Prosa Dispersa Obras Completas Vol. XX

Part 3

Chapter 33,926 wordsPublic domain

Como la mayor parte de los Presidentes de la América Central descienden del Poder cuidadosamente prevenidos para las vicisitudes de la vida, Soto hizo lo mismo. Buenamente descendió de la Presidencia y se fué a la capital preferida de los _rastas_, en donde tuvo el buen gusto de no ser uno de ellos. Antes bien, se dió a sus estudios preferidos; y, gozando de sus rentas, sin los ruidos de Guzmán Blanco y sus demás imitadores, frecuentaba medios intelectuales y se hacía apreciar por sus buenas dotes. Laurent era su compadre, y Vacquerie era su amigo. En la colonia hispanoamericana era estimado y querido. Creo no equivocarme si afirmo que, con Heredia y Vacquerie, asistió al banquete dado en París en honor del general Mitre. El poeta Palma le administraba en Centro América sus intereses; y a trabajos de su lírico amigo debió que se le desembargasen sus inmuebles en Guatemala, confiscados cuando el Gobierno de Honduras le atacaba con especial firmeza.

Palma es el autor de muchas poesías que tuvieron gran boga en el continente, entre ellas la célebre _Tinieblas del alma_, una de cuyas estrofas fué atribuída a Andrade, quien la había dejado entre sus papeles, copiada de su letra:

Ya la fe en mi ser no arde, Ni mi lira finge ufana Los himnos de la mañana, Los murmurios de la tarde;

Ya a los días De mis dulces alegrías, El tiempo cruel les ha echado El sudario del pasado.

Por eso, en tan triste calma, Vienen a ser mis canciones Fugaces exhalaciones De las tinieblas del alma.

Hermano de Marco Aurelio Soto es también otro poeta, Máximo Soto Hall, que anda tratado por ahí, en un soneto infantil muy conocido en aquellos mundos, y que Salvador Rueda reprodujo en uno de sus libros.

Años pasó el ex Presidente fuera de su país; el general Bogran era su terrible enemigo. Una revolución habría sido peligrosa, sin contar con el apoyo de los Gobiernos vecinos. Se habló, sin embargo, de una revolución; pero ello fué vago rumor, sin razón alguna. Hoy, con el Gobierno de Bonilla, la tentativa habría tenido menos probabilidades de éxito, pues el país, según los ecos que nos llegan, está satisfecho de ese hombre de progreso, de inteligencia y de justa libertad.

¿Cómo pudo abandonar Soto su espléndida casa de París y sus gustos de europeo, para ir a la manigua a pelear por la causa cubana? Sólo un antecedente hay que podría explicarlo.

Muchos cubanos emigrados que tomaron parte importante en la pasada guerra de Cuba, se establecieron en Honduras en tiempos que Soto era Presidente de la República. Entre ellos estaba el hoy jefe de la Junta revolucionaria, Tomás Estrada Palma, a quien el Gobierno hondureño protegió. Asímismo fueron acogidos Roloff, Crombet y otros. Tomás Estrada Palma se casó con una hondureña, y formó, como pedagogo, a casi toda la juventud del país. No hace mucho, Soto hizo un viaje de París a Guatemala. A su paso por Nueva York sufrió el ardoroso contagio que el doctor Veyga y otros americanos distinguidos. Y ha ido a encontrar la muerte gloriosamente. Valdría más, en todo caso, que la noticia no se confirme. Larga y buena vida es de deseársele a quien ayudó noblemente a Augusto de Armas, en su lecho de hospital, en donde murió por París.

22 noviembre 1896.

[Ilustración]

NOTAS ESPAÑOLAS

I

EL joven poeta americano que vuelve de las corridas de toros, me manifiesta su descontento. Él venía bien pertrechado: Gauthier, Dumas, De Amicis, Barrés. Y su imaginación. Pero bien, le digo, ¿no ha encontrado usted en la Plaza algo de bizantino, algo de romano? ¿No le ha impresionado la muchedumbre, semejante a la de los clásicos circos? ¿Los toreros, de oro y seda, el sol, sobre todo, y la flotante alma de España?

--Sí--me contestó--; todo eso es verdad y lo he sentido. ¡Pero las tripas, señor, las tripas de los caballos!

Confieso que, como al joven poeta, me encantan todos los preliminares de la lidia, y me regocija lo pintoresco y musical del espectáculo; mas protesto en cuanto empieza la fiesta de la sangre y, ante mis amigos españoles aficionados, me pongo en ridículo. En vano he leído a Pascual Millán y al Conde de las Navas; en vano soy amigo de Mariano de Cávia; en vano he visto, no sin poco asombro, el entusiasmo tauromáquico parisién de Laurent Tailhade, que conoce sus clásicos, y que me hablaba en un café de Montmartre, hace ya algunos años, de lances, de Montes, de volapié y de descabello, delante de Gómez Carrillo, que sonreía de mi estupefacción. En vano fuí amigo personal de Ángel Pastor, en Aranjuez. No se compadece conmigo sino la parte decorativa del coso, por lo cual los taurófilos harán bien en compadecerme.

Que todo eso tiene su hermosura especial, ¿quién lo negaría? Muchos grandes artistas y escritores extranjeros son los primeros en reconocerlo. Confieso que, con caballos destrozados y todo, son preferibles los toros, por su estética, siquiera bárbara, a espectáculo en que se hacen pelear gallos pelados, correr por hombres enanos caballos flacos, o deshacerse las mandíbulas y sacarse los ojos a puñazos salvajes cebados y de fenomenales bíceps. En la lidia hay gracia, arte ágil, color, opulencia y elegancia. La música anima la representación, y, en verdad, por el giro de los lances y la variedad de las acritudes y pasos, se diría un «ballet». Un «ballet» sangriento y heroico.

No me da mucho rubor mi desafición a las corridas de toros, cuando sé que, entre ciento, Castelar, por ejemplo, y doña Isabel la Católica, no eran partidarios de estos ejercicios. Y combatientes de ellas, ha habido como el temible D. Gaspar Melchor Jovellanos, que dejó sobre el caso páginas enérgicas y memorables.

Yo he visto cuanto se puede ver en una corrida famosa, dada en honor de los Reyes de Portugal, en 1892, cuando las fiestas del Centenario de Colón, Lagartijo, Caraancha, Guerrita, caballeros en plaza, arte retrospectivo, ¡qué sé yo! Aquello era una fiesta de la más refinada tauromaquia. Admiré lo pintoresco, lo artístico, lo bizarro. Pero siempre me crisparon los nervios, como al poeta americano, las tripas de los caballos inicuamente sacrificados, a pesar de las explicaciones de los inteligentes y conocedores, que me decían ser indispensables esas carnicerías para poner al toro en estado de ser banderilleado y luego muerto por el espada.

Busqué luego una pintura, una descripción de la corrida en todo el parnaso español, y no la encontré, habiendo, como hay, muchos versos sobre toros, como aquéllos que son sabidos de memoria por lo clásicos y repetidos:

Madrid, castillo famoso Que al rey moro alivia el miedo, Arde en fiestas en su coso, Por ser el natal dichoso De Almenón de Toledo.

* * * * *

Y luego me encontré con la poesía de Manuel Machado, en que, por fin, se concentraba en bien coloreados paneles la fiesta nacional. El sutil lírico sevillano que ha hecho cosas tan finas y delicadas, es un gran aficionado al arte de los beluarios de coleta; y quien haya visto alguna vez una corrida de toros, hallará en esos versos el trasunto de sus impresiones, momento por momento. Machado dedica su poema rápido «al maestro Antonio Fuentes». A todo señor, todo honor. Hénos ya en el principio de la corrida:

Una nota de clarín desgarrada, penetrante, rompe el aire con vibrante puñalada... Ronco toque de timbal.

Salta el toro en la arena. Bufa, ruge... Roto cruje un capote de percal...

Acomete rebramando, arrollando a caballo y caballero... Da principio el primero espectáculo español.

La hermosa fiesta bravía de terror y de alegría de este viejo pueblo fiero... ¡Oro, seda, sangre y sol!

Es el extracto lírico de un capítulo de Gautier y la reproducción exacta de los primeros momentos. Solamente que pudo consagrar algún oro, raso y músicas, para la salida de la cuadrilla, con el arcaico alguacilillo caballero, que es de lo más típico y pintoresco de la función. Luego vienen los juegos de destreza y de peligro en que vencen la arrogancia y arte de los lidiadores.

II

En los vuelos de capote con el toro que va y viene juega, al estilo andaluz, en una clásica suerte complicada con la muerte y chorreada de luz...

Elegante y valiente; y con una seriedad conveniente, va burlando la feroz acometida y jugando con la vida ágilmente. (Véase Fuentes lanceando.)

Y llegan los picadores, pesados, cargados de plomo, en sus flacos rocinantes mártires, con sus largos picos, a sufrir el embate de la bestia fiera, para cansarla, para prepararla a las suertes subsiguientes.

III

Un montón de correas y de astillas y de carne palpitante y sangrante... Un fracaso de costillas con estruendo... Correajes perforados y hebillajes destrozados... Sangre en tierra... Polvo, un grito. ¡Una ovación!

Y la paz en un charco de sangre mala y negra, y aquellos dientes fríos y amarillos... Un azadón, un esportón de tierra, y aquel montón de arreos que, como cosa muerta, junto del jaco muerto están sobre la arena.

Después son las banderillas, esa suerte, quizá la más dificultosa del toreo, para la cual se diría precisas las aladas taloneras de Mercurio. Machado describe en cuatro rasgos la agilidad, la esbeltez, la seguridad del torero en el asombroso trabajo.

IV

Ágil, solo, alegre, sin perder la línea, --sin más que la gracia contra de la ira-- andando, marcando, ritmando un viaje especial de esbeltez y osadía, llega, cuadra, para, --los brazos alzando-- y allá, por encima de las astas, que buscan el pecho, las dos banderillas, milagrosamente clavando... se esquiva, ágil, solo, alegre, ¡sin perder la línea!

El conocedor verá en estos croquis rítmicos la exactitud. Después de que el toro ha sido fatigado por los caballos y por los banderilleros, viene la muerte, que es indudable es lo más emocionante de la corrida.

V

Veinte mil corazones laten en un silencio claro y caliente. Brindis. Suenan con golpe seco las banderillas mustias en el lomo del toro, ya su cuello la roja sangre tibia hace un foulard soberbio.

De un lado, por debajo del rojo trapo en que su furia engríe, el toro surge, alzando remolinos de arena, de otro lado sonríe una cara morena.

O bien en los tres tiempos del pase natural, tendiendo el brazo guarnecido de oro, la clásica elegancia con seriedad ejerce y arrogancia.

¡Fué, pudo ser! Los alamares de oro rozaron con el asta ensangrentada. En la arena tendido yace el toro, y de pie, sonriendo, está el espada. Veinte mil voces--una--gritan locas.

Mas ello es en el caso en que la fiera resulta en absoluto vencida por el arte del hombre. Hay otro momento terrible en el que el hombre es el vencido y la fiera la vencedora, cuando por un descuido o un error, o una fatalidad, se produce la cogida. Entonces:

Su inesperada acometida ha hecho del elegante paso un revuelo confuso... Y allá, junto a la barrera, enfrente, se ven rostros de espanto.

Y entre manchas de grana, y reflejos metálicos, el toro, revolviéndose, alza en los cuernos un pelele trágico.

Luego será el arrastre de la res muerta y el final del espectáculo, de la fiesta exclusivamente nacional.

VI

Y suena esa divina musiquilla de «La Giralda», que es toda Sevilla, y es torera y graciosa y animada, y habla de la mujer enamorada que nos espera... Y nombra naranjos y azahares, y la caña olorosa, y una alegría rítmica en cantares, y una tristeza vaga y lujuriosa...

Los látigos chasquean, agitan las mulillas en su carrera locas campanillas, y mientras que se orean las frentes sudorosas y en el pecho golpean los corazones, suena la música, torera y sevillana, y, dejando en la arena un surco negro y grana, pasa arrastrado el toro... Lleva en el fuerte cuerno un hilillo de oro.

Después, como de un tajo, la música, la luz y la algazara cesan en un momento contra compás... De un golpe el movimiento se desvanece y pasa.

VII

El gran suspiro, que es la tarde, crece como de un pecho inmenso. Palidece el sol. Y terminada la fiesta de oro y rojo, a la mirada queda solo... un eco de amarillo seco y sangre cuajada.

Tal es el poemita sobre el cual Ricardo Marín, un dibujante que se diría hermano menor de Daniel Urrabieta Vierge, ha trazado bizarras ilustraciones, creando a su vez como otro poema gráfico de tauromaquia.

* * * * *

Hay quienes se sienten desolados, en la creencia de que las corridas de toros van en decadencia y en vías de llegar a su completa desaparición. Es un error. No puede negarse que no tienen hoy el esplendor de antaño; que las mantillas se han ido sustituyendo poco a poco por los sombreros de París; que el torero se mundaniza, a punto de que el Sr. Mazzantini, Don Luis, como se le llama generalmente, es un personaje, «un monsieur decoré», que ejerce gravemente sus funciones municipales en la villa y corte; que «Bombita», D. Ricardo Torres, es un joven gentleman que se viste a la londinense, muy peripuesto, muy «smart», y que, aunque no los lea, sus amigos son D. Benito Pérez Galdós y otros cuantos autores. La leyenda del torero de antaño, rumboso y amigo de juergas, la leyenda o la realidad, ha concluído. Los toreros de ahora tienen la preocupación de la seriedad, cobran puntualmente sus seis mil pesetas por corrida, y levantan polvaredas como la de hace poco, cuando resolvieron, de común acuerdo, no torear sino por más altos precios los toros de la famosa ganadería de Miura, por ser éstos temibles animales en extremo peligrosos. La afición lanzó el grito al cielo, diciendo que jamás los espadas de antes, los Lagartijo, los Frascuelo, los Guerrita, hubieran hecho semejante cosa. El asunto se arregló felizmente para todos, y en la reciente corrida de la Prensa, los toreros estoquearon cornúpetos miureños sin ninguna desastrosa consecuencia.

De todos modos, me complace que España guarde su deporte nacional, que es tan de su pueblo y que forma parte de su histórico caballeresco espíritu, y me complace más que, un país como la República Argentina, no admita la fiesta de la sangre, como que haga extensiva su prohibición al odioso, feo y despreciable box.

[Ilustración]

UNA CARTA DE RACHILDE

MADAME Rachilde, la rara de mis _Raros_, me ha dirigido una carta, en la cual algunos párrafos me incitan a los presentes comentarios.

Rachilde ha conocido mi juicio sobre su complicada personalidad; y en el capítulo que a ella concierne en el libro, una parte hay que la ha hecho escribir la más femeninamente espiritual de las protestas.

Por de pronto, se refiere a su _rareza_. «No soy tan rara--dice--, puesto que no soy sino una mujer.» «Hablo como siento, escribo como pienso, y como lo hago sin ningún artificio, lo hago todo muy mal.» Llegáis a la gruta mágica; os extrañáis delante de los misteriosos ojos de la sibila; Deifobe os contesta con una sencillez encantadora: «Hablo como siento, vaticino lo que pienso; y como todo lo hago sin ningún artificio, lo hago todo muy mal.»

* * * * *

«No soy sino una mujer.» Desde luego no pretenderé acentuar mi incesante asombro delante del prodigioso y divino monstruo. Una mujer: no sé mayores abismos que sus ojos. Cuando Mæterlink se pierde en la encantada selva femenina en busca de prodigios, los encuentra y hace meditar y temblar con sus hallazgos. Parece que la serpiente hubiese sabido por qué dirigirse a la mujer en el caso de la manzana. El diablo espiaría en el momento en que Dios modelaba la costilla: vería la perfección estatuaria, el triunfo de la forma, el nacimiento de la gracia principal. Al lado de la arcilla vió la parte de alma destinada al cuerpo en flor y se robó un poco. De ahí quizá que la mujer tenga una alma incompleta. De cuando en cuando el diablo pone en algunos seres femeninos algo de ese ahorro de alma que posee: las mujeres favorecidas con ese don, resultan con alma satanizada; esas son las mujeres inteligentes, es decir, las que salen de su nivel natural. Cuando la Iglesia discutía en sus Concilios la espiritualidad de esa maravillosa rosa, andaba fuera de razón. Sí, ella tiene un espíritu, un sutilísimo y enigmático espíritu, hilo con que teje Satanás, según los demonólogos, la red en que con mayor frecuencia caza las humanas moscas. Ellas son, sobre todo, dueñas del imperio de la carne. Las raras aparecen como con un nimbo interior: son Hildegarda, o Rosvitha, o Santa Teresa, o Rachilde. El resto de las mujeres que han elevado algunas líneas su mentalidad, pertenecen a las clasificaciones de una señora María Cheliga, que ha tenido a bien, no hace mucho tiempo, formar una magnífica colección de medias azules para la revista de Larausse.

«Pero algo hay que quiero haceros notar; y es cómo habéis podido afirmar, que por haberme casado, yo, Madame Alfred Vallette, _Rachilde_, me haya vuelto muy fea.»

_Mais, non, Madame!_ Las palabras a que os referís en mi libro son las siguientes: «Sé de quien estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde por no perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette, ha engordado un poco, no es la subyugadora enigmática del retrato de veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.»

Excusadme. Yo no sé por qué, la palabra matrimonio, suena a mis oídos exactamente como _embonpoint_.

La epístola de San Pablo o el contrato judicial corrije la gracia en cuyo fondo hay siempre un grano de perversidad. Un viejo poeta español, si no me equivoco, el arcipreste de Hita, escribió este verso abominable:

«Señora doña Venus, mujer de don Amor»

en el cual la reina divina queda peor que «con pantalones» en el verso de Hugo. Mas de calcularos una robustez discreta, a calificaros de _tres laide_, hay un abismo. Los lectores de _La Nación_ pueden ver, por vuestro retrato, si no tendré, únicamente para vos, señora, todas las rosas de galantería que cultivaron tan bien nuestros abuelos los hidalgos.

_Monsieur l'auteur espagnol, vous êtes un impertinent._ Libre quedo de vuestros reproches, y haciendo mi reverencia, prosigo:

«Os emplazo para cuando vengais a París, os hagais presente en el _Mercure de France_, para demostraros cómo cuando una mujer no es _bête_--lo que me parece es mi caso--tiene suficiente _esprit_ para, aun envejeciendo, no llegar a ser _affreuse_.

Y como mi señor marido me ama mucho todavía, supongo que debo estar un poco pasable.»

¡Ah, señora, os lo creo! Hay una edad--la belleza inteligente es de las diosas y los inmortales no tienen edad--hay una edad en que el triunfo femenino muestra su supremo encanto; es la edad que sigue a la primera primavera: esa es la edad de las emperatrices. Confieso que vos sois aún la temible ahijada de Lilith, sobre un trono irresistible

«Je vous serre les deux mains, mais je boude!»

Y yo, señora, con el permiso de vuestro señor marido, os las beso ambas, en la inclinación más reverente que puede hacer un poeta americano de sangre española.

14-1-1897.

NOCHES DEL VICTORIA

Temporada Vitaliani «La Signora delle Camelie»

I

LA señorita Alfonsina Duplessis, que ganó la inmortalidad por el amor, será siempre la bienvenida. Nuestros biznietos oirán todavía, arrullada por los organillos, las quejas italianas de la pobre _Traviata_. Jules Bois, que recientemente ha escrito una monografía sobre la real Dama de las Camelias, dice de ella con justicia que está fija «en ce paradis de sants de la Volupté, ce paradis dont le Christ est exclu, mais où touts les dieux de l'Olimpe demeurent». Es esa la recompensa de las almas de amor. Las vírgenes cuerdas, desde los balcones del paraíso del Buen Dios, se asoman a mirar, con una curiosidad no exenta de envidia, el paraíso en donde son admitidas las vírgenes locas. Allí pasa entre sus innumerables compañeras, la heroína de Dumas, en la mano una de sus flores preferidas, que han adquirido, por otra parte, a causa de su recuerdo, un renombre no muy angelical, a punto de que se murmura de ellas en el círculo de las nobles rosas y de las honradas violetas.

Esa monografía de que he hablado, basada en auténticos documentos e indagaciones, no es para ser leída por aquéllos que desean conservar su aureola de idealidad a la encantadora y sentimental cortesana.

Perderían una ilusión. La Dama de las Camelias fué una vendedora de gracias, ni menos banal, ni menos seca de intelecto, ni menos mujer, en fin, que la totalidad de sus iguales. Era, exactamente, un ejemplar de esas alegres parisienses que han podido observar quiénes se les han acercado--las Emilienne d'Alençon o Marion Delorme, procedentes del campo, del arroyo, de no se sabe dónde, favorecidas por la fortuna, comedoras de oro, polutas desde la infancia, más o menos histéricas, caprichosas, infantiles, _bête_, hasta que llega la muerte a rematarles lo que dejan, si es que dejan algo, o a tenderlas en un lecho de hospital, que es lo más frecuente.

He aquí lo que se sabe de sus comienzos, según Bois, que ha estudiado su vida y posee de ella cartas y hasta cabellos: Casi al nacer perdió a su madre. Su padre fué un tal Martín, brujo y _colporteur_, hijo de una mendiga y de un cura, el cual le dió las primeras lecciones de perdición cuando apenas tenía doce años. Después penetró abiertamente en la comunidad de las grisetas, y se estrenó gastándole en pocos días cinco mil francos al dueño de un restaurant. Llegaron otros y otros. Como toda viciosa de su especie, era apasionada por el juego, y derrochaba el dinero loca y estúpidamente. Cada quince días cambiaba de poseedor. Se puso de moda, y los aficionados de su época le hacían estupendos regalos para conquistarla. Uno de ellos le envió un día un cesto con doce naranjas, cada naranja envuelta en un billete de a mil francos. Ella exprimió las naranjas y los bolsillos del que se las obsequiara. Se divertía. El amante romántico de la novela y de la comedia, existió y gastó por ella una buena fortuna. Ella pudo ser que le amara; el caso es que--¡oh! vosotros que gustáis del encanto romancesco--se casó con él en Londres, ante un _clergyman_ y dos testigos. Lo que no obstó para que pasada la luna de miel, el esposo resultase acteonizado. Tuvo ella en seguida una cantidad fabulosa de admiradores satisfechos, entre los cuales «un barón tristemente célebre, un pianista ilustre, generoso como un boyardo, un «maquignon» y un poeta». Era frívola, coqueta, mentirosa. Decía: «La mentira emblanquece los dientes.» Se hizo conducir, ya casi en vísperas de su muerte, al Palacio Royal, para ver el estreno de _Pommes de terre malades_. Murió: en sus manos de difunta había un ramo de camelias y un crucifijo. He allí la realidad. Después, la leyenda romántica la envolvió en un bello velo de sentimiento.

A su tumba, como a la de Heloisa, vánse a depositar, por manos ignoradas, flores; _cocotte_ tocada de histeria, tiene sus horas en que sueña ser Margarita Gauthier. He conocido un joven artista obsedido por una de la especie que bebía vinagre, hablaba del «rinconcito florido en su pueblo de campaña» y sorbía sangre de un pollo para manifestarse perfectamente tísica. Su ideal era ser una segunda Dama de las Camelias. Entre Dumas y Verdi, la camelina, ese curioso alcaloide, adquirió una boga insólita. María Alfonsina Duplessis estaba destinada a encarnar ese tipo femenino compuesto de sensualidad, inconsciencia moral, ligereza mental, crueldad instintiva, nervios y faltas de ortografía. Sus cartas revelan una vulgaridad inaudita. No se puede saber bien si hay allí algo que tenga origen cordial, entre efusiones deplorables y sentimentalismos de ocasión.