estoy contento de ti, porque has apechugado con mi favor. Así se cumple con los amigos y con la humanidad.
FEDERICO.
Tu protección me abruma.
AUGUSTA.
¡Pues con dejarla...! Hemos concluído.
LA SOMBRA.
Ya no puedes volverte atrás, porque dijiste que la aceptabas.
FEDERICO.
Yo no he dicho eso.
AUGUSTA.
Pues lo digo yo.
LA SOMBRA.
Ya sabe todo el mundo que accedes, y se te alaba justamente por tu condescendencia. Con lo que yo te doy, y lo que te ofrece Augusta para tus gastos mensuales, y algo que te supla también esa... (_mirando á Augusta_), _La Peri_, tienes para vivir como un príncipe. Nadie te censurará; al contrario, dirán: «¡qué listo es!» De mí sí que oirás horrores. Pero mejor; eso me gusta.
FEDERICO, _furioso_.
Repito que no acepto. Antes moriré cien veces.
AUGUSTA.
Bueno, bueno. No soy sorda. Te daré recibo si es preciso.
LA SOMBRA.
Aceptas, sí, porque ya no puedes evitarlo. Lo hecho, hecho está, y que patalee tu ridículo orgullo. (_Con atroz firmeza._) Tu papel en la sociedad te hace sucumbir á mi deseo. Y tu aceptación realiza un ideal de justicia suprema, pues con ella te pones al nivel de tu bajeza. Estás en carácter. Tu deslealtad necesitaba un estigma, algo exterior que la patentizase, y mi dádiva te lo graba en la frente. Si tuvieras conciencia, diría que es un castigo; pero no hay castigo en quien carece de sensibilidad.
FEDERICO, _arrebatado y fuera de sí_.
¡Maldita sea tu alma! (_Coge una copa y se la tira, apuntando á la cabeza. La copa se hace mil pedazos en el respaldo de la silla frontera, y el champagne salpica al rostro de Augusta._)
AUGUSTA, _limpiándose la cara_.
Eso es, las pobres copas lo pagan. ¡Qué culpa tendrán ellas de tu tontería!... No creas: tus violencias no me inquietan nada.
LA SOMBRA.
La pobre _Peri_ se escandaliza de tus arrebatos. Mira cómo se limpia la carita. Quiere quitarse hasta el último átomo de vergüenza. No frotes más, hija, que ya no queda nada.
AUGUSTA.
... pero nada.
FEDERICO, _despejándose un poco, se pasa la mano por los ojos_.
No; esto no es, esto no puede ser real... (_A Augusta._) Leonor, ¿tú le ves?
AUGUSTA, _sorprendida_.
¿A quién?
FEDERICO.
Está ahí...
LA SOMBRA, _desvaneciéndose_.
Esa tonta dirá que no me ve; pero viéndome está.
AUGUSTA, _con ira_.
¿Qué nombre me has dado?
LA SOMBRA, _con risita impertinente_.
El suyo... ¿Pues cómo quiere que la llamen?
FEDERICO, _desesperado_.
¿Estoy yo loco, ó qué es esto, razón mía?
LA SOMBRA, _que se acerca á Federico y le toca en el hombro_.
Haz las paces con ella, sométete á su tirana voluntad. Tiene más talento que tú... Desecha esa idea que te acosa días ha.
FEDERICO.
No quiero.
LA SOMBRA.
Deséchala. ¿A qué te atosigas con tal idea si te falta valor para realizarla?
FEDERICO.
¡Mal rayo! ¡Cara de Judas!, no me falta valor.
LA SOMBRA.
Tu destino es encenagarte en la deshonra. No sabes ni sabrás nunca morir. ¿Por qué vuelves la cara? ¿Es que no quieres verme? Si ya me voy.... Mírame, mírame salir. (_Abre la puerta y sale tranquilamente._)
ESCENA V
FEDERICO, AUGUSTA.
FEDERICO, _dejándose caer en un sillón_.
¡Ay de mí!
AUGUSTA, _corriendo hacia él_, _amorosa_.
¿Qué tienes?
FEDERICO.
¡Amiga de mi vida, si vieras qué mal me siento! Esta ansiedad, este..., esto que rebulle aquí... (_oprimiéndose el costado izquierdo),_ sensación que no tiene nombre..., prurito de meterme la mano hasta muy adentro y separar algo que me estorba, que me impide pensar y sentir.
AUGUSTA.
No es nada... Estás nervioso. Te has excitado tontamente. Perdóname si te he dicho algunas cosillas desagradables. En cambio tú, extraviado sin duda por la bebida, me diste un nombre que es una injuria.
FEDERICO, _como volviendo en sí_.
¿Yo..., yo...?
AUGUSTA.
Sí, tú... Me has llamado Leonor.
FEDERICO, _mirándola con extravío_.
¿Y qué...? Amiga mía, haz el favor de darme un vaso de agua. (_Augusta se dirige al aparador, y mientras echa agua en una copa, Federico se acerca á la chimenea y coge el revólver._) No más padecer. (_Se dispara un tiro en el costado izquierdo._)
AUGUSTA.
¡Ay! (_Paralizada de terror._)
FEDERICO, _cayendo en un sillón, desvanecido_.
Nada, nada... Ya estoy bien.
ESCENA VI
_Los mismos._ FELIPA.
AUGUSTA, _horrorizada, las manos en la cabeza_.
¿Qué es esto?... Federico... Felipa.
FELIPA, _sin aliento_.
¡Jesús...! (_Ambas se arrojan sobre él._)
AUGUSTA.
¿Qué has hecho..., vida mía?... (_Palpándole y buscando la herida._) ¡Ah!, no será nada...
FELIPA.
No veo sangre... (_Se mancha de sangre la mano._) ¡Ah!, sí..., mire usted. Por aquí, en este costado.
AUGUSTA, _consternada_.
Amor mío, ¿qué has hecho? Estás herido... Pero no, no será de gravedad. Respiras, vives... ¡Mírame, por Dios...; mírame y háblame!
FEDERICO, _tratando de apartarla de sí_.
Déjame... No ha sido nada. Me siento bien ahora. (_Con rápido movimiento recoge del suelo el revólver._)
AUGUSTA.
¿Que quieres, qué buscas? Dame acá. (_Las dos tratan de quitarle el arma. Entáblase violentísima lucha, en la cual Federico desarrolla considerable fuerza muscular. Consigue desasirse de ellas._)
FEDERICO.
Déjame, ó te mato.
AUGUSTA, _que ha caído al suelo, se pone de rodillas, y le interpela llorando_.
¿Qué haces? ¿Estás loco? Amor mío, cálmate... Te has herido...; pero sanarás: es cosa ligera...; sé razonable, no escandalices...; vendrá gente. ¡Qué deshonra!... Oye..., te quiero mucho: haré todo lo que tú mandes... Tu voluntad es mi voluntad. ¡Pero no te mates; por Cristo crucificado, no te mates!... Me moriré de pena.
FEDERICO, _con entereza, dominándose_.
Sé lo que debo hacer. Voy á lo que voy, y pido á Dios que me perdone.
FELIPA.
Llamaré á los vecinos.
AUGUSTA.
No, aguarda..., calla. Federico, por Dios, apiádate de mí... Oye, sosiégate, hijo de mi alma; traeremos un médico, un médico discreto..., te curará, y luego nos vamos... tranquilamente...
FEDERICO, _con sequedad_.
Vete á tu casa..., y pronto. (_Da varias vueltas atontado, como buscando la salida, y por fin pasa al otro gabinete._) Al que se me ponga por delante le dejo seco... (_Sale precipitadamente, sin sombrero. Las dos mujeres, aterrorizadas, no se atreven á detenerle._)
AUGUSTA, _corriendo detrás por el pasillo_.
Se mata, se mata de seguro... ¡Dios tenga piedad de él y de mí!...
FELIPA, _corriendo detrás de su señora_.
Va disparado: no le podemos seguir. (_Baja la escalera._)
ESCENA VII
Calle obscura. Casas á la derecha: á la izquierda, vallas de madera y solares abiertos; en el fondo, un declive del terreno.
AUGUSTA.
No veo nada. ¿Por dónde va?
FELIPA, _señalando al fondo_.
Por allí... Parece que se cae... Señorito, por Dios, no sea loco. (_Ambas tratan de seguirle._)
AUGUSTA, _avanzando decidida en la obscuridad_.
No le abandono, suceda lo que quiera... Alma mía, ¿dónde estás? Aguarda. Tengo que hablarte..., escucha...
FEDERICO, _cuya voz se oye muy lejana_.
Leonorilla, no me sigas. Procura ser buena. Yo..., así. (_Suena el tiro. Las dos mujeres se detienen espantadas._)
AUGUSTA.
Me muero... ¡Jesús, ampárame!
FELIPA, _avanzando, se inclina y palpa el terreno_.
Por aquí... ¡Ay, aquí está!... (_Tocando el cuerpo exánime._) ¡Qué miedo!... (_Para sí._) Más muerto que mi abuelo... ¡Eh!, ¿qué es esto?... La condenada pistola. (_Recoge el revólver._)
AUGUSTA, _da algunos pasos despavorida, y cae de rodillas_.
Yo también...
FELIPA.
Señorita, ¿dónde está usted? No veo. (_Buscándola. Recuerda que lleva en su mano el revólver._) ¿Y qué hago yo con este chisme? No se me vaya á disparar. (_Lo arroja por detrás de una empalizada próxima._) Señorita, deme la mano... (_Encontrándola, la levanta del suelo con vigoroso esfuerzo, tirándole de los brazos._) Vámonos de aquí... pronto... Puede venir gente.
AUGUSTA.
Que venga. No me importa.
FELIPA.
¡No me comprometa, por Dios!... Vámonos. (_Tirando de ella._) Si ya no tiene remedio... Que no nos cojan aquí.
AUGUSTA, _atolondrada, insensible_.
¿Adonde me llevas?
FELIPA.
Por aquí..., vamos... pronto... (_Quitándose una toquilla que lleva sobre los hombros._) Póngase esto por la cabeza. Así... (_se la pone_), para no llamar la atención. Ahora..., serenidad. Cogeremos un coche, y á mi casa.
AUGUSTA.
Lo que quieras. Me dejo llevar. No tengo voluntad..., no tengo alma. (_Huyen por la izquierda._)
ESCENA VIII
Salones en casa de Orozco. La misma decoración de la primera jornada. Es de noche.
MALIBRÁN, VILLALONGA, _en la sala de la derecha_.
VILLALONGA.
Da gracias á Dios, amigo Cornelio, por haberte librado de la desagradabilísima operación de batir las cataratas á nuestro buen Orozco. Ni comprendo yo cómo se puede acometer á sangre fría tal empresa quirúrgica. Llegarse á un hombre, á un amigo, y decirle á boca de jarro: «mira, Fulano, yo sé que tu mujer, etc..., y te ofrezco medios de comprobación material cuando gustes», es cosa fuerte, pero tan fuerte, que si yo me hallara en el triste caso de ser operado así, cree que mi primer impulso habría de ser romperle los ojos al... oculista.
MALIBRÁN.
La verdad es que se me hacía dificilísimo el primer pinchazo. En la mañana del domingo, hallándonos los dos en el solitario monte, vi la ocasión propicia y quise lanzarme, pero no hallé manera de abordar el peligroso tema. Toca por aquí, escarba por allá, y nada. Mi conocimiento de las mil emboscadas de la conversación resultaba inútil. Luchaban en mí el deber de conciencia mandándome hablar, y la gravedad del asunto poniéndome cien mordazas.
VILLALONGA.
No veo tan claro, francamente, lo del deber de conciencia. La mía no me ha inducido nunca á ilustrar á mis amigos sobre puntos tan delicados.
MALIBRÁN.
Cada cual ve las cosas á su manera. No soy gazmoño en asuntos de moral conyugal. Tengo acá mis ideas..., quizás un poco extravagantes; y para metértelas en la cabeza, necesitaría explanar con alguna extensión mi teoría de que el grado de culpabilidad adulterina depende de la elección de cómplice, resultando una escala que va desde lo disculpable, por no decir plausible, hasta lo que merece la mayor execración. Pero no me parece oportuno ahora...
VILLALONGA.
No; déjalo para otra vez.
MALIBRÁN.
Sea lo que quiera, me alegro mucho de que el Acaso, el socorrido _Fatum_ me librara del compromiso fastidioso de tener que cantar. Y se me quitó un peso de encima cuando llegó el telegrama de Calderón anunciando á Tomás la inesperada tragedia. Los dos nos quedamos, al leer el parte, como quien ve visiones, y celebré para mi sayo que la divina Providencia se encargase de la misión difícil que yo me había impuesto. (_Bajando la voz._) Porque tengo para mí que, en presencia de este hecho elocuentísimo, Orozco no puede permitirse seguir ignorando... ¿Qué te parece? Desde que se conoció la catástrofe en Madrid, el nombre de Augusta figura en todas las versiones que corren de boca en boca.
VILLALONGA.
No sé, no sé... (_Meditabundo._) ¿Y tú qué piensas de esta desgracia?
MALIBRÁN.
Para mí, el pobre Viera se hallaba en una situación ahogadísima, en declarada, irremediable bancarrota. Enormes deudas de juego, de esas que no admiten prórroga, le abrumaban. Augusta le había auxiliado hasta ahora en la medida razonable; pero las exigencias de él llegaron á ser tales, que la pobre mujer no quiso ó no pudo satisfacerlas. De esta resistencia de Augusta, y de las tremendas razones con que Federico apoyaba sus demandas de dinero, hubo de resultar un vivo altercado, amenazas, demasías de lenguaje, qué sé yo... Federico, en un rapto de furia y desesperación, harto de padecer, viéndose sin honra, insolvente, comido de acreedores, rechazado de sus amigos, liquidó con la vida. En rigor, era la única liquidación posible.
VILLALONGA.
Es verosímil.
MALIBRÁN.
Tan verosímil, que yo me represento la escena como si la estuviera viendo y escuchara la voz de ambos personajes.
VILLALONGA.
Pero hay algo que no está claro, ni creo que lo esté nunca. No tengo yo por seguro que la pobre Augusta se hallara presente en el acto del suicidio.
MALIBRÁN.
Para mí es indudable que sí.
VILLALONGA.
¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que daría yo cualquier cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.
MALIBRÁN.
Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que presumen de inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan á la Virgen. El mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es sugerirles una buena elección.
VILLALONGA, _con seriedad_.
Amigo Malibrán, como amigos de la casa, debemos desear que se corte el escándalo y se eche tierra al asunto. No sé si Orozco se dará por entendido ante el público del descarrilamiento de su mujer. Es probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este mal paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy circunspecto, muy metido en su concha, y sabe tragarse en silencio la cicuta. Se me figura, por algo que he olfateado esta tarde, que Cisneros intriga subterráneamente á fin de ahogar el escándalo. A nosotros, amigos leales de la familia, nos corresponde coadyuvar á esta obra benéfica del gran castellano viejo. Desmintamos las especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor de esta casa, y saquemos á la pobre Augusta del pantano en que ha caído.
MALIBRÁN.
¡Diantre! (_Caviloso._) Pues si ella lo agradeciera...
VILLALONGA.
Claro que lo agradecerá. La infeliz es una bendita. Ha padecido una alucinación... ¡Ah!, el mal de la época, la diátesis de nuestros tiempos de refinamiento social. Amigo mío, la vida esta de recepciones, galantería, sibaritismo, comidas, y el charlar ingenioso y pérfido entre los dos sexos, es un excitante desmoralizador. No hay familia posible con semejante vida. Perdona que esté tan filósofo, yo, el último de los desmoralizados, pero también el primero de los alumnos de la gran profesora, la experiencia.
MALIBRÁN.
Si yo contara con la gratitud de Augusta, sería el primero en llevar mi espuerta de tierra al montón que ha de cubrir el escándalo. Pero dudo que...
VILLALONGA, _poniéndose serio_.
No seas idiota. Y en último caso, el agravio que la opinión infiere á nuestro amigo Orozco lo hago yo mío; vamos, que me meto á paladín, sí señor. Cuidado, pues, Malibrancito: ten juicio, pues bien pudiera suceder que yo me amoscara... Todo está en que me dé por ahí.
MALIBRÁN.
¿Pero tú qué tienes que ver...?
VILLALONGA.
Tengo y no tengo... En fin, que me carga tu intervención, tu espionaje y tu lamentable oficiosidad en este asunto.
MALIBRÁN, _con mal humor_.
Ea, déjame á mí... (_Cediendo._) Pero, en fin, ¿qué es lo que tú quieres?
VILLALONGA.
Que hagas propaganda sensata. Aquí no ha pasado nada. Nuestra conducta ha de corresponder á los agasajos de esta excelente familia. ¡Augusta se merece un sin fin de homenajes, y Orozco es tan bueno, tan generoso...! Te diré: yo le debo el grandísimo favor de haberme cedido su puesto en la combinación de senadores. ¡Caray, si no es por él, me quedo también ahora en la calle muerto de risa!
MALIBRÁN.
¡Ah, mameluco, _that is the question_! Ya veo la clave de tu sensatez.
VILLALONGA.
Este pastelero mundo es una cadena, un collar, un toisón de oro, en el cual las personas, remachadas con las ideas, somos los eslabones, y no podemos escoger la relación ó argolla que nos une al eslabón vecino. ¿Qué tal? ¿Estoy yo filosófico esta noche? Mentecato, ¿tú qué te creías?... Y punto en boca que viene aquí el grande hombre.
ESCENA IX
_Los mismos._ OROZCO, CALDERÓN, _que salen del billar. Al propio tiempo van entrando en el salón del centro los amigos de la casa que se indicarán después._
OROZCO, _dando la mano á Malibrán y á Villalonga_.
Está mejor; pero aún no se le ha pasado la tremenda jaqueca de ayer. Este majadero (_por Calderón_) le espetó de golpe la noticia..., como si se tratara de cualquier suceso insignificante.
CALDERÓN.
La verdad, yo no creí... Tan afectado estaba, que no supe lo que me hacía.
VILLALONGA.
¡Pero qué bruto eres, Pepe!
OROZCO.
La pobre Augusta salía tranquilamente para ir á misa, después de haber pasado una mala noche al lado de su tía enferma, cuando recibió el jicarazo. Se afectó, como es natural, tratándose de un amigo á quien queríamos tanto, y más por lo repentino y desastroso del caso.
MALIBRÁN.
¿Y no tendremos el gusto de verla esta noche?
OROZCO.
Esta noche no. Aunque ha pasado la fuerza de la cefalalgia, le molestan el ruido y la claridad.
MALIBRÁN, _para sí_.
¡El ruido y la luz! Eso precisamente es lo que la mata.
OROZCO.
Voy á saludar á esa gente. (_Para sí._) ¡Curioso estudio el de esta noche el examen de las caras de los que entran aquí! En todas veo cierto temor, y como el deseo de sorprender en la mía alguna emoción desusada. Pero lo que es en ésta..., ¡aviados están! Mi cara es de mármol. (_Dirígese al salón, donde han entrado Teresa Trujillo, Aguado, Monte Cármenes, el Exministro, el Sr. de Pez. En la sala de tresillo quedan Villalonga, Malibrán y Calderón._)
VILLALONGA, _á Calderón_.
Ven acá, tagarote. ¿Sabe tu pariente los disparates que corren por Madrid acerca del suceso de la noche del 1.º?
CALDERÓN.
Todo lo sabe. Se lo he dicho yo. ¡Cuánta infamia, y qué sociedad tan nauseabunda!
MALIBRÁN.
Sí, muy nauseabunda.
CALDERÓN.