Que nada se sabe

Part 5

Chapter 54,158 wordsPublic domain

Mas, corresponde a la ciencia superior o común probar los principios. Lo sabrá, por ventura, todo, quien posea esta ciencia común; tú, nada; pues quien ignora los principios, ignora también la cosa. Pero ¿qué es aquella ciencia común?

Es maravilloso cómo estos artífices se parten los oficios, se separan con linderos, del mismo modo que el necio vulgo se adapta y se parte la tierra. Levantan un imperio de las ciencias, cuya reina y supremo juez es la ciencia común, la Lógica, a la cual se llevan los supremos pleitos; ésta da leyes a las demás, leyes que es menester aceptar como buenas; a ninguna de las otras ciencias, es lícito echar impunemente la hoz en su mies, ni a las unas en el campo de las otras; y así toda la vida pleitean del sujeto de cada ciencia, y no hay quien dirima este pleito de ignorancias.

De ahí, que si alguno trata de los astros en la física, dicen que lo hace o en cuanto que es físico o en cuanto es astrólogo; y uno compra esto del aritmético, pero otro roba aquello del matemático. ¿Qué es esto? ¿No son entretenimientos de chiquillos? Pues éstos, en un lugar público, en la plaza, en el foro o en el campo, construyen huertas, las cercan con tejas y cada uno cierra a otro la entrada de su huertecillo.

Entiendo lo que es eso. No pudiendo cada uno abrazarlo todo, el uno se eligió esta parte, el otro se apartó la otra. De ahí, que nada se sabe. Pues, conspirando todas las cosas que hay en este mundo a la composición de una sola, las unas no pueden subsistir sin las otras, ni éstas ser conservadas con aquéllas; y cada cual ejerce su oficio, diverso, sí, del de la otra, pero todos, no obstante, concurren a uno solo; éstas causan aquéllas, y éstas son hechas por aquellas otras. Es indecible la concatenación de todas.

No es, pues, de extrañar, si, ignorada una cosa, se ignora también lo demás. Por causa de lo cual acontece que quien se ocupa de los astros, considerando sus movimientos y las causas de ellos, acepta del físico, como cosa probada, qué es el astro, qué el movimiento; de ahí que sólo contemple la variedad, y la multitud del movimiento.

De lo demás, del mismo modo.

Mas, esto no es saber.

Saber es haber conocido primero la naturaleza de la cosa, en segundo lugar los accidentes, cuando la cosa tiene accidentes.

De lo cual se sigue que la demostración no es silogismo científico, más bien, nada es, como que solo demuestra, según tú, que tiene accidente (pues para mí, tanto dista de demostrar algo, que más bien esconde y no hace otra cosa que turbar el ingenio); pero, en cambio, supone la definición de la cosa.

Nada, pues, saben los que se fían de demostraciones y esperan de ellas ciencia; quienes condenan también éstas, nada para ti; y como poco ha, lo probaré.

Luego nada sabemos.

Elementos de la ciencia.

En la ciencia, pues, si admites mi definición, hay tres cosas: la que se ha de saber, el ente que conoce y el conocimiento mismo; cada una de las cuales hemos de explicar por separado, para colegir de ahí que nada se sabe.

En primer lugar, ¿cuántas son las cosas que se pueden conocer? Tal vez infinitas, no sólo en los individuos, sino también en las especies.

Negarás que son infinitas, pero no probarás que son limitadas pues ni siquiera pudiste numerar la más mínima parte de ellas; yo apenas conocí el hombre, el caballo y el perro.

Luego de esto ya nada sabemos. Pues ni tú viste el fin de todas las cosas, y, sin embargo, afirmas que son finitas; ni yo tampoco vi su infinidad; pero, no obstante, conjeturo que son infinitas. ¿Qué más cierto te parecerá a ti? A mí nada.

Pero dirás: ¿qué puede impedir la infinidad para el conocimiento de una sola cosa? Mucho, según tú, pues es necesario conocer los principios para conocer las cosas; tal vez, la materia y la forma; mas, en el infinito, las materias infinitas son tal vez distintas en especie (por más que tú no quieres distinguir de algo la materia por su especie; de lo cual hablaremos después).

De las formas no hay duda; pero del infinito no hay ciencia alguna.

Replicarás: puede ser la misma la materia aun de cosas infinitas. Cierto; pero también puede no ser la misma, y, por consiguiente múltiple. Pues, por ventura, hay otras cosas totalmente diversas de las nuestras, que no conoció ninguno de nosotros. Lo cual puede ser y no ser, es dudoso cuál de ambas cosas es.

Pero la ciencia es de suyo de lo que es y que no puede ser de otra manera, según tú. Ni es necesario que haya cosas infinitas, para que sea diversa la materia; pues ni siquiera a ti, que las crees infinitas todavía, no consta ni constará jamás (puedo, sin embargo, engañarme) si la materia del cielo es la misma que la de estas cosas inferiores.

¿Que tal vez los espíritus tengan materia propia, aunque se digan simples? Ciertamente. Afirmas tú que son muchos sus géneros y muchas, por consiguiente, las diferencias. Luego convienen en algo común; y esto es, según tú, la materia; y se diferencian en algo, y esto es la forma.

¿Tienen también materia propia los accidentes? Tú llamas al género de ellos materia, y a la diferencia forma.

¿Es la misma que la del cielo la materia de los astros? No lo sabes. Parece que no.

Luego tampoco sabes los principios, de los cuales se ignora cuántos son, aunque las cosas sean finitas.

Ni se tendrá jamás estabilidad en los principios; pues los principios del hombre son los elementos; de los cuales surgen materia y forma; y de esta materia y esta forma otras más simples.

Lo mismo del león, del asno, del oso; y así infinitamente.

* * *

Y de las formas no hay duda que en el infinito serán infinitas. Mas es necesario preconizar los principios.

Dirás que los elementos no son principios, de lo cual se hablará después. Y aun que no habrá principios, pues de lo infinito no hay principio...

* * *

Pero sean finitas las cosas: no por eso sabrás más. Pues ni siquiera conociste el primer principio necesarísimo de todas las cosas; por lo cual tampoco lo demás que se deriva de él. Nada, pues, sabemos.

Después, entre las cosas, unas son de sí como principio, de sí como sustancia, en sí, por sí y únicamente para sí (séame lícito hablar de esta manera), como la que llaman los filósofos primera causa, y los nuestros Dios; y todas las demás de éste, no de sí como principio, no de sí como sustancia, no en sí, no por sí, no para sí solas ni por causa de sí, sino que unas se originan de otras, otras se constituyen de otras, otras están en otras, otras son por otras. Y todas ellas es necesario conocerlas.

Mas, a Dios ¿quién le conoció perfectamente? «No me verá el hombre y vivirá». Por consiguiente, sólo fué lícito a Moisés verle por segundas causas; es decir, por sus obras. De donde dijo San Pablo: las cosas invisibles de Dios se ven por lo que ha sido hecho, entendiéndolo.

Y así es menester también conocer cuáles son las cosas que causan y el cómo, para que sepamos el qué perfectamente.

Y hay tal encadenamiento en todas las cosas, que ninguna es tan ociosa que no aproveche o dañe a otra; y aun una misma tiene por destino dañar a muchas y ayudar a muchas.

Luego es necesario conocerlas todas para el perfecto conocimiento de una sola. Mas esto, ¿quién lo puede alcanzar? Jamás lo vi.

Y por esta misma razón unas ciencias prestan ayuda a otras, y cada una contribuye al conocimiento de las demás.

A tal punto que ninguna puede saberse perfectamente sin las otras; y, por ende, éstas son obligadas a corroborar a aquéllas. Y los sujetos de todas hanse también de tal manera, que el uno depende mutuamente del otro y también cada uno hace mutuamente a los demás.

De donde se sigue nuevamente que nada se sabe. Pues ¿quién conoce todas las ciencias?

Casos prácticos.

Traeré un ejemplo breve para que no quede esto sin prueba. Bastará del hombre.

Éste odia al basilisco; pues cuéntase que el basilisco muere por la saliva del hombre ayuno; el basilisco al hombre y a la comadreja, la cual sola dícese que lo mata; la comadreja al basilisco y al ratón; el ratón a la comadreja y al gato; el gato al ratón y al perro; el perro al gato y al conejo; el conejo al perro y al hurón. Y basta de antipatías.

Además, el hombre no se mantiene y deleita de cualquier manjar, sino del buey, del carnero, etc. Éstos no de cualquier cosa que se les ofrece, sino de heno, paja, avena, que no se crían en cualquier tierra, sino en una determinada; y esta tierra no lo produce todo, sino un fruto peculiar a lo que contribuye mucho este o el otro cielo. Baste aquí de las simpatías.

¿Cómo sucede todo esto? Es menester conocer la naturaleza de cada una de tales cosas antes de conocer dignamente al hombre.

Y además, porque el hombre se nutre, crece, vive, raciocina, engendra, se corrompe, hase de preguntar inmediatamente del alma y de sus facultades.

Por igual razón también hay que inquirir de las plantas con qué alma viven; de los animales, de los seres inanimados. ¿No es la misma la ciencia de los contrarios? La generación y la corrupción ¿quién las hace? Las cualidades contrarias. Pues inmediatamente se pregunta de éstas, de los elementos, de los cuerpos superiores, de la introducción del alma, de la introducción de las formas, de la acción y de la pasión; de la cualidad, de la cantidad, de la situación, de la relación; por qué se siente, engendra y calienta. Además, aquello por qué está en descanso; lo otro, por qué es en un instante; esto, por qué es en el tiempo; hase de ver qué es tiempo y espacio e inmediatamente saber de los cielos y de sus movimientos, pues el tiempo es, (dice Aristóteles, aunque mal, como veremos después) número y lugar, según que tiene sucesión y extensión.

Puesto que el movimiento se mueve en línea recta y hacia abajo, debe preguntarse qué es hacia arriba y qué hacia abajo; cual es el centro del mundo, cuales los polos, y sus demás partes.

Porque vemos, y esto mediante la luz, pregúntase inmediatamente de los colores, de las imágenes, de la luz, del sol y de los astros.

Porque existe el cuerpo y es en el lugar, pregúntase del cuerpo, de la sustancia, del espacio y del vacío.

Porque el espacio dícese finito, de lo finito y de lo infinito.

Porque el cuerpo engendra y es engendrado, inmediatamente de todas las causas basta la primera.

Porque el hombre raciocina, del alma intelectiva y de sus facultades, de la ciencia y de lo cognoscible, de la prudencia y de los demás hábitos.

Porque mata, porque nunca vive contento, porque expone a la muerte la vida por la patria, porque socorre a enfermos y necesitados, suscítanse las cuestiones del bien y del mal, del último y sumo bien, de la virtud y del vicio, de la inmortalidad del alma.

Cualquiera de estas cosas lleva consigo todas las demás, que seguir fuera fastidioso.

Y lo mismo la cosa más trivial.

Conocerás esto con el ejemplo familiarísimo del reloj común. Pues si quieres saber cómo da las horas, es menester que examines todas las ruedas desde la primera a la última, y qué mueve la primera, y cómo ésta la otra y ésta otras dos, y así llegar hasta la última. Y si, aparte de dar las horas el reloj, las señala también con una aguja en un cuadrante, y muestra, además, los movimientos de la luna, su crecimiento y decrecimiento, y asimismo el curso perfecto del sol por el Zodiaco, de igual tenor que se hace en el cielo (todo lo cual y otras muchas cosas vemos que se nos muestra en el reloj portátil, según el verdadero curso de los astros), ciertamente harás la cosa más difícil, y no podrás percibir cómo se hace la menor de estas cosas sin que desmontes totalmente toda la fábrica, la examines y entiendas cada parte y su oficio.

Lo mismo te representará el orbe de cristal construído con admirable artificio por Arquímedes en el cual orbe todas las esferas y planetas eran movidos y observados del mismo modo que en el Universo, haciéndolo todo automáticamente un soplo por ciertos canalillos y conductos. ¿No era menester, si alguno quería conocer esto, penetrar perfectamente toda la máquina y sus partes hasta la más pequeña con sus oficios?

Lo mismo se debe entender en este nuestro orbe. Pues ¿qué hallarás en él que no mueva y sea movido, mude y sea mudado o experimente una o ambas cosas?

Consecuencias.

Ve adónde se ha llegado.

Sólo hay o podría haber una ciencia: la de la naturaleza de las cosas; por la cual todas ellas serían perfectamente conocidas: ya que una no puede ser conocida perfectamente sin todas las otras. Las ciencias que tenemos son vanidades, rapsodias, fragmentos de observaciones contradictorias; lo demás, imaginaciones, artificios, fantasías...

De donde no del todo ineptamente decía el Rey Sabio: que la sabiduría de los hombres es necedad ante Dios.

Pero volvamos allá de donde nos habíamos apartado, y de ahí colige que es una sola la ciencia de todas las cosas. Pues siempre que acontece tratar de alguna cosa, con ocasión de ésta hase de tratar de otra y de otra por ésta, y por tercera vez de otra por ésta; y así iríamos hasta lo infinito, si en medio del camino no volviésemos pie atrás, y no sin detrimento de la sabiduría.

De donde surge aquella ley en las ciencias: _Todo está en todo_; pues vemos que todo se sigue de todo. Mas para que no dejara de tener fin su ciencia, se empeñaron los filósofos en poner límites, los cuales, sin embargo, no pueden conservar (pues, ¿cómo conservarán los límites que no tolera la naturaleza?); de donde es necesario repetir lo mismo mil veces en la misma obra y en las diversas obras. Fácilmente lo mostraríamos en cualquier autor, pero sería largo. Pues lo que dijo Aristóteles en los predicamentos ¿no lo repite, por ventura, en la Física y en la Metafísica? ¿y lo que en estas ciencias en otras, frecuentemente?

Y nuestro Galeno ¡cuán prolijo es! Apenas hallarás un solo capítulo en que no leas: _Y de esto, aun cuando tratamos más extensamente en otro lugar, no dañará si repetimos brevemente lo que atañe a nuestro propósito. Baste aquí por lo que se refiere al presente tratado; lo demás lo hallarás en tal libro_.

Lo cual muestra claramente que para el conocimiento de una sola cosa es también necesario el conocimiento de las demás; cuando también para la producción de una sola cosa, conservación o destrucción, es necesario el concurso de todas las otras, como probaremos más extensamente en el examen de la naturaleza.

Confirman también lo mismo los que promueven disputa sobre alguna cosa; pues si pretenden probar que el hombre es animal, distan tanto de lograrlo, que, al revés, discurriendo mediante silogismos, de una cosa en otra llegan por fin o al cielo o al infierno, según los medios de que usa el probante y según lo negado por su rival.

Y lo que el inventor de la demostración dice de ella, que por los intermedios hase de llegar a los primeros principios, y que en ellos se ha de parar, es una ficción; como también todo lo otro que dice acerca de la misma cosa.

Ni tampoco hay tales medios ciertos, numerados y ordenados, por los cuales podamos proceder libremente; ni principios en los cuales pueda el ánimo posarse quieto y contento.

Y si tú tienes tales cosas, me placerá mucho que me las enseñes.

Otra prueba de la ignorancia.

¿Y esperas todavía más ancha prueba de nuestra ignorancia? La daré.

Viste ya la dificultad en las especies.

Mas de los individuos confesarás que no hay ciencia alguna, porque son infinitos.

Pero las especies nada son, o al menos son una fantasía; sólo son los individuos, sólo se perciben éstos, sólo de éstos hase de tener ciencia; de ellos se ha de captar. Si no es así muéstrame en la naturaleza aquellos tus universales; los darás en los mismos particulares. Nada veo en ellos universal; todo particular.

Y en éstos ¿cuánta variedad se observa? Cosa maravillosa. Este es un ladrón acabado; aquél homicida; aquél sólo nacido para la gramática; el otro totalmente inepto para las ciencias; éste cruel y sanguinario desde la cuna; por ningún arte puede ser aquél apartado del vino, éste del placer venéreo, el otro del juego; uno se derrite a sola la vista u olfato de la hiel; otro no gustó jamás la manzana ni puede ver a otro que la guste; otros la carne, otros el queso, otro el pescado: de todos los cuales nosotros conocimos algunos.

Hay quien devora y cuece indiferentemente metales, vidrios, plumas, ladrillos, lana, y, finalmente, todo; otro cae en síncope al olor o vista de una rosa; éste odia a las mujeres; aquél se nutre con cicuta; esotro duerme día y noche. Yo arrojé muchas veces con ira los libros y huí del arte, pero en el foro, en el campo, medito sin cesar, y nunca menos solo que cuando estoy solo, y nunca menos ocioso que cuando estoy ocioso; conmigo tengo el enemigo y no puedo evadirlo, y, como escribió Horacio: _huyo fugitivo de mí mismo, como errabundo, ya preguntando a los caminantes, ya buscando calmar el cuidado con el sueño; pero en vano, porque la negra compañera me atormenta y sigue..._

Finalmente, hay algunos hombres ante los que dudas muy seriamente si los debes llamar racionales o irracionales. Y, al contrario, hay brutos a los que puedes apellidar con mayor justicia racionales que a algunos de entre los hombres. Responderás que una golondrina no hace verano ni un particular destruye lo universal. Yo, al contrario, insisto en que el universal es totalmente falso, a no ser que abrace y afirme cómo es todo lo que se contiene bajo de él. Pues, ¿cómo fuera verdad decir que todo hombre es racional, si muchos o uno solo fuesen irracionales? Si dices que en este hombre el defecto no está en el ánima, sino en el cuerpo su instrumento, dirás, por ventura, verdad, pero en mi favor. Pues, el hombre no es sola el ánima ni sólo el cuerpo, sino los dos juntos; luego, siendo uno de ellos defectuoso, defectuoso será el hombre.

De lo cual se sigue que es ridículo el dicho de algunos: que el alma del hombre puede ser redonda o de cualquiera otra figura distinta de como todos somos. Ignoro si ellos la vieron alguna vez; si la vieron, confirman mi tesis; pues nadie creería que tal alma fuese de la misma condición que las nuestras. Si no la vieron, ¿por qué la fingen tal cual la naturaleza no puede, por ventura, producirla? Y si puede, ¿cómo será cierta aquella proposición: el alma es acto del cuerpo físico?

He aquí la ciencia de los tales.

Y todavía es mucho más absurdo aquello, de que, no existiendo hombre alguno, sería verdadero decir, el hombre es animal. Ello es suponer un imposible para inferir una falsedad. Pues, si hablas en la filosofía, jamás faltarán hombres, porque el mundo es eterno; si hablas en la fe, ¿dejará de ser Cristo nuestro Señor? Ve cómo de ambas maneras es imposible el supuesto.

Mas, ¿no sabes por tu preceptor que, puesto lo posible en el ser, no se sigue inconveniente, pero que, admitido lo imposible, se siguen muchos?

Pero sea, sea posible: si el hombre _no es_ ¿cómo será el hombre animal?

Dicen que el verbo _es_ tómase allí por la esencia, no por la existencia y que es sólo cópula, y que, por tanto, aquella proposición es eterna y en las ciencias siempre se toma así; y que aun antes de la creación del hombre fué verdadera aquella proposición y que en la mente divina estuvieron todas las esencias de las cosas. Y así, escriben cosas maravillosas del ser y de la esencia. ¿Cabe mayor vanidad? De tal manera truecan y cambian las palabras de su propia significación, que su lenguaje es totalmente diverso del paterno, debiendo ser el mismo. Y, acercándose a ellos para aprender algo, cambian de tal manera las significaciones de las palabras, de las que antes habías usado, que ya no designan las cosas mismas y naturales, sino aquellas que ellos se fingieron, para que tú, ávido de saber y totalmente ignorante de estas cosas nuevas, les oigas a ellos disputando y disertando con sutileza, tejiendo sueños de sueños, fantasías aderezadas con maravilloso artificio, y les admires y les tengas y reverencies como agudísimos escudriñadores de la naturaleza.

¡Caso extraño! ¡Cuánta barbarie! ¿Qué cosa más sencilla, más clara, más usada que el verbo es? Sin embargo, ¡cuánta disputa en torno suyo! Los chiquillos son más doctos que los filósofos, pues si preguntas a un niño si el padre está en casa, responde que está, si está; si preguntas si es malo, lo niega.

El filósofo, de ningún hombre afirma nada a derechas. Ni es tampoco menos absurdo lo que algunos se empeñan en establecer, que la filosofía no puede ser enseñada en otro idioma que en griego o latín; porque, dicen, no hay palabras con las que puedas traducir muchas que hay en aquellas lenguas, como la _entelequeia_ de Aristóteles (de la cual se ha disputado en vano hasta ahora cómo se debe verter del latín); _esencia_, _quiddidad_, _corporeidad_ y otras parecidas que maquinan los filósofos. Naturalmente, como no significan cosa alguna, tampoco son entendidas por nadie ni pueden ser explicadas ni vertidas en lenguaje vulgar, el cual suele designar con sus nombres propios sólo las cosas verdaderas, no las fingidas.

Etimologías.

Añade a esto la frívola sentencia de otros que asignan a las palabras no sé qué fuerza propia, para deducir de ahí que los nombres fueron impuestos a las cosas según la naturaleza de ellas.

Guiados por lo cual, no menos neciamente empéñanse algunos en traer de algo propio las significaciones de todas las palabras; como _lapis_ (piedra), de que hiere el pie; _humus_ (tierra), de humedad. Y asno, ¿de dónde?: de ti, vano etimologista, porque no tienes _sentido_, pues _a_ en griego y latín significa frecuentemente privación; _sinus_, como _sensus_, sentido; luego _asno_ es lo mismo que _sin sentido_, o sea lo mismo que tú.

Pero ¿no es buena la etimología?

No, cuando se inquieren las palabras más bien por curiosidad que con verdad o utilidad; así todo lo haces derivativo o compuesto, nada simple o primitivo; ¿cabe mayor insensatez?

Si la dicción _lapis_ (piedra) fué impuesta por la naturaleza de la cosa, como dices, ¿es la naturaleza de la piedra que hiera el pie? Pienso que no. Pero sea. ¿Cómo _lædo_ (hiero) representa la naturaleza del daño que significa? ¿Cómo _pes_ (pie) significa la naturaleza del pie?

Vamos a lo infinito.

_Humus_ tampoco se dice de _humedad_; pues, al contrario, la tierra es, según tú, el más seco de todos los elementos; pero, aunque fuera humidísima y de la humedad se dijera _humus_, ¿de dónde se dirá tal la humedad? Si me das otra palabra preguntaré su abolengo. Y así, otra vez hasta lo infinito. Porque, si cesas en alguna, la obligaré a que muestre la naturaleza de la cosa que significa. Todas las intermedias parecen representar la naturaleza de la cosa, porque se derivan de otras que significan algo hasta la última, que de ninguna otra se deriva, según tú; pues bien, preguntaría lo mismo de la última.

¿Cuántas son las voces simples? Casi todas.

Además. Si _pan_ ha sido impuesta, según la naturaleza de la cosa, ¿qué decir de la griega _artos_, o de la británica _bara_, o de la vascuence _ouguia_, cuya diversidad en el sonido, en las letras, en el acento, es tanta, que no tienen nada de común?

Si dices que sólo una lengua ha sido impuesta, según la naturaleza de la cosa, ¿por qué no las demás también? Y ¿cuál es ella? Si dices que la primera de Adán, acaso, pues pudo, por haber conocido las naturalezas de las cosas, como atestigua el autor del Pentateuco, darles nombre adecuado, pero entonces ciertamente habría hecho falta que su filosofía o la que tenemos hubiese sido escrita en su idioma. ¡Bella filosofía la que no puede ser enseñada o explicada con otro lenguaje que con el de Adán! Pero tú, varón prudentísimo, te contentas con el griego o el latín, que no han sido impuestos por la naturaleza de las cosas.

¿Y no se corrompen y mudan perpetuamente las voces?; ¿no hay libros franceses y españoles en los que hallarás muchas palabras cuyo significado se ignora totalmente?