Part 7
La mente considera las cosas recibidas de los sentidos. Si éstos se engañan, también aquélla; y si no ¿qué se consigue? Sólo considera las imágenes de las cosas, que admitió el ojo; la mente las mira por todas partes, las vuelve, preguntando ¿qué es esto, de qué procede tal cosa, por qué?
¿No significa esto, por ventura, la fábula antigua en que, invitando a comer la grulla a la zorra, ofrecióle una vasija de cristal de boca estrecha llena de puches, a la cual aplicando la zorra lengua y boca, pensaba en vano coger algo de la pitanza que veía?
De la misma manera engañó Zeusis a las aves con uvas pintadas, cuando aplicando el pico para comerlas, chocaban el pico contra la tabla. Y Parrasio engañó a un pintor con un velo tan primorosamente dibujado que parecía verdadero; de suerte que el rival, ensoberbecido como si hubiese vencido, y ansioso de ver la pintura que creía cubierta con un velo, aplicó la mano a la tabla para descorrer el velo y tropezó con la tabla.
Así nos presenta la Naturaleza las cosas para conocerlas.
Y esto decía Aristóteles en otro lugar: que nuestro entendimiento se ha a la naturaleza de las cosas, como el ojo de la lechuza a la luz del sol.
Juzgamos las cosas por sus simulacros. ¿Puede ser, por ventura, recto el juicio?
Ello aún fuera tolerable si tuviésemos por el sentido los simulacros de todas las cosas que deseamos saber.
Pero sucede lo contrario: que no los tenemos de las principales cosas. Sólo los tenemos de los accidentes que nada influyen, como dicen, en la esencia de la cosa, de la cual es la verdadera ciencia; y son los accidentes lo más vil de todas las cosas. Mas por éstos es menester conjeturar de todo lo demás. Lo que es sensual, craso, abyecto (son los accidentes y lo compuesto) nos es conocido por todas partes. Pero lo que es espiritual, tenue, sublime (son los principios de los compuestos y lo celestial) de ningún modo.
Sin embargo, esto último es por su naturaleza más conocible, porque es más perfecto, más ente y más simple; cualidades que producen el conocimiento perfecto.
Pero para nosotros todavía estas cualidades están más distantes de los sentidos. Lo más cercano a éstos nos es más conocido, no por otra razón sino porque nuestro mejor conocimiento depende del sentido; en cambio por su naturaleza es lo menos cognoscible, porque es imperfectísimo, casi nada. Sólo el ser es el objeto, sujeto y principio de todo conocimiento y aun de todos los actos y movimientos.
Ves cuánta ocasión se nos da de ignorar en las cosas del sentido y más aún en las de nuestro ser espiritual. Y lo verás mejor cuando vengamos a la explicación de ellas. Pues lo aquí dicho hase dicho sólo en general.
Mas todo ello no demuestra que nada se sabe. Ni me propuse demostrarlo (usando de tu concepto de la palabra _demostrar_) ni podría. Pues nada se sabe. Bástete que te haya objetado dificultades. Si puedes vencerlas, algo sabrás. Pero no podrás, a no ser que, desaparecido ocultamente, renazca en ti un nuevo espíritu...
Pobreza del sujeto cognoscente.
Toda la lobreguez que hay en las cosas es mínima, si se compara con los obstáculos de parte del cognoscente.
El cual, si estuviese dotado de perfecto y agudísimo ingenio y de sentido sin tacha, tal vez podría vencerlo todo (concediéndote esto gratuitamente, pues no podría aunque lo hubiese todo perfectísimo).
Pero ahora se ve lo contrario.
Dijimos en la definición de la ciencia que la ciencia es _conocimiento_, en el cual se consideran tres cosas. La cosa conocida, de la cual se habló arriba; el cognoscente, de que se hablará abajo, y el mismo conocimiento, que es el acto de éste sobre aquélla.
Ahora trátase de éste, del sujeto que conoce. Pero lo más brevemente que podamos; porque su propio lugar es el tratado del alma.
Y en efecto: es dificilísima y llena de perplejidad la contemplación del alma, de sus facultades y acciones, principalmente en este conocimiento que buscamos ahora. No habiendo nada más digno que el alma, nada hay tampoco más excelente que este único conocimiento. El cual, si lo tuviera perfecto, fuera semejante a Dios; más bien Dios mismo, Y nadie puede conocer perfectamente lo que no crió. Y ni Dios hubiese podido criar ni regir lo criado si no lo hubiese preconocido perfectamente.
Sólo Él, pues, sabiduría, conocimiento, entendimiento perfecto, lo penetra todo, todo lo sabe, todo lo conoce, todo lo entiende; porque Él es todas las cosas y está en todas, y todas son Él y están en Él.
Pero el imperfecto y miserable hombrecillo, ¿cómo conocerá otras cosas no pudiéndose conocer a sí mismo que está en sí y consigo? ¿Cómo entenderá lo abstrusísimo de la naturaleza, entre lo cual hállase lo espiritual, como es nuestra alma, cuando no entiende lo clarísimo y manifestísimo que come, que bebe, que toca, que ve, que oye?
Ciertamente, lo que pienso ahora, lo que escribo aquí, ni yo lo entiendo ni tú, leído, lo entenderás, Juzgarás, no obstante, por ventura que lo he dicho con verdad y rectitud. Yo estimo lo mismo. Pero ninguno de los dos sabemos nada.
Por consiguiente, sin razón llama Escalígero, aunque doctísimo varón, absurdo a Vives porque dice que la perscrutación de la naturaleza, que hace la mente, está llena de obscuridad. Antes yo, si la opinión de Vives es absurda, quiero ser absurdísimo. Pues yo no sólo juzgo semejante perscrutación llena de obscuridad, sino tenebrosa, escabrosa, abstrusa, inaccesible, tentada por muchos y por nadie superada ni superable.
Tal vez Escalígero, como era de agudísimo ingenio, la tuvo fácil. Y ciertamente trató del alma muy hermosamente y con mucha sabiduría, como de tantas otras cosas en que se ocupó. Pero no del todo absolutamente, no con orden, no totalmente. Muchas cosas dijo que engañan la mente con la exterior ampulosidad de las palabras e, ingeridas copiosamente, parece que amortiguan el hambre, pero escudriñadas hondamente, por fin dan engaño y dejan la cuestión tan difícil como antes, como mostraremos en su lugar.
El conocimiento.
Mas ahora sujetémonos al negocio que interesa de presente.
¿Qué es conocimiento? La aprehensión de la cosa. ¿Qué es aprehensión? Apréndetelo de ti, pues yo no puedo ingerírtelo todo en la mente. Y si insistes diré: intelección, perspección, intuición. Si sigues preguntándome de estas últimas cosas, callaré. Distingue, no obstante, la aprehensión de la recepción; pues recibe el perro la imagen del hombre, de la piedra, de la cantidad; pero no conoce. Y aun recíbela nuestro ojo y tampoco conoce. Recíbela el alma muchas veces y no conoce, como cuando admite lo falso, cuando se ofrecen a un ingenio tardo cosas obscuras.
Distingue también el conocimiento propiamente dicho que ahora describimos, pero que no conocemos, de otro impropiamente dicho, por el cual dícese que conoce cada cual aquellas cosas que vió en otra ocasión y retiene en la memoria ornadas con las propias señales. Pues con este conocimiento dícese que conoce el niño al padre y al hermano, y el perro al dueño y el camino por donde fué.
Divide, después, todo conocimiento en dos: Uno perfecto, por el cual se contempla y entiende la cosa por todas partes, por dentro y por fuera, y ésta es la ciencia que ahora quisiéramos conciliar con los hombres, pero que ella no quiere. Otro imperfecto, por el cual apréndese la cosa de cualquier manera. Y éste nos es familiar. Pero es mayor, menor, más claro, más obscuro y, finalmente, dividido en varios grados, según los varios ingenios de los hombres.
Este segundo conocimiento lo hacen doble.
Uno externo, que se hace por los sentidos y le llaman, por consiguiente, sensual; otro interno, que es por sola la mente, pero nada menos que eso.
De otra manera se han de considerar estas cosas.
El hombre es un solo cognoscente. Uno solo el conocimiento en todas estas cosas; pues es una sola la mente que conoce lo externo y lo interno.
El sentido nada conoce, nada juzga; sólo recibe lo que ofrezca a la mente que ha de conocer. Del mismo modo que el aire no ve los colores ni la luz, aunque los reciba para ofrecerlos a la vista.
* * *
Sin embargo, tres son las cosas que son conocidas por la mente de diverso modo.
Unas son totalmente externas sin la menor acción de la mente.
Otras totalmente internas, de las cuales algunas son sin acción de la mente, y otras no del todo sin esta acción.
Otras, en parte externas, en parte internas.
Finalmente, aquéllas se dan por los sentidos: las segundas, de ningún modo por éstos, sino inmediatamente por sí; las últimas, por fin, parte por ellos, parte por sí.
Expliquemos todo esto.
El color, el sonido, el calor, no pueden ofrecerse por sí a la mente, para que los conozca, si no imprimen la imagen de sí (aceptemos ahora que se hace la sensación por la recepción de las especies) a un órgano apto para recibirla, la cual imagen u otra parecida se ofrece a la mente para que la conozca o conozca la cosa de la cual es ella especie, mediante ella.
Mas lo que es obra exclusiva del entendimiento, la que es hija suya y está dentro de nosotros, no se muestra al entendimiento por otras especies sino por sí misma. Tales son muchas cosas que él se finge; como también cuando excogita algo nuevo y lo concluye con muchos discursos, cuando entiende él su intelección, y cuando hace conjunciones, divisiones, comparaciones, predicaciones y nociones, y aplicando el ánimo a ellas, las conoce por sí mismas. Y son del segundo género todas las cosas internas idénticas con el entendimiento, las cuales, no obstante, se hacen o son sin su acción; como la voluntad, la memoria, el apetito, la ira, el miedo y las demás pasiones y cuanto hay interno, lo cual es conocido por el mismo entendimiento, inmediatamente por sí.
Hay, finalmente, muchas cosas que, en parte, llegan a él por el sentido, en parte son hechas por él. La naturaleza del electro y de la piedra imán, de modo alguno puede ser alcanzada por el sentido. Pero vestida de color, magnitud, figura, es llevada al ánimo por los sentidos. Este la despoja de aquellos accidentes. Lo que queda lo considera, lo vuelve, lo compara; finalmente, fíngese una cierta naturaleza común, como puede.
Esos filósofos levántanme a los cielos las inteligencias; yo oigo lo que dicen; pero no lo entiendo aunque finjo algo que me inspira inteligencia.
Por todas partes percibo el aire con el tacto; pero no tiene imagen alguna en mi mente, sino cierta que yo me fingí como de un cuerpo incorpóreo, sin saber lo que es.
Pienso del mismo modo en el vacío, y aun comprendo el infinito, no comprendiendo jamás el fin; pero, en medio de su pensamiento párome forzado al advertir que es infinito lo que, añadido al infinito, imaginando lo infinito, nunca le pondré términos con la aprensión; y así fingiré una especie ciertamente determinada, pero de la cual ninguna extremidad es determinada y perfecta, sino cuasi defectuosa; una noción, que no es terminada ni terminable; porque se le pueden añadir eternamente partes infinitas por ambos extremos.
¿Qué hacer? Miserable es nuestra condición. En medio de la luz nos cegamos. ¡Cuántas veces pensé en la luz y siempre la dejé impensada, desconocida, incomprendida!
Lo mismo es si contemplares la voluntad, el entendimiento y otras cosas que no se perciben por los sentidos.
Estoy cierto de que esto que ahora escribo quiero pensarlo, escribirlo y deseo que sea verdadero y sea aprobado por ti; pero no lo procuro con exceso.
Mas cuando me empeño en considerar qué es este pensamiento, este querer, este desear, este inquirir, ciertamente desfallece el conocimiento, frústrase la voluntad, crece el deseo y aumenta la angustia.
* * *
Nada veo que pueda alcanzar o aprehender.
Y, ciertamente, en esto, es superado el conocimiento que se hace de las cosas internas sin el sentido por aquel que se tiene de las cosas externas por los sentidos; pues algo alcanza el entendimiento de lo exterior: la figura del hombre, de la piedra, del árbol, que tomó del sentido: y así le parece que comprende las cosas por sus imágenes.
Pero en aquel que se hace de las cosas internas, nada halla el entendimiento que pueda comprender; y discurre aquí y allí, palpando como ciego...
Y al contrario, es vencido en certidumbre el conocimiento que se tiene por los sentidos de las cosas externas, por aquel que es traído por aquellas cosas que hay en nosotros o son hechas por nosotros. Pues soy más cierto de que yo tengo apetito y voluntad, y que ahora pienso esto, ahora huyo de aquello o lo detesto, que si viese un templo o un hombre.
Dije que de aquellas cosas que hay en nosotros o en nosotros se hacen, estamos ciertos que existen en realidad. Y de aquello que, juzgando, opinamos de las cosas por discurso y raciocinio, y colegimos que son en la realidad como nosotros las juzgamos, es inciertísimo el conocimiento.
Esme más cierto que este papel en que escribo existe y es blanco, que es compuesto de cuatro elementos y que éstos están en él en acto y que tiene otra forma por ellos.
Finalmente, si quitas lo que hay en nosotros o es hecho por nosotros, el más cierto conocimiento es el que se hace por los sentidos, y el más incierto de todos es el que se hace por el discurso; pues éste no es verdaderamente conocimiento, sino tiento, duda, opinión, conjetura.
De lo cual síguese que no es ciencia la que se obtiene por silogismos, divisiones, predicaciones y otras parecidas acciones de la mente.
Pero si pudiera hacerse que, al modo como percibimos con el sentido, de alguna manera, las externas cualidades de las cosas, así comprendiésemos la interna razón de cualquier cosa, entonces se diría que sabemos verdaderamente. Pero esto nadie lo pudo jamás, que sepamos. De donde nada sabemos.
Mas del conocimiento de las cosas internas y del otro que llamo no conocimiento, sino opinión, que se hace por conjunciones, negaciones, comparaciones, divisiones y otras acciones de la mente, se tratará más en su lugar, donde se manifestará la insuficiencia de ambos.
Ahora baste con decir algo de aquel que se tiene de las cosas externas mediante los sentidos.
En éstos hay dos medios, a veces tres o cuatro: pero siempre dos, por los cuales se produce la sensación, ya se haga ella internamente, ya por transmisión (no nos detenga ahora esto). El uso interno, el ojo; el otro externo, el aire. ¿Conócese por ellos alguna cosa? De ningún modo. Pues lo que debe conocerse perfectamente no debe conocerse por otro, sino por el mismo cognoscente, por sí mismo inmediatamente.
Mas ahora la substancia de las cosas se muestra mediante los accidentes que se perciben por los sentidos o, al contrario, escóndese a ellos.
La mente infórmase de la substancia de las cosas por los falaces sentidos o, de otra suerte, es engañada. ¿Cómo, pues, podemos saber algo perfectamente? Y la ciencia debe ser de las substancias de las cosas...
Pues de los accidentes ¿puede haber perfecto conocimiento? Menos todavía. Por un lado ayudan, a saber, porque son percibidos por los sentidos; por muchos lados perjudican, a saber, porque los mismos accidentes no llegan a nosotros, sino tan sólo sus imágenes y, finalmente, porque engañan muchas veces al sentido.
Esto por la variedad del medio, tanto externo como interno, en la substancia, sitio y disposición.
Baste hablar de uno de los sentidos.
Por ejemplo, de la vista.
La cual aunque se haga por órgano perfectísimo y sea el más cierto y nobilísimo de los sentidos, no obstante, muchas veces se engaña.
El medio externo suele ser vario; por consiguiente, impresiona al sentido variamente. El aire parece que presenta mejor las cosas comunes, pues aparece exento de todo color; el agua las representa de otra manera. Esto las cosas naturales.
Las muchas cosas artificiales, como el vidrio, el cuerno en láminas, el cristal y otras cosas parecidas, de otro modo.
¿A cuál creer?
Con la vista no sólo se disciernen los colores, sino también la magnitud, el número, la figura, el movimiento, la distancia, la aspereza, la brillantez, y lo que a esto se refiere, como la igualdad, la semejanza, la velocidad y lo contrario de esto.
El agua hace obscuros a los cuerpos, los duplica, los aumenta, los disminuye, los cambia de figura, los hace más crasos, más móviles, más tenues. Y no siempre obra de este modo, sino también de otra suerte. En el aire a veces se tornan los cuerpos ligerísimos; en el viento, obscuros; dobles en el eco, al sol, a la luna; a veces al contrario.
En ocasiones lo pintado aparece esculpido y vivo, y lo esculpido también muchas veces palpitante.
El vidrio, el cuerno y el cristal, parecen mayores y menores; densos, tenues; del mismo color, de vario color; finalmente, según la voluntad del artífice. De ahí tanta diversidad de espejos y de lentes.
¿Cuál de ellos los expresará mejor y con más verdad?
¿Qué decir del aire? Pues del color hay mucha mayor duda. ¿Cuándo se le ha de creer? Cuando es más próximo a su naturaleza y menos alterado por extraño. Pero ¿quién conoce su naturaleza? ¿Quién lo vió simple? Perpetua mudanza por el sol, la luna y otros cuerpos de arriba y de abajo por la tierra, el agua y los mixtos.
Del vidrio y el agua hase de juzgar lo mismo, y aun es más difícil la solución.
* * *
Esto cuanto a la substancia del medio externo, a la cual refiérense también la densidad o la ligereza, la magnitud o la parvedad, esta o aquella figura del medio por el cual se ve algo y todo ello aunque no se halle todo en el aire; sin embargo, los medios artificiales hacen variar mucho la cosa vista. Pues el vidrio grueso lo muestra de otro modo que el tenue; el cuadrado o redondo de otro modo que el triangular; el grande de otro modo que el pequeño. Muestran esto los cristales de fabricación varia y las normas del vidrio, por las cuales ves las cosas derechas o invertidas de este o de aquel color y figura; finalmente, diversas de lo que son.
El agua del mar en gran volumen se ve azul y lo que debajo de ella está se ve del mismo color; pero en pequeña cantidad, blanca.
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La situación varia de la cosa suele también variar el sentido. Lo mismo del medio. Esto es manifiesto en las lentes; si aplicas el ojo te presentan el objeto de otro modo que si lo apartas algo.
En el aire lo mismo. El astro en su perigeo aparece igual, oblongo, quieto, pequeño, rojo; en su apogeo redondo, radiante por doquiera y desigual, destellante y móvil (de donde tomó Aristóteles su demostración para probar que los planetas están cerca de nosotros, porque no destellan), grande, claro y sin color.
Los que están lejos aparecen obscuros, pequeños; los demasiado próximos, o no se ven o de otro modo que son.
¿Qué hacer? Atenerse al medio. ¿Dónde está aquel medio? ¿Es a dos pasos o a alguna distancia determinada?
El que está lejos de nosotros, aunque corra muy aprisa, sin embargo, parece que se mueve muy lentamente; principalmente si lo miras desde abajo, viniendo de lo alto, o al revés.
Lo que se hace muy despacio escapa al sentido; como el movimiento de las agujas en el reloj.
¿Cómo juzgar con certidumbre?
De ahí surge perpetua duda de la magnitud de las estrellas, callando lo de la distancia, de la celeridad, del lugar, lo cual todo parece que depende de aquélla. Lo que tenemos a la mano es posible explorarlo de cualquier modo y de tiempo en tiempo y con diversos sensorios, si son comunes, y conocerlo próximamente con mayor certeza. Pero aquéllas ¿quién puede?
Y no es esto sólo. Si ves de lejos, lector, un palo medio sumergido en el agua, aparecerá torcido y roto. Dirás que, sin embargo, está entero, porque lo has experimentado de otra manera. Y si está roto, aparecerá, no obstante, roto, pues no vale aquí la razón de los contrarios. Afirmarás que está entero por la anterior razón, y sin embargo, es falso. ¿Qué harás si no puedes sacarlo del agua? Quedarás en duda.
Y en los colores cuánto importa la situación lo muestra el iris, un vaso de cristal lleno de agua, la paloma irisada, las telas de seda tejidas de diversos colores, la proximidad de un cuerpo luminoso de otro color (como también si sobrepones perpendicularmente a un plano una lámina de oro o de plata, y mucho más si la inclinas hacia abajo); lo cual, todo, movido acá y allá, presenta muy vario color.
¿En qué posición, dirás, tienen el verdadero color?
En la misma parte unas veces aparece rojo, otras amarillo, luego azul. ¿Cuál de estos colores es el más propio? Sólo podemos dudar.
* * *
Y que el número, la figura, el movimiento y la magnitud varían por la variación del sitio (en cuanto al sentido entendemos, no en sí) no hay por qué lo mostremos prolijamente, porque puedes experimentarlo por el uso cuotidiano.
Y baste esto del sitio.
* * *
Es necesario que la varia disposición del medio varíe aquellas cosas que por él nos son ofrecidas.
Ya en parte lo dijimos.
En el aire denso todo aparece obscuro, pequeño. En el tenue, al contrario.
En el prado todo se hace verde. Cerca de lo rojo y de lo amarillo los cuerpos se tiñen con estos colores.
En la mucha luz no se puede ver, principalmente los cuerpos blancos o los muy brillantes. En las tinieblas, menos. Acerca de éstas y de aquélla todo son dudas o errores. ¿Cuál es el medio? Desígnalo tú.
Pero también en el aire iluminado por fuegos artificiales vense unos y otros colores y otras figuras, según la variedad de la materia del fuego.
Si el medio es el vidrio o el cristal, vese la cosa de una o de otra manera, según los colores de aquéllos y las varias figuras y densidad.
Éstos son los medios por cuyo intermedio se ven las cosas. Y unos las muestran por su superficie. En éstos no hay consistencia alguna. ¡Cuántas figuras monstruosas, ridículas, multiplicadas, invertidas, truncadas! ¿Qué no fingen los espejos? ¿Qué juzgarás de éstos? ¿Ves aquella figura? No existe; ¿cómo la ves? Y, no obstante, la ves; ¿cómo es ello? Lo ignoras no sin razón.
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Pasemos ya al medio interno, en el cual acontecen tantas dificultades.
Levantado un ojo o atravesado, se ven dos cosas (aunque sintió lo contrario Aristóteles). De donde es de extrañar que los que padecen estrabismo no vean dobles todas las cosas. Pero daremos la razón en el examen de las cosas.
Sucede lo mismo si, acostándote de lado, tienes delante de ti algún cuerpo que tape el ojo inferior; pues entonces el ojo superior verá todo lo que está debajo de aquel cuerpo; pero el otro sólo aquel cuerpo y no distintamente, sino como en nubes; y así, mirando un ojo lo que está detrás del cuerpo y el otro el mismo cuerpo, parece que vemos a la vez dos cuerpos, de los cuales el uno está sobre el otro. Y experimentarás todavía mejor esto si moviendo un ojo hacia el ángulo exterior miras lo que está de lado. Pues entonces, dirigiendo allí el otro ojo, se pone de por medio la nariz y aparece que se sobreponen a modo de sombra las cosas que son vistas por el otro ojo.
Del mismo modo, si presentas a los ojos el dedo, pero no lo miras, sino que atiendes a aquellas cosas que están o detrás de él o a sus costados, aparecerá doble.
Lo mismo sucederá si converges ambos ojos a la nariz; todo se verá doble.
Movido un ojo, lo que se ve parece que se mueve. Y aun de dos cosas aparentes muévese la una estando quieta la otra. Y una se mueve a la derecha, otra a la izquierda si, mirando al libro, mueves continuamente los ojos por sí mismos sin ayuda del dedo, mirando sólo las líneas y no leyendo.
* * *
Añádese también a estas cosas la posición del ojo, hundido o saltón, por naturaleza o por accidente. De las cuales situaciones hay mucha diversidad en el ver. Y mucho más si uno está hundido y el otro prominente. Y también si el uno mira arriba y el otro abajo; pero aquí hay manifiesto error. Pero cuando ambos están hundidos o ambos saltones, ninguno.
A la situación de los ojos refiérese también la mayor o menor abertura u oclusión del párpado.
Si miras una luz, guiñando los ojos, aparecerán muchos rayos que se extienden hasta los ojos y se mueven conforme al movimiento de los párpados; si los abres totalmente, se paran y no son tan largos.