Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 14
¡Oh!, no; no he pensado tal cosa. Usted habla como la experiencia; yo contesto como la terquedad y las preocupaciones. ¿Qué culpa tengo de no convencerme? Están mis ideas muy remachadas, y no hay quien me las arranque. No nos traslademos al siglo que viene; estamos donde estamos, y en este momento yo no quiero ni oir hablar de la persona que me ha quitado el cariño de mi hermana, tomándose una mujer que no merece ni se merecerá nunca, aunque llegue á reunir los millones de Rothschild.
CLOTILDE, _enojada_.
Pues sí que me merece. Vale más que yo, mucho más.
FEDERICO.
No disputemos sobre eso. Se puede discutir todo menos sobre las simpatías y antipatías personales. Lo que pertenece al orden de los sentimientos, sea cariño, sea rencor, es sagrado. Dejémoslo como está.
VIUDA DE CALVO.
Es cierto. Los odios están erizados de picos, y por mucho que las palabras froten sobre ellos no los suavizarán. Las palabras son blandas, los odios son duros. Las asperezas de la vida, ayudadas del tiempo, sí que liman bien. Déjale, déjale. Si no quiere hacer las paces con tu futuro, que no las haga. Por de pronto las ha hecho contigo, y esto ya es algo.
CLOTILDE.
¿Serás tan ingrato, tan duro, tan orgulloso, que no asistas á mi boda?
FEDERICO.
No asistiré. No puede uno desmentirse á sí mismo en tan breve tiempo. Sostengo que no es decoroso para mí ni para él que yo asista.
VIUDA DE CALVO, _irónicamente_.
Tiene razón. En ley de caballería, no se olvidan de hecho las ofensas tan pronto como se dice. Que no se vean. Vale más que no se vean..., no vaya á resultar que se coman.
CLOTILDE, _animosa_.
Pues yo digo que se han de ver. Que quieras que no, has de darle la mano.
FEDERICO, _para sí_.
Me despediré... (_Saludando á la viuda de Calvo._) Señora mía...
CLOTILDE, _cogiéndole de una mano_.
No, no te dejo ir. Un momentito... En seguida sale. Está en ese gabinete con el señor de Orozco.
FEDERICO.
¡Con Tomás!
CLOTILDE.
¿A qué viene ese espanto? Con Orozco, sí; con tu amigo, un señor muy bueno, que nos protege y no nos abandonará nunca.
FEDERICO, _desasosegado_.
Adiós.
CLOTILDE, _tirándole del brazo_.
Que no te vas, digo.
VIUDA DE CALVO.
Más vale que le dejes. Le molesta sin duda ver á los que le dan una leccioncita de tolerancia.
FEDERICO.
Es la verdad, y como me molesta me voy.
ESCENA X
_Los mismos._ OROZCO, SANTANITA, _que salen por la derecha_.
OROZCO.
¡Tanto bueno por aquí!
FEDERICO, _cohibido_.
Lo bueno estaba antes de venir yo: lo bueno eres tú.
OROZCO, _queriendo hacerse el insignificante_.
El amigo Santana y yo tratábamos de un asunto..., menudencias, nada en suma. Me gusta verte aquí. Eso me prueba que corren vientos conciliadores.
CLOTILDE.
Paces, D. Tomás; paces tenemos. Pero la fiera no está aún domesticada, y es preciso pasarle la mano por el lomo un poquito más.
OROZCO, _festivamente_.
Cese la ruin discordia. Que esto sea como el _tableau_ con que acaban las comedias. Reconciliación, tolerancia, y lo pasado, pasado. Haya aquello de _¡hermano mío!_, y abrácense todos, y caiga el telón sobre un final de buenos propósitos.
FEDERICO, _con escepticismo_.
Pues si en las comedias el telón volviera á levantarse, se vería que los buenos propósitos eran conversación.
CLOTILDE, _aparte á Federico_.
Da la mano á mi Luis. Mira, el pobrecillo está asustado y no se atreve á dirigirte la palabra. Háblale tú.
FEDERICO.
¿Que le hable yo?... ¡Tonta!
OROZCO, _observando á Federico y á Santanita_.
¿Qué pasa? ¡Ah!, que no se doblan esos rígidos caracteres. Uno y otro se encariñan con su agravio y no quieren echarlo de sí. ¡Bonita cosa guardáis! Sois un par de majaderos. Sí, defended vuestros rencores como si fueran un hallazgo precioso que alguien os disputa.
VIUDA DE CALVO.
Señor de Orozco, usted que es tan cristiano y posee como nadie el arte de mover los corazones, ponga en paz á estos desdichados, pues de fijo á usted le harán más caso que á nosotras. Yo por vieja, con un pie en la sepultura, y ésta por niña, acabada de nacer, carecemos de autoridad.
OROZCO, _con fingido egoísmo_.
Señora mía, nunca me ha gustado ser redentor de nadie, ni quiero meterme en libros de caballería. Además, conviene respetar las disensiones de familia, que en algo se fundan, cuando existen. Cada uno tiene bastante con sus propios afanes. ¿A qué afanarse por el mal ajeno?
FEDERICO, _para sí_.
¡Hipócrita!
OROZCO.
Fijaos bien en este principio: lo que cada cual no haga por sí mismo no debe esperarlo de los demás. Conque, jóvenes inflexibles y caballerescos, si no simpatizáis, buen provecho os haga. No seré yo el que se desviva por zurciros las voluntades. Si esperáis á que yo os reconcilie, medrados estáis.
FEDERICO, _para sí_.
¡Farsante! (_Alto, á la viuda de Calvo._) ¿Lo ve usted?
VIUDA DE CALVO.
De los dichos á las acciones hay á veces mayor distancia que entre lo fingido y lo real.
CLOTILDE.
Pues yo insisto en que des la mano á Luis. ¿Te irás sin darme ese gusto?
FEDERICO, _secamente_.
Todo lo que yo podía hacer por ti, ya lo he hecho.
OROZCO, _burlándose_.
Eso es: carácter, firmeza, tesón. No se empeñe usted, Clotilde, en abatir esa fortaleza inexpugnable. Que no le da la mano, que no se la da...
SANTANITA, _queriendo aparecer sereno_.
Pero es preciso hacer constar que yo no he deseado que me la dé. Conste esto.
OROZCO.
Sí, hombre; constará todo lo que usted quiera. Tratándose de tonterías por una y otra parte, hay aquí mucho que apuntar para enseñanza de las generaciones futuras.
SANTANITA.
Y conste también que nada absolutamente tenemos que agradecer Clotilde y yo á las personas que más debieran mirar por ella, ya que no por mí...
OROZCO.
Vamos, también eso constará, si se empeñan en ello.
SANTANITA.
Y que toda nuestra gratitud, toda nuestra consideración y nuestro cariño son para usted, que se ha conducido con nosotros como un padre.
OROZCO, _riendo_.
¡Ave María Purísima! ¡Qué exageración, qué tontería, qué final de comedia cursi!
SANTANITA, _con efusión_.
Y nosotros le reverenciaremos como hijos amantes y sumisos, porque nos ha dado medios de vivir honradamente y de combatir la miseria. La felicidad que llevábamos como en germen en nosotros mismos, usted nos la hace patente y efectiva.
OROZCO, _llevándose las manos á la cabeza_.
¿Yo? Pues no me había enterado... ¡Qué manera de delirar!... No deis importancia á lo que no la tiene.
FEDERICO, _para sí_.
¡Hipócrita! Ya te cayó que hacer. ¿No querías ingratitud? Pues éstos, con su gratitud impertinente, te dan taza y media.
OROZCO, _muy contrariado_.
No, no cantéis victoria, ni me atribuyáis vuestra felicidad. La plaza en casa de Trujillo, al mismo Trujillo la debéis..., casi casi á disgusto mío, que la había pedido para otro.
VIUDA DE CALVO.
No le creáis, no le creáis. Su modestia es tal que no parece de este mundo.
OROZCO, _ligeramente incómodo_.
Repito que no he sido yo..., vamos. ¿Cómo lo diré? (_A Santanita._) Lo que hemos hablado hace un momento, no lo considere usted como efectivo. Vaya, que el niño se entusiasma por adelantado. No es más que un proyecto, una hipótesis, que tampoco me pertenece. Sólo soy intermediario, y lo que vaya á poder de los hijos de Viera no saldrá seguramente de mi bolsillo.
VIUDA DE CALVO.
No le creáis... que éste las gasta así. (_Con efusión._) Si os ha prometido algo que aumente vuestro bienestar, creed que os lo dará, y no le hagáis maldito caso si os dice que no es él quien da. ¡Otro más marrullero no existe bajo el sol, que alumbra tantas maravillas de Dios! Le conozco y á mí no me trastea. Os pondrá mala cara siempre que os encaje algún beneficio, y procurará haceros creer que lo debéis á otro.
FEDERICO, _para sí_.
Toma ingratitud.
OROZCO, _á la viuda de Calvo_.
Señora, usted me está faltando.
VIUDA DE CALVO.
Sí, le falto á usted, me le subo á las barbas, no le permito echárselas de hombre malo, y le arranco la careta. Conmigo (_enarbolando el palo_) no le valen á usted sus maquinaciones infernales.
CLOTILDE, _colgándose de un brazo de Orozco_.
Es nuestro padre, nuestro verdadero padre, y le debemos gratitud eterna y un cariño sin fin.
OROZCO, _sacudiéndose_.
Niña, por Dios, esto ya parece burla.
SANTANITA, _intentando besar la mano á Orozco, el cual la retira_.
Nuestro padre será aunque se enoje, y diga lo que dijere, como tal le tendremos.
OROZCO, _sofocado_.
Basta, moscones, basta. Os juro que sois los mayores tontos que he visto en mi vida.
VIUDA DE CALVO.
Sí, adoradle, que bien se lo merece. No toméis en serio sus farándulas. Es el santo más pillo y más embustero que hay en la tierra.
OROZCO.
Me voy... No puedo resistir esto.
VIUDA DE CALVO.
Pues mal que le pese, le diremos que es un santo y se lo haremos confesar... Duro en él; besadle las manos (_Clotilde y Santanita hacen esfuerzos por besarle las manos; pero él no se deja_), y si se resiste, le amarraremos, y con este palo... (_renqueando hacia él, con el bastón levantado_) le convenceré de que es un farsante... y una mala persona..., así..., toma, toma. (_Le toca en los hombros suavemente con la punta del palo._)
OROZCO, _cogiendo del brazo á Federico_.
Vámonos de aquí. Parece que están todos locos en esta casa... ¡Almas de cántaro!...
VIUDA DE CALVO, _corre tras ellos_, _tambaleándose_.
Adiós, adiós.
ESCENA XI
Calle.
OROZCO, FEDERICO.
OROZCO.
¿Has visto qué gente más fastidiosa?
FEDERICO.
Fastidiosos por agradecidos.
OROZCO.
Quita allá. No es para tanto. Cuando las acciones comunes se consideran actos dignos de alabanza, es que el nivel moral desciende hasta lo increíble. Y ahora que estamos solos, hablaremos. Tenía yo ganas de que echásemos un párrafo.
FEDERICO, _sombrío_.
Y yo también.
OROZCO.
Por cierto que..., y perdona que me entrometa en tus asuntos..., creo que debiste contemporizar con ese pobrecillo Luis, tu futuro cuñado. Ya no puedes impedir el parentesco. La sociedad sanciona los matrimonios desiguales en cuanto se convence de que no puede impedirlos. ¿Por qué has de ser tú menos que la colectividad?
FEDERICO, _con ardor_.
¿Otra vez el mismo asunto? Soy un anticuado, y no admito en la intimidad de mi familia á personas de esa clase, de esos hábitos y de esos procedimientos amorosos, los cuales acusan una extracción villana y grosera. Y no tengo más que decir.
OROZCO.
Bueno; no es preciso acalorarse. Hártate de aborrecer..., saborea las hieles del alma. Hay personas á quienes gusta el dolor propio con tal de producir el ajeno. No te arriendo la ganancia. Has hablado de extracción villana, tontería impropia de ti.
FEDERICO.
Pues que lo sea, mejor. Tontería constitutiva, contra la cual no puedo nada, como nada podemos contra nuestro temperamento.
OROZCO.
No insisto en ello. Entiéndete con tus errores. Te estás labrando tu infelicidad.
FEDERICO.
¿Y qué?
OROZCO.
No conceptúo la infelicidad terrestre como un mal absoluto, pero debemos evitarla.
FEDERICO, _muy displicente_.
Pues á mí se me antoja no luchar contra ella. ¿Qué quieres? Será porque me he convencido de que me ha de vencer.
OROZCO.
Pesimista estás. La vida es un beneficio y no una carga.
FEDERICO.
Para mí no vale esa regla..., ni otras.
OROZCO.
Porque no quieres hacerla valer... Pero, en fin, no divaguemos, y vamos á lo concreto. ¿Adivinas el asunto de que quiero hablarte?
FEDERICO, _para sí_.
¡Dios mío, ahora es ella! (_Alto._) Sí, me lo figuro.
OROZCO.
Augusta se encargó de tantear el terreno. Yo no quise hacerlo. Me asustaban esos relinchos que da tu falsa dignidad salvaje, y recalco la figura, porque verdaderamente es como un caballo sin desbravar... Adelante: mi mujer me ha dicho que no aceptas.
FEDERICO.
Es cierto.
OROZCO.
Dame una razón.
FEDERICO, _después de vacilar_.
Porque no puedo, porque es absolutamente imposible que acepte.
OROZCO.
Pero eso no es razón... Dame una, siquiera sea del tamaño de una lenteja.
FEDERICO.
Las tengo del tamaño de calabazas.
OROZCO.
Pues vengan. Porque no comprendo yo delicadezas extremadas hasta la sinrazón. Eso ya es ingratitud y orgullo satánico.
FEDERICO.
¡Orgullo satánico! Es que yo sostengo que Lucifer no fué malo al rebelarse... Era un ángel muy delicado.
OROZCO.
Pase como chascarrillo. Tratemos la cuestión formalmente. ¿Qué agravio recibe tu decoro con adoptar una manera de vivir que te libre de amarguras y te asegure la paz moral para toda la vida? Empieza por considerar que lo que se te ofrece no es mío: es de tu padre.
FEDERICO.
Imposible considerarlo así. Las cosas son lo que son.
OROZCO.
Bueno, pues sea de quien sea. Explícame por qué te humillan los favores de un amigo.
FEDERICO, _turbado_.
No es que me humille; es que... (_Para sí._) Este hombre me está asesinando.
OROZCO.
¿Qué orgullo es ese? ¡Qué casta de dignidad tan incomprensible! ¿Te rebaja el beneficio otorgado por un amigo, por un compañero de la infancia, y no te envilecen otras cosas? ¿Cómo entiendes tú el honor? Tus arbitrios angustiosos y degradantes de buscarte la vida no te sonrojan, y te sonroja lo que te propongo.
FEDERICO.
Es que mis arbitrios degradantes son hábitos, y ya no puedo vivir sin ellos. Tomás, Tomás, me duele mucho decírtelo; pero te lo diré. Soy vicioso. La idea de una vida sosa y correcta, con el bienestar acompasado de un modesto rentista, me horroriza. No quiero esa vida, no la quiero. El veneno se ha adaptado á mi naturaleza, y no puedo existir sin él.
OROZCO.
Palabrería ingeniosa. Tú no sientes lo que dices. Me engañas, y yo, al menos, merezco de ti la sinceridad. ¿Cómo pretendes hacerme creer á mí que prefieres esa vida de sobresaltos á...?
FEDERICO, _interrumpiéndole_.
Créelo, sí. Me carga la tranquilidad. No sé cómo explicártelo. Los conflictos diarios, las angustias, el no respirar, el no vivir, la excitante lucha, me producen placer insano. ¿No lo comprendes? Soy como el borracho incorregible, que se siente envenenado por el alcohol y lo apetece con todas las energías de su naturaleza. Yo apetezco el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias, las emociones del azar, con sus desmayos hondos y sus alegrías delirantes.
OROZCO.
Nada de eso pertenece á la realidad. Ó es desvarío de enfermo, ó una manera hábil de argumentar. Otras razones te mueven á despreciar lo que te ofrezco. Dímelas, y quizás me sea fácil rebatirlas. Imposible que dejes de comprender las ventajas de la vida decente y sosegada. ¿Sabes cuál es mi aspiración y la de Augusta, que en esto, como en todo, está de acuerdo conmigo? Pues que te entiendas con tus hermanos, y viváis juntos. Por eso te escribió mi mujer suplicándote que visitaras á Clotilde. Accediste, y pensamos que tu aquiescencia en este punto era señal de ceder también en el otro. Te propusimos el vivir con tu familia, calculando que de este modo os luciría más el pequeño capital que debéis á las travesuras de Joaquín. Porque á él, fíjate bien, á él en primer término debéis agradecerlo más que á mí.
FEDERICO.
¡No nombres á mi padre, por Dios! ¿Qué tiene él que ver con esto?
OROZCO.
Sí, porque él, inconscientemente, nos ha proporcionado los medios para esta combinación feliz.
FEDERICO, _espontaneándose_.
Tuya, tuya y sólo tuya es esta idea, que tiene una cara divina y un reverso diabólico. Todo lo hermoso de ella te pertenece; bien lo sé. Conmigo no te valen tus farsas de modestia; conmigo no te sirve el desprenderte de tu corona sublime. Te conozco y sé apreciarte en lo que vales. Desgracia mía es no poder corresponder á tanta... no sé cómo llamarlo. Tomás, despréciame, no hagas caso de mí. Yo no merezco ni que me mires siquiera.
OROZCO.
No te escapes por ese registro de los elogios, para aturdirme y apartar la cuestión de sus verdaderos términos. Por reducirte y ablandarte, soy capaz hasta de transigir con lo que más detesto, que es la vanidad, y llenarme de ella, y atribuirme virtudes y méritos, con tal que accedas á nuestra pretensión... ¿Te conviene este trato? Dime que aceptas, y yo diré que soy tu protector si así te acomoda. Por el contrario, ¿te molesta mi protección?, ¿tu orgullo se subleva contra lo que crees humillante? Pues me anularé. Nada habrá en mí que te recuerde la situación de favorecido. Es más: si quieres mostrarte ingrato conmigo, mejor, tanto mejor. Si te da por mostrarte olvidadizo, no creas que eso me incomoda: al contrario...
FEDERICO, _con viva emoción_.
Tomás, si te digo que te tengo por sobrenatural, no expreso todo lo que siento. Cállate y déjame; no puedo oirte...
OROZCO, _deteniéndose en un portal_.
Piensa en lo que te he dicho. Yo me quedo aquí.
FEDERICO, _deseando escapar_.
Pues adiós... Sí; pensaré...
OROZCO.
Adiós. (_Entra en una casa. Federico sigue._)
ESCENA XII
FEDERICO, _solo, vagando por las calles, en estado de vivísima agitación_.
¡Ay, qué descanso!... ¡Libre de ese hombre! Huiré y me esconderé donde no pueda oir su voz, donde su mirada noble y profunda no me anonade. Imposible vivir así... Si otra vez me habla, mi sinceridad se desbordará, y le diré la verdadera causa de mi... ¡Enorme y absurda pretensión que yo acepte tal cosa! Me moriré cien veces antes. (_Reflexionando._) ¿Pero á qué revelarle yo los motivos de mi rebeldía, si él ha de saberlos pronto? Yo confiaba, ¡menguado de mí!, en que este secreto no se descubriría fácilmente, y ahora resulta que no tardarán en conocerlo todos nuestros amigos, medio Madrid, y él... ¡Pero qué hombre, santo Dios! ¿Por qué le hiciste de tan rara perfección, para ponérmele delante en la más crítica hora de mi vida? ¿Por qué no es un malvado, un egoísta sin entrañas, un envidioso, un falso al menos, siquiera un hombre vulgar, de éstos que se encuentran á centenares, á millares más bien?... No, no iré esta noche á ninguna parte donde pueda verle. No comeré en su casa. Me acosa su presencia; su voz me persigue; me espanta la idea de que si hoy consigo evitarle, no lo conseguiré mañana. ¡Tal suplicio un día y otro, y al fin...! Porque lo ha de saber. (_Inquietísimo._) ¿No valdría más que yo se lo dijera? «Amigo mío, estoy imposibilitado para aceptar tus beneficios, porque te he robado á tu mujer.» ¡Qué locura! Esto sería denunciarla cobardemente. Vale más esperar á pie firme á que algún malicioso le revele la terrible y afrentosa verdad. Sucederá entonces lo que es de rúbrica: el hombre ofendido me exigirá reparación; se la daré con la estúpida forma del duelo, y... ¡Cuán grotesca es la sociedad! ¡Debiéramos todos pintarnos la cara con albayalde como los _clowns_, ó colgarnos cascabeles de las orejas como los antiguos bufones, pues somos unos grandes mamarrachos...! (_Fijándose en un transeúnte que pasa._) Es Villalonga. Me meteré en este portal para que no me vea. Quiero estar solo. No me agrada más conversación que la mía, y sólo estoy á gusto conmigo, como con un ser amado que se despide... Porque yo me marcho; yo no puedo vivir así. La vida, tal como la voy arrastrando ahora, es imposible. Recibir mi salvación del hombre á quien he ultrajado, imposible también. ¡Oh, quién fuera uno de estos de conciencia ancha que sólo miran su provecho! ¿Por qué hay en mi alma esta antipatía contra la protección y esta invencible repugnancia de la generosidad ajena? Ciertos agradecimientos le sumergen á uno en la inferioridad servil, y le subordinan y le rebajan. No sé por qué me inclino á detestar á los que quieren ampararme. (_Reparando en alguna persona._) ¿No es aquél Infantillo? Aquí me escondo. No quiero ver á nadie. La voz de un amigo me molesta, como si todo el que á mí se acerca viniera con intenciones de protegerme. Es Infante, sí. Y entra en el Casino. Yo pensaba comer hoy allí; pero comeré en otra parte. ¿En dónde? Lo mismo da. ¡Lo que puede la rutina de sentarse á la mesa á determinada hora! ¡Si no tengo apetito!... ¡Si hasta me repugna la idea de alimentarme!... (_Aturdido._) Iré á casa, y Claudia me dará algo de lo que ellas tienen para sí. Ahora me entran ganas... Vamos, comería yo esta noche una cosa muy salada, muy salada..., no sé qué..., y muy agria, muy agria..., y después tomaría café bien cargadito... (_Entrando en un coche: al cochero._) Lope de Vega, 57, triplicado.
ESCENA XIII
Salones en casa de San Salomó.
FEDERICO, _después_ LA SOMBRA DE OROZCO.
FEDERICO, _entrando_.
Aquí me refugio esta noche. No sé adonde ir. En esta casa no es probable que encuentre al Santo, cuya sublimidad pesa sobre mí como un peñasco que se me ha puesto sobre los hombros. Casi nunca viene aquí... No sé qué hay en mi cabeza esta noche; no puedo precisar bien lo que veo, ni estoy seguro de reconocer á las personas que á mi lado pasan. ¿No es aquél Monte Cármenes? Creo que sí; pero no lo juraría. Y aquélla, ¿no es Victoria Trujillo? Tampoco puedo responder de que sea. ¿He saludado á alguien al entrar? No lo aseguro. Me parece que sí, me parece que no. Daré una vuelta por los salones. ¡Cuánta gente! Nadie me mira. ¡Qué placer no ser advertido! Me apartaré á un sitio solitario, y me distraeré viendo caras de personas á quienes no se les ha ocurrido protegerme... ¡Oh, maldito de mí! (_Con súbito terror._) ¿No es aquél Orozco? Y me ha visto. Desde lejos me descubre, y me clava sus ojos que despiden lumbre. Viene hacia mí. Ya no me escapo. Que me coge, que me coge.
_La sombra de Orozco, con perfecta apariencia humana y vestida de etiqueta, avanza hacia Federico y le coge del brazo._
FEDERICO.
Ya, ya te veo...
LA SOMBRA.
Parece que huyes de mí.
FEDERICO.
¿Yo? No lo creas. Tanto gusto en verte. Siempre mucho gusto en verte, muchísimo.
LA SOMBRA.
Apártate aquí; charlaremos. (_Le lleva á un gabinete próximo._)
FEDERICO, _irónicamente_.
Es lo que deseo: charlar contigo, para que me aconsejes, para que me ilumines. Eres el alma más grande que conozco.
LA SOMBRA.
¿Has reflexionado en lo que te dije?
FEDERICO.
¡Ya lo creo! Desde que nos vimos esta tarde no ha hecho tu amigo otra cosa que reflexionar. Como que con tantas reflexiones no he tenido tiempo de comer. No ha entrado en mi cuerpo esta noche más que un puñado de sal, una taza de café y después dos copas de coñac, digo, tres.
LA SOMBRA.
La sal aviva las ideas y el café las ennoblece.
FEDERICO.
Pues sí, he reflexionado, y... me confirmo en lo que hace poco te dije. No hay arreglo: déjame en la indigencia y en la degradación. El bienestar me rebajaría á mis propios ojos; necesito privaciones y padecimientos para regenerarme. Además, temo mucho que la flor de la gratitud no quiera nacer en mi huerto, y que al encontrarme favorecido no pueda amar á mi favorecedor. Vale más que busque en la penuria y en el sufrimiento los estímulos que mi alma necesita para purificarse. Quiero ser pobre, Tomás; pobre. Dirás tú: «¡qué gusto tan raro!», y yo respondo que más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena. Añadiré una idea que quizás te sorprenda. Aunque nos hemos tratado desde la infancia, apenas me conoces, y bajo estas apariencias insustanciales escondo una austeridad de principios que á mí mismo me asusta cuando atentamente la considero. ¡No faltaría más sino que pretendieras tú monopolizar la práctica de una moral rígida!
LA SOMBRA, _con benevolencia_.
¿Yo? ¿Qué había yo de monopolizar nada, hombre? Tranquilízate, y ten toda la rigidez de principios que gustes, sin temor á mi competencia. Eso me parece muy bien, pero muy bien. (_Dándole palmadas en el hombro._) Pero si me lo permites, he de rogarte me digas qué principios de esos tan severos que tú profesas son los que te impiden entenderte conmigo.
FEDERICO, _lleno de confusión_.
Es que con mis principios, y como complemento de ellos, se enlaza un desprecio absoluto de los bienes materiales.
LA SOMBRA, _sonriendo_.
Vocación de penitente y de anacoreta.
FEDERICO.
Tampoco es eso. Me parece que no estás tú hoy tan lúcido como otras veces. Si acertaré á explicarme. Profeso la teoría de que si somos siempre y en todo caso autores de nuestro propio mal, también debemos ser autores de nuestro bien, y debérnoslo todo á nosotros mismos.
LA SOMBRA, _con acento ligeramente burlón_.
¿Piensas trabajar?
FEDERICO.