Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX
Part 5
Tipo marcial, de esa especial marcialidad española. Joven todavía, correcto, elegante; la mirada vivaz y escrutadora, barba y bigote negros, voz acostumbrada a mandar, afablemente serio; en la solapa del smokin una camelia blanca.
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Pasamos Julián del Casal--el poeta celebrado por Verlaine y alentado por Huysmans y Gustave Moreau--, Raoul Cay y yo, a un saloncito contiguo, a ver chinerías y japonerías.
Primero las distinciones enviadas al señor Cay por el Gobierno del Gran Imperio, los parasoles, los trajes de seda bordados de dragones de oro, los ricos abanicos, las lacas, los kakemonos y surimonos en las paredes, los pequeños netskes del Japón, las armas, los variados marfiles. Julián del Casal, el pobre y exquisito artista que ya duerme en la tumba, gozaba con toda aquella instalación de preciosidades orientales; se envolvía en los mantos de seda, se hacía con las raras telas turbantes inverosímiles.
... Y recordaba yo cómo Julián del Casal había cantado en admirables versos a María Cay--versos que pueden leerse en su volumen _Nieve_--, ¿enamorado de ella?... tal vez. Él parece que nunca lo manifestara. De todos modos, allá en el salón los novios conversaban, en vísperas de sus bodas, pues éstas se realizaron poco tiempo después.
En la celda--era una verdadera celda--en que el poeta vivía en la redacción de _El País_, gracias a la bondad del señor Ricardo del Monte, había entre reproducciones de telas de Gustavo Moreau, una del Calvario de Gerome, y otros cuadritos menores, un retrato de María Cay, de japonesa, antes de ser la generala de La Chambre. Ante ese retrato escribió un poeta amigo de Casal un sonetino que anda por ahí, por los periódicos:
Miro enfrente de la moza Bañado en la luz del día, El retrato de María, La adorable japonesa.
El aire acaricia y besa Como un amante lo haría La orgullosa bizarría De la cabellera espesa.
Diera un tesoro el mikado Por contemplar a su lado A princesa tan gentil.
Y ordenara a su pintor Pintarla junto a una flor En un vaso de marfil.
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El general Lachambre logró hacer suyo aquel tesoro, la «adorable japonesa» fué generala, y luna de miel pasó en España, de donde volvió a la isla el distinguido militar, a ocupar el puesto de gobernador de Santiago de Cuba.
El cable nos anunció anteayer su muerte, en una de las batallas con los revolucionarios; ayer, felizmente, la noticia ha sido desmentida.
Es el general muy querido en la alta sociedad habanera, y muy estimado en la Capitanía general y allá en la corte de Madrid. En su carrera no es dudoso que llegue a más altos destinos.
[Ilustración]
LIBROS NUEVOS
LES _fabliaux_.--Estudios de literatura popular y de historia de la Edad Media, por Joseph Bedier (Biblioteca de Altos Estudios). Emile Bouillón, editor. He aquí, pues, por tierra, el viejo ídolo indio.
La teoría era así: que todos, o casi todos los cuentos populares, tenían un origen único: la India. Allí habían nacido, para esparcirse en seguida en el mundo entero, «Cendrillón» y las «Tres damas», que encontraron el «Anillo» y «Piel de asno», etc.
Cuna del género humano, la India era también la cuna de la literatura oral: el hombre había adquirido su forma y su conciencia allí, sobre una cierta «llanura central», y en seguida se había puesto a tantear bromas sánscritas, obscenidades arianas, ensueños irónicos. Huet, obispo de Avranches, fué el primero que, en términos bastante vagos, atribuyó la intervención de los cuentos a los orientales; después de él, la teoría se precisó, y Benfey, en 1859, le dió su forma definitiva y absoluta; dicha teoría recibió una grande autoridad de Max Müller, cuya ingeniosidad fué vasta, y quien debe haberse divertido mucho con la invención de sus mitos solares, estelares, crepusculares.
Mucho más tarde, Andrew Lang, esbozó otras hipótesis. Creyendo encontrar en los cuentos supervivencias de usos antiguos, les señaló por fecha tal época de la historia, en que esos usos estuvieron en vigor. El cuento del «Pulgarcillo», por ejemplo, no puede, dice Lang, haber sido inventado por un griego contemporáneo de Esquilo; preciso es situarlo, en el espacio o el tiempo, en un periodo o en un país en que los hombres se comían los unos a los otros. Hay, tal vez, algo verdadero en esa teoría de la supervivencia; pero nada lo prueba, pues las civilizaciones más pacíficas son capaces de literaturas más sanguinarias; y nótese cómo los niños acogen sin extrañeza, sin protesta--aunque no sin miedo--, el personaje del Ogro.
¿De dónde vienen, pues, los cuentos populares y cuál es su edad?
Vienen de todas partes y su edad varía. Algunos son recientes relativamente; otros son contemporáneos de los primeros balbuceos intelectuales de la humanidad.
La cuestión es, desde luego, a la vez, insolvente y pueril; el origen de las costumbres, de las leyendas, nos escapa; eso fué y eso es folk-lore, fué y es invisible.
¿Quién hizo el primer cuento? ¿A quién se le ocurrió primero acostarse para dormir? Hay quienes coleccionan los cuentos y comparan las versiones; el libro de Bedier debe turbar a esos monómanos. En suma, los cuentos populares, no son, tal vez, sino cuentos literarios que han llegado a ser populares. Han sido compuestos oralmente, y aun escrituralmente--en su integridad--, por un solo autor. Han parecido bellos, se les ha aprendido de memoria, se les ha recitado, se han escrito y vuelto a escribir, han tenido períodos orales y períodos escriturales, a menudo confundidos, y he ahí todo lo que se puede decir de verosímil sobre ese obscuro asunto.
La obra de Bedier, al mismo tiempo que destruye un viejo problema de folk-lore, es un excelente trabajo de historia literaria, tan ingenioso como docto.
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_En Barbarie_, por Rolando de Marés. Con ese título, Rolando de Marés ha reunido muchos cuentos, cuya escena pasa en la Campine, en las épocas primitivas.
Desde luego, nos describe el país en que va a hacer vivir a sus personajes, y parece que esa región, tal como la pinta Marés, merece, en efecto, el nombre de _Barbarie_. Luego nos cuenta leyendas: la de la Princesa Thalia, la del Jabalí blanco, la del Gran San Nicolás; otras más, aún, leyendas ingenuas y rudas en que pasan, por las llanuras, salvajes, héroes sangrientos, implacables magas, y también, a veces, graciosas principesas.
De Marés ha sabido dar a sus leyendas las apariencias de cuentos populares, y esa apariencia convenía a narraciones que el autor quería hacer notar bárbaras; ha sabido, recordando de un cuento a otro, ciertos motivos, ciertos personajes o ciertas aventuras, dar unidad a su libro.
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_L'Ovex_, por François de Nion. «El parentesco natural es para el matrimonio un impedimento dirimente, u óbice. Teología católica. Este epígrafe, bastante claro, permite que, sin gran esfuerzo, se adivine el contenido del libro, al menos en sus líneas esenciales.»
Mademoiselle de Royans, unida desde hace unos meses a un amigo de infancia, Jean de Vienne, descubre, en un pabellón en ruinas, antiguas cartas de su madre, de donde resulta que mademoiselle de Royans es hermana de su marido. Así, ante la joven, que no quiere divulgar el secreto maternal, se plantea un terrible dilema. Huir, sin motivo aparente, de Jean, a quien ama, o continuar el incesto. Un confesor, a quien ha consultado, le da el extraño consejo de continuar llevando sus deberes de esposa, sin rebuscar las ocasiones. Pero llega de Roma una anulación del matrimonio, y la señora, no queriendo decidirse por una ruptura, se deja llevar por una ola en los baños de mar en que se encuentra. Tal es la trama, muy simple, como se ve, de esa novela. Hay un estilo refinado hasta la preciosidad, en esta obra, en que las réplicas alternan vivamente, los personajes se presentan bien claros, en que los detalles no están desprovistos ni de propósito ni de oportunidad.
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_La suprema voluptuosidad_, por E. Gómez Carrillo. Un librito bien escrito, mal pensado y falsamente perverso. Influencia de las «Eróticas», de Rops. Desearíamos que el joven autor perseverase en sus estudios de crítica, que le han dado un justo renombre.
R. D.
9 junio 1896.
[Ilustración]
EL DIVORCIO DE JEANNETTE
Affaire Daudet-Hugo
¿RECUERDAN nuestros lectores el ruido que hizo en el mundo el matrimonio laico de la nieta de Víctor Hugo y el hijo de Alfonso Daudet? El tremendo Drumond tuvo a la sazón grandes desahogos.
El escándalo del matrimonio civil del hijo de Daudet, decía el antisemita, no es, desde luego, una excelente ocasión de ver claro en el alma de un gran letrado de fines del siglo XIX, de saber exactamente la idea que un escritor ilustre se forma de esas cuestiones religiosas, que a través de las edades han interesado y apasionado a los más nobles espíritus de la humanidad.
El padre de Daudet era un realista convencido; la madre, brava y digna mujer si las hubo, era una católica ferviente, como hay tantas en Mediodía; murió con el rosario en la mano; la hermana de Daudet es también una católica practicante. El hijo más joven del escritor, Luciano, gentil muchacho que tiene el aire tan distinguido y tan dulce, se ha educado en un Establecimiento religioso, en la escuela Bossuet; frecuenta San Sulpicio; su madre le acompaña, y para ayudarle, toma notas sobre el sermón, con la tranquila y sonriente bondad que pone en todo. Drumond mismo ha conducido a Luciano a misa, y se ha edificado con aquél buen comportamiento.
A León Daudet, estudiante, se ha referido recientemente, en el _Courrier Français_, el señor Groussac; Drumond nos dice que ha visto crecer su inteligencia. «Le he preguntado a menudo sobre el vocabulario médico, y me he extrañado de la precoz lucidez de espíritu de ese joven, que si hubiese querido trabajar[1] hubiera tenido las intuiciones filosóficas de su padre, con la ventaja de una educación más rigurosamente científica; ¡jamás, en cambio, he descubierto en él la sombra de una hostilidad contra la religión! La conmoción, justamente, lo que daba idea del asombro general, es ver a esas gentes renegar del Dios de sus padres públicamente, cínicamente, ante todo el mundo, únicamente porque hay una gruesa dote: tres millones». Y sobre Juanita: «¿Conocéis más antipática criatura que esta joven casada, que se estrena en la vida con una manifestación escandalosa?
[1] Cuando Drumond publicaba estas líneas, el autor de _Hœnes a L'Astre Noir_ no había dado a la luz ningún libro.
Tiene veintitrés años--era en 1891--, edad en que se cree en Dios como en el amor, en la poesía, en la esperanza... Ella no se da cuenta de que hay pobres muchachas que no tienen tres millones, que están colocadas entre la prostitución y el hambre, y que tienen necesidad de que se les deje creer en alguna cosa para resistir a las tentaciones de la miseria». «La desgraciada niña no es tan culpable como parece. Era, en verdad, graciosa, cuando, dando los buenos días a todos, se paseaba alrededor de la mesa, en las comidas de Víctor Hugo... Es Lokroy quien»... Y aquí la ineludible conclusión: ¡el semitismo tiene la culpa!
Esa infancia de Jeannette, de George, de esos nietos que tuvieron por arrullo un inmortal y amable coro de versos: _El arte de ser abuelo_, ha sido una especie de leyenda. Ellos fueron los infantes de Hugo, emperador de la barba florida.
Por el secretario de Hugo, Lesclide, se saben cien pequeñas cosas, ligeros detalles, adorables incidentes y simples monadas. Recordemos algo de Jeannette en la vida íntima.
* * * * *
El maestro, anotaba Lesclide, adora a su nieta, y cuando no es madame Drouet quien nos trae sus «mots d'enfant», él lo hace voluntariamente.
--¿Cuándo tendré la muñeca que me has ofrecido?--preguntó Juana a una dama poco antes de los «etrennes».
--Pues--respondió la dama--el día 1.º del año que viene; es la época en que nacen las muñecas.
--Te aseguro, replicó Juana, que no hay necesidad de esperar tanto tiempo. ¡Nacen muy bien por Pascuas; hay huevos que están llenos de ellas!
Augusto Vacquerie, el escritor que acaba de morir, le dijo un día con tono serio:
--Señorita Juana, ¿sabes que tienes una cuenta a cobrar en el _Rappel_?
--¿Qué cuenta?
--Tres francos setenta y cinco, por tres _mots de la semaine_.
Juana duda y se vuelve a mirar a su abuelo.
--Papá--así llamaban a Hugo sus dos nietos--, ¿es cierto eso?
--¿Cómo?--responde el poeta--. ¿Tú escribes en los diarios? ¡Y sin avisarme!
Un día Juana dice a su abuelo:
--Papá, ¿no soy suficientemente grande?
--Sí, amor mío, lo eres.
--Y bien, yo quisiera no acostarme temprano esta noche.
--¿Por qué?
--Vienen senadores a hablar contigo; quiero verlos.
--Pero, querida, vas a aburrirte.
--No me aburriré.
--Querrás jugar.
--No jugaré.
--Harás ruido.
--Estaré bien formal.
--¡Y bien!--dijo el abuelo--. Arregla eso con tu madre; por mi parte, acepto con gusto.
La chiquilla estaba contenta con aquella muestra de confianza.
--¿Sabes política?
--No; oiré lo que dirán.
Por la noche los senadores concurrieron.
La señorita Juana, agarrada de la levita de su abuelo, los escucha atentamente. Una formalidad ejemplar. Víctor Hugo muestra una gran vivacidad oratoria, se exalta, y su voz sonora hace resonar el salón rojo.
--¡Papapá!
--¿Qué, hija mía?
--¿No es conmigo con quien estás enojado?
--No, «Ma mignone».
La tertulia se acaba; los senadores se van; no hay sino una voz para alabar la _ténue_ de mademoiselle Jeanne.
Lo cual le hace venir otra idea.
--Abuelo, ¿quieres llevarme al Senado mañana?
--Sí, si eso te divierte; no tienes sino que ir con tu madre.
--¡No, con mamá no quiero, contigo!
--No es posible, no te dejarían entrar.
--Pero si tú lo dices...
--Aunque lo diga yo.
--Y bien, tú no dirás nada; me tomarás de la mano, entraremos y me pondrás sobre tus rodillas.
--Sí, pero vendrá un ujier vestido de negro y con una gran cadena, y te dirá: ¡Señorita, vos no sois senador!
--Y yo responderé: ¡Señor, yo soy su nieta!
Una noche, en el salón un tanto sombrío de la rue Drouot, 20, madame Charles Hugo tenía un bebé sobre sus rodillas y lo vestía para dormir.
A alguna distancia, Víctor Hugo hacía arrodillarse a Juanita, _dans le plus simple appareil_, y le hacía decir su plegaria. En esa plegaria, extraña a las liturgias conocidas, Juana pedía a Dios ser discreta y obediente, le recomendaba a su padre muerto, a su tío Francisco Víctor, enfermo entonces, y todas las personas que le rodeaban.
La pequeña Juana interrumpía la oración con bien ingenuas reflexiones. No se cuidaba, por ejemplo, de orar por su hermano, que le había dado un mojicón.
Un día Juanita y su hermano Jorge se divertían ruidosamente en el salón rojo de la rue Clichy, con la efusión natural a su edad. Entre otros juegos, se había tomado al gato Gavroche para un steeplechase; pero Gavroche, pacífico y serio, no había querido. Su amiga Juana lo llevó entonces al nido maternal despidiéndole: «tú quédate con tus padres». Después de lo cual llamó a su abuelo y le explicó sus intenciones. Y el abuelo puso su gloria en cuatro patas.
La chiquilla recibió al día siguiente estos versos:
L'autre soir, en jouant avec votre grand-père dans l'antre où ce buveur de sang fait son repaire, vous lui fîtes porter le plus doux des fardeaux, O Jeanne! et je vous vis lui monter sur le dos.
Résigné, comme on dit que le fut Henry Quatre, où jugeant inutile et vain de se débattre, Papapa sous le joug se courba doucement et sur l'épais tapis marcha docilement.
Sans être un grand devin, je puis, mademoiselle, dévoiler l'avenir en partie a vos yeux: avant qu'il soit longtemps, vous serez grande et belle, et fière de porter votre nom glorieux; vous tiendrez d'une mère une grâce infinie; votre sang doit vous faire un esprit sans rival; vous aurez la beauté, peut être le genie... mais vous n'aurez jamais un semblable cheval.
* * * * *
Después, el dios entró en el Panteón... y Jorge y Juana en el mundo.
De ambos se volvió a oír hablar; de Juana, por su matrimonio laico con el hijo de Daudet; de Jorge, por ciertos escándalos de mozo de vida alegre...
Y luego, cinco años después de casada, Juanita se separa de su marido.
León Daudet es un espíritu altivo, un cerebro fuerte, un pensamiento quizá con demasiados músculos. Muy poco de artista, muy mucho de «sabio». Estudió para médico. Ya nos ha dicho Drumond cómo le consultaba el joven sobre tecnicismos médicos. Dejó la carrera y se tornó escritor, con un bagaje y una médula científica que dan a sus escritos cierta firme y enraizada fortaleza. Y ha ido a rápidos pasos. De _Hœenes a L'Astre Noir_ hay un visible progreso. Y en sus críticas de la _Novelle Revue_ revela un juicio personal. Su padre ha dicho: «A los escritores, como mi hijo, pertenece la literatura del siglo XX», en una reciente interview.
Y se atrevió León Daudet a publicar el _Astro Negro_... La Prensa de París ha respetado la más sagrada de las memorias, el más alto de los nombres de la poesía francesa, y no se ocupó del libro.
La Prensa no dijo media palabra sobre el Astro de Seneste--cuya figura y descripción están bien claras para el menos entendido--. Se dijo que León Daudet aseguraba haber querido pintar en el incentuoso grande-hombre--«¡Vous êtes un homme, monsieur Goethe»...--¡a Wagner! Más a la vista estaba la tempestad en el hogar de Juana Hugo. Luego la dedicatoria del libro, por León Daudet, a su abuela... Se murmuró de revelaciones y secretos escabrosos... A Buenos Aires envió J. Lermina una correspondencia sobre el asunto, que Mariano de Vedia no publicó. Después, el divorcio, iniciado hace más de un año, y que acaba de resolverse, según lo ha comunicado ha pocos días el corresponsal de _La Nación_, en París.
Algunos han pensado que León Daudet ha hecho el escándalo público, para tener un ruidoso éxito de librería.
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Juana Hugo es hoy una de las divorciadas más tentadoras de París. Probablemente se casará pronto: es rica y princesa de la sangre; bella e inteligente. Mas si ha logrado todo o gran parte de lo que le anunció su abuelo en los versos que le hizo cuando imitó hípicamente a Enrique IV, no tendrá ciertamente ni una cabalgadura como aquella, ni las horas de oro que conducían su vida cuando
Jeanne était au pain sec dans le cabinet noir...
Febrero, 25-1895.
[Ilustración]
A JOSÉ MIRÓ (JULIÁN MARTEL)
El día de su muerte 10 de diciembre de 1896
PASO a paso, melancólicamente, como un sonámbulo que persiguiese una mariposa y se perdiese en lo profundo de bosques sombríos, así tú, tras tu ilusión, mi amigo Julián Martel, penetras en la noche de la muerte.
Yo te he conocido en la primavera de tu juventud, triste enamorado de la gloria, soñador testarudo, cultivador de rosas de fantasía. Vivías en tu sueño, que era un jardín cuidado perennemente por tu alma. Parecía que no oyeses la voz del mundo, de este mundo nuestro. Sí, una voz como de sirena que te atrayese a una isla encantada, de un raro mundo, de verdes laureles, de cantos, de reales grandezas, de perpetuos triunfos; un mundo fuera del mundo: _anywhere out of the world!_ Porque nunca quisiste convencerte, poeta como eras, de que fuesen verdaderas las espinas que rasgaban tus carnes, los abrojos que encontrabas a tu paso, las crueles ortigas, las zarzas amargas y ásperas; así, aun cuando dijeres en tus prosas o en tus versos los dolores de la vida, enflorabas tu pensamiento, y tu frase, con flores de idealidad y de dicha, de modo que te engañabas a ti mismo y te prometías siempre para el día que viene, para la próxima aurora, un festín de poesía, en que las musas sirvieran a tu espíritu ansioso los más puros rocíos, en las copas de las más frescas azucenas. No te dejabas vencer por la vida, mentirosa y fatal enemiga; eras siempre fiel a la divina imposible. La vida se vengó de ti, entregándote a la muerte.
Amabas el arte, amabas la hermosura, amabas las palmas del triunfo, mas te faltaron músculos para las decisivas ascensiones, para las bregas decisivas. Tu corazón era una urna de bondad, de bondad ingénita y sencilla, de una bondad colombina; había mucho de tu corazón en tu cerebro, de manera que pensabas sintiendo.
Los que como yo supieron lo íntimo de tus secretos pasionales, sabemos que cuando la tristeza te poseyó, fué por causa de amor; eras un sensitivo y un romántico. Hay una de tus poesías en que un reloj simbólico señala el secreto de tu existencia.
En estrofas poeanas dices la agonía de las ilusiones, y al fin estalla el reloj, en un momento que no es por cierto el último. ¡El último ha sido éste, mi querido Julián Martel: ayer ha estallado el reloj de tus sueños de poeta, ayer cuando has cerrado los ojos, y amor y gloria y sueños y esperanzas se han desvanecido con la luz de tus obscuras pupilas!
Eras raro como la lealtad, ardiente como el entusiasmo. Sabías todavía amar y admirar. Sabías pasear tu figura pálida y noble entre las medianías antosugestionadas, y tu cansada indiferencia fatigaba las inutilidades petulantes. Intentabas odiar--aunque no lo podías a causa de la excepcional virtud de tu sentimiento--la tiranía de la chatura, el poder de los dictadores del «buen sentido»; eras enemigo de Pilatos.
Tu obra principal y mayor--que es casi toda tu obra--fué un clamor de venganza contra la fortuna, que te fué traidora como una bella querida. Y tú, como artista, como poeta, habías nacido para las grandezas y poderíos. No eran plebeyos ni tu sangre, ni tu gusto, ni tu papel de héroe de Musset, ni tu estilo que buscaba siempre un rumbo.
¡Cuántas veces soñamos juntos, en noches de amistad amable! Yo oía tus imaginaciones de oriental, tus fantaseos de rajah, la historia nunca concluída de tus lindos castillos en el aire, y te acompañaba encantado a tus excursiones por los países de lo irrealizable.
¡Fuiste mi amigo en arte y en existencia; me defendiste, me amaste, me comprendiste, desde que, al llegar a Buenos Aires, me fuiste a saludar en nombre de _La Nación_, en cuya casa confraternizamos!
¡Por eso, por tu corazón y talento, yo te defenderé y amaré tu memoria puesto que te comprendí! _¡Raté!_ dirá una conciencia; y mi corazón clamará: ¡Haced _La Bolsa_! ¡Y culparé a tu desconocido genio maléfico, o a tu sino, de que no hayas llegado a poner en tu torre soñada tu pabellón de victoria! Atmósfera propicia te faltó, tierra te faltó, aliento te faltó. Mueres demasiado temprano, pero tuya es solamente la mitad de la culpa.
Ahora tu visión astral y penetrante verá sobre el haz de la tierra quiénes te amaron de veras, quiénes fueron tus amigos. Yo no miento lágrimas; yo te digo adiós con una tristeza que puedes ver en lo hondo de mi alma.
Notarás, mi querido Miró, que no va mi corona entre las que acompañan tu féretro: ¡Yo te haré una de versos!
[Ilustración]
FIESTAS PRIMAVERALES
Una dalia
CORTESANA de duro seno, de ojo opaco y obscuro, que se abre lentamente como el de un buey; tu gran torso reluce como un mármol nuevo.
Flor gorda y rica, a tu alrededor no flota ningún aroma, y la belleza serena de tu cuerpo desenvuelve, mate, sus impensables acordes.
Ni aun a carne trasciendes, salvo que al menos exhalan las que van removiendo los héroes, y tú te entronizas por lo insensible al incienso.
Así la dalia, rey vestido de esplendor, eleva sin orgullo su cabeza sin perfume irritante en medio de los jardines incitativos.
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