Ranchos (Costumbres del Campo)
Part 6
Había pronunciado estas palabras, ahogándose en llanto, y Atilio necesitó dejar transcurrir unos segundos para dominar su emoción.
--¿Y ahora trabaja aquí?--preguntó luego.
--Sí, señor: en casa de la viuda de don Atanasio Bacigalupe.
--¿Gente muy rica?...
--Así dicen.
--Creo que hay varias muchachas...
--Tres.
--¿Y usted está de institutriz?
Amarga sonrisa contrajo los labios de la joven, que respondió con voz más amarga aún:
--De sirvienta...
Enmudeció el doctor. Con violento esfuerzo hizo que el profesional recuperara la plaza momentáneamente ocupada por el sentimental, y dijo, cambiando de tono:
--Es una bronquitis que desaparecerá en breve. Siga el tratamiento indicado y vuelva el jueves próximo.
El Dr. Manzzi sintióse extrañamente subyugado por el recuerdo de aquella encantadora fregatriz, hija de intelectuales e intelectual ella misma. A cada instante su gallarda silueta, enlutada por prematura tristeza y aureolada por sin igual valentía, distraíalo a sus cavilaciones científicas. Tanta satisfacción experimentaba en verla y en platicar con ella, que prolongó indebidamente la asistencia. Pero llegó el día en que su honradez profesional le obligó a darla de alta.
Pasaron dos semanas sin verla y aquello le producía una desazón que él no se preocupaba de explicársela ni de justificarla.
Y fué así que inconscientemente, sin propósito premeditado, comenzó a ir todas las tardes a estacionarse en un banco de la plaza, frente a los balcones de la viuda de Bacigalupe. Leyendo a ratos, y con frecuencia simulando leer, atisbaba continuamente, esperando ver salir a la sirvientita.
Su persistencia llegó a ser advertida y a motivar el comentario. De pronto era alguno de los viejos «rentistas» y desocupados que abundaban en el pueblo, quien se detenía un momento y decíale, acompañando la frase con una guiñada significativa:
--¡Muy bien, doctor, muy bien!... ¡Ha tenido buen ojo, lo felicito!...
Y antes de que Manzzi hubiera tenido tiempo de formular una demanda explicativa, el otro proseguía su paseo, diciendo con aire de sutileza:
--Me voy; no quiero interrumpirlo: todos hemos pasado por ese trance.
Escenas semejantes se sucedían cada vez con mayor frecuencia, intrigando al médico, convencido de que aquel hábito no encerraba otro propósito que el manifiesto: el solaz de la lectura en la placidez estival, bajo la sombra refrescante de los añosos paraísos de la plaza.
¿Había advertido que su instalación en el banco habitual coincidía con la presencia en el balcón de enfrente, de las tres hijas de la viuda?
Sí; pero sin sorprenderle la coincidencia. ¿Qué cosa más natural que las chicas del pueblo exhibiéndose en los balcones o en las puertas de las casas en los cálidos atardeceres estivales?
Así transcurrieron los días hasta una noche en que, recién comenzada la cena, fué sorprendido por estrepitoso sonar de la campanilla eléctrica.
--Es la sirvienta de Bacigalupe que desea hablarle urgentemente.
Sin perder un segundo, el doctor se encaminó al consultorio.
--¿Qué le pasa, Servanda?--exclamó cogiendo la mano de la joven, a quien la distinción hizo enrojecer y bajar la vista.
--A mí, nada, doctor; la señora me mandó a buscarlo porque a una de las niñas le ha dado un ataque.
Manzzi, que ante el deber profesional posponía todo interés personal, se encasquetó el chambergo y con un breve:
--¡Vamos!--salió dando zancadas.
A su llegada quedó sorprendido ante el aspecto que ofrecía la sala y sus ocupantes: se diría que allí se habría librado una batalla. Se veía que los muebles habían sido arreglados precipitadamente; al pie de un pedestal dorado habían quedado trozos del jarrón que soportara; en un ángulo, una silla tumbada y encima del piano un almohadón floreado, hecho jiba, parecía haber sido utilizado como proyectil. Extendida sobre el sofá, la cabeza reposada en un edredón y la frente cubierta por un pañuelo que hedía a agua Colonia, estaba Elisa, la menor de las Bacigalupe.
La viuda, al igual de sus otras dos hijas, sin duda empolvadas a obscuras y a prisa, ofrecían, con sus expresiones aflictivas, un aspecto clownesco.
--¡Hay, doctor, qué desgracia! ¡A esta chica le ha dado un ataque horrible!--exclamó la viuda haciendo aspavientos; y Manzzi pudo observar que las fisonomías de las otras dos chicas se contraían simultáneamente en un rictus irónico.
Sin responder, observó a la enferma y dijo:
--No es nada. Acuéstela, dele un poco de tilo y pasará enseguida.
Al retirarse, la viuda lo llevó hasta el fondo del zaguán, y en voz baja, con aire misterioso y al mismo tiempo meloso, suplicó:
--Estimado doctor, ¡decídase de una vez!...
--¿Que me decida?... ¿a qué?--interrogó sorprendido el médico.
--¡Vamos, vamos!... Todo el pueblo sabe que usted corteja a una de mis chicas, pero ignoramos a cuál... Cada una de ellas se considera la preferida, y naturalmente, riñen entre ellas... ¡Por favor, doctor, decídase por una u otra!...
Manzzi lanzó una estruendosa carcajada y respondió:
--¡Pero, señora, si yo no tengo interés por ninguna de sus hijas!
La viuda enmudeció de asombro, y luego expresó con agriedad:
--¿Conque a ninguna?... Entonces me quiere explicar, caballerito, ¿cómo ha estado usted durante tres meses, plantado las horas muertas frente a nuestros balcones, comprometiendo así a las niñas?...
--¡Sí!... ¿Por qué?--gritaron a coro las dos muchachas que habían estado escuchando detrás de la puerta.
--¡Eso es una infamia!--exclamó a su vez la enferma, que apareció en el zaguán agitando los brazos en actitud amenazante...
--¡Hacernos tal desaire!...
--¡Semejante papelón!...
El violento ataque desconcertó al doctor, tímido e inexperto en lances de esa naturaleza.
--Pero, señora... vean, señoritas... yo...--balbuceaba intentando justificarse; mas sin éxito, pues el enemigo no le daba alce.
--Vamos a ver: ¿cómo explica su insistencia en festejar públicamente a las niñas?--interroga la viuda.
--¡Sí, sí!... ¡Desde el banco de la plaza!...--agregó la mayor de las niñas.
Al fin la hosca sinceridad del retraído hombre de ciencia, estalló en forma brutal:
--¡Bueno, acabemos con este sainete! Yo no me intereso por ninguna de ustedes.
--¿Y lo del banco y su continuo mirarnos?
--¡No era a ustedes a quien miraba, sino a Servanda!...
--¡A la sirvienta!... ¡Jesús, Dios mío!
--¡Ay, qué asco!
--¡Bien les había dicho yo,--exclamó colérica la mamá,--que esa mosquita muerta, caída al pueblo como una perra gaucha, debía ser alguna lagarta!... ¡Ah, pero no estará en casa ni un minuto más!... ¡Ni un minuto más!... ¡Servanda!
La pobre chica acudió toda llorosa y confundida.
--¡Inmediatamente, pero inmediatamente, agarra usted sus trapos y se manda mudar, grandísima sinvergüenza!...
--¡Sí, sí, en seguida, que se vaya en seguida, esta hipócrita desvergonzada!--corearon las chicas.
--¡Pero, señora!--imploró la muchacha--¿A dónde quiere que vaya ahora, de noche?
--¡A la calle!... ¡Las perras viven bien en la calle!
El doctor se irguió y dijo con imperio:
--A la calle no. Venga usted a mi casa.
Y tras un seco «Buenas noches», tomó del braso a Servanda y salió sin volver la cabeza.
* * * * *
Quince días después la aristocracia lugareña recibió indignada la noticia del casamiento del doctor Atilio Manzzi con la ex sirvienta de las Bacigalupe.
LA MEJOR HISTORIA
Cuando el temporal se instala es como visita de vieja chismosa que llega a una estancia y no se marcha hasta haber agotado el repertorio de las murmuraciones. Eso puede durar una semana, diez días, quince, quizá un mes, según las actividades y la facultad de inventiva de la cuentera. Cuando la dueña de casa comienza a desinteresarse de sus chismes, ha llegado el momento de marcharse, y se marcha en busca de otro auditorio, como hacen las compañías de cómicos que vagan por los escenarios lugariegos ajustando la duración de cada estada al termómetro de la taquilla.
Los temporales obran de parecida manera. Rugen, castigan, devastan y mientras ven angustiados a los hombres y a las bestias, persisten en su obra perversa. Empero llega el día en que bestias y hombres se habitúan al azote y no hacen ya caso de él; entonces, imitan a la vieja murmuradora y a los cómicos trashumantes: cierra sus grifos, lía sus odres y se marcha.
Mas en tanto que los vientos braman y los aguaceros latiguean los campos e inflan los vientos de los arroyos, quedan paralizadas las faenas camperas.
Picar leña y pisar mazamorra dentro del galpón no constituían entretenimiento verdadero; y componer o confeccionar «garras», era imposible, pues sólo un maturrango ignora que no se pueden cortar tientos ni trabajar en guascas en días de humedad.
Fuerza es holgar, «pegarle al cimarrón» y contar cuentos, haciendo rabiar de despecho al temporal.
Cierto invierno se desencadenó uno de éstos--allá por el litoral uruguayo de Corrientes--tan singularmente obstinado, que la peonada numerosa de la estancia del Urunday, en Monte Caseros, había agotado el repertorio; y ya ahitos de agua verde, maíz asado y tortas fritas, se aburrían, bostezando hasta «descoyuntarse las quijadas», cuando don Ponciano propuso:
--Que cada uno 'e nosotros cuente su propia historia.
--¡Linda idea!--apoyó uno; y Juan José adhirió diciendo:
--¡Me gusta!... y si permiten, punteo yo.
--Dale guasca, no más.
--Güeno--comenzó el narrador;--aunque no tengo más que veinticinco años...
--Sin contar los que mamaste y anduviste a gatas--interrumpió Toribio, motivando una réplica violenta de Juan José:
--¡Si quieren oir, oigan! y si no, que enfrene y largue otro, que ni el mejor parejero corre cuando se l'enrieda un cuzco en las manos...
--Tenés razón: seguí viaje.
--V'a ser corto. Mi han contao que yo nací en una madrugada escura en que los rejucilos s'enredaban como pelota 'e gusanos, y era, pa mejor, un viernes santo, que cayó en 13...
--¡La ocurrencia, también, de la finaíta tu mama!...
--...y dejuramente eso me puso la marca 'e la desgracia, condenandomé a dir trompezando en tuito el camino 'e la vida.
--Flojo 'e tabas...
--No les v'ia contar tuitas las rodadas que he pegao...
--Hacés bien.
--...ni tuitas las disgracias que se ma han ido clavando en el alma hasta dejarmelá de un todo tullida; pero la última jué la que me dió contra el suelo.
--¡Dejuro!... siempre es la última copa la qu'emborracha...
--Pal trabajo...
--Oí contar que habías jurao matarlo al que lo inventó, ande quiera que lo encontrases...
--...nunca tuve suerte, y pal juego menos entuavía. Pa l´único que juí afortunado jué pa las mujeres. En los bailes se me solían amontonar las novias como tropilla, y en más de una ocasión me vide negro pa desenredarme en el entrevero...
--¡Vamos mintiendo!...
--...Pero de tuitas, a la única que quise de verdá jué a Marculina Paz y se murió cinco días antes del señalao pal casorio...
--¡Qui en paz descanse!...
--Y dende ese día...
El narrador continuó enhebrando lástimas, y cuando hubo terminado, otro entró en liza, y luego otro, hasta quedar solamente «Yacaré», un correntino taciturno,--más que taciturno, impasible,--capaz de pasarse dos días sin desplegar los labios, de los cuales nunca nadie oyó una expresión de alegría ni de pena, de contento ni de desagrado.
Y como no diese indicios de tomar parte en el torneo, don Ponciano lo espoloenó:
--¡A ver, «Yacaré», contá vos también tu historia!...
Tras varios minutos de silencio, el correntino, con la vista baja, siguiendo las líneas de las arabescas que dibujaba en la ceniza el dedo gordo de su pie derecho, respondió:
--Io no tengo historia.
--¿Quiénes fueron tus padres?
--Io no sé.
--¿Dónde nacistes?
--Tampoco sé.
--¿No has tenido novia?
--Nunca novia no tuve, no.
--Pero alguna cosa te ha de haber pasao en la vida!...
--Nada nunca me pasó.
--¿Y qué has hecho durante los años que has vivido?
--¿Y qué hi di hacer?... Lo mismito qui haré hasta qui muera: trabajar, pitar, comer, dormir... Nada más nunca no hice...
Callaron todos; y tras prolongado silencio, sentenció don Ponciano:
--¡Esa si qu'es la mejor historia!
CON LA CRUZ EN LA PUNTA
Era alto, fuerte, flaco, y feo. La cabeza chica, la cara grande. La frente tan estrecha que no había sitio para correr una carrera de tres ideas juntas. Los ojos de un aterciopelado color de piel de lodo de río, expresaban bondad, mansedumbre; lo mismo que la nariz sólida, gruesa, aguileña, con dos aberturas amplias que aseguraban una perfecta ventilación pulmonar.
Pero, por debajo, de la nariz se abría, en tajo sombrío, una boca que era una verdadera boca de abismo, unos labios graníticos, fríos, rígidos, que se alivianaban cansados de suspirar e incapaces de vibrar en otras articulaciones sonoras que las expresivas de sátira o injuria.
A las mujeres malas se les secan los senos; a los hombres infelices se les acecinan los labios; razonable correlación psicofisiológica.
Esto daría motivo para una larga disertación filosófica; pero volvamos a Hermann, el hombre grande, fuerte y feo de que íbamos ocupándonos.
Hermann, cuya verdadera nacionalidad--y cuyo verdadero nombre--nadie conocía, podría tener treinta años. Fué peón de chacra, peón de estancia, puestero más tarde, dedicándose a la cría de cerdos y de aves y a las pequeñas industrias derivadas.
Le fué mal.
Creyendo que la adversa suerte provenía de la falta de una mujer,--aparato regulador--se casó con una criolla que le dijo: «Quiero» cuando él decía «Envido».
Y le fué mucho peor, todavía.
En poco tiempo desaparecieron los animalitos, los útiles de labranza. Después desapareció la chacra y casi en seguida la mujer, cuyo cariño,--si alguna vez lo tuvo--se había ido mucho antes.
Desde entonces Hermann se despreocupó del mañana y no pensó más en hacer casa ni en plantar árboles, esas cosas destinadas a sobrevivirnos; sobrevenirnos con y para el hijo que tenemos o esperamos tener.
--Yo no estuvo buenos a piliar felicidad--decía.
Y sentado en la glorieta de la pulpería, solo, la pipa entre los dientes, el vaso de gim al costado, los ojos de Hermann, sus pupilas color caramelo inmovilizaban la visión en lo infinito del horizonte campesino, como en ansias de trasponer los mares de investigar la remota tierra nativa, donde quizá hubiera aún alguna ramita de afecto, capaz de prosperar, de crecer, de hacerse árbol, cuidada y regada.
Pero, de vez en cuando, el solitario salía de su embebecimiento, sacudía la cabeza y murmuraba en su media lengua:
--Yo nunca estuvo bueno domar pingo la suerte.
Y quitando la pipa de los labios--que entonces se cerraban formando una larga y fina línea cárdena, semejando el cuello de un individuo degollado después de muerto--apuraba el vaso de gim sin hacer un gesto.
--Dios te conserve el tragadero, gringo--dijo un gaucho,--qui ha 'e ser como papel de lija.
--Y a vos la lengua que ha estar igual escoba amontonar basura.
--¿No te da vergüenza emborracharte asina, solo sin envitar a naides?
--¡Qué le va dar vergüenza a este guampudo!--agregó otro mofador. Y él, sin quitarse la pipa de los labios y otra vez perdida la mirada en las lejanías del otero:
--Yo nada no tengo vergüenza. Yo no importa palabras que dicen... Yo estoy como río: todo qu' echan dentro lleva fuera...
Cuando estalló en el Uruguay la revolución de 1904 fué uno de los primeros en alistarse en las filas insurrectas.
--¿Vos sos «blanco»?--le preguntaron.
--¿Qué están blancos?... Yo estoy gringo.
--¿Pero sos enemigo del gobierno?
--¿Quién está gobierno?... Yo quiere no más ir guerra, matar hombres, todos hombres pueda matar... Todos biches malos, hombres.
Y fué un formidable guerrillero. No tiraba muchos tiros, pero cada disparo suyo era casi seguro que hacía una víctima, porque apuntaba largamente, amorosamente, a fin de que su bala fuese eficaz.
Concluídas las peleas, volvía a su aislamiento, a fumar su pipa, a beber su gim,--del cual nunca le faltaba provisión, sin importársele un comino de si habían vencido o habían sido vencidos.
Una tarde, después de una lucha singularmente trágica, extraordinariamente sangrienta, Hermann se reposaba, fumando su pipa y bebiendo su ginebra, cuando se le acercó un indiecito, conocido por «Rejucilo» y en cuyo rostro estaban dibujados todos los estigmas de la perversidad. Durante las cuatro horas que había durado la carnicería, Rejucilo estuvo junto a Hermann y había admirado, no su valor, sino su ferocidad, su pasión de matar.
Al acercarse al extranjero, que lo recibió, como a todo el mundo, fosco y prevenido, dijo:
--Lo felicito, hermano.
--Yo no tengo hermano, yo no precisa felicitación--fué la respuesta de Hermann.
Rejucilo, sin desconcertarse.
--No importa. Lu he visto peliar. Se que pelea por puro gusto 'e matar gente, lo mesmo que yo peleo, pa ver si se puede concluir con tuita la gente, y di' ahí mi simpatía... Nu'es pa pedirle nada, es pa ofertarle, es pa convidarlo que haga como yo... vea...
Y sacando de la cartuchera una bala de mauser cuya punta había sido tallada en cruz, repitió:
--Vea.
--¿Y qué?--preguntó el extranjero, después de observar la bala.
--¿Y qué?... Que asina, con cruz en la punta, hace más daño. Al dentrar en el cuerpo y trompezar con un gueso, se abre como rosa y destroza mesmo que rayo. Nu hay cristiano que aguante un chumbo d'esta laya.
Hermann, observó detenidamente la bala,--una dum-dum, al fin;--meditó, y luego tomó la botella de gim y le ofreció un trago a Rejucilo. Era la primera vez que hacía aquello.
En seguida, desenvainó el cuchillo, volcó en el suelo la cartuchera y se puso a tallar en cruz la camisa de niquel de los proyectiles.
--Gracias--dijo el indio, devolviendo el porrón.
--Nada... Vos estás amigo mío. ¡Oijalá peliamos mañana!...
LOS GRINGOS
La estancia de los «Horcones», después de extenderse por varias leguas en el oeste de la provincia, se ha ido desparramando en otras varias leguas, por la pampa lindera.
Las primeras se debieron al esfuerzo consecutivo de tres generaciones de Salazar de Villarica. Don Martín el fundador, fué un vasco recio y animoso que se instaló en el entonces semidesierto, con un rebaño de ovejas y cuya energía logró triunfar en la lucha incesante con la indiada, con los malevos, con las policías, con los alcaldes y las calamidades menores de las sequias torturantes y de las inundaciones desvastadoras.
El segundo Salazar de Villarica, don Carlos, heredó de su padre un vasto y próspero establecimiento, que él agrandó y perfeccionó mediante un esfuerzo y una tenacidad dignas del heróico antecesor.
Contribuyó no poco a sus éxitos, Lino Colombo, robusto y activo mocetón genovés, que empezó por sembrar unas cuantas hortalizas y plantar una docena de frutales.
Y dos años después, ya no era una docena, sino una centena de durazneros, perales, manzanos, que formaba alegre festón al antes desnudo y triste caserón de la estancia.
La peonada gaucha miró al principio con adversión al innovador.
--Ahí viene el loco 'e los árboles--decía despreciativamente uno, al verlo regresar, siempre a pie, las herramientas al hombro, en mangas de camisa, la cabeza eternamente descubierta.
--Ahí está el dueño de la hacienda verde--mofaba otro, no pudiendo comprender que el campo pudiese ser ocupado en otra cosa que en la cría de vacas, caballos y ovejas.
Empero, como el gaucho es por naturaleza goloso, cuando llegó la producción, cuando pudieron hartarse de duraznos, de peras, de manzanas, de membrillos, cesaron las hostilidades, aunque no las puyas, hacia el «ganadero de la hacienda verde», a quien, por otra parte, don Carlos dispensaba la mayor confianza, alentándolo en sus plantaciones.
--Dejenló tranquilo a mi gringo. El trabaja lo mismo que nosotros, para nosotros para los que vengan. Cada uno tenemos nuestra misión en la vida, y la cosa es cumplirla bien. Los caballos no sirven para el matadero, ni los bueyes para correr carreras.
Y los gauchos se iban acostumbrando; pero ocurrió que una vez, al regresar el patrón de un viaje a la ciudad, trajo una bolsita de semillas que Gino recibió con manifiesta expresión de júbilo.
Desde la madrugada del día siguiente, se puso a preparar un gran rectángulo de tierra elegida. La preparó animosa, prolija, cariñosamente, y cuando al fin esparció sobre ella la diminuta semilla del saquito traído por el patrón, su rostro bello y enérgico expresaba la alegría de un gran acto triunfal.
--¿Qué yuyo es ese?
--Espera, espera...
--¿Se come?
--No se come, ma da de comer.
Los gauchos se encogieron de hombros, considerando con desprecio aquellos centenares de plantitas de un verde de plata, que crecían rápidamente, estirando sus tallitos endebles...
Quince años más tarde, diez mil eucaliptus, unos colosos ya, otros de mediana altura, formaban un delicioso parque, recreo de la vista, generador de salud, fuente preciada de riqueza en todo sentido...
A la muerte de don Carlos, Pedro, el tercer Salazar de Villarica, se encontró poseedor de una inmensa fortuna. Acababa de regresar de Europa, donde fuera en viaje de recreo y de instrucción, al terminar su carrera de abogado.
Hombre de ciudad, no descuidó, sin embargo, sus intereses, y siguió la tradición, administrando y explotando personalmente sus estancias, contando siempre con la eficaz ayuda del fiel genovés, quien no obstante haberse enriquecido, comprando tierras con sus economías, y a pesar de tener varios hijos y muchos nietos, todos propietarios, continuó prestando su mayor atención y sus últimas energías al cuidado de los bienes de sus patrones.
Y con tanto mayor motivo, cuanto que los cinco hijos del tercer Salazar de Villarica--dos mujeres y tres hombres--se habían despreocupado por completo, consagrados a la ociosidad fastuosa, viviendo la mayor parte del año en Europa, desparramando monedas con esplendidez de nababs.
Y como los derroches eran idénticos en el ciclo de las siete vacas flacas que en el de las siete vacas gordas, la mina empezó a disminuir su cosecha de oro.
Y recién cuando frente al pedido de una fuerte suma de dinero, Gino respondió manifestando la imposibilidad de conseguirlo sin recurrir a operaciones onerosas, Julio, el mayor de la familia, resolvió ir a la estancia.
--¡Dejenmé no más, que yo les voy a arreglar las cuentas a esos gringos ladrones!--manifestó al partir.
Todas las explicaciones de Gino fueron inútiles. Grandes extensiones de tierra estaban desiertas porque las haciendas propias se habían malbaratado para satisfacer el incesante pedido de sumas cuantiosas...
--¿Y los arrendamientos?
--Ya no hay arrendatarios, patrón. La época es mala, el precio caro; quien arriende se muere de hambre.
--¡Lo que hay--exclamó violentamente el mozo,--es que ustedes se aprovechan con la confianza que les damos; lo que hay es que ustedes los gringos nos van tragando poco a poco!...
El viejo servidor no pudo permanecer impasible ante el insulto tan supremamente injusto. De un brusco manotón se arrancó el chambergo que tiró con rabia al suelo, y sacudiendo la larga, espesa melena nevada, gritó, golpeando el pecho con las manos encallecidas en más de cincuenta años de labor sin treguas ni fallecimientos:
--¡Los gringos!... ¡Ma los gringos aquí son ostedes, ostedes que se pasan en la Uropa, gastando la plata en divertirse, sin trabacar, sin hacer nada per so tierra!... ¡E in cambio, ío, gringo, vivo aquí, pegao a la tietro que beso y riego con mi sodor, haciandola cada vez más rica!... ¡Y yo tengo once hicos, que son arquentinos, que trabacan la tierra y la quieren, y tengo trentaun nietos arquentinos y todos tenemo las raíces del alma metidas inta la tierra arquentina como los ucalitos, esos d'allá, todos esos, que yo planté cuando!...
Y luego, presa de un acceso de lágrimas, dijo, sacudiendo la nevada cabeza:
--¡No! ¡no me dica esto, don Culio!... Y sabe, no es por ofensa, pero, en veritá, aquí los únicos gringos sos ostedes, ostedes que tienen vergüenza de so tierra, que ni meno la conocen, e que porque no la conocen no la quieren...
DESAGRADECIDOS