Por ver qué grande es el mundo del amor
Chapter 4
No es tan fácil tener quince años como suele pensar la gente. Desde que los cumplí, siento que es difícil esta edad porque, por más que una se diga, y le convenzan los demás de que ya es toda una señorita, por eso y a pesar de todo, la nostalgia de la niñez con frecuencia me embarga. Cuando niña, y apenas parece que fue ayer, me gustaba platicar con la luna, soñaba con las estrellas, iba tras las mariposas, jugaba a la ronda y cortaba flores. Por eso, aunque ya tenga quince, voy comprendiendo la realidad y no puede ser que tan de pronto me pidas que me entregue a ti. ¿Qué me pasaría? Me hablas de placeres del sexo; que nada me sucederá; que hay maneras de no embarazarse y no sé que más. Jugar con muñecas, no es lo mismo que afrontar la obligación de cuidar un niño y lo que tú me dices, no es volar al Arco Iris. No por un acostón voy a levantarme convertida en toda una señora que pueda presumir que a los quince ha tenido ya un amante. Así no quiero comenzar la aventura de vivir mi cuerpo de mujer. Sé que soy una adolescente que va madurando a esta edad de mi vida y que en otros tiempos, ya me hubieran casado y tendría varios hijos. Eran las órdenes de los padres y de los abuelos. Uno no podía elegir, según me cuenta mi abuelita. Usted se casa con el señor y se acabó. Además, casi siempre era una persona que le doblaba a una, la edad. Las mujeres estaban preparadas sólo para hacer la comida, tejer, lavar, planchar y atender las necesidades de su esposo. No eran exactamente Ricitos de Oro o Blanca Nieves; mucho menos celosas Campanitas; mas bien Cenicientas. Las amigas eran muy vigiladas y cuando rompían esos duros reglamentos, les iba muy mal. Las golpeaban, las corrían de su casa, los hombres las consideraban pasto fácil para sus instintos y algunas se prostituían. No les quedaba otra cosa. Por eso creo que se debe esperar a que una esté mejor preparada con estudios, por si nuestro esposo nos sale como los pretendientes que a mí y a mis amigas nos han salido. Nomás quieren divertirse. Así que querido, Jorge, aunque te quiero bien, creía que te amaba (y esto es diferente), yo no puedo aceptar tus proposiciones, aunque te enojes y me digas cursi anticuada; no quiero ser un simple objeto de placer para ti y luego ser arrojada a los desechos. Si te quieres esperar a que yo aprenda verdaderamente a amar y me prepare en todo, entonces podrás hacerlo conmigo, pero legalmente, y acaso en realidad tú seas el príncipe azul que tanto espero. Para entonces, un sólo beso bastará y me entregaré a ti. El primer beso que te dé, será el día en que me digas que para siempre seremos marido y esposa. Antes no. Y no te rías. Ya vez, no es sencillo amar así a esta edad. Es peligroso. En ocasiones tú ni te acuerdas de mí; tal vez piensas que yo con tan pocos años, soy incapaz de amar. Puede que tengas razón, mas así me siento bien. No es simple decir te amo, porque desde siempre, según me han dicho mis amigas más experimentadas, como ya te lo he advertido, tú te reirías más de mí. Para los hombres cada conquista es un triunfo en su cartel. No, en definitivo, no es fácil cuando se ama como yo creo que se debe amar.
Corazoncito mío...
Corazoncito mío, por qué de pronto he sentido que sufres, como si estuvieras viviendo conmigo los primeros instantes de la felicidad, como si se iniciara un recorrido lleno de incertidumbres en medio de promesas de alegría total. Si lloro, si río, si sueño; tú has sido el único que ha compartido mis tristezas o mis alegrías; mis desesperanzas y mis decepciones en estas nuevas experiencias. Tú has temblado conmigo cuando he creído haber encontrado al fin, a ese ser que me motive a entregarle lo mejor de mí, pero que sin embargo, no lo era. Qué puedo hacer por ti, corazoncito mío. No sé si estoy enamorada de mis primeros besos o de él. Me confunde pensar que acaso yo sólo me figuro un novio y mi novio no es lo que yo me imagino, sino otro que no es como mi fantasía me dicta. En el mundo, si gozo o si sufro, sólo tú, mi corazón, compartes conmigo cada lágrima, cada palpitación, cada desencanto de amor. Creo que estoy viviendo contigo los iniciales tormentos de mi dicha primera. Desde que he conocido a Joaquín, para mí ya no hay más besos que los de él. Ha eclipsado a todos los que he encontrado en mi vida. Yo le amo tanto, hasta lo infinito, y tú, corazoncito mío, que palpitas tan fuerte dentro de mí, no ignoras cada pequeña emoción que me produce su presencia ni cada tierna sensación de amor. Mas al pensar en la experiencia de tantos amigos y amigas, conocidos y familiares, a quienes el amor los ha hecho llorar, me da miedo pensar que tú también vas a sufrir conmigo; que es posible que padezcamos la impiedad de los que no aman y tan sólo buscan burlarse o satisfacer sus instintos. Oh, pobre corazoncito mío, tal vez sufrirás un día de más y acaso a cada día más.
ÉL
Amiga, tú que eres su hermana y que sabes este secreto, escúchame. Yo apenas estaba principiando a imaginar cómo sería ese chico de mis sueños cuando lo conocí en la fiesta de tu cumpleaños. De improviso adquirió la forma de él, cual si algo estuviera esperándome para colorear su realidad. Una aparición deleitosa se descubría como un palimpsesto. Tan alegre, tan risueño, tan cordial. Era extraño, pero sentía que ya lo había visto desde mucho antes; que lo había tratado y que sus manos se habían estrechado a las mías mirando las estrellas en las noches claras. Cuando me saludó, al presentármelo tú, sentí la emoción de algo ya visto; creo que me sonrojé, pero nadie advirtió mi rubor. Me invitó a bailar y sin pensarlo siquiera, como hipnotizada, contesté con un sí inmediato, yo que soy medio presumidilla, según dicen las lenguas filosas de mi secundaria. Con él me sentía flotar entre nubes; hasta se me olvidó que no soy muy buena para los bailes y sin embargo, dancé como una estrella de las danzas de salón. Ni un pisotón le di. Te aseguro que yo no lo olvidaré nunca y hoy siento que requiero de su presencia; de volver a verlo; de bailar un vals sin fin, como dice el poeta López Velarde. Tu hermano se ha quedado en mi mente; se ha grabado en mis ojos también y me parece con frecuencia que lo tengo aquí, delante de mí, como en aquella ocasión cuando me dijo adiós con un brillo extraño en su mirada, como ardiente, al despedirnos casi a la medianoche: -Lástima chiquita que mañana me voy a trabajar a los Estados Unidos; si no, te hacía mi novia. Me gusta como bailas y serías mi pareja formidable. Si quieres, podemos estar más cerca hoy. No olvidaré nunca su voz cálida y seductora de veinteañero. Luego me has dicho que él es así con todas y yo me siento turbada; muy apesadumbrada por ello. No obstante, tú, amiga, ayúdame y cuéntale un poco de mí cuando te escriba. Que recuerde que en un rincón del mundo existo yo; que necesito de él; que lo estoy extrañando tanto; ayúdame. Como no alcancé a descubrir lo que realmente eran sus intenciones, tal vez fue lo mejor que pudo pasar, aunque cada día que transcurre, deformo su imagen primera para acrecentarla con virtudes que acaso ni tiene. Mi pura imaginación sensiblera. Soy tan soñadora que rayo en lo ridículo. Un chico como el que aparece en mis fantasías, creo que aún no existe, pero si tu hermano volviera, y me dijera que se encuentra un poco enamorado de mí, acaso sería la efigie que busco; lo escucharía; dejaría que pasaran los meses para ver si es verdad lo que dice; si sus actos coinciden con sus vocablos; lo sometería a pruebas de afecto y sólo de esta manera le diría que sí. Entonces el sabría que desde hace mucho tiempo, aún antes de conocerlo, lo tengo como sembrado en el corazón.
En mi CUARTO
Amanece. El alba ya despunta entre las montañas que rodean a la ciudad y la luz va descubriendo la gran urbe. Yo no he podido dormir durante toda la noche. He sentido una como asfixia en lo profundo de mi pecho; como si un enorme hueco se estuviera gestando, como si me faltara aire, aunque respire bien. De pronto mi corazón se agita cuando recuerdo que desde hace una semana dejé de verlo, pues me dijo que nada quería con un mocosa como yo. Ya escucho por las calles el murmullo de los motores. El mundo, lo sé, es feliz, mientras yo, en mi cuartito estoy llorando por ti. Tú me haces sufrir y no lo sabes. De pronto recuerdo las palabras que me decías: te amo y luego me dabas tan amorosos besos que me hacían flotar. Quisiera vestirme como siempre y correr rápidamente atravesando la ciudad a donde tú me esperabas, sin importarme la escuela, pero luego me avergüenzo. Tantas veces me fui de pinta contigo a Chapultepec; íbamos al lago para pasear en lancha y luego visitábamos alguno de los museos que allí hay. Recuerdo que te fascinaba el de Antropología e Historia mientras yo disfrutaba tus comentarios. A veces te pedía que fuéramos al que a mí me gustaba más, el del Castillo. Tú me decías que esa época gachupina no te interesaba, sino nuestros verdaderos orígenes, los prehispánicos. No obstante, los dos nos divertíamos mucho; o por lo menos, así lo creía en ese tiempo. Luego me dijiste que ya te habías aburrido de mí; que era una muchachita muy puritana que no quería más que ver museos, en vez de irnos a un lugar más apartado y disfrutar de nuestra intimidad. Yo resistía. A veces estuve a punto de ir a tu casa, cuando según me decías, tu familia no estaba. Lo pensaba hasta tres veces y me negaba. Creo que no era aún lo correcto ni el tiempo adecuado para disfrutar lo que me proponías. Cuando nos casemos, te dije un día y tú te molestaste tanto que dijiste que era demasiado esperar y que mejor, el se adelantaría con otra que había conseguido, menos santurrona y burguesa que yo. Me dejaste sola, a mitad del bosque. Como no llevaba dinero, tuve que regresarme a pie desde allá hasta mi casa. Oigo las voces de los niños que poco a poco están llegando hasta mí y comienzan a jugar. Como quisiera regresar a ser niña; ser como antes; sin esta inquietud fantasmal, porque ellos son bienaventurados así y aún no piensan en el amor. Bueno, en fin. Basta. Creo que ya lloré mucho, como dice mi abuela que también lo sufrió, pero en mi casa no hay un cuarto para llorar como el que ella tuvo antes de la Revolución. Debo dejar de hacerlo y resistir este abandono que por primera vez siento en mi vida. La escuela me espera.
chicas y chicos
Salgo. Voy lenta por la calle. Como es muy temprano hay poca gente. Falta aún una hora para iniciarse las clases. Siento algo como frialdad, como si tuviera la sensación de cuerpo cortado, previa a la gripe. Es como si se agigantara una enorme ausencia dentro de mí, pero sigo adelante. Quiero no pensar en nadie. Sólo en lo que será de mi vida cuando sea mayor. Faltan casi dos meses para que cumpla dieciséis años. Pienso algo del ayer, cuando eran los días de los bellos Arco Iris y los gozaba desde la azotea de mi casa al lado de mi mamá, mientras tendía la ropa después de la lluvia. Anhelo ser como era; volver a mis ocho años y pensar en la merienda con pan de chinos que mi papá nos invitaba. Tomo el autobús. Me acuerdo de aquél chico con el cual me tropecé. ¿Dónde estará ahora? ¿A quien habrá engañado ya? ¿O lo habrán engañado a él? ¿Será feliz o se sentirá tan solo como yo? ¿Por qué las palabras de mamá no me consuelan? ¿Ni los mimos de mi padre? Ninguna gracia me hacen las burletas de mi hermano cuando me dice que parezco la flaca calaca. Sin embargo aquí voy. El omnibús llega a la parada de mi destino y con parsimonia desciendo de él. Miro a mis compañeros y compañeras que van llegando. Mi ojeras delatan que no duermo bien. Me siento diferente, como si hubiera arrojado mi corazón a los cuatro vientos. Me detengo un poco y me quedo observando a mi alrededor. Todos los chicos y chicas que tienen mi edad vienen caminando enamorados por las calles; sus miradas en sus miradas y sus manos entre sus manos. Parece que saben muy bien lo que buscan y van como perdidos entre sí; sólo yo, divago por las calles de mi pena sin nadie que me ame. Y cuando veo que todos se aman y que él ya ni se acuerda de mí, pienso que ha de ser porque no lo miré como otras acaso lo ven; coqueteándole. De improviso, al ver que todos se van besando, a veces con ternura y en otras con pasión, quisiera correr a buscarlo, mas no sé en dónde estará y luego luego me arrepiento porque está visto que él, ni siquiera se ha de acordar un poco de mí. Al discurrir que todos se dicen palabras que él nunca me dirá, me hundo en tanta tristeza que ya no sé que más hacer. Si encontrara alguien que seriamente se fijara mí, ya no me atormentaría este sentimiento extraño de soledad. Y sólo de pensar que nunca lo veré a mi lado, siento que él no ha de estar tan solo como yo. Debe tener compañías de sobra. Si me hubiera querido en verdad, hubiera regresado alguna vez y quizás a esta hora estaríamos juntos. Por eso ahora me comienza a parecer lógico que mis compañeras se fijen en chavos de nuestros mismos años. Aunque sean tan torpes y encimosos, con charlas tan insulsas: que si el fútbol, que si el billar, que si el pleito de... Bah, tonterías. Yo creía que no existía mejor pareja que uno de veinte para arriba. Ellos sí saben ya muchas cosas más que nosotras. El problema es que todos sólo quieren pasar un rato sabroso con nosotras y yo no soy tan imbécil como para aceptar que me usen. ¿Estaré desprevenida para el tiempo del amor? ¿Será por eso que yo no he conseguido aún a quien amar? Muchos sólo ven en mí a una ingenua colegiala con la cual quieren divertirse y hacerla su queridita. Pero ese no es el amor en el que yo pienso, sino el que se da durante todas las horas cotidianas: la primera felicidad del día al verlo despertar por la mañana o que nos despierte; los dulces encuentros en el transcurso de la tarde y la dicha de apagar la luz cuando se va uno a dormir: último júbilo del día. Francamente yo no miro nada de entretenido hacer un noviazgo con los mocosos de mi edad. No sé porqué. Son tan anodinos. Ese amorcito no dura siempre. El verdadero amor es para toda la vida. Estoy de acuerdo que estas aventurillas con jovencitos de nuestra edad constituyen un ensayo de lo que podremos hacer después, pero yo ya lo superé. No entiendo por qué algunas son tan tontas que los toman como el cariño eterno, mientras ellos juguetean con otras. Debe ser el aprendizaje que los chicos también quieren lograr. Sin embargo, un día, lo presiento, voy a poder tener a quien amar con devoción; un amor tan mío y tan grande que a su vez me ame con sinceridad, tal como mi padre y mi madre veo que se han amado. Entonces también yo seré suya y tendré alguien por el cual vivir; una pareja que me musite al oído: te amo.
suena, teléfono
Yo no sé por qué tanta insistencia la de Ignacio en que le diera mi número telefónico. Sonia y Beatriz se quedaron admiradas al darse cuenta que el muchacho más guapo y atlético de la Facultad de Medicina me hubiera pedido tal información. -Éste es como los que te gustan.- me dijeron- Ya la hiciste. -¿Por qué han hecho esto? Saben que a mí no me gusta andar de ofrecida. –Respondí enojada. Ellas se rieron con gran jocosidad y me dijeron que no me hiciera la mosquita muerta. Bien que andas espere y espere una oportunidad como ésta. -¡Pues no es cierto! Yo, por hoy, sólo quiero dedicarme a estudiar. -¡Huy sí¡ ¡Qué estudiosa me saliste! ¡No seas teatral! No te queda hacerte la santurrona. Esta es tu oportunidad; aprovéchala. Es muy buen partido. En la uni todas las chavas quieren con él y él ahora ¡te está buscando!- Yo no les hice más caso, levanté mi nariz y las dejé indignada. Sus carcajadas aún resuenen en mi mente. En realidad no sabía si me encontraba molesta o algo gozosa de ser el centro de atención de mis querendonas amigas. Yo qué iba a estar dándole mi número, sin embargo se lo di ante tanta insistencia de él y la presión de mis escandalosas amigas. Y ahora aquí estoy, sin saber por qué, inquieta porque Ignacio no me llama. Sé que él trabaja de modelo para sostener sus estudios y por eso hace tanto ejercicio. Es todo un campeón fisicoculturista. Lo más interesante es que es inteligente y culto; muy refinado y no un simple costal idiota de músculos. Esa ocupación que realiza por necesidad a mí no muy me agrada, pues está muy expuesta a ser atrapado por las viejorronas ricas e insatisfechas que andan en busca de jóvenes para que les satisfagan los deseos que sus viejos y asquerosos maridos ya no les cumplen porque andan con otras; sus secretarias; sus socias; sus empleadas o quién sabe quién. Es fácil así que se vuelvan mantenidos y se queden acostumbrados a que los sostengan esas señoronas en todo. Yo jamás haría eso. Ya parece que voy a trabajar para mantener a un hombre. ¡Holgazanes! Ni por más enamorada o apasionada que estuviera. Claro que no soy como mi tía que sólo quiere ser mantenida por su marido. Hoy entiendo que las necesidades económicas son muy fuertes y que un solo gasto no alcanza para sostener una vida matrimonial tranquila. Yo trabajaría en mi carrera elegida, pero junto con mi esposo, quien también laboraría en la suya y unidos nuestros sueldos nos permitirían llevar una vida sobresaliente, respetuosa de nuestras respectivas profesiones. Así nuestros hijos crecerían con una educación esmerada que los prepare para su vida adulta. (Ay, me oí como mi mamá o como la orientadora de mi secundaria) Pero el teléfono sigue sin sonar y yo como que me estoy poniendo nerviosa y a cada instante más inquieta. ¿Y si no llama? ¿Estará molesto conmigo? Me había invitado al cine y yo lo dejé plantado. Qué mala soy. Me estoy poniendo ansiosa y ya no puedo salir a esta hora. Mis papás no me darían permiso; ya es bastante tarde. No obstante, quién sabe por qué, estoy segura que antes o después me va a telefonear. En su voz y en su mirada detecté cierta sinceridad. Ojalá que así sea. Es una lástima si dejo pasar esta oportunidad de verlo. Pero yo tengo la culpa por sangrona. A lo mejor las muchachas tienen razón y en él, al fin encuentro el camino de mi felicidad futura. No puedo explicármelo bien, mas estoy segura que me va a telefonear. Sí, me telefoneará. Debo aguardar su llamada. ¿Y si aún me estuviera esperando en la entrada del cine? Hubiera ido. Tal vez piense que no me interesa y lo perderé. Háblame ya. Si al menos hubiera anotado el número telefónico que me dio para contactarme con él; haciendo trizas con mis reticencias y prejuicios le hablaría para disculparme y ofrecerle una nueva cita. Creo que no puedo dejar de pensar en él y por lo que le he hecho, lo he principiado a amar. ¡Pobre cariño mío! Son ya las once y no me ha hablado, pero aún creo que me telefoneará. Anda, háblame ya, Nachito! Si mañana, a la salida de la escuela, lo veo molesto, estoy segura que ya no me va a hablar y eso será indicio de haberlo perdido. Mas no voy a desaprovechar esta oportunidad, le enviaré un recado donde le diga que mis padres no me dejaron salir; que me disculpe. Estoy segura de convencerlo. Ya son las doce pero, no sé por qué, presiento que aún me telefoneará. Si lo hace yo le diré que es un buen muchacho, diferente de todos, que sus ojos son francos y con sus frases gentiles me ha convencido de salir con él. Suena, teléfono; por favor telefonito, suena. Ya dio la una de la madrugada y yo, por tonta, sigo esperando.
EL MUCHACHO MÁS TRISTE
El muchacho más triste de la secundaria hoy se me ha quedado mirando. Me sentí un algo apenada porque como todos se burlan de él, yo no supe cómo reaccionar delante de las muchachas. -Te está viendo el bobo.- me dijo Sonia entre sonrisas burlonas. -Sí, ¿y qué?- le respondí como indiferente.- Tú sabes que a mí no me atraen los chicos de nuestra edad. No quiero parecer su mamá, pues aunque tengan los mismos años que nosotras se portan como falderos. Mejor sigamos jugando voleibol y concéntrate antes que descubran que tú eres el pan. -¡Ay, qué genio! Pero no dirás que es feo el chico ése. Lástima que parece tan enfermizo. Se le nota lo enclenque desde lejos. -¡Ya pon atención y concéntrate en el juego!- dije como muy mandona. Y sin que nadie lo notara, mientras yo daba el saque de pelota, con el rabo del ojo, lo veía y sentía cierta conmoción que oscilaba entre el disgusto y la ternura.
Esta mañana cuando el bobo iba pasando a mi lado, me ha sonreído y su sonrisa me hizo sentir que sólo era para mí su saludo. Estoy segura. Seguía viéndose tan triste, como el más triste de todos y de siempre. Es raro, pero desde ese momento me ha conmovido y ahora no puedo dejar de pensar en él, mas de una extraña y distinta manera. Como que todos mis fracasos anteriores se han eclipsado y no me importan. Algo insólito me está sucediendo. Es sin duda un chico diverso de los otros, pero viéndolo bien es muy guapo. Flaquito sí, pero tranquilo e inteligente; serio y se ve que es estudioso. Cuando camina no mira a nadie; es como si viera al piso, sin embargo, si ando por ahí, levanta su pálido rostro y solamente a mí me ve, como si yo fuera su alegría. A pesar de todas mis experiencias, confieso que aún no sé que cosa sea realmente el amor y al contemplar su mirada clara creo que estoy a punto de descubrir un atisbo de él y me surge otra manera de buscarlo. Acaso lo encuentre. Tal vez sea como una necesidad de hacer algo por quien creemos que nos necesita. No sé qué es lo que me acontece, pero si él me sonríe, yo he comenzado a sonreírle. Recuerdo la tarde en la que nos encontramos al salir del museo. Yo me estremecí cuando lo vi tan cercano. Se veía lindo en su palidez y su flacura parecía pedir una caricia. Yo no entendía nada ya y me sentí confusa. Él me preguntó sobre lo que más me había gustado del museo. Yo no sé ni lo que le dije, pero sentí mucho gusto de responderle algo que no recuerdo. El sonrió como iluminado y yo sentí como una luz que me penetraba el alma. Creo que así fue naciendo esta emoción que siento ante él. Es como un gusto de acercarme a su corazón. Por eso hoy creo que esto va más allá de una condescendencia. Creo estar segura que ya es amor, aunque sea de mi edad. Es tan tranquilo en lo que me dice y no esconde misterios. He platicado con él y le he dicho que me agrada su manera de ser, que no cambie; que continúe así de tierno; que se quede por siempre como es. Él sólo acertó a murmurar que lo que le pidiera, eso haría. (Sigue así para mí) pensé un poco sonrojada, como si él me hubiera escuchado. Es tan disímil a todos los que he conocido. Sólo a mí me busca y me ve en silencio con una sonrisa que ha comenzado a fascinarme. No habla mucho, me contempla como con devoción y no intenta impresionarme. Sólo cuando le pregunto algo, me responde siempre con gran tino. Muestra una fuerte cultura para su edad, pero no es pedante. Acaso por parecer tan triste me ha conmovido y no pienso más que en él.