Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX
Part 6
¡Flores sobre flores! Flores de estío, flores de primavera, flores descoloridas de Noviembre, vertiendo la pena de los adioses, y en los trenzados los crisantemos; los lotos reservados para la mesa de los dioses, los lises altivos entre las espesuras de amarantos, irguiendo con orgullo sus tirsos radiosos; las rosas de Noël, de palideces transparentes y, después, todas las flores enamoradas de las tumbas, violetas de los muertos, helechos olorosos, asfódelos, soles heráldicos y bellos, mandrágoras que gritan con voz sobrehumana al pie de los patíbulos negros que frecuentan los cuervos. ¡Flores sobre flores! ¡Deshojad flores! Que se paseen incensarios floridos sobre la tierra en donde, allá lejos, duerme Ofelia con Lady Rawena de Tremaine. ¡Amor! ¡Amor! Y sobre sus frentes, que tú inclinas, haz rodar la púrpura extática de las rosas, semejante a la sangre alegre vertida en los combates. Antes cantaban ellas, vírgenes rosadas, rubias, los amantes de los días que no renacerán nunca, bajo sus vestidos tejidos con oros finos y argírosas. ¡Oh, lejanas dulzuras de las primaveras concluídas! ¡Apertura auroral de las ideas! ¡Puerta del cielo ofrecida a los labios de los elegidos! ¡Las vírgenes hoy, muertas o poseídas, están lejos! ¡Muy lejos! La esperanza ha caído de nuestros corazones, como las ramas podadas de un árbol.
Y la sombra, y los pesares y el olvido, son los vencedores.
A través de los iris y juncos, Ofelia abandona su alma a los arrulladores murmullos del río, único testigo de su melancolía. Y he aquí que en el fondo de la verdosa espesura suenan confusamente harpas cristalinas, atrayendo con sus ritmos obsesores. El oro difuso del Sol empurpura las colinas, por el lado del castillo de Elseneur, y las torres que obscurecen ya las tinieblas hyalinas. La noche felina, con su traje de terciopelo, arrulla a las aguas, los valles profundos y los cielos tristes, y con los sauces ruidosos esfuma los contornos. Y las nubes rojas del poniente con colinas que trepan lanza en puño, atroces caballeros que espolean el vuelo furioso de los unicornios. Luego, la dama que sueña con los juramentos olvidados canta entre dientes un _vireylay_ muy antiguo. La demencia extiende sobre su frente multiplicados duelos. ¡Flores sobre flores!
Sollozos cortan su romanza, mientras que, con los cabellos coronados de jazmín, se inclina hacia los juncos del río inmenso. Los Nixos, cerca de la orilla le señalan el camino, y tranquila, al curso de la onda en las gláucas praderas, desciende con ¡no me olvides! en la mano. Las flores palustres sobre sus pupilas apagadas pondrán el dictamo adorado del sueño, en jardines de...
Fiestas primaverales Los poetas y las flores (CONTINUACIÓN)
LOS NENÚFARES
(BARBEY D'AUREVILLY)
_Allons, bel oiseau bleu, venez chanter votre romance a madame..._
(SUZANE.)
_Vous ne mettrez jamais dans votre flore amoureuse le nénuphar blanc qui s'appelle..._
(UNE PREMIÉRE LETTRE.)
I.--¡Nenúfares blancos, oh lirios de las aguas límpidas, nieve que surge del fondo de su azur, que adurmiéndose sobre vuestros tallos, tenéis necesidad, para dormir, de un lecho puro! Flores de pudor, ¡si!, sois demasiado altivas para dejaros cortar... y vivir después. ¡Nenúfares blancos, dormid sobre vuestros ríos! ¡Y no os cortaré jamás!
II.--Nenúfares blancos, flores de las aguas soñadoras, si soñáis, ¿en qué soñáis? Pues para soñar preciso os es estar enamoradas, es preciso tener el corazón enamorado... o celoso; pero vosotras, ¡oh, flores que el agua baña y protege, para vosotras soñar... es aspirar el frescor! ¡Nenúfares blancos, dormid en vuestra nieve; yo no os cortaré jamás!
III.--¡Nenúfares blancos, flores de las aguas adormecidas, flores cuya blancura da frío a los corazones ardientes, que os hundís en vuestras aguas desentibiadas cuando el sol luce, nenúfares blancos! Quedad ocultos en los ríos, en las brumas, bajo los sauces espesos... ¡De las flores de Dios, sois las últimas! ¡Yo no os cortaré jamás!
LA CANCIÓN DE LAS ROSAS
(ROBERT DE LA VILLEHERVÉ)
Encanto de los ojos extasiados, los rosales divinos; los rosales no darían tantas rosas, si no fuese la juventud en flor, que, rota, después del dolor, renace y revive en las cosas.
Las rosas de púrpura o de plata, que junio, artista diligente, reviste con los colores de la vida, en su brillo, en su palidez, son la metamorfosis en flor, de una niña arrancada por la muerte.
Y por eso, en los repliegues de sus pétalos delicados, obstinadamente, la rosa oculta--como las vírgenes el suyo--su corazón de oro, gloria de la flor, su corazón invisible, sin mancha.
Y por eso, en los rayos, cerca de ella, las mariposas azules revuelan querellándola, y la aman mujer, la aman flor, y el claro enjambre acariciador quisiera aun morir por ella.
Y por eso, la fresca mañana, bajo la seda y el raso, hace, para adornar la flor querida, una perla de cada lágrima y una estrella de cada perla.
CRISANTEMOS
(HENRI CORBEL)
Flores que vertéis el olvido de los odios obstinados, vosotras dejáis sobre nuestros corazones el pesar de los bellos días, viniendo a inspirar nuestros últimos amores: vuestros rayos son el adiós de las estaciones afortunadas.
Crisantemos, perfume de nuestros años de jóvenes, vuestros ojos son dulces como los de los trovadores; en vuestros pétalos de oro, en vuestros encantadores atavíos, nacéis en los umbrales de los graves destinos.
Y vuestro brillo discreto no es si no divino.
Al declinar el día, cuando la luz expira, cuando la brisa suspira y corteja al gran bosque, vosotras arrojáis, risueñas como un Dios Silvano, vuestras canciones, en la faz de los brumosos otoños, llamando los besos de los Soles monótonos.
LAS FLORES
(MALLARMÉ)
De las avalanchas de oro del viejo azur, en el día primero, y de la nieve eterna de los astros, antes sacasteis los grandes cálices para la tierra, joven aún y virgen de desastres.
La fiera Gladiola, con los cisnes de cuello fino, y ese divino laurel de las almas desterradas, bermejo como el puro dedo del pie de un serafín, que enrojece el pudor de las auroras holladas; el jacinto, el mirto de adorable brillo y semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodias en flor del jardín claro, aquella que riega una sangre soberbia y radiosa.
¡Y tú hiciste la blancura sollozante de los lises que, rodando sobre mares de suspiros que roza, a través del incienso azul de los pálidos horizontes, sube, en un ensueño, hacia la luna que llora!
¡Hosanna en el sistro y en los incensarios, Padre Nuestro, hosanna del jardín de nuestros limbos!
¡Y concluya el eco por las celestes tardes, éxtasis de las miradas, scintilaciones de los nimbos!
¡Oh Padre, que creaste en tu seno, justo y fuerte, cálices balanceando la futura redoma! Grandes flores con la balsámica muerte para el poeta fatigado a quien la vida debilita.
NANSEN
EN estas columnas de _La Nación_, con su estilo brioso y nervioso, hace ya algunos años, narró José Martí la leyenda de los héroes del Polo, cuando Greely volvía de su odisea; la leyenda, real y vivida, que es hermosa y trágica, de la cual es hoy héroe nuevo y triunfante el escandinavo Nansen, al cual recibió con palmas y músicas y discursos y versos su buena tierra de Noruega, cuando volvió de la aventura de su _Fram_ después de haber explorado el misterio del círculo polar.
Contadas por el mismo Nansen van a ver nuestros lectores la historia extractada de su empresa: la historia completa y detallada la compró una casa de Inglaterra en 25.000 libras esterlinas.
Ese compatriota de Ibsen, doctor y marinero, astrónomo y herbolario, dice con sencillez lo que le aconteció en las nieves, cómo la aurora boreal lucía, cómo la morsa atacó el Kayak, cómo vino el oso blanco hacia él. Y en él hay un soplo atávico de aquellos marinos que de su país se dice vinieron antes que nadie al mundo de América, y de los pescadores de ballenas y bacalaos que en las tempestades hallaran siempre su elemento, hechos al peligro y a la penuria, y de los seres cuasi fantásticos que se ven grandes y fuertes en las tradiciones populares, o pasan, extraños, bajo las arcadas de hielo de ciertos poemas bárbaros de Leconte de L'Isle.
Él partió con fe y valor, bien provisto y acompañado de gente escogida; y no falló su cálculo que lo llevara hasta donde ningún hombre ha llegado en los fríos del Norte. Él realiza Julio Verne; él hace sus cosas como para que se cuenten a los niños, y los poetas de más tarde hagan poemas con esas prodigiosas cosas. Las gentes le señalan cuando le ven: «Ese es el hombre que ha vuelto del infierno blanco». Y en verdad que es su viaje dantesco, de un dantesco real y terrible, que ejecuta la fábula. Sus narraciones tienen el llamativo de las novelas de la imaginación; Marco Polo del Polo, nos cuenta cosas naturales que nos parecen cuentos de Simbad, y nos imaginamos su existencia en el desierto blanquísimo, adonde va guiado por una ciencia que parece poesía.
Y por qué fué al viaje peligroso, a exponer la vida por su sueño, y comió galleta dura y carne del oso blanco y bebió café sin azúcar en una casa de nieve, y cuidó a sus buenos perros, y vió la noche larga, y la milagrosa luz magnética, anda ahora dando conferencias y haciendo libros que vende como diamantes, y come el faisán con el rey y recibe el cheque del yankee. Porque es persona de honra y provecho, y el viejo Ibsen dicen que estaba rezongando entre dientes, cuando la fiesta de Christianía.
¿Pues no habrá que honrar y celebrar a estos buscadores de desconocidos? Nansen realiza su poema; él es su personaje principal, con un decorado de Snow, el brillo pálido del sol de media noche.
Oigase su narración parca, de sujeto de obra y hecho; no todo es número y grados; de repente, el interés acrece de un modo vibrante, y en medio del silencio polar, fijáos cómo el doctor canta en cuatro líneas la llegada de la primavera.
26-4-1896.
[Ilustración]
LA FIESTA DE FRANCIA
HOY es el día en que, bajo todos los cielos, en todos los climas, erige, resplandecientes al aire, sus palmas de bronce, la Marsellesa. Todo el mundo parece que tomase parte en la alegría de la Francia, cual excitados los espíritus por los zumos de un vago Champaña de victoria. Las banderas, los tambores, las fanfarrias, los himnos franceses, nos hacen alzar la cabeza, correr más viva la sangre, marchar, pensar en cosas heroicas y bellas. ¿Cuál es el secreto de que Francia sea amada de todos los corazones, saludada por todas las almas? Preguntad al pastor decisivo por qué da la manzana a una diosa señalada. Entre todas las princesas de la tierra, _¡ave, regina Galia!_, tú eres la más hermosa. El áureo París derrama sobre el orbe el antiguo reflejo que brotaba de la Atena marmórea. Ante esa capital mágica se extiende un inmenso océano de ensueños. Allá vamos los peregrinos del amor y del arte; allá van todos los adoradores de la vida, a cortar las rosas que curan con su perfume las ponzoñas de las víboras hiperbóreas, la somnolencia de filosofía brumosas. El idioma de Francia es el nuevo latín de los sacerdocios ideales y selectos, y en él resuenan armoniosamente las salutaciones a la inmortal Esperanza y al Ideal eterno.
Celto-germana, burgonda o normanda, toda la sangre de Francia se vierte en una sola vena, toda la savia francesa da alimento y existencia a una sola selva de fuerza y de gracia, en donde una Bella--despierta--del bosque, en su maravilloso palacio, ofrece a todo caballero errante de la poesía o de la gloria, el vino prodigioso de sus inexhaustas ánforas. ¡Selva de enorme y dulce encanto!, en ella encuentran los ojos absortos, ya a Carlo Magno sobre su pino, ya a Víctor Hugo bajo su laurel.
Son de «biniou», canto de marino de Bretaña, risueña farándula de Provenza, danzas provinciales, sus ecos nos llegan con los de la incomparable voz de París, dominándolo todo en clangor de gallo, o una cristalina diana de alondra. Y el arraigarse nuestra simpatía, no es tan sólo por ser Galia toda bella de su magnífica persona, sino también por la fragancia de su nobleza, por la virtud interior que se manifiesta en sublimes ímpetus o en brazos y alas abiertos: Francia, es hermosa por dentro; Francia, es buena; Francia, es generosa.
Me habláis de horribles y sublimes locuras, de sangre; el populacho, la caramañola, el cuello blanco de la reina... (Esas son las estaciones de las naciones.) Floreal viene precedido de tantas tempestades... Mas ved cómo aún de esa roja floración, cada libre pueblo de la tierra ha ido a hacer su ramo, y en sus días de fiesta, se adorna con él el pecho. Por otra parte, el himno de Rouget de L'Isle, ha vibrado ya en el Kremlin y en el Vaticano. A Europa toda, a Oriente, al continente nuestro, el fuego de la vasta hoguera de la Revolución ha llevado una parte de su resplandor. Parece que algo del alma de todas las naciones hubiese salido libre de la Bastilla en el día siguiente de su asalto.
* * * * *
Mas la amable tirana de Francia se muestra de modo principal en su pensamiento, que levanta sobre la humanidad, gemado como un cetro. Bajo la basílica de oro, un pontifice invisible hay que consagra y pone en evidencia toda idea que llega de cualquiera de los cuatro puntos cardinales. Allá está la rosa de los cuatro vientos del espíritu. Su lengua es la verdadera lengua católica, en el verdadero sentido, la lengua del Universo. Hoy podemos decir lo que en su siglo decía el maestro del Dante: _La parleure en est plus delitable et plus commune à toutes gens_. D'Annunzio confirma a Brunetto Latini.
El mongol, el abisinio, el persa, el descendiente del inca, el cacique, no hay quien, por bárbaro o ignorado, no alimente el gran deseo de contemplar la ciudad soñada. París es el paraíso de la vida, Francia es el país de la Primavera y del Gozo para todos los humanos. Yo creo sentir lo que todos. ¿Es el Sol? ¿Es el aire? ¿Son las flores? ¿Los monumentos? ¿Son las mujeres? ¿Es la historia? En muchas partes hay historia que revive en memorable fastos; bello Sol, aire puro, flores raras, palacios soberbios, monumentos magníficos, mujeres llenas de gracia o beldad. Mas he ahí el sol de París, que nos llena de átomos de oro como un licor impalpable, cuerpo y espíritu; he ahí el aire de París, que nos satura de una maravillosa fragancia, de una inacabable esencia de juventud y de entusiasmo, de manera que nos sentimos como dueños de una imperiosa potencia de crear y de sentir; he ahí las flores de París, como más femeninas que las flores de ninguna otra parte, pues diría que los mismos lirios parisienses saben ya los secretos sonrosados de las rosas; he ahí los monumentos de París, las joyas de París--tu Gioconda, tu Victoria de Samotracia--; he ahí la mujer de París: su nombre es Poliginia; comprende en sí a todas las mujeres, y es ella sola, es la mujer; buena burguesa o tipo de Cheret, o perversa de Rops, hay en ella el innato hechizo que fascinaría de nuevo a los hijos de los ángeles. Y, sobre todo, eso pasa como un aire de luz el alma de la Francia, el heroísmo, el soplo artístico, el vuelo aquilino de los triunfos. En aquel castillo está, rodeada de palmas y de lirios, Clemencia Isaura. Sobre aquel fondo de púrpura, se destaca imperial el perfil de Bonaparte. Tras la estación triste, un trueno de trompetas anuncia que la Francia siempre está en pie, coronada de yambos o ceñida de odas. Tener la flauta de Verlaine no le impide tener los clarines que portan las victorias del Arco del Triunfo o las bocinas del _Año Terrible_. Tras el grupo de sabios, sobre el hombro de Pasteur, alza la testa de toro el Balzac de Rodin. Pueden agitar el fondo de la fuente patria las maculadas manos de la política, los dedos en garra de la Administración prostituida; el alma francesa purifica el daño--¡ah, en veces por el fuego y por la sangre!--y se alza, intacto, el antiguo oriflama, sin rasgadura ni lodo. El Arte y la Ciencia tienen allí sus torres de asilo, cuando la tormenta pasa. La Tierra necesita de Francia. Por más que claméis, Naciones hipócritas, allá está la sal y la miel. Sal de Francia, ¡tú desafías todas las corrupciones; tú estarás siempre en todo bautismo cordial y mental!
* * * * *
Francia es hermosa por dentro. Francia es generosa. Ha tiempo, tanto tiempo que cortó la roca Durandal y torció el alifante el soplo heroico... Ha tanto tiempo que desde sus sombríos habitáculos escribía el segundo Felipe de España: He ordenado al duque de Parma que socorra a _mi ciudad de París_... Apartado casi de la vida de las Naciones políticas del mundo, pobre, gastado, el hidalgo vecino es provocado, desarmado, aplastado por un nuevo enemigo, más fuerte, más joven, más rico.
Francia entonces estará de parte de la hidalguía caída, de la nobleza quebrantada, del antiguo y contrario paladín en desventura. ¡Bravos franceses! De Guiche pregunta a Cyrano de Bergerac:
... Avez vous lu _Don Quichot_?
Y Cyrano contesta:
_Je l'ai lu._
_Et me découvre au nom de cet hurluberlu._
Francia, de tal manera se inclina ante la desgracia del Caballero Andante de las Naciones, porque sabe que, como dice el poeta, si las aspas del molino de viento le han echado hoy por el fango de la derrota, otras veces le han levantado en sus giros hasta los astros.
Los señores sabios nos demuestran que no existen razas; que la raza latina, más que ninguna otra, no existe. Muy bien. Yo soy de la raza en que se usa el yelmo del manchego y el penacho del Gascón. Yo soy del país en donde un grupo de ancianos se sientan cerca de las puertas Sceas, a celebrar la hermosura de Helena con una voz «lilial», como dice Homero; yo soy de los países pindáricos en donde hay vino viejo y cantos nuevos; yo soy de Grecia, de Italia, de Francia, de España. Y cuando España está abatida y veo apagado su esplendor antiguo, rotas sus armas, secas las mamas que alimentaron el mundo en que he nacido, vacilante la corona que ilustraron cien capitanes y celebraron cien poetas, estoy triste, muy triste; cuando Grecia cae, padezco; y cuando Italia sufre, sufro; y cuando Francia, la reina Francia, está de canto con ella. ¿Sabéis qué es una fiesta de Francia? Una Gran Patria de opulentos senos, como la Libertad, de Barbier, se yergue enorme en su bronce, en el Imperio de los vientos; y a su alrededor la alegría como la Primavera, de Boticelli, ceñida de guirnaldas, seguida de cantos y de risas; el orgullo, armado de una espada de oro; el amor con su compañía de horas y de gracias; la Marsellesa, como en el bajo relieve del Arco; la canción jovial, rítmica y desnuda cual la encarnada en mármol Charpentier. Es la apertura, la súbita eclosión de las rosas del recuerdo, la visión de las floralias del porvenir. La Galia pasada revive, el viejo espíritu franco se anuncia con sus pájaros matutinos. Y el grito marcial _Allons enfants_... no asusta a los cisnes ilustres que en los lagos de Versalles algo buscan, haciendo misteriosos signos en el fondo de las arboledas con el blanco énfasis de sus cuellos.
A clarín sonante y a tambor batiente fueron anoche los franceses de Buenos Aires, a saludar a su ministro, a sus diarios, a su club. Pues aquí en la República Argentina hay también un pedazo de Francia en donde amando el terruño hospitalario se guarda el culto por la gran patria que está al otro lado del mar. Entre la procesión de antorchas y estandartes iba la bandera de los tres colores. Cada corazón saludaba el símbolo. Trabajadores, comerciantes, periodistas, agricultores, obreros: los colonos franceses son queridos aquí; son planta buena que arraiga bien. Ellos no dejan de ser franceses; sus hijos son argentinísimos. Con todos ellos hemos aplaudido en nuestro suelo a sus estrellas de arte, a sus hombres de ciencia. Nuestras encantadoras mujeres se visten en francés y nuestras mentes jóvenes más que a otra luz mira lo que nos llega al amor de Francia.
Celebran su fiesta los colonos como en casa propia, y no de otro modo podrían ser en donde riegan sus himnos por las calles adornadas; dicen a voz ardiente sus discursos patrióticos; congregan en la plaza pública sus huerfanitos que se sienten como llenos de padres en este día de sonrisas; van a visitar a sus pobres enfermos en el hospital donde hoy triunfan violetas, vinos y colores; juegan a la pelota, cual recordando el juramento histórico; distribuyen socorros a los necesitados; pedalean y patinan bebiendo un aire de gozo; van a saludar _quand même!_ la estatua de Alsacia Lorena, y en los teatros, con lujo y alegría, se canta, se recita, se aplaude, se ríe, y en los salones, se baila, se halaga, se siente, se ama ¡todo por amor a la Francia! Lo propio el rico propietario o el clubman en su círculo, que el obrero en su asociación o en su café preferido. Hay un placer contagioso que se derrama en ondas atrayentes. ¡En la comida, en la cena familiar, poned atención cómo el buen abuelo canta su couplet, de Beranger todavía!, y todos contestan con el «refrán».
Allá en París, allá en Francia entera, hierve el inmenso entusiasmo. El presidente presencia la gran revista; todo el día es un _bouquet_ de sol y música. Pero en París, como en Buenos Aires, como en todos lugares que haya franceses, esta noche, esta madrugada, al poner la cabeza en el descanso, los niños sentirán que ha pasado la noche buena de la patria; las damas soñarán con amores que llevan escarapela tricolor; los ancianos se sentirán satisfechos de ver cómo no muere el patriotismo a pesar de tantas saetas modernas que le van directamente al pecho; todos soñarán por la futura y progresiva creciente de la grandeza maternal.
[Ilustración]
CARLOS EZETA EN MONTE-CARLO
Epílogo de la «Historia Negra»
EL autor de estas líneas, a raíz de la traición que elevara a los hermanos Ezetas al poder, en la República del Salvador, publicó en Guatemala un folleto con el título de _Historia Negra_; contiene la narración exacta de los sucesos en que fué víctima lamentada el presidente Menéndez.
Cinco años después amplió aquellas apuntaciones en un artículo que apareció en las columnas de este diario, a propósito de la caída de los Ezetas.
Los lectores de _La Nación_ están, pues, al corriente de los acontecimientos en que tanto se ha hecho sonar la tan famosa tiranía bicéfala de aquel pequeño país centroamericano.
Ayer el cable nos ha comunicado el escandaloso y ridículo epílogo de la _Historia Negra_, haciendo saber al mundo cómo los millones acaparados por «el hombre del 22 de junio» se han evaporado en la ruleta de Monte-Carlo.
En cinco años de poder, Carlos y Antonio Ezeta, que antes de la traición no tenían sino sus sueldos de militares, se convirtieron en millonarios: casa en Madrid, estancias en el Salvador, rentas, depósitos en el Banco de Londres.
Recientemente la asamblea salvadoreña ha ordenado la instrucción del largo proceso.
Cuando huyeron a los Estados Unidos los dos hermanos, les fueron embargadas por el Gobierno de Gutiérrez las propiedades que tenían en el país.
Siguiendo las huellas de todos los ex presidentes de la _Pepa_, Carlos se dirigió a París a gozar de su dinero, en tanto que Antonio estaba preso en San Francisco de California, a pedido del Gobierno salvadoreño que negociaba su extradición.
Esta no se pudo conseguir, y Antonio, ya libre, se dirigió a Méjico, en donde creía encontrar apoyo en Porfirio Díaz.
Parece que cuando estuvo a punto de estallar la guerra entre Méjico y Guatemala, Antonio Ezeta ofreció sus servicios a la primera nación, con esperanzas de poder después recibir auxilio para revolucionar el Salvador.
Uno y otro hermano hicieron más de una vez que el cable comunicase de ellos poco honrosas noticias; ya era Carlos humillado y afrentado en un teatro de París por un colombiano a quien persiguiera durante su tiranía; ya era Antonio haciendo el Don Juan Tenorio con doncellas de labor en el país del tío Samuel. Mucho tuvieron que hacer los lápices de los caricaturistas.