Que nada se sabe

Part 10

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Ni hay quien editando hogaño un libro valeroso pueda decir que mañana no cantará la palinodia, ni quien, errando ayer, no confiese, si es probo, que se engañó entonces. Y los que, por ignorancia o amor propio, no hacen tal y defienden con pertinacia sus errores, causan un grave daño a la verdad, tanto mayor cuanto más agudos sean sus ingenios.

Tampoco hay nadie en el mundo que si, en vez de dar a las prensas aceleradamente sus obras, las guarda por muchos años, deje de corregirlas y enmendarlas uno y otro, aunque viviera cien. Y si eternamente viviera, eternamente andaría quitando aquí, mudando allí, rehaciendo acullá.

¿De dónde tanta innovación, tanta variedad e inconstancia?

Ciertamente, de la ignorancia humana. Pues, si supiéramos perfectamente lo que una vez escribimos, nada habría de mudarse luego.

¿En qué edad, pues, se juzga mejor? Dirás: en la ancianidad. Pero, más racional parece en el tiempo en que todo está en vigor; en la vejez, todo languidece y por eso se compara a la infancia; de donde la frase: _Malditos los niños de cien años_.

* * *

Aparte estas mudanzas del cuerpo, impiden también el conocimiento de la verdad las afecciones del ánimo. Lo dijimos ya arriba. El amor, el odio, la envidia y lo demás que allí nombramos, se opone a que se juzgue bien.

Y ¿quién es tan equilibrado que no caiga en alguna de esas pasiones? Mas si de todas ellas se viere libre, ¿no caerá en el amor propio? Pues, ¿quién hay que no crea que dijo lo cierto, que halló el nudo de la dificultad y que entiende muy bien las cosas? Omitiendo, finalmente, que cada uno se estime más docto, más agudo, más perspicaz, más prudente, más sabio que los demás.

Nadie, dice el vulgo, es juez recto en causa propia. Y cada uno trata su causa cuando afirma algo de palabra o por escrito.

Nada, pues, sabemos.

* * *

Pero, supongamos (cosa imposible) que carece nuestro juez de tales defectos. Aun así, no sabrá más en lo sucesivo, aunque se guíe por la común sentencia de que perpetuamente nos hacemos más doctos, pues sucede lo contrario a todos aquellos que se proponen conocer perfectamente las cosas.

Yo, antes que hubiese comenzado a considerarlas, parecíame que era más culto. Pues lo que había recibido de mis preceptores, lo tenía por sobradamente sabido y propio, estimando que el saber consiste en haber visto, oído y retenido muchas cosas.

Conforme a lo cual con revolver en el magín los conceptos ajenos parecíame que lo sabía todo, y cada día me aficionaba más a este linaje de ciencia.

Mas, tan luego como me convertí a las cosas, abandonada en un todo la fe primera (aquella fe con humos científicos), comencé a examinarlas, como si nadie hubiese dicho jamás cosa alguna; y cuanto más me parecía saber antes, otro tanto vi que ignoraba entonces, y a tal punto llegué que hoy me parece que nada sé ni espero que pueda saberse; cuanto más contemplo las cosas más dudo.

Pues ¿cómo no dudar, si no puedo percibir ni conocer las naturalezas de las cosas, fuentes de la verdadera ciencia?

Harto fácil es ver el imán; pero ¿qué es el imán en sí? ¿por qué atrae al hierro? Esto sería saber lo que es el imán si pudiéramos conocer las cosas. Con todo, los que se dicen sabios responden que la atracción se debe a una virtud oculta. Y a esto llaman saber, cuando verdaderamente es ignorar. Pues ¿qué diferencia hallaré entre quien me dice que no sabe por qué se hace una cosa y quien me afirma que se hace por una oculta y misteriosa propiedad?

Y si a la duda de la atracción del hierro se añaden estas otras que aunque tuvieren satisfactoria respuesta provocarían nuevas interrogaciones sin fin, ¿quién se resiste a la evidencia de nuestra ignorancia? ¿Cómo tocado el hierro por el imán, de aquella parte de la piedra que en su criadero miraba al Norte, se vuelve siempre al Septentrión, y huye del lado contrario, merced a lo cual rodeamos la tierra en pequeña nave y conocemos en medio del océano un punto cualquiera con infalible certidumbre? ¿Cómo el imán no sólo atrae a un solo anillo ni a una sola aguja, sino que difunde también la fuerza transmitida por agujas y anillos a otros muchos hasta suspenderlos todos en el aire? Y si, finalmente, se le unta con ajo, ¿por qué languidece y pierde la fuerza de atraer?

Este y otros innumerables ejemplos que podrían ponerse ¿no rinden los bríos de la razón al más docto y experimentado de los hombres?

* * *

Así ¿qué hará nuestro juez, ese juez imaginario de las cosas, aunque viva cien años en ancha y cabal plenitud? Experimentar algunas de esas cosas; experimentarlas mal y juzgarlas peor. De ninguna de ellas sabrá en absoluto nada.

Pero aunque viese y estudiase muchas, no podría, sin embargo, examinarlas todas, que sería el único medio de aprender a conocerlas. A cada paso le asaltaría una duda: ¿habré experimentado bien? Y si consulta a otros diversos autores sobre los mismos objetos en examen, los hallará diversamente experimentados y traducidos: lo que uno dice que probó, asegura otro que es imposible; una experiencia contradice a otra experiencia.

¿Cómo, pues, juzgará rectamente de lo oscuro y recóndito, de lo que en modo alguno puede ser alcanzado por el sentido, quien no está cierto de las cosas que al sentido se nos presentan y que por él han de conocerse?

Y si, apartándonos de los doctos, nos arrimamos al vulgo, ¡cuánta variedad, cuánta discordia, qué de ignorancia y confusión!

Se me replicará que de los hombres rudos ha de esperarse menos que de los letrados. Mas ¿no se dice comúnmente: _Voz del pueblo voz de Dios_? Y en verdad que es difícil suponer que todo el pueblo se engañe y sólo el filósofo tenga razón, principalmente en las cosas que estriban más en la experiencia que en el juicio. En general ha de creerse al vulgo en lo que se refiera a la agricultura, navegación, arte mercantil y oficios mecánicos, según la profesión de cada cual, pues también es dicho común que más vale el ignorante en su oficio que el sabio en el ajeno.

Con todo, si se ha de escoger entre la opinión del pueblo y la opinión de los filósofos, se inclina el ánimo casi siempre a diputar por verdadero lo que el docto afirma. Y aunque parece racional que los que acierten sean pocos, también parece duro creer que se engañe tanta muchedumbre allí donde uno solo dice que dice la verdad.

Por otra parte, lo que es tenido y confirmado durante largo tiempo por muchos parece que tiene mayor certidumbre que una novedad enseñada por uno solo. Claro está que hay verdades que viven desconocidas luengos años, pero también hay verdades harto conocidas que al cabo se hunden en el descrédito.

¿Qué decir de tu opinión nueva, filósofo novel, que luchas contra el vulgo? ¿Es una verdad desconocida que ha de triunfar o es en el fondo una antigualla que debe morir? Si dices lo primero, tú y yo lo ignoramos. Y si respondes que tu opinión es una verdad añeja y autorizada (por aquello de que _nada se dice que antes no se haya dicho_) y me pruebas que ya otros hombres afirmaron antaño igual que tú, exactamente lo mismo puede afirmar y probar el que defiende un error, pues no hubo nunca opinión, por necia que fuere, que no hallase en el mundo seguidores.

* * *

Todo esto pugna, al cabo, contra mí al querer probar que nada se sabe, cuando hoy todo el mundo opina de diversa suerte. Pero, no obstante, algo hay a mi favor en el fondo de ese optimismo universal. ¿No dicen que la ciencia, para merecer tal nombre, ha de ser cierta, infalible y perenne? Pues ¿qué juzgará de la certidumbre, infalibilidad y permanencia del conocimiento científico el miserable anciano, por muy experimentado que fuere, al cerrar las últimas páginas del libro de su vida?

Resumen.

Quedan, a mi juicio, explanados los tres términos que hay que distinguir en el problema del conocimiento: la cosa que ha de ser conocida, el ente que conoce y el conocimiento mismo. Creo haber mostrado la vanidad e impotencia de nuestro saber por razón de su materia y la incapacidad de nuestras facultades cognoscitivas para alcanzar algo que no sea exterior, mudable y limitado.

_Ciencia_, se dijo, _es el conocimiento perfecto de la cosa_; ¿y de qué cosa podemos presumir un conocimiento semejante? ¿Puede darse el nombre de ciencia a un conocimiento cualquiera? Tanto valdría decir que todo el mundo es sabio; el docto lo mismo que el ignorante, los hombres lo mismo que los brutos.

Y que la ciencia debe ser conocimiento perfecto nadie lo duda; la incertidumbre está en que sea posible llegar a conocer perfectamente alguna cosa. ¿En dónde y en quién hallar ese puro y perfecto conocimiento? Lo ignoramos también, aunque lo más racional sea decir: en nadie, en parte ninguna de este mundo.

Lo dijimos ya: el perfecto conocimiento requiere un ente perfecto, una perfecta adecuación del entendimiento a la cosa que se pretende conocer. Esa perfección del ente, esa _comprehensión_ intelectual nunca las vi. Si tú las viste, lector, escríbemelo. Y dime, también, si viste algo perfecto y cabal en la Naturaleza...

* * *

Nada me parece necesario añadir en punto a nuestra definición de la ciencia y a la demostración de la tesis: _que nada se sabe_.

Si quieres más pruebas de esta cuestión, las hallarás copiosamente en el proceso de mis obras, en todas las cuales me propuse, directa o indirectamente, demostrar lo mismo. Por ahora, demos paz a la pluma y reposo también al pensamiento, que ya este discurso creció harto más de lo que yo deseaba.

Viste, pues, lector, las dificultades que nos arrebatan la ciencia. Sé que no te agradarán muchas de las cosas que aquí dije y sospecho también que, al acabar la lectura, me reproches que no he demostrado nada.

A lo menos, dije lo que pienso con toda la llaneza, sinceridad y rectitud que pude, ya que no quise cometer la misma falta que en los demás condeno: la de probar mi tesis con razones traídas por la melena, más oscuras y tal vez más dudosas que la cuestión.

Es mi propósito fundar, en cuanto me sea posible, una ciencia segura y fácil, basándola no en quimeras y ficciones, ajenas a la realidad de las cosas, y útiles sólo para mostrar la sutileza y el ingenio de quien escribe, sino en los métodos firmes y positivos que puedan conducir a una concepción científica verdaderamente racional y elevada.

No me faltaran a mí tampoco agudezas ni ingeniosas invenciones, como al más pintado, si en tales artificios y arrequives hallara yo contentamiento. Mas ¿qué deleite puede hallar un ánimo severo y libre, que sienta la sed de la verdad, en esas ficciones, divorciadas de la naturaleza, que antes engañan que instruyen y acaban por confundir lo falso y lo verdadero? ¿Cómo llamarle ciencia a ese tejer y destejer de sueños, de imposturas y delirios a esa invención de charlatanes y prestidigitadores?

Tú, lector, juzgarás de todo ello: lo que aquí te pareciere bien recíbelo con amor; lo que aquí te disguste no lo rechaces con odio, pues fuera cruel hacer daño a quien intenta fustigar errores.

Examínate a ti mismo. Si algo sabes, enséñamelo. Te daré las gracias.

Yo, en tanto, ciñéndome a examinar las cosas, propondré en otro libro si es posible saber algo y de qué modo; esto es, cuál puede ser el método que nos conduzca a la ciencia en cuanto lo permita la humana fragilidad.

Vale.

* * *

_Lo que se enseña no tiene más virtud que la que recibe de quien lo enseña._

* * *

QUID?

ÍNDICE

Páginas.

DEDICATORIA. V

FRANCISCO SÁNCHEZ, AL LECTOR. XI

PRÓLOGO. XXIII

Todo es cuestión de nombres. No hay nombre acomodado. 9

La ciencia. 16

Juicios lógicos. 20

La demostración. 21

Poco valor de los silogismos. 25

¿Qué es saber? 53

Elementos de la ciencia. 59

Casos prácticos. 64

Consecuencias. 68

Otra prueba de la ignorancia. 71

Etimologías. 77

Variedades humanas. 82

Cuestiones indecisas. 85

Otra causa de nuestra ignorancia. 89

Infortunio del hombre de letras. 101

El conocimiento y los sentidos. 103

Pobreza del sujeto cognoscente. 107

El conocimiento. 110

Medios internos del conocimiento. 129

De cómo la imperfección humana excluye un conocimiento perfecto. 135

Nuevas dificultades para la investigación de la Verdad. 149

Conclusión. Los únicos criterios de la Ciencia: el experimento y la crítica. 169

Resumen. 183

NOTAS

[1] Un distinguido profesor del Mediodía de Francia, y buen amigo de España, Mr. Henry Pierre Cazac, me ha proporcionado algunos datos biográficos de gran novedad relativos a la persona de Francisco Sánchez, y que rectifican ciertas fechas tenidas hasta ahora por seguras.

Consta en el libro de Astruc _Mémoires pour servir à l’histoire de la Faculté de Médecine de Montpellier_ que Francisco Sánchez, español, vino a estudiar medicina a Montpellier, y se inscribió por primera vez en los registros de matrícula en 1573. Es imposible, por tanto, que en esa fecha se hubiese graduado de doctor. Astruc añade que se graduó en años sucesivos; pero no dice una palabra de su profesorado, y en cambio advierte que Sánchez, terminada su carrera, pasó de Montpellier a Tolosa, en cuya Universidad obtuvo una regencia o cargo de regente _dont il s’acquitta avec beaucoup d’honneur_.

La dedicatoria del _Carmen de Cometa_ (1578) está datada de Tolosa, donde Sánchez enseñó filosofía veinticinco años, y medicina por espacio de doce.

Existe en la sala de Actos de la Universidad de Tolosa el retrato de Francisco Sánchez con la siguiente inscripción, que rectifica la fecha de su muerte admitida por todos los biógrafos, y que también admití yo en la primera edición de este discurso. La inscripción dice así: _«Franciscus Sanchez Lusitanus, antecesor regius saluberrimæ facultatis medicinæ in alma Universitate tolosana, profesor. Obiit anno MDCXXIII ætatis suæ LXX.--Quid? Liberalium artium cathedram prius occupaverat.»_

El _Quid?_ es muy significativo como divisa escéptica, y ninguna otra tan apropiada para ponerse al pie de un retrato de nuestro filósofo. El cambio de 1623 por 1636 se explica fácilmente por un trastrueque de letras, que ha venido pasando de unos a otros escritores.

Sánchez dirigió por espacio de treinta años el hospital de Santiago de Tolosa, según la _Biographie Toulousaine_.

Describiendo el retrato de Sánchez, conservado en Tolosa (donde también está el de Raimundo Sabunde), me dice el Sr. Cazac que piensa reproducirle al frente de su versión francesa de este discurso: _«Tête longue avec une expression de finesse, qui n’exclut pas une certaine bonhomie.»_

[2] Consta que existieron otros tres, citados en el _Diccionario_ de Moreri: _Método Universal de las Ciencias_, en castellano: _Examen Rerum, Tractatus de Anima_. Gran descubrimiento sería el de estos libros, que quizá existan aún en algunas bibliotecas del Mediodía de Francia.

[3] No se saben solamente las cosas que se _demuestran_, sino también las que se _intuyen_. No es el único ni siquiera el principal criterio de verdad la _razón_; lo son también la _inteligencia_ o potencia intuitiva del mundo exterior y la _conciencia_ o potencia intuitiva del mundo interior; ellas, aparte de los sentidos.

En este argumento apóyase gran parte del sofisma de los escépticos.

Que _yo existo_, que _el mundo existe_, etc., no sólo no se demuestran, sino que no admiten demostración, como ningún axioma ni del mundo empírico ni del mundo ideal. Basta que el objeto se presente debidamente a la facultad suficientemente dispuesta para que el conocimiento se verifique: para saber que existe este libro, que lo estás leyendo, caro lector, te basta tenerlo delante, sin que nadie te lo demuestre. _Nota del Trad._

[4] Es decir, ya sé menos todavía en eso de andar por géneros próximos y diferencias específicas... _N. del T._

[5] Aristóteles.

[6] Aristóteles y sus discípulos.

[7] No se sabe solamente lo que se prueba. Las más de las cosas las sabemos por intuición. No podrás _probar_ que existe este libro que estás leyendo, lector amable, pero sabes _ciertamente_ que existe por que lo _intuyes_. Obsérvese que ahí estriba todo el sistema escéptico, en ese falso concepto del valor de los criterios de verdad y de certeza. _Nota del Trad._

[8] Recuérdese que _Barbara_ es una palabra bárbara con que los escolásticos exagerados por amaneramiento y extremos de sutileza expresaron uno de los modos del silogismo.

[9] Pronto se dejó sentir nuestro colosal esfuerzo colonizador en América.--(_N. del T._)