Realidad: Novela en cinco Jornadas

Part 15

Chapter 153,987 wordsPublic domain

¿Por que no? ¿Me crees incapacitado para el trabajo?

LA SOMBRA.

No por cierto. Pero no acabo de comprender tus principios. Seamos formales y hablemos con absoluta sinceridad.

FEDERICO, _palideciendo y temblando_.

Eso es... Sinceridad es lo que nos hace falta.

LA SOMBRA.

Me vas á explicar un enigma que observo en ti. ¿Cómo es que la aceptación de un favor mío subleva tus austeros principios, y no los contraría tu trato infame con persona de tan bajo nivel moral como _La Peri_?

FEDERICO, _aterrado_.

¡Yo! ¿Qué dices? ¿De dónde has sacado eso? ¿Por dónde lo sabes? Es absurdo y no tiene fundamento alguno.

LA SOMBRA.

De esa pájara aceptas tú auxilios que te envilecen á ti tanto como á ella, pues ya sabes que Leonor, cuando estás ahogado y no halla modos hábiles de socorrerte, se va del seguro y hace trampas en el juego..., le sustrae á su marqués billetes escamoteándole la cartera que lleva en el bolsillo..., y por fin imagina planes industriales asociada contigo, establecimientos de infame comercio, timbas á estilo de Montecarlo...

FEDERICO, _dando diente con diente_.

Eso no es verdad. Lo dice, sí; lo dice, pero ten por cierto que no lo hace. Es que da bromas, como tú, fingiendo codicia y maldad. Te propones humillarme con esas historias, y no lo conseguirás, no lo conseguirás. Que _La Peri_ y yo nos auxiliemos recíprocamente, nada tiene que ver con mis principios. Tú, como la generalidad de las personas, no ves más que la moral de relación. La absoluta, la moral fina, no la ves: eres muy miope. (_Con grandísima zozobra.) _Y otra cosa, Tomás: ¿Qué idea te has formado tú de Leonor? La idea vulgar, la idea de los cortos de vista, que no ven más que el bulto de las cosas. _La Peri_ es una señora..., para mí al menos... Y pongo mi cabeza á que no ha sido ella quien te ha contado eso. Es en este punto la discreción personificada. ¿Acaso lo has pensado, lo has discurrido tú, sin que te lo dijera nadie? (_La Sombra contesta afirmativamente con la cabeza._) No, no has formado idea exacta de mis relaciones con Leonor... Sería preciso que yo te las explicase..., y lo haría si ahora mi cabeza no propendiese á embarullar las ideas. No lo veo claro yo tampoco, no lo veo muy claro; pero te diré que Leonor es mi amiga, la única persona en el mundo con quien tengo verdadera amistad, y esa confianza, Tomás, esa flor humilde y casera, que no nace sino en el terreno de la comunidad de sentimientos. Entre Leonor y yo hay un lazo moral, que será, visto desde fuera, muy feo, pero que por dentro es de lo más puro, créelo, de lo más puro que puede existir. (_Inquietísimo, observando expresión de incredulidad y burla en el rostro de La Sombra._) ¿Pero no lo entiendes?

LA SOMBRA, _festivamente_.

Eso no lo entiende nadie.

FEDERICO.

¡Nadie! ¿Y si yo te dijera que, existiendo entre los dos esa leal confianza, no tengo amores con ella? Los amores van por otro lado, ¡ay!, amores sin raíces, como los que contraemos con las mujeres de vida ligera para distraernos y engañar las penas, amores de imaginación, que producen ratos deliciosos, pero que dejan el corazón vacío y el alma sedienta. Tampoco entiendes esto, ¿verdad?

LA SOMBRA.

Eso sí.

FEDERICO.

Te estoy contando lo que no debes saber; pero la culpa es tuya. ¿Para qué excitas mi sinceridad? Queda siempre en pie el misterio inexplicable para ti: ¿por qué no acepto tu donativo? Pues sencillamente porque no me da la gana. ¿Lo quieres más claro? (_Acalorado y descompuesto.) _Y si te empeñas en que riñamos, reñiremos. Por mí no ha de quedar. Prepárate, y elije la forma de reñir que más te agrade y en que veas más probabilidad de vencerme. Porque tú debes triunfar y yo debo sucumbir.

LA SOMBRA, _flemáticamente_.

No veo por qué razón ha de haber en esto vencedores ni vencidos. Tú eres dueño de tu voluntad y de tu porvenir. No me siento ofendido por tu afición á la pobreza ni por tus simpatías hacia _La Peri_. Buen provecho te hagan.

FEDERICO.

Lo que yo sé es que así no puedo vivir.

LA SOMBRA, _con afecto_.

Explícate mejor; no tengas para mí secretos.

FEDERICO, _doloridamente_.

No te canses, Tomás. Yo no puedo declararme á ti. Pero lo que mi lengua no acierta á decirte, cien lenguas del mundo te lo dirán. Francamente, no me importa nada que me mates.

LA SOMBRA.

¿Matarte? Si tu vida es un suplicio, quitártela es hacerte un bien; y como tú no quieres aceptar de mí favor alguno, te dejaré vivo y pobre. (_Riendo._) ¿No es ese tu gusto?

FEDERICO, _aturdido_.

Sí, sí. Y ahora... te hablaré con franqueza. ¡Cuánto te agradecería que te marchases! Tu presencia me mortifica horriblemente, y si no he huído de ti, es porque no puedo moverme. Yo no sé lo que tengo.

LA SOMBRA, _levantándose_.

No deseo más que complacerte.

FEDERICO.

¿No te gusta á ti la ingratitud? Pues en mí tienes lo que más puede agradarte. ¿Estás contento de mí?

LA SOMBRA.

No, porque la ingratitud que á mí me entusiasma es la de los que reciben un beneficio mío, y tú lo rechazas.

FEDERICO.

Pues hazme el beneficio inmenso de no ocuparte de mí. No me mires, no me hables.

LA SOMBRA, _sonriendo_.

¡Ingrato! Si no deseo más que tu bien...

FEDERICO, _suplicante_.

Por Cristo, olvídate de mí.

LA SOMBRA.

Yo te digo á ti que no me olvides. (_Con humorismo._) Soy algo pesado, ¿verdad? Vaya, descansa de mí un momento... Pero nos veremos otra vez. (_Estrechándole la mano._) Sabes cuánto se te estima... (_La Sombra se aleja. Federico sale del salón._)

ESCENA XIV

Calle.

FEDERICO, _solo, andando muy á prisa_.

¡Cómo está mi cabeza! ¿Pues no me entra la duda más espantosa que jamás agitó mi espíritu? ¿He hablado yo con Orozco en casa de San Salomó, ó es ficción y superchería de mi mente? No puedo asegurar nada. Yo le he visto, yo he hablado con él... La realidad del hecho en mí la siento; pero este fenómeno interno, ¿es lo que vulgarmente llamamos realidad? Lo que yo he dicho cien veces: no hay bastantes palabras para expresar las ideas, y deben inventarse muchas, pero muchas más. Que yo le vi y le hablé, no es dudoso para mí, y me parece que le oigo todavía. Pero un sentimiento vago de las cosas exteriores me dice que aquel encuentro es obra de mis propias ideas... (_Escudriñando en su espíritu._) ¿Pero es cierto que hablamos Orozco y yo en esa casa? ¿Estuve yo realmente en ella? Vamos á ver: concretemos. (_Parándose._) ¿En dónde has estado desde las diez?... No acierto á precisarlo. Sea lo que quiera, realidad por realidad, lo mismo da una que otra... Despéjate, cabeza. ¿Adonde iré para calmar mi afán? ¿Cómo pasaré las horas de esta triste noche que no se acaba nunca? Cien veces he mirado el reloj sin enterarme... Mirémoslo con la atención debida: las once y media. ¡Temprano, siempre temprano! (_Vuelve á andar presuroso._) Necesito desahogar mi corazón confiando mis inquietudes á alguien. ¿Pero á quién? Se las contaría yo á Leonorilla; pero no es hora de ir allá. De noche no puedo, no sé ver en ella á mi amiga querida. A estas horas encontraré la casa toda llena de... hombres. ¡Desgracia inmensa para mí, que la única persona á quien declararme puedo no me sirve para el caso sino cuando no parece lo que es!... ¿Iré á que me consuele la otra, Augusta? Tampoco es ocasión. Ésta por ser honrada de noche, aquélla por no serlo, ambas me cierran sus puertas en las horas de mayor soledad y tristeza. Además, Augusta es la persona á quien menos puedo confiarme, porque ella, ella me ha lanzado á esta lucha, á este vértigo... ¡Pobre mujer! Alucinada por el amor, has perdido de vista la ley de la dignidad, ó al menos desconoces en absoluto la dignidad del varón. ¡Ay, tus palabras, tan gratas para mí en otro tiempo, ahora serán como instrumentos de suplicio! Me embriagarás con tus avasalladoras seducciones, disiparás durante un rato grande ó chico las tinieblas de mi vida; pero no derramarás en mi corazón ese bálsamo de ternura y consuelo que es la única medicina de este mal espantoso de la conciencia... ¡A estas horas ya la malicia se cebará en la verdad descubierta por Malibrán, y mientras Orozco cree y dice que _La Peri_ me ayuda á vivir, nuestros amigos dirán que Augusta me mantiene y me paga las trampas! Esto me subleva. (_Con desesperación._) Romperé con ella; rechazaré las ofertas de Tomás, y después que me devoren la miseria y la usura... (_Pausa._) ¿Iré á pedir consuelos á mi hermana? No, porque me encontraría con ese facha innoble á quien detesto. Sólo de verle se me crispan las manos, y siento anhelos de destrozar á alguien. No; allá no iré por nada de este mundo. Ya no tengo hermana, ya no tengo familia; estoy solo, y la compañera que me hace falta, ni puede dármela la amistad ni dármela puede el amor... Vagaré por las calles hasta que sea hora de entrar en mi casa... Pero el tiempo no avanza. ¡Demonio, siempre las once y media! Me canso ya de este paseo febril. (_Detiénese indeciso y fatigado._) ¿En dónde me metería yo para reposarme y distraerme un rato? No iré á ningún sitio donde pueda encontrarme con el Santo, pues su sola presencia me causa las agonías de la muerte. ¡Ah, qué idea feliz! Me refugiaré en un teatro. ¿En cuál? En éste, que es del género picante. No me reiré, porque no puedo reirme; pero mis ideas se desviarán un rato de la fijeza congestiva que me atormenta. (_Párase á la puerta de un teatro; toma localidad y entra._) Están en el entreacto; pero pronto empezará la función, que ojalá sea una pieza muy disparatada, muy absurda, muy cínica... (_Dirígese al pasillo de butacas._)

ESCENA XV

Teatro.

FEDERICO, OROZCO, _que se le presenta de improviso al dar los primeros pasos en el patio. Un poco más lejos, el_ MARQUÉS DE CÍCERO _y el_ CONDE DE MONTE CÁRMENES.

FEDERICO, _para sí, estremeciéndose al verle_.

¡Orozco! Esto parece cosa del infierno.

OROZCO.

Hola, sonámbulo... ¿Qué es eso? ¿Te asombras de verme aquí?

FEDERICO.

No esperaba...

OROZCO.

Ese chiflado (_señalando á Monte Cármenes, que mira con gemelos hacia los palcos_) se empeñó en que entráramos aquí. Y la verdad, nos hemos divertido. Me gusta mucho el género cómico, aun con toques tan chillones y picantes como los que aquí se usan. ¿Y tú...? Tienes mala cara, chico; estás pálido...

FEDERICO, _trémulo_.

No me siento bien esta noche.

OROZCO.

¿Qué tienes?

FEDERICO.

Aquí, en el corazón..., no sé qué. No es dolor, no es punzada. Es una extraña sensación que al anochecer empezó á molestarme, y que se acentuó terriblemente al entrar aquí.

OROZCO.

¿Te duele...?

FEDERICO.

Exactamente dolor, no, no... Es más bien un estímulo, como ganas instintivas de meter los dedos por aquí; aquí, no sé si en el corazón ó un poco más abajo. Lo que más me mortifica es la idea..., sí, no te rías, la idea de que me aliviaré introduciendo los dedos hasta tocar la parte dolorida, mejor dicho, la parte afectada.

OROZCO, _sonriendo_.

Te diré lo que se dice siempre en tales casos: eso es nervioso. Poco mal y bien quejado. Quizás falta de sueño, quizás un poco de dispepsia. Sanarás cuando tu ánimo se tranquilice. Federico, haz caso de mí, regulariza tu vida, para lo cual te basta dejarte querer, y verás cómo desaparece esa molestia, que no es más que una acción refleja, partiendo del cerebro. Corta de raíz tus malos hábitos, y verás qué bien te va.

FEDERICO, _con tristeza_.

¡Qué pronto se dice eso, Tomás!

OROZCO.

Tonto, tú no has pensado en ello; no te has hecho cargo todavía del bien que te espera... A nuestra edad, pasados los treinta y cinco, un vivir metódico y sin sobresaltos es el único vivir posible... Y no me vengas con que la ociosidad te aburrirá, y que necesitas un poco de movimiento. Yo te daré ocupación, yo me encargo de que no te aburras; y con algo que ganes, y algo que recibirás de Joaquín (porque hemos convenido en que esto es de tu padre), vivirás como un príncipe. Tú créeme y déjate llevar. Confíate á mí, verás cómo te arreglo tu _aurea mediocritas_. Luego la tranquilidad de la conciencia... ¿Sabes tú lo que eso vale?

FEDERICO, _para sí, turbadísimo_.

Insisto en que este que me habla no es el Orozco de carne y hueso. Hállome en el vórtice de una gran alucinación, y lo que veo y oigo es hechura de mi propia idea.

OROZCO.

Entrégate á mí sin temor; á mí, que te quiero de veras y miro por tu bien...

FEDERICO, _para sí, trastornado_.

Basta. No puedo soportar esto. (_Alto._) Adiós, Tomás; me siento mal y tengo que retirarme.

OROZCO.

Cuídate, métete en tu casa. ¡Detestable costumbre ésta de hacer de la noche día! Yo, no creas, tampoco me siento bien. No sé qué me pasa. Pero con un par de días de campo me repondré.

FEDERICO.

¿Te vas á las Charcas?

OROZCO.

Pasaré allí los dos días de fiesta.

FEDERICO.

¿Vas solo?

OROZCO.

Estoy reclutando gente. Nuestro buen Cícero, el moderno Nemrod, no puede ir. Hasta ahora sólo cuento con Malibrán.

FEDERICO.

¡Ah! ¿Vas con Malibrán?...

OROZCO.

¿Quieres agregarte?

FEDERICO.

No, gracias. Abur, abur. (_Sale presuroso del teatro._)

ESCENA XVI

Gabinete en casa de Federico. Es de noche.

FEDERICO, BÁRBARA; _después_ LA SOMBRA DE OROZCO.

FEDERICO, _echado en el sofá, junto al velador, en el cual hay una lámpara_.

Gracias á Dios que me encuentro solo. ¿Qué mejor refugio que mi propia casa? Creí no poder llegar á ella; de tal modo se me trastornó la cabeza en aquella correría por las calles. El cansancio me abruma; pero lo que es sueño, no siento maldito. Apetezco el dormir como el mayor bien imaginable; pero la manera de lograrlo es lo que no se me alcanza... Y sigue molestándome la sensacionita en el corazón, aquí..., donde debe estar el vértice de esa condenada máquina. Aguantaremos... La cabeza es la que anda peor. ¡Cuidado que la alucinación de esta noche!... ¡Figurarme que vi á Orozco en el teatro, y que le hablé! ¡Si me parece que oyéndole estoy aún! Ha sido un fenómeno subjetivo, determinado por cierta idea diabólica que me escarba en la mente...: la idea de transigir, de dejarme querer... ¡Oh, tentación insana! Degradarme, pero vivir... Porque..., razón tiene Orozco: ¡qué bien estaría yo si...! ¡Idea maldita, que hace vacilar mi dignidad y trastorna mi conciencia! No, Tomás, no insistas, no me tientes. Si me estimas como dices, no me envilezcas más de lo que ya lo estoy.

BÁRBARA, _entrando de puntillas_.

¿Se le ofrece algo? Claudia no puede levantarse: está con un dolor en la cadera. Me rogó que me quedase aquí esta noche, por si el señorito volvía malo.

FEDERICO.

Nada se me ofrece. Puedes acostarte.

BÁRBARA, _para sí_.

Esa cabeza no anda bien. ¡Qué hombres éstos! Comidos de vicios, no se hartan nunca de gozar, y cuando no pueden tenerse, vienen á que una les cuide. Las de fuera para la diversión y el jaleíto; las de casa para atenderles cuando están malos... (_Contemplándole._) ¡Y qué guapín, qué simpático! Como todos los pillos.

FEDERICO.

¿Qué haces ahí, fantochona?

BÁRBARA.

Ya me voy... Estaré con cuidado por si usted llama. (_Detiénese en la puerta, y desde ella le observa._) ¡Qué desmejorado y qué alicaído!... Esas bribonas le consumen. Si las cogiera yo... Pero él es el primer causante de su malestar. ¡Ay, qué hombres éstos! Son como las veletas. Hoy apuntan para aquí, mañana para allá.

_La sombra de Orozco aparece sentada frente á Federico. Éste la contempla un rato sin pestañear. Después habla._

FEDERICO.

Dispensa, Tomás, no te había visto. Me adormecí un poco. ¡Cuánto te agradezco que vengas á visitarme! ¡Si vieras qué malo estoy!

LA SOMBRA.

No te acobardes. Mal de imaginación, desasosiego del espíritu y nada más. Tranquilízate, hazte dueño de tu voluntad, y te sentirás bien.

FEDERICO.

Lo que anda peor es la cabeza, que á veces se me trastorna de una manera... Figúrate que esta noche me aluciné hasta el punto de verte y hablar contigo en un teatro... Tan claras fueron las falsas percepciones de mis sentidos, que aún me cuesta trabajo diferenciarlas de las percepciones reales... He pensado en lo que hablamos en casa de San Salomó. No puede ser, Tomás; no puede ser. Te lo agradezco infinito.

LA SOMBRA.

¡Es lástima, porque estarías tan bien...!

FEDERICO, _acometido de nerviosa risa_.

Como estar bien, ya lo creo. Si otra cosa he dicho..., no hagas caso..., charla, sofistería. ¡Ay, no sabes cuánto apetezco la tranquilidad, aunque mi vida resulte de las más modestas; trabajar algo, tener seguros el hoy y el mañana, y luego una familia en cuyo seno encontrar el amor y la paz!

LA SOMBRA.

Todo eso y mucho más podrás tener.

FEDERICO.

¿Pero cómo pretendes tú que lo acepte de ti, habiéndote burlado como te burlé, habiendo pervertido á lo que más amas en el mundo, que es tu mujer?

LA SOMBRA, _con frialdad suma, sin accionar_.

Empequeñeces el asunto subordinando su resolución á las fragilidades de una mujer. Elevémonos sobre las ideas comunes y secundarias. Vivamos en las ideas primordiales y en los grandes sentimientos de fraternidad; y cuando hayas acostumbrado tu espíritu á esta luz superior, comprenderás que el amor material queda en la categoría de instinto y es enteramente libre.

FEDERICO.

Por Dios que te explicas bien, y me consuelas con tus explicaciones. Pero oye: ese disparate también se me había ocurrido á mí.

LA SOMBRA.

Has dicho que me habías ofendido quitándome mi mujer. ¿Qué quiere decir eso? Augusta no es mía. Considera que en esta esfera de las ideas puras adonde nos hemos subido, los seres todos gozan de omnímoda libertad. Nadie es de nadie. La propiedad es un concepto que se refiere á las cosas, pero á nada más... Los términos _mío_ y _tuyo_ no rezan con las personas. Nadie pertenece á nadie, y Augusta, como todo ser, dueña es de sí misma. (_Con ligera inflexión humorística en su acento._) Hemos convenido tú y yo en que se quedaron allá abajo, en las capas donde el vulgo rastrea, todos esos convencionalismos pueriles, y los aparatos legales que arma la sociedad por el gusto ridículo de dificultarse su propia vida.

FEDERICO.

¡Ah, Tomás, toda esa argumentación ya ha pasado por mi cerebro, que hierve! Tú me estás engañando; tú me estás echando cloroformo en la conciencia, para luego arrancármela sin que yo lo note y envilecerme. No, no me dejo adormecer por ti. Estoy bien despabilado.

BÁRBARA, _observándole desde la puerta_.

Pobrecito. ¡Qué agitación la suya! Parece que delira y que sueña, pero con los ojos abiertos. Si se dejara arrullar por mí, yo le tranquilizaría.

LA SOMBRA, _inclinándose hacia él en ademán cariñoso_.

No te engaño... Deseo tu bien, y que reformes tu vida. Te daré asimismo una ocupación para que no estés ocioso.

FEDERICO, _riendo desentonadamente_.

Me darás un estanco, y tendré por colega al marido de Claudia.

LA SOMBRA, _riendo también_.

No es eso. Badulaque, tú y yo podemos emprender un trabajo común, que nos distraiga, y al mismo tiempo nos sostenga el espíritu á constante altura sobre las miserias humanas.

FEDERICO.

Nos haremos pastores, marchándonos á una región distante y sosegada, donde impere la verdad absoluta.

LA SOMBRA.

Eso es.

FEDERICO.

¿Y dónde se toma billete para ese viaje? Porque yo estoy dispuesto á irme ahora mismo contigo.

LA SOMBRA, _con acento revelador_.

Para trasladarse á esa región de paz y de justicia no se toma billete. Todos los humanos tenemos bajo el corazón, aquí, en semejante parte... (_Se toca el pecho en la parte inferior del costado izquierdo._)

FEDERICO.

Sí..., justamente donde yo siento ese estímulo indefinible.

LA SOMBRA.

Pues ahí tenemos un lóbulo, una concreción... Tócate y verás. Es algo semejante al botón de un timbre eléctrico. Nada, te lo aprietas con un poco de coraje, y te trasladas en un abrir y cerrar de ojos.

FEDERICO, _riendo_.

¿Me traslado... suavemente... sin que me pase nada en el camino?

LA SOMBRA.

Sin sentirlo.

FEDERICO.

¡Excelente idea! Porque aquí los dos vivimos deshonrados: yo por haber seducido á la que el mundo llama tu mujer, y tú por ser ley que se deshonre el que pierde á su compañera, aunque ella sola sea responsable de la falta. ¡Caramba! Se ven cosas en este mundo, que si uno las contara en el otro no las creerían.

LA SOMBRA, _con humorismo_.

Es cierto; tú y yo hemos perdido lo que aquí se llama el honor, una especie de cédula ó cartilla, sin la cual no se puede vivir en estos barrios, que alumbran el sol y la luna. Tontería insigne es la tal cédula; pero como la piden á cada paso que das, ello es que, no teniéndola, no podemos vivir. Debemos, pues, largarnos pronto. (_Se levanta._)

FEDERICO.

Yo estoy listo. Ve tú por delante. (_Oprimiéndose el costado izquierdo._) Tomás, Tomás, yo aprieto, yo oprimo el condenado botón, y no siento que me traslade á ninguna parte. Sigo aquí... Espera.

LA SOMBRA, _dando vueltas por la habitación_.

No te apures. Lo mismo da hoy que mañana. Aprieta más fuerte; todo lo fuerte que puedas.

FEDERICO.

¿Te has ido tú? No te veo.

LA SOMBRA, _desde lejos_.

Estoy aún aquí.

FEDERICO, _removiéndose inquieto en el sofá_.

Tomás, cualquiera diría que deliramos tú y yo... Sea lo que quiera, conste que yo no acepto ni puedo aceptar tu donativo. Mi dignidad lo rechaza.

LA SOMBRA, _volviendo hacia él rápidamente_.

Imbécil, ya no evitas eso que los puritanos llamamos deshonra, pues todos nuestros amigos dicen que Augusta te paga las trampas y te da para tus gastos. Ya no te libras de esa opinión, ni adelantas nada con delicadezas de última hora. Tu ignominia no crece ni mengua porque aceptes ó dejes de aceptar.

FEDERICO, _llevándose las manos á la cabeza_.

No me lo digas, que me vuelves loco de pena.

LA SOMBRA, _remedando su movimiento_.

¡Pobre hombre! Vives de ideas circunstanciales y de artificios jurídicos.

FEDERICO.

Siento una ansiedad que me anonada. Yo quiero morirme. Espérate. ¡Pero si por más que oprimo el botón y me introduzco los dedos hasta el alma no puedo dar el salto! Aguárdate; no me dejes en esta soledad.

LA SOMBRA, _con naturalidad_.

Pero qué, ¿crees tú que yo no tengo nada que hacer? Mi mujer me aguarda.

FEDERICO, _burlándose_.

¡Tu mujer! Pero si tú apenas haces ya vida marital con ella. Lo sé, tonto, lo sé... Tu perfección moral te ha elevado sobre las miserias del mundo fisiológico. ¡Mérito grande! Pero Augusta no entiende de esas perfecciones: me lo ha dicho. Es humana, y no le hace maldita gracia parecerse á los serafines.

LA SOMBRA.

¡Simple, confundes á Augusta con _La Peri_!

FEDERICO.

Yo no tengo líos con _La Peri_, fuera del trato de amistad y de las relaciones económicas. Leonor, para mí, rivaliza en pureza con los arcángeles.

LA SOMBRA, _gravemente_.

Cuestión de apreciación. Todas son ángeles cuando no están en contacto con nosotros, que las humanizamos y las corrompemos... Y no me detengas más. Abur.

FEDERICO.

No te vayas. Tu compañía, que antes me era tan desagradable, ahora me gusta.

LA SOMBRA.

No puedo entretenerme. ¿No ves que viene el día? Me voy con la noche. (_Desaparece._)

FEDERICO, _fijándose en la claridad que entra por el balcón_.

Pues es verdad. ¡Amanece, y yo sin acostarme! ¡Oh, que luz tan viva! ¡Si yo dormir pudiera...! Tomás, Tomás, ¿tú no duermes? (_Cierra los ojos, apretando los párpados._)

BÁRBARA, _arropándole_.

¡Pobrecito! Le atormenta su propio pensar. ¡Cómo castañetea los dientes!... ¡Ay, bueno le han puesto esas bribonas! Todo por la manía de que hay clases; pues si se persuadiera de que se acabaron las tales clases y de que todas somos lo mismo, se arreglaría de otra manera, y la felicidad reinaría en su casa. Señorito, ¿quiere una taza de te?... Nada, no responde. Inmóvil y frío. Le daré friegas... (_Se las da._) ¡Señorito!

FEDERICO.

¡Ay!, me lastimas. ¿Se fué Tomás?... No le vi salir. (_Abriendo los ojos y mirándola estupefacto._) ¡Ah!, Bárbara. Eres un ángel..., digo, precisamente un ángel, lo que se llama un ángel, no; pero...

BÁRBARA, _para sí_.

¡Qué simpático, qué mono!

FEDERICO.

Pero sí una hembra mestiza, hermosa y espiritual mula, nacida de la yegua humana y del asno divino. Dime, ¿quién me salvará á mí? ¿Dónde encontraré yo la compañera de mi vida, la que reúna en un solo sentimiento el amor y la confianza, la ilusión y la amistad?

BÁRBARA.