Por ver qué grande es el mundo del amor

Chapter 6

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Y como en un cuento de final dichoso, Pilar y Ramiro se casaron y vivieron muy felices. A pesar de algunas calumnias, los González nunca pudieron romper con el matrimonio que cada vez se mostraba más firme. Al principio Doña Beatriz y Don René, éste último, ya repuesto de su enfermedad, no miraba con muy buenos ojos aquella unión. Pilar tuvo que resistir algunos desprecios por parte de sus suegros. Ella los soportó y poco a poco fue ganándose la voluntad de ambos. Ya Doña Beatriz no la criticaba, sino que se deshacía en elogios antes las actividades domésticas que realizaba: sabía bordar maravillas, conocía la manera de preparar suculentos platillos, era limpia, ordenada y amable. Administraba perfectamente la casa y a tanto llegó la estimación de la suegra por la nuera que, Doña Beatriz llegó a pensar que Pilar valía mucho más que un Potosí. La recién casada se desalaba por atender a Don René. Este, al principio, no veía con mucho agrado aquellas muestras de cariño y de respeto, pero después, con los guisos tan sabrosos que ya he dicho que realizaba, fue ganándose el buen mirar de su suegro. Don René, cabe agregar aquí, era un excelente gastrónomo. El tiempo transcurrió ligero y el primer hijo del joven matrimonio llegó. Cuánta alegría sintieron los padres de Ramiro al estrechar entre sus brazos al nieto. Todos los minutos se les iban en hacerle caricias y mimos. El pequeño Alfredo era la alegría y la luz de su vejez, vejez tranquila, transcurrida en la paz del hogar. Pilar y Ramiro adoraban al chiquillo y éste se sentía el emperador de la familia. Sin embargo, el reinado de Alfredo, pronto vino a caer. Una mañana se escuchó el llanto de una criatura. Una niña había venido a colmar la dicha de aquellos seres. Rosita llegaba a destronar a su hermano, pero ambos eran la felicidad de sus padres y de sus abuelos. Los dos pequeños crecían sanos, fuertes y risueños. Cuando Alfredito y Rosita tenían seis y cuatro años respectivamente, la familia aumentó en un miembro más. -¿Qué fue?- Don René, mucho más nervioso que su hijo, preguntó sofocadamente a Doña Beatriz que en esos momentos salía de la recámara en donde Pilar se encontraba. -Otra niña- respondió llena de alegría, alegría que se manifestaba en todos los movimientos de su cuerpo- . Está muy bonita. Se parece a Pilar, tiene su misma nariz, su misma boca, es su vivo retrato. Don René casi saltó hasta el techo de la emoción. Con lo que le gustaban las niñas. Ramiro se alegró de que todo hubiera salido con bien, más entre sí, pensaba que hubiera sido mejor otro hombrecito, para que cuando creciera le ayudara en las labores del campo. Todos estaban contentísimos con aquel regalo. -¿Podemos entrar a verla? –preguntó Ramiro a su mamá. -Todavía no, está durmiendo. Gracias a Dios que todo salió con bien. -Pero Beatriz...qué... qué nombre le pondremos- interrumpió de súbito Don René. -¡Ay! Deja que sus padres seleccionan a su gusto. Nosotros ya les hemos puesto nombre a los otros niños. -Pero que sea ahora mismo. Me muero de ansias por saber el nombre que va a llevar nuestra nieta. -Cálmate. Esperemos hasta mañana. Es muy tarde ya y yo estoy extenuada. ¿Ustedes no? Vamos a dormir, mañana sabremos qué hacer y tus ansias quedarán en calma. Todos se dispusieron a descansar y en el silencio del campo, adornado con el adormecedor sonsonete de los grillos, Morfeo les regaló los más hermosos sueños, todos relacionados con su nuevo amor. Don René soñó que la niña iba a entrar a la escuela y que él la conducía cuidadosamente. Doña Beatriz la soñó jugando con sus hermanitos. Ambos estaban dichosos con los regalos de su vejez. Apacible vida de la promesa antigua.

V. UNA NIÑA

Los gallos con sus cantos ostentosos, preludiaban la llegada del amanecer. La naturaleza despertaba de sus sueños y las visiones fantasmagóricas desaparecían. Los pajarillos, entre trinos, abandonaban sus nidos en busca del sustento cotidiano. Las gallinas, algunas conduciendo numerosa prole, dejaban las ramas o rincones en donde habían pasado la noche y rascaban alegremente la tierra escudriñando tras un gusanillo o picoteando alguna plantita. Las vacas, en los establos, mugían al ver que las desposeían del alimento que estaba destinado a sus hijos y por todo el rumbo se escuchaba el tañer de la campana de la iglesia que llamaba a la primera misa. En casa de los Méndez, todos se habían levantado. Don René, Doña Beatriz y Ramiro, fueron al cuarto de Pilar para ver cómo había amanecido y la encontraron sonriente y sonrosada, como en sus años de doncella: -¿Cómo amaneciste? ¿Estás bien? –preguntó ansiosamente el suegro. -No ves que está tan lozana como si nada le hubiera sucedido –jubilosa exclamó Doña Beatriz que llevaba una taza en las manos- Te traigo un poco de té, es canela, tómatelo. -¿En dónde está la niña? –interrumpió nuevamente Don René. -En la cunita- contestó una mujer que había estado toda la noche con la enferma, a guisa de enfermera. Los tres corrieron a verla. -¡Está chistosa! -¡Qué bonita! -¡Qué pequeñita! Al terminar esta última frase dicha por Doña Beatriz Pilar llamó la atención de sus suegros. -Papá René y mamá Beatriz –desde el lugar en donde se encontraban reposando-. -¿Qué quieres hija? –Respondió Don René. -Anoche tuve un sueño extraño... -¿Qué clase de sueño? –interrogó alarmada Doña Beatriz. -Pues soñé que... iba con mi hija entre los brazos, por un camino estrecho, muy estrecho. Nada se distinguía bien... después sin darme cuenta, mi hija desapareció... yo gritaba desesperada llamándola, pero no sabía su nombre, de pronto muchas voces extrañas gritaron uno... era... no recuerdo bien... creo que Felisa, no, Felipa... no. ¡Fidelia! Eso es. Fidelia repetían y al escucharla mi hija apareció... pero ya no era la misma... era otra de más edad... estaba llorando y entonces me acerqué a consolarla. Ella me miraba... me veía fijamente pero nada decía, nada. Después, no recuerdo muy bien, se alejó otra vez... lloraba desesperada, lloraba, quería seguirla pero algo extraño me lo impedía. En ese momento desperté con gran susto. -¡Ay hija! Son tonterías –exclamó sonriente Don René. -Tal vez, pero estuve meditando y he resuelto que mi hija se llame como mi sueño me lo sugirió. Se llamará Fidelia. -¡Fidelia!- gritaron los suegro al unísono. -¡No! Ese nombre es muy extraño, se oye feo. -A mí me gusta. –aprobó- Ramiro. -Fidelia es bonito nombre y no muy conocido. –Comprobó Don René. - A mí no me agrada. –Se opuso Doña Beatriz- Hay nombres mejores... María... Virginia... Helena, pero ese, es horrible... bueno no mucho, en fin, si a ustedes les gusta, no tendré más remedio que aceptarlo. Lo siento por la niña. Con ese nombre... A ver si no encuentra burletas cuando crezca. Ya ves cómo es cierta gente. Después de algunos comentarios, cambió la conversación, pero a cada instante acudía a su mente, como un rayo de luz, el nombre de Fidelia... Fidelia... Fidelia...

VI. EN DIFICULTADES

Los negocios de la familia Méndez decayeron tremendamente. La próspera hacienda en la que había nacido Ramiro se había transformado en una humilde casa que distaba mucho de ser el antiguo palacete. Nadie se explicaba el porqué de aquel descenso. La fortuna parecía sonreírles y de repente, los prósperos negocios se vinieron abajo. Pasaron a ser una de las tantas familias que habitaban el poblado. La mala fortuna cayó sobre los Méndez y una mañana Don René murió. Doña Beatriz enfermó de pesar. Ramiro sufrió mucho al perder a su padre. Pilar lloró en silencio. Los inocentes chiquillos lloraron también al ver la congoja de sus mayores, pero después salieron a jugar. Alfredito tenía nueve años, Rosita siete y Fidelia cinco. Los niños se divertían mientras sus padres eran martirizados por el dolor. Don René, poco antes de morir, había contraído algunas deudas bastante fuertes con el fin de salvar a su familia de la bancarrota que se vislumbraba. Tan pronto como recibió el dinero prestado, se dedicó a invertirlo en la compra de instrumentos de labranza, en semillas y en pagar los sueldos de sus sirvientes y el de unos cuantos peones. Todas las esperanzas estaban cifradas en las utilidades que dejaría la próxima cosecha. Don René parecía ver en los terrenos destinados al cultivo del maíz y del trigo, los alientos para continuar la lucha. Ramiro ayudaba a su padre en la dirección de los negocios que tal vez serían la salvación de la familia. Desde muy temprano, casi antes de que el sol se asomara detrás de las montañas, los Méndez se encontraban activos, todos con una misma meta, con un mismo objetivo: evitar la hiriente pobreza. Una tarde llovió con una furia jamás vista por ellos. El viento soplaba con fiereza aterradora y para completar la saña del destino, de la suerte o de lo que haya sido, cuando todos creían que iba a calmarse la tempestad, ésta arreció y comenzó a caer granizo. Las tejas de las casas parecían que iban a romperse. Un ruido monótono y ensordecedor se escuchaba cuando las piedrecillas de hielo iban a estrellarse contra los techos. Tal vez la naturaleza se vengaba de una ofensa cometida contra ella y por eso arremetía colérica. Los pensamientos de Don René estaban llenos de pavor y sobresalto. Vino la noche con su negrura intangible y la lluvia, un poco menos abundante, continuaba. El padre de Ramiro estaba desconsolado y éste confiaba en que las tiernas matas de maíz y los delicados retoños de trigo, sus más grandes esperanzas de salvación, hubieran permanecido indemnes. Doña Beatriz y Pilar las imaginaban destrozadas, inútiles, inservibles. Pensaban en el sacrificio de unos meses que había sido destruido en forma tan impía e injusta. Los pequeños dormían arrullados por el caer del chipichipi. Sus caritas estaban inmóviles. Una sonrisa cándida se dibujaba en sus labios, tal vez en sus sueños se encontraban en un mundo encantado. Dormían tranquilamente, no sospechaban los crueles sufrimientos de sus padres. ¡Dichosos los niños que nada saben del sufrimiento y de las borrascas que se desencadenan en las almas de los adultos! Quizás estas adversidades fueron la causa de la muerte de Don René. La situación en que se encontraban los Méndez era desesperante. La cosecha había ido rumbo al fracaso. Nada había quedado a salvo de la furia devastadora del terrible meteoro. Todo se había perdido: el esfuerzo, el trabajo, la ilusión, la esperanza. La salvación económica de la familia estaba muy lejana. Nada más había que hacer. El plazo para pagar las deudas iba a vencerse. La ruina había llegado.

VII. LA FUERZA DEL TRABAJO

Diez años después, Ramiro volvía a recuperar un poco de los perdido. Pero antes de llegar a esto, cuántas penas, cuánto trabajo. Cientos de noches fueron las testigos de sus desvelos. Él y Pilar, después de aquella catástrofe, se dedicaron a luchar en contra de todas las dificultades que se les iban presentando. Los acreedores llegaron a un acuerdo con Ramiro. Le dieron la oportunidad de ir pagando poco a poco lo que restaba para liquidarlos. Algunos terrenos que a los Méndez les quedaban, fueron rematados y las cantidades que pagaron por ellos, abonadas a la deuda, sin embargo, aún así, el saldo era bastante. Sus hijos, que habían nacido en el período de abundancia, pasaron el resto de la niñez y toda su adolescencia casi en la miseria, rodeados de carestía, de estrechez e invadidos de mil deseos insatisfechos. Las comodidades que ellos pensaban darles a sus pequeños se esfumaron súbitamente. Hubo veces en las que Alfredo, Rosa y Fidelia no tenían más ropas que las que llevaban puestas. Pilar, que antes de casarse estaba un poco acostumbrada a la pobreza, no lo resintió mucho, pero Ramiro, se desesperaba ante la ausencia del dinero, maldecía su suerte y llegó a pensar hasta en el robo. Pronto se conformó y se dijo a sí mismo, que la única forma de librarse de aquél sufrimiento era el trabajo, que nada era imposible con el esfuerzo. ¡He aquí lo más grandioso que obtiene el rico cuando se torna pobre! Los pequeños iban creciendo. El mayor se hizo joven y pudo ayudar a sus padres. Rosa, cuando iba a cumplir once años murió de pulmonía y más que por la enfermedad, debido a la falta de atención médica. Ahora, después de quince años de sufrimientos, todo parecía sonreírles. Su situación económica había mejorado: tenían amigos. Fidelia se había puesto hermosa y estaba a punto de cumplir quince renacer de flores. Ella se crió completamente bajo el manto de las costumbres campesinas. Le gustaba andar descalza y esto no afeaba para nada sus pequeños pies, iba al campo y entre los verdes del llano se perdía, cortaba las flores silvestres y cantaba, como acompañando a los pajarillos. Como no tenían sirvientes, su madre, la enviaba hasta la lejana huerta, en donde estaba su padre y su hermano trabajando, para que les diera de comer. Y Fidelia iba gustosa, sin temer a nada, sonriente. A ratos corría, a ratos descansaba. Cuando algún arroyuelo se atravesaba en su camino, chapoteaba en él y el agua parecía alegrarse porque al saltar se rompía en mil cristalinos pedazos. Fidelia se llenaba de gozo y continuaba por su ruta, a veces permanecía unos momentos mirando el azul infinito del cielo como si tratara de descubrir en él, algo fantástico. Después proseguía su despreocupado paso. Cuando llegaba a la huerta, acariciaba a su padre y a su hermano y con su pañuelo, limpiaba el sudor que escurría por las amadas frentes familiares. Presurosa les servía de comer. Ellos se deleitaban con la ingenua y alegre plática de la chiquilla. En ocasiones una broma condimentaba la delicia de aquellos sencillos manjares. Horas después, regresaba a casa, con una cierta inexplicable tristeza. Al atardecer, iba al jagüey. Conduciendo a un par de borricos que soportaban humildemente dos enormes botes cada uno, que deberían ser llenados con el preciado líquido por el que iba. Allá platicaba con las otras muchachas del poblado. Y todas reían y sus risas se asemejaban al canto de las palomas. Risas de muchachas pueblerinas.

VIII. PREPARATIVOS

Don Ramiro llegó muy animado: -¡Pilar! Ya regresé- con voz lozana exclamó. La esposa salió corriendo de la cocina, seguida por Fidelia, ambas atravesaron por el corredor y llegaron hasta la salita, en donde se encontraba jubiloso el padre de Fidelia. -¿Qué pasó?- interrogó sonriente Doña Pilar-. En cuánto va a salir el baile. -¿Saldrá muy caro? –temerosa interrumpió la joven. -Claro que no- explotó gozoso Don Ramiro. -Cuéntanos, qué es lo que te dijo el compadre- animadamente preguntó la esposa. -Pues me dijo que, por ser para nosotros, él va a encargarse de que no nos resulte tan costosa la contratación de la orquesta y que, además, como regalo para Fidelia por su cumpleaños, se encargará de los arreglos de la casa, para que ésta luzca elegante y más hermosa –la madre y la muchacha sonreían-. Casi todo ha quedado listo. Nada más faltan tres días para el festejo, así es que debemos ir pensando en el vestido que ha de llevar. Traje estas revistas de moda recién llegadas de la capital para que escojan. Dicen que son los más recientes modelos de París que se preparan para recibir al nuevo siglo. Es necesario que nuestra hija vaya acostumbrándose a llevar buenas ropas. Siempre anda con esa facha. Vas a ser una señorita de sociedad dentro de poco –dirigiéndose a Fidelia- y por eso debes andar bien arreglada, ahora que la situación nos lo puede permitir. Usa ya los zapatos que te he comprado como siempre te gusta andar descalza, los pies se te pueden hacer feos. De una vez, corre a calzarte. -Está bien papá, pero yo ando más contenta sin ellos- contestó y salió rumbo a su cuarto. -¡Qué feliz me siento Ramiro!- exclamó Doña Pilar -¡Al fin parece que nuestros sufrimientos terminaron! -Si mujer, gracias a Dios y a nuestro esfuerzo. ¿Y Ricardo? ¿Todavía no llega? -No, todavía no. Ya ves que el pobrecito tiene que atender la venta del maíz. Eso es tan entretenido y cansado que me apeno mucho por nuestro hijo. Si no fuera porque él nos ha ayudado tanto, no se qué habría sido de nosotros. No ha de tardar. Antes de que Doña Pilar terminara de verter sus pensamientos, Fidelia entró y dijo: -Mira cómo me quedan. Me siento muy pesada de los pies. Serán muy de la ciudad, pero a mí... -Debes acostumbrarte–su madre la regañó amablemente. -Claro hija- continuó Don Ramiro. La puerta que daba hacia la calle se abrió súbitamente y apareció Ricardo que iba acompañado de un joven de elegante vestir. Todos voltearon a verlos y saludaron. -Buenas noches- respondió el extraño. -Traigo a Esteban, el hijo de Don José, para presentárselos- continuó Alfredo-. Nos hemos hecho buenos amigos y me pidió que lo trajera con ustedes. El cree que ya no se acuerdan de él, pues se fue muy pequeño a la ciudad. Todos mostraron sorpresa. Fidelia nunca había visto a un joven como aquél. Se ruborizó. Sintió algo como una mezcla de alegría y vergüenza al mismo tiempo. Esteban fue a saludarlos de mano y todos sonrieron. Fidelia se estremeció. -No sabíamos que usted estuviera aquí. Era todavía tan niño cuando se fue para México a estudiar que creíamos que nunca volvería a poner sus pies en nuestro pueblito –dijo Don Ramiro. -Efectivamente. Voy a estar aquí nada más unos días. Vine porque mi padre está algo enfermo y quise enterarme del estado en que se encontraba. Mi papá me presentó con Alfredo, creyendo que no nos conocíamos, pues desde niños hemos sido buenos amigos- de pronto Doña Pilar dijo señalando un sillón: -Pero... siéntese joven, que está usted en su casa. -Quisiera, pero no puedo. Sólo vine a saludarlos y me retiro. -Es una lástima que no quiera quedarse un rato más. Cenaría con nosotros. -Muy agradecido, pero otro día será. Ahora tengo que irme. Desde la mañana que no veo a mi padre y debe estar algo molesto conmigo. -En eso le doy la razón- volvió a interrumpir Doña Pilar. -Les prometo que otro día vendré a visitarlos un rato más grande. -Estaríamos encantados. Por cierto que, mi hija va a cumplir quince años pasado mañana y quisiéramos invitarlo a la fiestecita que vamos a hacer con motivo de eso. ¿Acepta?- preguntó Don Ramiro. (El corazón de Fidelia latía apresuradamente). -Claro que sí- Esteban contestó. Fidelia sonrió-. Desde este momento sólo voy a estar pensando en ello. Ahora me retiro, estoy contento de haberlos saludado. Se despidió de Doña Pilar y de Don Ramiro-. Encantado de conocerla señorita-. Le dio la mano y la miró sonriendo. Fidelia contestó apenada: -Igualmente. El joven se dirigió hasta la puerta acompañado por Alfredo. Volvió a despedirse y ambos salieron. Fidelia quedó pensativa. Sus padres se dirigieron hacia la cocina y ella, automáticamente los siguió. Dentro de sí, sentía un algo de temor y de alegría.

IX. LA FIESTA

Las bellas notas de un vals se escuchaban en el oscuro silencio de la noche, se extendían por todo el pueblo, lo dominaban hacían de él, su imperio. La fiesta se encontraba en su momento culminante. Todas las familias del poblado parecían haberse dado cita en aquel lugar. Todo era risas, sonrisas y elogiosos comentarios para los padres de la quinceañera. Fidelia lucía una hermosura extraña y cautivadora en su rostro, en su cuerpo, en su alma. Todos se deshacían de emoción al contemplarla. Y ella bailaba. Y giraba. Y sentíase flotar por los aires. Los brazos de Esteban la trasportaban suavemente y la chiquilla quinceañera temblaba. -¿Por qué tiembla? –intrigado preguntó el joven. -Es que estoy un poco nerviosa. Usted baila muy bien y yo... -Déjese de humildades- interrumpió amablemente el hijo de Don José. Fidelia sonrió y bajó la vista. Él prosiguió-. Está usted muy hermosa. Tiene los ojos muy bellos, de una negrura misteriosa, como las noches del pueblo. Creo que... no... no haga caso de mí, no sé lo que digo. Fidelia lo miraba, como tratando de adivinar lo que había querido decir; sonreía y sus mejillas se asemejaban a dos claveles rojos. -Ha terminado la música- continuó Esteban- Salgamos al corredor, pues aquí el ambiente está un poco sofocante. -Perdone que no pueda complacerlo. Me está llamando mi papá. Lo dejo unos instantes.- Con el corazón agitadísimo, Fidelia se separó cortésmente y se dirigió hasta donde su padre la llamaba. Más que caminar, parecía deslizarse en los abrillantados pisos, arreglados así, para esta ocasión. -¡Mande usted papá! -Te llamé porqué me he dado cuenta que el hijo de Don José no te ha dejado sola en ningún momento. -¿Qué hay de malo en eso? –curiosa interrogó. -No quería decírtelo, pero es mejor que te prevenga. No tengo la seguridad de ello pero me han informado que el tal jovencito es un calavera. Me han dicho que es muy enamorado y que le encanta burlarse de todas las muchachas que puede. Se ve muy decente, pero, por si acaso, es mejor que no creas lo que te diga. De haber sabido todo esto antes de invitarlo, no le hubiera dicho que viniera. Ni modo, qué se le va a hacer. Al fin mañana vuelve a la capital y no volveremos a preocuparnos por él. -Hasta ahora se ha portado muy bien conmigo- humilde susurró. -Esperemos que así siga- murmuró Don Ramiro. La sala, el comedorcito y el corredor estaban profusamente iluminados. La casa había sido adornada con elegante sencillez. Las gentes que estaban en la fiesta, parecían más que contentas. Algunas se disponían a bailar una bonita mazurca que la orquesta provinciana empezaba a interpretar. Otro, los de mayor edad, afirmaban que la familia Méndez nuevamente atravesaba por una época de prosperidad. Sin embargo, muy pocos sospechaban que esto era el producto de la perseverancia, de la voluntad, del trabajo y de la esperanza. Fidelia y Esteban bailaban. Y sonreían y sonreían.

X. DESAYUNO