Ranchos (Costumbres del Campo)

Part 4

Chapter 43,907 wordsPublic domain

Intensamente pálido, fulgurantes los ojos, Federico se irguió, interrogando con voz trémula:

--¿Es verdá, eso, hermano?

Y Juan José, solemne, tendiendo la mano:

--Es verdá--respondió;--yo no miento nunca, vos lo sabés.

Federico empalideció más todavía y dijo amargamente:

--Te creo... ¡Guardatelá!...

Entonces, Juan José le puso la mano en el hombro y exclamó con acento de fraternal ternura:

--¡No, hermano!... Yo la he redomoniao y he visto que no hay medio de sacarla güena. Lo que t'he contao, te lo he contao como hermano, pa evitarte una rodada, y sabiendo que le hablo a un hombre de cuero crudo.

--Gracias, hermano,--respondió simplemente Federico. Y le tendió la mano.

LA RECAÍDA

Don Silvestre era un cuarentón fornido, un tanto obeso y de rostro constantemente congestionado. Hijo de una de las más distinguidas y opulentas familias entrerrianas, cursó sus estudios secundarios en Concepción del Uruguay, y adquirió luego su título de ingeniero en la Universidad de Buenos Aires.

Joven, rico, lleno de prestigios, abiertas delante suyo todas las puertas y expeditos todos los caminos, su vida se cristalizó en el alfa del abecedario sentimental. Amó con la diáfana sinceridad de las almas simples y buenas, y fué,--como infaliblemente corresponde a ese caso,--víctima del engaño y del escarnio.

No buscó desquite. Era sabiamente prudente, como todos los hombres gordos. Se fué a la estancia, renunciando a la lucha dentro de su medio--le echó llave y cerrojo al corazón, buscando la felicidad en las satisfacciones del sensualismo animal, sin ninguna intervención cerebral ni sentimental.

Buena cocina, buena bodega, el mayor confort posible; y en aquella vida sedentaria, despreocupada, huérfana de ideales, empezó a engordar. Y como la grasa es el mejor sedativo para los nervios, llegó a ser, a los cuarenta y siete años, un hombre casi completamente feliz.

Ninguna preocupación pecuniaria: su vasto establecimiento ganadero, manejado por sus mayordomos y sus capataces, le producía una renta que dejaba todos los años un superavit en su presupuesto.

Ninguna ambición política, ni social, ni intelectual. Sentíase completamente feliz, porque en la limitación de sus aspiraciones, le era dable satisfacer todos sus caprichos.

Su alma, un tanto femenina, le hizo apasionarse por las plantas, los pájaros, los perros y los gatos.

Su parque de eucaliptus y su bosque de naranjos, se enriquecían todos los años con centenares de ejemplares. Sus jardines eran inmensos. En verano, las rosas y los claveles ardían en ramas rojas por todas partes, quemando con su aliento amoroso a las pálidas camelias, a los tímidos lirios y a los congestionados tulpanes; mientras en amplias pajareras, con sus finos muros de alambre tapizados con madreselvas, jazmines y gladiolas, vibraban en sones doscordantes, cual de una orquesta de locos, los cantos del sabiá y la calandria, el cardenal y mirlo, el chingolo y el jilguero, el suave canario y la melancólica viudita.

Muy rara vez, y sólo por compromiso, y siempre a disgusto, abandonaba su casa, que era cueva y nido a la vez, digna de él, que gustaba clasificarse como ave troglodita.

Y le llegó uno de esos sacrificios. Se casaba Berta, su ahijada, único vástago de su amigo el doctor Castillendo, hacendado vecino, y otro misántropo como él, quien había exigido al novio, un abogadito porteño, que la boda se celebrase en la estancia, con la prodigalidad de un gran señor gaucho, pero sin maneas de etiqueta cortesana.

Silvestre tuvo que ir; y fué resignado a aburrirse durante dos o tres días.

--No será tanto, patrón,--observó el capataz;--en la estancia del doctor siempre hay, pa'esta época, señoras y muchachas de la capital, que le harán pasar lindamente el tiempo.

--Ese es el tropiezo. He perdido el hábito de los salones y tú no te imaginas cómo resulta penoso tener que sonreir y tratar de ser espiritual cuando las mujeres con quienes hablamos nos son del todo indiferentes y cuando estamos echando de menos la buena siesta, sobre el catre pelado, en el silencio de la estancia...

* * * * *

Dos horas después de haber llegado a la casa de su compadre, Silvestre sintióse transformado. Parecía que le hubieran sacado de encima los veinte años de vida semianimal, desierta de emociones y de ideales, transcurridos desde la fecha de su desastre amoroso. En un repentino reverdecimiento de todo su ser, su corazón se expandía en mágica florescencia.

La aurora del milagro fué la pequeña Lisa, sobrinita del doctor Castillendo, que pasaba las vacaciones en la estancia. Desde el primer momento le atrajo con su mirada y su voz acariciadoras.

--¿Por qué está usted siempre triste?--le preguntó, fijándole los ojos con ternura, mientras paseaba del brazo por el parque.

El sonrió:

--Yo no estoy triste; es que no soy alegre.

--¿Escolástica?...--musitó ella.

--No; franca verdad. Muchas veces, para muchas personas, se presenta un estado de estática anímica... ¡perdón por el pedantismo!...--en el cual no hay razón para estar alegre ni para estar triste; se es...

--¿Indiferente?... ¡Muchas gracias!...

Fingiendo enojo, bajó la cabeza y anduvo un trecho en silencio, marchando lentamente, levantando las piedrecillas del camino con la punta del pie. El, presa de extraña emoción, no atinaba a hablar. Lisa se irguió bruscamente. Sus rubios y desordenados cabellos rozaron el rostro de Silvestre y los labios incitantes de la muchacha se inmovilizaron a un centímetro de sus propios labios...

¡Oh, aquel beso!... Y luego las ininterrumpidas ternuras, las delicadas atenciones, las atrevidas ostentaciones de su encariñamiento, trastornaron por completo al pobre solterón que se vanagloriaba de haber cerrado con doble llave y cerrojo la puerta del amor.

Esa noche fué para él de delicioso insomnio. Sentía el cuerpo y el alma impregnados del perfume de Lisa y en sus labios persistía la quemante sensación del primer beso.

--¿Podría ser?... ¡Y por qué no!...

Y al amparo de esta duda, aureolada de esperanzas, se durmió al fin en un dulce sueño.

A pesar de las pocas horas de sueño, las ansias de volver a ver a Lisa le hicieron despertar relativamente temprano. Mientras se hacía una prolija y coqueta toilette, monologaba:

--Yo tengo cuarenta y siete años; ella tiene veinte... ¡Es mucha la diferencia!... Bueno, pero yo de mis cuarenta y siete, veinte no los he vivido, no los he gastado, de modo... no hay duda que ella me ama, o por lo menos, que simpatiza conmigo.

Se dirigió al jardín, ganó el parque y echó a andar, a andar, tratando de enhebrar ideas que se le enredaban a cada momento. Varias veces sacó un cigarrillo, pero al ir a encenderlo, lo estrujaba y lo arrojaba; daba por seguro volver a besar los divinos labios de Lisa y no quería ofenderlos con el sabor acre del tabaco.

Anduvo mucho tiempo. Al fin, fatigado, regresó y se dejó caer sobre un banco rústico, junto a un bosquecillo de palmas índicas. De inmediato le sorprendió una charla femenina que partía del lado opuesto del boscaje y reconoció las voces de Berta y de Lisa.

--Eres una perversa,--decía Berta.

--¿Por qué?--arguía Lisa.--Apostamos a que yo era capaz de enamorar a tu viejo solterón de padrino, y lo he conseguido.

--¡Demasiado!... Es una maldad tuya, porque de seguro no lo quieres y dentro de un par de días todo habrá concluido.

Lisa rió alegremente.

--¿Dentro de un par de días?... ¡No!... Desde anoche. Hoy tengo que consagrarme a Fernando...

--¡Te repito que eres una perversa!

--¡Que no!... Yo le he proporcionado a don Silvestre varias horas de una felicidad que nunca soñó... Le he hecho un gran servicio y debe agradecérmelo!...

Don Silvestre no pudo soportar más. Muy pálido, pero sereno, la sonrisa en los labios, se presentó ante las jóvenes, saludó afablemente y dijo:

--Y se lo agradezco, señorita. Me ha hecho usted, en efecto, un enorme servicio, demostrándome que si enamorarse a los veinte años es una tontería, enamorarse cuando se está por cumplir medio siglo, es una imbecilidad. ¡Mil gracias!...

EL NEGRITO DE MELITÓN

Era en el Paraguay, en la época trágica de las revoluciones y los motines cuarteleros que tuvieron sometido al noble país hermano a continuos sobresaltos y a perpetuas torturas.

Gobernaba a la sazón, con poderes discrecionales, el famoso coronel Fortunato Jara, encaramado al poder por un audaz golpe de mano y convertido en dictador. Dictador de la peor especie, por cuanto no lo guiaba otro móvil que la satisfacción de los apetitos de su desenfrenado libertinaje.

La soldadesca, alentada por el ejemplo de los superiores y segura de la impunidad, cometía todo género de violencias y de atentados contra la propiedad y las personas.

Los milicos vivían más en las tabernas y la ranchería del suburbio que en los cuarteles.

Ebrios la mayor parte del día, recorrían las calles de la ciudad, gritando, cantando, promoviendo escándalos.

No había peligro de reprimendas ni castigos: los oficiales, por su parte, cuando no junto con ellos, cometían idénticos excesos, explicables,--ya que de ningún modo disculpables,--por el estado de completa anarquía y el relajamiento de la disciplina, fomentados en primer término por el jefe supremo con su conducta sin precedentes.

Tan lejos estaba a su ánimo el deseo de tomar medidas moralizadoras de severa represión, que era el primero en reir y festejar las «travesuras» de sus subalternos.

--¡Los muchachos también tienen derecho a divertirse!...--decía riendo.

--Y nada no pueden icir los otros,--conformaba algún adulador.

De fijo que nada podían decir «los otros»; pero no por faltarles derecho para la protesta, sino porque, bajo el régimen del terror, la más elemental prudencia aconsejaba mascar en silencio el amargo del agravio, ahorrando reclamaciones, cuyas consecuencias inevitables serían acentuar la persecución de parte de los forajidos.

Los mayores delitos pasaban inadvertidos por la justicia; y eso que los hubo de la magnitud del que va a leerse.

Melitón Manzanares era un chino correntino, petizo, grueso, fornido y de ancha cara cobriza y barbilampiña.

No hacía mucho que había caído a la Asunción, cuyas continuas revueltas ofrecían campo propicio a los tipos de su calaña, y también, probablemente por andar en malas relaciones con las autoridades de su país.

El solía decir, con una sonrisa que ponía de manifiesto su formidable dentadura de yacaré:

--Las autoridades de Caacatí estaban tan encamotadas conmigo que iá mi tinían empalagao... Siempre andaba detrás mío algún sargento con recao del comisario pa que juese a yerbiar con él, y de puro fastidiao, alcé el vuelo pa estos pagos...

--Usté es mesmito que ió,--dijo un compinche;--nada no apetesco la amistá de los polecías.

Melitón, que había sentado plaza en las milicias irregulares, conjuntamente con otros forajidos de igual ralea, encontrábase allí como pescado en el agua.

Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad de acción en la holgazanería cuartelera, constituían el ideal de un sujeto de su clase y de sus hábitos.

Sus camaradas lo tenían en gran estima por su constante buen humor, su parla dicharachera, su audacia y su absoluta carencia de escrúpulos.

Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado un compinche:

--Amigo Melitón, estómago igualito a ñandú: ¡hasta vidrios digiere!...

Sin embargo hubo un momento en que empezó a ponerse meditativo y silencioso.

Interrogado por las causas de aquel cambio de carácter, dijo:

--La verdá, estoy triste porque ha venido un antojo.

--Y vaia diciendo.

---Velay: mi han contao que en este país no hay diversión más linda qu'el velorio de un negrito.

--No lo engañaron, no. ¡Si arman unos candombes que duran días y qu'es un viva la patria!

--Lo malo es que va p'al año que moro aquí y entuavía no ha muerto ningún negrito.

--Van quedando pocos.

Melitón meditó unos segundos, y luego propuso:

--¿Por qué no matamo uno?

--¡No sea bárbaro, compañero! Matar un cristiano p'al puro gusto 'e divertirse, es mucha herejía.

--¿Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... ¿No saben que tienen el mate muy duro y el agua bendita nunca les dentra a los sesos?...

Melitón siguió preocupado con la idea de aquella farra original y magna.

Una vez, a eso de media noche, regresaba al cuartel, dando bordadas, apoyándose con frecuencia en los muros de las casas para no dar de bruces sobre la acera y recuperar un tanto el equilibrio y la fuerza de sus piernas ablandadas y descoyuntadas por el alcohol.

En uno de esos ziszaes fué a dar contra un portal, a cuyo pié vió un bulto obscuro. Tocólo con la punta del pié y notando blandura de carnes, agachóse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, hasta poder palparlo. Zamarreado con violencia, un quejido lastimoso escapó del bulto obscuro, y el soldado descubrió, envuelto en unos harapos, un negrito de cinco o seis años de edad.

--¿Qué hacés aquí?--preguntó ásperamente.

Y el negrito, asustado, respondió gimoteando:

--Me peldí...

--¿Dónde está tu casa?

--No sé, me peldí...

--¿Quiénes son tus padres?...

--Padres no tengo... Amita me mandó llamar el médico para amito enfermo... y me peldí... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!

Una idea infernal cruzó por la mente del bandido.

--Io le via ievar,--dijo; y cogiendo al chico de ambos pies, lo revoloteó y le destrozó la cabeza contra un poste de piedra que había junto al portal.

El negrito lanzó un grito horrible, uno solo y enmudeció para siempre...

El criminal ocultó el cuerpo de la víctima bajo el poncho patrio y, dando traspiés, llegó al cuartel. Al penetrar en el cuerpo de guardia, donde los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, más ebrio aún que sus subalternos, lo interrogó alegremente:

--¿Qué tráis debajo' el poncho?... ¿Chivito o borrego?

Rió Melitón y dijo:

--Borrego... Un borrego negro...

Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado cadáver, agregó con feroz impudicia:

--Ya tenemos p'al candombe: yo pongo el difunto; pongan ustedes las velas y la caña...

LA CADENA

El reloj de pared sonó las diez con una lenta y cascada voz de viejo.

A esa voz, don Manuel levantóse sobresaltado de la silla en que se había quedado dormido. Su vista vaga, indecisa, paseóse por el salón, desconociéndolo.

La vieja lámpara que pendía del techo, derrababa una luz amarillenta y triste sobre las anaquelerías atascadas de artículos diversos, sobre el hule descascarado que tapizaba el mostrador y sobre las botellas y los vasos alineados sobre el zinc del despacho de bebidas.

En lo alto de los muros blanqueados, proyectaban sombras raras los objetos suspendidos de las vigas del techo: frenos, tazas, cinchas, cazuelas, riendas y maneas, jarros y guitarras, una disparatada población de bric-a-brac.

Don Manuel observaba el lugar con creciente sorpresa. Miró la armazón de enfrente, la mayor, en cuyos estantes se apilaban las piezas de tela, las blancas cajas de cartón conteniendo festones y puntillas, las verdes cajas guardando medias y calcetines, todo parecióle extraño, desconocido.

Y sin embargo, todo allí, todo, en conjunto, y en detalles, le era familiar. Probablemente no existía en la casa un solo objeto que no hubiese pasado por sus manos; un solo artículo cuya colocación, calidad, precio de costo y de venta, ignorase, y eso que los había en cantidad respetable y en mescolanza original, dado que la casa era: «almacén, tienda y ferretería», con el aditamento de librería y farmacia, más el obligado apéndice de acopio de frutos del país: trigo, maíz, lana, cueros, cerda, aspas, etc., y la yapa de «agencia de correos y venta de papel sellado y timbres»; un «Louvre» o un «Bon Marché» en plena Pampa.

Miraba ejecutando prodigiosos esfuerzos para despertar la memoria. Cerca del ventanillo de la «glorieta» estaba el anaquel de las conservas donde dormían las latas de sardinas, de atún, de congrio, de merluza, de calamares y de ostras, entre bocales de ciruelas, frascos de aceitunas y cajas de pasas de higo. El estrecho lienzo de pared que mediaba entre la estantería y la reja, estaba a la altura del hombro totalmente ennegrecido con inscripciones, cifras y diseños de marcas trazadas a lápiz. Don Manuel reconoció su propia escritura entre otras escrituras.

Continuó observando. En la puerta del mostrador, una gran balanza mostraba el abultado vientre de su platillo de bronce y el cuerpo plano y negro, dormitando bajo la custodia de media docena de pesas, pentagonales, trozos de hierro ennegrecido. En el puesto extremo de la larga mesa, junto a la pila de zarazas, ronroñaba un gato barcino; por el centro, al lado de una palmatoria de metal amarillo, veíase un mazo de naipes viejos, sucios, encrespados como plumaje de gallina clueca; inmediato a los naipes un puñadito de garbanzos, dos groseros vasos de vidrio, una botella vacía, ceniza y colillas de cigarrillos.

--¡Curioso, curioso!--decía mentalmente don Manuel, desconcertado ante aquella complicación psíquica, tan ajena a la simplicidad ordinaria de su existencia, por medio de la cual los objetos le eran al mismo tiempo familiares y desconocidos...

Desorientado, tornó a sentarse en la misma silla, junto al mostrador, cerca de la candela. Inconscientemente comenzó a dibujar el trazado de su vida. Tenía doce años al llegar de España. Era entonces un «galleguito» ignorante y vivaracho, dotado de una extraordinaria energía, seguro de llegar a la fortuna más tarde o más temprano. Casi sin transición pasó del barco que le trajo a la casa de comercio de su paisano don José Rodríguez, donde fué ascendiendo, de sirviente a peón, de peón a dependiente, de dependiente a socio y a dueño por fin.

Todo eso allí, en esa misma casa, en aquella «pulpería» de campaña identificada en su persona. Allí penó, allí luchó, allí conquistó la fortuna, que fué la única novia de sus sueños.

Novia inconstante. Los años malos trajeron una situación difícil, viendose obligado a buscar un socio para salvarla. No salvó nada, la suerte le había dado la espalda y fué necesario vender, vender todo, abandonar aquella casa. La víspera había firmado la escritura, al día siguiente debía hacer entrega del negocio y partir...

¡Partir!... El derrumbe de su fortuna no impresionaba mayormente a don Manuel: tenía cerca de cincuenta años, era solo, era sobrio y con lo salvado le alcanzaría para pasar la vida; ¡pero salir de allí, abandonar aquella casa, en cáscara!... Eso era insoportable...

Pensando, pensando, una idea nació en su cerebro. Al principio la encontró absurda; luego le agradó. Le agradó tanto, que disipando instantáneamente sus tristezas, volvió a reconocer el salón y los objetos familiares. Bajo esa impresión fué a su cuarto, se acostó y durmió tranquilo.

Al día siguiente, después de haber hecho formal entrega del establecimiento al nuevo dueño--su socio don Pedro,--éste quedó pasmado al oir lo siguiente:

--¿Quiere tomarme de dependiente?

--¡Pero don Manuel!... ¿Es chacota?...

--Es serio.

--Francamente... no comprendo...

--¿No comprende que yo no podré vivir separado de estos cachivaches, privado de mis hábitos de casi cuarenta años, libertado de la cadena que de niño me soldaron al taquillo?...

* * * * *

Confesaba don Manuel que nunca había sido tan feliz como entonces, diestro y activo dependiente de cabellos grises, en la casa en que había sido patrón a los 30 años y dependiente a los 15.

LOS DÉBILES

Las negras agujas del viejo reloj marcaban las nueve de la noche y la campana las contaba con voz lenta y pausada.

Marcelina, que agobiada por las doce horas de incesante trajín se había quedado dormida sobre el banquillo junto al hogar, despertó sobresaltada.

Y en ese mismo momento abrióse la puerta de calle y penetró Servando, con el sombrero echado a la nuca, el busto erguido y taconeando recio. Esa actitud, unida a la brillantez de los ojos y el arrebolado del rostro bastó a Marcelina para convencerse de que su esposo había castigado fuerte en el café.

Bien que apenada, como siempre en casos análogos, por desgracia frecuentes, halló consuelo notando que en vez del habitual gesto adusto y atormentado, la fisonomía de Servando expresaba contento y jovialidad.

--¡Qué tarde!--dijo sin reproche,--la sopa estará fría y el asado seco.

--¡No importa, viejita! respondió él, abrazándola y besándola efusivamente. Me demoré en el bar por complacer a los muchachos, más bien dicho, por satisfacer a Paulino Salvatierra... ¿sabés?... el hijo del ricacho mendocino don Tiburcio Salvatierra... Hacía tiempo que no nos veíamos y...

--Espera un momento, que voy a servir la sopa.

A su regreso, Servando, sin hacer caso de la comida, prosiguió:

--Empezamos a charlar, recordando aventuras de muchachos, y entre cocktail y cocktail, entramos en el terreno de las confidencias. El me contó que había recibido la parte de la madre,--¡un Tupungato de moneda!... y que se iba a pasar cuatro o cinco años en Europa.--«El viejo,--me dijo,--quería que abriese estudio, pero a mí me repugna el papel sellado, y además, hermano, este Buenos Aires se está poniendo más aburridor que La Plata...» Y eso es verdad, ¿sabés?... Hoy no hay en todo Buenos Aires un sitio donde divertirse...

--Tomá la sopa que se enfría,--insinuó Marcelina.

El empujó el plato diciendo:

--¡Dejate de sopa de hospital!... Recién me acuerdo que traigo una caja de «paté de foie gras»... ¡Ah! tomá un cartucho de «marrons glacés» para tí y dos de bombones finos para los chicos. ¿Están durmiendo ya?...

--Seguramente... ¿Pero para qué has gastado en esas golosinas cuando nos están haciendo falta tantas cosas?... Hoy vino furioso el almacenero...

--¡Que se vaya al infierno el almacenero!... Ya se le pagará... que espere; y si no quiere esperar, se busca otro: no faltan almacenes en Buenos Aires!...

Ella, humilde, guardó silencio, y él prosiguió:

--Pues, como te decía, Paulino, después de contarme su situación y sus proyectos, me preguntó:--¿Y vos, siempre en las mismas taperas, siempre amojosándote en el periodismo!...

--Siempre,--le respondí.--¿Qué quieres que haga?

--Buscar otra cosa, moverte salir de la ciudad en busca de un porvenir, utilizar tu inteligencia en provecho propio en vez de hacerlo en provecho de los demás,--me aconsejó.

--Lo comprendo, respondí; pero ¿cómo? ¿en qué?

--Mira,--me dijo;--la fortuna está en la campaña. Si tanto bruto analfabeto amontona millones en pocos años, ¿cómo no podrá enriquecerse un hombre inteligente e ilustrado como vos, decime?...

--Sí, pero...

Se interrumpió Servando para servirse vino y al encontrar vacía la botella, exclamó con desagrado:

--¿No hay más vino?

--No; compré medio litro y te lo has bebido...

--¡Siempre la manía de comprar por medio litro!... dentro de poco compraremos por bordalesas... ¿Lo dudas?... Escucha: Cuando yo dije eso, Salvatierra me interrumpió para exclamar:

--¡Ya sé lo que has de decirme!... ¡Que se necesita capital, relaciones, crédito, etc., etc!... Bueno; vos sabés, hermano, que el amigo y el caballo son pa las ocasiones, y aquí estoy yo para darte una manito. Mirá, entre los bienes que me correspondieron por herencia de la finada mamá, hay una estanzuela, un soberbio valle en Uspallata... Yo no lo conozco, ni sé bien dónde está, pero me han dicho que es de lo mejor y puede producir un platal... ¡Te lo doy en sociedad y te adelantaré unos cuatro o cinco mil pesos para los gastos!... ¿Te conviene?...

--¡Cómo no me va a convenir, hermano!--exclamé.

--Bueno. Mañana a la una te espero aquí; tomaremos los aperitivos, almorzaremos juntos y arreglaremos todo... Por lo pronto, tomá un «canario», para festejar el acontecimiento...

--¿Qué te parece, viejita?... ¡Ese es un amigo!... Fijate a ver si está la chiquilina de al lado, que vaya a traer un litro de vino.

El amigo cumplió la promesa y poco después la familia partió para Mendoza. Iba Servando rebosando de entusiasmo, mas no así su compañera, quien estaba habituada a tales entusiasmos, siempre fugitivos.