Part 8
Baste esto a modo de ejemplo, de lo cual podrás tú conjeturar y experimentar otras muchas cosas.
Los colores se mudan por la varia posición de los ojos no menos que por la varia posición del objeto que se ha de ver y del medio; pero ya se dijo.
Todo esto tal vez lo tienes tú en poco y no piensas que pueda impedir la ciencia. Pero no es así. Pues estas cosas movieron a muchos para que dudasen también de todo lo que aparece a los sentidos y creyesen que los colores no son permanentes en las cosas, sino que son hechos y variados por la luz. De lo cual se habló por nosotros en otra parte, como verás; pero vayamos ya a la substancia.
Medios internos del conocimiento.
Cuentan los filósofos cinco medios internos: la vista, el tacto, el gusto, el oído, el olfato.
Las substancias de todos ellos son diversas. Por consiguiente, son también percibidas por los sentidos cosas diversas; pero, sin embargo, las hay comunes; las tocamos arriba: la magnitud, el número, la figura, etc.
El ojo ve un solo golpe; el oído percibe doble golpe; si no lo hubiese visto el ojo, sin duda juzgaría que había habido dos golpes. Supongamos un ciego; daré dos golpes, o bien uno, pero lejos de mí e inmediatamente otro, como por el eco. Advertido por alguno, si nunca lo viste, dirás que es por el eco, y será falso. Más: supongamos que ves, y mando que otro, oculto, dé un golpe después de darlo yo; dirás que es el eco, y no es.
Corriendo un caballo, muchas veces juzga el oído que son dos; o si son dos y marcan el paso a un tiempo, parece que es uno solo. Pues la vista si está a distancia de las cosas, si son muchas las que se mueven, se engaña más todavía.
En la magnitud ocurre otro tanto: lo que el ojo ve pequeño, lo aprecia grande el oído, y al revés. En la figura engáñase mucho más la vista que el tacto; como también se engaña éste menos que aquélla en la magnitud. Y en la distancia, ambos sentidos yerran igualmente: lo que está cerca, parece también alguna vez distantísimo al que lo ve o escucha.
No menos se engaña el tacto en la distancia; pues al sentir algo muy caliente, aunque sea de lejos, lo juzga, no obstante, como próximo, por la fuerte impresión que recibe. De igual manera ¿cuántas veces no se engaña el olfato?
¿A qué proseguir? Nada más cierto que el sentido, nada más falso que él.
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Añade ahora a lo anterior las varias disposiciones de todos estos órganos, las cuales no pocas veces nos extravían y confunden.
Los diversos colores de los ojos, los varios temperamentos, la capacidad, sustancia, posición, virtud y transparencia de los tejidos y humores que hay en ese aparato complejísimo, ¿no engendran, por ventura, gran diversidad en la visión?
Muchas veces por causa externa parece que vemos nubecillas, moscas, telarañas y otras cosas semejantes, cuando en realidad no las hay.
Inflamado el ojo, todo aparece bermejo; empapado de bilis, cetrino. Si se adhiere humor a la pupila, todo aparece perforado o cubierto de un velo, grande o sutil, claro u obscuro.
Estos achaques son morbosos; pero aun quienes tienen la vista sana, ven mejor ya de lejos, ya de cerca; unos ven más agudamente, otros con menos claridad; éste ve grande, aquél pequeño; éste rojo, aquél amarillo. Finalmente, nadie ve con perfección o del mismo modo que los demás.
¿Qué mucho, pues, que, por el ojo, tan sujeto a mudanzas y aun tan vario en sí y no menos por el aire y todavía más móvil e incierto, veamos nosotros las cosas también confusas e inestables, de muy diversa suerte que ellas son, y que perpetuamente nos engañemos y no podamos alcanzar cosa alguna con certeza y, por consiguiente, nada podamos afirmar?
Y cuenta que la vista es el más principal y cierto de todos los sentidos...
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Pues si te vuelves a las otras cosas, aún hallarás mayores dudas y tinieblas.
¿Cómo lo que es siempre caliente juzgará con igual rectitud de lo caliente y de lo frío? Así acontece que los que están en las termas o baños artificiales, juzgan fría la orina y el agua tibia, lo cual de suyo es falso.
¿Por ventura todo lo que tocamos no está en el aire y es influído por él?, ¿por ventura no somos nosotros afectados perpetuamente por el mismo? Y el aire ¿no lo es por el agua, tierra y astros?
¿Qué obliga, pues, a decir que el agua es fría, ni que el aire es caliente? A los muy ardorosos, lo menos cálido aparece frío. Tales, por ventura, nosotros. En invierno, porque somos harto impresionables al frío exterior, el agua recién sacada del pozo o la fontana se nos antoja caliente porque es menos fría que la que corre al cierzo; en verano, aunque caliente, parece fría, y el aire, si lo mueves con un abanico, parece también más fresco, siendo, no obstante, de suyo caliente, y en el estío más.
¿Qué es, pues, el calor? ¿Qué el frío? Para entender qué cosas son calientes o cuáles frías, nada puede aquí la razón. ¿Quién conoce la íntima razón de las cosas? Nadie. El juicio hase de confiar a los sentidos.
Mas, aunque el sentido percibiera muy bien y discerniese aquellas cualidades, no por eso las sabría mejor: las conocería exteriormente, como el rústico distingue su asno del buey del vecino o de su propio rocín.
¿Qué sabemos, pues? Nada.
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Discurre por otros sentidos. Menos. Y este es el principal conocimiento de los hombres. ¿Qué hará la mente engañada por el sentido? Engañarse más. Supuesta una falsedad, inferirá otras muchas, y de éstas otras (pues error pequeño en los comienzos es grande en el fin).
Últimamente, cuando advierte el error (pues la verdad es única y consecuente consigo misma), vuelve atrás la inteligencia; busca el lugar que es causa del defecto. No lo halla; sospecha de éste o de aquél; investiga nuevamente sin acertar a conocerlo, porque la verdad está sobre el sentido y el hombre, engañado por él, cuando no por los errores de la razón, fluctúa entre muchas probabilidades sin llegar a una conclusión definitiva.
Lector: experiméntalo en ti mismo. No te impongo mis opiniones; si estuviese contigo, acaso te mostraría fácilmente de palabra que todo es dudoso; pero, lo escrito no permite tan espaciosa libertad.
Mas por lo arriba dicho pudiste verlo siquiera en torpe esbozo; después, acaso lo verás mejor.
De cómo la imperfección humana excluye un conocimiento perfecto.
Sigo mi tesis. Ya hablé de la cosa que ha de ser conocida, primero de los términos que hay que distinguir, como dije, en el problema del conocimiento; hablé también de los sentidos o medios de conocer: hablemos ahora del sujeto que conoce. Mejor dijera del sujeto que ignora. Porque la vida es breve y el arte es largo, es infinito; las ocasiones de conocer son pocas y fugitivas; la experiencia es peligrosa, el juicio harto difícil. ¿Quién habrá, pues, verdadero conocimiento de las cosas?
Empecemos por el hombre incipiente; una vez nacido es una mole de cera, capaz de casi todas las figuras, lo mismo en el cuerpo que en el alma; pero más en ésta. De suerte que no es mala comparación la ya sabida de la tabla rasa en la cual nada hay escrito; mas no se afirma bien cuando se afirma que todo puede escribirse en ella. No todos son aptos para las letras, aunque se les suministren todos los elementos precisos. ¿Cómo, pues, podrían pintarse en el alma las naturalezas de todas las cosas?
Dos hay en el recién nacido: nada impreso en acto; en potencia poco o mucho, pero nunca todo.
Pero esa potencia es sólo pasiva, a la cual se opone otra pasiva impotencia, por la cual cada uno es totalmente inepto para ciertas cosas.
En este punto se nos asemejan también los otros animales, puesto que el papagayo con aquella primera potencia puede imitar la palabra humana, la cual el mono no puede imitar por aquella segunda impotencia. Este, al contrario, por la primera potencia ejecuta muchas cosas a imitación del hombre, que no puede ejecutar el papagayo por la segunda impotencia. Así, entre los hombres, éste es totalmente inepto para la gramática; en cambio, es muy apto para la navegación y aquél todo lo contrario.
Mas tenemos nosotros una potencia activa de que carecen los brutos y por la cual hállanse las ciencias y las artes.
Pero de esto se tratará extensamente cuando se trate del alma. Baste ahora haber traído estas cosas para entender lo que sigue.
¡Cuán pocos, pues, de tantos millones de hombres son capaces para las ciencias, aun para aquellas que hoy profesamos! Apenas alguno que otro; perfectamente, ninguno.
Es necesario que sea hombre perfecto el que haya de saber algo perfectamente. ¿Hay alguno así?
Tú dices que el alma es en todo igualmente perfecta (ignorando su naturaleza, como mostraremos en otra parte), y que el cuerpo es la causa de que unos sean más doctos, otros menos, y muchos totalmente incapaces. Sea como tú dices.
¿Es, por ventura, nuestra alma bastante perfecta para que sepa el hombre algo perfectamente? No. Mas supongamos que sí: en tal caso quien tenga el cuerpo menos perfecto sabrá imperfectamente las cosas, pero quien tenga mayor perfección corporal habrá de saberlas perfectísimamente.
Esto es lo que más racionalmente parece colegirse de tus razones. Mas ¿a quién le fué dado cuerpo perfecto?
Yo llamo con Galeno perfectísimo al cuerpo que es templadísimo y hermosísimo y produce todas las operaciones perfectísimas, empezando por las del entendimiento, padre de la Ciencia.
Hubo algunos médicos que afirmaron que el médico para que fuese perfecto debía padecer todas las enfermedades antes que pudiese juzgar perfectamente de ellas. Y no parece del todo descabellada la opinión, por más que entonces mejor fuera no ser médico. Pues ¿cómo podrá sentenciar rectamente del dolor el que nunca lo sintió? Los dolores y enfermedades, mejor los conocemos en nosotros mismos y curamos que en los demás.
Pues ¿cómo habrá de discernir el ciego de colores, ni el sordo de sonidos, ni el paralítico de las cualidades táctiles? Es necesario, pues, que vea cabalmente quien cabalmente ha de juzgar de colores, y oiga quien juzgue de sonidos, y palpe quien discierna lo tangible, y guste quien hable de lo sabroso, y se mueva quien estudie el movimiento, y sufra quien haga juicio del dolor, e imagine quien haya de saber de fantasías, y entienda quien del entendimiento investigue. De otra suerte, como dijo Galeno, será navegante de libros que, sentado muy seguro en su sillón, describirá muy bien los puertos, los escollos, los piélagos más lejanos y guiará muy bien la nave por la cocina o sobre la mesa; pero si se lanza al mar y le encomiendas el timón de un navío, se meterá en aquellos Escilas y Caribdis que tan lindamente sabía describir a pies enjutos.
Y por esta razón dícese también que Cristo Señor nuestro quiso sobrellevar las humanas miserias para que, experimentando nuestras calamidades, se compadeciese más. Pues el que fué alguna vez indigente se compadece mejor del pobre; el que fué preso, del cautivo, y, finalmente, el que se vió desamparado siente mayor lástima del miserable y del triste.
El perfectísimo conocimiento requiere, pues, un cuerpo perfectísimo unido a una perfectísima razón, pues todas las cosas perfectas gozan de las cosas perfectas, son hechas por los perfectos y por medios igualmente cabales.
¿Qué cosa más perfecta que la creación? Es hecha por el solo Perfecto, por la perfección misma, que es Dios. ¿Con qué medio? Con su perfectísima potencia, la cual es la sola y única perfectísima, porque sólo ella es infinita, porque es el mismo Dios.
Todo lo demás que sea perfecto en su línea es hecho por algo semejante o superior a sí: por ejemplo, lo que hacen los cuerpos celestes no puede ser obrado por cuerpos inferiores.
Razón de todo esto: El agente siempre que va al paciente, trasciende; pues todo ser ambiciona transformar a otro en sí. Lo cual no es posible si no se le comunica. Y en comunicándose los dos el uno es término pasivo del otro; empéñase, sin embargo, el paciente en conservarse en su ser (lo cual ha sido grabado en todos); en parte resiste y en parte quiere también convertir al otro en sí, extiende y ejerce cuanto puede su potencia en el agente y le imprime fuerza; mas, porque le es inferior, es vencido en la lucha y es forzado a seguir las huellas del otro, a introducirse en él, despojado de su primer hábito.
Si, pues, el agente es perfecto, también debe ser perfecta la acción y los medios para ejecutar la obra y el paciente que recibe la acción, en cuanto la recibe, aunque por otra parte sea imperfecto.
Y si no sigue a la acción la conversión del paciente en el agente, al menos la obra que de tal acción se hace es perfecta siendo de agente perfecto, imperfecta si de imperfecto. Pues los partos, dicen los médicos, dan testimonio de sus principios. Lo que se hace bien, es siempre con medios idóneos.
Y así, el perfecto agente ayudado por perfectos instrumentos y medios solícitos, obrará en el paciente y ejecutará la obra intentada mejor que con imperfectos.
Ve esto en todas las acciones tanto naturales como voluntarias: el sol, que es el más perfecto de todos los cuerpos (de donde los antiguos lo juzgaron Dios), ¿qué acción hace? Perfectísima, parecida a la acción de Dios. Pues éste crea, pero aquél engendra las cosas, que es el segundo grado después de la creación; pero se diferencian en que Dios crea por sí solo, de la nada y sin medio ni instrumento alguno. El sol, teniendo su potencia de Dios, engendra, estimula y mueve por medios naturales y congéneres.
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Pero objetarás, tal vez, que el sol corrompe también, la cual es pésima acción. Mas, no es así. No corrompe, sino que, mientras engendra, síguese necesariamente la corrupción, como una consecuencia natural. Y que engendra primero, es manifiesto. Pues primero es el ser que el no ser; el acto, que la privación; la vida, que la nada.
Ningún ser obra por nada o intenta nada (de donde tampoco el mal por sí, pues el mal es privación del bien, cuasi nada), pues todo es por un fin, y la nada no puede ser fin para un ser. El fin es perfección, la cual entre los seres ocupa el primer lugar.
Privación, destrucción, defecto, mera negación del ser; ¿con qué otro nombre llamaré a la nada que con el tenebrosísimo de _nada_? ¡Opuesta y enemiga a toda perfección, a todo ser; finalmente, nada!...
¿Quién la intentará, quién la buscará? Todas las cosas la huyen naturalmente. Nada me aterra, entristece y postra el ánimo como la Nada cuando pienso que alguna vez pudiera yo ver sus abismos, si, acompañada mi alma de la fe, esperanza y caridad, no destruyesen este miedo, y me confirmasen prometiéndome, después de la disolución de este compuesto, de mi carne y mi espíritu, indisoluble nexo con Dios óptimo y máximo.
El sol, pues, el más perfecto de todos los cuerpos, ¿intentará la corrupción, la hará? No, pues engendra. ¿Con qué medio? Con el calor, que es la más perfecta, principal y activa de todas las cualidades.
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Tú añades también la luz; pero yo no lo consiento. La luz, sin embargo, es otro argumento a mi favor.
Bellísima cosa es la luz, amicísima y queridísima de los hombres. Dios llámase a sí propio Luz, y a ella se compara la vida como a las tinieblas la muerte. Gracias a su benéfico resplandor gozamos de los colores, de los matices y las formas; sin luz seríamos semejantes a los ciegos, viviríamos como dormidos y absortos en la sombra de lo interior y lo exterior, vagando como las ánimas de los difuntos, sin vernos a nosotros mismos e ignorando la Naturaleza ¡Cuán triste silencio en la noche nublada y tenebrosa! ¿No parece la imagen del caos y de la muerte? Más quisiera morirme que vivir sin luz...
Padre el sol de ambos, del calor y la luz, de ellos usa, conforme a tu misma opinión, para fecundar las cosas, mas no para corromperlas. En saliendo el sol todo revive, renace, germina, pulula, se remoza, florece y fructifica. Los animales, entumecidos por el frío, los seres corruptibles y todos aquellos que se corromperían totalmente con la ausencia del astro, así que le ven se levantan de las tinieblas, tórnanse más ágiles y gozosos, corren, saltan, retozan, gallardean y cantan el advenimiento del astro generador y hácense más aptos para generar a su vez, para vivir y trabajar con alegría, singularmente en la primavera y en el verano. Yo, sólo entonces vivo...
Mas en apartándose de nosotros el ojo derecho de Dios (séame lícito apellidar al sol de esta manera) todo languidece, todo se arrice y se amustia. ¿Qué son el otoño y el invierno sino imágenes de nuestro fenecer? A la muerte llaman los poetas fría, glacial, pálida, macilenta, y a la vida, en cambio, robusta, floreciente y ardorosa. La muerte viene del frío; la vida, del calor. Por esto el sol es el más perfecto de los cuerpos, porque hace, mediante la más perfecta cualidad, el calor, la más perfecta de todas las acciones naturales.
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Pues en lo que se refiere a las acciones voluntarias ¿por ventura el pintor, el escultor, el músico, no pintará, no esculpirá, no tañerá más consumadamente si usan de los instrumentos más perfectos? ¿Cantará bien el ronco, saltará el paralítico, escribirá el que tiene la mano torpe o rota? Y ¿qué instrumento más hábil y flexible que la mano del hombre pudo haber escogido la madre naturaleza? Era preciso que el más perfecto de todos los animales, el hombre, hubiese el más perfecto instrumento para hacer con la mayor perfección y elegancia las muchas y difíciles cosas que ejecuta.
En resolución: todo lo perfecto produce cosas perfectas y usa de medios idóneos para producirlas.
¿Qué se deduce de ahí? Que el alma humana, la más perfecta de las criaturas de Dios, para la más perfecta de todas sus acciones, el conocimiento perfecto, necesita de un cuerpo perfectísimo.
¡Cómo! --dirás--. Pero la intelección no depende, en modo alguno, del cuerpo, sino exclusivamente del alma, de su facultad intelectual... --Eso es falso --respondo-- y ya te lo probaré en otra parte. Falso es decir que el alma entiende, que el alma oye, pues ambas cosas no son función exclusiva del alma ni del sentido, sino del hombre todo en su unidad de espíritu y de cuerpo, indisoluble en cualquiera de sus actos. Nada hace el alma sin los órganos del cuerpo ni el cuerpo sin la acción y gobierno del alma.
¿Por qué este hombre es menos docto que aquél, si el alma, como tú dices, es igualmente perfecta en ambos? Será por defecto corporal, según decías también. Luego el más docto gozará de un cuerpo privilegiado, capaz de obrar consumadamente las cosas, lo mismo las del sentido que las del entendimiento. Y el hombre que fuere doctísimo, tendrá un cuerpo perfectísimo y será el verdadero sabio...
Pero ¿dónde, repito, está ese cuerpo privilegiado y perfectísimo capaz de un perfectísimo conocimiento? Yo, médico y filósofo, no le hallé jamás. Y como no es posible que semejante cuerpo exista, no creo posible tampoco el perfecto conocimiento o, lo que es lo mismo, la Ciencia.
Al llegar aquí tal vez me arguyas: --Para entender no necesitamos de los brazos y piernas; por consiguiente, aunque ellos sean defectuosos, mientras tenga bien el cerebro me basta. --No te basta --replico--, pues las cosas físicas influyen no poco en la parte moral y en la función del entendimiento, los órganos se corresponden todos y se influyen mutuamente, aun los más apartados y distintos, por todo lo cual un cerebro sano es incompatible con otros órganos enfermos.
Un miembro imperfecto, una deformidad cualquiera, un vicio morboso, pueden ser adquiridos o congénitos: si el cuerpo viene mal conformado desde los orígenes, anduvo el defecto ya en la materia de que se hace, ya en la virtud generadora, y en ambos casos la imperfección es fatal no sólo para el miembro u órgano defectuoso, pero también para muchos o algunos de los demás, tanto en lo exterior como en lo interior. Y si el vicio o deformidad sobreviene después, sea por causa interna o externa, ocurren iguales alteraciones. En suma: un cuerpo cabal y perfecto no existe o duraría un instante.
Luego, repito, no habiendo seres de tal perfección, no hay un conocimiento perfecto, no hay un perfecto sabio, nada se puede saber de un modo cabal.
Pero dirásme, tal vez, que también el hombre imperfecto, por muy defectuoso que fuere, tiene capacidad para el ejercicio de las ciencias. Yo te lo concedo gustoso, como te concedí otras muchas cosas, pues aquí arguyo sin vanidad ni rigidez. Hay hombres, incluso llenos de estigmas y deformidades, que son idóneos para el cultivo de las ciencias, pero no todos ni cualquiera de ellos. Es necesario que el hombre, dentro de su imperfección, esté dotado de un cierto temperamento para ejercer con eficacia las disciplinas científicas. ¿Cuál será ese temperamento? Lo ignoramos. Pero aunque lo supiésemos ¿cuántas mudanzas del aire, del espacio, del alimento, de la edad, la educación, las opiniones, las doctrinas, de todo cuanto rodea, influye y mueve en este oleaje de la vida humana a nuestro cuerpo y nuestro espíritu, no habrá de padecer el más capaz y atemperado de todos para la investigación de la Verdad?
Piénsalo y experiméntalo en ti mismo.
Nuevas dificultades para la investigación de la Verdad.
Si el hombre es rico, trátase deliciosamente, dase a todos los gustos del sentido, engorda, se enerva, tórnase todo carnal, inepto para la contemplación y el estudio. Como el alma y el cuerpo --según dicen-- solicitan siempre cosas contrarias, el rico tiende a desamparar el espíritu. Desde la niñez los padres no le consienten que se fatigue con el estudio y el trabajo, sino que todo se lo disponen para culto y regalo del cuerpo; únicamente celosos, y no siempre, de las costumbres, de la moral exterior, enseñan a sus hijos (como hacen la mayoría de los hombres por el impulso disculpable de la naturaleza) a cuidar la salud, acrecentar el caudal y todos los demás bienes que suelen hacer felices a las gentes vulgares, sin dejar resquicio ni vagar para el estudio de las letras y ciencias. Mas aunque los padres permitieran y desearan semejante estudio, ya se encargaran los hijos de rechazar aquellas trabajosas disciplinas, pues el cuerpo apetece el ocio y tiene al trabajo por enemigo mortal.
Las riquezas distraen el ánimo, los placeres le perturban, el mundo le seduce y engaña. ¡Bienaventurados aquellos y dignos de eterna admiración, que en el disfrute de los bienes del siglo, aciertan a abandonarle y a despreciar sus falsos y vanísimos tesoros para entregarse, pobres y libres, a la contemplación de las cosas! Pero almas de esta sublime condición son aves raras en el mundo. Los hombres abrazan la Ciencia para granjear aplauso, riqueza o dignidad, no por sí misma, por amor desinteresado y puro. Y de esta suerte cada cual trabaja mientras le urge para llegar al fin, no al fin de la ciencia, sino al de su ambición...
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Los pobres, en cambio, corren a los estudios con triste principio, con medios adversos y también, casi siempre, con bastardo fin. Como es la necesidad la que les impulsa, una vez saciada, suele concluir la ciencia de los pobres, ya que no trabajaron sino para hurtarse a la pobreza.
De aquí la frase: «El ingenio vuela, mas la pobreza lo deprime.» Y aquella otra: «La bolsa llena hace al ingenio divino.» Y esotras de un poeta: «Hase primero de buscar el oro, que ya vendrán con él la fuerza y la sabiduría; sin Ceres y sin Baco se enfría Venus y también Minerva...»
«Los papagayos charlan y aprenden mejor después de beber vino: tal les sucede a muchos hombres.» Acerca de lo cual también se dijo: «Las copas llenas ¿a quién no hicieron elocuente?» Y añado yo: ¿a qué no obligan la sed y el hambre? No acabaríamos nunca si hubiésemos de contar las desventuradas proezas a que impulsa la triste necesidad...