Chapter 3
Valles oscuros, torrentes umbríos, bosques nebulosos en los cuales nadie puede descubrir las formas a causa de las lágrimas que gota a gota se lloran de todas partes! Allá, lunas desmesuradas crecen y decrecen, siempre, ahora, siempre, a cada instante de la noche, cambiando siempre de lugar, y bajo el hálito de sus faces pálidas ellas oscurecen el resplandor de las temblorosas estrellas. Hacia la duodécima hora del cuadrante nocturno una luna más nebulosa que las otras,--de una especie que las hadas han probado ser la mejor,--desciende hasta bajo el horizonte y pone su centro sobre la corona de una eminencia de montañas, mientras que su vasta circunferencia se esparce en vestiduras flotantes sobre los caseríos, sobre las mismas mansiones distantes, sobre bosques extraños, sobre la mar, sobre los espíritus que danzan, sobre cada cosa adormecida, y los sepulta completamente en un laberinto de luz. Y entonces, ¡cuán profundo es el éxtasis de ese su sueño! De mañana, ellas se levantan, y su velo lunar vuela por los cielos mientras se agitan como pálido albatros al soplo de la tempestad que las sacude como a casi todas las cosas. Pero cuando las hadas que se han refugiado bajo esa luna de la que se han servido, por así decirlo, como de una tienda, la dejan, no pueden jamás volver a encontrar abrigo. Y los átomos de ese astro se dispersan y se convierten bien pronto en una lluvia, de la cual las mariposas de esta tierra, que buscan en vano los cielos y vuelven a descender,--¡criaturas jamás satisfechas!--nos devuelven partículas a veces sobre sus alas estremecidas.
1831.
EL LAGO
En la primavera de mi juventud, fué mi destino no frecuentar de todo el vasto mundo sino un solo lugar que amaba más que todos los otros, tanta era de amable la soledad de su lago salvaje, rodeado por negros peñascos y de altos pinos que dominaban sus alrededores.
Pero cuando la noche tendía su sudario sobre ese lugar como sobre todas las cosas, y se agregaba el místico viento murmurando su melodía, entonces, ¡oh, entonces se despertaba siempre en mí el terror por ese lago solitario!
Y sin embargo ese terror no era miedo, sino una turbación deliciosa, un sentimiento que ninguna mina de piedras preciosas podría inspirarme o convidarme a definir, ni el amor mismo, aunque ese amor fuera el tuyo.
La muerte reinaba en el seno de esa onda envenenada, y en su remolino había una tumba bien hecha para aquel que pudiera beber en ella un consuelo a su imaginación taciturna, para aquel cuya alma desamparada pudiera haberse hecho un Edén de ese lago velado.
1827.
LA ESTRELLA DE LA TARDE
Era en el corazón del verano y en medio de la noche. Las estrellas marchando en sus órbitas brillaban con un pálido resplandor a través de la luz más viva de la fría luna, mientras que ésta, rodeada de los planetas, sus esclavos, lanzaba desde lo alto de los cielos, sus rayos sobre las olas.
Yo contemplaba su triste sonrisa, demasiado fría, demasiado fría para mí. Una nube oscura vino a pasar, semejante a un sudario, y fué entonces que me volví hacia ti, Estrella del Sur, orgullosa en tu gloria lejana. Y ahora me será más querida tu luz, porque lo que me traes de más magnificente a través del cielo nocturno, es la alegría de mi corazón, y yo prefiero tu discreto y lejano resplandor a esa llama cercana pero más fría!
1827.
EL DÍA MÁS FELIZ
El día más feliz, la hora más dichosa, los ha conocido mi corazón agotado y marchito; pero siento que ha desaparecido ya mi más alta esperanza de orgullo y de poderío.
¿He dicho de poderío? Sí. Pero desde hace largo tiempo, ¡ay de mí! se han desvanecido los bellos ensueños de la juventud; han pasado ya: dejémoslos que se desvanezcan!
Y tú, orgullo, ¿qué haré de ti ahora? Otra frente puede bien heredar el veneno que me has dado. Que por lo menos mi espíritu permanezca tranquilo.
El día más hermoso, la hora más feliz que mis ojos hayan visto y hayan podido ver jamás, mi más brillante mirada de orgullo y de poderío, todo eso ha existido pero ya no existe; yo lo siento.
Y si esa esperanza de orgullo y de poderío me fuera ofrecida ahora acompañada de un dolor semejante al que experimento, no quisiera revivir esa hora brillante.
Porque bajo su ala llevaba una oscura mezcla y mientras volaba, dejaba caer una esencia todopoderosa para consumir un alma que tan bien la conocía.
1827.
IMITACIÓN
Una ola insondable de invencible orgullo, un misterio y un sueño, tal debió parecer mi primera edad. Yo añado que ese sueño estaba atravesado por un pensamiento huraño, siempre despierto, de seres que han existido, y que mi espíritu no hubiera apercibido jamás si los hubiera dejado pasar cerca de mi, bajo mi ensoñadora pupila. Que ningún otro, acá abajo, herede esta visión de mi espíritu, de esos pensamientos que a cada instante quisiera dominar y que se extienden como un hechizo sobre mi alma. Porque, al fin, esa brillante esperanza y ese tiempo liviano se han ido, y mi reposo terrestre, me ha dejado, él también, con un suspiro, al pasar. Entre tanto, no me preocupo de que él perezca con un pensamiento que entonces amaba....!
1827.
TRADUCIDOS
POR
CARLOS ARTURO TORRES
LAS CAMPANAS
I
Por el aire se dilata alegre campanilleo... Son las campanas de plata del trineo... ¡Oh, qué mundo de alegría expresa su melodía! ¡Qué retintín de cristal en el ambiente glacial! Mientras las luces astrales que titilan en los cielos se miran en los cristales de los hielos, y sube la nota única como un ágil rima rúnica que allá en la noche serena va dilatando sus ecos por el último confín, y la campanilla suena dilín, dilín... ¡Melodiosa y cristalina suena, suena, suena, suena, suena, suena la nota ágil y argentina con metálico y alegre y límpido retintín!
II
¡Escuchad! Un dulce coro puebla la atmósfera toda: son las campanas de oro de la boda.
¡Qué mundo de venturanza la plácida nota lanza Su voz como una caricia o como un suave reproche desgrana en la calma noche las perlas de su delicia. Son las áureas notas una fuente de ledo murmullo o el enamorado arrullo de la tórtola: la Luna en la dormida laguna vierte miradas de plata, y en el éter y en las linfas palpita la serenata... ¡Y cómo en el aire flota la áurea nota! ¡Cómo brota, cual dice la dicha ignota, en el balsámico efluvio de noche primaveral! ¡Y cuán dulce y cuán sonoro, --din dan, din dan--, es el coro, --din dan, din dan--, de la campana de oro, que en su lengua musical celebrando está el misterio de la noche nupcial.
III
¡Turba el nocturno sosiego súbita alarma, y entonces a gran campana de bronce toca a fuego! ¡Qué terrífica pavura la siniestra nota augura! Es desesperado ruego desgarrador y tenaz al rojo elemento ciego cada instante más frenético, cada instante más voraz! En indescriptible pánico el cataclismo volcánico con raudo impulso titánico avanza, la campanada alarido es de terror; sigue el bronce, sigue el bronce con su clamoroso estruendo diciendo cuál crece el peligro horrendo, cuál se inflama la llama, y la Luna como forma de sangriento tabernáculo, alumbra el rojo espectáculo en su fantástico horror. Y el bronce alarmante clama, clama, clama como se extiende la injuria del incendio y crece en furia, y es ya locura el pavor... Bajo cielos escarlatas se extiende inflamado manto, el espanto en tanto crece, y sigue la campana de su rebato el clamor. ¡Y en ese rebato armígero, --dan dan, dan dan--, crece el estrago flamígero --dan dan, dan dan--, al són violento que dan las campanas de la torre que tocando a fuego están!
IV
Dobla y dobla lentamente negra campana de hierro que invita con són doliente al entierro. ¡Qué solemnes pensamientos despiertan esos acentos! Del lento y triste sonido cada toque, cada nota en el vago viento flota como doliente gemido, y de la noche en la calma el melancólico són, siente estremecida el alma cual solemne admonición. ¡Se desprenden esos dobles lúgubres y funerarios de los altos campanarios en fúnebre vibración; en esos dobles alienta algún espíritu irónico que a cada nota que zumba, con agrio gesto sardónico rueda implacable y derrumba y oprime con todo el peso de la piedra de una tumba el humano corazón! ¡Quienes tañen las campanas de los toques funerales no son pobres campaneros, no son sencillos mortales, son espectros sepulcrales! ¡Y es el Rey de los espectros quien toca con más tesón! Pausado, implacable, lento su toque a cada momento resuena como un lamento pregonando la hora única en extraña rima rúnica, y parece que sintiera intenso placer diabólico en este toque simbólico de muerte y desolación. --Din dan, din don--, --din dan, din don--, dobla, dobla el són monótono, dobla el toque funeral, y el Rey espectro su gozo refina en este sollozo, en este intenso suspiro que en su giro remeda el doble augural que va recordando al hombre de su existencia el final. El toque sigue y no cesa y vibra en el alma opresa sordamente como un cuerpo que cayera en una huesa... --¡Din dan, din don--, resuena en el corazón, --din dan, din don--, de la campana que dobla el lento y lúgubre són!
ULALUME
I
Los cielos cenicientos y sombríos, crespas las hojas, lívidas y mustias, y era una noche del doliente octubre del tiempo inmemorial entre las brumas, era en las tristes márgenes del Auber, el lago tenebroso de aguas mudas, ante los bosques tétricos del Weir, la región espectral de la pavura.
II
A solas con mi alma, recorría avenida titánica y oscura de fúnebres cipreses... con mi alma, con Psiquis, alma que, al misterio turba... Era la edad del corazón volcánico como las llamas del Yanek sulfúreas, como las lavas del Yanek que brotan allá del polo en la región nocturna.
III
Pocas palabras nos dijimos, era como una confidencia íntima y muda; palabras serias, pensamientos graves que la memoria para siempre turban; no recordamos que era el triste octubre, que era la noche (¡noche infausta y única!) no recordamos la región del Auber que tanto conoció mi desventura, ni el bosque fantasmático del Weir, la región espectral de la pavura.
IV
Y cuando la noche ya avanza de estrellas al vago tremer, al fin de la oscura avenida un lánguido rayo se ve, fulgor diamantino que anuncia de fúnebre velo al través, que emerge de nube fantástica la Luna, la blanca Astarté.
V
Y yo dije a mi alma: «Más que Diana ardiente, aquella misteriosa Luna rueda al través de un éter de suspiros; lágrimas de su faz una por una caen donde el gusano nunca muere. Para mostrarnos la celeste ruta y el alma imperio de la paz Letea atrás dejó al león en las alturas, del león las estrellas traspasando, del león a despecho, ora nos busca y sus miradas límpidas y dulces son las miradas que el amor anuncian.»
VI
Mas Psiquis dijo señalando al Cielo: «La palidez de ese astro me conturba; pronto, huyamos de aquí, pronto, es preciso.» Y de sus alas recogió las plumas con intenso terror, y sollozando, presa de pronto de invencible angustia plegó las alas, hasta el polvo frío lentas dejando descender las plumas.
VII
Y yo le dije: «Tu terror es vano, sigamos esa luz trémula y pura, que nos bañen sus rayos cristalinos, sus rayos sibilinos que ya auguran e irradian la belleza y la esperanza. Mira: la senda de los cielos busca; sigamos sin temor sus limpios rayos que ellos a playa llevarán segura, sigamos esa luz limpia y tranquila a través de la bóveda cerúlea.
VIII
Tranquilicé a mi Psiquis, y besándola, de su mente aparté las inquietudes y sus zozobras disipé profundas, y convencerla que siguiera pude. Llegamos hasta el fin; ¡ojalá nunca llegara! Al fin de la avenida lúgubre nos detuvo la puerta de una tumba (¡oh, triste noche del lejano octubre!) nos detuvo la losa de una tumba, de legendario monumento fúnebre. ¡Oh, hermana!--dije--¿Qué inscripción confusa en la sellada losa se descubre? Respondiome: «Ulalume», esta es su tumba, ¡la tumba de tu pálida Ulalume!
IX
Quedó mi corazón como ese Cielo ceniciento, como esas hojas mustias, como esas hojas yertas y crispadas... ¡Ay! pensé: el mismo octubre fué, sin duda fué en _esa misma noche_ cuando vine al través del horror y de la bruma aquí trayendo mi doliente carga... ¡Oh, noche infausta, infausta cual ninguna! ¡Oh! ¿Qué infernal espíritu me trajo a esta región fatal de la tristura? Bien reconozco el mudo lago de Auber, y esta comarca que el horror anubla, y el bosque fantasmático de Weir, la región espectral de la pavura!
ESTRELLAS FIJAS
(TO HELEN)
I
Te vi un punto; era una noche de julio, noche tibia y perfumada, noche diáfana, de la Luna plena y límpida, límpida como tu alma, descendían sobre el parque adormecido gráciles velos de plata; ni una ráfaga el infinito silencio y la quietud perturbaban; en el parque evaporaban las rosas los perfumes de sus almas, para que los recogieras en aquella noche mágica; para que tú lo aspiraras su último aliento exhalaban, como en una muerte extática; y era una selva encantada, y era una noche de ensueños y claridades fantásticas!
II
¡Toda de blanco vestida, toda blanca sobre un banco de violetas reclinada te veía, y a las rosas moribundas y a ti una luz tenue y diáfana alumbraba luz de perla diluida en un éter de suspiros y de evaporadas lágrimas!
III
¿Qué hado extraño (¿fué ventura, fué desgracia?) me condujo aquella noche hasta el parque de las rosas que exhalaban los suspiros perfumados de su alma? Ni una hoja susurraba; no se oía una pisada, todo mudo, todo en calma, todo en sueño menos _tú_ y _yo_ (¡cuál me agito al unir las dos palabras!) menos tú y yo. De repente todo cambia. De la Luna la luz límpida, la luz de perla se apaga, el perfume de las rosas muere en las dormidas auras, los senderos se oscurecen expiran las violas castas, menos _tú_ y _yo_, todo huye, todo muere, todo pasa... ¡Todo se apaga y se extingue menos tus hondas miradas, tus dos ojos donde arde tu alma! Y sólo veo entre sombras aquellos ojos... ¡Oh, amada! ¡Qué tristezas extrahumanas, qué irreales leyendas de amor relatan! ¡Qué misteriosos dolores, qué sublimes esperanzas, qué mudas renunciaciones expresan aquellos ojos que en las sombras fijan en mí sus miradas!
IV
¡Noche oscura, ya Diana entre turbios nubarrones hundió la faz plateada; y tú sola en medio de la avenida funeraria, te deslizas ideal, mística y blanca, te deslizas y te alejas incorpórea cual fantasma; sólo flotan tus miradas, sólo tus ojos perennes, tus ojos de hondas miradas fijos quedan! A través de los espacios y los tiempos marcan, marcan mi sendero, y no me dejan cual me dejó la esperanza. ¡Van siguiéndome, siguiéndome como dos estrellas cándidas, cual fijas estrellas dobles en el Cielo apareadas! En la noche solitaria purifican con sus rayos y mi corazón abrasan y me prosterno ante ellos con adoración extática; y en el día no se ocultan cual se ocultó mi esperanza; por todas partes me siguen mirándome fijamente en mi espíritu clavadas... ¡Misteriosas y lejanas me persiguen tus miradas como dos estrellas fijas, como dos estrellas tristes, como dos estrellas blancas!
DREAMLAND
I
En una senda abandonada y triste que recorren tan sólo ángeles malos, una extraña Deidad la negra Noche ha erigido su trono solitario; allí llegué una vez; crucé atrevido de Thule ignota los contornos vagos y al Reino entré que extiende sus confines fuera del Tiempo y fuera del Espacio.
II
Valles sin lindes, mares sin riberas, cavernas, bosques densos y titánicos, montañas que a los cielos desafían y hunden la base en insondables lagos, en lagos insondables siempre mudos de misteriosos bordes escarpados, gélidos lagos, cuyas muertas aguas un Cielo copian tétrico y extraño.
III
Orillas de esos lagos que reflejan siempre un Cielo fatídico y huraño cerca de aquellos bosques gigantescos, enfrente de esos negros océanos, al pie de aquellos montes formidables, de esas cavernas en los hondos antros, vense a veces fantasmas silenciosos que pasan a lo lejos sollozando, fúnebres y dolientes... ¡son aquellos amigos que por siempre nos dejaron, caros amigos para siempre idos, fuera del Tiempo y fuera del Espacio!
IV
Para el alma nutrida de pesares, para el transido corazón, acaso es el asilo de la paz suprema, del reposo y la calma en Eldorado. Pero el viajero que azorado cruza la región no contempla sin espantos que a los mortales ojos sus misterios perennemente seguirán sellados, así lo quiere la Deidad sombría que tiene allí su imperio incontrastado.
V
Por esa senda desolada y triste que recorren tan sólo ángeles malos, senda fatal donde la Diosa Noche ha erigido su trono solitario, donde la inexplorada, última Thule esfuma en sombras sus contornos vagos, con el alma abrumada de pesares, transido el corazón, he paseado... ¡He paseado en pos de los que huyeron fuera del Tiempo y fuera del Espacio!
EL CUERVO
TRADUCIDO POR J. PÉREL BONALDO
Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones inclinaba soñoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar: como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar: «Es--me dije--una visita que llamando está a mi puerta: eso es todo, ¡y nada más!»
¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo, y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo. Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora, la radiante, la sin par virgen pura a quien Leonora las querubes llaman hora ya sin nombre... ¡nunca más!
Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras, de tal modo, que el latido de mi pecho palpitante procurando dominar, «es, sin duda, un visitante--repetía con instancia-- que a mi alcoba quiere entrar; un tardío visitante a las puertas de mi estancia... eso es todo, ¡y nada más!»
Paso a paso, fuerza y bríos fué mi espíritu cobrando: «Caballero--dije--o dama: mil perdones os demando; mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza me vinisteis a llamar, y con tal delicadeza y tan tímida constancia os pusisteis a tocar que no oí»--dije--y las puertas abrí al punto de mi estancia; ¡sombras sólo y... nada más!
Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños, quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños; más profundo era el silencio, y la calma no acusaba ruido alguno... Resonar sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora yo me puse a murmurar, y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora!... esto apenas, ¡nada más! A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia pronto oí llamar de nuevo--esta vez con más violencia, «De seguro--dije--es algo que se posa en mi persiana; pues, veamos de encontrar la razón abierta y llana de este caso raro y serio y el enigma averiguar. ¡Corazón! Calma un instante y aclaremos el misterio... --Es el viento--y nada más!»
La ventana abrí--y con rítmico aleteo y garbo extraño entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial, fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal; sobre el busto que de Palas la figura representa, fué y posose--¡y nada más!
Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza con su grave, torva y seria decorosa gentileza; y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de seguro no eres cuervo nocturnal, viejo, infausto cuervo oscuro, vagabundo en la tiniebla... Dime:--«¿Cuál tu nombre, cuál en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?...» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada, con tal nombre: «¡Nunca más!»
Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada--ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar... Dije entonces al momento: «Ya otros antes se han marchado, y la aurora al despuntar, él también se irá volando cual mis sueños han volado.» Dijo el cuervo:»¡Nunca más!»
Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, «no hay ya duda alguna--dije--lo que dice es aprendido; aprendido de algún amo desdichoso a quien la suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar, y el clamor de la esperanza con el triste ritornelo de jamás, ¡y nunca más!»
Mas el cuervo, provocando mi alma triste a la sonrisa mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: «¡Nunca jamás!»
Quedé aquesto, investigando frente al cuervo en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma. Esto y más--sobre cojines reclinado--con anhelo me empeñaba en descifrar, sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella luminoso mi fanal-- terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella a oprimir--¡Ah! ¡Nunca más!
Pareciome el aire entonces, por incógnito incensario que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario, perfumado--«Miserable sér--me dije--Dios te ha oído y por medio angelical, tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora te ha venido hoy a brindar: ¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora. Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
«Eh, profeta--dije--o duende, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo--ya te envíe la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo imploro: ¿Llegaré jamás a hallar algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
«Oh, profeta--dije--o diablo--Por ese ancho combo velo de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo a quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida, presa infausta del pesar, si jamás en otra vida la doncella arrobadora a mi seno he de estrechar, la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
«Esa voz, oh, cuervo, sea la señal de la partida, grité alzándome:--¡Retorna, vuelve a tu hórrida guarida, la plutónica ribera de la noche y de la bruma!... de tu horrenda falsedad en memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡El busto deja! ¡Deja en paz mi soledad! Quita el pico de mi pecho. De mi umbral tu forma aleja...» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»
Y aun el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura, sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura... y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo, las visiones ve del mal; y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja, trunca su ancha sombra funeral, y mi alma de esa sombra que en el suelo flota... ¡nunca se alzará... nunca jamás!
FIN.