Plick y Plock

Chapter 9

Chapter 94,007 wordsPublic domain

Y le mostró el grupo que observaba atentamente lo que pasaba a bordo.

EL FRAILE.--¡De cuánta caridad cristiana no he de estar dotado para consentir en pasar días enteros con un apóstata, con un réprobo de la peor especie, y todo para purificar lo que tu herético y satánico contacto ha manchado; a fin de que los cristianos puedan servirse de esas mercancías sin temer la cólera del Cielo!

EL GITANO.--¡Qué quiere usted, padre mío! Su superior me paga bien y me emplea para desembarcar los objetos de contrabando de que el convento está abarrotado; me emplea porque sabe que nadie mejor que yo conoce las revueltas y los escondrijos de esta costa, y que, si me prenden, en nada he de comprometerle... Pero ¡anatema, como usted dice, anatema! estoy maldito. Ya se sabe... y como los españoles, aun siendo contrabandistas, son demasiado religiosos para comprar cualquier cosa que haya tocado un excomulgado, le envían a usted para que bendiga estas ricas telas, estos brillantes aceros, a fin de que quede tranquila la conciencia de los compradores y de aligerar la cueva del convento. En fin, aunque en pequeño, somos Dios y el diablo.

EL FRAILE.--¡Miserable!... ¡renegado!... ¡descreído!

EL GITANO.--Además, usted hace un honrado comercio con esas buenas gentes, porque les vende un poco demasiado caro sus bendiciones y sus exorcismos, que, aquí entre nosotros, no hacen la seda más fina ni el acero más flexible.

EL FRAILE.--¡Hijo de Satanás! ¡infame condenado!

EL GITANO.--Pero como vuestro gracioso soberano paraliza todas las industrias y prohíbe todo aquello que no deja fabricar, el contrabando se hace indispensable; los frailes lo explotan con Gibraltar, y los españoles pagan doble lo que podrían fabricar en casa. A mí me hace esto mucha gracia.

EL FRAILE.--¡Execrable réprobo! yo...

EL GITANO.--¡Basta, fraile, esas gentes te esperan! Ve a cumplir tu obligación, porque el tiempo pasa y la noche avanza.

--¡Perro maldito! ¡mi obligación!... ¡mi obligación!...--murmuró el fraile ganando la orilla por medio de un puente lanzado desde la tartana, y por el cual también el gitano había bajado, montado sobre su caballito que habían izado desde la cala, lo mismo que al reverendo.

Mientras que el gitano se ocupaba en hacer desembarcar las mercancías, el reverendo se había aproximado a los contrabandistas.

--¡La paz sea con vosotros, hermanos míos!--les dijo.

--¡Amén!--respondieron ellos, besándole el hábito.

EL FRAILE.--Ya veis, hijos míos, cuán cara me es vuestra salvación, y...

EL FILÓSOFO.--Es decir: nos es cara... a nosotros. ¡Pero Dios haga que ese capital, colocado aquí en _oremus_, nos proporcione allá arriba la vida eterna!

--¡Silencio, el hereje!--gritaron.

El fraile hizo un gesto despreciativo y continuó:

--¡Cuán cara me es vuestra salvación!... porque yo me expongo a pasar días enteros con ese hijo de Satanás, para que Dios no se irrite de vuestras relaciones con él.

--Y para hacer su pacotilla--repuso el incorregible filósofo.

--Por eso os bendecimos, padre mío--gritaron los otros contrabandistas a fin de ahogar aquella impertinente interrupción.

EL FRAILE.--¡Jesús! hijos míos, yo lamento tanto como vosotros el que esa tartana sea mandada por un renegado; pero ese renegado es el único hombre, es decir, el único descreído, que conoce bien esta costa. ¡Ay! ¡no presentarse un cristiano!

--Oiga, padre mío--dijo el hombre víctima de la distracción de Flores, el hombre de la evacuación sanguínea--, oiga, ¿es una buena acción librar al mundo de un pagano?

--¡Se gana el Cielo, hijo mío!

--Gracias, padre mío--y se alejó.

En aquel momento, el gitano había descendido de su caballo, y permanecía absorto en sus reflexiones, mientras que los negros acababan el desembarque. Su fiel _Iscar_ se revolcaba sobre la arena y mojaba sus largas crines, cuando de pronto dio un brinco y lanzó un relincho que hizo volver bruscamente a su dueño y le sacó de su ensimismamiento.

En aquel momento, el cuchillo del marino se levantaba sobre el pecho del gitano; éste asió al asesino por la garganta con tal prontitud y fuerza, que no pudo ni lanzar un grito. El cuchillo cayó de sus manos; sus ojos giraron en sus órbitas y sus dedos quedaron rígidos; poco a poco se fueron aflojando, sus brazos cayeron a lo largo del cuerpo, sus piernas se debilitaron, y cayó estrangulado. Sus compañeros creyeron que se trataba de un fardo.

--¡De rodillas, hijos míos!--dijo el fraile a los contrabandistas.

Todos se arrodillaron, menos el filósofo, que miraba la luna silbando el _Trágala_.

Entonces el fraile, armado de un hisopo, se aproximó a los fardos y dio una vuelta alrededor de ellos diciendo:

--¡Atrás, Satán, atrás! y que este signo de redención purgue a esas mercancías de la mancha que la herejía ha impreso en ellas. ¡Atrás, Satán, atrás!

Y echó torrentes de agua bendita sobre las cajas.

--Las moja demasiado; va a estropearlas--dijo el filósofo.

--¡Silencio!--gritaron todos a la vez.

--¡Atrás, Satanás!--dijo otra vez el fraile--. Ahora, hermanos míos, ya podéis tocar esos objetos.

Los contrabandistas le rodearon apresuradamente, y él sacó un largo papel de su cintura.

--Esas seis balas, hijos míos, son de sederías venecianas cuyas muestras podéis ver a la luz de este farol. ¡Ved qué hermosos colores! ¡y qué tejido tan suave y tan apretado! La pondremos a dos doblones la vara, hijos míos.

--¡Oh! ¡padre mío!

--Tened en cuenta que ya está bendecida, hijos míos.

--¡Por los cuernos de Satanás! el sello de la aduana del Cielo nos cuesta más caro que la de Cádiz--exclamó el maldito filósofo.

--¡Cállate, miserable!--dijo el fraile.

--Pero, reverendo, ¡dos doblones!

--Si es regalado, hijo mío. Ya se los cuesta al superior.

Y la discusión iba a entablarse, cuando, de lo alto del sendero, acudió corriendo un hombre presa de la mayor agitación; era el pescador Pablo.

--¡Por la Virgen, huid!--exclamó--, ¡huid! los aduaneros me persiguen; hemos sido traicionados por el marino Punto. El ha indicado el lugar del desembarque al alcalde de Vejer; le ha prometido matar al gitano y le ha prometido además aumentar el desorden que produciría su muerte, largando las amarras de la tartana para dar tiempo a los aduaneros de llegar y de cortaros la retirada.

--¡Muera! ¡muera Punto!--y los cuchillos brillaron.

--Eso no es todo--añadió--; los crímenes y las profanaciones del maldito recaerán sobre vosotros, y el señor obispo ha ordenado que os prendan o que os den muerte como a los lobos de la sierra, por haberos unido a un renegado.

--¿El santo pastor cambia sus ovejas por lobos? ¡Qué milagro!--añadió el filósofo.

--Así, pues, ¡huid!... ¡huid!... no habrá cuartel para vosotros.

--¡Muera Punto el traidor, muera!--y todos los cuchillos salieron de sus vainas.

--Ya está muerto--dijo el gitano empujando el cadáver con el pie--. De modo que, cargad de prisa vuestras mercancías, porque la marea sube y el cielo se cubre de nubes; y una vez que hayáis visto brillar allá arriba las carabinas de los aduaneros, tendréis que escoger entre el fuego y el agua, hijos míos.

Después dio un silbido prolongado, y todos los negros, habiendo vuelto a la tartana, retiraron el puente y marcharon a lo largo de las rocas que formaban el borde opuesto del canal. El condenado permaneció en la playa, montado sobre su fiel _Iscar_.

--Ya se lo decía siempre al superior--gritaba el fraile--. Prevenga al señor obispo de que el condenado está a su servicio, y así él obrará en consecuencia. Nada... él ha querido ocultárselo, y he aquí lo que ocurre.

Y dirigiéndose al gitano, le preguntó con inquietud:

--¿Por qué haces alejar tu embarcación? ¿es que tendremos que abordarla a nado?

--¿Y de qué nos serviría la embarcación ahora padre mío? No puedo ir con niebla por entre esos rompientes.

--Pero al menos estaríamos en seguridad, en el caso en que los aduaneros bajasen para sorprendernos; y, ¡por Cristo! no podrían aproximarse a la tartana entre esos peñascos y esas olas. Haz poner el puente.

El gitano, sonriendo, hizo un gesto negativo que aterró al fraile.

Los contrabandistas no habían tomado parte en esta discusión; tal prisa se daban a embalar las mercancías que contaban obtener a mejor precio, gracias a este incidente. El filósofo, sobre todo, cargaba de tal modo a su caballo, que el desgraciado animal se doblegaba bajo el peso de las mercancías; no obstante, el filósofo continuaba acumulando fardo sobre fardo, mientras murmuraba:

--Una vez en el camino de Vejer, será preciso que Dios te preste las alas de un serafín para que me alcances, fraile.

Y su caballo llevaba, al menos, una tercera parte de la carga de la tartana.

--¡Ah! ya caigo--dijo el fraile a quien el signo del gitano había asustado mucho--, ya caigo; el señor capitán se queda con nosotros, porque conoce una salida secreta que puede ayudarnos a salir de esta ensenada sin necesidad de subir por ese camino, tan alto como la escala de Jacob. El señor capitán me lo ha dicho cien veces, ahora lo recuerdo.

Al acabar estas palabras, sus dientes se entrelazaban; estaba tan pálido como un cadáver, y no obstante quiso sonreír y miró al excomulgado con el aire más humilde y más amable.

El rostro del gitano adquiría una expresión equívoca, cuando, al fogonazo de un tiro que partió de lo alto de la montaña, se vio a los aduaneros que se preparaban y tomaban posiciones. Toda esperanza de retirada por aquel lado se había perdido.

--¡Virgen santa!, ¡sálvenos, señor capitán, sálvenos!--dijo el fraile--; ¡la salida! ¡Señor! ¡indíquenos la salida!

--¡La salida!--repitieron los contrabandistas con espanto, sin saber de lo que se trataba.

--¿Qué salida?--preguntó el gitano--. Usted está soñando, padre mío, y me temo que sea un mal sueño; porque los aduaneros empiezan a bajar y las balas silban. ¡Oiga!...

--¡Pero, Dios mío! Usted me había dicho que en medio de esas rocas existía un paso oculto que daba a la costa, un paso que podía darnos el medio de salir de esta, ensenada que ya el mar va cubriendo... ¡Virgen santa! ¡por todas partes rocas cortadas a pico!--exclamó el fraile desesperado, mirando por encima de su cabeza.

--¡Por todas partes rocas cortadas a pico!--repitió el gitano.

--Vamos, reverendo, un milagro; éste es el momento--dijo el filósofo que miraba dolorosamente su caballo tan ricamente cargado.

Muchos tiros partieron de nuevo de la cima de la montaña, pero las balas caían muertas; porque los aduanares se aproximaban lentamente y estaban aún muy lejos, a causa de las vueltas que daba el sendero. La luna brillaba en medio de un hermoso cielo, y su dulce claridad alumbraba en todos sus detalles aquel curioso cuadro.

--¡Cuánto me gusta una hermosa noche de verano!--dijo el gitano--; las flores se abren para aspirar la frescura del aire, y sus perfumes nos llegan más suaves. ¿Sentís, hermanos míos, el rico olor de los áloes y de los naranjos?

Una nueva descarga interrumpió este inconveniente monólogo, pero esta vez cayó un contrabandista.

--¡En nombre de Cristo! tú debes salvarnos ¡en nombre de Dios, yo te lo ordeno!--gritó el fraile enseñándole el cielo.

Este movimiento resultó hermoso, pero no produjo ningún efecto, porque el gitano respondió riendo:

--¡En nombre de Dios, de Dios!... ¿qué se figura usted, padre mío? No bromee, pues. El momento es grave, ¡grave!... vea usted a ese cristiano que se retuerce y pierde su sangre.

A la risa espantosa del gitano se unió el ruido del mar, que ascendía, y empequeñecía cada vez más el espacio donde se oprimía aquel puñado de hombres.

Los contrabandistas se persignaron temblando. Uno de ellos tomó su escopeta y la dirigió contra el gitano. El fraile se precipitó sobre él. ¡Desgraciado! ¡sólo él puede salvarnos! ¡sólo él conoce la salida!

Viendo aquel movimiento hostil, el gitano había entrado en el mar que ya cubría el pecho de su caballo.

--He ahí a los aduaneros que bajan las últimas rampas, hijos míos, y ya sabéis que ahora las balas hacen daño--dijo el maldito señalando al contrabandista herido de muerte.

Los demás se echaron entonces a los pies del fraile.

--¡Padre mío, ruegue por nosotros!

Y el fraile y ellos se prosternaron gritando:

--¡San Juan, San Juan, rogad a Dios por nosotros!

Y se golpeaban el pecho, mientras que al resplandor de las descargas, se veía al gitano, a caballo, y aquella figura extraña, cuyas proporciones la noche parecía doblar, se destacaba en negro con vivos reflejos de color de fuego sobre una lluvia de espuma deslumbrante de blancura.

Los fogonazos se sucedían sin interrupción; un segundo contrabandista cayó, y se oían ya las voces de mando de los aduaneros.

El espanto del fraile había llegado al límite; se arrastró hasta la orilla del mar, y allí, arrodillado en el agua, gritó al gitano con el acento del más profundo terror. ¡Sálvame, sálvame!

¡Y el fraile lloraba!

--¡Por el alma de tu padre, sálvanos! ¡te daremos tanto oro que podrás llenar tu tartana!--aullaron los contrabandistas.

E imploraban con las manos juntas, mientras que tres de ellos se revolvían en las últimas convulsiones de la agonía.

--¡Dios mío! ¡Dios mío!--balbuceó el fraile.

Y el desgraciado se retorcía los brazos y se revolcaba sobre la roca ensangrentada.

--¡Dios está sordo!--dijo el gitano--; invoca a Satanás.

Y se echó a reír.

--¡Atrás, atrás, blasfemo!--respondió el hermano levantándose horrorizado.

Pero el mar adelantaba de tal modo, que las olas iban a romperse a sus pies y les cubrían de espuma.

--Invocad a Satanás, y os salvaré. Detrás de esas rocas hay una salida secreta oculta por una piedra; ella os pondrá al abrigo de los aduaneros. Aun estáis a tiempo, porque ahora no os ven--dijo el gitano, que ya estaba a flote con su caballo.

Y los contrabandistas interrogaban cada roca con desesperación, y el fraile, con la mirada fija y el rostro lívido, hizo un movimiento de horror pensando en la proposición del maldito... Después, no obstante, pareció vacilar.

Y esto es concebible, porque en aquel momento, aunque ya no se veía a los aduaneros, se oía el ruido de sus armas y los preparativos de las baterías que armaban.

--¡Pues bien!--dijo el fraile en su delirio--, ¡pues bien! Satanás, sálvanos, ¡porque tú no puedes ser más que Satanás!

--¡Sí, Satanás, sálvanos!--gritaron los demás con un acento de terror indefinible.

Y jadeante, con los ojos fijos y chispeantes, esperaban.

* * * * *

El gitano se encogió de hombros, volvió la cabeza de su caballo del lado de la tartana, y la ganó a nado en medio de una granizada de balas, cantando una antigua canción mora del _Hafiz_:

--¡Oh! permites, encantadora niña, que yo envuelva mi cuello con tus brazos, etc., etc.

* * * * *

Los contrabandistas se quedaron anonadados.

--¡Fuego! ¡por Santiago! ¡Fuego! Tirad sobre el caballo y sobre la pluma blanca, y sobre el mismo bandido--gritaba el oficial al que se distinguía perfectamente, porque su tropa se había parapetado detrás de una rampa, y desde allí hacía un fuego nutrido y continuo sobre los contrabandistas.

Porque los que quedaban de estos negociantes sin patente, no tenían más que elegir que entre el fuego y el agua, como había dicho el gitano.

--¡Fuego! ¡fuego sobre esos descreídos!--repetía el oficial para estimular a su gente--; el señor obispo ha prometido indulgencias para esta Cuaresma, y puesto que el jefe se nos escapa, aniquilemos al resto de la banda. ¡Fuego!...

--Pero, capitán, veo a un religioso...

--¡Infame! se ha disfrazado. ¡Fuego!

--¡Por San Pedro! fuego, pues. ¡Por usted, reverendo!

El fraile recibió el tiro en el pecho y cayó de rodillas. No quedaban más que dos, él y el filósofo, también herido. Los otros habían sido muertos, se habían ahogado entre los rompientes al querer ganar a nado la tartana, o arrastrados por las olas.

--¡Hijos míos!--gritaba el fraile--, soy un religioso de San Juan enviado por el superior; ¡piedad en nombre de Cristo! ¡piedad!

Y se agarraba a las agudas puntas de la roca.

--Esto quiere decir--balbuceó el filósofo recibiendo una segunda y mortal herida--que si yo hubiera de creer en algo, no creería ni en Dios ni en el diablo, porque he llamado a los dos... y... y...

Sus brazos se abrieron; dejó el trozo de granito que oprimía con fuerza, abrió desmesuradamente los ojos... y desapareció.

--¡Gracia! ¡gracia! ¡Dios mío! ¡me ahogo!--aulló el fraile que se debatía entre las olas.

--¡Cómo!--dijo el oficial--, ¡aun vive el impío! ¡fuego, pues, por Santiago!

Tres disparos de carabina partieron a la vez; el hábito azul del reverendo flotó un instante, y después ya no se vio nada, nada... ni caballos, ni hombres, ni fraile... nada más que olas espumosas que habían invadido ya la primera rampa del sendero e iban a estrellarse con gran estrépito contra la segunda.

Sólo el gitano se había salvado.

--¡Por Cristo! su tartana va a estrellarse contra los escollos--exclamó el oficial--. Dios es justo, y puesto que sale del canal contra la marea, su pérdida es segura.

En efecto, el condenado bordeaba intrépidamente aquel paso, que el furor de las olas debía hacer impracticable.

VI

LA MONJA

¡Ah! este corazón ha descendido vivo a la tumba, y las austeridades del sombrío convento no me han preservado de una mirada criminal. En vano he llorado amargamente.

DELFINA GAY, «_Madame de la Vallière_».

Ciertamente, si yo fuese monje, y tuviese que elegir un convento, elegiría el de Santa Magdalena; es un digno convento, triste y sombrío, situado a orillas del mar, a siete leguas de Tarifa. Al Norte, el Océano golpea sus muros; al Sud, lagunas impracticables; al Oeste, rocas cortadas a pico; pero al Este... ¡ah! al Este, una bella pradera verde, atravesada por un riachuelo que serpentea y brilla al sol como una larga cinta plateada; y luego, las violetas y las clemátides que perfuman sus bordes, las palmeras de largas flechas y los almendros que dan sombra. Y luego, en medio de la llanura, la encantadora aldea de la Pelleta, con su alto campanario, blanco y esbelto, sus casas albas y su ramillete de naranjos y de jazmines. Y después, más lejos, las montañas obscuras de Medina, cuyas vertientes están cubiertas de olivos y de tejos...

Os lo repito, si yo fuese monje, no elegiría otro convento que el convento de Santa Magdalena.

¡Y los días de fiesta, pues! los jóvenes van a bailar casi bajo sus muros, y no negaréis que, para una pobre reclusa, es un gran placer oír el restallido embriagador de las castañuelas bajo los ágiles dedos de los andaluces... y ver los movimientos lentos y tranquilos del bolero... al majo perseguir a su maja que le huye y le evita... después se aproxima a él y le arroja un extremo de su corbata que él besa con transporte, y se envuelve una mano, mientras que con la otra hace resonar sus castañuelas de marfil.

Agitad, agitad vuestras castañuelas, jóvenes, porque la cachucha reemplaza al bolero. ¡La cachucha! ¡he aquí una verdadera danza andaluza, una danza ardiente y animada, vertiginosa y lasciva! Id... id... rodead con vuestro brazo amoroso la cintura de vuestra amante, y arrastradla rápidos y estremecidos al son del instrumento sonoro. Id... su seno palpita... su ojo brilla, y el viento levanta su negra cabellera y deshoja su guirnalda de flores; después, murmuraréis a su oído:

--Amor mío... cuán dulce me será respirar esta noche a tu lado el perfume de los almendros...

Y ella se lanza más vivamente aún, y su brazo os ha oprimido tan fuertemente que habéis sentido su corazón brincar bajo su mantilla.

Vaya, no temas, muchacha, tu madre no ha oído nada, y esta noche, después del rosario, cuando tu abuelo te haya besado en la frente, trémula, inquieta, tus piececitos desflorarán el césped, y te detendrás veinte veces, conteniendo la respiración. Por fin, te sentarás, palpitante, al pie de ese bello almendro florido, cuyas hojas relucientes reflejarán la dulce claridad de la luna. Allí, de pronto, dos fuertes brazos te envolverán. ¡Virgen santa! ¡qué atrevimiento! Pero entonces, valerosa muchacha, tú no tendrás miedo.

Ya el son de las castañuelas es más opaco, el sol se pone, la cachucha vertiginosa ha cesado, las jóvenes regresan a su aldea y ríen, y cantan, alisándose con la mano los rizos sedosos de sus húmedos cabellos.

Ahora no diréis como yo que es un digno convento el convento de Santa Magdalena; porque, en fin, figuraos una pobre joven encerrada en él, con sus diez y ocho años, sus ojos negros y su corazón español que late bajo su escapulario.

A primera hora, maitines, una larga plegaria en una iglesia sombría y helada; después vísperas, después la misa, después la novena, después el _Angelus_ ¿y qué sé yo?

Por toda distracción, dos horas de paseo en el jardín del viejo claustro. ¿Conocéis un jardín de claustro? grandes encinas negras y silenciosas, un césped raquítico encuadrado en verjas de cañas, y el sol a mediodía; eso es todo.

Así, confesad, que cuando un día de fiesta se ha podido escapar de la iglesia para ir a su celda, ¡el corazón late desahogado y alegre!

La reclusa entra en ella, cierra cuidadosamente la puerta, y ya está en su casa. ¡En su casa! ¿comprendéis esta palabra? cuatro paredes desnudas, pero blancas; un crucifijo de ébano encima de una mesita de nogal cubierta de flores; una reja que da sobre la verde pradera; una cama estrecha, sobre la cual se puede soñar. Francamente, con todas esas riquezas y vuestros recuerdos de niña, ¿envidiaríais la suerte de la camarera mayor de la reina de todas las Españas?

Pues, no obstante, una joven está allí sola; el crucifijo, la mesita, la reja, la cama, el perfume dulce y tenue, todo lo tiene; pero ella no mira ni la pradera, ni el baile, ni el sol que se oculta resplandeciente.

Oculta la frente entre sus manos y las lágrimas ruedan a través de sus dedos.

Ya podemos figurárnoslo: era la monja que asistió a la corrida de toros.

Ya no brillaban encima de ella el raso ni las pedrerías como el día en que se despidió del mundo. ¡Oh! ¡no! un amplio sayal de burdo paño envolvía su lindo talle como una mortaja, sus largos cabellos negros, habían sido cortados, y los que le quedaban estaban ocultos tras la blanca toca que dibujaba su frente cándida, más blanca aún. Pero, ¡Santo Dios! ¡qué pálida estaba! sus ojos azules, tan bellos y tan puros, estaban rodeados de un ligero círculo amoratado, en el que las venas surcan la piel suave y rosada.

--¡Dios mío! ¡perdón! ¡perdón!--dijo, y se dejó caer de rodillas sobre el duro suelo.

Algún tiempo después se levantó con las mejillas purpurinas y los ojos brillantes.

--¡Huye! ¡huye, peligroso recuerdo!--exclamó precipitándose hacia la reja--. ¡Oh! ¡oh! ¡aire! ¡me abraso! ¡Oh! quiero ver el sol, los árboles, las montañas, esos bailes, esa fiesta. Sí, quiero ver esa fiesta, ser absorbida completamente por ese espectáculo brillante. ¡Dichosos ellos! ¡Bravo, joven! ¡qué ligereza! ¡qué gracia! ¡cómo me gustan el color de tu basquiña y las trenzas de tu moño! ¡qué bien hace esa flor azul en tus cabellos rubios! Pero tú te aproximas a tu pareja... ¡Guapo mozo! sus ojos te miran con amor... _El_ también tenía una dulce mirada, pero...

Y se calló, ocultando su cabeza entre las manos; porque su corazón latía con tal fuerza, que parecía querer saltársele del pecho. Después, reponiéndose, y hablando de prisa, como si hubiera querido escapar a un recuerdo que la oprimía:

--¡Qué brillante está el sol! ¡Jesús! ¡qué hermoso matiz de púrpura con reflejos de oro! ¡qué tornasolado tan magnífico y tan raro! Tan pronto parece una elegante torre morisca con mil cresterías, ahora es un globo de fuego; pero sus contornos varían siempre, y se presentan destacados... ¡Virgen del Carmen! se diría que es un rostro humano... Sí... esa ancha frente... y esa boca... ¡Oh! no... sí... Jesús... ¡es _él_!...

Y jadeante, había caído de rodillas, con las manos juntas, en una especie de éxtasis, ante aquella imagen fantástica, que el vapor fue revelando, se borró poco a poco y desapareció del todo.