Por ver qué grande es el mundo del amor
Chapter 2
A mi edad, quién lo dijera, se comienza a descubrir y a tratar de comprender ese sentimiento que es el amor. Se empieza a buscar a un ser que llene nuestras ilusiones y con quien pueda una soñar. A estas alturas de la vida, casi a punto de cumplir mis quince años, se deja de jugar y se principia poco a poco a hablar con la voz del corazón. Creo que para mí ha llegado ahora la edad de comprender, cuál es la realidad de los pensamientos amorosos y principiar en verdad a entenderlos. Es como una extraña e indominable necesidad de buscar a alguien con quien compartir afanes, con quien platicar en los atardeceres para desentrañar emociones, a veces incomprensibles y disímbolas. Es como un impacto que recibimos cuando nos vemos en el espejo y en el otro lado no estamos nosotras, sino un chico que parece tener algo de lo cual una carece y él nos lo complementa. El problema radica entonces en aprehenderlo y sacarlo de ahí para darle una forma real. Es como si de pronto un Arco Iris vaporoso desapareciera y se volviera tan difícil hacerlo tangible, cual una refracción de la luz. Cuando he leído algunas novelas y obras de teatro creo haberme enamorado de muchos de esos personajes que quisiera fueran existentes: me enamoré de Dafnis, el de Cloe; de Simbad, el marino; de Romeo, el de Julieta; de Segismundo, el de La vida es sueño; de D’Artagnan, el de Los tres mosqueteros; de Martín Garatuza; de Bécquer, el poeta; de Juan de Pardaillan; de Stephen Dedalus, el artista adolescente, entre otros y sentí un ternura muy triste por el niño que enloqueció de amor. Creo que el amor es como el arte, una refracción de nuestro ser que se manifiesta en los hechos y palabras del otro. Cuando siento que amo, lo que digo a quien amo es entendido con el corazón y no con el cerebro. Eso mismo he sentido cuando alguien dice que me ama. Lo malo que hasta ahora no he sentido sinceridad en quien dice que me ama y yo me voy quedando como con una extraña sed. Mi mamá me ha dicho que estoy muy joven para preocuparme por el amor y por hoy, lo único a lo que debo dedicarme, por ser lo más importante en mi edad, es mi preparación; mis estudios; y lograr una carrera profesional. Luego, en ese sendero, podré ir experimentando poco a poco las sensaciones y emociones del amor. Por lo pronto no le hago el feo los chicos que me agradan, pero no doy mi brazo a torcer. Que me rueguen... y alguna invitación a comer la acepto; que paguen por mi presencia; por verme; por mi conversación y nada más. Una sonrisa y ahí nos vimos.
POBRE FÉLIX, POBRECITO
Dicen que Félix, nuestro compañero más relajiento y presumido del grupo, en un principio era tímido y aún a los doce años, de la nada todavía lloraba. Y es que como transcurría la solariega vida que sus padres le brindaban entre caprichos y retobos, al entrar en la secundaria común, nadie le guardaba las consideraciones familiares. Era uno más de nuestro salón. Desde pequeño, sus progenitores le habían dado todo lo que el pedía. Lo que él deseaba, se ponía a su disposición de inmediato, porque si no, el lío que armaba con sus gritos de enojo y de protesta, resultaba insoportable. Y su madre lo llenaba de mimos y de caricias; su padre de elogios y de esperanzas. Con cuánta inquietud habían esperado el momento de la llegada de su primer heredero. Difícil espera porque los médicos habían dicho que la señora nunca podría tener hijos. ¡Qué ansiedad de poseerlo entre sus brazos y de sentir el cuerpecito recién nacido palpitando entre los arrullos y los cantos que de sus labios tenían proyectados para surgir en la hora del anhelado acontecimiento! Con cuanta precaución y cuidados transcurrían los días en los que el nuevo ser dormía aun en el vientre materno, sin sospechar siquiera los sucesos externos. Cuando nació, ellos se sintieron satisfechos. La felicidad había abierto imprevistos panoramas ante las miradas amorosas que se diluían en el apenas nacido. Sus corazones de padres palpitaba de emoción y de alegría. Ahora sí lucharían con mayor temple para forjar un destino en el cual la abundancia permitiera al pequeño la dicha de nada carecer. Promisoria se aparecía la vida en su desgranar de sueños e ilusiones. Tal vez por el beneplácito provocado no había habido otro mejor nombre para el niño que Félix, quien lleva latente en su mundo la euforia de las sonrisas y la alegría, quien sería la causa por la cual dos seres se esforzarían en alcanzar el privilegio de la comodidad social. Y resultó que Félix fue creciendo. No había mayor tesoro en esta familia. Su pequeño Félix, tan gracioso para los ojos de una madre, y tan delicado para las manos de su padre, se fue habituando a las lisonjas y a la solución de todas sus ingenuas peticiones de niño. Si no, gritos de espantosa furia ante el no cumplimiento de sus antojos; a causa de ese enorme amor que le tenían, se aprovechaba de ello y lo usaba como pretexto para encapricharse y no querer más que lo que colmara su rabieta. Su padre era un triunfador en los negocios. El comercio le había dado más allá de lo habitual para forjar una vida desahogada y libre de miserias. Sin embargo, a su pesar, se sentía insatisfecho porque no había podido terminar la profesión que él hubiera deseado, aunque luego, su pesadumbre desaparecía en cuanto pensaba en su hijo. El sí que llegaría hasta la cumbre de la cultura. Si él no había tenido la gran preparación académica que lo frustraba, su hijo sí la tendría. Por ello le daba todo; no quería que cualquier insignificancia pudiera servir como obstáculo para la culminación de sus propósitos. Félix tenía que ser lo que él no había podido; por dinero no importaría. Era rico, su trabajo y su astucia le había costado, y por nada del mundo destruiría su máximo anhelo: Félix, convertido en un gran talento. ¡Gran cultura será la de mi hijo! Y sucedió que Félix se hizo adolescente y acudía a la secundaria donde como yo, iba en tercero. Ninguno de los compañeros dejaba de percibir el comportamiento extravagante y fachoso del mozalbete. A todo mundo impresionaba con las promesas de su padre: -En cuanto termines la secundaria, te compraré un auto deportivo del año y te mandaré a Estados Unidos para que allá hagas la high school ¿Cuánto quieres más para tus gastos de la semana? Pide mi hijito, pide… ya sabes que no te negaré nada…- y sus condiscípulos quedaban admirados de lo que les contaba. Por si fuera poco, Félix también era el chistoso de la escuela y el coraje vivo de los maestros porque no ponía atención; además de ser el ausente eterno de las clases y como si se lo propusiera, la promesa falsificada de los suyos. Su ley era el escándalo y el exhibicionismo; la sorna y el menosprecio. Para todo estallaba en carcajadas y en bromas y hacía de la burla su máximo goce. Como era tan rico…por lo menos eso ostentaba y parecía. Mas, a pesar de sus riquezas, no era el de mayor atractivo dentro de los amigos que siempre lo rodeaban. Se podría afirmar que en el fondo era despreciado por ellos, pues veían en él, al niño consentido de papá que se comportaba a la altura de su infantilidad, pero al cual podían sacarle refrescos y bocadillos dándole por su lado. En cuanto entraba retardado a escuchar alguna clase, sus compañeros lanzaban exclamaciones en broma, de disgusto y de rechazo, pero Félix se complacía en ellas, como si gozara siendo el eje juglaresco de su grupo y al contrario, parecía sentirse más satisfecho con aquellas demostraciones de repulsión que para nada hacían daño a la insignificancia de su espíritu bufonesco. Pronto su padre se dio cuenta, porque los resultados de las calificaciones obtenidas por su hijo dejaban mucho margen para poder catalogarlas como magníficas. La mayoría de las asignaturas cursadas, las había reprobado; las notas entorno a su conducta eran severas y el número de faltas infinito. No obstante, cual clásica tormenta en un vaso con agua, los regaños pasaban y de modo simultáneo, los ruegos de los padres para que se aplicara, también. Así desfilaban las promesas de mejora en una incesante promesa: -Ahora sí ya me voy a portar bien, jefe. -En mi casa no me hacen nada. presumía a sus condiscípulos - Tengo todo lo que quiero. Los viejos me dan bastante… más de lo que quisieran ustedes…pelagatos.- y entre bromas y risas se echaba a correr como si deseara demostrar su agilidad. Quienes lo veían, le lanzaban insultos y vituperios, pero él no contestaba, sino que parecía gozar con lo que le decían; como payaso en aplaudida escena. Con su risa desfachatada, con sus desparpajo insolente, con sus poses entre machistas y afeminadas producía bastante repudio en muchos de los compañeros. Cierto día lo mandó llamar el director de la escuela para amonestarlo por su comportamiento incontrolable y ante las palabras que escuchaba, únicamente mostraba un rostro sereno con ojos maliciosos y sonrisas de desprecio e indiferencia. Tal vez por dentro se reía a carcajadas. Qué importaba lo que pudieran hacerle; su padre se lo daba todo y no necesitaba más. Lo primordial era vivir gozando. Lo demás nada le interesaba; sólo lo divertido. Al fin y al cabo para eso tenía dinero suficiente y más…Qué le habría de preocupar; que siguiera hablando el viejo loco; y por dentro se reía de él, pensando acaso: entrometido, meterse en donde no le llaman, diciendo idioteces que en nada me afectan. Qué diablos le incumbía su vida. Él sabía lo que hacía… y lo que pensaba y lo que decía. Maestrito muerto de hambre. Después del sermón y de fingir agobio, no por arrepentimiento, sino por fastidio, Félix salió hacia donde mismo, a continuar con su vida caifanesca y con su proceder pueril; con sus risas mustias y con sus palabras huecas. Por fuera era el mismo, aunque por dentro, a decir verdad, parecía sentirse algo incómodo por la regañada. Le habían molestado algunos juicios del director en contra de él: -Viejo desgraciado, me las pagará. Esa noche meditó largamente. Tal vez tenían razón quienes buscaban para él lo mejor, pero… ¡qué aburrido ser como todos, igual…! ¡No! El no había nacido para convertirse en un sacrificado…Eso es cosa de imbéciles. Gozaría la vida sin pensarlo siquiera, aunque lo juzgaran mal. Su padre era rico, ¿y para quién lo era? ¡Sólo para él! Para que se gastara sus riquezas y fuera en verdad dichoso…Además, últimamente ya estaba sintiendo cosquilleos en el sexo y pensaba invitar a sus cuates para estrenarse, según lo oí decir, en alguna de esas casas de las cuales se había informado ya. Así siguió con lo mismo, como siempre, sin importarle nada de lo que tenía la posibilidad de adquirir. Algunos compañeros envidiaban con tristeza la oportunidad que él desaprovechaba, pero después, lo compadecían con infinita lástima porque sabían que de continuar así, y era lo más seguro, nunca pasaría de ser un niño bien más, mimado y caprichudo; ignorante, torpe, vanidoso y vacío. ¡Quién sabe dónde terminaría! Quizá de cínico, de sádico, de alcohólico, de drogadicto. Y ante las bromas que realizaba y las ocurrencias que se ufanaba en pregonar, todos reían y lo festejaban, mientras les convidaba las cervezas en la tienda de la esquina. Y arqueando la ceja izquierda los dejaba con aires de desprecio mientras corría hacia su motocicleta. Una vez montado en ella, arrancaba a toda celeridad armando el gran escándalo ante los ojos envidiosos de la bola de pobres y matados diablos, según les gritaba a carcajadas que se perdían en la distancia. Parecía sentirse el ángel poderoso y triunfal de la velocidad. Hoy pienso, porque Félix me es simpático, a pesar de todo, en lo que se le espera si algún día se queda sin nada. Nadie sabe los vuelcos que da la vida, como dice mi abuela. Se arrepentirá. Hoy se siente el las puedo todas, pero después, cuando esté más solo que nunca, cuando nadie acuda a darle un consejo, una palabra de aliento o un estímulo a su fracaso... ¡Pobre Félix! ¡Pobrecito!
UNA ROSA DE Viena
Querido Fabio, te escribo estas líneas porque quisiera que al recibirlas te acompañaran en los momentos de soledad que sin duda debes tener ahora que haces tu servicio social en Europa, gracias a la beca que tu aplicación te hizo ganar. Perdóname tanto “que” en mi redacción, pero los nervios me hacen precipitar mi escritura y suelo cometer esos errores que según dicen en la clase de Español, deben evitarse. Creo que a tus veinticuatro años has logrado un triunfo que pocos en nuestro país disfrutan. Pero además fue también mucha suerte. Sabes que te quiero con gran ternura desde que te conocí en aquella tardeada. Cómo iba a imaginar que tú te pudieras fijar en una tonta quinceañera como yo, tan romanticona. Tú que tenías amigas muy de onda; arrojadas y dispuestas a todo. Pero ya ves, te hiciste mi amigo y las muy locas me han perseguido con envidia. Una de tus preparatorianas hasta quiso golpearme. Pero yo le aclaré que sólo éramos amigos y nada más. Ella no lo creyó... y luego te fuiste. Se quedó colgada en sus celos infundados y más coraje le dio, no sé por qué, cuando se enteró que me escribías. Y todo por Elizabeth, que no sabía que fuera tan chismosa. Creyéndola mi amiga, le mostré una de tus misivas y se la leí muy emocionada. Lo que se ha de haber reído de mí por dentro. Cuando supe que lo andaba divulgando y decía que yo era una cursi, me sentí ridícula; por poco lloro, si no hubiera sido porque casi simultáneamente recibí otra carta tuya. Eso me reconfortó y me propuse no hacer caso a las murmuraciones del salón. ¡Qué les importaba! me dije y me hice la indiferente. En el fondo me sentía orgullosa de tanta envidia. Imagínate: un chico, tú, me escribes constantemente desde allá. Y no importa qué. Según me has contado, muchos de los fines de semana te vas a visitar las ciudades europeas cercanas a París y por eso dejas de escribirme a veces, como yo quisiera. Pero tus postales sí me han llegado. La catedral de Notre Dame me recuerda la novela de Víctor Hugo. No sabes, cuando la leí me sentí la bella Esmeralda y a ti, te vi como el guapo capitán rendidamente enamorado de ella. Muy bonitas fotos las de tus paseos por el río Sena, el hermosísimo templo de la Magdalena, la Torre Eiffel, el Arco de Triunfo, la Plaza Vendome, la plaza de la Concordia, el Sagrado Corazón, Montmartre, los bosques de Bologne, el museo del Louvre y tantas y tantas bellezas más. De igual forma recuerdo las que me enviaste de la linda Venecia, sus góndolas y sus canales y las muy impresionantes de Florencia. Esa foto del Duomo de Milán es portentosa y Roma, qué barbaridad; la de historias románticas y apasionadas que se habrán tejido entre la maraña de sus calles y obras de arte. Como que ahí pasea la dulce vida, según se aprecia en una película que vi hace poco. No sabes cuánto me gustaría ir allá y ver todo lo grande que es; aunque mejor sería, para que tú me llevaras por esos sitios fascinantes que imagino desde aquí y que, según pienso, ya conoces tú muy bien. Igualmente fueron lindas las vistas que me enviaste de Londres. ¡Qué ciudad! Y las de Bruselas y Brujas; no se diga las de Berlín o las de Atenas. Este viaje, según me relataste, fue más pesado, pero tú afirmas que viajar en tren hace conocer mucho de lo que no presume el turismo, sino la realidad de esas gentes. Me da gusto que hagas tan hermosos recorridos. Has de haber tenido multitud de experiencias y aprendizajes al por mayor. Esa sí que es una bella clase de Geografía y no las que nos dan de puro bla bla bla. Ni siquiera un documental nos pasan para, aunque sea de lejos, creer que conocemos la geografía. Ojalá que cuando vayas a Viena, según me escribiste en tu última carta y donde dicen que cultivan unas rosas muy bellas, me mandaras una, como muestra de que me recuerdas; de que estoy presente en tus añoranzas; de que a todas las partes a donde vas, me llevas como compañera. Así podré saber que era verdad lo que me decías; que te gustaba estar mucho conmigo y platicar. Hoy quiero pedirte algo: te suplico que me mandes muy pronto una de esas rosas, una pequeña rosa de Viena. Es lo único que quiero de ti. Nada más. La guardaré en mi rincón favorito y siempre la miraré y la acariciaré como si te estuviera viendo a ti. Te ruego en verdad que me la mandes. La tendré siempre presente y en silencio la estrecharé sobre mi corazón. (Definitivamente sí soy una cursi, pero siento tan hermoso hacerme ilusiones. Acaso mañana llegará la rosa intercalada en una de sus cartas o de sus postales. Así sabré que sigo viva.) Escríbeme pronto, pues hace tanto que no me escribes ya. Dime que piensas en mí, amigo mío; creo que una amistad como ésta no la tengo de nadie; sólo de ti. Envíame esa rosa de Viena, por favor, como si fuera un sol. Así sentiré que su luz me alumbrará hasta que tú regreses. Que seas feliz.
Hoy me llegó la carta esperada, pero no era de Viena, sino de Berlín, para comunicarme, por ser su gran amiga, el aviso de su matrimonio con una alemana, compañera de estudios. No sentí rabia ni decepción, al fin y al cabo yo lo imaginé todo. Aquí terminaban mis lecciones ilustradas de geografía europea. Sin embargo, en mis quince años, que cumplo la semana que viene, bailaré el vals de Los Bosques de Viena y al ir girando en los brazos de mi chambelán, pensaré que las rosas que luciré en mi vestido, son de allá y me las enviaste tú. ¡Qué loca idea!
las clases están acabando
Otro año más en la escuela secundaria. Lo bueno es que ya es el último. Me espera el bachillerato, aunque no sé si cursarlo. ¿Para qué, si no creo llegar a terminar una gran carrera? Mi padre, aunque se desvive por ganar dinero, no logra más allá de lo suficiente para sostenerla y mis hermanos a lo mejor, sí pueden aprovechar los estudios; aunque quien sabe. Ricardo apenas va a entrar a la secundaria y como siempre anda de vago con sus amigotes de la cuadra jugando a las maquinitas cuando no juega basquet: no sé. Betito, por lo menos ya aprendió a leer y pasó a segundo de primaria. Yo lo quiero mucho porque ha sido como mi muñequito viviente con el cual me he divertido peinándolo, dándole de comer, bañándolo. Aunque ahora esto último ya no le gusta. Dice que ya está grandecito y que puede hacerlo solo. Yo me siento como despreciada y me entra una nostalgia de cuando era mi bebé, como le llamo, y tenía uno o dos años. Ahora ya hasta me rezonga. Esto me hace meditar en lo difícil que ha de ser tener hijos propios. Por ejemplo, me pongo a pensar en mamá que nos ha criado pacientemente a todos y fuimos, acaso también, su repetición infantil de jugar con sus muñecos o con su muñequita, como aún me dice a mí. Cuando veo cómo le impedimos que nos acaricie o nos haga algún mimo: -¡Ay, mamá, estate quieta, ya no soy una niña para que me acaricies el pelo! Me siento como si fuera tu perro. – al instante me arrepiento por mi expresión y reflexiono que ha de sentir lo mismo que yo con Betito. A mí como que me entra una sed infinita de ternura con mi hermanito. ¿Será eso que llaman instinto maternal? Ha de ser curioso tener muchos hijos. Yo, por lo menos, por hoy no me interesa, aunque cuando veo los desprecios de mi bebé, como que me dan ganas de tener ya los míos. Pero eso no se puede, por hoy. Me figuro la responsabilidad de tener un niño o una niña entre los brazos y sobre todo, a quién elegir como su padre. Hay muchos chicos sí, pero casi a ninguno me lo imagino como mi esposo. Son tan payasos y presuntuosos. No más les gusta andar correteando su maldita pelota de fútbol y estar en la esquina amontonados maloreando a las chicas que pasamos por ahí. Son unos montoneros cobardes. Siempre en bola, parece que no puede quien así lo desee, hablarle a una, de manera seria y no con tanto relajo escondiéndose entre el montón. Tiempo al tiempo, me digo, como dice mi papá. Tal vez cuando llegue el momento meditaré más en el dichoso papel de mamá, pero por hoy, tengo que apretarle a los estudios, pues los exámenes finales se aproximan y yo sí quiero sacar mi certificado de secundaria, aunque algunas de las más vaciladoras de mi grupo presumen de no importarles. –Me da igual. En cuanto salga me voy a casar. -Ni sabes lo que estás diciendo.-le digo- ¿Qué tal si nomás te engañan y te dejan toda amolada y con un hijo? ¿Con qué preparación vas a afrontar tu problema, porque quién te va a mantener? Tal vez en tu casa, pero ¿siquiera piensas en los reproches que te harán? ¿Y si nadie te apoya? Vas a tener que trabajar en empleos mal pagados y a veces humillantes. Creo que en eso tiene razón la maestra de Español cuando nos dice que ella se preparó para superar los posibles problemas matrimoniales. Si su marido le salía holgazán o traidor, ella tenía con qué defenderse de la vida. Y yo pienso que hay que estudiar lo más que se pueda y si no se puede, ver la manera de no quedarse doblegada. A mi papá le cuesta mucho trabajo sostener a nuestra familia, porque lo que gana apenas si le rinde lo suficiente; por eso mi mamá le ayuda vendiendo zapatos y ropa entre los vecinos y algo es algo. Ante el ejemplo de ambos, yo pienso, si entro al bachillerato, buscar un trabajo, por mientras, que me permita ayudar a la economía hogareña y a la vez me facilite fondos para estudiar. Bueno, eso es lo que digo. Por ahora, las clases están por terminar y aunque debía sentirme triste, se me ha ido despertando una efervescencia que me alegra: tal vez en mi futura escuela todo será diferente y aprenderé algo realmente interesante. Ya veremos; mejor abro el libro de matemáticas y me pongo a resolver esos problemas que me dejaron de tarea, aunque yo no les veo qué maldita aplicación les voy a dar cuando la vida me plantee los suyos. Que las tangentes, que las secantes, que las ecuaciones, que el pipo...
PEQUEÑA HISTORIA DE UN JOVEN POBRE