Prosa Política (Las Repúblicas Americanas) Obras Completas Vol. XIII

Part 8

Chapter 83,944 wordsPublic domain

Don Bartolomé Colón, hermano del gran Almirante descubridor del Nuevo Mundo, se posesionó del territorio hondureño en Agosto del año 1502, en nombre del soberano español. Desembarcó D. Bartolomé en un punto que llamó Punta Coxinas, que hoy se llama Cabo Honduras. Se piensa, generalmente, que el nombre del país es debido a la profundidad del mar Caribe, que baña sus costas del Norte. Cuando el conquistador de Méjico, Hernán Cortés, realizó su expedición a Honduras, atravesando las selvas de los mayas, los españoles llamaban Hibueras o Higueras a la comarca y, en recuerdo de la metrópoli europea, también la designaron con el nombre de la Nueva Extremadura. Fué ardua la expedición de Cortés. Este conquistador sometió a los indígenas, y fundó la vieja ciudad que hoy es el puerto de Trujillo. Esforzados conquistadores como Córdoba y Cristóbal de Olir continuaron las expediciones, beneficiando la comarca con fuerza civilizadora que, por el año de 1540, contaba con ciudades de significación, y con la Audiencia, que poco más tarde fué trasladada a Guatemala. De aquel tiempo a la época de la Independencia, Honduras fué una provincia de la Capitanía General o Reino guatemalteco, con Nicaragua, Costa Rica y el Salvador. Estas provincias se separaron de España en 1821 y constituyéronse en estados soberanos, adoptando una forma confederal que se llamó República de Centro-América. Después de un revoltoso período, los estados soberanos se separaron en 1839, quedando, como están hoy, constituidos en cinco repúblicas independientes.

El territorio hondureño está situado entre los 83°20' y 89°30' de longitud Oeste y los 13°10' y 16° de latitud Norte, con una extensión de 42.000 millas cuadradas. La zona de la Mosquitia y las Islas de la Bahía de Fonseca son colonias inglesas. Según las alturas siguientes, se puede formar una idea del clima hondureño: Tegucigalpa, 3.015 pies; El Picado, 4.460; Agua Salada, 8.950; Evandique, 7.000; Nacaome, 110. Es un país montañoso, con cimas que alcanzan los 10.000 pies sobre el nivel marino. El llano de Comayagua, que mide 40 millas de largo y de 5 a 15 de ancho, está regado por el río Humuya. Este llano, con el valle del río Goascorán, forman una vasta llanura transversal del océano Atlántico al Pacífico, llanura de clima templado y de asombrosa fertilidad. Los principales ríos que bañan el país son: el Romano, Patuca, Tinto, Segovia, Choluteca y otros, casi todos navegables, y que facilitan el intercambio de productos domésticos. Unos desembocan en la Bahía de Fonseca, que es una de las más seguras de Centro-América, con una extensión de 50 millas en la parte más larga y 30 de anchura. En la Isla del Tigre, situada en la bahía mencionada, está el puerto libre de Amapala. Los demás puertos importantes de Honduras están en la costa Atlántica, y son: Puerto Caballos, Omoa y Trujillo. El país tiene muchas otras bahías e islas que han sido llamadas, por la variedad y riqueza de sus frutos, El Jardín de las Indias Occidentales.

Los principales productos de este país son, en la vertiente atlántica: maderas de cedro, caoba, hule, ceiba y muchas otras, enormes palmares, largas praderas, con fauna extraordinaria. Al Este hay grandes bosques de acacias y pinos. En las montañas que rodean los valles abundan las sábanas sembradas de trigo, con huertas de manzanos y melocotones. Bien puede recordarse este concepto del prócer hondureño D. José Cecilio del Valle, acerca de su patria, y al que alude una pluma autorizada, cuya labor he consultado: «Si Honduras no tuviese más que un territorio plano, el carro del orgullo podría pasearse de un extremo a otro, pero no habría esa escala maravillosa de climas, de animales, de plantas y de producciones de todas las zonas, ni de riquezas propias de cada una de ellas.»

El reino mineral de Honduras es acaso el mejor de Centro-América; y ello parece justificado, dice un autor experto, «si se considera que el suelo centro-americano, conocidamente rico por lo que al reino mineral se refiere, se encuentra virgen casi en su totalidad, debido ello a que sus hijos, opulentamente favorecidos por la naturaleza en otros reinos que le procuran fácil y exuberante riqueza, no se han ocupado allí de arrancar a la tierra los tesoros que oculta, y que ofrece al esfuerzo y al brío de quien quiera arrancárselos.» En Honduras, ese esfuerzo, apenas intentado, ha rendido hasta ahora los resultados que muestra la siguiente estadística:

Minas de oro, 151; de oro y plata, 201; de oro, plata y cobre, 20; de oro, plata y hierro, 1; de oro y cobre, 20; de plata, 274; de plata y plomo, 6; de aluminio, 2; de cobre, 10; de estaño, 1; de plomo y zinc, 1; de níquel, 1; de kaolín, 3; de palo, 6; de cristal de roca, 7; de mármol, 5; de hierro, 4; de antimonio y hierro, 1; de carbón, 7; de plomo, 1; de tiza, 5; de hulla, 1; de asfalto, 1; de azufre, 1 y de litosfito, 1.

Después de los minerales, las maderas preciosas ocupan lugar preferente en Honduras. A más de las que ya dijimos al principio, hay palo-rosa, palo-amarillo, brasil, campeche, copaiba, ipecacuana, algodón y muchas otras, frutales, medicinales, etc.

Según el censo de 1901, la población hondureña llega a 543.741 almas. Las costumbres son sencillas. Sobre la base de una democracia bien entendida, el mérito individual sabe reconocerse, y personas modestas llegan a ocupar altas posiciones.

La instrucción pública toma incremento de año en año. En las universidades de Tegucigalpa y Comayagua cursa sus estudios de medicina, leyes y ciencias, un gran número de alumnos. Existen escuelas normales para ambos sexos, y colegios de segunda enseñanza con matrículas de más de 1.500 jóvenes. El país cuenta, además, con 665 escuelas, a las cuales asisten cerca de 26.000 niños. Entre los hombres que más se distinguen en este importante ramo, como eminentes pedagogos, debo recordar a los licenciados D. Rómulo E. Durán, D. Federico G. Uclés, don Leandro Valladares, D. Marcos López Ponce, y otros importantes jurisconsultos. En la facultad de medicina, a los doctores, D. Genaro Muñoz Hernández, D. Diego Robles, D. Samuel Láinez. En la facultad de ciencias, al licenciado don Manuel A. Reina, al Dr. D. Ceras Bonilla, al ingeniero D. Héctor Medina.

Con motivo de la inauguración de la Universidad Central de la República, y en el mismo acto, dijo en brillante oración el prestigioso D. Adolfo Zúñiga, y al tomar posesión del Rectorado, estas palabras que cita en una monografía el distinguido chileno Sr. Poirier:

«Fecha inmortal será ésta, 26 de Febrero de 1882, en los fastos de nuestra civilización. La inauguración de la Universidad Central de la República, bajo una ley de progreso, de libertad e independencia, y con todos los elementos necesarios para el desarrollo y cultivo de las ciencias en sus más grandes ramificaciones, es un suceso tan notable y trascendental en la vida íntima del país, y en sus relaciones con el mundo culto, que apenas debería encarecerse, pero cuyas lejanas como seguras y beneficiosas consecuencias escapan a la más sagaz penetración.

»La necesidad de la reforma en los estudios universitarios, ha sido generalmente sentida en nuestra América. Las universidades, las academias, los colegios y liceos, y aun las escuelas elementales, no son hoy lo que eran al proclamarse la independencia. La idea democrática no ha podido menos de influir poderosamente en el orden científico y artístico.

»Secularizar la enseñanza, como secularizar el Estado, ha sido una de las grandes miras de la revolución que, a través de las más recias tempestades y de las resistencias y oposiciones seculares, va llenando su misión progresiva y civilizadora en las jóvenes repúblicas del Nuevo Mundo...

»Nuestras universidades coloniales señalaron sin duda, y a pesar de todo, cierto progreso científico. Yo recuerdo y no puedo menos de citar con respeto el nombre del Sr. Quintanilla, tercer Obispo de Honduras, que estableció una clase de latinidad: enseñar el idioma en que Cicerón, el varón más literario que ha archivado la memoria humana, pronunció sus grandes oraciones y cultivó la más alta filosofía; en que Séneca y Epicteto divulgaron la moral más pura y fijaron la ley de la recta razón; en que Tácito imprimió el hierro candente de la historia sobre la carne viva de todos los tiranos, y en que el divino mantuano tradujo los ecos de los cielos, como para hacer de la tierra un idilio o una égloga. ¿No señalará esto un arranque de inteligencia, un grande paso hacia el progreso literario y científico, en el año de 1588, en Comayagua? Yo no tengo más que respeto y simpatías para el Obispo Vargas y Abarca, que fundó el colegio tridentino; ese colegio, a pesar de las nebulosidades teológicas, debe haber despertado alguna inteligencia, derramado alguna luz; hecho vislumbrar alguna verdad, y ofrecido campo y estímulos a la juventud. Y mi respeto y simpatías suben de punto por el obispo progresista, y que debe haber sido hombre de considerable ilustración, D. Antonio Guadalupe, que fundó en 1874 una clase de filosofía. Esta sola palabra fué, a no dudarlo, una resplandeciente aurora en la profunda noche colonial.»

Estos párrafos del discurso memorable del gran orador, muestran con brillo el concepto que se tiene en Honduras, desde sus primeros tiempos, de la ilustración y de su trascendente significado ante el porvenir.

COSTA RICA

[Ilustración]

Es Costa Rica una de las naciones más pacíficas del Continente americano y una de las más laboriosas, de gobierno mejor organizado, y donde las prácticas republicanas se cumplen con mayor escrupulosidad. La entrada y salida de sus gobernantes siempre se efectúa según la Constitución y la voluntad popular, sentando con ello el país, en la agitada vida política de Centro-América, precedentes ejemplares para el resto del ramillete de nacionalidades istmeñas. Así lo reconocen todos los pueblos; y los Estados Unidos de Norte-América, recientemente, por boca de su Ministro de Estado, Mr. Knox, han tenido conceptos encomiásticos al contestar una brillante oración diplomática del presidente, doctor Ricardo Jiménez.

El territorio costarricense tiene una extensión de 50.000 kilómetros cuadrados y, después de la República del Salvador, es el país más pequeño de Centro-América. Después de la Independencia, el mapa del país no ha tenido alteraciones importantes, pues aunque Colombia por el Sur, y después Panamá, han ocupado cortas zonas, por el Norte, en cambio, ha tomado incremento, adquiriendo la provincia del Guanacaste. La población de esta provincia, en el año de 1824, consiguió su anexión a Costa Rica, separándose de Nicaragua.

A la magnífica situación geográfica del país, que ocupa el centro del Continente, y a la feracidad de su suelo, en que todo se produce, debe su nombre simbólico, que merece por todos conceptos. Lo mismo que los otros territorios centro-americanos, Costa Rica ofrece los más bellos paisajes y la más robusta y variada vegetación a los ojos del viajero. Un sistema montañoso coronado por grupos de volcanes en el Norte, y que alcanza por el Sur a la línea de las nieves eternas, atraviesa toda su longitud, desde el río San Juan hasta los montes panameños de Chiriquí. Ese sistema montañoso se dilata en el centro y forma la ancha meseta por donde se cree que en remotas épocas confundieron sus aguas los grandes mares. Por las dos vertientes de la cordillera bajan aguas en abundancia, que van a bañar las tierras de labores a uno y otro lado. En la costa del Pacífico, en el golfo de Nicoya, se agrupan islas fértiles como la de San Lucas, en la cual está situado el establecimiento penal que lleva el mismo nombre, y como la isla del Coco, a que se refiere la tradición, y donde se cree que existe un tesoro dejado por piratas ingleses en tiempos ya remotos.

A pesar de su pequeña extensión territorial, Costa Rica tiene todos los climas, desde el de las regiones ecuatoriales hasta el templado y frío de las sábanas y cumbres andinas. Las costas del Atlántico y del Pacífico son de temperatura ardiente, pero la capital, San José, y las ciudades de Heredia, Alajuela y Cartago tienen clima saludable y frío. El litoral del Atlántico, por bajo y húmedo, fué hasta hace pocos años refractario al desarrollo de las poblaciones, pero los cultivos y un sistema de saneamiento moderno le han hecho habilitable y propicio al progreso. La fiebre amarilla y otras enfermedades de las tierras calurosas y desaseadas, desapareció de Costa Rica por el celo de sus gobiernos más recientes, que invirtieron fuertes sumas de colones en el saneamiento general. Ahí está Puerto Limón en el Atlántico, que es ya una ciudad floreciente y próspera.

En la variedad de climas de que he hablado, la fauna y la flora costarricenses constituyen una riqueza espléndida. País de eterna primavera, a la europea, no tiene otra variación que la de siete meses de lluvia y cinco de sequedad. Según varios naturalistas experimentales, hay pocas zonas en el mundo que cuenten con la variedad de especies vegetales de este país. El árbol de caucho, ese oro vegetal, abunda en las selvas; las palmas alcanzan alturas de 300 pies; la planta del cacao es casi natural, y finas maderas como el _palo de mora_, la caoba y el cedro llenan los espesos bosques.

La extensión del reino animal está en consonancia. En el Museo de Washington, por ejemplo, estaban clasificadas en el año de 1885 más de 700 especies de aves, número que pasa y dobla al de toda Europa.

Por sus condiciones climatéricas y por su suelo, es Costa Rica un país, más que todo, agrícola. Su producción de maderas, caucho y café, desde los tiempos de la Independencia, constituyó su fuente principal de comercio, fuente que hoy cuenta con inmensos cultivos de plátano, exportado en barcos especiales de una poderosa compañía frutera a los principales puertos norte-americanos y europeos, y, además, con productos de gran valor como plantas textiles y medicinales, arroz, frutas, del trópico en general, caña de azúcar y cacao.

En cuanto a la minería, ésta alcanza cada año mayores proporciones. Se han formado sociedades poderosas con capitales del país y extranjeros, que extraen plata, oro, cobre. La explotación de este último metal se realiza desde los primeros años de la pasada centuria, y hoy cuenta con establecimientos montados por la ingeniería moderna en las minas de Avangares y del Monte del Aguacate.

Refiriéndose al comercio, dice un distinguido Cónsul de Costa Rica, el Sr. Elías Leiva Q.: «Los datos referentes al comercio nacional acusan una pujanza productiva, excepcional en países de escasa población como éste. Se ha llegado a exportar allí, en sólo productos del suelo, más de 19 millones de colones (oro nacional de 24 d.), o sea un promedio de 65 anuales por habitante. Tomando el movimiento comercial en conjunto, resulta que el país puede exhibir un promedio por cabeza de 100 colones, que es mucho mayor que el de los demás países de Centro-América, y sólo inferior en América al de Argentina, Cuba y Uruguay. Este comercio se hace en su mayor parte con los Estados Unidos y Europa, y muy principalmente con Inglaterra, y por el principal puerto de la República, en el Atlántico, el puerto de Limón, que está a seis horas de ferrocarril de la capital, y que es, después de Colón, el primero de la América Central por este lado de la costa. El Estado se proporciona sus recursos con el producto de la renta aduanera, y con el de algunos impuestos como el del timbre, registro de la propiedad, alcoholes, patentes para la venta de los mismos y del tabaco, venta de tierras baldías nacionales, etcétera. La renta de aduanas forma el cincuenta por ciento de las entradas generales, lo que acusa un progreso muy halagüeño en el comercio de la República. El total de las entradas fiscales alcanza a más de 9.000.000, oro nacional, con los cuales el Estado atiende a los servicios públicos, pero muy pronto se verán aumentados esos proventos con el nuevo impuesto que grava la exportación de la banana, que está en su mayor parte en manos de una compañía extranjera, la _United Fruit Company_. Con él se espera atender al servicio de las deudas externa e interna, que hoy ascienden juntas a 18.000.000, y que en los últimos años se habían descuidado mucho por la crisis financiera que, por causa de malas cosechas en el café y de su bajo precio en el mercado europeo, ha tenido que sufrir el país».

El sistema monetario de Costa Rica es a base de oro. La unidad lleva el nombre de _Colón_, equivalente a 778 miligramos de oro de 900 milésimas de fino, es decir, a cerca de 24 peniques. El colón se parte en cien centavos. Sus submúltiplos se acuñan en plata y los múltiplos en monedas de oro. El problema monetario se resolvió sin mayores dificultades, pues el comercio le fué favorable, y el país estaba en condiciones de adoptar la moneda que hoy tiene. El cambio internacional se ha sostenido con variaciones insignificantes desde el año de 1900, cuando quedó resuelta y asegurada la conversión metálica; y la vida económica se benefició con la normalidad que dió a los negocios la nueva moneda. Desde luego, la importancia de empresas norte-americanas e inglesas establecidas en la nación ha sostenido el dólar y la libra esterlina que, con el colón, equilibran las transacciones y evitan crisis.

Son fáciles las comunicaciones terrestres en Costa Rica. De la capital, San José, hasta el puerto de Limón, sobre una distancia de más de 80 kilómetros, se extiende la línea férrea que pasa por el valle del río Reventazón, poniendo en diario contacto a las numerosas poblaciones de la vertiente del Atlántico. Esta línea pasa por todos los climas del país y es uno de sus trayectos más pintorescos, donde se puede apreciar la vegetación de las diferentes zonas. Hay otra vía de hierro que, descendiendo por la vertiente pacífica, por el valle del Río Grande, sobre el que se levanta un puente colosal, vence enormes obstáculos y va hasta el puerto de Puntarenas. Costa Rica, pues, como Méjico, Guatemala y Panamá, tiene un ferrocarril interoceánico. Con las ciudades de Alajuela y Heredia, que son importantes centros del comercio y de la agricultura nacionales, tiene también una vía férrea, San José. Además, la línea al Atlántico extiende varios ramales por las plantaciones fruteras, llegando a un total de 300 kilómetros en explotación. Las demás ciudades y pueblos de la nación están unidos por carreteras y caminos que el gobierno central y los provinciales conservan en perfecto estado, aun en la época de lluvias torrenciales. Redes telefónicas y telegráficas cruzan de Norte a Sur y de Este a Oeste el país, tan bien atendidas, que casi nunca se interrumpe el servicio con punto alguno. Hay también en Puerto Limón, por ejemplo, estaciones de telégrafo inalámbrico, que prestan continuo e importante servicio a los numerosos barcos que frecuentan aquellas costas. Limón y Puntarenas están a poca distancia de Colón y de Panamá. A Puntarenas arriban vapores de la línea Kosmos, de la compañía inglesa de Chile, y de la Pacific Mail Navigation Company de los Estados Unidos de Norte-América, y algunas embarcaciones mercantes del Oriente. En Puerto Limón tocan los vapores que hacen el servicio regular con New-Orleans, New-York y Boston, y que llevan bananas a los Estados Unidos del Norte y a Europa, y las líneas Hamburguesa-Americana, francesa, española, inglesa e italiana.

Costa Rica está casi despoblada, teniendo en cuenta los pobladores que cabrían en su extensión territorial. En la actualidad, apenas si pasa de los 360.000 habitantes de la raza blanca en su totalidad, pues los indígenas siempre fueron escasos y el elemento español ha dado origen al núcleo de población actual. Así, pues, el costarricense es, etnográficamente, distinto de los otros centros americanos. Sus hábitos son sencillos y su carácter pacífico, condiciones que explican su bienestar próspero. Inmigraciones voluntarias llegan al país, y encuentran todos los apoyos y estímulos en su labor. La Constitución ordena tolerancia en cuestiones religiosas, pero, como en casi todos los pueblos de América, tiene supremacía la Iglesia Católica.

La instrucción pública ha sido muy bien dirigida en Costa Rica. Más de la mitad de la población sabe leer y escribir, y posee nociones de cultura general.

El servicio de la cultura popular está tan bien establecido, que Costa Rica siempre ha tenido mucho mayor número de maestros que de soldados. El presupuesto para la Cartera correspondiente es, después de los de Fomento y de Hacienda, el que cuenta con mayores recursos. Por tanto, no es raro que este país, en la estadística americana, ocupe el segundo lugar en instrucción pública, después de la República Oriental del Uruguay. Hay una ley nacional que ordena la enseñanza obligatoria y gratuíta. Esta ley fué promulgada en 1887, y ha sido la base de las legislaciones al respecto. Los métodos de pedagogía más modernos y aplicables se han adoptado, y el mayor y más eficaz empuje en favor de la cultura popular lo debe el país a aquel apóstol que se llamó D. Mauro Fernández, cuyas nobles labores se perpetúan con su famosa _Ley General de Educación Común_.

Siendo una carrera el magisterio en Costa Rica, hay un cuerpo de profesores de ambos sexos, y cada ciudad tiene un Liceo de Varones. La capital cuenta con dos colegios de segunda enseñanza: El Liceo de Costa Rica y el Colegio Superior de Señoritas, que por todos conceptos compiten con los planteles de su género, ya norte-americanos o europeos. Y por convenio de los países centro-americanos, en las conferencias de Washington y San José de Costa Rica, de 1906, ha de fundarse el Instituto Pedagógico Centro-Americano.

Las organizaciones de Higiene y de Beneficencia no omiten esfuerzos para estar a la altura de las necesidades del país, que cuenta con hospicios, hospitales y lazaretos de primer orden.

No terminaré sin recordar la obra patriótica del ex-Presidente D. Cleto González Viquez, quien ha dedicado su vida de trabajador constante al engrandecimiento de Costa Rica. El señor González Viquez, obediente a la voluntad popular y respetuoso de la ley, entregó la presidencia al doctor Ricardo Jiménez Oreamuno, cuyo ilustre nombre está vinculado a la historia moderna y a la legislación del país. Este Presidente diserto, prudente y lleno de luces, pertenece a lo más florido de la intelectualidad costarricense, que ha contado con brillantes nombres en el pasado, y que en el presente se enorgullece con los de Pío Viquez, Aquileo Echeverría--el más nacional de sus poetas--el elegante y culto Brenes Mesén, Lisímaco Chavarría, el desventurado Rafael Angel Troyó y otros. Harto conocidas son las figuras de D. León Fernández, el concienzudo historiador, y su hijo Ricardo Fernández Guardia, lo mismo que el Marqués de Peralta, que honra la diplomacia hispano-americana en Europa, y Ernesto Martín, cuya juventud fecunda es una de las más seguras esperanzas de su patria.

SANTO DOMINGO

[Ilustración]

Como es sabido, entre las islas del archipiélago antillano, Santo Domingo, llamada primitivamente La Española, es la segunda en extensión territorial, y después de la isla de Cuba, la más histórica, rica y hermosa. Ella fué la primera tierra que descubrió Colón y donde fundó la primera ciudad, haciéndola el centro de las operaciones del descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo. Por sus bellezas naturales, por haber empezado allí el glorioso descubrimiento, y acaso, también, por haber empezado allí sus infortunios, esa isla fué la preferida y más amada del gran Almirante, por lo que en sus disposiciones testamentarias le donó sus restos, que la República, orgullosa de tan precioso legado, guarda entre el mármol y el bronce de un suntuoso monumento.