Por ver qué grande es el mundo del amor
Chapter 1
POR Ver QUÉ Grande Es El MUNDO DEL AMOR...
Primera Edición 1971.
{|width="100%" | | align="right" | Página |- | Preludio | align="right" | 3 |- | Otra vez yo | align="right" | 7 |- | Primera vez | align="right" | 13 |- | El tropezón | align="right" | 17 |- | Si fuera hombre | align="right" | 25 |- | A mi edad | align="right" | 29 |- | Pobre Félix... ¡Pobrecito! | align="right" | 33 |- | Una rosa de Viena | align="right" | 43 |- | Las clases están acabando | align="right" | 49 |- | Pequeña historia de un joven pobre | align="right" | 55 |- | El mundo entre las manos | align="right" | 63 |- | Eterno retorno | align="right" | 67 |- | Como tú, nadie | align="right" | 71 |- | ¡Qué me importa el peligro! | align="right" | 75 |- | Mi rival | align="right" | 79 |- | No es tan fácil tener quince años | align="right" | 83 |- | Corazoncito mío | align="right" | 87 |- | Él | align="right" | 89 |- | En mi cuarto | align="right" | 93 |- | Chicas y chicos | align="right" | 97 |- | Suena teléfono | align="right" | 103 |- | El muchacho más triste | align="right" | 109 |- | Pienso en las cosas perdidas | align="right" | 115 |- | Fantasía de la realidad | align="right" | 119 |- | Primera parte: Primaverales | align="right" | 121 |- | I. El aguacero | align="right" | 121 |- | II. El cumpleaños | align="right" | 127 |- | III. El pasado | align="right" | 133 |- | IV. A pesar de todo | align="right" | 141 |- | V. Una niña | align="right" | 145 |- | VI. En dificultades | align="right" | 149 |- | VII. La fuerza del trabajo | align="right" | 153 |- | VIII. Preparativos | align="right" | 157 |- | IX. La fiesta | align="right" | 163 |- | X. Desayuno | align="right" | 167 |- | XI. Confesiones | align="right" | 174 |- | XII. Un golpe al corazón | align="right" | 179 |- | XIII. Solución a fuerzas | align="right" | 185 |- | XIV. Primeros tormentos | align="right" | 193 |- | XV. El acuerdo | align="right" | 197 |- | XVI. La boda | align="right" | 203 |- | ¡Lástima que se terminó! | align="right" | 207 |- | Coda | align="right" | 211 |}
PRELUDIO
Siempre desde la ventana de su casa miraba al horizonte y entraba en unos enormes deseos de conocer el mundo. Soñaba con ser alguien bajo el sol que lo recorriera para descubrir todos sus rincones... esos espacios incógnitos, desafiantes, retadores, con frecuencia tan enigmáticos y excitantes que sospechaba: existían. Pero había nacido niña y todos los cuidados de su madre y de su padre se concentraban en vigilarla, como si se tratara de un tesoro, el más preciado del Universo. Así habían pasado quince años de durmiente encantada y ahora, de pronto... un oleaje de impaciencias la venía asaltando. Allá... tras los balcones; más allá de las paredes; acullá del alboroto de las calles; retozando de libertades; había mucha vida por explorar y ella quería dejar de ser la nena inmóvil. ¿Qué tamaño tendrían esos escenarios? ¿Cómo serían sus personajes? ¿De qué modo se relacionaría con ellos y cómo afrontaría las nuevas experiencias? Entonces...
por ver qué grande es el mundo del amor,
principió a tramar
su plenitud.
Otra vez Yo
De pronto, como una iluminación cerebral, he comenzado a pensar en estos recientes días que, cuando parece todo resuelto, todo solucionado, sin problemas, como muy fluido, surgen otras dudas, nuevas inquietudes; otros retos y una ya no es igual que antes. Deja de ser como se sentía que estaba siendo y lo que se creía haberse superado, sin saber cómo, regresa, pero ahora como con mayor fuerza, como una carga que nos exige de más para quitárnosla de encima. Cuando iba en segundo de secundaria, mi maestra de Español me había traído una sensación de seguridad; de haber encontrado por fin a la persona que me comprendería, que escucharía todas mis reflexiones; que me aclararía incertidumbres; sin embargo hoy, a punto de terminar el tercero, he principiado a sentirla también tan distante. Tan como en otra dimensión. La admiraba, bueno, la sigo admirando, pero como que ya no es lo que pensé que era. Me he dado cuenta que a veces tiene los mismos rasgos de cualquier mujer común. Se arregla como para impactar a maestros, alumnos y padres. Habla con tanta elegancia que parece afectación y aunque se nota lo profundo de sus conocimientos, nada hace para trascender y dejar de ser una simple maestra de escuela. Todo lo acepta con sonrisas. Ahora alguno de sus puntos de vista me parecen como anticuados, como que ya no embonan en lo que yo voy viviendo, en lo que voy escuchando de otros profesores, en lo que poco a poco aprendo y no sé… Ella me hablaba de la bondad de los esfuerzos, de la superación de errores, del camino del estudio y con su propio ejemplo me mostraba lo que se puede ir logrando: reconocimiento, aceptación, ascensos. No obstante, ella nunca ha llegado a ser subdirectora o directora y no comprendo porqué, si según he visto, tiene los méritos para conseguirlo; sin embargo, dice que le gusta mucho ser maestra. No la entiendo. ¿Será que le gusta sufrir? A veces me parece exagerada su abnegación. ¿O será que trata de explotarnos emocionalmente? Yo he visto a muchos como ella que por más que se esfuerzan nada logran y siguen en lo mismo; en cambio otros, sin que les importe un bledo los libros, se divierten y hasta logran hacer buenos negocios que les permiten darse una vida de reventón. El maestro de inglés, que por cierto es muy guapo, pero que nos enseña muy poco, cada rato nos presume de sus automóviles del año y dice que se irá a Inglaterra, pues nuestro país ya le queda muy chico. Entonces me pregunto, me vuelvo a preguntar, ¿por cuál camino seguir? ¿El de quemarse los ojos para ser un pozo de sabiduría, pero nada nuevo?; o ¿el de lanzarse a buscar un buen trabajo para ganar mucho dinero o hacer un buen negocio para tener eso que toda la gente busca? En ocasiones como que quiero salirme de la escuela. ¿Para qué estudiar, si mi tía vino el otro sábado y le dijo a mi mamá que las mujeres nacieron para que los hombres las mantengan? -Ya ves a mí, desde que me casé nada me falta; y a ti tampoco. Nuestros maridos trabajan para hacernos felices y darnos todas las comodidades. ¿A poco crees que cuidarles los hijos, hacerles la comida y tenerles lista la ropa, es poco quehacer y no merece recompensa? Nosotras también laboramos para la felicidad de nuestro hogar. Ya ves, yo nada más terminé la secundaria y me casé. Me dije: que me mantengan; es más cómodo que estar soportando a tantos profesores fastidiosos. Para ser amas de casa sólo bastan algunas habilidades hogareñas y estar dispuestas a satisfacer a nuestros maridos en todo. Así que mejor saca a la nena de la escuela y enséñale sus futuros deberes como esposa; así como nuestras abuelas educaron a nuestras madres. Al principio me dieron coraje los comentarios de mi tía y estuve a punto de responderle que se guardara sus opiniones y que no se metiera en nuestras vidas; y menos en la mía. Pero me callé para no causarle contrariedades o vergüenzas a mi madre, que de por sí, últimamente de todo me regaña; que no le ayudo; que rezongo mucho; que nada más quiero pasármela oyendo mis discos; mirándome en el espejo; tratando de arreglarme para verme mejor. Y es que recién me he sentido muy fea; casi un guiñapo, al compararme con las famosas de la televisión. Si mi papá me comprara la ropa que le pido, tal vez mejoraría mi apariencia, pero siempre es lo mismo: ¿Para qué te vas a arreglar tanto si eres todavía una niña? No me gusta que te pintes. Además no hay fondos. Yo me quedo emberrinchada y siento como ganas de ponerme a trabajar. Así me compraría lo que yo quisiera. ¿Pero en qué? De inmediato me freno, levanto los hombros, y como si aceptara mi destino, abro el libro de texto para estudiar la horrible lección de ese mamotreto que parece querer volvernos sabios en muchas tonterías de Historia. Yo no sé en qué piensan sus autores. Creen que lo que dicen en sus librotes despiadados nos puede mantener con la boca abierta. Siempre una lecturita, luego preguntas sobre ella y al final nos hablan de un tema que a veces no le hallo ni pies ni cabeza y mucho menos encuentro cómo ha surgido y dónde aplicarlo. Así son todos sus dizque auxiliares didácticos. A mí me dicen más los Beatles. Como que ellos si le hablan a mi nuevo yo. Tan bonito que sería desmontar una canción para saber cuándo la hicieron, de dónde tomaron la idea, cómo era esa época y luego cantarla. A casi todos los de mi grupo les gusta cantar. En las excursiones que hemos hecho se nota esto. Por eso me siento como desfasada entre lo que nos hacen aprender en la escuela y lo que realidad vivimos en el mundo de hoy. ¿A quién le voy hacer caso? Creo que ahora, sólo a mí.
PRIMERA vez
Cuántas veces me he hecho la misma pregunta, sin conseguir una respuesta precisa. Pienso que ya no soy una niña, aunque tampoco puedo decir que soy una persona adulta. ¿Qué soy entonces? Ya no me interesan las muñecas como antes ni jugar a la comidita. Como que hoy tengo nuevos revoloteos en mis pensamientos. Sin embargo, hay ocasiones en que me comporto cual una chiquilla y quiero que se me complazca como cuando aún lo era. De inmediato reflexiono y no me puedo comprender a mí misma, pues quiero que se me trate como soy ahora y me molesta que me confundan con una párvula del jardín. Me he puesto a pensar que esta etapa, que dicen de adolescente, es la más difícil de nuestra existencia porque nos tiene como congelados; ni una cosa ni otra somos, aunque recapacitándolo bien, tal vez no lo sea tanto si sabemos ir dominándola. ¿Pero cómo sujetarla? A veces creo que siendo indiferente al mundo de los adultos y tratando de hacer más felices esos ratos que nos brinda la vida juvenil; además, tomando menos en cuenta los momentos de amargura y melancolía que suelen darnos. Hay que divertirse.
Estudiar con entusiasmo sería otra respuesta, mas se nos caen las alas con tantas tareas y ejercicios bobalicones que nos ponen en la escuela sin ton ni son. No les encuentro la significación para hacerlos. Algunos profesores realmente nos hacen odiar las asignaturas. Imparten las clases con tal abulia que mejor sería que nosotras investigáramos el tema que dan en algunos libros los buenos especialistas. Así, ¿quién se va a emocionar para aprender con gozo? Pura memorización que luego se nos olvida y nada recordamos. Aleluya si pasamos la materia y adiós. Sólo a veces en música se toman en consideración nuestros gustos cuando la profesora nos pide que cantemos una canción de nuestra preferencia y desde allí, no sé ni cómo, nos hace comprender las variaciones que dan las
notas musicales y cómo las escuchamos en una melodía. Lo mejor es cuando intentamos crear nuestras propias composiciones para cantarlas. Sin embargo, la realidad es que casi siempre vamos a la escuela para no hacer el quehacer de casa o para tener con quien charlar de nuestros gustos y aventuras o para no aburrirnos ni sentirnos solas. Ahora bien, también está eso de conseguir lo que deseamos por nuestro propio denuedo y trabajar. Pero de modo constante nuestros esfuerzos son inútiles, porque muchos adultos no confían en nuestras capacidades y no nos dan una oportunidad para demostrar lo que podemos realizar con un poco de apoyo. Creo que esta edad que comienza para mí, no es más que una práctica de lo que será nuestra vida entera; por eso si vamos descubriendo cómo debemos hacerla feliz, nunca en lo futuro reinará la soledad, la tristeza y la amargura. Aunque no les agrade a algunos, yo sí le pongo algo nuevo a lo que hago y voy más allá de lo que creen enseñarme. No importa que los maestros digan que eso no debo aprenderlo porque no está en el programa escolar. Yo le hecho ganas y me siento satisfecha de ser mi propia constructora. Hoy, por primera vez, me he dado cuenta que nací para ser diferente a los demás y que seré como quiera ser... o pueda. Superaré los desafíos y lo que importará será mi íntimo goce de impulsarme a mí misma para llegar a ser una mujer plena. Qué importa que tenga algunos contratiempos; si Sor Juana los tuvo, ¿qué me espero yo? El tiempo la hizo triunfadora más allá de los envidiosos de su época. Hombres necios...
EL TROPEZÓN
Todo me ha pasado en un día. ¡Increíble¡ Todo mientras iba a la secundaria. Como siempre, me levanté muy temprano para evitar los apretujones de las prisas de la bola de morosos que llegan tarde a sus trabajos o a clases. De por sí, a veces no tengo muchas ganas de ir a la escuela; suele ser tan tediosa y además de eso, se tiene que tolerar dificultades y angustias por el transporte, pues como que no; yo mejor me despierto muy disciplinada, como dije, a las seis de la mañana, preparo mis cosas, arreglo algún detalle de mis tareas que en el día anterior no había completado, desayuno lo que mi madre me tiene ya preparado y salgo. Pero esta vez no sé que me pasó y se me pegaron las sábanas. Imaginen que me agarró un sueño tan pesado que me quedé dormida y mi presumida rutina de cumplimiento se me eclipsó. No escuché el despertador y me seguí como en sábado o domingo. Si no es por mi madre que extrañada por mi demora fue a despertarme, yo hubiera seguido tan comodona en mi blandito colchón. Ya mis hermanos se había ido a sus respectivas escuelas. De un salto me incorporé; ya no me daba tiempo de bañarme, medio desayuné ante la inquietud de mi madre: ¿Pero cómo te vas a ir así? Tomé un poco de leche rápidamente que siempre estaba dispuesta para mí, hice un rollito de jamón y me llevé un poco de yogurt. Ahora sí iba a tener mi primer retardo. Bueno, me dije, al fin y al cabo en la escuela tengo fama de puntualísima y me disculparán con facilidad. La prefecta siempre me ha puesto como ejemplo de asistencia. No me agrada mucho esta fama que me da, pues luego algunas compañeras me lanzan indirectas de lambiscona. Pero y qué. Así que llegué a la esquina para esperar el autobús. Para acabarla de amolar, llevaba todos los mamotretos del día que a veces ni usamos, sin embargo los maestros nos regañan si no los presentamos. Parece que no pueden dar la clase sin la asistencia también del libro de texto. Eso sí, los peores de nuestros profesores siempre los utilizan. Dicen que son una guía para que aprendamos y nos endilgan un ahora copien de la página tal a la tal; hagan el ejercicio que se les indica. Sigan las instrucciones y así. Yo no siento que aprenda en ellos. En cambio cuando consulto mis temas de preferencia en las enciclopedias o en mi pequeño Larousse, allí sí que me paseo con gusto. Aprendo con gran fruición. Me emociona descubrir muchos conocimientos al ir hojeándolo por placer. De un dato me voy a otro y este me lleva a otro y a otro. Parece como si navegara en un mundo de informaciones que a sólo mí me cautivan. No tengo por qué leerlas todas; únicamente las que voy necesitando y siempre van surgiendo seductoras. Eso sí que me agrada pues me siento libre, sin obligación de hacer lo que a alguien se le ocurre que a mí pueda interesarme. En esto pensaba distraídamente, cuando de pronto sentí un empujón tan fuerte que mi torre de libros cayó al suelo. Por poco también me derriba. Voltee con furia y vi a un menso que se había tropezado conmigo, pues venía corriendo y no había alcanzado a frenarse. Tenía una cara de susto y de vergüenza que al mirarme parecían saltársele los ojos. Del coraje que sentí, pasé casi a reírme de él, pero no lo hice porque al quedarme viéndolo descubrí en él, un chico, no muy guapo, pero que tenía algo distinto a los demás. Como que su torpeza le hacía transparentar una timidez muy agradable para mí que había tenido que soportar a tantos idiotas que se querían pasar de listos conmigo. Siempre tan irrespetuosos e insinuándome muchas groserías. En cambio este muchacho, al decirme con trémula voz, perdona y recoger con prontitud su estropicio para entregarme ordenadamente los libros, me pareció muy tierno. Y eso es lo que le daba atractivo para mí. Yo me le quedé mirando como con furia (aunque como lo dije, se me había calmado al instante de verlo y mostrarse caballeroso conmigo). Nadie me lo ha querido creer, pero les juro que así fue. Tenía una cara de espanto que si no me reí a carcajadas fue por intentar ser discreta y no parecer vulgar. En ese instante llegó el camión y el muchacho me ayudó a subir cortésmente. Por cierto, me pidió cargar algunos de mis libros y eso que también él llevaba el titipuchal. Por fortuna el autobús no traía tanto usuario y pudimos sentarnos juntos. Una vez recuperados del impacto de nuestro choque, el se presentó y me dijo que era David y que iba en el tercero E, pues ya tenía dieciséis años. A mí me pareció menor. Luego he pensado que a lo mejor era hasta más chico que yo, pero lo hizo para impresionarme con su mayoría de edad. En el trayecto platicamos que se había tropezado por venir corriendo, pues como yo, iba retardado, y al ver que se aproximaba el autobús, no se dio cuenta de un bordo en el piso y los resultados ya los conté. Como viejos amigos, conversamos de todo. Me enteré de sus gustos y él, de los míos. Lo mejor fue que coincidimos en muchos de ellos y a la vez, muy agradable descubrir en otro, algo de lo que creíamos sólo nuestro. Me dijo que despertó cuando faltaban diez minutos para las ocho y sin desayunar había salido a toda velocidad, como despavorido, pues se veía que ni se había peinado y hasta traía el suéter al revés. -Tú te me quedaste mirando muy molesta y no sé por qué me destanteaste y ya no sabía si darte los libros o sólo contemplarte. Pero luego, sonreíste al verme apenado y cuando te di disculpas, me reconfortaste al decirme: -Nada fue. Cuando llegamos a la secundaria nos despedimos muy amigables y yo me quedé pensando insistentemente en él: en su mirada, en sus ojos verde olivo, en la suavidad de su voz, en el bigotito que se le insinuaba sobre su boca de bonitos labios, en su actitud tímida y tierna, pero sobre todo en algo que no alcanzaba a discernir; un algo como haber encontrado a un personaje de mis sueños; porque esto parecía que lo había soñado ya. Así que la hora de inglés con la que se abría la mañana, no sé porqué, se mi hizo larguísima. Como que quería que sonara ya la chicharra para poder verlo en los corredores, aunque sea de lejos. Cuando terminó la clase, no me quedé a platicar con mis chismosas amigas del grupo, (aunque ansiosa estaba por contarles el encuentro), sino que haciéndome la indiferente, me dirigí al patio. De pronto mi corazón saltó de gusto. Ahí venía David corriendo hacia mí; mas cuando se encontraba casi a un paso de llegar, lo vi darse otro tropezón, pero, por fortuna, yo alcancé a detenerlo en mis brazos. El encuentro fue nuevamente brusco, pero los dos reímos a más no poder entre la curiosidad y gritería de los compañeros que en ese instante disfrutaban del tiempo de receso.
Discretamente me abrazó y yo le respondí a su abrazo. Los dos seguíamos sonrientes como diciéndonos sin decirnos, una confesión. Sé que un tropiezo así no se olvida jamás. Creo que por primera vez me conmovía con eso que llaman amor. Quizás él sintió lo mismo que yo. Lástima que lo cambiaron de secundaria y ya no lo he vuelto a ver.
SI FUERA UN HOMBRE
¡Ay mis padres! Cuánto los quiero. Tanto agradezco lo que hacen por mí. Se devanan por atenderme, para cumplirme casi todos mis gustos y siguen diciéndome su muñequita. Ellos al unirse plenos de amor me dieron la vida. Yo fui la primera de sus tres hijos. Luego vino mi hermano Ricardo que tiene trece años, pero que actúa como uno de dieciocho ante la ufana sonrisa de mi madre y la complacencia de mi padre que se siente orgulloso de su madurez. Nada más porque pertenece a un equipo de básquet y él es uno de sus principales estrellas, según presume en ocasiones el muy sangrón. Yo no le hago caso, aunque en el fondo me siento también contenta de ello. No es muy buen estudiante, pero no va tan mal. Por eso le permiten ir a jugar y con frecuencia regresa después de la hora señalada por mi mamá. Mi papá dice que es hombre y que está bien. Así se van haciendo maduritos. En cambio a mí, me suelen tratar como a Betito, el más pequeño de mis hermanos. Me cuidan tanto como si fuera de porcelana. Yo no sé por qué tienen esas ideas. Muchas de mis amigas y compañeras de la secundaria, a penas un poco mayores que yo, hacen lo que se les viene en gana y no las regañan como a mí. Van a las fiestas que desean; llegan noche a sus casas sin que las amonesten; algunas ya fuman y se arreglan como mayores: se pintan, se maquillan, usan pantalones muy ajustados y hasta han tomado cervezas y tequila. Ay de mí si hiciera todo lo que ellas, he sabido, que hacen. Algunas hasta presumen de que ya se han acostado quién sabe cuántas veces con sus novios. Acaso sería mejor ser hija de divorciadas o dejadas, para lograr tal libertad. Como que sus mamás viven sus vidas muy alegremente y las chicas se despabilan a lo bárbaro. Ahora que no sé que pasará con ellas, pues ya una tuvo que dejar la escuela por haber salido embarazada. Dicen que tuvo que irse a trabajar de mesera en un bar de mala muerte para sostener a su hijo, pues el que era su novio no quiso aceptar que era hijo de él y sus padres lo mandaron con unos tíos a provincia. Con frecuencia pienso, ante tanto cuidado que me dan mis padres y los peligros que dicen que tenemos las mujeres, que mejor me hubiera gustado haber nacido hombre. Acaso sería formidable. Entonces no se me impediría hacer muchas cosas que a mí, por lo menos, no me dejan realizar. Podría entrar y salir de casa a la hora que yo quisiera e irme con mis amigos al cine y regresar un poco más tarde de lo que se me permitiera sin escuchar a mamá gritar. Todo sería más fácil. Podría pasármela regio como los aventureros del cine. Tal vez sería una vaquera o una exploradora. O un futbolista internacional que nadie podría vencer. Ganaría mucho dinero y tendría un automóvil deportivo de lujo. Todos dirían qué gran hombre que es. Yo no alcanzo a comprender qué tenemos de diferente los hombres y las mujeres; a no ser por los órganos de reproducción, somos seres humanos iguales. Todos tenemos virtudes y fallas. Yo soy inteligente como cualesquiera de mis compañeros y hasta saco mejores calificaciones que ellos y sin embargo, no me valoran por eso, sino por ser un buena muchachita. Viéndolo bien, los varones tienen algo que nos complementa, pero no los hace superiores. Es algo como necesario. Será por eso que cuando recuerdo que Pedro, el muchacho de Tabasco recién llegado al barrio, últimamente se ha atrevido a estrecharme muy fuerte en su corazón y me sabe decir tantas frases que suenan a amor, comprendo que sentirse una chica querida, amada, consentida, adorada, resulta mucho mejor que ser hombre. Como mujer, lo único que hay que hacer, es darse a desear sin conceder y a valer, sin que parezcamos fatuas. Ya vendrá el día, si por ventura llega, de ser toda una señora.
a mi edad