Ranchos (Costumbres del Campo)
Part 7
Lucía una soberbia mañana de otoño, de luminosidad enceguecedora, de un ambiente fresco, que alegraba el espíritu y despertaba energías: «un día como pa domingo»,--según la frase de Caraciolo.
La recorrida del campo fué un agradable paseo matinal, sin trabajo alguno: los alambrados se encontraban en perfecto estado: con las pasturas en flor, la hacienda estaba inmejorable y en las majadas aún no había dado comienzo la parición.
Sandalio, Felipe y Caraciolo retornaban a las casas, al tranquito, charlando, aspirando con fruición el aire puro, embalsamado con las yerbas olorosas que alfombraban las colinas.
Estando aún a cinco o seis cuadras del galpón, el negro Sandalio levantó la cabeza, olfateó con fruición y dijo:
--Estoy sintiendo el olor del asao... Vamos apurando un poco, porque ya saben que a ese señor si lo hacen esperar se pone todo fruncido.
Felipe haciendo pantalla con la mano y tras ligera observación exclamó:
--En la enramada hay dos caballos ensillados: y si no me equivoco, uno es el zaino del comisario Morales.
--¡Eh!...--exclamó Caraciolo con expresión de disgusto; pues, por lo general la visita de la policía nunca llevaba a los moradores de los ranchos otra cosa que incomodidades e inquietudes.
Llegaron. Felipe no se había equivocado: en el galpón, al lado del fogón, haciendo rueda al costillar que se doraba en el asador, estaban el comisario y el sargento, haciéndole honor al amargo que cebaba el viejo Leandro.
Al respetuoso saludo de los peones, el comisario respondió con amabilidad inusitada:
--¿Qué tal, juventú, como les va diendo?... ¿Rejuntando solsito pal invierno?... Sientensé no más, por mí, no hagan cumplimientos.
Y luego, dirigiéndose al viejo Pancho, el comisario continuó el relato interrumpido por la llegada de los peones.
--Pues, como les iba diciendo, los diareros de la capital, chiyaron tanto que el menistro no tuvo más remedio que mandarme atracar un sumario.
«El jefe, al notificarme me dijo:--«No te asustés y andá campiar güenos testigos y que los traigan bien sobaos no sea que dispués s'enrieden y te comprometan a vos y me comprometan a mí»...
«Miedo, pa decir verdá, nunca tuve, ya soy veterano en eso'e los sumarios; con un poco de habelidá siempre se sale bien y lo pior que puede suceder es que lo cambeen a uno pa otra sesión o pa otro departamento; pero da rabia que lo incomoden a uno por un savandija»...
--¿Jué Natalio Suárez, no?--preguntó don Pancho.
--Sí... a quien uno se ve obligao en las ocasiones a atracarle unos palos.
--Pero Natalio murió.
--Murió por culpa de el mesmo. Yo le sacudí de plano,--naides me puede tildar de hereje y de lastimar un hombre sin necesidad,--pero en un viaje se me jué de acha, a cualesquiera le puede pasar,--y medio le bajé una oreja... El animal se hizo tráir un puñao de bosta y se lo puso en la herida; le dentró pasmo y estiró la pata. De ahí vino el barullo y cuasi me amuelan. Por fortuna que los testigos y el juez de paz y el médico de polecía se portaron muy decentes, y que de arriba trabajaron juerte, que sino me la iba ver fiero.
--He óido decir,--habló el viejo,--qu'el deputao Menchaca la peliaron lindo.
--¿Y el deputao Mendieta, entonces, que hasta salió a los diarios p'hacer mi defensa?... Y aura, digamé usté, amigazo, ¿cómo no va uno a serles fiel a hombres que lo sirven a uno de ese modo?... Lo qu'es yo, más fácil es que me olvide del nombre 'e mi madre que de un servicio recibido... Ansina, tanto el dotor Mendieta como el dotor Menchaca pueden estar seguros de que en las que vienen yo los güelvo a sacar deputaos...
--¡Llenando las urnas con gatos!--exclamó riendo Sandalio.
--¡Y aunque sean con aperiases, si los gatos no alcanzan!--exclamó Morales, con expresión de la mayor sinceridad.
Y luego, con entonación solemne:
--Sepa amiguito que el hombre que no es honrao es más despreciable que un escuerzo; y que un desagradecido nunca puede llamarse honrao... Pongo por caso ustedes; ni yo ni mi polecía los hemos incomodao nunca... ¿es verdá o no es verdá?
--Es verdá.
--Ustedes van a las reuniones, a las carreras, andan puande quieren y a pesar de que sabemos que son del otro pelo, nunca se les ha dicho nada ni se les ha hecho nada... ¿Es cierto o no es cierto?
--Es cierto... hasta áura gracias a Dios...
--¡Ahí está!... Ustedes reconocen que mi polecía los ha tratado siempre bien y que con otras quien sabe lo que les hubiera podido acontecer... Güeno, áura diganmé ¿no serían ustedes unos mal agradecidos si se negaran a entregarme sus boletas, alegando que son del otro lao?
Callaron los mozos y el comisario concluyó sentenciosamente:
--¡No, a mi no me vengan con desagradecidos!... A esos no les tengo lástima, palabra que no; y más tarde o más temprano, ¡me las tienen que pagar!
--Ya está el asao,--avisó don Pancho; y el comisario Morales, dando a su rostro la expresión alegre y bondadosa de momentos antes, exclamó:
--¡A la carga muchachos, que p'asao gordo no hay hombre malo!...
LA ABSURDA IMPRUDENCIA
Don Eufrodio Villamoros poseía una espléndida plantación de naranjos a espaldas de Bella Vista, la coqueta ciudad correntina recatada detrás de las altísimas barrancas que, en aquel paraje guarecen la ribera del Paraná.
A la entrada del naranjal se alzaba la población, sencillo y alegre edificio, sobre cuyos muros muy blancos y sobre cuyos muy rojos cabrillea el sol casi todas las horas de casi todos los días del año. Del lado del sud, tres cambanambís las defienden contra los vientos malos del invierno. Un valladar de duelas, totalmente cubiertas por las exhuberantes vegetaciones de las madreselvas y los rosales silvestres le forman una discreta cintura verde, siempre verde y florida siempre.
Sobre el patio, la casa tiene, como la mayor parte de las casas correntinas, un amplio corredor, fresca terraza desde donde, se divisa, hasta perdida de vista, el inmenso mar, verde e inmóvil de las plantaciones.
Don Eufrodio pasa allí, en unión de su esposa, Misia Micaela, y de su hija Ubaldina, la mayor parte del año; sobre todo, después que esta última hubo terminado sus estudios en la capital de la provincia.
La niña--que a la reinstalación de la familia en la casa solariega, contaba apenas quince años,--amaba apasionadamente aquella existencia, donde parecía reinar inquebrantable silencio, no obstante el contínuo clamoreo de las aves y el cantar sin más tregua que las sombras nocturnas, de los pájaros, que, entre cautivos y libres, sumaban míriadas. Silencio engañador y tan aparente como el aspecto de quietud y de inercia que ofrecía aquella activísima colmena.
Cada vez que, era indispensable--por razones particulares o de obligación social, hacer «un viaje» a la ciudad--veinticinco minutos de trote perezoso del viejo tronco tordillo,--Ubaldina lo hacía contrariada y se esforzaba en apresurar el regreso a la tibiedad perfumada de su nido.
No era, sin embargo, un espíritu esquivo y agreste. Había recibido una educación esmerada, y poseía, como casi todas las niñas correntinas, intensa afición por las artes, desde la música y la literatura hasta los prodigiosos primores de la aguja.
Era sí, un temperamento sensitivo, delicado, casi enfermizo.
Menudo, más que delgado, su rostro de rasgos finos y armoniosos, tenía un color trigueño extremadamente, palidez que hacía resaltar la negrura de sus grandes ojos en perfecta forma de almendra.
Su alegría silenciosa no había sido nunca alterada por ningún capricho, por ningún deseo extravagante. El amor no había aún hablado a su corazón juvenil, y como estaba de un todo desprovista de coquetería, los piropos y las frases galantes le pasaban inadvertidos.
Sin embargo, el despertar estaba próximo. Un verano fué a pasar las vacaciones en la finca; su primo Rómulo, gallardo mancebo que estaba terminando sus estudios de ingeniería en Buenos Aires.
El mozo logró intimar muy pronto con ella. Su conversación frívola y voluble la entretenía como el incesante, y bullicioso revolotear de los gorriones. Sus dislates y sus bromas infantiles la hacían reir.
El también reía, burlándose de la seriedad de «Mamita», como la había apodado. Después de la cena, en las espléndidas noches de triunfo lunar, charlaban largamente bajo la glorieta embalsamada con el perfume capitoso de los azahares. Muchas veces, mientras él hablaba, picoteando todos los temas, Ubaldina solía quemar silenciosa, inmóvil, el bello rostro de virgen morocha, fija la mirada de sus ojos profundos en la fronda espesa y obscura del naranjal. Una vez él le dijo:
--¿Le ha puesto candado a la boca, «Mamita»?
--Sí; y he perdido la llave--respondió ella sonriendo.
--Yo sé dónde está--replicó el mozo.
--¿Dónde?
--Dentro de su corazón; y si usted me lo permite yo entraría a sacarla.
Ruborizóse Ubaldina y respondió con visible emoción:
--No sé cómo iba a entrar...
--De la única manera como se entra en un corazón de mujer: con la ganzúa del amor...
Rómulo también habíase sentido emocionado extrañamente, cual si advirtiera recién que la frívola camaradería se hubiese transformado en un sentimiento más hondo...
* * * * *
Después de un año de ausencia en el obligado, viaje a Europa, el joven matrimonio regresó al terruño, con gran contentamiento de Ubaldina, en cuyo espíritu las maravillas del viejo mundo no lograron entibiar el cariño a la casita rústica, a los camanambíes, que parecían tres formidables esclavos etiópicos, al cerco florido y al océano verde del plantío, a las aves y los pájaros familiares, y, sobre todo ello, a los viejos genitores.
Rómulo, en cambio, experimentó bien pronto la nostalgia de las bulliciosas capitales; y al mes de permanencia en la chacra, pretextó urgentes asuntos y se marchó a la capital.
Era a la entrada del verano. Poco después la ciudad paranense se sintió flagelada por terrible epidemia de viruela, y Ubaldina fué de las primeras en trasladarse con su madre al foco epidémico y en prodigar sus cuidados y sus auxilios a los infelices indigentes, carne preferida del implacable mal.
Ubaldo escribió condenando la «tremenda imprudencia» de su esposa y ordenando que regresara a la finca.
La orden ¡ay! llegó demasiado tarde. El flagelo, como si quisiera vengarse de aquella abnegada criatura, merced a cuya intrépida solicitud se le habían escapado de las uñas ponzoñosas decenas de víctimas, hizo presa en ella, mordiéndola con atroz ferocidad.
Rómulo, venciendo su egoísmo miedoso, no tuvo más remedio que acudir al llamado de la familia, pero se negó rotundamente a penetrar en la habitación de la paciente.
--¡No puedo!, ¡no puedo!--alegaba;--¡me partiría el corazón verla en ese estado!...
Y ella, la madrecita santamente buena, enterada de su presencia, aprobó su conducta, diciendo:
--Sí; sí; hace bien; yo no quiero que pueda contagiarse... Con saber que está acá me siento feliz...
La mayor parte del día y una buena parte de la noche, pasábalas Rómulo paseando por el naranjal y tomando todo género de precauciones para esquivar la contaminación.
--¡Qué macana!, ¡pero qué macana!--monologaba--¿Qué necesidad tenía esta mujer de ir a agarrar esa asquerosa enfermedad por servir a desconocidos, gentes miserables, a quienes la muerte les hace un servicio?... ¡Qué los hubiera auxiliado con dinero, santo y bueno; pero exponerse así, no tiene nombre!...
Debió pensar en mí; pero, ¡todas las mujeres son iguales, del último que se acuerdan es del marido!... Por un capricho bobo, por un sentimiento estúpido, le arruinan a uno lo mejor de la existencia... ¡Yo que estaba preparando para este invierno un macanudo viaje por Italia!... Viaje de placer; pero, sobre todo, de estudio, que es necesario, que sin salir de aquí, uno no es nunca más que Juan de los Palotes, por más talento que tenga... Ahora, aunque se salve, ¿cómo me voy yo a presentar a mis relaciones con una mujer desfigurada, fea, ridículamente picada por la viruela... ¡Qué macana!... ¡qué macana!...
Hacía rato que había caído la noche cuando regresó a la casa. Al penetrar en la glorieta notó algo insólito que le hizo presumir la catástrofe: voces apagadas, murmullos, sollozos, las luces sin encender...
Detúvose conturbado. Esperó.
Misia Micaela, advertida de su esposo, fué hacia él, y anegada en lágrimas, balbuceó:
--¡La pobrecita!...
--¡Sí!... ¡acaba de morir!... ¡Sus últimas palabras fueron para usted, pidiéndole que la perdone!...
Y como la pobre madre, anonadada por la pena, hiciera ademán de tenderle los brazos, él retrocedió bruscamente, experimentando un escalofrío de miedo, y sin poder refrenar su brutal egoísmo, exclamó con rabia:
--¡Qué macana!... ¡qué macana!
Y luego guardó silencio, pensando, sin duda, en su proyecto de viaje a Italia, malogrado por la «absurda imprudencia» de su esposa...
POR CORTAR CAMPO
--Cortando campo se acorta el camino--exclamó con violencia Sebastián.
Y Carlos, calmoso, respondió:
--No siempre; pa cortar campo hay que cortar alambraos...
--¡Bah!... ¡Son alambrao de ricos; poco les cuesta recomponerlos!
---Eso no es razón; el mesmo respeto merece la propiedá del pobre y del rico... Pero quería decirte que en ocasiones, por ahorrarse un par de leguas de trote, se espone uno a un viaje al pueblo y a varios meses de cárcel.
--¿Y di'ai?... ¡La cárcel se ha hecho pa los hombres!...
---Cuase siempre pa los hombres que no tienen o que han perdido la vergüenza.
--¿Es provocación?...
--No, es consejo.
--Los consejos son como las esponjas: mucho bulto, y al apretarlas no hay nada. Dispués que uno se ha deslomao de una rodada, los amigos, p'aliviarle el dolor, sin duda, encomienzan a zumbarle en los oídos: «¡No te lo había dicho: no se debe galopiar ande hay aujeros!»... «La culpa'e la disgracia la tenés vos mesmo, por imprudente»... Y d'esa laya y sin cambiar de tono, fastidiando los mosquitos...
--Hacé tu gusto en vida--contestó Carlos;--pero dispués no salgás escupiendo maldiciones a Dios y al diablo.
* * * * *
Hace un frío terrible y el cielo está más negro que hollín de cocina vieja.
De rato en rato, viborea en el horizonte, casi al ras de la tierra; un finísimo relámpago, y llega hasta las casas el eco sordo, apagado, de un trueno que reventó en lo remoto del cielo.
Las moles de los eucaliptus centenarios tienen, de tiempo en tiempo, como estremecimientos nerviosos, previendo la inminencia de una batalla formidable.
Las gallinas, inquietas, se estrujan, forcejeando por refugiarse en el interior del ombú.
Los perros, malhumorados, interrumpen frecuentemente su sueño, olfatean, ambulan y no encuentran sitio donde echarse a gusto...
El portoncito del patio se abre sin ruido, y Carmelita, precedida por la parda Julia, lo trasponen y se encaminan rápidamente hacia el higueral del fondo. Sus pies, calzados con alpargatas, no producen ruido alguno al avanzar sobre la hierba húmeda.
Sin embargo, «Vigilante», el gran mastín azabache, las sintió e inició un ladrido que Carmelita logró apagar acariciándole la gruesa testa. Gruñó, disgustado, sin duda, ante aquella intempestiva incursión nocturna, pero en su respeto a la «patroncita» tornó a echarse, dejando libre el paso.
Las fugitivas, luego de pasar, por entre los hilos, el alambrado de la huerta, encontráronse en pleno campo. Carmelita detúvose aterrorizada.
--¡Tengo miedo!--exclamó.
--¿Miedo a qué?...--respondió la parda con un dejo despreciativo.
--¡Miedo a todo! ¡Mucho miedo!...
--¡Me hace ráir, niña!... ¡Tener miedo cuando Sebastián la espera en sus brazos!... ¿Qué daga es capaz de sacarle chispas a la daga de Sebastián?...
--¡Tengo miedo a Dios!...
--¡Salga di'ai, niña!... Primero, que Dios está muy ocupao pa meterse en esas cosas; y segundo, que si Dios es justo, no le ha de acumular delito. Sebastián la quiere a usté; usté lo quiere a Sebastián, ¿y no han de hacer su gusto porque su tata s'emperre en casarla con ese dotorcito pelao, con vidrios en los ojos y más fiero que pichón de venteveo... ¡Salga d'iai!
--No sé... será... ¡tengo miedo!...
* * * * *
Después de la conversación tenida con Sebastián, Carlos se abismó en cavilaciones. Sabedor del propósito de su amigo, de raptar a Carmelita, su conciencia de hombre honrado encontránbase en doloroso conflicto. Sebastián era su mejor amigo, su «hermano»; pero el padre de la muchacha, don Sandalio, era su padrino y su protector. ¿Qué hacer?... ¿Poner a éste en conocimiento de resolución tomada por los novios ante su obstinada negativa? No; hubiese sido indigno de su nobleza oficiar de delator; obraría por su propia cuenta, por más que reconocía temeraria tal determinación.
Al obscurecer ensilló; churrasqueó a prisa y con desgano y se encaminó a la portada del «alto grande», donde su amigo, según se lo había comunicado, debía esperar a Carmelita, conducida por la parda Julia.
A pesar de la profunda obscuridad de la noche, Carlos advirtió, junto al alambrado, como a media cuadra de la portera, un jinete desmontado, y no cabiéndole duda de que fuese Sebastián, se encaminó hacia él. Pronto se reconocieron.
--¿Qué andás haciendo, cuidándome?... ¡Soy bastante crecido para poder andar sin ladero!--exclamó agriamente el galán.
--A las veces los hombres se vuelven criaturas y carece acompañarlas pa evitar que se disgraceen en alguna travesura--respondió, tranquilo siempre, el amigo.
--Yo no preciso; gracias, y andate.
* * * * *
--P'uacá, niña... ¡tenga valor, caray!... ya estamos cerquita...
--No, Julia, no; ¡vamos para casa!... Volvamos, ¡no quiero, no quiero!... ¡Pobre tata, se moriría de pena y de vergüenza!...
Sebastián había oído el diálogo; ató a un poste del alambrado a su caballo, y, pasando por entre los hilos, fué al encuentro de su prenda.
Carlos lo siguió, e interponiéndose entre él y Carmelita, exclamó con expresión autoritaria, dirigiéndose a ésta:
--¡Vuélvase en seguida pa las casas!...
--¡Es lo que le estoy pidiendo a Julia!--gimió la moza.
--¿Y a usted, quién le da vela en este entierro?--profirió con insolencia la parda.
--¡Lo que yo sé es quién te v'aplastar las motas a talerazos!...
Con voz ronca, amenazante, Sebastián dijo:
--Soy yo el que pregunta... ¿qué venís a hacer aquí?
--A salvar al viejo, a Carmelita y a vos...
--¡No necesito ni quiero salvadores!... Dame lao, o me via olvidar de que somos amigos...
--No--respondió Carlos con imperturbable serenidad.
Sebastián, furioso, desenvainó la daga; pero su amigo, con un rápido y recio golpe de rebenque en la muñeca, le hizo volar el arma.
Enceguecido con la humillación, Sebastián sacó la pistola, apuntó e hizo fuego.
A la detonación siguió un grito angustioso de Carmelita, que herida en medio del pecho, se desplomó sobre la hierba blanda y húmeda del campo.
Tras una pausa impresionante, Carlos avanzó, puso la diestra sobre el hombro de su amigo aterrado y dijo con expresión de inmensa pena:
--¿No te albertí que cuasi siempre cortar campo es alargar el camino?...
POR QUÉ BASILIO MATÓ UN FRAILE
Al sentir la detonación del escopetazo y ver caer del caballo al padre Jacinto con la cabeza deshecha, Alfonso, horrorizado, taloneó al matungo, le aflojó la rienda, cruzó a galope el vado y siguió a escape por el camino real, sin dirección y sin propósito.
Iba huyendo, simplemente. Iba huyendo de la espantosa escena presenciada. En los tres años que llevaba al servicio del padre Jacinto, había tenido oportunidad de ver muchos muertos, y de ver morir; pero nunca había visto matar a nadie.
Al pasar, disparando por frente a la comisaría rural, un milico que lo vió y supuso iba con el caballo desbocado, montó, salió a su encuentro y lo detuvo.
El chico sintió crecer su espanto, porque para la mentalidad objetivadora de las sencillas almas campesinas, un crimen es un triángulo con tres vértices igualmente aguzados y peligrosos: el delincuente, la policía y el juez.
La turbación del muchacho, infundió sospechas. Se le sometió a un interrogatorio y él respondió contando lo que sabía y lo que había visto. Su declaración decía textualmente así:
«El jueves cinco salimos de la villa San Pedro, el padre Jacinto y yo para hacer una gira por la campaña. El padre Jacinto era un cura jovencito, recientemente nombrado teniente en la parroquia. Parecía muy pobre, y el párroco, que era viejo y achacoso, le cedió la oportunidad de ganarse muchos pesos, casando y cristianando en excursión campera.
«Habían andado ocho días con resultado bastante halagüeno. Realizaron muchos casamientos y la mar de bautizos, lo que importó una buena suma de dinero y con muy escasos gastos, porque el alojamiento siempre era gratuito y aún no se había consumido una tercera parte de la damajuana de agua bendita que Alfonso llenó en la cachimba del fondo de la iglesia.
«El negocio iba muy bien. El padre Jacinto estaba contentísimo. Tanto, que habiendo encontrado en el camino un buhonero árabe, le compró el mejor par de caravanas que llevaba, sin duda para ofrendárselas, a la vuelta, a María Santísima, u otra tan virgen como María.
«Todo marchaba muy bien, cuando en el caer de una tarde, iban acercándose a un arroyito, traspuesto el cual, y andadas un par de leguas, debían llegar a la estancia de un viejo muy viejo, muy pecador y muy miedoso, candidato seguro, por esas tres circunstancias, a recompensar generosamente la acción purificadora del joven y santo varón, que iba por los campos con la sagrada encomienda de desinfectar las almas contaminadas con el pecado ambiente.
«Iban ya llegando al arroyo, cuando un hombre que estaba sentado bajo un tala, con una escopeta en la mano y al parecer abstraído en la contemplación del pajonal inmediato, levantó bruscamente la cabeza, se echó el arma a la cara e hizo fuego.
El comisario y su escribiente se miraron.
¿Sería Basilio?
--Cómo era el hombre de la escopeta,--preguntó el comisario.
--No sé,--respondió el chico.
--¿Huyó después del crimen?
--No sé tampoco.
Mientras Antonio quedaba preventivamente detenido, el comisario mandó al sargento y dos soldados con orden de aprehender a Basilio.
Este no opuso la menor resistencia.
Esa noche durmió tranquilamente en el calabozo y con la misma tranquilidad se presentó al otro día ante el comisario, quien, conociéndolo de largo tiempo atrás, sabiendo que era un mozo bueno, muy trabajador, muy retraído, se asombraba de que hubiese cometido aquel crimen alevoso. Es más, se resistía a creer en su culpabilidad. Por esa razón, empezó a interrogarlo bondadosamente.
--El sargento me dijo que vos te habías confesado autor de la muerte del padre Jacinto, ¿es verdad?
--Es verdad, si señor,--respondió Basilio con la mayor calma del mundo.
--¿Qué te había hecho?
--Nada.
--¿Lo conocías?
--No.
--¿Por qué lo mataste, entonces?
--Porque era fraile.
El comisario López, paisano vivaracho, que había visto mucho en sus cincuenta años de vida, que conocía uno por uno a los hombres del pago, se quedó observando atentamente al criminal. ¿Qué misterio entrañaba aquel crimen inexplicable?
Basilio era un excelente muchacho. A la muerte de su padre, había heredado la pequeña propiedad, un campito, una majadita de ovejas, unos matungos, cuatro yuntas de bueyes y unas pocas lecheras. Vivía solo. Sólo cuidaba su hacienda, solo labraba su chacra. Muy rara vez se le veía en la pulpería; no iba a carreras ni a bailes. No se le conocían vicios, ni amigos. Tenía fama comarcana de trabajador y honesto...
--Amigo Basilio,--insistió afectuosamente el comisario,--hábleme con franqueza. Yo lo estimo y trataré de ayudarlo en lo posible... Usted es un vecino serio, un hombre juicioso y algún motivo debe tener para haber cometido ese delito... ¿Por qué mató al padre Jacinto?
--Ya dije: porque era fraile.
--¿Usté enemigo de la religión?
--¿Yo?... ¡No!... Hay unos que creen, hay otros que no creen: pa mí es lo mesmo.
--¿Pero usted no cré?
--¿Yo?... ¡Yo no sé!... ¡Qué vi'a saber yo, que soy un bruto!...
--Pero les tiene odio a los frailes.
--¡Ah! ¡Eso sí!
--¿Por qué?...