Ranchos (Costumbres del Campo)
Part 3
Los árboles no se oprimen, y, a pesar de sus opulentas frondescencias, caen a sus plantas, en franja de luz, ardientes rayos solares que besan la hierba y arrancan reflejos diamantinos al montón de hojas secas. Hay allí sitio para todos; entre el césped corren alegres las lagartijas; en el boscaje centenares de pájaros inspiran amores en la puerta del nido; las mariposas de sutiles alas policromas vuelan libando flores, y allá, en la cinta de agua que parece un esmalte de nácar sobre el verde del bosque, saltan las mojarras de reluciente escama, cruzan, serpenteando veloces culebrillas rojas parecidas a movibles trozos de coral, y, de cuando en cuando, con rápido vuelo sigiloso un martín pescador proyecta su sombra, rompe el cristal con su largo pico y se eleva conduciendo una presa.
En una cálida mañana de diciembre, una joven, en cuclillas junto al agua, lavaba afanosamente. De tiempo en tiempo cesaba de refregar, sacudía las manos y se las pasaba por la frente a fin de quitar el sudor o volver a su sitio una mecha rebelde. Concluído el trabajo, la joven se puso de pie, hizo un lío con las piezas lavadas y se escurrió por un sendero hasta llegar a un playo, donde extendió las ropas, cantando bajito unas coplas maliciosas.
Luego quedó un rato indecisa, y al fin echó a andar hacia el fondo del patiecito. Cuando llegó a la arboleda arrancó una flor de ceibo, que puso entre sus labios tan rojos como la flor, y recostada en el árbol detúvose pensativa.
Oyóse a poco un crujir de ramas, y de súbito apareció en el playo un mocetón fornido, de tez morena, de simpático rostro. Iba con el sombrero en la mano, sujeto del barboquejo a manera de canasta, pues lo había llenado de frutos de _ñangapiré_, cubiertos por un gran ramo de margaritas. Ya cerca de la joven, tendió torpemente el brazo, ofreciéndole el ramo.
--Tomá.
Ella lo tomó y respondió contenta:
--¡Qué lindas!... gracias...
Y después, mirando el sombrero:
--¿Qué trais ahí?
Y sin darle tiempo para responder, metió la mano traviesa y tomó un puñado de frutas que llevó golosamente a la boca.
--¡Pitarigas!... ¡Qué lindas! ¿Dónde las ajuntastes?...
El mocetón, con el labio péndulo y la mirada embobada, se quedó mirándola.
--¿No me das esa flor?--dijo de pronto, refiriéndose a la de ceibo que la niña había dejado caer al suelo.
--¡Esa no!--contestó ella con viveza.--¡Es muy ordinaria!... ¡Tomá ésta!--y le ofreció un clavel blanco que llevaba en el pelo. El lo tomó con mano trémula y abrazándola con la mirada suspiró:
--¿De verdá me querés, Clota?
Ella lo miró fijamente, dando una expresión severa a su linda cara morocha y, lanzando una sonora carcajada, dijo:
--¡Qué cara de ternero enfermo que tenés!...
Palideció el gauchito; honda pena anubló su semblante, y entonces ella, acercándose, le echó los brazos al cuello y le dió un beso mordiéndole el labio hasta hacer brotar la sangre...
UN DESHONESTO
Hacía calor, sentí sed y me introduje en el primer bar que se ofreció a mi paso.
Era aquello una cueva larga, estrecha, obscura.
En los muros laterales, encerrados en marcos de color terroso parecían dormitar Thiers y Gambetta, Grevy y Carnot, con los rostros maculados por la indecencia de las moscas. Al fondo, remando sobre la anaquelería indigente que se encontraba detrás del mostrador, un espejo oval lucía su luna turbia protegida por un tul amarillo.
Me senté, pedí un chopp, y mientras bebía el inmundo brebaje, observaba el recinto.
En el fondo, cerca del despacho, estaba sentado un parroquiano. Aparentaba más de cuarenta años; la vestimenta, trabajada; la barba, canosa y sin aseo; el rostro, con residuos de inteligencia ocracio y demacrado.
Tenía por delante una copa de licor casi intacta, y entre sus dedos enflaquecidos, azulados, sostenía en alto un periódico. Simulaba leer. La mirada, turbia y vaga, parecía un riacho helado.
Aquel hombre me atrajo, quizá por su visible tristeza, quizá por su evidente penuria moral. No recuerdo con qué pretexto entablamos conversación.
Hablamos, es decir, él habló, contándome su historia. En la incoherencia del relato, en el ilogismo de algunos episodios, en la inverosimilitud de ciertos hechos, advertí que mentía, que mentía a cada instante, con la obstinación de un maniático, con la indisciplina mental de un beodo. Pero, en realidad, no mentía: inventaba para explicar con dolorosa sinceridad, las tribulaciones, las caídas y la bancarrota de su ser moral.
Más o menos suprimidas las digresiones, me dijo lo siguiente:
--Yo era huérfano y disponía de una fortunita. Era débil, necesitaba un apoyo, un sostén. Hallé una mujer que me gustó; ella gustó de mí: nos casamos. Modestos y económicos los dos, vivíamos muy bien con la escasa renta de mis bienes. A seguir siempre así hubiéramos sido felices. Pero los parientes de mi mujer, que eran ricos, comerciantes, se indignaron de que yo, siendo joven y fuerte, dejase transcurrir los meses y los años sin otra ocupación que cuidar mi jardín, vigilar las aves, jugar con los chicos y leer los folletines de los diarios. Al fin llegaron a convencernos--a mi esposa primero, a mí después,--que aquella existencia era indecorosa, que debía trabajar en algo.
«Debo advertir que yo no era haragán, no; no era haragán; pero era un inútil, sin iniciativa, sin energías, sin voluntad. Esa es la palabra, sin voluntad.
»Así se lo expliqué a mi esposa, agregando que me parecía cosa temeraria aventurar nuestro bienestar; pero ella me convenció de lo contrario, diciéndome que sus parientes encontraban deshonesto mi modo de vivir, y que debían tener razón, siendo personas serias.
«Me decidí. Realicé mi capitalito y fuí a pedir consejos a mis avisados parientes. El más competente de entre ellos--el más rico,--se expresó de este modo:
--La ciencia del comercio puede concretarse en cinco preceptos: 1.º No tener ningún vicio ostensible; 2.º No dejarse engañar por el vendedor; 3.º Engañar siempre al comprador; 4.º Pagar derechos de aduana solamente por la tercera parte de las mercaderías importadas; 5.º Explotar a los empleados pagándoles lo mínimum y exigiéndoles el máximum de trabajo posible.
«Más sencillo no podía ser. Pero yo era decididamente muy bruto. Creí en la sinceridad y en la honestidad comercial de los vendedores. No supe engañar al cliente; me repugnó el contrabando, pagué con largueza a mis empleados y... ¡claro!... me fundí.
«¡Me fundí!... Mis parientes le dijeron a mi esposa:
--¡Es natural! No sirve para nada.
«Y efectivamente, yo ya no servía para nada. La miseria invadió mi casa; las deudas me estrangularon. En esa situación, los honorables parientes vinieron a mi auxilio: recogieron a mi mujer y a mis hijos. Fueron buenos, no hay que negarlo. Mi mujer zurce los calcetines del marido, arregla los vestidos de su esposa, cuida de los chicos, vigila la servidumbre. Mis hijos... a mis hijos se les cuida para utilizarlos más tarde, conforme al quinto precepto del éxito comercial.
Dolorido, preguntéle:
--¿Y usted?
--¿Yo?--respondió amargamente.--Yo soy un inútil.
Bebió de un sorbo la copa de licor y mirándome con ojos vidriosos, con una mirada opaca de agonizante, agregó:
--¿Crée usted que si yo fuera algo, si hubiera en mí un resto de voluntad, si no me sintiera una pulpa muerta, habría aceptado la sangrienta caridad de mis verdugos?... ¡Yo soy un deshonesto!...
Al decir esto, sus ojos brillaron con rojos resplandores de fiera cautiva; y luego, agobiado por el esfuerzo, dejó caer la cabeza sobre el pecho...
Viejo conocedor de miseria, aproveché su ensimismamiento para alejarme, que colmadas de tristezas propias hállanse mis alforjas.
UN CUENTO
--Don Eulalio, cuente un cuento.
--¿Para qué?... Ya tuitos los que yo sé, los he contao. La bolsa está vacida.
--Invente. No es pa ofenderlo, pero siempre me ha parecido que la mitá de sus rilaciones son cosas que nunca jueron, porque por muchos años que lleve en las maletas y muchas cosas que haiga visto y óido, me parece a mí qu'en ninguna cabeza 'e cristiano se pueda apilar tanta historia.
--¿Te parece a vos?
--Me parece que la calavera es un corral chiquito en el que, ni apeñuscadas, caben tantas ovejas.
--¡Potranco mamón!... No te has dao cuenta de que la cabeza de una persona no es un corral, como vos decís, sino un potrero. Allí se crían, engordan y paren las ideas. Unas se van muriendo y se las sepulta: son los recuerdos, como quien dice los dijuntos. En los sesos pasa lo mesmo qu'en la tierra: arriba caben pocos, abajo no s'enllena nunca.
--Y los recuerdos retoñan.
--Como l'albaca...
--Arranque un gajo, viejo, pa perfumarnos esta noche qu'está más desabrida que asao de paleta...
--Ya dije: son cuentas del mesmo rosario.
--No importa: el rosario no aburre cuando tienen habilidá los dedos p'acortar los padrenuestros...
--Contaré entonces... Pueda ser qu'escarbando en la memoria encuentre un grano olvidao.
--¿Quiere un trago 'e giniebra pa facilitar el trabajo?
--Alcance. Siempre s'escarba mejor la tierra ricién mojada... ¡Es juerte esta giniebra!
--Marca Chancho.
--Como chancho se queda, dejuro, el que se zambulla hasta el fondo el porrón...
--Pero usté es nadador...
--¡Como nutria!... En una ocasión m'echaron en un bocoy de caña y quedé boyando tres días...
--¿Y al cuarto día?
--Hice pie; se había secao el bocoy.
--¡Usté es capaz de secar el Río de la Plata!...
--¡Eso no, m'hijito!... Si juese de caña u de giniebra, no digo; pero, el agua me hace mal... Pucha, si por una casualidá llego a tomar un trago de agua, me corcovea en las tripas y p'asujetarlo tengo que hacerlo ginetear por un ginebrón marca...
--¿Chancho?...
--Cualquiera que tenga garrones juertes... Alcanzá el porrón...
--¿Tragó agua?
--No; pero al mentarla nomás se me ladea el recao.
--Bueno y ¿va largar?
--¡Esperate!... ¿Vos no sabés que a parejero viejo hay que calentarlo en partidas pa desentumirle las tabas?... ¡Qué vas a saber!... Los muchachos de áura parece que nacieran casaos, con suegra y todo y son más inorantes que un dotor de la ciudá... Allá en el tiempo de antes, cuando yo encomenzaba a echar los cormillos... ¿Che vos, Atañasio, vos te debés di acordar?
--¡Hum!
--Vos debés ser del año... ¿De qué año sos vos?
--¡Hum!... No... mi... a... cuerdo...
--¡Dejuro! Es negro Atañasio: los negros son igual que los yatays; como nadie los planta no pueden saber cuándo nacieron ni cuántos años tienen.
--¿Nunca contastes los años que tenés?
--Hum... Nunca no conté, no...
--¡Correntino bagual!...
--¿Por qué?... Los años que uno ha vivido y las deudas que ha hecho, nunca se deben contar. ¿Pa qué?... Contándolos, ni los años ni las deudas se borran...
--¿Y usté, don Eulalio nunca cuenta sus años?
--¿Pa qué?... Ni siquiera he contao nunca la plata que siempre se jué de mi bolsillo al cajón del pulpero.
--¿Y las deudas?...
--¡Avisá!... ¿Qué paisano es capaz de contar las estrellas?...
--¿Tiene muchas?
--¡Como mucho!... Si cada una juese un novillo, no caberían en los campos que supieron tener los Anchorenas... ¡Alcanzá el porrón!... ¡Se apagó el candil!...
--¿Y el cuento?
--¿Qué cuento?
--El que iba a contar.
--No lo conté pero lo hice. Tomá el porrón; esta noche v'hacer frío; lo enllenás de agua caliente y se lo ponés a tu mujer en los pieses... ¡Asina puede que te deje dormir tranquilo!...
POR CULPA DE LA FRANQUEZA
Era la trastienda de la pulpería una amplia habitación con los muros bordeados hasta el techo por estiba de pipas y cuarterolas, barricas de yerba y sacos de harina, fariña y galleta.
En medio había una larga mesa de pino blanco y, a su contorno, supliendo sillas, cuatro bancos sin respaldos. Una lámpara a kerosene, con el tubo ennegrecido y descabezado, echaba discreta claridad sobre la jerga atrigada, que servía de carpeta. Una botella de caña, seis vasos, un plato sopero y un mazo de naipes sin abrir, esperaban a la habitual concurrencia de la tertulia del almacén.
Esta estaba constituída por el pulpero, Don Benito,--jugador famoso delante del Señor,--y cuatro o cinco hacendados del contorno, que yendo a pretexto de recibir su correspondencias,--porque la Pulpería del Abra era a la vez posta de diligencias y oficina de correos,--quedaban a cenar y luego a «meterle al monte», hasta que el día dijera «basta».
Y la reunión de aquella noche era excepcional, pues a los «piernas» habituales, se habían reunido tres mocitos «cajetillas bien empilchados», que venían de Paraná y habían tenido que hacer noche en el Abra, a causa de un «peludo difícil de cavar», encontrado en el camino por la diligencia del rengo Demetrio.
Convidados para el «trimifuquen», discretamente, don Bonifacio, viejo cachafaz que decía: «Todo lo que debo lo he ganado en el juego»--y no filosofaba mal;--dos de los forasteros miraron al tercero, el más joven, una personita que parecía no ser nada, pero que parecía ser más que ellos, por tener más dinero. El asintió.
Se sentaron. Don Bonifacio tomó la banca.
--Dos diez pa principio... ¿Es poco?... Primero se enciende el juego con charamusca; dispués s'echan los ñandubayses...
--Poca pulpa, pa tanto hambriento,--objetó uno de los presentes; y el viejo, revolviendo el naipe, respondió:
--No te apurés, muchacho; es el churrasco p'abrir l'apetito; en dispués vendrán los costillares. ¿Qué le parece don?--agregó dirigiéndose al forastero.
--Me parece que el churrasco es ruin.
Y como en ese momento el viejo había dado vuelta un tres y un siete:
--Copo al siete,--dijo.
--Me doy güelta por el siete... y con mucho cuidao, porque le tomo mal olor al apunte... Sota... Un cuatro bagual... ¿De qu'es su siete? ¿De oro?... Aquí viene un martillo... Y pinta raya corrida... ¡Si se rumpe la achura!... ¡Se le rompió aparcero!... ¡El tres de copas!...
--Está bien,--respondió sereno el mozo y puso los siete pesos de la apuesta. Don Bonifacio siguió mezclando las cartas.
--¿Vicio, don?... Si agrandó la nidada. Est'es churrasco 'e bofe: cuanti más se cocina más s'infla.
--Pero al cortarlo se güelve nada.
--¿Y quién lo corta?... Un sais y un rey. ¿A cual le meten?... Meta no más sin miedo, don...
--Copo al rey...
¡Claro! Siendo 'e la ciudá le pagan al ray!... Pero en tiempo 'el durazno, me... rio 'e la pera, y en país de república los reyes no dentran ni placé, siquiera... Vea... Una, dos, tres... abajo este cinco, el sais... ¡Ahí está el sais!... S' hicieron ochenta. Va creciendo el arroyo.
Durante una hora la partida continuó, siendo constantes perdedores los tres forasteros. A las tres de la madrugada se hizo un alto para comer el puchero de gallina que había hecho preparar el dueño de casa.
En el intervalo, don Bonifacio contó la ganancia. Había ochocientos noventa pesos.
--Ochenta y nueve pa las velas,--dijo don Benito; y apartó la suma.
--Y cuatrocientos pa mi,--dijo un señor hosco y barbudo que todo el tiempo se lo había pasado mirando jugar y bebiendo caña.
--Güenas cuentas, güenos amigos,--habló el tallador distribuyendo el dinero.
Y entonces el joven forastero, que no parecía afectado por la pérdida, preguntó:
--¿No tienen miedo de que la autoridad los sorprenda?
El viejo se echó a reir.
--¡Que vamo tener miedo!... L'autoridá es güena... El señor--y designó al hombre de la pera negra,--es el comisario y nos deja divertirnos...
--¡Ah! ¿Usted es el comisario de la sección?
--¡Ya lo creo, qu'es el comisario!--respondió don Bonifacio; y el otro, altivo:
--Soy el comisario, soy... ¿Qué le duele?...
--¿Usted es el comisario?
--¡Claro qu'es el comisario! intervino con violencia el viejo.--¿Y si no juese el comisario, iba a cobrar la coima?... ¿Y usté quién es, pa priguntar como maistro?...
--Soy el nuevo jefe político,--respondió tranquilamente el joven.
Y don Bonifacio, empalideciendo súbitamente se echó al buche un trago de caña y exclamó hipando:
--¡Aura si que la... embarré!... ¡Metete a ensillar ajeno sin averiguar la marca!...
LA LIBERTAD DEL CIMARRÓN
Floro Niz regresaba a su ranchito en la tibiedad adorable de un sereno crepúsculo otoñal.
Su ranchito de paja y totora, semioculto entre un grupo de talas espinosos, a orillas de un plácido arroyuelo, ostentaba al frente un gran ceibo que en las primaveras tendían sobre la puertecita de entrada, regio cortinado escarlata.
Era un nido agreste, digna morada de Floro Niz, el gauchito trovero, calandria humana que iba de pago en pago y de rancho en rancho desgranando las notas sentimentales de sus cantos.
Mientras él afectaba sus giras triunfales de rapsoda ablandando hasta los pechos de pedernal con las lágrimas cálidas de sus canciones, cuidaba el nido Bebé, su linda compañera, de piel de bronce, de cabellera negro-azulada como el plumaje del morajú, de ojos más oscuros que el fondo de una cachimba, de labios que parecían teñidos con la sangre del fruto del ñangapiré, de dientes menudos y blancos como el nácar de las escamas de las mojarras.
Era Bebé una estatuita tallada en cerno de coronilla; y su alma era buena como la torcaz, sensible como la caicobé, y al mismo tiempo altiva como el cardenal de la selva y el chaja de los esteros.
Era tan buena que hasta los yuyos la querían: alrededor de la casita, el trébol y la gramilla se emulaban en formar una mullida alfombra y se estremecían de gozo cuando al alba, los piececitos desnudos de la morocha, más que hollarlos, les producían la voluptuosa sensación de una caricia...
Era en un encantador atardecer de otoño. Al descender del caballo, Floro fué recibido en los brazos de su amada, quien lo besó frenéticamente en la boca y en los ojos.
--¿Te jué bien, mi pajarito?
--Me jué lindo, mi chingola...
Penetraron en el rancho. El puso sobre la mesa sus maletas y empezó a vaciarlas.
--Mirá, prenda: te truje este corte 'e vestido... ¿Te gusta? ...
--¡Es precioso!... ¿Sabés lo que parece?... Las flores del camalote reflejadas en la laguna... ¡Qué lindo!... ¡Dame un beso, pajarito!
--Tomá.
--¡Dame otro!...
--Tomá...
--¡Dame un montón tuitos juntos!
--¡Estás pedigüeña!
--Dejuro... ¡hace más de un mes que no como _almibara_!...
--Chupá, que tuito el camuatí es tuyo...
--Contame cómo te jué.
--Lindazo... Mejor que nunca. Fijate que anoche, cuando estaba cantando en la pulpería de Fernández aquel estilo que a vos te gusta tanto: «Será muy linda la Uropa,--será muy sabia su gente»… un paisano viejo, con los ojos llenitos de agua, se abrió cancha entre el genterío pa venir a abrazarme, tuvo la disgracia de darle un pisotón al sargento, y el sargento le acomodó un mangazo por la cabeza y lo largó contra el suelo.
--¡Qué bruto!...
--Eso mismo dije yo y le sumí la daga en la panza del indino.
--¡Ay, Floro, lo que has hecho!...
--Una güena asión.
--¡Pero te van a prender!
--¿Por qué? Yo no tengo delito. ¡Sería güeno que lo metiesen en la cárcel a quien apuñalea un perro que lo agarra a tarascones a un pobre viejo!... ¿Hice mal?...
--¡Hiciste bien!--exclamó ella colgándose del cuello.--¡Dame un beso!...
--¡Tomá tuitos los que quieras, mi Bebé querida!... Pa vos, mi boca es un manantial de besos y no tengás miedo de que se agote…...
En ese momento, y como asociándose al banquete amoroso, un «cimarrón», encerrado en pequeñísima jaula, rompió en un redoble orgulloso.
--¡Mi Chichí!--exclamó conmovido el trovador.--Traemeló, prenda... Tanto te quiero a vos que me olvidé del pajarito a quien quiero tanto!...
La cena iniciada alegremente fué interrumpida por la llegada bulliciosa de la policía…...
* * * * *
Con cuatro años de cárcel tuvo que pagar Floro su noble gesto de justiciero. Al regreso encontró que todo estaba igual: el nido, los claveles del aire que vivían en los talas y los fraganciosos claveles que Bebé cuidaba con esmero en los tiestos, bajo el alero del rancho.
Todo estaba igual, hasta Bebé, idéntica en su cariño, aunque algo ofendida la tersura del rostro y el brillo de los ojos, por tanto sufrir y tanto llorar.
Todo estaba igual; el cimarroncito, dorado como una pepita de oro, rompió a cantar, más armonioso y sentido, cual si en la ausencia del buen amo se hubiese empeñado en perfeccionar su arte.
--¡Mi pobrecito amigo!--exclamó el trovador, sacando de la jaula diminuta a su émulo. Lo besó en la cabecita, en los ojos inteligentes, en el piquito sonoro, y luego, abriendo la mano exclamó:
--¡Andate, queridito, andate!... ¡Yo he probado la cárcel con menos delito que tú, y las amarguras sufridas me hacen comprender las tuyas!... ¡Andate, pajarito querido! ¡Andate, recupera tu libertad!...
DE CUERO CRUDO
Tarde de otoño, cielo gris, ambiente tibio, fina, intermitente garúa.
La peonada, sin trabajo, está reunida en el galpón. Cuatro, rodeando un cajón que tiene por carpeta una jerga, juegan al «solo», por fósforos.
El chico Terutero ceba y acarrea incansablemente el amargo.
En otro grupo, el viejo Serafín, Santurio y dos o tres peones más, iniciando cada uno relatos que morían al nacer porque no interesaban a nadie.
--Con este tiempo malo,--dijo el viejo--m'está doliendo la «estilla» izquierda... Me la quebraron de un balazo cuando la regolución del finao López Jordán y...
Uno interrumpió:
--¡Ya lo sabemo!... ¡Puchero recocido, ese!...
Calló el viejo, cohibido, y Paulino intentó meter baza:
--Ayer vide en la pulpería del gallego Rodríguez un poncho atrigao, medio parecido al que lleva el comesario, y m'estoy tentado de comprarlo ¿A que no saben con cuánto se apunta el gallego?... Se deja cáir con...
--¿Y a los otros qué se los importa, si no los vamo a tapar con él?--sofrenó Federico.
Algo alejado del grupo, Juan José tocaba un estilo en la guitarra.
La mujer que a mí me quiera Ha de ser con condición...
--La mujer que a vos te quiera,--interrumpió Santurio,--ha de ser loca de remate.
--Ha de encontrarse cansada de andar con el freno en la mano sin encontrar un mancarrón qu'enfrenar...
--Vieja, flaca y desdentada...
--¡Y negra... noche l'espera!...
Juan José, impasible, continuó su canto:
A la china más bonita del pago del Abrojal, le puse ayer con mis labios un amoroso bozal...
--Miente... nao... no vino tuavía...--dijo maliciosamente el viejo Serafín.
Juan José, amoscado, apoyó la guitarra en el muslo, y encarándose con los del grupo, interrogó:
--¿Pa qué ráir?... Unos porque entuavía no han emplumao, y otros porque ya de viejos se les cáin las plumas, coligen que yo no he de encontrar árbol ande rascarme... Pues güeno: sepan que me via'casar.
--De los pelos... del chancho no se hacen más que cepillos,--replicó Federico.
Juan José sofrenó un impulso de acometer con frase ruda, y cambiando de ritmo entonó una vidalita:
Ayer me dijiste: Vidalita, ¡Todo concluyó! Desde hoy no existe Vidalita, ¡Nada entre los dos!... Pero te ha engañado, Vidalita, Tu hábito falaz: Beso que yo he dado Vidalita, ¡No se borra más!...
--Eso está lindo,--dijo don Serafín.
--Siendo verdá es lindo, siendo mentira es gozo,--completó Santurio.
--Lo lindo siempre es mentira--replicó Federico.
--Y como la mentira siempre es fiera,--razonó el viejo,--viene a cáir que lo lindo es fiero... ¡Sos animal!...
Federico sonrió con indulgencia y dirigiéndose a Juan José:
--¿Y con quién te pensás casar, hermano?...
--Con Luisa,--respondió serenamente el mozo.
El otro rió:
--¿Con mi novia?
--La mesma.
Con voz que se esforzaba en aparecer tranquila, Federico replicó:
--Para enebrar esa auja, carecen dos sercustancias: una, que yo te la dé; otra, qu'ella te quiera, y dispués del poco caso qu't'hizo ayer abrazándome en tu presencia debés estar albertido...
--Sos vos, quien debía estar albertido, si conocieras más mejor las arterías de las mujeres. Que te prefiera para marido, aceto; pero, si entuavía no l'estuviese quemando la boca la marca de mis besos, no habría hecho eso, que no es más que desimulo pa embobarte mejor... Y la prueba es que una hora dispués se me vino refregando como perra mimosa y me ofreció los labios...