Ranchos (Costumbres del Campo)
Part 5
En la estanzuela--un vallecito enclavado en la montaña--no había nada más que una casucha de adobones y media docena de chivas semisalvajes. Pero el flamante cultivador, muy orgulloso de su traje, su gorra y sus botas de alpinista, no se amilanó por eso: el abundante surtido de conservas que había llevado consigo aseguraba por varios meses exquisito comestible.
Púsose a la obra inmediatamente. Lo primero fué planear un jardincito; mientras el peón preparaba la tierra, él se engolfaba en la lectura del más reciente tratado de floricultura venido de París. Luego siguió la formación de una pequeña huerta de hortalizas y un plantel de frutales; todo lo cual daba pretexto a frecuentes viajes a la ciudad en procura de semillas, plantas y útiles. Al principio demoraba el regreso un par de días, pero después las estadas prolongábanse por una semana y aun más, ocasionando considerables dispendios.
Y mientras el ex periodista derrochaba el tiempo y el dinero en viajes, en diversiones y en fantásticos planes de explotación agropecuaria, llegó el invierno con sus nieves y turbonadas y fríos atroces. El jardín y la huerta--absurdamente y descuidadamente cultivados--se agostaron bien pronto; y los árboles que no derribaron los vientos, perecieron por inadaptación al clima.
Terminadas las conservas, fué necesario surtirse de víveres, a gran costo, en la capital de la provincia. Todos los chivatos y casi todas las chivas fueron muertos a tiros por Servando, que no encontró otro medio de utilizar su copioso material cinegético. Frecuentemente bloqueado por el mal tiempo, y abandonado el propósito de consagrar los ocios al cultivo de la alta literatura, el joven se consolaba abusando más que nunca de los alcoholes.
Por otra parte, los cinco mil pesos estaban a punto de agotarse; y un buen día, el pioneer, desilusionado y aburrido, empezó a maldecir la tierra ingrata, la campaña que «envejece, empobrece y embrutece», según dice el adagio.
Y no tardó en decirse:
--La campaña--dijo--está hecha para los animales. ¡Volvamos a Buenos Aires!...
Marcelina, sumisa, dócil, sin voluntad, aceptó con indiferencia y sin un reproche el nuevo fracaso, preparándose para el venidero.
EL ABRAZO DE MARCULINA
En invierno, un día opaco, un cielo brumoso, de sombra, de quietud, de silencio, uno de esos atardeceres capaces de entristecer a los chingolos.
A las seis era casi noche y hubo que suspender la jugada de truco en la trastienda de la pulpería.
El patrón ofreció encender una vela; pero los tertulianos no aceptaron: jugaban «por divertirse» y todos se aburrían.
Pidieron otro litro de vino, encendieron los cigarrillos y hubo un silencio largo, que fué roto por el viejo Pantaleón, quien mirando fijamente a Secundino, habló así:
--¡Qué muerte triste la de mi sobrino Estanislao!... ¡El, qu'era más nadador que una tararira, augarse en una cañada que se vandea de un resuello!...
--¡Qué quiere viejo!--intervino Julio--si está de Dios es capaz de augarse uno lavándose la cara en una palangana.
--Será, pero pa mi gusto el finao mi sobrino se hundió a causa de las libras de chumbos con que le habían cargao el alma... ¿Qué pensás vos, Secundino?...
Apostrofado indirectamente, el mozo alzó la cabeza con altanería y dijo con voz firme y serena:
--Ya me tienen cansao esas alusiones que se arrastran entre los yuyos buscando morder los talones del que lo'encuentra descuidao...
--Sé que hay más de uno que me acumula esa muerte, pero tuitos lo dicen a escondidas, o lo dan a entender sin decirlo...
--Será porque te tienen miedo--observó don Pantaleón.
--Sí: ¡porque tienen miedo de arrostrarle a un hombre un crimen sin más fundamento que chismes de mujeres o comentarios de pulpería!... ¡Yo había resuelto aguantar y callarme, pero ya me fastidea demasiado el mangangá y no me resino a seguir mascando el freno por más tiempo!...
Van a saber ustedes cómo pasaron las cosas, la verdá desnuda como un recién nacido. Dispués, vayan y desparramenlá por tuito el pago...
--¡Hablá!--exclamaron varios a un tiempo; y Secundino comenzó de este modo.
--Tuitos ustedes saben que Marculina, la mujer de Estanislao, era...
--Sí, ya sabemos lo qu'era: seguí no más--interrumpió don Pantaleón.
--Sigo. El finao difunto estaba tan quemao de los celos que desconfiaba hasta 'e su propia sombra, y como no permitía que ningún hombre pusiera los pieses en sus ranchos, había rompido con tuitos sus amigos. Esto lo supe yo a mi güelta 'el Brasil, ande, como a ustedes les costa, desollé una punta de años.
Los encontramos en esta mesma pulpería y nos relinchamos contentasos... ¡Dejuro!... ¡si nos habíamos criao como chanchos, como quien dice, comiendo juntos en la mesma batea!
--¿Ande pensás hacer noche?--me preguntó dispués de mucho prosiar.
--Acá nomás--respondí.
El quedó cavilando y yo vide que le había cambiao la cara, quedándose como empacao y con el entrecejo fruncido. Dispués arrancó de un golpe:
--¡No puede ser: vení a quedarte en casa!
--Si no es incomodo...--dije yo, por decir no más, porque, ¿a qué santo me ib'hacer rogar, no hayan?...
Güeno, el caso fué que la mujer del finao me recibió tuita fruncida y si yo no le hablaba, ella no me hablaba y era pa contestar con «sis» y «nos», más secos que alón de ñandú.
Al otro día era pior. En varias ocasiones la ói a Marculina rezongando con el finao al propósito mío. Una güelta ói que dijo con mucha rabia:
--¿Te pensás qu'esto es fonda y que yo vi'astar cocinando pa los entrusos que vos tráis a los tientos pa entretenerte dispués de cena, chupando caña y mintiendo y gastando velas?...
Yo no dije nada, pero esa mesma tarde le dije a Estanislao que me marchaba. Pero él s'encaprichó en que no.
--¿Pande vas a dir?... tuavía no tenés colocación; quedate conmigo, me tenés compaña y me ayudás a estirar la línea de alambrao de la costa.
Entonces dije:
--Yo por vos me quedaría, pero veo que tu patrona no es gustosa.
--¡Ráite 'e la patrona!--dijo él;--¡vos sos mi mejor amigo, sos mi hermano, puede decirse, y no vas a dormir a campo mientras tu hermano tenga rancho!
Aflojé, ¿qué iba hacer?...
--Y te aquerenciastes--intercaló don Pantaleón.
--A la juerza. Estanislao estaba loco 'e contento, y cuando la mujer me decía alguna cosa grosera, él se raiba de contento. Y la indina me trataba mal, mesmo. En la mesa me servía los pedazos que debían quedar pa los perros; si le pedía una cebadura 'e yerba me la daba como pa tomar en una cáscara de nuez; si le traiban alguna golosina de regalo, la escondía delante mis ojos, como pa mostrarme poco caso.
Y cuanti más abrojo era ella pa conmigo, más alegre se ponía él, de lo cual me comenzó a dentrar desconfianza y me puse a escarbar despacito pa fin de llegar a la olla de aquel hormiguero.
Prontito supe que dende ricién casao mi amigo estaba encendido por los celos como un gran trafoguero de coronilla, que arde hasta que se consume. Marculina no podía ver un hombre, juese viejo, juese una criatura, juese lindo o fiero sin encomenzar a tirarle piales con la mirada y la sonrisa. Que hubiera faltao, naides daba testimonio, pero con aquello no más le sobraba al marido pa llevar una vida de perro sarnoso. Descuidaba su trabajo, porque si había cáido algún mozo de visita, no se atrevía a dir al campo dejándolo solo con ella: y cuando salía se le ocurría pensar que quién sabe si fulano o mengano no estarían en el rancho aprovechando su ausencia; y en seguida montaba a caballo y volvía a las casas, dejando el trabajo a medio hacer.
Nunca pudo sorprenderla; pero eso en vez de sacarle la manía le recalentaba más los sesos.
Cuando yo juí a su casa y vido la mala gana con que me recibió su mujer, tuvo un alegrón, porque, dejuro habería sido lo pior de lo pior verse obligao a celarla con quier era cuasi como hermano.
Dispués que pasó una semana y vido que Marculina me mostraba cada vez más entepatía, le dentró lástima por mí y varias güeltas l'atropelló pidiendolé no juese tan corsaria conmigo, pero no consiguió nada; con lo cual el pobre finao no sabía si llorar o bailar, pero la cosa es que el hombre andaba alegre dende la mañana a la noche, como si hubiese escapao a una enfermedá muy mala...
Sin embargo, yo le había descubierto el juego a aquella china artera. En más de una ocasión, a ráiz de decirme una grosería, me tiraba, a espaldas del marido, el anzuelo de una mirada querendona. Yo me hacía el desentendido, pero sucedió una vez d'esta laya: díbamos a salir decampo; Estanislao marchaba adelante, dispué yo y detrás mío, cuasi pegada, Marculina; tan pegada que me había echao un brazo sobre la paleta y llevaba la cara juntita con la mía. Yo no tuve coraje pa hacer un ademán, de piedad por mi amigo, que si la albertía no iba a creer en mi inocencia. Esperaba qu'ella tuviera un respiro 'e juicio y me soltara... ¡y en eso se vino el rancho abajo!... Pantaleón dió güelta la cabeza de golpe y vido tuito... Se puso blanco como cuajada, se le redondearon los ojos mesmo que si juesen de ñandú, dió tres o cuatro güeltas redondas, como perro que intenta morderse el rabo, y luego juyó p'al arroyo...
Yo no quise seguirlo; monté a caballo y enderezé ni sé p'adonde, juyendolé al recuerdo de aquel ocurrido en que me tocó aparecer como traidor canalla al amigo que más he querido...
Eso jué. Lo demás ustedes lo saben. Por denuncias de la arrastrada Marculina, me prendieron. Seis meses estuve en la cárcel hasta que tuvieron que soltarme porque de ningún lao me aprobaron delito.
--¿Y Marculina?--interrogó don Pantaleón.
--En tuavía no la vide, pero como pa eso no más he dao la güelta al pago, la he'encontrar unos d'estos días pa retribuirle su abrazo...
LOS INSERVIBLES
Alto, flaco, cargado de espaldas, la cara ancha, larga, color ocre, el labio inferior perezosamente caído, los grandes ojos pardos llenos de inteligencia, solitario y silencioso de costumbre, sin duda porque sus frases eran ideas, y desdeñaba echarlas--_margaritas a los puerco_--a la multitud ignara a que hallábase mezclado, constituía uno de los tantos exóticos, pieza sin objeto, elemento inútil, en aquella efervescencia pasional colectiva, donde ni su corazón ni su cerebro conseguían armonizar.
En un atardecer hermoso llegóse a mi carpa y mesándose los largos cabellos lacios con sus dedos afilados, en un gesto habitual, me preguntó con su voz extraña, que tenía un timbre varonil aterciopelado por un yo no sé qué de femenino:
--Hermano, ¿no te han traído pulpa?
--No, respondí; sé que carnearon y he visto varios fogones donde los asados se chamuscan, pero para nosotros...
--¡Nosotros somos los _maporras_!--interrumpió con una sonrisa amarga;--tenemos derecho a comer lo que sobra, como los perros!...
Y sentándose en el suelo, sobre el pasto, agregó:
--Alcanzame un amargo: para regenerar el país hay que alimentarse de alguna manera, aun cuando más no sea con agua sucia...
Tosió. Volvió a sacudir con sus finos dedos de tuberculoso la negra melena y dijo con agria ironía:
--De esta vez lo regeneramos. La indiada se pone panzona y puede quedarse quieta un año; después del año, si hay vacas gordas...
En ese momento se presentó el doctor X., médico ilustre, patriota insigne, descollante, personalidad del partido.
--¿Tiene carne?--preguntó.
--No, ¿y ustedes?
--Tampoco. Parece que nosotros no tenemos derecho a comer.
--¡Para lo que servimos!--replicó con su amarga sonrisa el hombre alto, flaco, cargado de espaldas.
--Ni siquiera nos desviamos cargando uno de esos aparatos que parecen fusiles y que no sirve ni para hacer fuego.
--El chiste es malo--contestó un exquisito poeta que llegaba, hambriento, como todos nosotros,--pero te lo perdono en mérito a las circunstancias: tres días de tranquear largo, dos noches sin dormir y más de cuarenta y ocho horas sin comer, no pueden considerarse excitantes para la función cerebral...
--¡Para lo que tienen que hacer aquí los cerebros!...--respondió el hombre alto, extendiéndose largo a largo sobre el pasto.--A nosotros nos dan los matungos que no caminan, los fusiles descompuestos... y la carne que sobra... ¡Vean qué rico olor de asado viene hasta aquí!...--hacen bien: somos los _inservibles_.
--Verdad--confirmó el poeta;--en ciertos momentos y en ciertos medios, las flores valen poco.
--Y en todos los momentos y en todos los medios, los zonzos no valen nada--concluyó sentenciosamente el muchacho flaco y largo.
* * * * *
Concluída la guerra de mala manera, los revolucionarios salieron, sin embargo, con _pulpa entre los dientes_. Los ases revolucionarios, se entiende.
Acto contínuo se resolvió no desperdiciar los puestos legislativos que la ley dejaba a disposición de la minoría vencida militarmente. Hubo quien propuso una diputación para el hombre alto, flaco, etc..., pero la masa declarólo inservible para el cargo, dado que sólo tenía talento...
Unos años después, hallábanse reunidos en Buenos Aires varios de aquellos _inservibles_. En una noche memorable una sala repleta y selecta aplaudía frenéticamente una obra en que el autor primerizo se revelaba, no sólo un literato superior, sino un psicólogo profundo, un admirable analista de almas, cuya clarovidencia lo indicaba como faro, guía y conductor de muchedumbres, sanas pero ciegas...
Triunfó, triunfó estruendosamente el muchacho alto, flaco, cargado de espaldas, y desde entonces, lleno de laureles, comía cada dos días uno, y siguió siendo un _inservible_, tan inservible que su gloria pasó inadvertida para sus compañeros de lucha cívica, aun hoy convencidos de que era injusto darle un caballo que caminase y un pedazo de pulpa para saciarle el hambre, mejor empleados en servicio de un gaucho vago, haragán, asesino y bruto...
* * * * *
Un grupo reducido de _inservibles_ orientales, consternóse al recibir la breve noticia telegráfica: «Ha fallecido en Italia Florencio Sánchez.»
LOS MISIONEROS
Punteaba el día cuando el teniente Hormigón montó a caballo y abandonó el festín, en cumplimiento de la orden recibida.
Iban, a la cabeza, él y Caracú, el sargento Caracú, correntino veterano, indio fiero, agalludo, más temido que la lepra, el «lagarto», la raya y la palometa juntos--haciendo caso omiso de los tigres, de los chanchos y de los mosquitos,--que son los bichos más temibles del Chaco.
Además, Caracú era un baqueano insuperable. Conocía la selva casi tan bien como los tobas y los chiriguanos, porque la había recorrido en casi todos sus recovecos unas veces persiguiendo a los indios, en su carácter de policía, y otras veces persiguiendo a las policías en su papel accidental de «rerubichá» toba o chiriguano.
Después de todo, buen gaucho. Caracú; guapo y alegre, ligero para el cuchillo, para el trago y para «la uña» y ni aun lo de «la uña» era ofensivo, en el medio.
Durante la primera media hora de tramo mulero, el teniente Hormigón se mantuvo dignamente silencioso, guardando la orgullosa altivez que corresponde a un oficial de «caballería». Pero pasada aquella, la juventud triunfó y no pudo resistir al deseo de entablar conversación con su subalterno. Al penetrar un rizado amplio que formaba una estanzuela bastante bien poblada, preguntó:
--¿De quién es este campo?
--De quién es aura no sé, señor,--respondió maliciosamente el sargento:--Un tiempo fué del guaicurú Añabe, que se lo robó al gallego Rodríguez; y dispués jué del comisario Pintos, que se lo robó al indio Añabe; y cuando Pintos dejó de ser comisario, se lo robaron los alemanes del obraje grande... Aura no sé quién lo habrá robao, aura...
El teniente guardó silencio y siguieron andando. El sol, invisible, se iba trepando por los quebrachos, y cuando se subió a la punta de los más altos, escupió fuego. El teniente Hormigón, sintiendo sed, se tanteó el flanco, buscando la cantimplora con «cognac de la habana», e hizo un gesto de disgusto al notar que la había olvidado. Caracú, sin perder un detalle, había observado, y sonrió.
El teniente Hormigón, un mozo alto, flacucho, de ojos vivos, de nariz fina, de labios insolentes, era, en forma innata, «muy de caballería», pero le faltaba la práctica del oficio y debía, como todos, pagar la chapetonada.
Caracú, después de sonreir, destapó su «chifle» y ofreciólo diciendo:
--Mi teniente, si usted está queriendo pegarle un trago...
Bebió el teniente y bebió el sargento. Y después el sargento preguntó:
--¿Se puede saber p'ande vamos, teniente?
--Para la misión.
--¿Cuála?
--Me parece que del fortín para dentro, en la costa del Pilcomayo no hay más que una: la de los franciscanos.
--Disculpe, mi teniente; aquí en el Chaco hay muchas misiones... prendalé otro buche... Tuitos tenemos nuestra misión. La policía tiene la misión de guardar el orden, prendiendo a los indios que s'escapan por no trabajar pa los alemanes, que pagan la policía. Los jueces de paz tienen la misión de hacer justicia a quien los pague mejor... Y claro que nunca es el hijo el páis el que paga mejor... Los franciscanos tienen la misión de cevilizar a los indios, deslomándolos a trabajo.
--Y civilizan,--arguyó el teniente.
--¡Dejuro, mi jefe!... Asigún los comentos, la Obrajera del Chaco tiene más de siete millones de pesos ingleses de capital y los franciscanos, arrimadito. ¡Calcule lo que se puede cevilizar con tuita esa moneda!... Güeno; ¿pero sabe una cosa, mi teniente?
--¿Qué cosa?
--Que pa mi gusto, cuando se haiga lograo la completa civilización de los indios...
--¿Qué?
--No v'haber ya ningún indio. Nos los habremos comido tuitos, salvajes, a medio cevilizar o cevilizaos, como quien dice: ¡crudos, chamuscaos o asaos a punto!... Velay, teniente... ¡Es la misión!...
Instruyéndose en el camino, y después de andar cincuenta leguas por las boscosas pampas chaqueñas, el teniente y sus hombres llegaron a la misión franciscana, cerca del Pilcomayo.
Allí le suministraron los datos necesarios para el cumplimiento de su comisión, que consistía en adquirir veinte bueyes para el destacamento.
No fué tarea fácil, y el teniente debió emplear en ella cinco días de fatigosas marchas; pero consiguió veinte bueyes, grandes, gordos, mansos.
Y esa noche durmió tranquilo y satisfecho.
Y al día siguiente, cuando despertó, el desayuno que le sirvió su asistente fué la noticia de que le habían robado los siete bueyes.
--No deben andar lejos,--dijo, y se puso al campearlos. Tarea inútil: en el Chaco no se vuelve a encontrar nada de lo que se pierde. Al fin, desesperado, envió al jefe una carta narrando lo ocurrido y rogando la remisión del dinero necesario para adquirir otros veinte bueyes, dinero que él se comprometía a pagar.
Pocos días después regresaba al chasque con la respuesta. El mayor, sabiendo que Hormigón pertenecía a una familia muy rica no tuvo inconveniente en mandarle el dinero, aunque, advirtiéndole que no lo creía necesario. «En un país de tantos recursos como aquél, sólo un maturrango o un recluta no sabía acomodarse.»
Meditó el teniente, leyó veinte veces la carta y como al fin, aunque novicio, tenía una alma «muy de caballería», comprendió. Poco después mandaba al jefe otro chasque con esta lacónica misiva:
«Señor jefe:
«De los veinte bueyes que nos robaron, ya hemos conseguido veintiocho; los demás los andamos campeando.»
LA SINGULAR AVENTURA DEL DR. MANZZI
Era el Dr. Atilio Manzzi un «original»; pero no en el sentido que el vulgo acostumbra dar al vocablo, es decir, extravagante y atrabiliario, un ser mediocre que a falta de méritos positivos que lo eleven sobre el común de sus coterráneos, se singularizan por los excesos capilares, el arcaísmo de su indumentaria y su decir paradojal.
No era de esos el Dr. Atilio.
Si con frecuencia llevaba largo el cabello y descuidada la barba y el traje siempre en disonancia con la moda, nada de ello era en él estudiado descuido.
Hombre joven aún,--pues apenas trasmontaba la cuarentena,--vivía por completo consagrado al ejercicio de su profesión de médico y al estudio. Las tertulias del café,--el billar y el naipe,--casi exclusivo entretenimiento de los pueblitos,--no le ofrecían ningún aliciente; y las pueriles vanalidades de la vida social, menos aún.
Su pasión era los libros; y al final de cada lectura gustábale abstraerse, para extraer, a través del filtro del análisis crítico, la esencia de lo leído. Era, en fin, un temperamento de sabio.
Entusiasmábanle las ciencias sociales. Las miserias, físicas y morales observadas a diario en su consultorio, entristecían su alma generosa, impulsándole a poner en contribución su voluntad y su cerebro al ideal nobilísimo de plasmar una humanidad más buena y más justa.
¡Cuántos de aquellos infelices que imploraban el auxilio de su ciencia curativa, llevaban sus organismos corroídos por las deficiencias de alimentación, de higiene y de educación, al par que por un trabajo excesivo y ejecutado en pésimas condiciones!...
¡Cuántas veces había comprobado la ineficacia de su humanitarismo!... El no se ahorraba, en efecto, ninguna molestia, ninguna fatiga, para asistir gratuita y solícitamente a los menesterosos; pero ¿de qué servían sus desvelos y sus prescripciones, si las más de las veces el paciente carecía de medios para adquirir las drogas prescriptas, de ropas para abrigarse y de lo necesario para seguir el régimen alimenticio ordenado,--en la mayor parte de los casos base fundamental de la curación?...
Su despreocupación de las prácticas sociales y su predilección por los humildes, mortificaba a la aristocracia lugareña, y, sobre todo, a las niñas casaderas que desde el arribo del doctor al pueblo rivalizaban en amabilidades por conquistar aquel partido excepcional.
Empero nadie manifestaba abiertamente un juicio severo, por la doble razón de que Manzzi era el único médico con que contaba la localidad, y de que las chicas no desesperaban de encadenar al oso.
Diariamente recibía éste obsequios de «dulces caseros» hechos por Fulanita, pasteles y otras golosinas que le enviaba Zutanita, excusándose de que «no le habían salido muy bien» y grandes ramos de flores que Fulanita, Zutanita y Menganita habían «arrancado ellas mismas, esa mañana en sus respectivos jardines».
Atilio, gran amante de las golosinas y de las flores, saboreaba las unas y adornaba con las otras todas las habitaciones de su casa, sin sospechar siquiera que aquellas atenciones llevaran en sí la intención de discretas y delicadas insinuaciones.
El buen doctor, «gourmand» y «gourmet», saboreaba las golosinas del mismo modo que admiraba los diversos ramos de flores, en conjunto, haciendo caso omiso de las tarjetas que ostentaban los nombres de las obsequiantes.
Su existencia transcurría de ese modo, plácidamente monótona, cuando un incidente vulgar introdujo en ella un elemento perturbador.
Cierta tarde ocurrió a su consultorio una joven de delicada belleza y cuyos modales y expresiones denotaban una cultura muy superior a la que pudiera atribuírsele por su indumentaria, reveladora de muy humilde clase.
Manzzi, advirtiendo ese contraste, le preguntó después de haberla examinado y recetado:
--¿Usted es de acá?... Yo conozco a casi todos los habitantes del pueblo, y no recuerdo haberla visto nunca...
Recién hace tres meses que vine. Yo soy de Pampa Chica.
--¿Su familia vive allá?
--Vivía,--respondió la muchacha con voz aflictiva;--mi padre murió hace cinco años...
--¿De qué se ocupaba?
--Era maestro de escuela y periodista.
--¡Bravo!... ¡Dos profesiones extremadamente lucrativas!... ¿Apuesto a que al morir no les dejó un palacio, ni auto, ni rentas siquiera?
--¡Qué nos iba a dejar!... El pobrecito abrevió su existencia consumiéndose en el trabajo y apenas obtenía lo indispensable al sostenimiento de nuestro modestísimo hogar. A su fallecimiento, endeudados con los gastos de la enfermedad y entierro, quedamos en la indigencia. Yo tenía apenas nueve años y la pobre mamá, muy delicada de salud, trabajaba día y noche para conseguir el sustento, no pudo resistir y hace seis meses también rindió su alma a Dios...