Prosas Profanas Obras Completas Vol. II

Part 3

Chapter 33,717 wordsPublic domain

Una andaluza despliega su manto Para el poeta de música eximia; Rústicos Títiros cantan su canto; Bulle el hervor de la alegre vendimia.

Ya es un tropel de bacantes modernas El que despierta las locas lujurias; Ya húmeda y triste de lágrimas tiernas, Da su gemido la gaita de Asturias.

Francas fanfarrias de cobres sonoros, Labios quemantes de humanas sirenas, Ocres y rojos de plazas de toros, Fuegos y chispas de locas verbenas.

* * * * *

Joven homérida, un día su tierra Vióle que alzaba soberbio estandarte, Buen capitán de la lírica guerra, Regio cruzado del reino del arte.

Vióle con yelmo de acero brillante, Rica armadura sonora a su paso, Firme tizona, broncíneo olifante, Listo y piafante su excelso pegaso.

Y de la brega tornar vióle un día De su victoria en los bravos tropeles, Bajo el gran sol de la eterna Harmonía, Dueño de verdes y nobles laureles.

Fué aborrecido de Zoilo, el verdugo. Fué por la gloria su estrella encendida. Y esto pasó en el reinado de Hugo, Emperador de la barba florida.

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ELOGIO DE LA SEGUIDILLA

METRO mágico y rico que al alma expresas Llameantes alegrías, penas arcanas, Desde en los suaves labios de las princesas Hasta en las bocas rojas de las gitanas.

Las almas harmoniosas buscan tu encanto, Sonora rosa métrica que ardes y brillas, Y España ve en tu ritmo, siente en tu canto Sus hembras, sus claveles, sus manzanillas.

Vibras al aire alegre como una cinta, El músico te adula, te ama el poeta; Rueda en ti sus fogosos paisajes pinta Con la audaz policromia de su paleta.

En ti el hábil orfebre cincela el marco En que la idea-perla su oriente acusa, O en tu cordaje harmónico formas el arco Con que lanza sus flechas la airada musa.

A él tu voz en baile crujen las faldas, Los piececitos hacen brotar las rosas E hilan hebras de amores las Esmeraldas En ruecas invisibles y misteriosas.

La anudaluza hechicera, paloma arisca, Por ti irradia, se agita, vibra y se quiebra, Con el lánguido gesto de la odalisca O las fascinaciones de la culebra.

Pequeña ánfora lírica de vino llena Compuesto por la dulce musa Alegría Con uvas andaluzas, sal macarena, Flor y canela frescas de Andalucía.

Subes, creces y vistes de pompas fieras; Retumbas en el ruido de las metrallas, Ondulas con el ala de las banderas, Suenas con los clarines de las batallas.

Tienes toda la lira: tienes las manos Que acompasan las danzas y las canciones; Tus órganos, tus prosas, tus cantos llanos Y tus llantos que parten los corazones.

Ramillete de dulces trinos verbales, Javalina de Diana la Cazadora, Ritmo que tiene el filo de cien puñales, Que muerde y acaricia, mata y enflora.

Las Tirsis campesinas de ti están llenas Y aman, radiosa abeja, tus bordoneos; Así riegas tus chispas las nochebuenas Como adornas la lira de los Orfeos.

Que bajo el sol dorado de Manzanilla Que esta azulada concha del cielo baña, Polítona y triunfante, la seguidilla Es la flor del sonoro Pindo de España.

Madrid, 1892.

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EL CISNE _A Ch. Del Gouffre._

FUÉ en una hora divina para el género humano. El Cisne antes cantaba sólo para morir. Cuando se oyó el acento del Cisne wagneriano Fué en medio de una aurora, fué para revivir.

Sobre las tempestades del humano oceano Se oye el canto del Cisne; no se cesa de oir, Dominando el martillo del viejo Thor germano O las trompas que cantan la espada de Argantir.

¡Oh Cisne! ¡Oh sacro pájaro! Si antes la blanca Helena Del huevo azul de Leda brotó de gracia llena, Siendo de la Hermosura la princesa inmortal,

Bajo tus blancas alas la nueva Poesía, Concibe en una gloria de luz y de harmonía La Helena eterna y pura que encarna el ideal.

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LA PÁGINA BLANCA _A. A. Lamberti._

Mis ojos miraban en hora de ensueños la página blanca.

Y vino el desfile de ensueños y sombras. Y fueron mujeres de rostros de estatua, Mujeres de rostros de estatuas de mármol, ¡Tan tristes, tan dulces, tan suaves, tan pálidas!

Y fueron visiones de extraños poemas, De extraños poemas de besos y lágrimas, ¡De historias que dejan en crueles instantes Las testas viriles cubiertas de canas!

¡Qué cascos de nieve que pone la suerte! ¡Qué arrugas precoces cincela en la cara! ¡Y cómo se quiere que vayan ligeros Los tardos camellos de la caravana!

Los tardos camellos--, Como las figuras en un panorama--, Cual si fuese un desierto de hielo, Atraviesan la página blanca.

Este lleva una carga De dolores y angustias antiguas, Angustias de pueblos, dolores de razas; ¡Dolores y angustias que sufren los Cristos Que vienen al mundo de víctimas trágicas!

Otro lleva en la espalda El cofre de ensueños, de perlas y oro, Que conduce la Reina de Saba.

Otro lleva una caja En que va, dolorosa difunta, Como un muerto lirio la pobre Esperanza.

Y camina sobre un dromedario la Pálida, La vestida de ropas obscuras, La Reina invencible, la bella inviolada: La Muerte.

Y el hombre, A quien duras visiones asaltan, El que encuentra en los astros del cielo Prodigios que abruman y signos que espantan,

Mira al dromedario de la caravana Como al mensajero que la luz conduce, ¡En el vago desierto que forma la página blanca!

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AÑO NUEVO _A J. Piquet._

A las doce de la noche por las puertas de la gloria Y el fulgor de perla y oro de una luz extraterrestre, Sale en hombros de cuatro ángeles, y en su silla gestatoria, San Silvestre.

Más hermoso que un rey mago, lleva puesta la tiara, De que son bellos diamantes Sirio, Arturo y Orión; Y el anillo de su diestra, hecho cual si fuese para Salomón.

Sus pies cubren los joyeles de la Osa adamantina, Y su capa raras piedras de una ilustre Visapur; Y colgada sobre el pecho resplandece la divina Cruz del Sur.

Va el pontífice hacia Oriente ¿va encontrar el áureo barco, Donde al brillo de la aurora viene en triunfo el rey Enero? Ya la aljaba de Diciembre se fué toda por el arco Del Arquero.

A la orilla del abismo misterioso de lo Eterno El inmenso Sagitario no se cansa de flechar; Le sustenta el frío Polo, lo corona el blanco Invierno, Y le cubre los riñones el vellón azul del mar.

Cada flecha que dispara, cada flecha es una hora; Doce aljabas, cada año, para él trae el rey Enero; En la sombra se destaca la figura vencedora Del Arquero.

Al redor de la figura del gigante se oye el vuelo Misterioso y fugitivo de las almas que se van, y el ruido con que pasa por la bóveda del cielo Con sus alas membranosas el murciélago Satán. San Silvestre bajo el palio de un zodiaco de virtudes, Del celeste Vaticano se detiene en los umbrales Mientras himnos y motetes canta un coro de laudes Inmortales. Reza el santo y pontifica; y al mirar que viene el barco Donde en triunfo llega Enero, Ante Dios bendice al mundo; y su brazo abarca el arco y el Arquero.

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SINFONÍA EN GRIS MAYOR

EL mar como un vasto cristal azogado Refleja la lámina de un cielo de zinc; Lejanas bandadas de pájaros marchan El fondo bruñido de pálido gris.

El sol como un vidrio redondo y opaco Con paso de enfermo camina al cenit; El viento marino descansa en la sombra Teniendo de almohada su negro clarín.

Las ondas que mueven su vientre de plomo Debajo del muelle parecen gemir. Sentado en un cable, fumando su pipa, Está un marinero pensando en las playas De un vago, lejano, brumoso país.

Es viejo ese lobo. Tostaron su cara Los rayos de fuego del sol del Brasil; Los recios tifones del mar de la China Le han visto bebiendo su frasco de gin.

La espuma impregnada de yodo y salitre Ha tiempo conoce su roja nariz, Sus crespos cabellos, sus biceps de atleta, Su gorra de lona, su blusa de dril.

En medio del humo que forma el tabaco Ve el viejo el lejano, brumoso país, A donde una tarde caliente y dorada Tendidas las velas partió el bergantín...

La siesta del trópico. El lobo se adureme. Ya todo lo envuelve la gama del gris. Parece que un suave y enorme esfumino Del curvo horizonte borrara el confín.

La siesta del trópico. La vieja cigarra Ensaya su ronca guitarra senil, Y el grillo preludia un solo monótono En la única cuerda que está en su violín.

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LA DEA _A Alberto Ghiraldo._

ALBERTO, en el propíleo del tiempo soberano Donde Renan rezaba, Verlaine cantado hubiera. Primavera una rosa de amor tiene en la mano Y cerca de la joven y dulce Primavera

Término su sonrisa de piedra brinda en vano A la desnuda náyade y a la ninfa hechicera Que viene a la soberbia fiesta de la pradera y del boscaje, en busca del lírico Sylvano.

Sobre su altar de oro se levanta la Dea,-- Tal en su aspecto icónico la virgen bizantina-- Toda belleza humana ante su luz es fea;

Toda visión humana, a su luz es divina: Y esa es la virtud sacra de la divina Idea Cuya alma es una sombra que todo lo ilumina.

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EPITALAMIO BÁRBARO _A Lugones._

EL alba aun no aparece en su gloria de oro. Canta el mar con la música de sus ninfas en coro y el aliento del campo se va cuajando en bruma. Teje la náyade el encaje de su espuma Y el bosque inicia el himno de sus flautas de pluma.

Es el momento en que el salvaje caballero Se ve pasar. La tribu aulla y el ligero Caballo es un relámpago, veloz como una idea. A su paso, asustada, se para la marea; La náyade interrumpe la labor que ejecuta Y el director del bosque detiene la batuta.

--«¿Qué pasa?» desde el lecho pregunta Venus bella, Y Apolo: --«Es Sagitario que ha robado una estrella.»

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VERLAINE _A Angel Estrada, poeta._

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RESPONSO

PADRE y maestro mágico, liróforo celeste Que al instrumento olímpico y a la siringa agreste Diste tu acento encantador; Panida! Pan tú mismo, que coros condujiste Hacia el propíleo sacro que amaba tu alma triste, Al són del sistro y del tambor!

Que tu sepulcro cubra de flores Primavera, Que se humedezca el áspero hocico de la fiera, De amor si pasa por allí; Que el fúnebre recinto visite Pan bicorne; Que de sangrientas rosas el fresco Abril te adorne Y de claveles de rubí.

Que si posarse quiere sobre la tumba el cuervo, Ahuyenten la negrura del pájaro protervo, El dulce canto de cristal Que Filomena vierta sobre tus tristes huesos, O la harmonía dulce de risas y de besos, De culto oculto y florestal.

Que púberes canéforas te ofrenden el acanto, Que sobre tu sepulcro no se derrame el llanto, Sino rocío, vino, miel: Que el pámpano allí brote, las flores de Citeres, Y que se escuchen vagos suspiros de mujeres Bajo un simbólico laurel!

Que si un pastor su pífano bajo el frescor del haya, En amorosos días, como en Virgilio, ensaya, Tu nombre ponga en la canción; Y que la virgen náyade, cuando ese nombre escuche, Con ansias y temores entre las linfas luche, Llena de miedo y de pasión.

De noche, en la montaña, en la negra montaña De las Visiones, pase gigante sombra extraña, Sombra de un Sátiro espectral; Que ella al centauro adusto con su grandeza asuste; De una extra-humana flauta la melodía ajuste A la harmonía sideral.

Y huya el tropel equino por la montaña vasta; Tu rostro de ultratumba bañe la luna casta De compasiva y blanca luz; Y el Sátiro contemple sobre un lejano monte Una cruz que se eleve cubriendo el horizonte Y un resplandor sobre la cruz!

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CANTO DE LA SANGRE _A Miguel Estrada._

SANGRE de Abel. Clarín de las batallas. Luchas fraternales; estruendos, horrores; Flotan las banderas, hieren las metrallas, Y visten la púrpura los emperadores.

Sangre del Cristo. El órgano sonoro. La viña celeste da el celeste vino; Y en el labio sacro del cáliz de oro Las almas se abrevan del vino divino.

Sangre de los martirios. El salterio. Hogueras; leones, palmas vencedoras; Los heraldos rojos con que del misterio Vienen precedidas las grandes auroras.

Sangre que vierte el cazador. El cuerno. Furias escarlatas y rojos destinos Forjan en las fraguas del obscuro Infierno Las fatales armas de los asesinos.

¡Oh sangre de las vírgenes! La lira. Encanto de abejas y de mariposas. La estrella de Venus desde el cielo mira El purpúreo triunfo de las reinas rosas.

Sangre que la Ley vierte. Tambor a la sordina. Brotan las adelfas que riega la Muerte y el rojo cometa que anuncia la ruina.

Sangre de los suicidas. Organillo. Fanfarrias macabras, responsos corales, Con que de Saturno celébrase el brillo En los manicomios y en los hospitales.

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RECREACIONES ARQUEOLÓGICAS _A Julio L. Jaimes._

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I.--FRISO

CABE una fresca viña de corinto Que verde techo presta al simulacro Del Dios viril, que artífice de Atenas En intacto pentélico labrara, Un día alegre, al deslumbrar el mundo La harmonía del carro de la Aurora, Y en tanto que arrullaban sus ternezas Dos nevadas palomas venusinas Sobre rosal purpúreo y pintoresco, Como Olímpica flor de gracia llena, Vi el bello rostro de la rubia Eunice. No más gallarda se encamina al templo Canéfora gentil, ni más riente Llega la musa a quien favor prodiga El divino Sminteo, que mi amada Al tender hacia mí sus tersos brazos.

* * * * *

Era la hora del supremo triunfo Concedido a mis lágrimas y ofrendas Por el poder de la celeste Cipris, Y era el ritmo potente de mi sangre Verso de fuego que al propicio numen Cantaba ardiente de la vida el himno. Cuando mi boca en los bermejos labios De mi princesa de cabellos de oro Licor bebía que afrentara al néctar, Por el sendero de fragantes mirtos Que guía al blanco pórtico del templo, Súbitas voces nuestras ansias turban.

* * * * *

Lírica procesión al viento esparce Los cánticos rituales de Dionisio, El evohé de las triunfales fiestas, La algazara que enciende con su risa La impúber tropa de saltantes niños, Y el vivo son de músicas sonoras Que anima el coro de bacantes ebrias. En el concurso báquico el primero, Regando rosas y tejiendo danzas. Garrido infante, de Eros por hermoso Emulo y par, risueño aparecía. Y de él en pos de las ménades ardientes, Al aire el busto en que su pompa erigen Pomas ebúrneas; en la mano el sistro, Y las curvas caderas mal veladas Por las flotantes, desceñidas ropas, Alzaban sus cabezas que en consorcio Circundaban la flor de Citerea Y el pámpano fragante de las viñas. Aun me parece que mis ojos tornan Al cuadro lleno de color y fuerza: Dos robustos mancebos que los cabos De cadenas metálicas empuñan, Y cuyo porte y músculos de Ares Divinos dones son, pintada fiera Que felino pezón nutrió en Hircania, Con gesto heroico entre la turba rigen; Y otros dos un leopaldo cuyo cuello Gracias de Flora ciñen y perfuman Y cuyos ojos en las anchas cuencas De furia henchidos sanguinosos giran. Pétalos y uvas el sendero alfombran, Y desde el campo azul do el Sagitario De coruscantes flechas resplandece, Las urnas de la luz la tierra bañan.

* * * * *

Pasó el tropel. En la cercana selva Lúgubre resonaba el grito de Atis, Triste pavor de la inviolada ninfa. Deslizaba su paso misterioso El apacible coro de las Horas. Eco volvía la acordada queja De la flauta de Pan. Joven gallardo, Más hermoso que Adonis y Narciso, Con el aire gentil de los efebos Y la lira en las manos, al boscaje Como lleno de luz se dirigía. Amor pasó con su dorada antorcha. Y no lejos del nido en que las aves, Las dos aves de Cipris, sus arrullos Cual tiernas rimas a los aires dieran, Fuí más feliz que el luminoso cisne Que vió de Lada la inmortal blancura, Y Eunice pudo al templo de la diosa Purpúrea ofrenda y tórtolas amables Llevar el día en que mi regio triunfo Vió el Dios viril en mármol cincelado Cabe la fresca viña de Corinto.

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II.--PALIMPSESTO

_ESCRITA en viejo dialecto eolio Hallé esta página dentro un infolio Y entre los libros de un monasterio Del venerable San Agustín, Un fraile acaso puso el escolio Que allí se encuentra; dómine serio De flacas manos y buen latín. Hay sus lagunas._

...Cuando los toros De las campañas, bajo los oros Que vierte el hijo de Hiperión, Pasan mugiendo, y en las eternas Rocas salvajes de las cavernas Esperezándose ruge el león;

Cuando en las vírgenes y verdes parras Sus secas notas dan las cigarras, Y en los panales de Himeto deja Su rubia carga la leve abeja Que en bocas rojas chupa la miel, Junto a los mirtos, bajo los lauros, En grupo lírico van los centauros Con la harmonía de su tropel.

Uno las patas rítmicas mueve, Otro alza el cuello con gallardía Como en hermoso bajo-relieve Que a golpes mágicos Scopas haría; Otro alza al aire las manos blancas Mientras le dora las fincas ancas Con baño cálido la luz del sol; Y otro saltando piedras y troncos Va dando alegres sus gritos roncos Como el ruido de un caracol.

Silencio. Señas hace ligero El que en la tropa va delantero; Porque a un recodo de la campaña Llegan en donde Diana se baña. Se oye el ruido de claras linfas Y a la algazara que hacen las ninfas. Risa de plata que el aire riega Hasta sus ávidos oídos llega; Golpes en la onda, palabras locas, Gritos joviales de frescas bocas, Y los ladridos de la traílla Que diana tiene junto a la orilla Del fresco río, donde está ella Blanca y desnuda como una estrella.

Tanta blancura que al cisne injuria Abre los ojos de la lujuria: Sobre las márgenes y rocas áridas Vuela el enjambre de las cantáridas Con su bruñido verde metálico, Siempre propicias al culto fálico. Amplias caderas, pie fino y breve; Las dos colinas de rosa y nieve... Cuadro soberbio de tentación! ¡Ay del cuitado que a ver se atreve Lo que fué espanto para Acteón! Cabellos rubios, mejillas tiernas, Marmóreos cuellos, rosadas piernas, Gracias ocultas del lindo coro, En el herido cristal sonoro; Seno en que hiciérase sagrada copa; Tal ve en silencio la ardiente tropa.

¿Quién adelanta su firme busto? ¿Qirón experto? ¿Folo robusto? Es el más joven y es el más bello; Su piel es blanca, crespo el cabello, Los cascos finos, y en la mirada Brilla del sátiro la llamarada. En un instante, veloz y listo, A una tan bella como Kalisto, Ninfa que a la alta diosa acompaña, Saca de la onda donde se baña: La grupa vuelve, raudo galopa; Tal iba el toro raptor de Europa Con el orgullo de su conquista.

¿A dó va Diana? Viva la vista La planta alada, la cabellera Mojada y suelta; terrible, fiera, Corre del monte por la extensión; Ladran sus perros enfurecidos; Entre sus dedos humedecidos Lleva una flecha para el ladrón.

Ya a los centauros a ver alcanza La cazadora; ya el dardo lanza, Y un grito se oye de hondo dolor: La casta divina de la venganza Mató al raptor... La tropa rápida se esparce huyendo, Forman los cascos sonoro estruendo. Llegan las ninfas. Lloran. ¿Qué ven? En la carrera la cazadora Con su saeta castigadora A la robada mató También.

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EL REINO INTERIOR _A Eugenio de Castro_ _...with Psychis, my soul! Poe._

UNA selva suntuosa En el azul celeste su rudo perfil calca. Un camino. La tierra es de color de rosa, Cual la que pinta fra Doménico Cavalca En sus Vidas de santos. Se ven extrañas flores De la flora gloriosa de los cuentos azules, Y entre las ramas encantadas, papemores Cuyo canto extasiara de amor a los bulbules. (_Papemor_: ave rara, _Bulbules_: ruiseñores.)

* * * * *

Mi alma frágil se asoma a la ventana obscura De la torre terrible en que ha treinta años sueña. La gentil Primavera primavera le augura. La vida le sonríe rosada y halagüeña. Y ella exclama: «¡Oh fragante día! ¡Oh sublime día! Se diría que el mundo está en flor; se diría Que el corazón sagrado de la tierra se mueve Con un ritmo de dicha; luz brota, gracia llueve. ¡Yo soy la prisionera que sonríe y que canta!» Y las manos liliales agita, como infanta Real en los balcones del palacio paterno.

* * * * *

¿Qué són se escucha, són lejano, vago y tierno? Por el lado derecho del camino, adelanta El paso leve una adorable teoría Virginal. Siete blancas doncellas, semejantes A siete blancas rosas de gracia y de harmonía Que el alba constelara de perlas y diamantes. ¡Alabastros celestes habitados por astros: Dios se refleja en esos dulces alabastros! Sus vestes son tejidas del lino de la luna. Van descalzas. Se mira que posan el pie breve Sobre el rosado suelo como una flor de nieve. Y los cuellos se inclinan, imperiales, en una Manera que lo excelso pregona de su origen. Como al compás de un verso su suave paso rigen. Tal el divino Sandro dejara en sus figuras, Esos graciosos gestos en esas líneas puras. Como a un velado són de liras y laudes, Divinamente blancas y castas pasan esas Siete bellas princesas. Y esas bellas princesas Son las siete Virtudes.

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Al lado izquierdo del camino y paralela- Mente, siete mancebos--oro, seda, escarlata, Armas ricas de Oriente--hermosos, parecidos A los satanes verlenianos de Ecbatana, Vienen también. Sus labios sensuales y encendidos, De efebos criminales, son cual rosas sangrientas; Sus puñales de piedras preciosas revestidos --Ojos de víboras de luces fascinantes-- Al cinto penden; arden las púrpuras violentas En los jubones; ciñen las cabezas triunfantes Oro y rosas; sus ojos, ya lánguidos, ya ardientes, Son dos carbunclos mágicos de fulgor sibilino, Y en sus manos de ambiguos príncipes decadentes, Relucen como gemas las uñas de oro fino. Bellamente infernales, Llenan el aire de hechiceros beneficios Esos siete mancebos. Y son los siete Vicios, Los siete poderosos pecados capitales.

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Y los siete mancebos a las siete doncellas Lanzan vivas miradas de amor. Las Tentaciones. De sus liras melifluas arrancan vagos sones. Las princesas prosiguen, adorables visiones En su blancura de palomas y de estrellas.

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