Prosa Política (Las Repúblicas Americanas) Obras Completas Vol. XIII

Part 5

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»El 18 de Julio del mismo año, reunida la Asamblea paraguaya, creó una nueva Junta de Gobierno, formada por cinco miembros: Fulgencio Yegros, Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco Javier Bogarin y Fernando de la Mora; el primero como Presidente y el último como Secretario, y dictó una serie de leyes relativas a empleos políticos, civiles y militares, acordándose, en lo que respecta a los negocios extranjeros, conservar íntimas relaciones con Buenos Aires y demás provincias confederadas anular el juramento prestado al Consejo de Regencia y desconocer la Corte de España, y nombrar al doctor Francia diputado al Congreso General de las Provincias Unidas.

»Con motivo de un conato de revolución instigado por los españoles y descubierto oportunamente, hubo de reunirse el 1.^o de Octubre de 1813 el segundo Congreso General, con asistencia de mil diputados electos, con el fin de ratificar la declaratoria de Independencia, cambiar al Paraguay el nombre de _Provincia_ por el de _República_ y sancionar una Constitución que confiaba el ejercicio del Poder Ejecutivo a dos magistrados, con la denominación de Cónsules, que tuvieron el grado de brigadieres de ejército, cuyas obligaciones principales consistían en asegurar la conservación, seguridad y defensa de la República, formar el Tribunal Superior de Justicia, desempeñar la Comandancia General y atender a los demás ramos de la Administración.»

La intelectualidad paraguaya es tan contada como distinguida y vigorosa. Manuel Gondra, Cecilio Baez, José S. Decoud, Alejandro Audivert, Teodosio González y otros literatos, poetas pensadores, constituyen una verdadera _élite_ mental. En el ministerio, en la cátedra, en la tribuna, en el libro, el pensar paraguayo es eminente.

El alma nativa, propensa al ensueño y enamorada de la gloria, da campo a los escritores nacionales para ejercer el apostolado de todas las grandes ideas del arte, de la filosofía, de la patria. El mismo dialecto Guaraní, lengua armónica, melodiosa y sensitiva, revela la varia intensidad del espíritu paraguayo, y es una demostración de la grandeza de aquel pueblo. Tal lengua tiene su literatura. Una literatura llena de brillo y sentimiento, que cuenta con poemas de vasta inspiración, en que son alabados dulcísimamente los encantos naturales: el natural amor, el río de plata, la flora magnífica.

En el Paraguay se atiende con particular esmero a la instrucción pública, y entre sus más entusiastas y eficaces propagandistas no es posible olvidar a Arsenio López Decoud, educacionista y escritor notable; a Enrique Solano López, hijo del mariscal Francisco Solano López; a Teodosio González, doctor en ciencias jurídicas de la Universidad de Buenos Aires; ni a Carlos Cálcena, que asistió al Congreso Científico de Montevideo, en 1901, representando al Instituto Paraguayo.

Ni hemos de omitir tampoco el nombre de quien ha sido calificado como el más brillante de los poetas nuevos del Paraguay: Juan E. O'Leary, periodista valiente y autor de libros evocadores. Con O'Leary han contribuído al realce de las letras continentales Ignacio A. Pane, Manuel Codas, Alejandro Brugada hijo, y otros que en el momento no recordamos. Todos ellos intelectos meritorios.

No de otro modo puede ser en un país, en donde lucen figuras como las que presenta Silvano Mosqueira, en sus _Semblanzas Paraguayas_ que acabo de recibir, y que me he complacido en leer.

En el prólogo explica Mosqueira: «La importancia de una Nación no se juzga sólo por su riqueza económica, por los millones depositados en su tesoro, sino también, y muy principalmente, por la cantidad y calidad de sus hombres de pensamiento.»

Luego nos habla de Manuel Domínguez, Cecilio Baez, Blas Garay, Héctor Velázquez, Manuel Gondra y Juan Silvano Godoy de modo entusiástico y justiciero.

Refiriéndose a Manuel Gondra, a quien el que estas líneas escribe tuvo la honra de conocer en la Conferencia Panamericana de Río de Janeiro, y de apreciar de cerca sus altas dotes mentales, dice Mosqueira:

«¿Cuál es el papel histórico que los acontecimientos señalan a D. Manuel Gondra en el escenario político de su país? ¿Cuál es la misión que debe desempeñar un ciudadano colocado a su altura moral y científica?

»De hecho, por aclamación, sin una voz discordante, Gondra es el jefe intelectual nato de la juventud estudiosa. Goza de un prestigio sólido indisputable, entre el elemento joven. Por razones políticas, los que pudieran rivalizarle se hallan inhabilitados a disputarle la preeminencia en el ánimo de sus compatriotas.»

Estas palabras del Sr. Mosqueira se pudieran llamar proféticas, pues el Sr. Gondra ocupó la Presidencia de la República, y ha seguido figurando activamente en la alta política de su país, después de la revolución que no le permitió llevar a cabo sus ideas progresistas. Actualmente, después de concluída la última contienda paraguaya, ocupa el Sr. Gondra el Ministerio de la Guerra. En cualquier puesto que ocupe, será siempre el mismo gran ciudadano que procurará el bien de su patria.

Que las conmociones guerreras--de ancestral influencia--tengan definitivo término, y que bajo una bandera de armonía--la nacional--, mediten los bravos paraguayos en el porvenir.

BOLIVIA

[Ilustración]

Potosí, antaño, era nombre de fábula,--Cólquida, Eldorado, Ofir,--de la fábula estupenda que impregna de su luz maravillosa todo el Ciclo del Oro. Fué en una tierra de entrañas de oro donde Manco Capac iniciara una civilización; donde las gentes de España destruyeran el imperio incásico e implantaran su dominio en el alto y bajo Perú; donde Sucre consagrara a Bolívar el país nuevo que formara después de la victoria de Ayacucho.

Es hoy tan sólo un recuerdo Potosí; mas Bolivia sigue siendo uno de los países más llenos de riquezas de todo el continente nuestro. País, como todos los hispano-americanos, ardido tantas veces por revoluciones y luchas entre hermanos del propio territorio y de su vecindad, ha sufrido las inevitables fiebres del crecimiento.

«Bolivia,--decíame un boliviano de talento y carácter--es el país de los contrastes». Y agregaba a tal afirmación: «Su topografía, su clima, sus producciones, sus monumentos y sus habitantes, constituyen un conjunto de elementos tan heterogéneos, que no parecen que formaran parte de una sola nación. Quien ha viajado, no sólo por una región de Bolivia, sino por todo su territorio, no puede menos de quedar pasmado ante la multiplicidad de cuadros, a cual más inconexos y curiosos, que le presenta este país. Ya se le ve aplanado por enormes mesetas que cansan los ojos con su perpetua monotonía y que ejercen en sus moradores una acción achacante que les singulariza por modo muy particular; ya está erizada por complicadas serranías y cordilleras, cuyos colosales picachos guarnecidos de eterna nieve, parecen gigantes embozados en túnicas imperiales de armiño, que contemplan en actitud monolítica la sucesión de los siglos; ya está horadada de valles profundos y sinuosas quebradas, donde se ven mil accidentes del terreno como las proyecciones de un cinematógrafo; ya bordado de praderas y selvas inmensurables, en cuyo seno bulle una vida activa y desbordante; ya está bañado por ríos larguísimos y lagos misteriosos como el lago Poopó y el legendario Titicaca, que guarda la poética tradición de los hijos del Sol. La primera vez que recorrí Bolivia de extremo a extremo, me pareció ir por un país de ensueño. Viéndome en la árida región que mira al Pacífico, y ascendiendo a la antiplanicie andina, sentíame hastiado por la uniformidad del panorama que se desarrollaba ante mis ojos. Aquella sábana terrosa, con su aspecto sepulcral, su frío, sus brumas, sus espejismos, sus pajonales y su silencio, se me antojaba detestable. Como el navegante que en alta mar no ve más que agua y cielo, yo, perdido en aquel océano de tierra, no veía más que la inmensa bóveda azul volcada sobre la inmensa llanura sin color. No se divisaba ni un arbusto. Yo deseaba ver cuadros más variados. Tenía la nostalgia de los árboles. La desnudez de la pampa, su serenidad, su quietud, su mutismo, infiltraban en mi espíritu un sentimiento mortal de desaliento. Aquélla era una región exánime, maldita. Era la tristeza hecha tierra. Era la petrificación de la inercia y de la austeridad. ¡Y bien! Poco después me hallaba en el otro extremo de Bolivia. Estaba, según mis deseos, en la región de los árboles. ¡Qué árboles! Ahora eran gigantescos vegetales sembrados en el suelo, como soldados en ejército sin fin, los que formaban sobre mi cabeza una bóveda verde y fresca, bajo la cual caminaba semanas, días, meses. Ahora, ya no más perspectivas limitadas y aburridoras. Yo habitaba en palacios pictóricos de verdor y de perfumes. Y ya no me deprimía el ambiente de la pampa agria y silente. Los árboles, el suelo, el agua y el aire, eran hervideros de seres, laboratorios de energía, campos de una batalla fenomenal. Y de los árboles del suelo, del agua y del aire, brotaba sin descanso la sinfonía intraducible de una vida fastuosa y triunfante. Pero al cabo, esto también me cansó. El árbol dominador, desmesurado, omnipotente, llegó a causarme empacho. Me hallaba como en una suntuosa prisión. Deseaba que mi vista se esplayase en horizontes más amplios, como los del altiplano. Y tuve la nostalgia de la pampa. Y si antes ésta me había hastiado con su aire de tierra muerta, ahora sentíme también fatigado con el derroche de vida que veía en mi redor. ¿Pero cómo escapar? Este mar de verdura se extendía hasta el otro mar, hasta el Atlántico.

»Después visité otros puntos de Bolivia. Navegué durante largas temporadas por sus interminables ríos, descendí a sus hondos valles y trepé a sus vertiginosas cordilleras, y en todas partes continué admirando lo variado y caprichoso de esta tierra extraordinaria. Todo se opone en Bolivia; las ubérrimas tierras calientes al desolado altiplano, el frío al calor, lo bello a lo deforme, lo miserable a lo rico. Sus mismos habitantes. El bravo y feroz aimará es distinto del quichua apacible; y ninguno de ellos es asimilable al bárbaro del Noroeste o del Oriente boliviano. Y aun prescindiendo de los tipos autoctonos, en el mismo elemento criollo se notan profundas diferencias, como si en él estuviesen marcadas las anfractuosidades y relieves de su suelo desigual. Las poblaciones constituyen verdaderos extremos. Santa Cruz, ciudad tropical situada apenas algunos cientos de metros sobre el nivel del mar, con su calor de zona tórrida, rodeada de una vegetación lujuriosa y poblaba de gente de tipo marcadamente español, es muy diferente de Oruro, población de clima siberiano, construida en medio de un desierto, a miles de metros de altura, y con habitantes en que predomina el tipo indígena. Escalonemos entre estos dos extremos las demás poblaciones bolivianas, y ni aun así se darán una idea neta de su variedad. Potosí es un pueblo encaramado sobre una gran serranía, y parece estar trepando hacia el cono gigantesco de plata y estaño, que fué el asombro del mundo. La Paz, al contrario, está hundida en una hoya, y al verla del borde del altoplano, hace la impresión de una ciudad acarreada en masa por un inmenso aluvión, al fondo de un precipicio; y el viajero se admira de que a nuestros antecesores se les hubiese ocurrido ir a edificar la ciudad más populosa de Bolivia en aquel estupendo agujero. A veces, hasta en un mismo sitio, hay aglomeración de elementos incongruentes, superposiciones extravagantes. Lo prehistórico se junta con lo actual. Las edades se dan la mano. Lo gigantesco e imponente se codea con lo pequeño y vulgar. En Tihaguanaco, la humilde choza del indio está adosada a monumentos colosales, extraños, inmemoriales, obra de una civilización desaparecida. Todo, pues, contribuye a hacer de Bolivia un país lleno de curiosidades y rarezas. Hasta en su historia se ve la desproporción y la incoherencia. Su advenimiento a la vida nacional fué extraordinario. La misma guerra de la independencia que le precedió, se caracteriza por el desconcierto con que obraban sus caudillos. Nadie se subordinaba a un solo plan regular y fijo. Todos obraban por su cuenta y riesgo. Y sin embargo, con elementos tan variados, se ha formado esta nacionalidad. He aquí la razón de que Bolivia sufra mayores dificultades que otras naciones para llegar a su definitiva constitución. El trabajo de integración de sus diversos componentes está aún por hacerse. La unificación en Bolivia, empezando desde lo físico, es más difícil que en otros países de estructura más homogénea y sencilla. Esos países con amplia salida al mar, y que constituyen, agregados a los que es fácil el acceso de la ola inmigratoria, de la industria y del comercio, es lógico que se adelanten a este pueblo mediterráneo, que metido entre sus montañas, pampas y selvas de corte gigantesco, tiene que desarrollar una suma de esfuerzo mayor, proporcionalmente, que aquéllos para ir por el mismo camino. En realidad, es más bien sorprendente que este país, hecho con elementos telúricos y humanos tan contradictorios, aun se mantenga en pie. Quiere decir que acaso posee energías latentes, aunque dispersas, que le sostienen. Falta que esas energías se fundan y formen un solo bloque, capaz de ejercer una acción virtual fija. Hasta entonces la nación no había parecido. Porque, al presente, valga la verdad, ella no existe, en forma categórica y definitiva, como no existe en otros países, que no son sino conglomerados informes de cosas y de hombres que se rechazan, o ni siquiera se conocen. Bolivia sufre las consecuencias de la disparidad de sus factores étnicos y de la complexidad de sus condiciones geológicas. Es un pueblo aun no acabado de formar; y sólo el día en que haya realizado un trabajo de aproximación efectiva, de simpatía honda de sus componentes, habrá cumplido el ideal de los que la erigieron nación una, libre y soberana. Hay que decir que para eso se requieren varias condiciones. Desde luego, un buen vínculo de hierro que haga juntar el árbol con el yermo, la cordillera con la pampa, al aimará con el guarayo. Ese día se acerca.» Tales conceptos y de quien conoce a palmo su tierra, concluyen con una voz de esperanza. La opinión del doctor Mendoza está confirmada por la realidad actual. Bolivia progresa y se vigoriza; y están ya muy lejanos los tiempos de revueltas y satrapías famosas. Hombres de empresas prácticas y trabajadores de cultura se preocupan en la suerte de la patria. A la decadencia tan eficazmente expuesta en un libro cauterizante de Alcides Arguedas, libro aplicable, no solamente a Bolivia, sino a la América hispano-parlante, y en muchos de sus capítulos, a todas partes, a la decadencia, dijo, ha sucedido una actividad salvadora, una reacción de vida. «Hoy, dice el mismo Arguedas, una nueva generación forjada al calor de generosos ideales, decepcionada del poder de las revoluciones, escéptica del prestigio popular de los caudillos, llena de bríos, generosa, preparada, idealista, soñadora, surge». Así se cumplirán mejor las palabras del acta de independencia, que dicen que: «los departamentos del Alto Perú protestan a la faz de la tierra entera, que su resolución irrevocable es gobernarse por sí mismos». Tal ha sido el espíritu de adelanto en paz y libertad, que ha animado a los últimos gobernantes de Bolivia.

La mentalidad boliviana ha tenido siempre brillos, y varones de saber y de armonía han descollado desde los tiempos de la docta y pretérita Chuquisaca. Como en los tiempos de España brillaron Calancha, Escalona, Acevedo y tantos más, han animado luego las patrias letras, los Bustamante, San Ginés, Terrazas, Blanco, Cortés, Vaca-Guzmán, Ramallo, Mujía y muchos más. Conocida es la notoriedad de los Aspiazu, los Ballivian, Baptista, Rene Moreno, Díez de Medina, Pinilla, y más que formaría una larga lista. Yo he tenido oportunidad de conocer a bolivianos de tanto valer como Julio L. Jaimes, caballero de antaño, ingenio de pura cepa clásica y colonial; a su hijo Ricardo Jaimes Freyre, mi brillante amigo en las primeras luchas de renovación literaria en Buenos Aires, noble poeta y rico de saberes amenos; a Francisco Iraizos, lleno de discreción y de cultura; a Moisés Ascarrunz, diplomático, cuyos mejores amigos fueron en España los poetas; a Franz Tamayo, cuya viril juventud está llena de sapiencia; a Arguedas, que va por el camino de los triunfos; a Joaquín de Lemoine, soñador y práctico, buen servidor de su país; al Dr. Jaime Mendoza, en quien quizá pronto se revele en nuestro continente un nuevo y distinto Gorki.

La Paz, capital de la república boliviana, adquiere animación. El ferrocarril conquista el territorio nacional. Europa se acerca. El progreso entra por el Pacífico y por Buenos Aires. Pronto una vía férrea unirá la Paz y Puerto Pando. Se cuida de los bosques. Se hace oro. Se rehace patria. Se va a buen paso al encuentro del porvenir.

NICARAGUA

[Ilustración]

Nicaragua acaba de pasar por una de las crisis más tremendas de su vida política. La sangre y la muerte han puesto espanto en los ciudadanos, una vez más; han revivido antiguos odios inmotivados; la miseria y el hambre han esparcido sus horrores en el país debilitado. ¡Y cuán buena y generosa tierra para el trabajo, para las iniciativas industriosas! No entraré en el liso y pantanoso terreno político. Pensadores y viajeros de juicio creen en que la penetración pacífica del vecino potente concluirá con la nacionalidad. Entre tanto, véase, en extracto, su vida histórica. Los famosos hermanos Contreras hablaron los primeros de libertad, en el siglo décimo sexto, y, cabezas de la sublevación, fueron, vencidos, a perder la vida a Panamá. Fué, pues, allí donde, en el continente, se quiso primero ser libre de la dominación española. Cuando Centro-América se constituyó en República Federal, después de la independencia, en 1821, Nicaragua fué un Estado de la federación. Lo gobernaron Cerda, Herrera y Núñez. República autónoma a su vez, en 1841, tuvo por jefes a Buitrago, Pérez, Sandoval, Guerrero Ramírez, Pineda, Chamorro, que tuvieron el nombre de Directores Supremos. La Presidencia se inicia, en 1854, con Frutos Chamorro, y le siguen Martínez, Guzmán, Quadra, P. J. Chamorro, el General Zavala, Cárdenas, Sacasa y Zelaya. Una revolución sonora, que tuvo por base una traición, hizo abandonar el poder a este último, y fué Presidente, por poco tiempo, el Dr. Madriz, a quien sucedió provisionalmente el General Estrada, sustituído por el actual mandatario Dr. Adolfo Díaz. Sobre todo esto pasa la sombra de los Estados Unidos.

Nicaragua tiene, como página principal de su historia, la segunda independencia, cuando se vió libre de la ocupación del filibustero yanqui William Walker, con el apoyo de las repúblicas hermanas, especialmente de Costa Rica.

Nicaragua tiene su nombre de Nicarao, cacique, cuya figura podréis apreciar en las historias de Indias. La limitan Honduras, Costa Rica, el Atlántico y el Pacífico. Varios libros hay con datos sobre esa región centro-americana; pero ningún autor os será más útil, si queréis conocerla, con sus recursos y su vitalidad, que M. Desiré Pector, francés laborioso y estudioso, Consejero del Comercio Exterior de Francia, y que durante largos años ha tenido a su cargo consulados de repúblicas de Centro-América, a las cuales ha procurado hacer conocer y valer, en numerosos libros, folletos y artículos de periódico. La América Central, y, sobre todo, Nicaragua y Honduras, deben mucho a la diligencia y al buen sentido del distinguido M. Pector.

Los datos que siguen, son extraídos de su importante obra _Les richesses de l'Amérique Centrale_, que lleva un prefacio del finado M. Levasseur, el ilustre administrador del Colegio de Francia. Así como todos los datos sobre las otras repúblicas, han sido extractados de las valiosas monografías de diferentes autores, publicadas por el Sr. Eduardo Poirier en su obra voluminosa, _Chile en 1910_.

Nicaragua, para su comunicación con el mundo, tiene puertos en ambos Océanos, que pueden llegar a ser de gran desarrollo. El de Cabo de Gracias a Dios--que vieron los ojos de Colón--está señalado para un porvenir brillante. Se llamó algunos meses Puerto Dietrick, por concesiones hechas a un fuerte especulador de ese nombre. Está servido, aunque irregularmente, por la _Atlas Line_. La compañía Hamburguesa y la _Prinzapolka Exploitation C.^o_ recorren los ríos Grande, Prinzapolka y Onaona. Bluefields es un hermoso Puerto, capital del departamento Zelaya--ignoro si los rencores políticos hayan hecho cambiar de nombre a esa región--y da acceso, por su situación en la embocadura del río Escondido, a toda la región donde se cría la banana del departamento, al distrito del Siquia (Rama) y a las minas de oro del departamento de Jerez. En la aduana del Bluff está instalado el nuevo faro de ochenta pies de altura, de cuatro fuegos y alumbrado por acetileno; una embarcación a gasolina pone en comunicación a Bluefields con San Juan del Norte. _La Compagnie Générale Transsatlantique_ remite mercaderías directas del Havre para ese puerto, que está en combinación con la Bluefields S. S. C.^o Hay en el Bluff almacenes de aduanas y muchas facilidades de carga y descarga. Su clima es sano. Los vapores de la Atlas Line tocan allí.

Bluefields ha exportado durante el tercer trimestre de 1906 por valor total de $410.806. De esta manera: $136.667 (10.526 onzas de oro); $79.416 (96.916 libras de Caucho), el resto en cueros secos y bananas. Monkey Point es un puerto nuevo, en donde se pensaba, durante el gobierno de Zelaya, que comenzaría la línea férrea que, terminando en San Miguelito--en el lago de Nicaragua--, se conectaría por vapores con Granada, y desde allí a Corinto, por el actual ferrocarril. Es una ciudad de porvenir económico, punto terminal de comunicación interoceánica. En sus alrededores, un tanto al Norte de la embocadura del río Puntagorda o Caño Madre, se encuentran terrenos excelentes para pastos y cultivo de la banana, del caucho, que, como se sabe, es una verdadera riqueza, del cacao, del café y de la naranja. La United Fruit C.^o está muy al tanto de todo esto que dejamos señalado. San Juan del Norte es un gran puerto, indudablemente de mucha importancia, aunque se le haya tenido en abandono y descuido durante los últimos años. Está situado en la embocadura del río San Juan, que se comunica con el lago de Nicaragua, o gran Lago, y hubiera sido el final del Canal interoceánico por Nicaragua, antes de que este proyecto fuera abandonado por los americanos. En este puerto también tocan, aunque irregularmente, los vapores de la Atlas Line.

El precio del pasaje de Granada con New-York, comprendido el embarque de San Juan del Norte--o Greytown, como dicen los anglo-americanos, es de 450 francos; el de San Juan del Norte a Limón 30 francos en primera, y la mitad en tercera. El flete, para este puerto, por la Atlas Line--vía Hamburgo New-York--para vinos y champañas, es de 60 francos por tonelada.

El Tempisque es otro puerto, en el Estero Real, que da a la bahía de Fonseca. No es actualmente más que un puerto fluvial, pero sin mirar a El Viejo, Chimandega y León, hace esperar que el ferrocarril se extienda hasta allí, y que hagan entonces escala los vapores del pacífico.

Corinto es uno de los más bellos puertos de ese Océano, a 732 millas de Panamá, por mar. Es punto terminal de la línea férrea que sirve a Chimandega, León, Managua y Granada. Desde 1907, está abierto al comercio el nuevo muelle, por el cual todos los navíos deben obligatoriamente realizar sus operaciones. Una sociedad norte-americana dueña de tal empresa, se encarga de todo. San Juan del Sur es puerto que utilizan Rivas y las ciudades y pueblos del gran Lago, del valle Menier, etc. Hay allí una oficina de cable submarino inglés.