Por ver qué grande es el mundo del amor
Chapter 5
Hoy nuestra maestra de Español nos citó en el teatro y hemos visto una comedia muy graciosa: Contigo, pan y cebolla. Nos divirtió mucho. A la salida, él se quedó conmigo platicando en el vestíbulo. Luego de un rato tímidamente se despidió y me dijo que si nos podríamos ver mañana otra vez, a la salida de la escuela. Yo le dije que sí y entonces sacó de su mochilón una flor y me la entregó con su eterna, sincera y tierna sonrisa. Yo la tomé y me dijo, nos vemos. Con un andar sencillo se fue alejando y como que su tristeza se alegraba al caminar, pues sus pasos semejaban a aquellos que quieren saltar de felicidad. Ahora todos se han marchado y sola me he quedado aquí. No siento pesadumbre como en otras épocas, sino una especie de serenidad en mi alma. En el aire hay un poco de música. Y me parece que bailo junto a él, el muchacho más triste de todos que al fin sonríe feliz. Al ir recordando las tímidas y trémulas palabras que me ha dicho, me embarga un sopor deleitoso. Apenas lo he conocido y parece que ya lo había visto desde hace muchísimos años. Como si supiera quien es; como si fuera en verdad ése que he esperado durante mucho y al fin hubiera llegado. Recién me enteré que es originario de Zacatecas y que vino a la ciudad desde hace un mes. Sus padres lo inscribieron en tercero A, donde están los más aplicados. Por eso no lo identificaba, aunque los mulas de mis compañeros de inmediato lo catalogaron como el bobito. Y no es así, lo que sucede es que es muy sensible y aún tiene esa tranquilidad pueblerina que ya en la ciudad se ha hecho trizas. Tiene espíritu de poeta. Yo sigo sola en el vestíbulo del teatro y miro la flor que me ha regalado. Pienso en él. Desde hace tanto tiempo, digo como si él estuviera aún conmigo, acaso tú eres el que ha estado en todos mis sueños.
PIENSO EN LAS COSAS PERDIDAS
Ayer fuimos a ver a mi abuelo. Está muy deprimido desde la muerte de mi abuelita. Sus ojos se le ven llenos de una profunda melancolía que se pierde en un tiempo que no alcanzo a vislumbrar. ¿Qué recuerdos le asaltarán como reflejos en su mirada? ¿Qué goces de la vida regresarán a su mente? ¿O qué angustias? ¿Cómo habría sido su juventud? ¿En qué momento conocería a la abuela? ¿Cómo la enamoraría? ¿O ella sería la primera en enamorarse de él? Se nota que cuando joven era muy guapo y aunque la abuela no se quedaba atrás en belleza, él ha de haber sido un fruto codiciado por muchas mujeres. ¿Cómo habrá hecho mi abuela para retenerlo siempre durante sesenta y dos años de matrimonio? ¿Cómo es que duraban tanto antes? Y se casaban muy jóvenes. Mi abuelo se casó de dieciocho y mi abuela de catorce. ¡Qué bárbara! Con razón no tuvo necesidad de andar buscando o esperando noviecito. Sólo mi abuelo le bastó y ella fue el eterno complemento de él. Por eso en sus ojos yo creo que se ve tanta nostalgia. ¿Qué hará en sus noches cuando ve su cama tan sola, sin ella? Aunque nunca lo hemos visto llorar, pues es un hombre muy recio, cual un roble se me asemeja, tal vez en el silencio de su cuarto, un llanto sin fin lo mortifique y lo desahogue. Cuando llegamos a su casa, nos recibió muy afectuoso y mamá preparó la comida mientras su hijo, mi papá, conversaba de cosas de trabajo. Entonces yo aproveché para hacer un recorrido por la casita, mientras mi hermanito se divertía en el jardín jugando con la perrita cocker de mi abuelo. Me sentí como inundada de recuerdos, como si yo hubiera sido mi abuela y abuelo a la vez y repasara sus vivencias mirando sus muebles, sus objetos de decoración, sus cuadros, sus libros, sus curiosidades, sus discos. Era como haber regresado a la época de Don Porfirio. El art nouveau, creo que así se dice (se lo he escuchado decir orgullosamente a mi abuelo), permanecía vigente en aquella casa y eso le daba ese aspecto retrospectivo y señorial. Al ir explorando parecía que recobraba algo del tiempo ido. De pronto, en el secretero de la abuela que se encontraba abierto, descubrí un manuscrito. Era de mi abuelito y sin aguantarme la curiosidad, comencé a leerlo. Parecía un poema en prosa que me fue conmoviendo terriblemente. Era como un encuentro tremendo con la vida que se fue, pero que había dejado una profunda huella en alguien que aún resistía los embates de la misma. No aguanté las ganas y lo copié. Decía: Pienso en las cosas perdidas en tan poquísimo tiempo. Todo es más triste tan lejos de ti y ahora estaré muy solo por siempre, dulce amor mío. Vuelvo a pasar por nuestro viejo barrio donde nos conocimos y vuelvo a mirar a la luna. Con un gran vacío en el corazón veo nuestra banca donde te declaré mi amor en aquel jardín. Regreso por nuestras calles soñando en ti, aunque sin ti y vuelvo a casa llorando por ti, mi eterno amor. Si tú pudieras verme, descubrirías todo lo que he perdido hoy. En ese instante mi mamá gritó que ya estaba la comida lista y yo medio asustada por mi indiscreción y lo que había descubierto, salí con los ojos llenos de lágrimas. Era como haber descubierto en el pasado, acaso mi futuro. Mi abuelo preguntó que por qué lloraba. Yo sólo me abracé a él. Mi madre movió la cabeza y le dijo al oído a mi padre: parece que está enamorada. Mi padre enarcó las cejas, como asombrado, y me miró como pensando: ni modo, todo tiempo llega a su tiempo.
LA FANTASÍA DE LA REALIDAD
Hoy nuestra maestra de Español nos dio una clase estupenda, como casi nunca la había escuchado en ninguno de nuestros maestros. Nos emocionó tanto que le pedimos continuara hablándonos así, en lugar de mandarnos a investigar. Nos dijo que la vida se proyecta en las obras literarias y en el arte en general y que a través de esto encontramos una equivalencia vital que nos fortifica, nos hace reflexionar, nos conmueve y modela nuestras vivencias incrementando nuestras capacidades sensibles e intelectuales. Para ejemplificar su clase nos trajo una novela, que no sé por qué la subtitularon novela antigua (para mí todas las novelas que he conocido, son antiguas), y nos la comenzó a leer. De inmediato nos atrapó la lectura; sea por la modulación que la maestra daba al leer oralmente o porque ella es también actriz y dramatizaba los papeles y las voces con una maestría que nos dejaba lelas. Hasta los más reacios de nuestros compañeros habían quedado como fascinados. Parece que en este instante la sigo oyendo: FIDELIA
NOVELA ANTIGUA
A SITA A PENÉLOPE A FIDELIA
PRIMERA PARTE
PRIMAVERALES
I. EL AGUACERO
Fidelia venía corriendo. Sus pies, pequeños y descalzos, se hundían en la tierra que cubría las polvorientas callejuelas del pueblo. Su cuerpo indígena, de una sensual, pero ingenua belleza, iba moviéndose con un ritmo tan de cámara lenta que parecía flotar. El aire soplaba furioso y movía el amplio vuelo de su vestido decimonónico, como si hubiera querido arrancárselo. Una bolsa repleta de amarillentos elotes era estrechada con firmeza por sus morenos brazos, brazos morenos de muchacha campesina. Su rostro, de extraña hermosura cobriza, no expresaba ni alegría ni sufrimiento. Era un rostro que reflejaba una seductora tranquilidad espiritual. Un rostro apacible, inocente. Sus grandes y negros ojos, como de chiquilla, eran el espejo verdadero de aquella serenidad. Como una Guadalupe rediviva. Fidelia venía corriendo y sus oscuros y lacios cabellos se movían cual peinados por el viento. Nada parecía perturbar la irradiación de ternura que despedía. En el gris infinito de esa tarde los nubarrones se miraban inquietos: culebras que ora se mezclaban, ora se iban para un lado, ora se iban para otro, como si una fuerza terrible jugueteara con ellos en las alturas. Agonizaban. A veces, en la distancia, una luminosidad fugaz surgía por breves momentos y luego, con la misma rapidez con que había aparecido, se perdía. Instantes después el ruido ensordecedor del trueno se escuchaba casi aterrante en sus amenazas de aguacero que se aproxima. Fidelia corría y corría mientras el torrente amenazante estaba a cada momento más cercano. Por aquí y por allá comenzaron a caer gotas enormes. Arreciaban poco a poco. Fidelia iba veloz. Las lágrimas del cielo cada vez eran más abundantes. Llegó semimojada hasta el portón de una casa campirana y tocó. Una mujer abrió apresurada. Al entrar la muchacha, un nuevo diluvio parecía haber comenzado. -¡Jesús, muchacha! Mira nomás cómo vienes. Ya temía que fuera a agarrarte el agua en la milpa. –Dijo algo asustada Doña Pilar. -Por poquito llego bien empapada, mamá. -Lo bueno es que ya estás aquí. ¿Trajiste bastantes? -No muchos. Aquí están. A ver si te gustan –le dio la bolsa- Los corté tan a la carrera que creo que no están muy buenos, pero si me hubiera entretenido un poco más en escogerlos, imagínate cómo vendría en estos momentos de mojada. En cuanto la madre de Fidelia tuvo la carga cosechada, la llevó hasta una mesa pequeña que estaba en uno de los rincones del cuarto y vació estrepitosa el contenido sobre ella. -Están rechulos. Saldrá muy sabroso el atole. Vas a ver cuanto gusto le dará a Ramiro. Al fin le cumpliremos su antojo. Fidelia, agitada, parecía escuchar mientras recuperaba el aliento, sin embargo la lluvia torrencial la distraía como entre susto y placer. Veía como millares de hilos invisibles bajaban del cielo e iban a estrellarse con furor en los tejados para romperse en mil pedazos, como todo lo que está en lo alto... cuando cae. -Vamos a llevarlos a la cocina- la voz de Doña Pilar interrumpió las observaciones de su hija. -Vamos pues- mecánicamente respondió. La muchacha se volvió con graciosa rapidez y comenzó a ayudar a su madre a echar los amarillentos y sabrosos frutos en un enorme cesto. Doña Pilar estaba muy contenta. Juntas salieron. Cruzaron por un limpio corredor enladrillado. Las plantas que ahí estaban colocadas, despedían sus aromas y perfumaban el ambiente. Había rosas, había bugambilias, había violetas. Todas recibían el benefactor maltrato de la lluvia y el rocío expandía olores y frescura. Al llegar a la cocina de una rusticidad encantadora vaciaron el cesto. Fidelia se dirigió a un rincón. cogió un bote de lámina ya muy ahumada, lo llevó hasta donde su madre se encontraba seleccionando los elotes y allí, colocaron los más pequeños. Fidelia tarareaba una improvisada melodía. Una melodía sencilla, alegre e ingenua como su alma. Alma de muchacha pueblerina. Afuera, la lluvia iba disminuyendo.
II. EL CUMPLEAÑOS
-Salió muy bueno el atole- sonriente exclamó Fidelia. -Está exquisito- Don Ramiro, el padre de ésta, comprobó. -Yo sabía que te iba a gustar- Doña Pilar dijo satisfecha. Los tres quedaron en silencio. Egoístamente saboreaban aquel exquisito alimento. Fidelia sonreía como soñando en algo hermoso. El comedor, en donde se encontraban, era un cuarto de agradable aspecto, ni chico ni grande, más bien de regular tamaño. El moblaje era sencillo: una mesa al centro, varias sillas de bejuco a los lados, una vitrina al fondo de la estancia y junto a ella, en el rincón, una mesita. El piso de ladrillo, las paredes muy bien pintadas y uno que otro cuadro adornándolas. De pronto Don Ramiro, poniendo sobre la mesa la jícara que contenía aquel sabroso líquido, dijo, saboreándolo aún y relamiéndose, como los niños pequeños que prueban por primera vez el chocolate: -Fidelia... ¿Qué quieres para el día de tu cumpleaños? Ir a la ciudad o una fiesta. -Cualquiera de las dos cosas estaría bien, pero... yo no quiero que gasten.– Con gran sorpresa respondió humildemente-. -¡Una fiesta! –con regocijo gritó Doña Pilar. -¿Te gustaría una fiesta? -Si... pero una fiesta sencilla -consintió Fidelia-. -¡Cómo que sencilla! –con gran admiración- ¡La fiesta será para celebrar tus quince años! Vendrá todo el pueblo, ya lo creo –con cierto aire de disgusto, de temor y de seguridad- Vamos a gastar todos nuestro ahorritos en tu cumpleaños, para que nadie diga que en esta casa nunca hacemos fiestas y menos vayan a murmurar que cuando las hacemos, nos duele el codo de ser espléndidos. Ya verás como te vas a divertir, vendrán muchos jóvenes... El padre de Fidelia hablaba y los grandes y negros ojos de ella resplandecían de felicidad, pero al oír estas últimas palabras, súbitamente dejó de sonreír y se ruborizó. -Pero por qué te pones colorada –con curiosidad- Que se me hace picarona que tú ya andas queriendo novio. –Señalándola con el dedo. -¡Ay papá! Cómo dices eso –con ligero susto- No pensaba en eso y si así fuera, ya se los hubiera dicho. ¿Cuándo han visto que yo les oculte algo? -Bueno, bueno... está bien, perdóname, olvídalo- condescendió cariñosamente. -¡Mejor vamos a hablar de la fiesta! –estrepitosa, interrumpió Doña Pilar. Aquí Don Ramiro cogió la jícara, la llevó a sus labios. -¡Ay! Ya está bien frío. –Exclamó- Anda ve a calentarlo Pilar –ésta se levantó y con paso rápido se dirigió hacia la cocina. Fidelia había quedado pensativa. Su vista se fijaba a cada instante en objetos distintos. Se había apenado tanto al oír de boca de su padre tales afirmaciones que su sencillo espíritu se había descontrolado momentáneamente. Tal vez si en ese momento una abeja hubiera entrado, en aquel lugar, claramente se hubiese escuchado su zumbido, gracias al completo silencio que reinaba en aquella pieza. Transcurrieron varios segundos. Cada uno se encontraba sumido en el abismo de sus pensamientos. Ella seguía recordando las palabras que su padre había dicho y en sus mejillas aparecía un ligero rubor. Él, sólo imaginaba la mejor forma de festejar a su amada hija, la única que le quedaba de las dos que habían alegrado con sus cantos y risas aquella casa que con tanto esfuerzo había logrado levantar y sostener, a veces con grandes sacrificios. Del otro producto de su sangre, solamente un triste recuerdo le quedaba. Quién sabe dónde andaría. Aún evocaba aquella tarde de feria cuando Delfina no regresó. Pero ni modo, siempre había dicho, qué Dios la cuide y a nosotros que no nos deje. -Aquí está el atole, viejo. Ahora sí está bien calientito. Acábatelo, si no, se volverá a enfriar- la voz melosa de Doña Pilar vino a romper el silencio que había imperado hasta esos momentos, como una piedra cuando cae en un lago de aguas muy quietas. Don Ramiro lo bebió deleitosamente, sin un dejo de resentimiento o amargura. Cuánta alegría sentía su corazón al palpar las caricias del hogar. Adoraba a su mujer y a Fidelia ni se diga. Fidelia contemplaba al padre, Doña Pilar al esposo. Cuán satisfechas se sentían al vislumbrar el placer que experimentaba Don Ramiro, al beber el espeso líquido. -¿Vas a ir a ver al compadre Juanito para que te haga el presupuesto de lo que nos va a cobrar por la música? -¡De veras, Pilar! –respondió sorprendido.- Ahorita vengo. Se me había pasado. No me tardo. –Y se levantó con presura dando el último sorbo a su bebida. Dejó el jarro. Doña Pilar lo siguió con la visita moviendo feliz la cabeza en aprobada desaprobación. Fidelia fue hasta el corredor acompañándolo y desde allí, lo miro alejarse. Sonreía y todo en ella era felicidad.
III. EL PASADO
Tal parece que las insignificancias en los pueblos pequeños se vuelven terribles escándalos. Así sucedió cuando el joven Ramiro, hijo de una de las familias más adineradas del lugar, dijo a sus padres que deseaba casarse con Pilar, la hija de Chona, la lechera. Los señores Méndez quedaron estupefactos ante aquella proposición. Cómo era posible que su hijo, inteligente y apuesto, se hubiera fijado en esa muchachilla, que si no era muy fea, tampoco era muy bonita. Casi no podían creer lo que su adorado hijo les comunicaba. Enamorarse, eso era lo de menos, pero tratar de contraer nupcias, y esto era lo peor, con la simple hija de una vendedora de leche, parecía inconcebible. Aquel día en que Ramiro les dio a conocer sus deseos, fue una triste fecha entre todas las de su vida. Su padre se puso furioso, tanto, que enfermó del hígado y tuvo que ser llamado de la capital un médico especialista. Duró encamado cerca de un mes y a veces, por las noches y entre sueños, maldecía la hora en que su hijo había conocido a esa muchachuela detestable. El punto cumbre de esta situación lo ocasionaron los señores González, pues como ya tenían a tras mano, con algunas alcahueterías de por medio, arreglado el que su hija única (de poca educación, pero eso sí, de muchísimo dinero) se uniera en matrimonio con Ramiro, al enterarse de aquellas noticias se pusieron furiosos y las consecuencias de su enojo fueron para el pueblo, pequeño pero chismoso, una de las diversiones más regocijantes en aquellos días. Sucedió que al enterarse el Señor Pedro González de lo que para su honor consideraba una afrenta, se colmó de dignidad y de la manera más solemne y seria, fue, junto con su esposa y su hija, ésta bañada en lágrimas, a hacer el reclamo y a exigir explicaciones, además de una o muchas disculpas, por parte de los ofensores. Ya se nota lo ridículo que parecía ante el pueblo tales actitudes. Se habían ofendido porque según ellos, el honorable apellido de los González andaba en las impuras bocas de los pueblerinos y sería objeto de mil burlas y chascarrillos. Se habían ofendido porque todos los planes que tenían forjados estaban a punto de desaparecer. Los padres de Ramiro les habían asegurado que el casamiento casi estaba hecho y ahora, iban saliéndoles con esto. Con demasiados aires de enojo, los González llegaron a casa de los Méndez, entraron y dicen las malas lenguas, que se escuchó lo siguiente: -Buenas tardes- con aspecto despótico saludó Don Pedro. Doña Beatriz, la madre de Ramiro, que en esos instantes se encontraba sola, amablemente respondió. Los invitó a sentarse, pero ellos permanecieron en pie. -Vengo a arreglar una cuestión que yo considero muy seria, tanto para el prestigio de su familia como para el de la nuestra –con voz grave prosiguió Don Pedro-. -¿De qué asunto se trata?- ingenuamente preguntó Doña Beatriz. -¿Cuál ha de ser? Me parece que esa inocencia que muestra usted es demasiado falsa. Bien sabe que vengo a hablar de lo referente a nuestros hijos. Usted había quedado de acuerdo que mi hija y él –despectivamente- se casarían dentro de seis meses y ahora resulta con que Ramiro está enamorado de otra. Pero no es esto lo importante, lo que me da rabia es el saber de quién se fue a enamorar, nada menos que con la hija de una lechera y que sabrá Dios quién sería su padre. No le parece a usted, Doña Beatriz, más que suficiente para que nosotros estemos algo molestos con esta situación? -Supongo que sí murmuró. -Nada de suponer, estamos terriblemente contrariados. Mi hija ha quedado por debajo de esa Pilar. Todo el mundo lo comenta. La despreció por una vulgar muchachilla que no tiene nada de instrucción –en este momento, sin que nadie se diera cuenta, pues estaba tan acalorado el regaño que Doña Beatriz soportaba como mártir, entró Ramiro, iba a saludarlos, pero al escuchar aquellas palabras tan ofensivas para su amada, se abstuvo de hacerlo y decidió escuchar las venenosas opiniones que el Sr. González profería- y mucho menos categoría social. Es una indigna competidora, sí cabe aquí esta palabra, de mi hija. Mi niña que está dotada de todas las cualidades y virtudes que pueden hacer dichoso a un hombre. Por eso usted, Doña Beatriz, tiene la obligación de impedir, ya que su esposo no puede hacerlo por estar enfermo, que el caprichudo de su hijo se case con esa mujeruca. –Aquí comenzó a elevar la voz, casi amenazándola y con los puños apretados por la ira-. Tiene que obligarlo a que desista de esa... -Un momento señor- la voz juvenil de Ramiro se escuchó.- Todos voltearon admirados- ¿A qué se deben tantas amenazas? Esa mujer a quién usted está gritando es mi madre y no una de sus sirvientes. No tiene ningún derecho de venir a gritarnos a nuestra propia casa. Si mis padres habían arreglado que yo me casara con la hija de usted, yo no lo aprobaba. Alaba a su hija porque es usted su padre, yo no. Y si le he de ser franco, me es antipática por orgullosa, porque se siente superior a todas las muchachas del pueblo tan sólo porque tiene padres ricos. –Aurora, que así se llamaba la adoración de los González, escuchaba todo esto, abriendo lo más que podía los pequeños ojos y la gigantesca boca-. Además –seguía Ramiro- si me he enamorado de Pilar es porque he visto que aunque es de humilde origen, tiene muchísimas más cualidades que Aurora. Pilar es buena y su corazón es noble. Aurora es una señorita mimada y malcriada. -Cállate- encolerizado gritó Don Pedro. -Por Dios, hijo, sal de aquí- muy afligida imploraba Doña Beatriz. -Majadero –gritaba entre sollozos Aurora. -Vámonos mejor- furiosa, la mujer de Don Pedro rabió. –Vámonos pronto. -Eso es lo que deben hacer- seguía Ramiro- irse de nuestra casa, rápido, váyanse. No soportamos la presencia de gente como ustedes. Largo. Don Pedro, al ver tan enojado al joven, comprendió que era preferible retirarse; Doña Beatriz estaba absorta. Los González se dirigieron a la puerta. Aurora era abrazada por su madre. La una sollozaba y la otra decía y pensaba mil improperios. Don Pedro al retirarse lanzó una mirada devoradora a Ramiro, quien repetía con voz firme: ¡Largo! Los González desaparecieron. El joven se dirigió hasta donde su madre se encontraba a punto de desfallecer, se arrodilló ante ella y dijo: -Perdóname mamá, pero no podía dejar que te gritara así. Me exalté demasiado y les dije lo que desde hace mucho tiempo debería haberles dicho. -No debiste... –con la voz temblorosa- no debiste ofenderlos en esa forma. -Ellos fueron los culpables. Perdóname por lo que he hecho. Espero que sepas comprenderme, que me comprendas... amo a Pilar y con ella quiero casarme. No me interesa que sea humilde. Lo único que me importa es que es noble de corazón. Nada más. Perdóname.
Doña Beatriz hizo que su hijo se levantara, lo abrazó. Las mejillas se le humedecieron al correr de una frágiles lágrimas que se habían escapado de sus ojos. Ojos de aspecto tierno. Ojos de mirada dulce. Ojos de Madre.
IV. A PESAR DE TODO