Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX

Part 4

Chapter 43,955 wordsPublic domain

Su figura era encantadora, si es fiel el aguafuerte de Los Ríos, _d'après_ Besnard: una carita de niña, ojos de inocencia voluptuosa, _bandeaux_ que cubren las orejas, boca diminuta y mano inquietante y fina.

Ahora, si en su aspecto legendario es una de las más lindas y amables sacerdotisas del pecado; si nos recuerda viejas emociones, vibraciones apasionadas de los años de juventud, y nos trae como corolario la afirmación del sentimiento; si nos habla por voz de admirables artistas, que nos hacen el bien de conmovernos y dorarnos la realidad con una luz de poesía, bien venida Margarita Gauthier--Sarah Duse, Reiter, Tina o Vitaliani--, que nos resucita el amor en estos momentos en que ya no se ama.

Sea bien venida hoy, por esta imperiosa Vitaliani, que nos ha demostrado anoche que, si el estilo escriptural es el hombre, el estilo «teatral» es la mujer. No hay que hacer comparaciones, sino que señalar el hecho; la _Dama de las Camelias_ de la Vitaliani, es de la Vitaliani; como la _Dama de las Camelias_ de Sarah, es de Sarah.

He allí una lira viva, esta italiana vibrante de arte, cálida, llena de un irresistible poderío espiritual.

Ella da a la idea su carne y su sangre; esculpe su gesto, armoniza su voz en una magistral orquestación pasional, y con sus ojos de «dea» ilumina todas las fases del pensamiento por un poder extraordinario. Esta actriz intelectual ha pasado «por la Sede del Arte Severo y del Silencio»; su llegada no ha sido anunciada con clarines de bronce y sonoros tambores de fama. Ella se presenta; ella triunfa.

Margarita Gauthier volvió a vernos anoche. Una Margarita Gauthier que nos rememoró la historia sentimental de sus famosas flores, de su pasión, de su sacrificio y de su muerte, de un modo nuevo, impresionando y conmoviendo como solamente es dado hacerlo a las emperatrices de la escena.

Al sentir ese soplo de vitalidad artística, al sufrir ese al mismo tiempo delicioso y doloroso choque de divina electricidad que produce el talento de una artista semejante, en obras como la que anoche obtuvo tan merecida victoria, se experimenta algo semejante al efecto saludable de una gimnasia del alma. Y da deseos de decir a los espíritus que aún sueñan y creen en el amor: «Aquella María Alfonsina Duplessis, cuyos cabellos guarda Jules Bois, poeta y mago, no es la verdadera, no ha existido.» La única que ha vivido y ha amado es ésta, la Margarita de anoche. Ella era así, pálida y dulce, nerviosa, caprichosa y amorosa de amor; murió de muerte, a fuego de pasión; siendo una infeliz cortesana, tenía el alma de una santa doncella; bienaventurada sea en el paraíso de las Magdalenas, en donde sus camelias, por la misericordia de la barba blanca del Buen Dios, se le convertirán en un luminoso ramo de lirios. Esa es la verdadera y la única. La otra, que se dice real, y cuya vida está hoy estudiada y conocida por indagaciones y documentos, es una impostora. La que recibe en el cementerio las flores de los fieles anónimos que visitan su sepultura, es la buena y la mártir. «¡Guardad su recuerdo y quemadle vuestro mejor perfume!»

Los artistas que acompañaron anoche a Italia Vitaliani en su nueva conquista del público de Buenos Aires, merecen un justo aplauso, sobre todo Duse, que acentúa más sus ya reconocidos méritos; pero habrá que señalar especialmente a ese bravísimo De Sanctis, que tuvo instantes magistrales, como en el final de los actos tercero y cuarto.

20 de junio de 1896.

Temporada Vitaliani 1.-«Il viaggio dei Berluron» 2.-Reprise de «La Signora delle Camelie»

II

UNO de los grandes sucesos de los teatros de Francia e Italia, y repetido por 312 noches seguidas en el teatro Des Varietés, en París, así rezaba el cartel.

Autores, Ordenneau y Grenet Dancourt. Y la gente, como cuando le nombran un vino que no conoce, haciendo resonar la etiqueta, juzga que debe de ser excelentísimo: «Ordenneau y Grenet Dancourt». ¡312 noches en el teatro Des Varietés, en París! Admirable. «Chateau Ordenneau y Grenet Dancourt.» ¡Qué bouquet...!

Y sirven, señor, en italiano, un estupendo engendro, relleno de gracias de vaudeville, de chistes de grueso cedazo; de una sal pesada, imposible y que indudablemente se quería disculpar con la inexcusable «gaité gauloise». Sí, es esa «gaité gauloise» que ha constituído una de las desventuras del exquisito poeta llamado Armand Silvestre.

Es la bufonería de anchas bragas, que le pagan a tanto por ciento al creador de Laripette y compañía. Un cuento a lo Laripette, más o menos bien urdido y puesto en el pentágrama escénico, para que lo griten y mimen unos cuantos actores de buena voluntad: he ahí la famosa pieza de anoche, abonada en el Victoria por 312 noches seguidas del teatro Des Varietés, de París. Y que si es soportable en francés por claras razones, se hace absolutamente abominable en una traducción.

Y la Vitaliani descendió a representar un grosero tipo de sainete, un papel a todas luces indigno de su talento; ¡así las continuas elevaciones de sus ojos lo hayan querido salvar...!

Y otros tantos buenos elementos de la compañía se han caricaturado para la función de risa, con un éxito claramente satisfactorio.

Fueron aplaudidos, sí. Fueron aplaudidos el jovial abdomen de Bracci, las payasadas de Rodolfi, los sacrificios de ingenio que el discretísimo Falconi se vió constreñido a ejecutar.

Toda la comparsa de títeres secundarios estuvo también digna de tal aprobación.

Lazzi, ocurrencias, divagaciones y chispas dialogales, cosas de uso en las comedias cultas; todo ello fué de una chatina incomparable.

Querer exponer el argumento y entrar en detalles, sería no guardar las consideraciones intelectuales debidas a mis lectores.

En cambio, hablemos de la reprise de la _Dama de las Camelias_, que logró un éxito fundado y del cual tienen que estar satisfechos los actores.

Es a todas luces, claro el contraste entre este trabajo de fina escena y la obra de corteza áspera que anteriormente se ha ofrecido al público.

Se ha vuelto a comprobar la distinción artística de Vitaliani, cuyo cordaje nervioso, cuya alma de elección, cuyos recursos plásticos, cuya vitalidad pausante y sensitiva, la señalan como a una eximia y prestigiosa intérprete de la creación teatral.

Se ha advertido en esta vez mayores fuerzas en ella, unidas a mayores gracias. Ha ejercido su dominio con más imperial grandeza artística que otras veces; ha sabido sollozar mejor, hablar mejor, gemir mejor, ser mujer mejor.

¡Lira de los veinte años! Anoche ha vibrado para muchos, en la renovación de muchos sueños, la resurrección de horas supremas, el retoño de tiempos pasados; la _Dama de las Camelias_ hizo verter unas cuantas lágrimas a los nerviosos y conmovibles oyentes.

¿Qué escena señalar? Señalaré la de la llegada del padre de Armando, la conversación con él y el sacrificio de la pobre Margarita.

Y, a propósito, recordaremos una cuestión suscitada por Teodoro de Bauville en una de sus maravillosas cartas quiméricas: la entrada del señor Duval, padre, a la casa de Margarita Gauthier con el sombrero puesto. El divino poeta no podía admitir que un caballero francés cometiese tal falta de cultura, así penetrase lleno de todos los rencores posibles en casa de la última mujer perdida. El problema es para ser discutido y aprovechado en la sección de «Vida Social».

El momento en que Vitaliani, Margarita, se despide del viejo M. Duval, fué de aquéllos que dejan una impresión imborrable. Fué momento de actriz absoluta. En el acto último, según impresión general--la cual corrobora el juicio de esta crítica--Vitaliani murió mejor que nunca: es decir, que su realismo y su traducción del instante mortal fueron decisivos en la admiración de la sala.

Muy celebrado De Sanctis, como en la primera vez, y el resto de la compañía, plausible siempre.

El público demostró su satisfacción con llamadas repetidas y aplausos calurosos.

Y para que fuese mayor el triunfo, la inevitable estupidez humana hizo acto de presencia con el más sonoro eco que pudiera brotar de la cabeza de Bottom: un silbido asnal.

Al escucharlo, Vitaliani sonrió, y recordé entonces el _Dieu te benisse_... que oyó Groussac de labios de la gran Sarah, con motivo de un estornudo.

Pero el estornudo es involuntario y la bestialidad consciente, ¡oh, pueblo soberano!

R. D.

23 junio 1896.

Temporada Vitaliani Estreno: «La figlia di Jefte», por Felice Cavalloti.--«Niobe», por los hermanos Henry y C. A. Paulton

III

UNA nueva compañía italiana que se da a conocer en Buenos Aires bajo la agradable protección de ese armonioso y sonoro nombre: Italia Vitaliani.

La fama había anunciado ya a la actriz recién llegada, aunque no con las trompetas que avisan el paso de la Duse, y aun de la preciosa Tina di Lorenzo. El estreno de anoche ha demostrado a través de los inconvenientes de una obra cual la elegida, que la Vitaliani es algo más que lo que se califica con el fácil adjetivo de «discreto». Ya en el principio, en la representación de la delicada pieza de Cavalloti, logró manifestar que hay en ella cualidades que, si no se imponen de luego, se hacen notar favorablemente.

Que Italia, tierra de la antigua farsa, es país de comediantes, es cosa bien sabida desde que Cyrano de Bergerac señaló el don en cada italiano. Si le faltan autores, actores le sobran. De la _Mandrágora_, de Maquiavelo, a las tentativas modernas de Praga, cuán poca cosa si se compara con el acervo escénico de las otras grandes naciones; pero, sin ir muy lejos, de Gustavo Modena a Novelli, ¡qué hermosa sucesión de intérpretes artísticos! La gloria de las actrices italianas no palidece delante de ninguna extraña gloria, y bien pueden nombrarse después de Rachel y Sarah, a la Ristori y a la Duse.

Hemos visto ya cómo se levanta la bella Tina, y cómo Virginia Reiter, en su espléndido otoño, encanta y atrae y se coloca en un alto lugar.

Los cómicos italianos son los más cosmopolitas del mundo en la elección de sus obras. Ellos dan a conocer tanto lo escandinavo de moda como lo francés olvidado o lo alemán recientísimo. Ellos se atreven a obras que en París mismo son dadas en teatros especiales, y para auditorios restringidos y selectos; y presentan valientemente a Ibsen o a Mæterlink ante públicos que están demasiado satisfechos con los repertorios fáciles de comprender, y poco afectos a novedades abstrusas que no vienen bien para las tranquilas digestiones. Compréndese que la compañía de la Vitaliani, en vez de estrenarse con la _Anabella_, de Ford, por ejemplo, nos haya dado la _Niobe_, de los Paulton.

La _Niobe_ ha hecho reir; ha dado ocasión a que la graciosa Italia, en su peplo griego, haya mostrado personales riquezas y haya declamado de manera que se le aplaudió sus grotescos endecasílabos.

Pero hay quienes hubieran preferido reir menos y tener alguna más de alto arte. Después de la delicada obrita de Cavalloti, habrían deseado algo distinto a ese parto del humor británico, _Niobe_.

Es ella una obra para las grandes risas de un grueso público; una obra por un lado comparable a _Orphée aux enfers_, sin música, y por otro, a las pantomimas de los circos. Los hermanos Paulton fabricaron esa cosa con absoluta comprensión del reinante gusto actual; el _Strand_ se llenó en Londres más de seiscientas veces; los yankees se deleitaron con la estupenda _machine_; los alemanes la aplaudieron en su Lessings Theater, y cuando los públicos latinos la conocieron, se desencuadernaron a carcajadas.

Ciertamente, en el país de los _scholars_ no podía faltar aún en tan inepta creación como esta, el muestrario clásico. De cuando en cuando Footit rememora a Sófocles, en versos griegos. Y míster Peter Dunn, hombre de seguros, conoce perfectamente la fábula de Anfión.

Por el ansia de lo extranjero han ido a buscar al escueto teatro inglés contemporáneo bufonerías como esta y la famosa _Charley's aunt_, con que no hace mucho tiempo hizo desternillarse a nuestro público el hábil Seigheb.

Es indudable que, una nueva manera de hacer reir, no dejará de ser solicitada.

El eterno asunto de los _cocus_ y las eternas suegras en berlina; los fáciles intríngulis sobre manera repetidos; las rebarajadas escenas de las siempre usadas comedias, debían ser reemplazadas, y el reemplazante ha sido el payaso, que suaviza sus gracias y quita su colorete al pasar de la pista a las tablas. Pero Mr. Dunn, no podía negar, por más que quisiese, su parentesco estrecho con el perilustre Tony. He aquí lo que hoy sucede en la Gran Bretaña a la _feerie_ del gran Will: los inventos exportables y productivos de los Brandom Thomas, Paulton y Compañía.

El argumento de la obra es ya conocido de los lectores de _La Nación_. Sin diálogo, y al son de una música más o menos sugestiva, sería la obra una agradable pantomima.

Han dado los actores que en esta comedia se han presentado, muestra de innegable talento, pues se esforzaron por contener la clownería en momentos en que lo bufo llegaba al colmo.

_Niobe_, por otra parte, no ofreció toda la beldad que cuentan la leyenda y los carteles.

De lamentar es que se haya elegido para obra de estreno, en Buenos Aires, la pieza de que nos ocupamos.

Se ha reído, ciertamente. Pudiera ser que si no los seiscientos llenos del Strand, alcanzase unos cuantos el Victoria. Pero no juzgamos a propósito para la presentación de una artista que se tiene como tal, en grado más que común, una producción en que el arte no aparece, y la alteza estética está substituída por la burda fabricación de productivos enredos, cuya _ficelle_, por lo gastada, llega a causar impresión de novedad. ¡Ese sueño de Dunn, Dios mío! ¡Y esas reminiscencias de Bellanis y de Mark Twain, cuando la ridícula Niobe mira con sus ojos antiguos las cosas modernas!

Un tiempo se acostumbraba, después de los tres o cuatro actos de la obra seria de la noche, el acto del sainete en que el buen público reía después de las emociones anteriores. Anoche se vió trocado todo esto.

El fino acto de Cavalloti dió una ligera sensación artística, y el sainetón inglés vino luego, con sus tres actos.

Pero Niobe está de moda: y eso basta.

13 junio, 1896.

[Ilustración]

ESAS REPÚBLICAS

José María Mayorga Rivas. Una víctima de la guerra entre Nicaragua y Honduras

UN pobre joven, mi amigo de los primeros años--poeta si gustáis--, de familia noble y buena--familia de raíces coloniales, peninsulares--, un bravo corazón, un brazo, una energía, acaba de morir en las cercanías de Tegucigalpa--Honduras, América Central--, a la cabeza de su tropa, llevando honrosamente su uniforme de coronel.

Diera yo dos docenas de licenciados politiqueros, de los que abundan en el país en que me tocó nacer, por esa fresca vida, por ese enérgico talento, por esa alma escogida que se sacrificó en aras del becerro de cobre del más falso de los patriotismos.

Ya sabemos que se va Bryson, corresponsal del _New York Herald_, a Centro América, pues se anuncia una nueva carnicería política. ¡Pobres Repúblicas! Si algo me regocija es que el barco que llevaba a Groussac en su última gira, haya pasado lejos de las costas centroamericanas. Si ese admirable justiciero desolló a Chile y a Méjico, al pasar por aquellos tropicales países, no hubiera dejado hueso sin quebrantar.

Porque, es duro decir que en aquella tierra, apenas conocida por el canal y por el café, no hay, en absoluto, aire para las almas, vida para el espíritu. En un ambiente de tiempo viejo, al amor de un cielo tibio y perezoso, reina la murmuración áulica; la aristocracia advenediza, triunfa; el progreso material, va a paso de tortuga, y los mejores talentos, las mejores fuerzas, o escapan de la atmósfera de plomo: ejemplo, Medina, el banquero de París, o sucumben en los paraísos artificiales; ejemplo, el poeta Cesáreo Salinas, o mueren en guerras de hermanos, comiéndose el corazón uno a otro, porque sea presidente Juan o Pedro; ejemplo, José María Mayorga Rivas.

He leído la orden general en que el presidente Zelaya hace justicia a Mayorga; sé, por carta del actual ministro de Relaciones Exteriores, hermano del joven sacrificado, también hombre de letras, y diplomático que desde hace seis años ha honrado a su país en Wáshington, sé, digo, que se va a publicar un libro en homenaje a la memoria del muerto.

«Te pido para sus páginas un párrafo o una estrofa tuya. No debes negarme esto, que te pido en nombre de nuestra amistad y del cariño que sé tuviste a mi hermano.»

¡Pues ya lo creo! Doy mi ofrenda, con amor, a aquella amable memoria. Era, mi amigo difunto, corazón del más bello oriente, triste, opaco, a causa del medio en que vivía. Si estuvo algún tiempo al lado de algún Gobierno cruelmente memorable, sus labios y su pluma tuvieron después frases ásperas y condenatorias para los traidores. Hizo versos, soñó, fué un buen muchacho. Fué mi contrario y mi amigo, siempre noblemente. Su muerte ha sido la de un valeroso militar; sus últimos versos los de un verdadero poeta.

Estas son las palabras que envío al hogar de duelo, donde se venera la barba blanca y patriarcal de un anciano ilustre; éstas son las palabras que desde lejos, dedico a una querida memoria.

13 mayo 1894.

[Ilustración]

CHARLES A. DANA

«NO puedo acompañarlo mañana porque me voy a Tampa--me dijo Martí--; pero yo le daré dos palabras de presentación que le harán pasar un rato agradable con el viejo Dana. Corto el rato, porque es hombre ocupadísimo y avaro de su tiempo.»

Ningún «sésamo» mejor que la bondadosa presentación del generosísimo José Martí para su amigo el viejo director del _Sun_.

Estaba éste en la oficina suya, con una visita, y de la barba blanca, la gran barba hermosa y blanca, brotaba su fuerte inglés, de un acento dominante y decisivo. El otro, con atención, le oía. Seguramente sería corresponsal en algún punto de los Estados. Yankee era. No hay duda que recibía órdenes. Apuntó algo en un papel. Salió sin hacerme la menor inclinación de cabeza, ni darse cuenta de mi presencia. Yankee era, como Charles A. Dana.

¡Bravo yankee éste!

Se volvió a mí; me tendió la mano; volvió a leer la tarjeta de José Martí. Yo sentado, él de pie, paseándose, conversamos. ¿De qué? De muchas cosas del canal de Nicaragua, de la infanta Eulalia, a la sazón en Nueva York; del duque de Veragua, de literatura española.

Yo montaba mi inglés redomon con gran cuidado; Ollendorff, inútil, estaba en derrota. Un instinto poliglótico me guiaba, y salía con bien. Por otra parte, el gran periodista me permitía apenas uno que otro monosílabo.

De Martí me habló, cuando hablamos de letras castellanas. «Una vez, me dijo, ese hombrecito que era un grande hombre, vino al _Sun_, como suele hacerlo.

Le encargué un artículo sobre José Zorrilla. Al día siguiente estaba hecho el artículo. Pocas veces ha publicado páginas literarias tan bellas, en un inglés encantador.»

José Martí, era su íntimo amigo. Confesaba que debía a la amistad del ilustre cubano, más de una buena obra, más de un útil pensamiento puesto en práctica.

La popularidad de Charles A. Dana en los Estados Unidos era inmensa. Su diario, el _Sun_, es una de las grandes potencias del periodismo mundial.

Distinguíase el célebre diarista por su energía y firmeza. Era hombre probo y severo. El pueblo yankee veía en él a un varón que encarnaba una de las primeras representaciones de esa raza nueva y formidable.

Los latino-americanos tenían en él un criterio simpático y un amigo.

Conocía también, como pocos compatriotas suyos, todo lo relativo a la América española. Era buen admirador de Sarmiento, y supongo que Bartolomé Mitre y Vedia debe guardar buenos recuerdos de aquel noble y excelente anglo-sajón.

* * * * *

Muchas campañas políticas llevó a cabo; su nombre llegó a sonar en una célebre candidatura. Entonces fué cuando le ocurrió lo del cuento de Mark Twain.

Sus enemigos se desencadenaron en su contra. El hombre probo fué maculado; el honorable Charles A. Dana, fué crucificado en muchas hojas de la Unión. Pero después pasó la tempestad, y el _Sun_ brilló con mayores fulgores.

Como periodista era una portentosa cabeza. Aquel hombre de gusto, aquel literato, aquel artista, era un estupendo ciudadano del país del dóllar; tenía el don del éxito; la información de su diario es comparable a la del _Herald_ o _New York Journal_.

Sus repórters y reporteresas--pues hay un batallón de mujeres en el servicio del periódico--son de primer orden. Y la empresa del _Sun_ es una de las más fuertes de los Estados Unidos y de la tierra.

En Nueva York refiriéronme una de las muchas curiosas anécdotas de su vida periodística. Sucedió que una vez recibió, por correo, una carta escrita con una letra semejante a la del Bob de Gyp. Llamaba la atención aquella carta entre el enorme montón de la correspondencia recibida. Más o menos leyó lo siguiente:

«Mr. Charles A. Dana.--Director del _Sun_.--Soy una niñita de cinco años. Hoy no hemos comido. Mañana pasa Santa Claus y no tendré muñeca, ni mi hermanito tendrá juguetes. Hace mucho frío y ya no tenemos carbón.» Firmaba un nombre de niña cualquiera, y junto al nombre la dirección de la casa.

Envió Dana a un repórter activo e inteligente a cerciorarse de lo que hubiere de cierto y ver si no había en el caso superchería. El repórter volvió afirmando el contenido y alabando la inteligencia rara de la niñita.

La madre, viuda, estaba en cama, y hacía días que había concluído sus ahorros. Estaba próxima a la más espantosa miseria, en medio de un crudísimo invierno.

Dana, ¿qué hizo? En el número del día publicó, sencillamente, el facsímil de la cartita, y he aquí el resultado, completamente yankee. Varias fábricas de muñecas y grandes almacenes, regalaron magníficos juguetes a los dos niños, en tal cantidad, que hubo que tomarse un local para exhibir--por paga, naturalmente--los regalos.

Varias compañías de ferrocarril obsequiaron a los niños con toneladas de carbón. El _Sun_ adoptó al niño, y le costeó su educación. Una dama millonaria adoptó a la niña. Y Santa Claus fué el viejo Dana, con su gran barba, sus ojos dominadores y bondadosos, su gesto dictatorial y sus gentiles obras.

* * * * *

El nuevo edificio del diario, uno de los más altos de los Estados Unidos, y, por consiguiente, del mundo--_greatest in the world!_--, ha llamado la atención en el paso de las cosas enormes, país Manmuth, que diría Groussac.

El tiraje del diario aumenta cada día, y su popularidad es inmensa. Es de notar que entre las hojas yankees, que no descuidan, a pesar de su _business_, la parte amena, literaria y artística, el _Sun_ es el diario más intelectual, más «bostoniano» en esto que neoyorkino.

La muerte de Charles A. Dana es una gran pérdida para la nación americana y enluta el periodismo universal. Y los que tuvieron el gusto y la honra de conocerle personalmente, no olvidarán--como quien estas líneas escribe--, su bella cabeza, su sonora palabra, su franco y sincero apretón de manos.

_He was a man!_

19-10-1897.

[Ilustración]

RECUERDOS DE LA HABANA

El general Lachambre

EN noviembre de 1892, el autor de estas líneas llegaba a la Habana, de vuelta de un viaje oficial a España. En un banquete que siempre agradecerá a la redacción de la excelente revista ilustrada _El Fígaro_, conoció a Raoul Cay, a la sazón redactor de la crónica elegante de dicha publicación.

En la noche siguiente, Raoul condújole a su casa y presentóle al señor Cay, padre, antiguo canciller del Consulado imperial de la China, en la capital de la isla, entonces a cargo del gran señor Tam Kin Cho, y a María, su hermana, una hermosísima cubana, gallarda, espléndida, con lánguidos y milagrosos ojos de criolla y una fabulosa cabellera.

Entró una visita. El señor Cay me presentó, y me dijo su nombre. Era el novio de María: «El señor general Lachambre.»