Por ver qué grande es el mundo del amor

Chapter 7

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Fidelia abrió los ojos lentamente. Aún le parecía estar escuchando el hermoso vals que la noche anterior había bailado en brazos de Esteban. La intensa luz de la mañana entraba tímidamente por las rendijas de la puerta. Fidelia esquivó aquel débil resplandor y llevó la vista hasta el centro del techo. Pensó algo y sonrió satisfecha. Suspiró. Quedó inmóvil, como una estatua. Volvió a sonreír, hizo a un lado las cobijas y saltó apresuradamente de la mullida cama. Fue hasta el espejo que colgaba de una de las paredes y se miró en él. Contempló sus facciones detenidamente. Llevó sus manos hasta las mejillas y las palpó suavemente, como si algo comprobara. Observó con detenimiento sus ojos que se reflejaban brillantes, miró sus labios y para sí misma exclamó: -No soy muy fea. En el interior de su alma había en esos instantes, algo inefable. Una extraña sensación. Se dirigió hasta la pequeña ventana que al frente del espejo se veía y ahí, miró al cielo. Quedó como en éxtasis. Después de unos minutos. La voz de Doña Pilar se escuchó por el corredor. Ligeramente asustada, Fidelia se quitó de aquel lugar donde estaba con rapidez y exclamó: -¡Qué hermosa mañana! ¿Verdad mamá? -Está bonita- una voz respondió al irse abriendo la puerta del cuarto. Era Doña Pilar que entraba a darle los buenos días a su adorada hija. -¿Dormiste bien? -Sí mamá. -Creía que aún estaban durmiendo. Has despertado muy temprano. Deberías quedarte otro poco en la cama. Anoche te acostaste, mejor dicho, nos acostamos muy tarde y sin embargo, ya estamos despiertas. Ramiro todavía está durmiendo. Me levanté para preparar el almuerzo. Tu hermano se empeñó en invitar al joven Esteban y ni modo de decirle que no... pero qué es lo que tienes. ¿Por qué no hablas? ¿Te sientes mal? –Alarmada preguntaba Doña Pilar, al ver que su hija no le respondía. -No, no –dijo sonriendo- No te asustes. Es que tengo un poco de sueño. Vas a ver que con un poco de agua... –y corrió alegremente hasta un lavamanos próximo. Al llegar, cogió un jarrón que estaba colocado en el suelo y con el transparente líquido que contenía, se lavó el rostro, los brazos, las manos. Reía y cantaba; cantaba y reía. Fidelia había despertado muy alegre. En su mirada se veía un extraño fulgor. Parecía que de un día a otro, misteriosamente, se había efectuado en su alma un cambio notabilísimo. Sus negros ojos, antes de mirada serena. ahora mostraban una cierta inquietud, un brillo nuevo. Cuando su madre le informó de que Esteban había sido invitado a desayunar, se conmovió profundamente. Aquel joven había ejercido sobre la adolescente un extraño influjo nunca antes sentido. ¿Por qué al recordarlo se estremecía? ¿Por qué cuando la imagen de Esteban se presentaba a su mente, su moreno rostro, de extraña belleza, adquiría un tinte sonrosado y al mismo tiempo sentía una felicidad suprema? -No tardará en llegar- dijo Doña Pilar- Es un joven muy simpático y atento. -Sí- murmuró Fidelia. La muchacha fue hasta el ropero que se encontraba en una de las esquinas del cuarto y tomó un vestido sencillo, con pocos adornos, únicamente un moño rosa colocado precisamente en donde se miraba un bolsillo. Sin la menor preocupación Fidelia se puso aquella prenda mientras su madre la veía de hito en hito. Su hija se iba poniendo muy hermosa. -Ya estoy lista- exclamó jubilosa la chiquilla mientras que con un peine se acomodaba el cabello. Después de unos segundos salieron de la habitación, llegaron al comedor y apenas lo habían logrado cuando la puerta que daba a la calle se abrió. Alfredo entró contentísimo acompañando a Esteban que lucía gallardo y altivo, con un gesto de conquista. -Ya llegamos- gritó el hermano de Fidelia. -Buenos días señora. Buenos días Fidelia- saludó el joven con amabilidad- ¿Cómo han amanecido? Supongo que bien. -Buenos días- madre e hija murmuraron. -¿Y Don Ramiro?- preguntó el invitado. -Ahorita viene. Apenas se está levantando. Las desveladas son ya muy duras para él. Creo que nos estamos haciendo viejos. -contestó Doña Pilar-. -No diga usted eso.- galante la contradijo Esteban. -Sentémonos. La mesa está esperándonos. Todos se dirigieron al lugar citado. Entre bromas y comentarios esperaron a que Don Ramiro llegara y apenas éste se hubo presentado, comenzaron el dulce trabajo de desayunar. Todo era dicha. Esteban era un joven de regular estatura, ni delgado, ni obeso, más bien armónicamente proporcionado; de cabello ligeramente ondulado; amplia la frente, abundantes las cejas; los ojos pequeños de color castaño claro adornados por largas pestañas un poco rizadas; la nariz recta, la boca mediana de labios carnosos y rojos; el tórax amplio y la cintura estrecha. Tal era, físicamente hablando, lo que veían de aquel joven. Pero por dentro... ¿Cómo era? ¿Bueno? ¿Malo? Nadie lo sabía, acaso ni él mismo. Su carácter alegre, siempre dispuesto a reír, lo hacía agradable a los demás. A leguas se notaba que la pobreza nunca lo había entristecido, porque gracias a su padre, tan rico como era, nunca supo de necesidades insatisfechas, ni de frustraciones económicas. Estudiaba Leyes, al menos eso era lo que el pueblo, pequeño pero chismoso, sabía. Esteban sólo visitaba a su padre durante las vacaciones y esto no siempre. Cuando llegaba a ir, lo máximo que permanecía con su progenitor, eran cinco o seis días, sin embargo, ahora ya habían pasado más de diez y él seguía estando en el poblado. Algunos se extrañaron, pero pronto la malicia popular comenzó con murmuraciones, que el testamento de su padre, que lo desheredaba, que había sido expulsado de la escuela en donde estudiaba, en fin, mil tontas conjeturas. Al terminar el desayuno, sabroso chocolate con un apetecible pan, todos se dirigieron al corredor. Allí tomaron asiento y alegres comenzaron a hacer comentarios acerca de la pasada fiesta, de la casa, sobre Fidelia y sobre Esteban. El sol había avanzado un largo trecho de su recorrido. La mañana era fresca, las plantas olorosas hermoseaban el lugar y le daban el aspecto de un jardín. Las campanillas se movían al soplar del viento; los claveles se mostraban orgullosos y los alcatraces se erguían altaneros. Las verdes hojas de la enredadera invadían los rojizos barandales de ladrillo. Esteban miraba a Fidelia y ella sonreía.

XI. CONFESIONES

Fidelia y Esteban se encontraban solos. Ninguno de los dos hablaba. Así habían permanecido varios minutos. Ambos veían el hermoso resplandor del crepúsculo, de pie en el corredor. Don Ramiro no había llegado aún. Doña Pilar dormía la siesta. La tarde moría y toda la naturaleza se iba aquietando. -¡Qué bonito se ve todo aquello! –exclamó Fidelia- Nunca lo había contemplado con detenimiento. Desde que aquí me has enseñado muchas cosas que antes ni siquiera se me había ocurrido apreciar. -A mí me parece el más hermoso de todos los crepúsculos que he visto. Tal vez será porque estoy junto a ti- respondió Esteban y la tomó de la mano. Ella tembló. Nadie antes se la había estrechado en esa forma. Fidelia trató de desasirse, pero Esteban lo evitó apretándola con delicada fuerza. Ella lo aceptó. -¿Por qué lo haces?- interrogó la chiquilla. -No sé- y la miró profundamente. Los ojos de Fidelia despidieron chispas resplandecientes. -Mira cuántas nubecitas rojas se ven en el cielo- turbada, Fidelia señaló hacia el infinito. -Sí, son muchas. Y muchas han sido las cosas que me han parecido más bellas desde que te conocí.- Fidelia lo veía con una mirada ansiosa de saber lo que pensaba antes de decirlo- Mañana cumpliré un mes en el pueblo, sin embargo, tal parece que fue ayer cuando llegué. Todos estos días han transcurrido para mí de una manera tan rápida, que no los he sentido. Necesito decirte lo que siento, no sé cómo lo has de tomar, pero creo que también tú... -¿Qué?- y lo miraba embelesada. -¡Te amo!- intentó abrazarla. Ella retrocedió un poco y él se contuvo. El corazón de la muchacha latía apresuradamente. Su cerebro de adolescente se forjó en unos segundos mil fantasías. Era la primera vez que alguien le decía aquello. Una emoción indefinible la invadía: el infierno y el paraíso a la vez. -Sí, te amo –continuó apasionadamente Esteban- ¿Por qué no respondes que tú también? Yo sé que tú me quieres. Dilo, anda, que con esas palabras tuyas estaré completamente feliz- Fidelia estaba trémula, asustada y llena de dicha al mismo tiempo. -No sé, no sé...yo no puedo...no sé...- y la voz se ahogaba en su pecho y no podía pronunciar otras palabras. -Tú eres el primer amor de mi vida. Quiero que te cases conmigo. Sé que te han contado muchos infundios de mí, pero todo es falso, son calumnias. Di que me quieres...yo lo presiento... pero quiero escucharlo de tus labios. -Sí...sí...-murmuró encendida del rostro y casi a punto de llorar, exclamó tímida y rápidamente: - Te amo. -Lo sabía- con la faz radiante de felicidad Esteban llevó hasta sí a Fidelia y la abrazó emocionado. Ella no se resistió, estaba inmóvil, como hechizada. El rostro pálido, la mirada lánguida y los labios secos. Él acercó su boca hasta la de ella y le dio un tierno y delicado beso. Fidelia derramó dos lágrimas. Esteban la soltó y dijo: -¡Mi Fidelia!- ella dio la vuelta y corriendo entró a la casa. Esteban permaneció unos momentos en el corredor, después se dirigió a la puerta. Al salir en su rostro se dibujó una sonrisa burlona. Las sombras iban imperando...

XII. UN GOLPE AL CORAZÓN

-Cómo fue posible- gritó enojadísimo Don Ramiro- Es increíble. No puedo aceptarlo. Es inaudito. Fidelia estaba pálida y su rostro reflejaba una profunda tristeza. Doña Pilar casi lloraba. -Cómo fuiste a creerle a ese desdichado –el padre continuó furibundo – Me dan ganas de golpearte. -¿Por qué no nos dijiste nada? – interrumpió la madre. -Es que confiaba ciegamente en él. Me dijo tantas cosas bonitas, y yo lo amaba...lo amo... -Estoy segura que volverá, él no prometió casarse conmigo; su voz me pareció tan bella cuando me dijo que yo era el primer amor de su vida, que me idolatraba, que destrozaría su corazón si no le daba lo más grande de mi amor. Tal vez estuve ciega, yo no sabía lo que era esto...Pero él volverá, ya lo creo que volverá. El amor que siento por él es muy grande, tanto que hará que regrese a mi lado. No puedo aceptar que todas las palabras que aceptó en mis oídos hayan sido falsas, algo tuvo que haber de verdad en ellas. Estoy segura que regresará. Él me ama...me ama... -Por eso ha sucedido todo esto. Eres tan confiada.-bruscamente interrumpió Don Ramiro- Esteban es un holgazán, un mujeriego. Allá en la ciudad es famoso entre sus conocidos por sus amoríos, te lo advertí la noche de la fiesta. Te dije que no creyeras todo lo que te decía, que tenía muy mala fama y no me hiciste caso. Eres una tonta. Nada más buscó de ti lo que ya ha conseguido y se largó... -Volverá papá, volverá- deshecha en llanto-estoy segura... -Estúpida – y de un golpe Don Ramiro hizo caer al suelo a su hija. -No –Doña Pilar gritó asustada y llena de angustia- No le pegues. Ella no tiene la culpa de todo. Ten en cuenta su estado... -¡Que se muera! Nunca creí que iba a ser una vil... -¡Cállate Ramiro! Que no te domine la ira. Nosotros tenemos un poco de culpa. -¿Cuál? Anda, dime cuál. Después de tantos esfuerzos para que ella no sufriera, con esto nos paga.- Doña Pilar nunca había visto tan furioso a su marido. Fidelia lloraba amargamente, un hilillo de sangre escurría de la nariz hasta los labios. Su madre, al ver que iba Don Ramiro a seguir golpeándola, se interpuso, sujetándolo y le dijo: -Debes ser comprensivo, es nuestra hija y no vamos a desampararla en estos instantes, sería arruinar su vida, sería hundirla... -Ya no es mi hija. Que se largue de la casa cuanto antes, no quiero verla. Que se vaya antes de que yo la saque a empujones y puntapiés –y sus ojos relampagueaban de furor. -Cálmate- prosiguió suplicante Doña Pilar, mientras Fidelia se encontraba arrodillada, cubierta la cara con las manos y ahogada en llanto –Serénate Ramiro. Si haces que nuestra hija se vaya, qué sucederá con ella y el niño. Esteban ha de estar gozando de la vida en la ciudad sin acordarse siquiera de nuestra hija y, si acaso la recuerda ha de ser para burlarse de nosotros que le dimos toda nuestra confianza y nos engañó. Si Fidelia se marcha de esta forma de la casa, cuando él lo sepa se va a reír más y al ver que nosotros no le reprochamos nada, creerá que lo hemos olvidado- Don Ramiro con el gesto fruncido se quedó pensando en lo que su esposa le decía, ella continuó: -Además no es la primera muchacha del mundo que le sucede lo mismo. Fidelia era tan ingenua, tan inocente que...Esteban la hizo creer...piénsalo...lo que debemos hacer es ir a ver a Don José y enterarlo de lo que ha hecho su hijo. No creo que acepte tamaña canallada... él es un hombre de limpio criterio... -Creo que tiene razón –arrepentido habló- Debemos exigir a Don José que mande llamar a su hijo y que lo obligue a cumplir las promesas que le hizo a Fidelia. Don José es un hombre recto, no permitirá esta burla. –prosiguió con voz enérgica. Doña Pilar le contestó algo satisfecha: -Eso es- y los dos miraron a la joven con esa mirada tierna. llena de abnegación que sólo los padres tienen. Ambos fueron hasta ella, Don Ramiro habló: -Perdóname- y la tomó de un brazo, la chiquilla alzó el rostro brillantemente perlado de lágrimas y sangre y pidió perdón a su padre – Tú eres la que debe perdonarme, anda levántate, límpiate esa cara. ¿No te das cuenta que así te ves muy fea?- Fidelia se levantó con lentitud y su padre la abrazó con inmensa ternura. Doña Pilar los veía con los ojos brillantes. La joven murmuraba angustiadamente: -Perdón papá...Perdóname...Perdóname...- y sollozaba.

XIII. SOLUCIÓN A FUERZAS

Era Don José un hombre gordo: redondo por todas partes; la piel morena que mostraba los indicios de que hubo un día en que había sido blanca; calvo; ojos saltones de un café muy claro, casi verde; la nariz abultada; las mejillas rojizas; los labios delgados y la boca pequeña. Era bajo de estatura y tenía el estómago más que desproporcionado. Cuando los padres de Fidelia fueron a verlo para comunicarle la baja acción de su hijo y pedirle al mismo tiempo que los ayudara, después de haberlos recibido con gran alegría y amabilidad, Don José se puso muy triste y todo el rato que permanecieron con él las visitas, estuvo cabizbajo. En su rostro se dibujaba la contrariedad que le había causado aquella noticia. Era muy grande la estimación que sentía por la chiquilla, aún le parecía ver a Fidelia entrar risueña para obsequiarle una fruta que ella misma había cortado en el campo o una florecillas, para que adornaran el escritorio de su despacho. La muchacha que había sabido ganarse el afecto y el cariño de aquel hombre que a pesar de sus riquezas era sencillo y bueno, había sido engañada por su hijo. Esto era lo que más le dolía, sin embargo, Don José todo lo tomó con serenidad. Al despedirse Don Ramiro y Doña Pilar del hacendado, éste les dijo que no se preocuparan más y les afirmó que encontraría la solución de aquel problema y que todo quedaría arreglado de la mejor manera posible. Los padres de Fidelia abandonaron aquel caserón; la madre iba preocupada y la duda asomaba a sus ojos; el padre caminaba pensativo, con el gesto fruncido. Don José permaneció en la puerta contemplando cómo iban alejándose los padres de la joven, una tristeza enorme mezclada con una ira inefable lo invadió. Veía perderse en la distancia a aquellos seres que sufrían el dolor terrible de deshonra. Sus labios temblaron ligeramente y con brusquedad dio media vuelta y entró gritando a uno de sus sirvientes: -Santiago, prepara el carruaje. Vamos a la ciudad. A los pocos minutos el coche esperaba en la puerta, Don José salió apresuradamente, subió, ordenó que a toda prisa, el cochero dio un latigazo a los dos caballos de hermosos pelaje que movían a aquel objeto y arrancaron a gran velocidad. Una enorme polvareda se levantó y los perros de la hacienda ladraron, trataron de seguirlos, pero los corceles pudieron más que los canes. Los criados de la hacienda comentaron con avidez aquella inesperada resolución del patrón. Nadie sospechaba aún los motivos del extraño e imprevisto viaje. Qué fácil es ocultar cuando todo permanece oculto. Cinco días más tarde Don José regreso acompañado de su hijo; Esteban no sospechaba la causa por la cual había ido su padre hasta la ciudad por él. Algo malo debía haber sucedido como para que su viejo, como él lo llamaba, se molestara en ir a distraerlo de sus ocupaciones. No imaginaba que por vez primera el daño que había causado, tendría que ser reparado. Quién sabe a cuántas habría engañado en la misma forma. Cuántas vidas habían sido prostituídas para siempre por su causa. Si el hombre tuviera conciencia de lo que es la voluntad firme y poderosa, inconmovible, mucho se lograría. Al llegar, Don José entró apresuradamente al cuarto que servía como despacho; Esteban lo seguía: -Cierra bien la puerta, no quiero que alguien vaya a escuchar lo que voy a decirte – el padre ordenó enérgicamente. El hijo obedeció. -¿Por qué tanto misterio? interrogó el joven. -Es que no quiero que se enteren todos de la clase de hombre que eres, aunque tal vez ya lo saben muchos. -No entiendo... -Bien que sospechas de lo que se trata...¿Por qué hiciste eso con Fidelia?- Esteban sonrió admirado por la pregunta- No tiene nada de gracioso lo que estoy diciendo para que te rías. Estoy esperando que me respondas por qué hiciste eso con esa chiquilla. Es casi una niña. -Papá, qué preguntas. Eso es asunto de mi vida privada, además ella se dejó, yo no la forcé... -Mientes cínico- gritó encolerizado- Le diste una promesa de matrimonio. La engañaste y ahora dices que no es cierto. Te aprovechaste de su ingenuidad. De haber sabido lo que iba a suceder por tu culpa hace ya dos meses que viniste dizque a visitarme, te hubiera corrido inmediatamente. -¿Y por esto me has traído con tanto misterio? -Sí, y porque vas a casarte... -¿Qué? ¿Casarme? Ni loco que estuviera... -Sí, como lo oyes, vas a contraer matrimonio con la muchacha que has engañado, antes que las murmuraciones del pueblo comiencen a correr de boca en boca. -Pero por qué he de casarme con esas tonta...me gusta...pero no como para... -Te callas. Vas a casarte con Fidelia quieras o no quieras. Se acabó la vagancia. En la ciudad solamente te haces tonto, ni estudias ni nada. Se acabaron tus privilegios aunque a tu madre le haya prometido que serías un buen abogado. Tú eres el causante de tu fracaso por tu irresponsabilidad. -¿Qué dices? -Vas a casarte con Fidelia, si no, no tendrás ni un centavo más. -Eso es injusto. -¿Y no es injusticia lo que tú hiciste con esa pobre chiquilla? Además...más que por ella y que por castigarte, es por el niño que va a nacer... -¿Un hijo? ¡Ah caray...no pensé en eso...resultó productiva la mocosa. -¿Ahora comprendes por qué es obligación que te cases con ella? -¡Maldición! ¿Por qué tuvo que pasarme esto? -Es todo lo que quería decirte...descansa un poco. A la tarde iremos a casa de los Méndez. Don José salió del despacho y Esteban quedó solo, pensativo y pálido, muy pálido. Muchos minutos permaneció sin darse cuenta de lo que sucedía a su rededor. Iba a renunciar a su vida de disipación y placeres. Ya no pasaría las deliciosas noches en compañía de sus amigos y en la casa de la Madame y sus muchachas. Tendría que despedirse de las juergas, de las trasnochadas, de aquella dulce existencia que llevaba en la capital. Le daban ganas de no obedecer a su padre, pero si no lo hacía, no tendría más dinero y sería peor. Tenía que hacer lo que su padre le ordenaba, aunque esto implicara renunciar, no, renunciar nunca, abstenerse por unos meses de la vida regalada y placentera a la que estaba acostumbrado. Sería una nueva experiencia el contraer matrimonio del que pronto hallaría la manera de escapar, además, así tendría la oportunidad de sacarle mucho más de lo que él pensaba a su ricachón padre. No había por qué preocuparse. El joven se acercó lentamente hasta la puerta, se detuvo unos instantes al llegar a ella, volvió a pensar que no tenía por qué temer, todo se iría arreglando poco a poco y él volvería a recobrar su libertad. Sonrió descaradamente y avanzó satisfecho hasta el comedor; tarareaba una tonadilla extranjera muy de moda en la ciudad.

XIV. PRIMEROS TORMENTOS

Fidelia lloraba. -¿Por qué Dios mío por qué no viene... por qué no regresa...dijo que me amaba...Tal vez algo le sucedió...no...no quiero ni pensarlo...sería terrible...Es horrible lo que siento...si algo llegara a pasarle... no sé qué haría...Dios mío ¿por qué no viene? Él me dijo que vendría...Y si acaso me hubiera engañado...No...no puede ser...él no mintió...me ama...más que yo...Sólo la muerte podrá separarnos, sólo ella...no...ni ella... Fidelia levantó el rostro brillante de lágrimas y entre el llanto sonreía. Su rostro parecía estar impregnado de una extraña luminosidad... -Mi amado vendrá...me dirá mil palabras hermosas...acariciará mis mejillas...me verá fijamente y dirá que me ama...Vendrá...colocará mis manos entre las suyas; se las llevará a sus labios y las besará con un beso tierno, dulce, amoroso y yo sonreiré...sonreiré... Fidelia sonreía... -Mi amado vendrá... me abrazará... y juntos parecerá que vamos al cielo. Vendrá... vendrá... pero ¿cuándo? ¿Acaso esta noche? Quizá mañana...o pasado...tiene que volver...él no pudo haberme engañado...no es capaz... Fidelia dudaba... -Y si no regresara...si ya nunca lo volviera a ver...¿Qué es lo que dirían todos? Se burlarían de mí...de mis padres...Y el niño...mi niño. ¿Será posible que Esteban me abandone? Él no sabrá, tal vez, que voy a tener un hijo...sí...eso es...no ha de saberlo...Cuando se entere de que voy a ser madre, vendrá inmediatamente, me besará...y se pondrá feliz...y los dos esperaremos la llegada de nuestro pequeño...el producto de mi amor...de su amor...y seremos dichosos... Fidelia sonreía... -Nos casaremos...él irá muy elegante y yo vestiré un hermoso y blanco...¿Blanco? No podré ir vestida de blanco porque ya no soy pura...he pecado...lo que hemos hecho Esteban y yo ha sido una ofensa para Dios...Pero ¿por qué? Lo que hicimos él y yo, he visto que lo hacen todos los animales que Nuestro señor ha creado...Eso no ofende a Dios, puesto que él lo ha ordenado...y él no pudo hacer eso para que los hombres pecaran...Todo lo que hizo Dios es bello...pero las gentes se encargan de llenarlo de lodo...malo es lo que ellas mismas han pervertido...Todo el pueblo se reirá de mí...porque lo que hice...según todos, no tiene perdón...perdón de ellos que no de Dios, porque Nuestro Señor...Él tendrá clemencia de mí... Fidelia se quedó pensativa, muy pensativa. Lentamente fue acostándose en su lecho. Recargó su pequeña cabeza sobre la blanda almohada y murmuró al mismo tiempo que nuevamente dos lágrimas iban recorriendo sus pálidas mejillas: -Vendrá...Tiene que venir...tiene que venir... Fidelia lloraba. Sus ojos, negros y brillantes ojos, se fueron cerrando... Fidelia dormía...

XV. EL ACUERDO