Ranchos (Costumbres del Campo)
Part 8
Basilio se rascó la cabeza. Luego dijo:
--Vea, comisario. Yo ya voy diendo pa viejo. Dende muchacho he trabajao y he visto que tuitos los hombres honraos y tuitos los animales buenos, trabajan pa ganar lo que comen... Cuando yo era tuavía un mocoso, mi padre me dió una soba'e lazo sin razón, y yo me juí de casa... Anduve rodando y al fin cái al pueblo y me conchavé con el cura... Eramos dos muchachos y nos tenía dende el amanecer trabajando en la quinta... Nunca nos pagó nada. La comida, y gracias. Y eso, escasa, porque toda la comida era poca para él, y a cada rato nos retaba y nos pegaba.
«El no hacía nada y no le faltaba nada. Los ricos le mandaban postres. Los pobres, si cuadra, se quedaban sin comer pa traile una gallina o una docena de güevos... pero si venían a pedirle que dijese una misa por el alma de un finao, no había caso sin pintar la moneda.
«Don Antonio,--se llamaba don Antonio e fraile,--se murió de una indigestión. Vino otro, don Genaro, y era lo mesmo. A ese lo sacaron porque hizo unas cosas fieras, y dispués, trugeron un viejo gordo que no hacía más que comer, chupar vino y dormir... Yo me cansé y me juí... Anduve rodando, trabajando y cuando murió el finao mi padre y me tocó el campito, me vine a trabajar, a cuidar los animales, a sembrar la chacra...
Basilio se interrumpió, quedó un momento pensativo y luego respondió:
--«Yo les tenía muchísima rabia a las cotorras que me comían el maíz, y a los zorros que me mataban los corderos... Les tenía rabia, no tanto por el mal que me hacían, sinó porque son unos haraganes inservibles que viven del trabajo ajeno... Ayer de mañana me encontré que los zorros me habían muerto cinco corderitos... De tardecita cargué la escopeta y los juí a aguartiar en la orilla del pajonal... A la cuenta me olieron, porque no salía ninguno del escondite... Llevaba dos horas perdidas allí, dos horas que me hacían falta pa desgranar unas fanegas de maíz... ¡Y eso hizo que se m'empreñase la rabia!... No aparecía ningún zorro... ¡En eso pasó un fraile y le prendí juego!...
Basilio escupió, dió vueltas al sombrero entre sus dedos callosos y, mirando al comisario con sus grandes ojos, concluyó:
-Jué asina no más que maté al fraile.
¡LINDO PUEBLO!
Ivirapitá es una aldea que se parece a los viejos: cada año que trascurre se achica algo más.
Tiene muchas calles y pocas casas, un par de docenas de ranchos, a lo sumo; cuentan que antes hubo más; pero se fueron secando como los paraísos de la plaza.
Y a medida que disminuye la población humana, aumenta la perruna. Hay en el pueblo una enormidad de perros; pero como todos son perros pobres, le temen a la policía y no se meten con las personas. De qué viven, nadie lo sabe, lo mismo que nadie sabe de qué viven las tres cuartas partes de los habitantes del pueblo. Don Macario--a quien interrogamos al respecto--nos ilustró diciendo:
--En verano, de siesta, mate amargo y máiz asao.
--¡Pero si yo no veo aquí ninguna planta de maíz!
--No; pero a media legua, o tres cuartos de legua de aquí, hay estancias que tienen chacras.
--¡Comprendo!... ¿Y en invierno?...
--En invierno, es fácil agenciarse una o dos ovejas por semana.
--¿Cómo?
--Pues... carniando como los zorros, en las noches oscuras.
La siesta era, en efecto, algo así como un vicio en Ivirapitá. Debían dormir durante todo el día, pues aparte de algunos chicos haraposos y de los perros famélicos, rara vez se veía un transeunte por la calle, cuyas pasturas proporcionaban abundante alimento a los matungos de la policía y a las mulas del pulpero, único comerciante del pueblo.
Allí no había iglesia, ni farmacia, ni panadería, ni carnicería, ni mucho menos escuela; y en cuanto a la policía, estaba constituída por un cabo y dos milicos, quienes, día y noche, lo pasaban en la trastienda de la pulpería, chupando ginebra y jugando al truco.
--¡Parece mentira que ni gallinas se vean en este pueblo!--exclamamos.
--Antes habían muchas; pero se acabaron.
--¿Alguna peste?
--No. Como aquí ningún solar tiene muros, las gallinas se iban a la calle y fulano se comía las de zutano, zutano las de mengano, y así hasta que las concluyeron.
--¿Y la policía?...
--La polecía ayudó bastante, hay que decirlo, comiendo de las de todos, sin hacer preferencias ni enjusticias. El cabo Pérez, lo mesmo que los melicos, son muy güenos, no incomodan a naides.
--¡Lindo pueblo!
--Lindazo.
--¿Y nunca vienen forasteros?
--Allá por la muerte un obispo suele cruzar alguno... Aquí hasta las mangas de langosta pasan de largo, porque nos despresean y prefieren galopiar tres leguas pu'el aire pa dir a los naranjales de ño Facundo y a los trigales del rengo Alfonso...
Rió el viejo evocando una escena que se le antojaba en extremo cómica:
--Una vez vinieron unos forasteros: un fraile, un sacristán y tres manates. Diban p'hacer un casorio en una estancia del pago, y como cayeron al escurecer, hicieron noche en la pulpería... Al otro día, cuando diban a seguir viaje, el pulpero tuvo que prestarle sus mulas pa prenderlas al breque...
--¿Se habían ido los caballos?
--Sí; se jueron junto con el poncho'el cochero y las valijas de los manates...
--¿Y no descubrieron a los ladrones?
--Hast'aura, no.
--¿Y cuándo fué eso?
--Va como pa diez años.
--¿Entonces, para qué está la policía; para qué sirve la policía?...
El viejo gaucho nos miró con expresión de asombro y respondió sin asomo de ironía:
--¿Cómo pa qué sirve?... ¿Y las votaciones quién las iba hacer?...
--¡Lindo pueblo!
--Lindazo; aquí tuitos viven y los que tienen habelidá viven bien.
--¿Y usted de qué vive?
--¿Yo?... Yo tengo más habelidá que ninguno... sacando el pulpero, se entiende...
--No comprendo qué negocios puede hacer el pulpero con gentes que no tienen nada ni trabajan en nada.
--Que no tenemos nada, es verdá; pero trabajar, trabajamos, y le vendemos cueros, cerda, plumas de ñandú y de cuando en cuando una puntita'e ganao.
--¿Y de dónde sacan todo eso?
--¡De donde haiga, pues!... ¡Pucha que había sido lerdo!...
LANZA SECA
Profundamente abatido, Ponciano resistió aún:
--¡No Nerea!... Eso no; ¿pa qué comprometerme al ñudo?... ¿Tenés ganas de comer una ternera gorda?... Yo tengo muchas en mi rodeo y no viá dir a carniar la ternerita blanca del vasco Anselmo, exponiéndome a un disgusto...
--¡Compraselá!
--Ya te dije que no quiere venderla.
--Robaselá, entonces...
Y luego, con esa expresión de insolente fiereza que sólo saben tener las mujeres, exclamó:
--¡No ha de ser el primer zorro que desollés!...
La bofetada hizo empurpurar sus flacas mejillas tostadas por todos los soles estivales y por todas las heladas invernales. Pero la pasión, una pasión casi senil, le maneó la voluntad y el orgullo. Guardó silencio.
Envalentonada, la china impuso:
--Ya sabés: el lunes que viene, de aquí cinco días, es mi santo, y yo quiero festejarlo comiendo la ternerita blanca del vasco Anselmo.
Ponciano se despidió contristado, sin aventurar una respuesta. En el momento de montar a caballo, ella insistió:
--Si el lunes no venís con la ternera, es al ñudo que vengás...
Era él un gaucho alto y flaco, que parecía más alto y más flaco debido a la eterna vestimenta negra. Tenía una cabeza perfectamente árabe; denegridos el pelo, la barba y los ojos; aguileña y afilada la nariz; salientes los pómulos, hundidas las quijadas, obscura la tez, finos los labios, blanquísimos los dientes.
Su flacura le había valido el mote generalizado de «Lanza seca» y pasaba en el pago por un personaje misterioso.
Su oficio era el de acarreador de ganado para invernadas y saladeros, y tenía gran crédito debido a su pericia y a su honradez.
En los veinte años que llevaba trabajando en el pago, nadie había tenido de él la más mínima queja.
Empero existían varias circunstancias de su vida que obligaban al comentario. Lanza seca había caído al norte entrerriano sin más haberes que un buen flete, un apero plateado y algunos patacones en el cinto.
Todos ignoraban quién era y de dónde venía, y las averiguaciones en ese sentido siempre fueron infructuosas.
Ponciano era un hombre callado y que rehuía el trato con todos. Sin embargo, cuando le hablaban, mostrábase siempre humilde.
Quitábase el sombrero, bajaba los ojos y respondía, con una voz suave y finita:
Sí, señor... No, señor.
Pero nada más.
Por otra pare, en determinadas épocas del año, cuando cesaba su trabajo de tropero, desaparecía. Nadie supo nunca dónde iba ni a qué ocupaciones se dedicaba; pero es el caso que «Lanza seca», el infeliz Ponciano, llegó a ser propietario de dos leguas de campo pobladas con hacienda flor, lo cual no le impidió continuar ejerciendo su oficio de tropero y su misma vida modesta y misteriosa.
A pesar de ser un hombre a lo sumo de cuarenta y cinco años, no se le conocía una sola amistad femenina, del mismo modo que no se le conocía ningún vicio. Era un ser sombrío; uno de esos seres que parecen vivir sin objeto.
La realidad era otra.
Por mucho tiempo, la existencia de «Lanza seca» tuvo por fin único enriquecerse. Con su humildad hipócrita, con su insignificancia aparente, con su honradez visible, era en el fondo un taimado, un pillo habilidoso sediento de placeres, pero dotado de una voluntad férrea que le permitía contenerse y disimular siempre sus vicios.
Sin embargo, lo inevitable llegó al fin. Nerea, una chinita de diez y seis años, hija de matreros, cuya choza se ocultaba entre los ñandubaysales de Montiel, logró vencer su egoísmo y convertirlo en su esclavo. Si no se había instalado en la estancia, si no se había hecho legalizar como esposa, es porque aquella alma chúcara y aquel cuerpo libertino, no podían decidirse al abandono del salvajismo montaraz y a los fugitivos y ardientes amores de las fieras que pasan.
Ponciano había rogado vanamente muchas veces:
--Vení; ¡yo soy rico y tuito lo marcado con mi marca será tuyo y vos serás la reina del pago!...
Y ella respondía:
--Cuando sea más luego, y encomiense a desnudarse el día, andá a la orilla el arroyo y cantale ese estilo a la madre 'el agua...
--Yo ti aseguro que serás feliz, siendo sólo mía...
--¡Pu'áhi se quiebra el palo!... Chancho montarás no engorda en chiquero...
Siempre fué inútil el ruego, y Lanza seca sentíase, sin embargo, cada vez más esclavizado por la bella y perversa flor de la áspera tierra de los matreros.
Se sometía a todo, pero aquel capricho era exhorbitante. No es que su conciencia sintiese mayores escrúpulos. Como lo había dicho Nerea, no sería el primer zorro que desollase. Pero sus cochinerías las efectuaba allá, en el Paraguay, en el Uruguay, en el Brasil, donde no se llamaba Ponciano Suárez. ¡Pero allí, en Montiel, donde gozaba de envidiable reputación de honradez!... ¡Y meterse con el vasco Anselmo que de tiempo atrás lo venía sospechando!...
Llegó rabioso a su estancia. Llegó tarde. Desprendió del gancho una paleta de oveja, avivó el fuego, la asó y empezó a comerla vorazmente sin preocuparse de Caín, su perro fiel, que lo miraba con unos ojos que iban entristeciéndose a medida que se iba concluyendo la carne.
Ponciano puso la paletilla pelada sobre una alhacena, y ya con la barriga llena se fué a dormir. Caín quedó solo en la cocina, solo y con hambre de dos días. Reflexionó largo rato, midiendo virtualmente la altura de la alhacena calculando si valdría la pena exponerse a un porrazo por un hueso pelado. El hambre pudo más que la prudencia. Dió un brinco formidable y se encontró encima del mueble.
¡Sorpresa!... Desde allí, su hocico alcanzaba sin dificultad al gancho donde quedaba medio costillar de oveja.
--Suceda lo qu'el patrón quiera--pensó Caín y le meneó diente al costillar.
Y sucedió algo mucho peor de lo que esperaba el perro. Lanza seca, que no había podido dormir en toda la noche, se levantó de madrugada, cuando los peones dormían aún, se fué a la cocina, hizo fuego y se dispuso a desayunarse con el costillar de oveja.
Su rabia fué enorme. Miró en contorno. En un rincón vió los huesos pelados; en otro rincón vió a Caín, echado, la cola entre las piernas, las orejas gachas, la mirada tímida: una manifiesta actitud de delincuente.
La primera idea del tropero fué romperle la cabeza de un tizonazo; pero Ponciano no era un impulsivo. Tranquila, sosegadamente, cogió a Caín, le puso una cadena y lo ató a un palo del zarzo del parral, diciendo, sin ira, con su frialdad de víbora:
--¡Ahí vas a estar hasta que te pudrás de hambre!
El viernes, el sábado y el domingo, Caín permaneció atado sin recibir alimento alguno. Gracias que un peón le arrojó a escondidas un hueso y le puso un tacho con agua, de miedo de que rabiase.
Algunos de los peones sentían lástima. Pero el patrón había ordenado terminantemente que se dejase morir de hambre al perro; y como los peones conocían bien el carácter vindicativo del patrón y como el alma de los hombres es muy semejante al alma de los perros, ahogaron sus sentimientos compasivos.
El domingo de noche, Lanza seca, vencido al fin por la pasión, se fué al rodeo del vasco Anselmo, enlazó la vaquillona blanca, la degolló, la vació, la cargó en ancas de su caballo y al amanecer la echaba a los pies de la china en suprema ofrenda de amor.
Ella le recompensó abrazándole frenéticamente, haciéndole sangre los labios con un beso de vampiro y exclamando:
--¡Ansina me gustan los hombres, capaces de dormir en el bañao con una crucera por almohada y un puma por cobija!...
Práctico, prudente, a pesar de su excitación amorosa, Ponciano desolló él mismo la ternera y puso a buen recaudo el cuero. El cuero que en la madrugada del día siguiente se llevó bien oculto bajo los cojinillos.
Llegado a su casa antes de nacer el sol, buscó una pala, fué al fondo de la casa, cavó un hoyo y sepultó el cuero de la ternera blanca. Regresó a las casas, y como pasara junto a Caín que maulló humildemente, sintió compasión. Lo desató; el perro empezó a acariciarle frenéticamente, con esa bajeza casi humana de todos los perros.
Lanza seca durmió ese día tranquila y largamente. Despertó, es decir, lo despertaron, cuando empezaba a grisear el crepúsculo.
Era intempestiva visita del comisario, el juez de paz y el vasco Anselmo. Este le acusaba de la muerte de la ternera blanca. Las autoridades manifestaron que concurrían «por fórmula», convencidos de lo injusto de la sospecha.
Se hizo el registro de la casa. Es claro, no se encontró nada. Iba a darse por terminada la investigación, cuando el vasco advirtió que en el fondo de la casa, el perro Caín devoraba una gran cosa blanca.
Fueron allí. Al notar la presencia del amo, Caín reculó con el rabo entre las piernas dejando a descubierto el cuero que su hambre había hecho desenterrar.
Pálido, hecho un pulpa ante la evidencia del delito, Ponciano enmudeció.
El comisario, compadecido, díjole:
--Vea, amigo, ¡por un perro!
Y Lanza seca, recapacitando y siendo justo por primera vez en su vida, exclamó:
--¡No!... ¡Por una yegua!...
INDICE
INDICE
pág.
El alma del padre 5
Aves de presa 9
El consejo del tío 13
Y a mi el rabicano 17
Un santo varón 21
Triple drama 27
Flor de basurero 35
P'hacerlo rabiar al otro 41
En el arroyo 47
Un deshonesto 51
Un cuento 54
Por culpa de la franqueza 59
La libertad del cimarrón 63
De cuero crudo 67
La Recaída 71
El negrito de Melitón 77
La cadena 83
Los débiles 87
El abrazo de Marculina 93
Los inservibles 99
Los misioneros 103
La singular aventura del Dr. Manzzi 107
La mejor historia 117
Con la Cruz en la punta 119
Los Gringos 127
Desagradecidos 133
La absurda imprudencia 137
Por cortar campo 143
Por qué Basilio mató un fraile 149
¡Lindo Pueblo! 155
Lanza Seca 159
INDICES de las obras de JAVIER DE VIANA
DE CARDOS
La estancia de don Liborio Añojal Con tiento de alambre Lucha a muerte Mientras llueve Tapera humana Falsos héroes El tirador de Macario No hay que sestear los domingos Matapájaros Un viaje inútil Sin palo ni piedra Sin segunda repetida Nabuco Vergüenza de la familia Gloria de la familia Juan Pedro La caza del aguará Por robar sándias Pelea de perros Con la ayuda de Dios Un negocio interrumpido La hija del Chacarero El poncho de la conciencia Crimen del viejo Pedro La Vampira La Vidalita La Aruera y el Ombú
DE ABROJOS
Abrojo El Triunfo de las Flores La Lección del Perro Por el nene Por un papelito Empate Más oveja que la oveja Del bien y del mal Partición extraña Huevo guacho Inmolación Cuando la leña es fuerte Patrón Elías Obra buena Captura imposible Lo que se escribe en pizarras Por el amor al truco Isto e una porquera Un despertar La salvación de Niceto Mosca brava Las dos ramas de una horqueta Crítica autorizada La vuelta del cuervo Cuestión de carnadas Pa ser hay que ser Castigo de una injusticia Entre camaradas Se seca la glicina La inocencia de Calendario La injusticia de un justo Un sacrificio Realidades margas Crímenes gauchos
DE SOBRE EL RECADO
La Ley del Amor El violín del grillo Yo no sé como jué El puerto de Añang Igualito a mí La Novia «Come cola» El pial Leyenda Andina La Navidad en la cocina Los muertos que matan Cachorra de tigre Primitivo Pedro Juan De Taragüí Agua de cachimba El baul del pardo Alfredo «Taba de chancho» Así obran los amigos Guerra de zapa Mal abrigo Un cuento que no es cuento Del tiempo maldito Chingolos El loco de las vejigas Sembrando fuera de tiempo El Comisario de Tucutuco El cuento de ño Liborio La Tierra es chica La Vencedora Vida estática América hecha Como Martín ganó un pleito El que mató a Faustino Díaz Palabra de Aragonés De la Biblia gaucha
DE YUYOS
La caza del tigre El tiempo perdido Como un tiento a otro tiento Una carrera perdida Como se puede Cosas de negro A los tajos Ruptura El zonzo Malaquías Las tormentas Por la gloria Una achura Jugando al lobo Resurección Carancho Compadres Triunfo amargo Clavel del aire La casa de los guachos ¡Salga San Pedro! Crimen de amor Don Bruno el perverso En la orilla Por la petiza lobuna Voltiando palos La última tropa Aura Por no doblarse Cómo se vive Mi prima Ulogia Como en el tiempo de antes Las gentes del Abra Sucia La venganza del buey La vuelta a la aldea El baile de ña Casiana La cerrazón
DE «MACACHINES»
Soledad La tísica Como alpargata La rifa del pardo Abdón Charla gaucha Mendocina Conversando Oí cuando ella dijo Puesta de sol ¡Miseria! No-ha-de Fin de enojo La carta de la suicida Por haraganería ¡Se me jué la mano! Filosofando ¡Imposible! ¡Patroncito enfermo! Chaqueña El viaje del perro Mamá, aquí'está la ropa Hormiguita La baja Como la gente Rivales Pata blanca y Grandeeship Fiel Por tierra de Arachanes Chamamé Una porquería ¡El lobo!... ¡El lobo!... De tigre a tigre Una sola flor Bichita Juicio de imprenta Como hace veinte años El hombre malo Fin de ensueño Como y porque hizo Dios la R. O. Desempate Los agregados El tiempo borra Palabra dada Visión de oro Malos recuerdos Combate nocturno Simple historia