Realidad: Novela en cinco Jornadas
Part 12
¡Cuánto tarda! ¿Si no vendrá?.. (_Mira su reloj._) No son más que las nueve y media. Rabio por darle á entender con un par de reticencias buenas, pero buenas, de las que yo echo... cuando me pisan... que le he descubierto la madriguera. ¡Caramba! ¡No me ha costado pocos plantones, ni han sido breves los ratos de espionaje! Y yo me pregunto: ¿qué sentimiento me impulsa á obrar así? ¿Será el despecho? ¿Y qué quiere decir despecho? No; muéveme la suprema ley de amor propio, reguladora de todo el vivir humano... Esa tonta me desairó; no supo apreciarme en lo que valgo, y debo hacerle comprender que no se juega impunemente con una persona como esta que aquí se pasea. Lo mejor es que, sin habérmelo propuesto, realizo un acto de justicia, y heme aquí persiguiendo el crimen, desenmascarándolo y poniéndoselo delante á quien debe y puede castigarlo. Porque yo no pararé hasta no abrir los ojos á ese Orozco bendito, que para todo tiene vista de lince y sólo para las desviaciones de su mujer padece de cataratas. ¡Yo se las batiré, como hay Dios!... (_Frunciendo el ceño._) ¿Pero qué vocecilla impertinente se permite susurrar dentro de mí que esta es una empresa de perfidia y traición? ¡Bah! Resabios de la moral infantil, de todo ese estúpido fárrago de instrucción primaria que le meten á uno en el cuerpo antes de poder distinguir racionalmente el mal del bien. No; seamos justos con nosotros mismos: en lo que traigo entre manos, veamos un propósito de reparación y de alta moralidad... ¡Cuidado si es torpe la conducta de esa mujer! Si al menos faltase conmigo á sus deberes, conmigo, que descuello sobre el vulgo por la superioridad y la extensión de mis talentos, por mi figura... (_Parándose brevemente ante un espejo, al dar la vuelta._) Sobre esto no cabe duda. Yo sostengo que una de las cosas más relativas que hay en el mundo es la moral del amor y del matrimonio. Las faltas de más grave apariencia dejan de serlo, ó se atenúan, cuando ponen de manifiesto el buen gusto de la culpable. ¡Pero caerse del lado de ese vulgar y trapacero, de ese zángano, de ese ignorantón de Federico!... ¡Qué ignominia! El grado de responsabilidad de la mujer que se desvía, depende de la buena ó mala mano que tenga para elegir. ¡Gallarda interpretación de la ley, que sólo podemos hacer los que gastamos filosofías muy finas y muy hondas! Me atrevería yo á desarrollar esta tesis y á convencer á la humanidad del alto sentido que encierra... (_Parándose otra vez ante el espejo._) Para eso se necesita talento, y tú le tienes... (_Sigue paseando._) ¡Qué guapo soy! Y sobre ser tan guapo, llevo estampada en esta cara la sutileza y finura de mi crítica moral y social. Y á modales, ¿quién me gana? ¡Caracoles, qué modales y qué distinción! Yo mismo, con estas rutinas cursis de la modestia, no me doy cuenta de mis atractivos personales sino por los efectos que causa en el mujerío. ¡Ay! Esta tontuela de Augusta me pagará su necedad... La he cogido, ¡pero qué bien!, en su propia trampa. ¡Y cuidado si tomaron precauciones los muy zorros! ¡Escondrijitos á mí! No, conmigo no os valdría el ocultaros en el centro de la tierra... ¡Vaya que tiene suerte ese botarate de Federico! A lo que él va, ya lo sé yo: á buscar quien le pague las trampas. Ya estoy viendo las partidas que la señora le carga en cuenta á su marido por el capítulo de alfileres... No están malos alfileres, bribona, los que tú gastas... ¡Qué obcecación de mujer!... ¡Simpleza mayor que no quererme á mí! Lo que yo digo: es estúpida, de lo más estúpido, de lo más negado que Dios ha echado al mundo. Sólo tiene aquel barnicillo de cultura, graciosa y chispeante... ¿Pero qué puede esperarse de una mujer que dice que le gusta el barroquismo, de una mujer que aborrece el arte ojival, que detesta á los místicos y á los dramaturgos, y pone en solfa á Rafael y á Racine?...
ESCENA II
_El mismo._ CISNEROS, VILLALONGA.
CISNEROS, _por Malibrán_.
Aquí le tiene usted. Con esa carita de _santi boniti barati_, es el más desorejado galopín que anda por estas tierras.
VILLALONGA.
Y el corruptor de las personas graves y sesudas como yo. Este fué el que me arrastró á la _juerga_ de anoche, de que le hablaba á usted hace un momento.
MALIBRÁN.
No, D. Carlos, él fué mi Mefistófeles. Yo estoy en mi oficina tan tranquilo, y se aparece allí este genio del mal y me saca por los cabellos para llevarme á lugares nefandos. No hay defensa contra él, y esas canas que gasta le sirven para engañar más fácilmente á los jóvenes inexpertos como yo.
CISNEROS.
Buen par de tomos están los dos, el uno con sus honradas canas y el otro con sus cuernecitos ó sortijillas sobre la frente... (_Observando el pelo de Malibrán._) Y á mí no me la da usted, Cornelio; usted se tiñe el pelo y la barba.
MALIBRÁN, _bromeando_.
Ya lo creo. Con la tinta del tintero. Vaya, no sea usted envidioso, Carlitos, y resígnese á su vejez caduca. Villalonga y yo somos pollos tiernos todavía, aunque usted no quiera.
CISNEROS.
Sí, ya sé que anoche os habéis puesto como pellejos en casa de _La Peri_.
MALIBRÁN.
¿Quién se lo ha contado á usted?
CISNEROS.
Este felpudo. Por supuesto, no me digáis á mí que os divertís los muchachos ó viejos verdes de esta generación. Ya no hay alegría, ya no existe el dulce humor, ni el delirio de bacanal de otros tiempos. Desde que ha cundido esto que llaman ilustración, los muchachos, ya sean jóvenes absolutos, ya jóvenes relativos como vosotros, no saben divertirse. Se ha perdido la norma del escándalo gracioso y de los desatinos con donaire...
VILLALONGA.
¡Vamos, que si hubiera usted venido con nosotros anoche...!
CISNEROS.
¿Yo? Me divertí en mi tiempo más de lo que quise, y con una intensidad de alegría de que no podéis tener idea. Porque ya no hay buen humor; es más, yo sostengo que ya no hay mujeres.
VILLALONGA, _con malicia_.
Pues mire usted, éste nos refirió anoche cosas que prueban que las hay.
CISNEROS.
Hola, hola...
MALIBRÁN.
No fué nada, D. Carlos; bromas de este bigardón.
VILLALONGA.
Bien sabe usted que es un gran investigador de Bellas Artes, punto fuerte en pintura antigua. Pues ahora se ha dedicado á descubrir cuadros vivos.
CISNEROS.
¡Ah, pillo!
VILLALONGA.
Y tiene un ojo de perito, que vale cualquier cosa. Aquí donde usted le ve, con su diplomacia y su... equilibrio europeo, tiene la intención de un Veragua; y como le dé por los descubrimientos, crea usted que hemos de ver cosas muy buenas.
CISNEROS, _con buena sombra_.
Hablad con claridad, hijos míos, que el lenguaje enigmático ya sabéis que no se ha hecho para mí. Me gusta expresar las ideas directamente, y detesto los rodeos y parábolas. ¿De qué nefando contubernio se trata? Decídmelo; ya sabéis que lo admitiré, porque en su propia naturaleza lleva el hecho la verosimilitud. Y si me apuráis, no sólo lo admito, sino que lo disculpo, porque de menos nos hizo Dios. Somos frágil barro.
VILLALONGA.
¡Y tan frágil!... Que le cuente á usted Cornelio...
MALIBRÁN, _con socarronería_.
Nada, D. Carlos, es que descubrí un cuadro de los muchos que hay ocultos y perdidos. Y no es de autor anónimo, ¡caracoles!...; asunto erótico... Las figuras no las conoce usted...
CISNEROS.
Como si las conociera. ¿Y qué? Sois los mayores mentecatos que me he echado á la cara. ¿Creéis que yo me asusto de vuestros descubrimientos? ¿Qué podría resultar?, ¿que fueran personas conocidas, amigas mías ó de mi familia?
MALIBRÁN, _vivamente_.
No, no lo son.
CISNEROS.
Pues entonces... (_Restregándose las manos._) Contar, contar. Vengan ratas.
VILLALONGA.
Muy sencillo: éste dió en buscarle las vueltas á la mujer de un amigo nuestro, que tiene fama de virtud arisca, la mujer, se entiende.
CISNEROS.
¿Mujer de un amigo nuestro?...
MALIBRÁN.
¡Si aunque se vuelva loco no lo ha de acertar usted!...
_Entran de la calle Orozco y Augusta._
ESCENA III
_Los mismos._ OROZCO, AUGUSTA.
CISNEROS.
¡Qué horas de venir!
AUGUSTA.
¿En qué acto están?
MALIBRÁN.
Han empezado el segundo.
OROZCO.
Hemos comido tarde... Día para mí de ocupaciones fastidiosas... No me dejan vivir. Son como las moscas, que si uno se las sacude, se irritan y vuelven con más coraje.
CISNEROS.
No se puede ser modelo de nada en estos tiempos. Como den en llamarle á uno modelo de cualquier cosa, aunque sea de ciudadanos, ya se puede encomendar á Dios. ¡Ah!, y á propósito. Yo decía: «le tengo que contar una cosa á Tomás», y no acertaba con lo que era. Ya me acuerdo. ¿Sabes que estuvo Joaquín Viera á despedirse de mí?
OROZCO.
¿Sí? Pues por casa no ha parecido.
_Augusta toma el trazo de Malibrán para subir al palco. A su lado, Villalonga. Detrás, á bastante distancia, suben Cisneros y Orozco._
CISNEROS.
Está furioso contra ti. Dice que le recibiste como á un perro.
OROZCO.
Como se merecía. (_Con satisfacción._) Y hablará perrerías de nosotros.
CISNEROS.
Lo que no puedes figurarte. Que eres un ingrato, un egoísta sin entrañas, y no sabes comprender la abnegación con que mira por tus intereses.
OROZCO.
No creo que exista tunante más gracioso.
CISNEROS.
Dice que por no chocar, y por darte una prueba más de benevolencia, acepta la proposición denigrante que le hiciste.
OROZCO.
Denigrante..., eso es. Así la llama en la esquela que me escribió cerrando el trato. ¿Pues qué quería? He sido con él generoso hasta la esplendidez.
CISNEROS.
Habías de oirle. ¡Qué lengua! Ya sabes que yo no me espanto de nada. Pues tuve que suplicarle mudara de conversación. En fin, que se marcha mañana.
OROZCO.
Ya lleva cuerda para algún tiempo. No tiene motivos de queja, pues por una obligación prescrita le he dado casi el doble de lo que pagó por ella... ¿Y habló con usted algo de su hija Clotilde? Porque tengo curiosidad de saber...
CISNEROS.
¡Ah!, sí... Pues contentísimo. Es hombre de una llaneza patriarcal. Ni asomos de los escrúpulos de su hijo. Por él, si la niña quiere casarse con el verdugo, que se case. En medio de su extravagancia, tiene rasgos de ingenio donosísimos. Asegura que en la determinación de Clotilde influye el instinto de renovación de la raza española, repugnando los entronques aristocráticos y similares, y prefiriendo el cruce con las razas inferiores, que son las más sanas.
OROZCO.
Tiene chiste.
CISNEROS.
Vamos, que me reí un rato con él; y al fin volvió á vomitar denuestos contra ti, llamándote jesuitón, cuáquero, chupador de la sangre del pobre, rico avariento, y qué sé yo qué.
OROZCO.
Bien, bien, bien.
_Augusta y Malibrán entran en el palco. Villalonga, Orozco y Cisneros se detienen en el pasillo, donde aparece el conde de Monte Cármenes._
ESCENA IV
OROZCO, CISNEROS, VILLALONGA, MONTE CÁRMENES.
MONTE CÁRMENES.
Aquí estoy esperando á que se acabe el dúo. No puedo resistir al tenor, con ese braceo como si estuviera cogiendo moscas, y esa voz que parece la de un gato cuando le pisan la cola.
VILLALONGA.
¿Y cómo no dice usted _bien, perfectamente bien_?
MONTE CÁRMENES.
Yo no juzgo al tenor, y si lo he juzgado, me desdigo. No me gustan juicios temerarios. Sólo que no me divierto oyéndole, y mientras él se gana el pan pegando gritos, yo salgo á fumar un cigarro.
OROZCO.
¿Y Pepita?
MONTE CÁRMENES.
Más animada. En nuestro palco está. Pase usted á verla y se lo agradeceré, que allí tenemos á nuestro pobre Cícero dándole matraca. Entre él y ese tenor de la clase de grillos, me hacen la vida infeliz las noches de ópera.
CISNEROS.
Dígame, Conde: ¿fué usted también de los que anoche se subieron á la parra en casa de _La Peri_?
MONTE CÁRMENES.
¡Yo! D. Carlos, no me confunda con usted mismo. Yo no voy á esos sitios execrables y pecaminosos.
OROZCO.
Si anduvo usted en malos pasos, ¿por qué negarlo ahora? Nosotros no se lo hemos de decir á Pepita.
CISNEROS.
¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me asegurara bajo su palabra que no estuvo.
VILLALONGA.
No; el Conde no va sino cuando no hay nadie..., como usted.
MONTE CÁRMENES, _mascando el cigarro_.
¿Yo?... ¡Buenos estamos D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos cortado la coleta.
CISNEROS.
Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley de Dios, no significa que se corte nada.
OROZCO.
¿Entramos ó no?
MONTE CÁRMENES.
Me parece que ha concluído el dúo. (_Tira el cigarro_.) Voy al palco de mi primo. (_Se aleja, y retrocede llamando á Orozco._) ¡Ah!, Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir á las Charcas?
OROZCO.
El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta, domingo y lunes la Candelaria. ¿Se anima usted?
MONTE CÁRMENES.
Es posible. (_Se dirige hacia el extremo del pasillo curvo. Orozco, Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte Cármenes._)
ESCENA V
Interior del palco de Orozco.
AUGUSTA, _en el antepecho_; MALIBRÁN, _detrás. En el antepalco, la_ SEÑORA DE TRUJILLO, _leyendo La Correspondencia_.
AUGUSTA.
Ya, ya sé..., me lo ha dicho Aguado, que es, como usted sabe, el denunciador de todas las inmoralidades. Es usted un libertino, un escandalizador; está usted dando malos ejemplos.
MALIBRÁN.
Efectos de la murria y la desesperación. Deseo aturdirme. Quiérame usted, y seré un modelo de templanza y virtud.
AUGUSTA.
¿Que le quiera yo? (_Con displicencia._) No sea usted mamarracho.
MALIBRÁN.
Pues acabaré por perderme... De seguro me pierdo.
AUGUSTA.
¿No está todavía bastante perdido?
MALIBRÁN.
Por usted... Pensaba contarle mis aventuras, para que se vaya persuadiendo de que corro al abismo y se compadezca y me salve.
AUGUSTA.
¡Que le salve yo!...
MALIBRÁN.
Pero no quiero escandalizar á mi virtuosa amiga refiriéndole mis maldades... (_Para sí._) ¡Caray, que no acierto á deslizar entre las flores la flecha envenenada! Veremos si por este otro lado... ¡Ah!, sí. (_Alto._) Nosotros los perdidos sabemos respetar la susceptibilidad de las almas puras, á cuyo oído no debe llegar jamás una frase maliciosa. (_Para sí._) Allá va la punta, salga como saliere. (_Alto._) Es usted una criatura angelical, encanto y desesperación de los hombres imperfectos y frágiles que tenemos la desgracia de adorarla.
AUGUSTA.
¡Ave María Purísima, hasta cursi se está volviendo este hombre!
MALIBRÁN.
Pertenece usted á la escuela de su marido, que fingiéndose insensible á las desdichas humanas, realiza en secreto las obras de caridad más admirables.
AUGUSTA, _mirándole con cierto temor_.
¿Qué...?
MALIBRÁN, _aguzando su ingenio_.
Nada, amiga mía; que no le valen á usted sus disimulos ni sus artimañas de modestia para asegurarse la indiferencia pública. La admiración, como la envidia, engendra la curiosidad, y la curiosidad acecha la virtud para descubrirla y sacarla de las tinieblas. Hay espionajes que los mismos ángeles no desdeñarían, porque tienden á indagar los pasos más silenciosos de la virtud para denunciarlos al agradecimiento de la humanidad; y este espionaje santo la sigue á usted hasta descubrir las guaridas apartadas y excéntricas adonde va secretamente en busca de miserias que aliviar y lástimas que socorrer, cumpliendo la obra misericordiosa de consolar al triste.
AUGUSTA, _para sí, turbada, mirando con los gemelos á la escena_.
¡Maldito seas tú y toda tu casta!
MALIBRÁN, _para sí_.
Sacúdete la banderilla, tontaina... (_Alto._) ¿Qué dice usted?
AUGUSTA.
No he dicho nada. Pensaba que está el diplomático esta noche más tonto que de costumbre, ó como dicen en la ópera, _che dall’ usato, piu noioso voi siete_; pero no me determiné á decírselo.
MALIBRÁN.
Sí, estoy yo muy tonto... (_Para sí._) Vamos, que si me apuras te suelto el nombre de la calle, el numerito y hasta el piso... (_Alto._) Admirable cosa es la modestia, y adorno lindísimo de la verdadera virtud. Pero no le vale, no le vale...; no puede usted evitar nuestros homenajes.
AUGUSTA, _que mira á los palcos para disimular su ira, y crispa los dedos, oprimiendo los gemelos. Para sí._
Ya te daría yo á ti homenajes, y te estrellaría en la cara los gemelos.
MALIBRÁN.
Es natural que mi ilustre amiga se enoje conmigo porque le descubro las perfecciones.
AUGUSTA.
¿Enojarme yo? ¿Piensa usted que escucho sus bobadas? (_Sonriendo sin espontaneidad, y queriendo dar á su despecho un acento de broma._) ¡Antipático!
_Se adelanta la señora de Trujillo._
MALIBRÁN.
Se habrá enterado usted de que el papel _Cuadradista_ está muy en baja.
TERESA.
Y tan en baja... que ya no lo quiere nadie ni regalado. ¿Ha leído usted la declaración del cura de San Lorenzo, según el cual, Cuadrado confesaba una semana sí y otra no?
AUGUSTA, _con hastío_.
¡Ay, Teresa!, ya el crimen apesta.
TERESA.
Pues para mí no perderá su interés hasta que no vaya al palo esa tarasca... Pero dejémoslo ahora. ¿Sabes que el tenor este parece el sereno de mi calle? Tenemos un empresario que también debería ir al palo. ¡Qué adefesios nos trae! ¡Quién oyó esta ópera por la Lagrange, Fraschini y aquel Varessi...! (_A Malibrán._) ¿Alcanzó usted á Varessi?
MALIBRÁN.
Le oí en Italia. ¡Qué pedazo de barítono!
TERESA, _llamando la atención de Augusta_.
Dime, ¿qué promontorio es aquel que se trae en la cabeza la de Barragán?
AUGUSTA, _sin dejar de mirar con los gemelos_.
Estoy estudiándolo y no puedo entenderlo. Es un tocado Directorio, de una exageración... ¡Qué mamarracho!
MALIBRÁN.
No quieren comprender que estos prendidos Directorio y Primer Imperio, hoy tan en boga, exigen un corte de busto muy airoso, y las que no tienen arte para saber adaptarse las modas, se ponen hechas unos esperpentos.
AUGUSTA.
Cierto. Y algunas, con tanto plumacho, vienen hechas unos milicianos nacionales. (_Dando los gemelos á la de Trujillo._) Teresa, por Dios, mire usted el escote que se ha traído la de Tellería. ¡Qué escandalosa!
TERESA, _mirando_.
¡En el nombre del Padre...! No le falta más que la manzana en la mano. (_Suenan grandes aplausos._) ¡Pero qué tontos!... ¿Cómo aplauden estas borricadas?
MALIBRÁN.
La _claque_ está insoportable.
TERESA.
Pero si son los de butacas los que alborotan.
AUGUSTA.
Es que la alabarda de abajo es la peor.
_Entra Monte Cármenes, que saluda á las dos señoras. Trábase conversación entre Teresa Trujillo y los caballeros._
AUGUSTA, para sí, dirigiendo los gemelos á una parte y otra.
Miro y remiro, y no le veo arriba ni abajo. ¡Qué inquieta estoy! En el palco de los gorriones no está..., ni tampoco en el de San Bernardino..., ni en butacas. ¡Si no vendrá, después de habérmelo prometido tan formalmente! Quiero ponerle en guardia contra el espionaje de este arrastrado Malibrán, que parece nos sigue los pasos, y que si no nos ha visto aún..., digo, yo creo que no nos ha visto..., nos verá el mejor día. (_Alto, tomando parte en la conversación general._) ¡Enteramente un fiasco; y cuidado si anunciaban á este tenor como _estrella del arte_! (_Para sí._) ¿Será aquel? (_Mirando._) No, no es. No creo que deje de venir. ¡Ay!, no vivo hasta no saber lo que piensa de la proposición de Tomás. ¿Cómo tomará la idea de reconciliarse con Clotilde? Hice bien en decírselo por escrito, meditando muy bien la forma y pensando bien los conceptos. La carta era un modelo de sagacidad diplomática. ¿Aceptará? Dios quiera que no se alborote... ¡Ah!, allí está... en el palco de San Bernardino. Me ha visto. (_Mirando á otro lado._) Ahora no vendrá. Veremos si en el tercer entreacto... Nunca como esta noche he deseado verle y hablarle. ¿Saldrá por el registro de la dignidad? Mucho me lo temo... ¡Ay, gracias á Dios que empieza el acto! (_Entra Aguado y la saluda. Se entabla animada conversación sobre puntos diferentes. Al llegar al entreacto tercero, sólo están en el palco Aguado y el marqués de Cícero, que hablan con Teresa Trujillo. Augusta pasa al antepalco._)
ESCENA VI
AUGUSTA, _en el antepalco_; FEDERICO.
AUGUSTA.
Nunca como esta noche he deseado verte...
FEDERICO.
Ni nunca nos hemos visto en sitio menos á propósito para hablar de cosas graves. (_Atisbando por un lado de la cortina._) ¿Quién está ahí?
AUGUSTA.
Cícero, que duerme, y Aguado, que habla con Teresa de la moralidad. Siéntate...
FEDERICO.
¿Nos darán tiempo para decir cuatro palabras?
AUGUSTA.
Sí, sí..., y también ocho, (_Impaciente._) Di, ¿qué te pareció mi carta? ¿Qué efecto te ha hecho?
FEDERICO.
Ya puedes suponerlo.
AUGUSTA, _con ansiedad_.
¿Qué dices respecto al punto principal? ¿Aceptas? ¿Qué? ¿No te parece bien?... Por Dios, no me lo digas; no me des el disgustazo de... (_Federico, en pie, fijos los ojos en el suelo, deniega suavemente con la cabeza._) ¡Qué ideas tan estrambóticas! ¿Pero qué mal hay en esto? Dímelo.
FEDERICO.
Pero ven acá: ¿cómo ha podido ocurrírsete el absurdo de que yo lo acepte... mediando...?
AUGUSTA.
¡Qué aflicción me causas!... ¡Qué ingrato eres!
FEDERICO.
Por Dios, no llames á esto ingratitud... (_Preocupadísimo._) Yo te explicaré... ¿Has reflexionado tú en la gravedad de lo que me pides? Respecto al otro punto que tratas en tu carta, ó sea mi reconciliación con Clotilde, te contesto que accedo á hacerle una visita.
AUGUSTA.
¿De veras? (_Con alegría._) ¿Me lo prometes?
FEDERICO.
Prometido. Mañana mismo iré á casa de la señora de Calvo. Haremos paces con Clotilde; pero con él, con ese pelagatos, no transigiré nunca.
AUGUSTA.
Todo es empezar...
FEDERICO.
Con ella sí. Ya ves cómo te complazco cuando me pides cosas razonables.
AUGUSTA.
Bueno... Eh, cuidadito; que vayas... (_Para sí._) Lo que importa es restablecer en él los vínculos de familia, única manera de domesticarle. Lo demás vendrá por sus pasos contados. (_Alto._) Quedamos en que visitarás á tu hermanita. ¿Qué sabes tú lo que harás después? El tiempo y la derivación natural de los hechos te marcarán la conducta. Y no hablemos más ahora de asuntos tan difíciles de tratar no estando solos. (_Observa, levantando un poco la cortina, á los que están en el palco._) Otra cosa tengo que decirte, aprovechando este corto ratito. Malibrán nos sigue los pasos. Parece mentira que haya seres tan viles que se dediquen al espionaje por el infame placer de ver que no son buenos los que lo parecen.
FEDERICO.
¿Te ha dicho algo?
AUGUSTA.
Indicaciones breves, pero bastante intencionadas y maliciosas. Cree, hijo mío, que nos ha descubierto.
FEDERICO.
Lo dudo mucho... Tendrá sospechas.
AUGUSTA.
¡Ay!, no; me parece que son más que sospechas.
FEDERICO.
En ese caso... (_Alarmados ambos miran con recelo al palco, y atienden á las voces que se sienten en el pasillo._)
AUGUSTA.
Calla... No podemos hablar aquí. ¡Qué angustia, teniendo tanto que decir! Espérame allá...
FEDERICO.
¿Cuándo?
AUGUSTA.
El sábado..., pasado mañana. Te pondré dos letras el mismo día, temprano. Si es el sábado, estaré hasta más tarde y cenaremos juntos.
FEDERICO.
¿No puedes decidirlo desde ahora?
AUGUSTA, _bajando más la voz_.
No... Depende de que él vaya á las Charcas. Te escribiré... Ahora, chitón. Entra á saludar á Teresa. (_Pasa Federico al palco. Aguado sale, á punto que entran Orozco y Villalonga._)
ESCENA VII
Gabinete en casa de _La Peri_. Es de día.
FEDERICO, LEONOR.
FEDERICO.
Buenos días, Leonorilla.
LEONOR.
_Bonyú, mon ti cherí..._ ¿Qué te creías tú, que yo no sé francés? El marqués me lo está enseñando. Ya sé porción de frases, y con ellas y con decir á todo _pagardón, pagardón_, podré entenderme con el franchute que sepa más.
FEDERICO, _sin prestarle atención_.
Bien.
LEONOR.
Pero qué, ¿tienes mal humor?
FEDERICO.
De mil diablos.
LEONOR.
Ya... La condenada sota, ¿verdad? ¡Cuando te digo yo que no te fíes de esa!... Es más mala que el cólera.
FEDERICO.
Pues no, no se ha portado mal. (_Saca un puñado de billetes._) Mira.
LEONOR, _cruzando las manos y dando un grito de alegría_.
¡Billetes! ¡Ay, qué calorcito me corre por todo el cuerpo! Déjame que los toque. Me muero por ellos.
FEDERICO.
Son para ti. Hace dos noches que me sopla un poco la musa. Es una racha que pasará pronto. Por eso, antes que venga la mala, quiero cumplir contigo. Toma esos ocho mil realetes, y ve reuniendo para sacar tus alhajas.
LEONOR, _echando la zarpa á los billetes_.