Poema del Otoño y otros poemas Obras Completas Vol. XI
Part 1
POEMA DEL OTOÑO
Y OTROS POEMAS
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POEMA
DEL OTOÑO
Y OTROS POEMAS
POR
RUBÉN DARÍO
ILUSTRACIONES
DE
ENRIQUE OCHOA
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Volumen XI de las obras completas. Administración: Editorial MUNDO LATINO
MADRID
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[imagen: POEMA DEL OTOÑO]
DEDICATORIA [imagen]
A MARIANO MIGUEL DE VAL
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Y sentimos la vida pura, clara, real, cuando la envuelve la dulzura primaveral.
TÚ QUE ESTÁS LA BARBA EN LA MANO meditabundo, ¿has dejado pasar, hermano, la flor del mundo?
Te lamentas de los ayeres con quejas vanas: ¡aún hay promesas de placeres en los mañanas!
Aún puedes casar la olorosa rosa y el lis, y hay mirtos para tu orgullosa cabeza gris.
El alma ahita cruel inmola lo que la alegra, como Zingua, reina de Angola, lúbrica negra.
Tú has gozado de la hora amable, y oyes después la imprecación del formidable Eclesiastés.
El domingo de amor te hechiza; mas mira cómo llega el miércoles de ceniza; _Memento, homo ..._
Por eso hacia el florido monte las almas van, y se explican Anacreonte y Omar Kayam.
Huyendo del mal, de improviso se entra en el mal por la puerta del paraíso artificial.
Y, no obstante, la vida es bella, por poseer la perla, la rosa, la estrella y la mujer.
Lucifer brilla. Canta el ronco mar. Y se pierde Silvano oculto tras el tronco del haya verde.
Y sentimos la vida pura, clara, real, cuando la envuelve la dulzura primaveral.
¿Para qué las envidias viles y las injurias, cuando retuercen sus reptiles pálidas furias?
¿Para qué los odios funestos de los ingratos? ¿Para qué los lívidos gestos de los Pilatos?
¡Si lo terreno acaba, en suma, cielo e infierno, y nuestras vidas son la espuma de un mar eterno!
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Lavemos bien de nuestra veste la amarga prosa; soñemos en una celeste, mística rosa.
Cojamos la flor del instante; ¡la melodía de la mágica alondra cante la miel del día!
Amor a su fiesta convida y nos corona. Todos tenemos en la vida nuestra Verona.
Aun en la hora crepuscular canta una voz: «¡Ruth, risueña, viene a espigar para Booz!»
Mas coged la flor del instante, cuando en Oriente nace el alba para el fragante adolescente.
¡Oh! Niño que con Eros juegas, niños lozanos, danzad como las ninfas griegas y los silvanos.
El viejo tiempo todo roe y va deprisa; sabed vencerle, Cintia, Cloe y Cidalisa.
Trocad por rosas azahares, que suena el son de aquel Cantar de los Cantares de Salomón.
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Gozad de la dulce armonía ... ]
Príapo vela en los jardines que Cipris huella; Hecate hace aullar los mastines; mas Diana es bella,
y apenas envuelta en los velos de la ilusión, baja a los bosques de los cielos por Endimión.
¡Adolescencia! Amor te dora con su virtud; goza del beso de la aurora, ¡oh juventud!
¡Desventurado el que ha cogido tarde la flor! y ¡ay de aquel que nunca ha sabido lo que es amor!
Yo he visto en tierra tropical la sangre arder, como en un cáliz de cristal, en la mujer.
Y en todas partes la que ama y se consume como una flor hecha de llama y de perfume.
Abrasaos en esa llama y respirad ese perfume que embalsama la Humanidad.
Gozad de la carne, ese bien que hoy nos hechiza, y después se tornará en polvo y ceniza.
Gozad del sol, de la pagana luz de sus fuegos; gozad del sol, porque mañana estaréis ciegos.
Gozad de la dulce harmonía que a Apolo invoca; gozad del canto, porque un día no tendréis boca.
Gozad de la tierra, que un bien cierto encierra; gozad, porque no estáis aún bajo la tierra.
Apartad el temor que os hiela y que os restringe; la paloma de Venus vuela sobre la Esfinge.
Aún vencen muerte, tiempo y hado las amorosas; en las tumbas se han encontrado mirtos y rosas.
Aún Anadiódema en sus lidias nos da su ayuda; aún resurge en la obra de Fidias Friné desnuda.
Vive el bíblico Adán robusto, de sangre humana, y aún siente nuestra lengua el gusto de la manzana.
Y hace de este globo viviente fuerza y acción la universal y omnipotente fecundación.
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¡Vamos al reino de la Muerte por el camino del Amor! ]
corazón del cielo late por la victoria de este vivir, que es un combate y es una gloria.
Pues aunque hay pena y nos agravia el sino adverso, en nosotros corre la savia del universo.
Nuestro cráneo guarda el vibrar de tierra y sol, como el ruido de la mar el caracol.
La sal del mar en nuestras venas va a borbotones; tenemos sangre de sirenas y de tritones.
A nosotros encinas, lauros, frondas espesas; tenemos carne de centauros y satiresas.
En nosotros la Vida vierte fuerza y calor. ¡Vamos al reino de la Muerte por el camino del Amor!
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INTERMEZZO TROPICAL
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I--MEDIODÍA
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... La Isla quema. Arde el escollo, y el azul fuego envía. ]
MIDI, ROI DES ÉTÉS, COMO CANTABA EL CRIOLLO francés. Un mediodía y el azul fuego envía.
Es la isla del Cardón, en Nicaragua. Pienso en Grecia, en Morea o en Zacinto. Pues al brillo del cielo y al cariño del agua se alza en frente una tropical Corinto.
Penachos verdes de palmeras. Lejos, ruda de antigüedad, grave de mito, la tribu en roca de volcanes viejos, que, como todo, aguarda su instante de infinito.
Un ave de rapiña pasa a pescar y torna con un pez en las garras. Y sopla un vaho de horno que abochorna y tuesta en oro las cigarras.
II--VESPERAL
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Conchas color de rosa y de reflejos áureos ... ]
HA PASADO LA SIESTA y la hora del Poniente se avecina, y hay ya frescor en esta costa, que el sol del Trópico calcina. Hay un suave alentar de aura marina, y el Occidente finge una floresta que una llama de púrpura ilumina. Sobre la arena dejan los cangrejos la ilegible escritura de sus huellas.
Conchas color de rosa y de reflejos áureos, caracolillos y fragmentos de estrellas de mar forman alfombra sonante al paso en la armoniosa orilla. Y cuando Venus brilla, dulce, imperial amor de la divina tarde, creo que en la onda suena o son de lira, o canto de sirena. Y en mi alma otro lucero como el de Venus arde.
III--CANCIÓN OTOÑAL
AIRE DE «SEMINOLE», DE EGBERT VANALSTYNE
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En Occidente húndese el sol crepuscular; vestido de oro y púrpura mañana volverá. ]
EN OCCIDENTE HUNDESE el sol crepuscular; vestido de oro y púrpura mañana volverá. En la vida hay crepúsculos que nos hacen llorar, porque hay soles que pártense y no vuelven jamás.
CORO
Vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión, y la acompaña una canción del corazón.
Este era un rey de Cólquida, o quizá de Thulé, un rey de ensueños líricos que sonrió una vez. De su sonrisa hermética jamás se supo bien si fué doliente y pálida o si fué de placer.
CORO
Vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión, y la acompaña una canción del corazón.
La tarde melancólica solloza sobre el mar. Brilla en el cielo véspero en su divina paz. Y hay en el aire trémulo ansias de suspirar porque pasa con Céfiro como el alma otoñal.
CORO
Vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión, y la acompaña una canción del corazón.
IV--RAZA
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HISOPOS Y ESPADAS han sido precisos, unos regando el agua y otras vertiendo el vino de la sangre. Nutrieron de tal modo a la raza los siglos.
Juntos alientan vástagos de beatos e hijos de encomenderos con los que tienen el signo de descender de esclavos africanos, o de soberbios indios, como el gran Nicarao, que un puente de canoas brindó al cacique amigo para pasar el lago de Managua. Eso es épico y es lírico.
V--CANCIÓN
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NIÑAS QUE DAIS AL VIENTO, al cielo y a la mar la mirada, el acento y el olor de azahar que de vuestros cabellos bellos amamos respirar; damas de sol y ensueño, de luz y de ilusión, que anima el dios risueño dueño del corazón, por vuestros ojos cálidos, pálidos los soñadores son.
Obras de arte del sacro artista universal, tan bello simulacro dé su gracia fatal y en tal estatua vibre, libre, la psique de cristal.
Pues sois de la existencia la dicha en lo fugaz,
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damas de sol y ensueño, ]
y vuestra dulce ciencia suele ser eficaz, quémese uno en tal fuego; luego puede dormirse en paz.
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VI--A DOÑA BLANCA DE ZELAYA
SEÑORA: DE LAS BLANCAS QUE TENEMOS NOTICIA la primera sería Diana la Cazadora, a menos que no fuese la Diosa de Justicia, o la que nos anuncia la entrada de la Aurora.
Después hay muchas Blancas entre la negra historia, que asiros de venturanza para los pueblos son, ya perlas de consuelo, o diamante de gloria; por ejemplo: la dulce Blanca de Borbón.
En un fondo de azul, como una estrella brilla, siendo como la reina de las flores de lis, la prestigiosa doña Blanca de Castilla, decoro de las reinas y madre de San Luis.
En un ambiente de bizarría y fragancia, otra blancura viene que prestigia y que da a la maravillosa doña Blanca de Francia la música de triunfo que por sus nupcias va.
Y en lo que el cronista preciosamente narra entre lujos de justa y reflejos de lid nos aparece doña Blanca de Navarra, orgullosa, preclara y biznieta del Cid.
Mas ante este desfile que de la gloria arranca, entre tantas blancuras siendo una regia flor, por sencilla, por pura, por garrida y por blanca, Blanca de Nicaragua nos será la mejor.
VIII--A MARGARITA DEBAYLE
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MARGARITA, ESTÁ LINDA LA MAR, y el viento lleva esencia sutil de azahar; yo siento en el alma una alondra cantar: tu acento. Margarita, te voy a contar un cuento.
* * * * *
Este era un rey que tenía un palacio de diamantes, una tienda hecha del día y un rebaño de elefantes,
un kiosco de malaquita, un gran manto de tisú, y una gentil princesita, tan bonita, Margarita, tan bonita como tú.
Una tarde la princesa vió una estrella aparecer; la princesa era traviesa y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla decorar un prendedor,
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Y siguió camino arriba, por la luna y más allá; ]
con un verso y una perla, y una pluma y una flor.
Las princesas primorosas se parecen mucho a ti: cortan lirios, cortan rosas, cortan astros. Son así.
Pues se fué la niña bella, bajo el cielo y sobre el mar, a cortar la blanca estrella que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba, por la luna y más allá; mas lo malo es que ella iba sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta de los parques del Señor, se miraba toda envuelta en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: «¿Qué te has hecho? Te he buscado y no te hallé; y ¿qué tienes en el pecho, que encendido se te ve?»
La princesa no mentía. Y así, dijo la verdad: «Fuí a cortar la estrella mía a la azul inmensidad.»
Y el rey clama: «¿No te he dicho que el azul no hay que tocar? ¡Qué locura! ¡Qué capricho! El Señor se va a enojar.»
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«Fuí a cortar la estrella mía a la azul inmensidad,» ]
Y dice ella: «No hubo intento; yo me fuí no sé por qué; Por las olas y en el viento fui a la estrella y la corté.»
Y el papá dice enojado: «Un castigo has de tener: vuelve al cielo, y lo robado vas ahora a devolver.»
La princesa se entristece por su dulce flor de luz, cuando entonces aparece sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: «En mis campiñas esa rosa le ofrecí: son mis flores de las niñas que al soñar piensan en mí.»
Viste el rey ropas brillantes, y luego hace desfilar cuatrocientos elefantes a la orilla de la mar.
La princesita está bella, pues ya tiene el prendedor en que lucen con la estrella, verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar: tu aliento. Ya que lejos de mí vas a estar, guarda, niña, un gentil pensamiento al que un día te quiso contar un cuento.
IX--EN CASA DEL DOCTOR LUIS H. DEBAYLE.--TOAST
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ESTA CASA DE GRACIA Y DE GLORIA ME AUGURA, en tan dulces momentos, que son de Epifanía, como el amanecer de un encantado día que iniciase las horas de una dicha futura.
Aquí un verbo ha brotado que anima y que perdura, aquí se ha consagrado a la eterna Harmonía por las rosas de idea que han dado al alma mía, en sus pétalos frescos, la fragancia más pura.
Suaves reminiscencias de los primeros años me brindaron consuelos en países extraños, y hoy sé por el Destino prodigioso y fatal, que si es amarga y dura la sal de que habla el Dante, no hay miel tan deleitosa, tan fina y tan fragante, como la miel divina de la tierra natal.
Y para Casimira el oro de la lira, y las flores de lis que junten la fragancia de Nicaragua y Francia por su adorado Luis.
[imagen: VARIA]
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SANTA ELENA DE MONTENEGRO
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Hora de Cristo en el Calvario, ]
HORA DE CRISTO EN EL CALVARIO, hora de terror milenario, hora de sangre, hora de osario.
La luna huraño humor destila en la tumba de la Sibila y _solvet seclum in favila_ ...
Hecate aullante y fosca yerra, y lanza el infierno su guerra por las pústulas de la tierra.
El hambre medioeval va por sendas de sulfúreo vapor y olor de muerte. ¡Horror, horror!
Ladran con un furioso celo los canes del diablo hacia el cielo por la boca del Mongibelo.
Tiemblan pueblos en desvarío de hambre, de terror y de frío ... ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!...
Como en la dantesca Comedia, nos eriza el pelo y asedia el espanto de la Edad Media.
Pasan furias haciendo gestos, pasan mil rostros descompuestos; allá arriba hay signos funestos.
Hay pueblos de espectros humanos que van mordiéndose las manos. Comienzan su obra los gusanos.
Falta la terrible trompeta. Mas oye el alma del poeta crujir los huesos del planeta.
Al ruido terráqueo, un ruido se agrega profundo, inoído ... Viene de lo desconocido.
Entretanto la muchedumbre grita sin fe, sin pan, sin lumbre, alocada de pesadumbre.
Y bajo el obscuro destino se oyen rechinar de contino los rojos dientes de Hugolino.
Y todo espíritu se pasma al ver entre el fuego v el miasma retorcerse al dolor-fantasma.
Arruga el ceño el Deo Ignoto, y Atropos, Laquesis y Cloto hacen señas al Terremoto ...
Ululan voces lamentables; son idénticos y espantables millonarios y miserables.
Van rebaños dolientes ... Van visiones de duelo y afán cual vió en su apocalipsis Juan.
Y sobre ellas ceniza avienta el corazón de la tormenta, y un rincón divino revienta.
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¡Mas oíd un celeste allegro! Es que pasa en el horror negro Santa Elena de Montenegro. ]
Y bajo sus pies huye el suelo, y sobre sus frentes el duelo cae de lo triste del cielo.
¡Oh asombro y miedo de las Musas! ¡Oh cabelleras de Medusas! ¡Oh los rictus de las empusas!
¡Oh amarga máscara amarilla, ojos do luz siniestra brilla y escenarios de pesadilla!
Acres relentes, voz que hiere repentina, gente que muere ... ¡Ay! ¡Miserere!... ¡Miserere!
¡Jardines que hoy son cementerios destruídos por los cauterios de los temerosos Misterios!
Región que el espanto prefiere y en donde la Muerte más hiere ... ¡Ay! ¡Miserere!... ¡Miserere!
¡Mas oid un celeste allegro! Es que pasa en el horror negro Santa Elena de Montenegro.
[imagen: GAITA GALAICA]
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GAITA GALAICA, SABES CANTAR lo que profundo y dulce nos es. Dices de amor, y dices después de un amargor como el de la mar.
Canta. Es el tiempo. Haremos danzar al fino verso de rítmicos pies. Ya nos lo dijo el Eclesiastés: tiempo hay de todo: hay tiempo de amar,
tiempo de ganar, tiempo de perder, tiempo de plantar, tiempo de coger, tiempo de llorar, tiempo de reir,
tiempo de rasgar, tiempo de coser, tiempo de esparcir y de recoger, tiempo de nacer, tiempo de morir.
A MISTRAL
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¡MISTRAL! LA COPA SANTA LLENA DE SANTO VINO alza el mundo por ti, y lleva nueva sangre al corazón latino su líquido rubí.
¡Gran patriarcal! ¡Tu canto lleva el mistral sonoro, canto de amor y fe, y alza su palma lírica tu Provenza de oro por su gran Capoulié!
Provenza, que cultiva sus olivos y parras, caida el verde laurel, y al glorioso son de liras y cigarras te corona con él.
Provenza canta himnos para su rey de cantos, para su hijo inmortal, y dice odas pindáricas, o dice salmos santos, griega y pontifical.
Y las hermanas de Mireia, la preciosa flor que el Arquero hirió, por su memoria ofrendan ramos de mirto y rosa a quien vida le dió.
Sonad, trompetas que anunciáis la victoria de ese amado del Sol, y que entre vuestro coro se oiga tocando a gloria un clarín español.
Y que sobre los mares lleven los vientos libres la divina verdad, ¡emperador de musas y rey de los felibres! de tu inmortalidad.
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EL CLAVICORDIO DE LA ABUELA
EN EL CASTILLO, FRESCA, LINDA, la marquesita Rosalinda, mientras la blanda brisa vuela, con su pequeña mano blanca una pavana grave arranca al clavicordio de la abuela.
¡Notas de Lully y de Rameau! Versos que a ella recitó el primo rubio tan galán, que tiene el aire caprichoso, y que es gallardo y orgulloso como un mancebo de Rohan.
Va la manita en el teclado como si fuese un lirio alado lanzando al aire la canción, y con sonrisa placentera sonríe el viejo de gorguera en los tapices del salón.
En el tapiz está un amor, y una pastora da una flor al pastorcito que la anhela. Es una boca en flor la boca de la que alegre y viva toca el clavicordio de la abuela.
Es una fresa, es una guinda, los labios son de Rosalinda, que toca y toca y toca más.
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¡Qué linda está la marquesita! Es una blanca margarita, ]
Tiene en su rostro abril y mayo; en su mirada brilla un rayo; con la cabeza hace el compás.
¡Qué linda está la marquesita! Es una blanca margarita, es una rosa, es un jazmín. Su cabellera es un tesoro; si ríe, brota un canto de oro en su reir de querubín.
El cielo tiene sobre el traje: si hay una nube, es un encaje, espuma, bruma, suave tul; como ella es blanca y sonrosada, y de oro puro coronada, ¡qué bien le sienta el traje azul!
Ella hacia un lado inclina suave la cabecita, como un ave que casi va, que casi vuela; y alza su mano el son sutil de la blancura del marfil del clavicordio de la abuela.
La niña, dulce cual la miel, canta a compás rondó y rondel, canta los versos de Ronsard; y cuando lanza en su clamor los tiernos versos del amor, se pone siempre a suspirar.
Amor sus rosas nuevas brinda a la marquesa Rosalinda, que al amor corre sin cautela, sin escuchar que en el teclado canta un amor desengañado el clavicordio de la abuela.
¡Amar, reir! La vida es corta. Gozar de abril es lo que importa en el primer loco delirio; bello es que el leve colibrí bata alas de oro y carmesí sobre la nieve azul del lirio.
Y aunque al terrible viaje largo empuja el ronco viento amargo cuyo siniestro nombre hiela, bien es que al pobre viajador anime el vivo son de amor del clavicordio de la abuela.
[imagen: OTROS POEMAS]
LA CARTUJA
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ESTE VETUSTO MONASTERIO HA VISTO, secos de orar y pálidos de ayuno, con el breviario y con el Santo Cristo, a los callados hijos de San Bruno.
A los que en su existencia solitaria, con la locura de la cruz y al vuelo místicamente azul de la plegaria, fueron a Dios en busca de consuelo.
Mortificaron con las disciplinas y los cilicios la carne mortal y opusieron, orando, las divinas ansias celestes al furor sexual.
La soledad que amaba Jeremías, el misterioso profesor de llanto, y el silencio, en que encuentran harmonías el soñador, el místico y el santo,
fueron para ellos minas de diamantes que cavan los mineros serafines a la luz de los cirios parpadeantes y al son de las campanas de maitines.
Gustaron las harinas celestiales en el maravilloso simulacro, herido el cuerpo bajo los sayales, el espíritu ardiente en amor sacro.
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Vieron la nada amarga de este mundo, pozos de horror y dolores extremos, y hallaron el concepto más profundo en el profundo «_De morir tenemos_».
Y como a Pablo e Hilarión y Antonio, a pesar de cilicios y oraciones, les presentó con su hechizo, el demonio sus mil visiones de fornicaciones.
Y fueron castos por dolor y fe, y fueron pobres por la santidad, y fueron obedientes porque fué su reina de pies blancos la humildad.
Vieron los belcebúes y satanes que esas almas humildes y apostólicas triunfaban de maléficos afanes y de tantas acedías melancólicas.
Que el _Mortui estis_ del candente Pablo les forjaba corazas arcangélicas y que nada podría hacer el diablo de halagos finos o añagazas bélicas.
¡Ah! fuera yo de esos que Dios quería, y que Dios quiere cuando así le place, dichosos ante el temeroso día de losa fría y _¡Requiescat in pace!_
Poder matar el orgullo perverso y el palpitar de la carne maligna, todo por Dios, delante el Universo, con corazón que sufre y se resigna.
Sentir la unción de la divina mano, ver florecer de eterna luz mi anhelo, y oir como un Pitágoras cristiano la música teológica del cielo.
Y al fauno que hay en mí, darle la ciencia, que al Angel hace estremecer las alas. Por la oración y por la penitencia poner en fuga a las diablesas malas.
Darme otros ojos, no estos ojos vivos que gozan en mirar, como los ojos de los sátiros locos medio-chivos, redondeces de nieve y labios rojos.
Darme otra boca en que queden impresos los ardientes carbones del asceta, y no esta boca en que vinos y besos aumentan gulas de hombre y de poeta.
Darme unas manos de disciplinante que me dejen el lomo ensangrentado, y no estas manos lúbricas de amante que acarician las pomas del pecado.
Darme una sangre que me deje llenas las venas de quietud y en paz los sesos, y no esta sangre que hace arder las venas, vibrar los nervios y crujir los huesos.
¡Y quedar libre de maldad y engaño y sentir una mano que me empuja a la cueva que acoge al ermitaño, o al silencio y la paz de la Cartuja!
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PEQUEÑO POEMA DE CARNAVAL
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_A Madame Leopoldo Lugones._