Por ver qué grande es el mundo del amor

Chapter 8

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Varios toquidos se escucharon en la puerta de entrada. La casa de los Méndez estaba tranquila. Doña Pilar se encontraba en la cocina preparando el almuerzo. Don Ramiro y Alfredo se iban levantando apenas y se disponían a realizar el aseo matinal. Fidelia aún dormía en su recámara. La madre de la muchacha atravesó el bonito corredor y fue a ver quién era. Abrió y se encontró ante la robusta figura de Don José y el arrogante porte de Esteban. No fue poca su sorpresa al mirar al causante de sus angustias y pesares. Doña Pilar, cuyo carácter era como una chispa que en un instante prendía fuego, sonrió al hacendado e inmediatamente lanzó una mirada furibunda al hijo del ricachón. Al instante sospechó que aquella visita, tan inesperada, iba a ser con el objeto de remediar la situación de su chiquilla y los invitó a pasar con una sonrisa dolorosa. Entraron, Don José con paso firme y decidido llegó hasta uno de los sillones que amueblan la salita y tomó asiento. Esteban quedó en pie junto a su padre. -¿A qué se debe el honor de su visita, Don José? Espero que sea para arreglar el asunto que tenemos pendiente y que con angustia de mi parte, quisiera que se solucionara lo más rápidamente posible, antes de que comiencen las murmuraciones. -Sí, a eso venimos. Recibí una carta de mi hijo en la que comunicaba su conducta y me decía también que estaba dispuesto a cumplir la promesa que le había hecho a Fidelia, pero...¿dónde está su esposo? -Ahí viene ya, mírelo- respondió Doña Pilar señalando a Don Ramiro que en esos momentos salía de su habitación. Don José se puso en pie de inmediato y extendió la mano para recibir el saludo del que pronto sería el suegro de su hijo. Ambos se saludaron con efusión. El padre de la muchacha vio a Esteban con desprecio y le dio los buenos días sin más ni más. Tomó asiento; Doña Pilar también. -Pues sí, Don Ramiro, como le estaba diciendo a su esposa, he venido para comunicarles que mi hijo no iba a cometer el error ni mucho menos la bajeza de abandonar a Fidelia después de lo acontecido. Me ha dicho que desea casarse con su hija y que en ningún momento había estado dispuesto a dejarla en el estado en que se encuentra. Los padres de la muchacha estaban atentos escuchando todo lo que Don José decía. Esteban miraba hacia las recámaras como si temiera o deseara que Fidelia saliera en esos momentos. Don José continuaba informándoles de los propósitos de su hijo: -Él viene muy apenado, porque cree que ustedes están enojadísimos. Anda, Esteban diles los que me dijiste – y cedió la palabra al joven. -Pues verán...después que pasó todo aquello, tenía la intención de pedir a ustedes de inmediato el consentimiento para que Fidelia se casara conmigo, pero tocó la de malas: me avisaron que debía regresar lo más pronto posible a la ciudad pues urgía mi presencia allá para arreglar unos asuntos importantes de mi profesión. Así es que no tuve más remedio que partir hacia la capital en donde me esperaba un fuerte disgusto; no se los digo porque al recordarlo siento mucho coraje.-Don Ramiro lo veía con mirada incrédula; Don José meditaba; Doña Pilar miraba hacia el piso.-Sé que merezco sus dudas y reproches, sin embargo, he venido a ofrecerles mis disculpas y a solicitar la mano de su hija, para que nos casemos lo más pronto posible. El padre de la muchacha movió la cabeza afirmativamente y dijo: -La forma en que procedió para con nosotros fue una ofensa terrible; mi esposa y yo le dimos toda nuestra confianza y nunca imaginamos que usted iba a pagarnos de esa manera. Cuando vino por primera vez a esta casa, muy pobre si le parece, pero honrada, lo tratamos como quien creíamos que era, un joven bueno y amable. No pensamos que fuera a hacer lo que hizo; defraudó casi todo lo que por usted sentíamos. Su padre, aquí presente, es un hombre íntegro y nunca imaginamos que podría tener un hijo opuesto a él. El día de la fiesta alguien me dijo que usted no era muy formal, sin embargo yo no le di mucho crédito a esas palabras, pues el mundo está lleno de gente chismosa y embustera. Cuando supe de labios de Pilar lo que sucedía con nuestra hija, sentí un furor inmenso. Ahora que sé que no obró con mala intención, sino que, hay que reconocerlo, la juventud se deja llevar por los sentimientos y a veces no logra la razón imperar sobre ellos y se cometen errores, nunca es tarde para recapacitar, arrepentirse y tratar de enmendarlos. Ese momento de debilidad de Fidelia y de usted nos ha traído muchos disgustos, pero éstos quedarán borrados cuando ella y usted contraigan matrimonio. -Está bien- contestó sonriendo Esteban. -Ya viste hijo, no había razón por la que te preocuparas tanto. Quisiera, si al señor Ramiro y a su esposa les parece, que el próximo domingo fuera la ceremonia, pues lo que deseo es evitar a toda costa las estúpidas murmuraciones de las comadres. -Creo que está muy bien- asintió Don Ramiro. Doña Pilar se levantó diciendo: -Perdónenme que los deje unos momentos, pero voy a traer un poco de café bien calientito, del que tanto le gusta a Don José. -Muchas gracias- padre e hijo respondieron. Ella salió, todos quedaron pensativos. El padre de la chiquilla rectificaba la opinión que tenía del joven. El hacendado meditaba en el casamiento. Esteban suspiraba por sus pasadas orgías. La puerta de la recámara de Fidelia se abrió y apareció la muchacha. Había oído voces en la sala que la habían despertado y salía para ver quiénes eran. Todos voltearon a verla. Lucía bonita, con su bata blanca de encajes y holanes, con su rostro moreno de extraña belleza un poco marchita por el llanto y sus negros y largos cabellos que se extendían sobre sus hombros. Esteban la miró sonriendo satisfecho y los ojos de Fidelia recobraron su brillo.

XVI. LA BODA

Sonaban las campanas de la iglesia pueblerina, La calma cotidiana del pueblito estaba ausente. Se escuchaba el ruido monótono y ausente de los cohetes; el zumbido al elevarse y la explosión al estar en las alturas. y la música grandiosa de la orquesta provinciana volaba. El día de verano se mostraba caluroso. La roja esfera lanzaba efluvios devoradores, todo era sol, todo era luz. La tarde pasada había llovido en abundancia, como si el silencio hubiera llorado. Todos temían que el mal tiempo continuara y que esto diera motivo para que se suspendiera la vida de Fidelia. Fidelia, la chiquilla, la graciosa, la morenita, como el pueblo la llamaba. Muchos esperaban con ansiedad aquel acontecimiento, pues sabían que la fiesta sería algo grande. Habría abundante comida, bebida y alegría. Don José era rico y Don Ramiro, aunque no hacía mucho tiempo había hecho el gasto en los quince años de su hija, no iba a quedarse atrás. La mañana estaba esplendorosa, no había presagios de tormenta. -la ceremonia religiosa había terminado y los invitados, el pueblo, esperaban la salida de los novios por la puerta principal de la iglesita. Las flores no escaseaban en esos instantes. Todos estaban preparados para lanzar los perfumados proyectiles al paso de los recién casados. Las doncellas envidiaban la suerte de Fidelia. Se había casado con un joven muy guapo y además rico. Un joven que pronto sería abogado. Murmuraban, con su murmurar de palomas; reían, con su reír de manantiales. Los jóvenes aparecieron; uno de tantos gritó como siempre en estas ocasiones: -¡Vivan los novios! -¡Qué vivan!-respondieron todos. -¡Qué viva la novia!-dijo entusiasmada una viuda. Fidelia vestía de blanco y se sonrojaba cuando la veían. Esteban lucía más gallardo que nunca; despedía sonrisas por doquier. Las doncellas lo miraban con curiosidad y hablaban en voz baja entre ellas, con ingenua malicia. Fidelia sonreía serena; iba tomada del brazo de su esposo. Todos sus presentimientos se habían desvanecido. La realidad avasalladora triunfaba mostrándole bellezas y ahuyentándola de suplicios. Sus ilusiones ya no eran sólo ilusiones. Acababa de jurar ante un altar que nunca se separaría de su amado, que siempre estaría con él, amándolo; llenándolo de caricias y comprensión. Ya no sería la simple chiquilla traviesa que se divertía corriendo por los campos; tampoco sería la que por las tardes bromeaba con las demás muchachas del poblado. Ahora iba a ser otra completamente distinta. Y cuando recordaba que Esteban era suyo para siempre, se estremecía y le daban ganas de pregonarlo, pero sólo sonreía, sonreía, y todo en ella era felicidad. Al paso de los novios, una lluvia de flores caía. Esteban fingía regocijo.

¡LÁSTIMA QUE SE TERMINÓ!

Muchas de mis compañeras están un poco decepcionadas o tristes porque el tiempo de clases no alcanzó para acabar de leer la novela antigua. ¿Qué pasaría después? Esteban parecía tramar algo siniestro. La maestra nos dijo que ojalá que hubiera quienes quisieran continuarla. Casi todas las mujeres dijimos sí y algunos hombres también. Faltan tres partes que se llaman respectivamente Estivales, Otoñales e Invernales. No imagino con exactitud de lo que tratarán, pero pienso que si Primaverales sucede en la juventud de Fidelia, Estivales al referirse al verano, ha de narrar algo de lo que pasó a Fidelia durante el estío de la vida, porque sin duda, los títulos son simbólicos. Así, Otoñales se relatará, acaso, la época en la que Fidelia, hecha un mujer madura, comienza a envejecer y por último, Invernales ha de describir el fin de su vida que según hemos leído en Primaverales, siempre se diluyó entre la felicidad. ¿Será posible esto? La otra vez escuché una canción muy melancólica que decía: No hay un amor siempre feliz. La cantaba una francesa de cuyo nombre no me acuerdo. Acaso lo que sigue de esta novela antigua nos narre también esos momentos donde no todo es contigo pan y cebolla, como la obra de teatro que fuimos a ver el mes pasado. En fin, mañana por la tarde voy a la librería por un ejemplar. Me ha gustado tanto la primera parte de esta historia que no quiero perderme la continuación. Así no me aburriré mucho en las vacaciones, mientras llega mi hora de ingresar al bachillerato. Por fortuna, esto es algo que agradezco a mis maestros de Español y de Historia que tanto nos insistieron en lo importante y satisfactorio de leer cotidianamente. Se deleita una con realidades y con fantasías. Y qué me importa si no he encontrado novio; cuando leo, me olvido de mis cursilerías. A lo mejor por eso no he hallado alguien a mi satisfacción, pues quiero ver en ellos reflejadas las características de tantos personajes que la historia y la literatura me han presentado. ¿Existirá alguno que reúna todos esos requisitos? A lo mejor no, pero aguantaré. A mis quince años pasaditos, siento que aún tengo mucho por vivir y hacer. Acaso el día menos pensado, cuando supere esta edad, descubriré a quien se aproxime a mis sueños de amor, pues todos los que he conocido hasta ahora, siempre han terminado yéndose. Hasta mi poeta tuvo que regresar con sus padres a su Zacatecas querido, sin embargo, él me sigue remitiendo versos desde allá. Nunca me dijo si me amaba, tal vez por su timidez, pero sus poemas algo querrán significar más allá de sus palabras que hablan de su provinciana desnudez. Y si no encuentro a mi príncipe azul, entonces, disfrutaré de ser una mujer preparada, libre, responsable e independiente.

CODA

Dicen que la primera mujer fue hecha de la misma sustancia que el hombre, pero como ella no se quiso sujetar a él, fue arrojada del paraíso. Algunos dicen que resolvió hacerlo valiente y apasionada, por propia decisión. Quería ser independiente y fue castigada por rebelde. Ante esta desavenencia, de la costilla prisionera en un hombre, se formó su hembra. Su, posesivo, su. Desde aquellas remotas épocas fue poseída siempre; poseída por orgullo o por afrenta; una posesión domesticada y argüían que legal. Ante esto, las mujeres fueron inventando

un arma para defenderse de los machos: sus encantos y gracias a estos, controlaron todos los maltratos y tropelías que sus dominadores ejercían sobre ellas. Así siempre con discreción y sutileza utilizaron sus exquisiteces para subyugarlos haciendo sentir que los varones eran su soporte. Hoy ya está llegando otro tiempo y las chicas como yo, acaso podamos lograr, si nos lo proponemos con inteligencia y creatividad, el equilibrio de un mundo justo. Entonces viviremos la alegría de ver cuán grande puede ser el mundo del amor.

Categoría:Obras de Antonio Domínguez Hidalgo Categoría:P1971 Categoría:Cuentos