Ranchos (Costumbres del Campo)

Part 2

Chapter 23,938 wordsPublic domain

--Rigularcito--respondió con modestia don Cupertino; y mientras arreglaba el cuero, preguntó observando uno recién estirado.

--¿Y este, padre?

--Es el de don Brulio.

--¡Canalla!--exclamó en el colmo de la indignación.

--¿Cume canalla?...

--¡Pero sí, padre!... ¿No ve las orejas?...

--¡Sicuro!... Tiene orecas come tudos los corderos...

--¿Pero no ve la señal?... ¡Punta e' lanza en la izquierda, sarcillo de arriba en la derecha!... !Mi señal!...

El fraile quedó asombrado.

--¡Ma si cuesto e vero, e propio un canalla!...

El cura continuó manifestando su indignación, mientras don Cupertino observaba uno por uno los cueros apilados. Había cincuenta y ocho: tres de su señal, veintiseis de distintas señales de linderos y veintinueve señal de don Braulio. Porque él, don Cupertino, sólo le robaba a don Braulio. Quedó satisfecho, y cuando el cura le dijo:

--Que hay qui denunciarle a la justicia a cuesto porcaccione--él contestó humildemente:

--No padre. ¡Por tan poca cosa! Cristo manda perdonar, ¡yo perdono!...

Don Tadeo miró el cordero gordo, se le hizo agua la boca y exclamó emocionado:

--¡Qui santo varone!...

TRIPLE DRAMA

Estaba obscureciendo cuando don Fidel regresó de su gira por el campo. Los peones que mateaban en el galpón y lo vieron acercarse al lento tranco de su tordillo viejo,--ya casi blanco de puro viejo,--observaron primero el balanceo de las gruesas piernas, luego la inclinación de la cabeza sobre el pecho, y, conociéndolo a fondo, presagiaron borrasca.

--Pa mí que v'a llover--anunció uno.

--Pa mí que v'a tronar,--contestó otro; y Sandalio, el capataz, muy serio, con aire preocupado, agregó:

--Y no será difícil que caigan rayos.

Casi todos ellos, nacidos y criados en el establecimiento, casi todos ellos hijos y nietos de servidores de los Moyano, conocían perfectamente a don Fidel.

Grandote, panzudo, barbudo, tenía el aspecto de un animal potente, inofensivo para quien no le agrediera, temible para quien se permitiese fastidiarlo.

Fué siempre liso como badana y límpido cual agua de manantial. Habitualmente, recias carcajadas hacían estremecer el intrincado bosque de sus barbas, como se estremecen alegres los pajonales, cuando en el bochorno estival, la fresca brisa vespertina, mojada en agua del río, hace cimbrar con su risa las lanzas enhiestas, enclavadas en el cieno del bañado.

Empero, al llegar a la cincuentena, cuando murió su mujer de una manera trágica y algo misteriosa, el carácter de don Fidel cambió en forma sensible.

Normalmente era el mismo de antes, bondadoso y justo, severo, pero ecuánime; mas, de tiempo en tiempo y sin causa aparente, tornábase irascible, violento y atrabiliario, lanzando reproches infundados y sosteniendo ideas absurdas, al solo objeto de que los inculpados se defendiesen, o los interpelados le contradijeran, para exacerbarse, montar en cólera y desatarse en denuestos y amenazas.

Pasada la crisis, volvía a ser el hombre bueno, más suave que maneador bien sobado y bien engrasado con sebo de riñonada.

Las gentes de la estación lo conocían bien; y dado que, aparte de quererlo y respetarlo y temerlo, encontraban mucha ventaja en su servicio, sabían «hacer el perro»--callar y agacharse,--cuando tronaba en lo alto.

Don Fidel descendió del caballo dentro de la enramada, y al volverse se encontró con Felisa, su sobrina y ahijada, quien, juntando las manos, imploró humildemente:

--¿La bendición, padrino?...

El la miró; trató de corregir la aspereza de su semblante y dijo:

--Dios l'haga una santa.

Entre estas dos frases rápidas, un peón había acudido y tomado la rienda del caballo, mientras otro, no menos solícito, desprendía la sobrecincha y se apresuraba a desensillar.

Don Fidel rabió con aquella solicitud que le impedía estallar en reproches; pero se contuvo, y entregando a Felisa la escopeta que llevaba en la mano, le dijo:

--Llevá p'al cuarto; y tené cuidao qu'está cargada con bala.

Ella tomó el arma, dió vuelta, anduvo un paso y volviéndose interrogó con voz de inocencia:

--¿Los dos caños están cargaos con bala?

--¡Los dos!--respondió con aspereza el viejo; y luego, por natural sentimiento de bondad, agregó dulcificando el acento:

--Tené cuidao...

Ella se fué hacia las habitaciones de la estancia, y don Fidel penetró en el galpón. Un peón le ofertó de inmediato un «amargo» que el estanciero, con el gañote seco, aceptó. Tomando un banquito, se sentó, en la rueda, cerca del fogón. Y mientras chupaba el mate, dijo:

--Anduve recorriendo... En el bañao de las cruces encontré una vaca bragada, muerta y medio podrida, sin sacarle el cuero...

--Yo la vide, patrón,--respondió el capataz;--murió de grano malo y por eso no mandé cueriarla...

El estanciero, sin dignarse mirar ni responder al descargo de su subalterno, continuó:

--En la majada del Bajo Chico vide sinnúmero de ovejas señal horqueta del vasco Ismendi.

Pacíficamente, el capataz explicó:

---Jué un entrevero causao por la lluvia el domingo, que voltió un lienzo 'e alambrao y pa fin de apartar yo le he dao rodeo a Ismendi mañana a las cinco 'e la mañana...

Don Fidel hizo como si no hubiera oído el descargo de su administrador, por quien experimentaba una hostilidad que en vano intentaba disimular. Y dijo con sequedad:

--¡Debía haber empezao por componer el alambrao!

Generalmente, el viejo mayordomo dejaba sin réplica las acusaciones del patrón; pero aquella tarde parecía tener empeño en avivar su mal humor contradiciéndole.

--No compuse, patrón, porque el bajo, como habrá visto, está lleno de agua; y no se puede estirar alambre con postes plantaos en el agua...

Humillado con la lógica del capataz, don Fidel cogió la limeta y apuró un grueso sorbo de «caña».

El viejo Sandalio sonrió irónicamente, dejando ver a través de las hebras escasas y ásperas de sus bigotes griseos, las negras encías, desprovistas de dientes. Pocas veces bebía el patrón, pero cuando había pegado un trago, era insaciable. Satisfecho, el capataz aprovechó la coyuntura de que don Fidel la emprendiera violentamente con uno de los peones, para escurrirse en silencio.

Sigilosamente cruzó el patio, rodeó «las casas» y se fué hasta la barra de eucaliptus que defendían de los vientos bravos del este y del sud, la cabecera de la huerta de frutales.

Allí, vuelto detrás del membrillar que crecían entre los eucaliptos, se encontró a Virginio Moyano, su sobrino.

Ahorrando frases inútiles, el viejo preguntó secamente:

--¿Estás pronto?

--Sí,--respondió el mozo--; tengo ensillao, pa mí, el tordillo negro qu'es capaz de galopiar treinta leguas de un tirón, y pa ella el bayo batea, que no se cansa nunca y de un andar qu'es como hamacarse en un sillón.

--Güeno. Estén alpiste y cuando sintás un tiro, monten a caballo y claven la uña... ¡Adiós!...

--¡Adiós, tío!

Se abrazaron y el viejo empezó a andar hacia el galpón. Iba contento. Chita, la hija de don Fidel, y Virginio, su sobrino, se amaban. Pero el patrón, a quien se le había puesto entre ceja y ceja que Chita no era hija suya sino de Sandalio, no sólo había «espantado» a Virginio, sino que se había dispuesto a cazarlo; y para eso salía todas las tardes con la escopeta cargada a bala, sabiendo que el mozo rondaba por las inmediaciones.

Don Fidel odiaba a Sandalio, su viejo amigo, y compañero, su eficaz cooperador en la construcción de su fortuna; y lo odiaba tanto más, cuanto que, convencido de su infidelidad, carecía en absoluto de pruebas materiales de su traición y evitaba la querella por miedo al ridículo.

Enterado de todo, el capataz, resolvió salvar a los jóvenes proporcionándoles la fuga. ¡Después... lo que Dios quisiera!... Su acción era justa, bien que la empañase una pequeña nube: Virginio había seducido a Felisa, la sobrina del patrón, abandonándola con un hijito en los brazos, la deshonra en el rostro y la desesperación en el alma... Pero... la vida es así. Las yerbas que mueren dan alimento a las yerbas que nacen. Cuando un cariño se seca, nadie puede obligar a la tierra que permanezca estéril, que no germine otra semilla, que no críe otra planta, que no expanda otra flor...

Y cuando el capataz entró en el galpón y se acercó al fogón, pudo observar con contento, que la botella de caña estaba casi vacía y que los ojos de don Fidel brillaban excesivamente.

Incorporado a la rueda, le alcanzaron un mate; pero apenas había chupado un sorbo, cuando lo arrojó, y levantándose bruscamente, exclamó:

--¡Jué pucha!... ¡La comadreja ladrona e gallinas!...

Desenfundó el revólver que llevaba al cinto e inclinado el cuerpo avanzó con precauciones hacia el fondo obscuro del galpón, donde estaban amontonados cajones vacíos, útiles de labranza, cachivaches de toda clase.

--Ahí está--gritó el viejo haciendo fuego sobre un sujeto imaginario.

Los tertulianos, con el patrón a la cabeza, se acercaron.

--¿Pegó?

--¡Seguro que pegué!... Puay no más debe estar...

--¡Ni plumas de comadreja!... ¡Sandalio ya no tiene ni vista ni puntería!--expresó irónicamente don Fidel.

Y Sandalio, con ironía:

--¡Pasencia!... Cuando se tiran dos tiros al mesmo tiempo, no se pueden acertar los dos...

En ese mismo momento llegó hasta el galpón el estampido de un tiro que parecía venir de la valla de eucaliptus. Todos corrieron hacia allá y se encontraron con un cuadro tan inesperado como desconcertante.

Virginio, hincada en tierra una rodilla, sostenía entre sus brazos el cuerpo inanimado de Chita, todo bañado en sangre. A unos pasos de allí, recostada a un eucaliptu, Felisa, cuyo rostro expresaba contento feroz, tenía en su mano la escopeta, humeante aún.

Don Fidel y Sandalio se abalanzaron al mismo tiempo sobre la joven moribunda. Pero el capataz llegó primero y la arrancó de los brazos de Virginio, y besándola frenéticamente, exclamó:

--¡Hija mía!... ¡Adorada hija mía!...

El estanciero detuvo el movimiento de sus brazos. Se replegó sobre sí mismo y con una voz tan amarga cual si le hubiesen reventado en la garganta una vejiga de hiel, díjole:

--¡Ah! ¡Tu hija!... ¿Te denunciás al final, traidor de amigos, ladrón de honras?...

Y con un gesto rápido, sacó el revólver, lo aplicó a la frente de Sandalio y le hizo saltar los sesos.

FLOR DE BASURERO

Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos temiendo alguna crueldad extraordinaria.

Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el establecimiento.

Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.

Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les deja la voracidad de los yuyos.

Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía, su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa, justificaban el menosprecio general de la población de la estancia.

--A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,--decían de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería brutal casi siempre.

Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su físico una repentina y radical transformación.

Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la expresión, huraña y agresiva.

--Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi linda,--expresó un peón.

--Pero sigue siendo dura de boca,--dijo otro.

Con la transformación, en vez de mejorar empeoró la suerte de la muchacha. Los mozos, altamente desdeñados en sus galanteos, redoblaron las groserías de sus injurias; las compañeras que antes la martirizaban por fea y por débil, unieron la envidia al haz de la malquerencia.

Para colmo de las adversidades, doña Sabina, la patrona, se puso a la cabeza de la conjura. Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba despóticamente en la estancia y todas las voluntades se rendían ante la suya, porque todas sabían que aquella alma egoísta y cruel, era inaccesible, no sólo a la piedad, sino también a las reclamaciones de estricta justicia.

Ana mereció que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud; y cuando el patrón interponía, tímidamente, su escasa influencia en favor suyo, la señora se contentaba con aumentar la violencia del pellizco o del tirón de las mechas.

Empero, al convertirse en moza apetecible la insignificante chiquilla, la iracunda señora no admitió ya la bondadosa intervención de su débil esposo. Diez años mayor que éste, doña Sabina lo tenía brutalmente esclavizado con sus celos, hasta el punto que el pobre hombre no se atrevía a levantar la vista delante de ninguna mujer, joven o vieja, linda o fea. Y aún así no escapaba al diario diluvio de violentas recriminaciones y de improperios con que lo azotara su consorte.

Desde entonces la más leve falta cometida por Ana era castigada con inaudita severidad y en medio de los más rudos apóstrofes.

--¡Sin vergüenza, arrastrada, flor de basurero!... ¡Andá pedirle ayuda a tu protector, el puerco de mi marido!...

El marido no solamente no volvió a interceder en favor de Ana, sino que esquivaba su presencia y rarísima vez le dirigía la palabra. Precauciones que, por otra parte, en nada hicieron disminuir la furia celosa de su mujer.

El cambio no impresionó,--en apariencia, al menos,--a la huérfana. Su resignación y su humildad se mantuvieron iguales que antes. En apariencia, porque un observador sagaz hubiera advertido en sus ojos ciertos fugitivos destellos de rencor concentrado y de voluntad disimulada.

Una mañana, a raíz de formidable rabieta, doña Sabina cayó fulminada. Su muerte produjo en todos los seres del establecimiento una impresión de alivio, de liberación. La alegría, prescripta durante la tiránica dominación de la harpía, reapareció en la estancia. Hubieron de nuevo cantos y risas y expansiones. Hasta don Andrés sintióse rejuvenecido de diez años. Tras veinte años de esclavitud, experimentaba imperiosa necesidad de amor, de afectos, de caricias. Sus consideraciones y simpatías por Ana se extremaban día a día, hasta el punto de que una vez el viejo capataz don Sandalio le observó respetuosamente:

--¡Tenga cuidao, patrón!... Las piedras de arroyo son refalosas...

El no pudo impedir el rubor y respondió intentando justificarse:

--Lo que yo hago por esa muchacha es de lástima y también porque me remuerde la consensia no haber tenido coraje pa defenderla de las injusticias de la finada.

--¡Tenga cuidao, patrón!--volvió a advertir el viejo.--Las flores de basuras tuitas son venenosas.

Pocas semanas después, el capataz decía en rueda de fogón:

--Maliseo que no v'a pasar un año sin que tengamos nueva patrona; y esta v'a ser pa nosotros diez veces pior que la dijunta, a quien Dios haiga perdonao...

Y así fué. La despreciada y aporreada güachita se instaló en la casa como «patrona». Sin violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso tales vejámenes y tal abrumador recargo de trabajo a todo el personal de la casa, que uno tras otro tuvieron que marcharse. El patrón, enceguecido por un amor casi senil, justificaba aquella dictadura mansa y suave, para él infinitamente más soportable que la dictadura brutal del sargentón fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, hasta las continuas infidelidades de su esposa, realizadas sin recato alguno. Con ruegos, con súplicas humillantes, había conseguido salvar a Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero llegó el momento en que la dominadora ordenó su sacrificio. Don Andrés tuvo que ir a comunicarle la sentencia, diciéndole, con los ojos llenos de lágrimas:

--Mi pobre viejo...

--No diga más patrón,--interrumpió don Sandalio;--hace tiempo tengo prontas las maletas y si antes no me juí, jué por no dejarlo a usté de un modo abandonao...

--¡Quién había'e decirme,--gimió don Andrés,--que tuitas mis bondades habían de tener ese pago!...

--Yo se lo dije, patrón y usté no quiso oirme: los duraznos nacidos en el basurero tienen flor linda, pero el fruto siempre es agrio...

P' HACERLO RABIAR AL OTRO

--Me vi' a dir.

--¿P' ande?

Pa cualisquier pago que tenga arroyos ande uno pueda arrojarse...

--¿Tenés ganas de augarte?

--...o campos fieros, con serranías o cangrejales que permitan quebrarse el pescuezo de una rodada!...

--¡La pucha!... Sabe aparcero qu' está más fúnebre que cajón de difunto?... ¿Qué le acontece?.. ¿Carnió a lo gringo y cortó la vegiga de la yel?...

--¡Cuasi asina!... ¡De la res qu'he carniao, tuitas las tripas me resultan tripas amargas!...

--¿Y d' ahí?... El remedio está acollarao con la enfermedá: deje las achuras pa los perros y meriende los costillares y la pulpa...

--¡Si la res que carnié no tiene más que achuras!...

Esta última frase la pronunció Trifón con tal acento de amargura y de descorazonamiento, que su amigo Silverio, condolido, cambió de tono y exclamó afectuosamente:

--Estás desagerando, muchacho... Por ruin que sea la lonja, ningún lazo se rompe de la primera enlazada... ¿Qué te pasa para ponerte blandito asina?...

--¡Que m' ha de pasar!... Usté lo sabe bien.

--Carculo no más... Yo no he dentrao al rancho 'e tu alma pa saber si la cama está renga.

--No carece dentrar al agua pa saber qu' el arroyo está de nado.

--Sí; cuando se tiene seña. En el paso chico del Auspon, pu' ejemplo, yo sé que cuando l' agua llega al primer ñudo del sauce viejo de la derecha, moja las verijas del mancarrón, y cuando sube hasta la horqueta, baña el lomo... Eso sé, porque lo vide sinfinidad de ocasiones... Pero en tu caso...

--Mi caso es más claro entuavía,--respondió violentamente Trifón. Y echándose sobre los ojos el chambergo, se fué de la enramada.

Silverio, gaucho maduro ya, lo miró partir con lástima, sacudió la cabeza, sacó la tabaquera y mientras armaba un cigarrillo, exclamó:

--¡La gran mucha!... ¡Parece mentira que unas náguas maneen más que unas boleadoras!... ¡Es bicho zonzo el hombre!... Güeno... a sigún. Lo qu' es a mí, cualquier día mi hacen dentrar en corral de ovejas mariandomé con jarabe 'e pico... ¡Mucho tiene que llover pa que gotée el techo de mi rancho!...

Tras el soliloquio, tomó el mate, le dió vuelta a la cebadura, quitó los palos, «encieló» un poco y se puso a cimarronear solo. Siempre había estado solo, él. ¿Por qué?... No lo buscaba, pero siempre ocurría así. A la hora de la comida, o llegaba antes que los otros o llegaba después que los otros, y tenía que comer solo. A la hora del mate pasaba lo mismo. En los trabajos de campo, en las recorridas o en las recogidas, siempre ocurría lo mismo: a él le tocaba quedar solo.

Pero como era muy bueno y muy simple, jamás se preocupó por ello, ni encontró motivo de amarguras. Por lo único que hubiera podido disgustarse era por su afición a «pensiar»; pero por eso mismo lo subsanaba hablando solo continuamente en voz alta lo que le había valido el apodo de «el loco Silverio».

Y a Silverio no le importaba un fósforo todo eso. En realidad, nada le importaba. Para él, lo mismo era una picana de vaquillona que un cogote de novillo, igual un flete escarceador que un matungo tropezador, de esos que van «arrancando macachines» y que a lo mejor se vuelcan «como carreta en ladera». Bebía lo mismo el agua cristalina de la laguna, que el agua pestilencial del estero. Lo único que le repugnaba un poco, eran las mujeres. Pero hay que advertir que él nunca se acercó a ninguna mujer, y menos aún ninguna mujer a él.

Esa tarde, mientras mateaba y venía cayendo la noche, decía:

¡Que pavada 'e muchacho!... Andar de esa laya, tuito descangallao, porque la piona Liberia le dijo que lo quería y aura le dice que no lo quiere!... ¡Me había 'e pasar a mí! Güeno, es verdá que a mí las mujeres m' empalagan mesmo que miel de camoatí...

En ese mismo momento se acercó sigilosamente Liberia, una chinita cuyo cuerpo y cuyo rostro eran la suprema expresión de la lujuria. Con voz dulce dijo:

--¿Siempre solito, Silverio?

--Siempre, m'hijita.

Ella hizo un mohín.

--¡No me llame m'hijita!... Usté no es un viejo.

Ante aquella frase, dicha cariñosamente, Silverio experimentó una sensación extraña.

--Viejo, no;--dijo--pero ya medio tordillo.

--¡Salga de áhi!... Si usted supiera...

Y la chica suspiró, bajó los ojos y se acercó más al gaucho.

Este se puso de pie, extrañado, cohibido.

--¿Si yo supiera, qué?

--Qué... ¿pero me quiere hacer decir lo que no debo decir?... ¿No ve que... que desde hace tiempo lo quiero?...

Y al decir esto, muy despacito, como si la frase hubiese salido contra su voluntad, dejó caer la cabeza sobre el hombro de Silverio en adorable abandono amoroso...

--¡Caramba!--dijo él, estrechándole la cintura.--¿Y Trifón?

--¿Qué me importa de Trifón?... Si vos me querés...

--Y... yo dentraría... a la verdá... soy chambón pa este juego, pero...

Con acento sonriente y quemándole la mejilla con los labios, ella exclamó:

--¡Quereme!

Incapaz de reflexión, súbitamente despertado el instinto, Silverio la abrazó con fuerza, exclamando:

--¡Sí, ya t'estuy queriendo!...

En ese mismo momento apareció Trifón. Al ver el cuadro se detuvo indeciso. Luego escupió en el suelo.

--¡Cochina!--dijo y dió media vuelta.

Cuando el otro hubo desaparecido, Liberia se desasió de los brazos del gaucho y rió con estrépito.

El, tartamudeante, rogó:

--¿Nos veremos luego?...

Ella, despreciativa, contestó:

--¿Pa qué?... ¿Si piensa que suy clavel del aire pa vivir pegada a un palo viejo?

--¿Y por qué has hecho esto?,--balbuceó desconcertado Silverio.

--¿Y no se da cuenta?... ¡P' hacerlo rabiar al otro!...

EN EL ARROYO

El verano encendía el campo con sus reverberaciones de fuego, brillaban las lomas en el tapiz de doradas flechillas, y en el verde de los bajíos cien flores diversas de cien hierbas distintas, bordaban un manto multicolor y aromatizaban el aire que ascendía hacia el ardiente toldo azul.

En el recodo de un arroyuelo, sobre un pequeño cerro, veíanse unos ranchos de adobe y paja brava, circundados de árboles. El amplio patio no tenía más adornos que un gran ombú en el medio y en las lindes unos tiestos con margaritas, romeros y claveles. El prolijo alambrado que lo cercaba tenía tres aberturas, de donde partían tres senderos: uno que iba al corral de las ovejas, otro que conducía al campo de pastoreo, y el tercero, más ancho y muy trillado, iba a morir a la vera del arroyo, distante allí un centenar de metros.

El arroyo aquel es un portento; no es hondo, ni ruge; sobre su lecho arenoso la linfa se acuesta y corre sin rumores, fresca como los camalotes que bordan sus riberas y pura como el océano azul del firmamento. No hay en las márgenes palmas enhiestas representando el orgullo florestal, ni secas coronillas, símbolo de fuerza, ni ramosos guayabos, ni virarós corpulentos. En cambio, en muchos trechos vense hundir en el agua con melancólica pereza las largas, finas y flexibles ramas de los sauces, o extenderse como culebras que se bañan, los pardos sarandíes. Tras esta primera línea de vegetación vienen los saúcos, el aragá, el guayacán, la arnera sombría, los ceibos gallardos, y aquí y allí, encaramándose por todos los troncos, multitud de enredaderas que, una vez en la altura, dejan perder sus ramas como desnudos brazos de bacante que duerme en una hamaca.