Chapter 8
Entonces ocurrió un suceso bastante raro. El nombre del gitano hizo un efecto tal, que todos los espectadores quisieron salir a la vez y se precipitaron hacia los vomitorios demasiado estrechos para dar paso a aquella masa de hombres que se agrupaban en la misma dirección. Por esta causa, las vigas de la plaza se resquebrajaron y crujieron, no pudiendo soportar una sacudida tan violenta y toda una parte del anfiteatro se hundió bajo los pies de los espectadores. El tumulto y el espanto llegaron a su límite, una multitud de personas estaban amontonadas las unas sobre las otras, y sobre todo aquellas que soportaban un peso tan enorme, lanzaban gritos lamentables y se encomendaban al santo de su nombre.
--¡Es ese maldito, ese condenado--decían--, que ha atraído la cólera del Cielo osando profanar a la prometida de Cristo! su presencia es un azote... ¡Anatema, anatema sobre él!
Y luego venían unas maldiciones capaces de hacer estremecer a nuestro santo padre.
En vano el alcalde y el gobernador que habían escapado al desastre, trataban de restablecer el orden: ni siquiera podían conseguir hacerse oír, ya que eran algunos millares de seres magullados o aplastados los que aullaban a la vez. Las autoridades estaban ya invocando a los últimos santos del calendario, cuando aquel inmenso montón de hombres se disipó como por encanto. De pronto todos se encontraron de pie, pero en muchos, los acentos de un verdadero dolor habían reemplazado a los gritos de temor o de sorpresa.
He aquí por qué:
El desgraciado barbero Flores, situado en la parte más baja del circo, se encontró entre el número de los que soportaban todo el peso de la multitud. Después de haber hecho con sus compañeros de infortunio increíbles esfuerzos para escapar a la presión, y viendo que las sanas y buenas razones no podían nada sobre la indolencia de los compadres de las capas superiores, sin pensar que con ello aumentaban el malestar de los de abajo, el barbero Flores magullado, aplastado, articuló con pena a algunos desgraciados que gemían como él.
--Compadres, estoy convencido de que jugando el cuchillo por encima de nosotros, a derecha e izquierda, conseguiremos despertar la sensibilidad y la piedad de nuestros opresores, gracias a algunos rasguños que yo después me encargaré de curar, sea con diaquilón, el ungüento, o la...
Aquí se detuvo para tomar aliento, porque su desgraciado destino le había hecho caer inmediatamente bajo el cuerpo de dos frailes y de un carnicero.
--O la balsamina--continuó respirando apenas--. Así, pues, padres míos, absolvedme por anticipado, porque es por la salvación de todos, sobre todo por los de abajo; y van ustedes a ver, mis reverendos, cómo la punta de un cuchillo persuade mejor que las más elocuentes palabras.
--_Ave María_, que Dios nos guarde--respondieron los dos frailes que oprimían al barbero con toda su rotundidad monacal y que comprendieron, por sus movimientos bruscos y agitados que aquél buscaba su cuchillo--. En nombre del Cielo, ¡no haga usted eso, hijo mío! ¿No comprende que sería un homicidio?
--Pero, padres míos, los homicidas son ustedes... ¿no comprenden que me están ahogando?
--¡Por Cristo! A nosotros también nos ahogan.
--Es por ustedes, pues, por quien voy a trabajar. Pónganse de lado, padres míos, las heridas son así menos peligrosas, porque no se encuentran más que las falsas costillas. En fin, yo la tengo--dijo abriendo con dificultad su navaja.
--¿Están dispuestos, compadre?
--¡Jesús! no lo estamos.
--¡Es igual, que Dios nos ayude!
Y se puso a herir de la manera que pudo por encima de su cabeza. Los que recibieron esta caritativa advertencia no encontraron nada más eficaz para hacerla cesar que imitarla, y este medio incisivo, propagándose de abajo arriba, con rapidez, tuvo bien pronto el resultado más satisfactorio, salvo los rasguños que Flores se encargó de cicatrizar y cicatrizó probablemente con su habilidad acostumbrada.
Rehechos todos de esta violenta emoción, el primer grito fue el de preguntar dónde estaba el maldito, y correr a la orilla. Una tartana, con las velas rojas, empavesada como en un día de fiesta, se balanceaba a lo lejos... Era él, no podía dudarse--. ¡Al puerto! ¡al puerto!--y se precipitaron hacia el embarcadero para volar en su persecución.
¡Pero allá, gran Dios, qué espectáculo! El pueblo español es talmente ávido de corridas de toros, que ni un hombre, ni una mujer, ni un niño habían quedado en la población; todos estaban en la plaza, los marinos mismos habían abandonado sus embarcaciones, y cuando llegaron apresuradamente, se encontraron todas las amarras cortadas y vieron a lo lejos faluchos y balandros que el mar se había llevado al retirarse.
Entonces cayó un nuevo aluvión de maldiciones sobre el gitano, y todo el pueblo, en un movimiento espontáneo, se dejó caer de rodillas para pedir a Dios que hiciera hundir aquella tartana, que parecía burlarse de la llorosa multitud desplegando sus brillantes paveses de mil colores.
De pronto, el cielo pareció escuchar aquella demanda, ciertamente justa, porque dos velas aparecieron a lo lejos; las dos cortaban el viento corriendo la una cerca de la otra, de modo que la embarcación del gitano debía encontrarse encerrada entre las dos o bien arrojarse a la costa; ¡y cuál no fue la alegría pública cuando reconocieron a dos escampavías del Gobierno que izaron el pabellón español, asegurándole con un cañonazo!
Entonces la tartana cambió rápidamente sus amuras, viró en redondo con una preteza prodigiosa, pasó por entre las dos escampavías y fue a parar fuera del alcance de sus perseguidores. Aunque la maniobra sabia y prestigiosa de la tartana hubiera derrotado los planes de campaña y la táctica de los espectadores de Santa María, ellos contaban siempre con la velocidad y el número de sus atacantes para ver a su enemigo aprehendido y arrastrado a remolque. Pero la tartana, teniendo sobre las dos escampavías una ventaja de marcha positiva, desapareció bien pronto detrás de la punta de la torre que avanzaba mucho sobre el mar; y no fue hasta después de un cuarto de hora de navegación que los guardacostas que navegaban en las mismas aguas, desaparecieron también a los ojos de la multitud, ocultos por el promontorio.
Y todo Santa María temblaba de impaciencia y de deseo por conocer el resultado del combate que iba a librarse detrás de la montaña.
IV
LAS DOS TARTANAS
Zarpa el balandro que se balancea sobre las olas, y brilla en el azul de los mares como una centella.
VÍCTOR HUGO, «_Navarin_».
--¡Adelante, mi fiel _Iscar_! ¡ya lo ves, el mar está azul y el oleaje viene a acariciar dulcemente tu ancho pecho, blanqueado por la espuma! ¡Adelante! ¡tú hundes en el agua límpida tus narices que se abren temblorosas! y tu larga crin se cubre de perlas brillantes como gotas de rocío. ¡Adelante! mueve aún tus corvas vigorosas que hienden las olas. Valor, mi fiel _Iscar_, valor, porque ¡ay! los tiempos han cambiado. ¡Cuántas veces, sobre la fresca verdura del prado de Sevilla o de Córdoba, tú alcanzabas y dejabas atrás las brillantes calesas que arrastraban a las hermosas granadinas, morenas y rientes, con su redecilla de púrpura que volaba al viento y su rica mantilla prendida con broches tornasolados! ¡Cuántas veces tú has relinchado de impaciencia cerca de la estrecha ventana cerrada por una cortina de seda, detrás de la cual suspiraba mi Zetta! ¡Cuántas veces tú has relinchado mientras que nuestros labios se buscaban y se oprimían ardientes, aunque separados por el tejido celoso! Pero entonces yo era rico; entonces el pabellón de guerra de las anchas franjas y del león real, se izaba en el palo mayor cuando yo subía a bordo de mi fragata; entonces la inquisición no había puesto aún precio a mi cabeza... ¡entonces, no me llamaban el condenado! y más de una vez la mujer de algún grande de España me sonreía tiernamente cuando, en una bella tarde de estío, yo acompañaba con mi _guzla_ su voz pura y sonora. ¡Vamos, valor, mi fiel _Iscar_, porque el pasado está lejos! Pero tú me has entendido, porque tus orejas se levantan y tus relinchos redoblan. ¡Valor, he ahí mi tartana! he ahí mi enamorada que se balancea sobre las olas como una gaviota se deja mecer en su nido por una onda transparente. Pero, ¿no oyes, como yo, pitos confusos y alejados, un rumor que viene a extinguirse en nuestros oídos? ¡Por el disco de oro del sol! ¡es esa innoble multitud de Santa María a quien mi nombre ha aterrado! Por lo menos he visto a esa monja por segunda vez. ¡Qué hermosa es! ¡y mañana enterrada para siempre en el convento de Santa María! ¡Qué crimen!... ¡y no se la robaré a Dios!
Apenas el gitano pronunció estas palabras, cuando de la tartana cayó al agua una especie de puente flotante, e inclinado, que estaba amarrado a la borda del buque por largos brazos de hierro. El caballo apoyó fuertemente sus patas delanteras sobre la extremidad de la plancha y de un vigoroso salto ganó el combés que se elevaba muy poco por encima del mar.
En el interior de aquella embarcación se notaba un esmero y una limpieza raros, y no se veía nadie a bordo, a excepción de un fraile, grueso y rechoncho, que llevaba un hábito azul y una cuerda ceñida a la cintura; pero el reverendo parecía presa de la mayor inquietud y angustia; armado de un enorme anteojo, lo paseaba incesantemente sobre el espacio que separa Santa María de la isla de León, lanzando a intervalos exclamaciones, lamentos e invocaciones que hubieran enternecido a un corregidor.
Pero cuando hubo visto al gitano su rostro adquirió un aire que inspiraba verdadera piedad; su frente baja y rasurada, coronada de una línea de cabellos de un rubio pálido que parecían erizarse de furor. Movía a un lado y a otro sus hoscos ojos, y un temblor convulsivo agitaba sus labios y su triple barba. Por fin, habiendo hecho evidentemente todos los esfuerzos para articular una palabra y no habiéndolo podido conseguir, agarró al gitano por un brazo, y con el extremo de su anteojo, que temblaba en su mano de un modo espantoso, le designó un punto blanco que se advertía a la entrada del golfo.
--¡Y bien! ¿qué es eso?--preguntó el réprobo.
--¡Es... es... el... el... el guardacostas!--balbuceó el fraile con una pena extrema.
Y se oían rechinar sus dientes. Y miraba, con los brazos cruzados sobre su pecho jadeante.
El gitano se encogió de hombros, fue a sentarse sobre un empalletado y se volvió hacia Santa María repitiendo:
--¡Qué hermosa estaba!
El anteojo cayó de las manos del fraile; se golpeó la frente, tuvo un momento de recogimiento, se secó el rostro inundado de sudor, hizo un esfuerzo sobre sí mismo como para tomar una resolución atrevida, y dirigiéndose al comandante de la tartana, que parecía aún absorto en su amoroso ensueño, exclamó:
--¡Réprobo... renegado... condenado... apóstata, excomulgado... hijo de Satanás... brazo derecho de Belcebú!...
--¿Qué pasa?--dijo el gitano a quien este insultante exordio había sacado de su éxtasis.
--¡Pues bien! ¡tres veces maldito! yo te conjuro en nombre del superior del convento de San Francisco que es mi dueño y el tuyo...
--El mío, no, fraile.
--Mi dueño y el tuyo--continuó--; te conjuro a desplegar las velas y a tomar el portante. Ese guardacostas se aproxima y nosotros deberíamos estar ya a la vista de Tarifa, si el infierno no te hubiera sugerido el loco pensamiento de ir a esa maldita corrida de toros y dejarme solo, a mí, que no entiendo nada de vuestras malditas maniobras. Y si te hubieran preso, ¡ahora que tu cabeza está a precio!
--No les temo.
--No se trata de ti, por Cristo, sino más bien de mí. Si tú hubieses sido detenido en tierra, ¿qué habría hecho yo aquí?
--¡Qué quiere usted! las distracciones son tan raras en nuestro estado... la idea de ver esa fiesta me ha sonreído, ¡y sin duda me ha guiado mi buen ángel, padre mío!
--¡No me llames tu padre, condenado! El que tú llamas tu buen ángel, ¡por San Juan! tiene el pie torcido.
--Como usted quiera, no insisto en ello... En cuanto a su invitación, hago tanto caso de ella como esto...--Y golpeó con su varilla sus botas que chorreaban agua--. Sepa usted que esperaré no sólo ese guardacostas, sino otro que debe llegar del Este.
--¡Les esperarás! ¡virgen santa! ¡les esperarás! ¡Oh San Francisco, rogad por mí!
Y después de un momento de silencio, gritó con todas sus fuerzas:
--¡Arriba todo el mundo, arriba, hermano mío! En nombre del superior de San Francisco, yo os orde...
--¡Acabemos, fraile!--dijo el condenado; y le puso una mano sobre la boca, y con la otra oprimió tan violentamente el brazo del tonsurado, que el desgraciado comprendió toda la significación del gesto y se arrojó sobre el puente del navío con la expresión de ese terror mudo que nos anonada cuando tenemos la convicción íntima de no poder escapar a un peligro inminente.
El gitano sonrió compasivamente; después miró fijamente en dirección a la bahía de Cádiz.
--¡Por las rocas de la Carniola! ¡tardas bastante tú también!--exclamó viendo la segunda escampavía destacarse del horizonte y avanzar con rapidez--. Llegan aquí como dos sabuesos que atacan a una corza en un zarzal; pero los sabuesos son pesados y torpes mientras que la corza es astuta y ligera. ¡Por sus ojos azules! la caza va a comenzar, porque se oyen los cuernos.
Era una de las escampavías que había disparado un cañonazo. A este ruido inesperado, el desgraciado fraile dio un salto convulsivo, levantó instintivamente la cabeza por la borda, y, viendo las dos escampavías, la bajó rápidamente y se precipitó en el sollado haciendo repetidas veces la señal de la cruz.
El gitano se aproximó silenciosamente a la brújula, comparó su dirección con la del viento, calculó las probabilidades de la brisa, reflexionó un instante... después tomó un silbato de oro suspendido de su cintura, se lo llevó tres veces a la boca, y de un salto se plantó en el empalletado.
A esta señal, diez y ocho negros subieron silenciosamente al puente. Apenas se había oído un segundo toque de silbato, cuando la tartana había aparejado y desplegado su antena, su bauprés y su trinquete y el condenado manejaba la barra del timonel. Las dos escampavías se iban aproximando, una por cada lado, y no estaban a un tiro de cañón de la tartana, cuando ésta viró en redondo, pasó intrépidamente por entre sus enemigos, al mismo tiempo que les enviaba una andanada, y se precipitó en dirección a la punta de la Torre. Esta increíble maniobra no podía intentarse más que con un navío tan velero y de una marcha tan segura; porque antes que las dos escampavías se hubiesen colocado de popa al viento, el gitano bordeaba ya el promontorio, que le ocultaba a los ojos de los españoles, ocupados aún en orientarse. Es en este lugar donde los habitantes de Santa María le perdieron de vista.
A un tiro de fusil de la base de este promontorio se elevaba una cadena de enormes bloques de granito que formaban, avanzándose hacia el mar, los bordes escarpados de un estrecho canal que serpenteaba entre ellos y el pie de la montaña y no tenía más salida que a través de los rompientes más peligrosos.
El gitano estaba tan acostumbrado a semejantes escollos, que se aventuró sin temor por aquel pasaje, y después de haber navegado con una destreza maravillosa, hizo cargar todas las velas y desarbolar largando los obenques, que no estaban establecidos sobre un sitio fijo, sino sobre las garruchas; de modo que al cabo de algunos minutos la tartana, que tenía muy poco calado, había quedado lisa como un pontón y enteramente oculta por las rocas que disimulaban el canal por la parte del mar.
Una vez allí, el silbato del condenado resonó de nuevo, pero en dos veces distintas, con modificaciones singulares.
Bien pronto se oyó el ruido de unos remos que batían el agua acompasadamente, y se vio salir de detrás de un grupo de rocas una tartana semejante en un todo a la del gitano. En ella iba el joven de cara femenina e imberbe que tanto había asombrado al barbero Flores. El condenado le hizo un gesto que él pareció comprender, porque haló su navío a lo largo de los escollos mientras la profundidad del agua no era suficiente; luego, habiendo llegado al otro extremo del canal, después de haber evitado hábilmente una multitud de arrecifes, el viento hinchó sus velas y desembocó por el pasaje en el instante mismo en que las dos embarcaciones españolas doblaban el promontorio. Cuando vieron esta nueva tartana, forzaron las velas y se echaron sobre ella, creyendo perseguir aún al gitano.
--Sois unos valientes cazadores--decía éste tranquilamente desde su escondite--. La corza os ha dado el cambiazo, y estás sobre una falsa pista; y mientras que ese pavo va a cruzar en todos los sentidos para fatigarlos y arrastraros en su persecución, la corza pondrá a buen recaudo los ricos tejidos de Venecia, los aceros de Inglaterra y los cobres de Alemania que tiene encerrados en su vientre. ¡Vamos, vamos! ¡a la caza, y por esa estrella que comienza a brillar, pueda la mía ser dichosa esta noche, porque el sol baja!
En efecto, ya el sol tocaba a su ocaso, y el mar y el cielo, confundiéndose en el horizonte inflamado, no formaban más que un inmenso círculo de fuego. La cima de las olas centelleaba iluminada por los largos reflejos dorados que venían a extinguirse en las sombras que proyectaban las grandes rocas de la costa.
Largo tiempo se vio a la tartana maniobrar con una agilidad sorprendente para escapar a las dos escampavías. Tan pronto aligeraba el aparejo y ponía la proa a través del oleaje que cubría al buque de una espuma blanca que caía en lluvia brillante con todos los matices del arco iris y parecía rodearle de una aureola de púrpura y azul; y allí, pérfidamente, esperaba a sus enemigos, abandonándose a las ondulaciones del agua... Después, cuando se aproximaban, creyendo ya echarle mano, ponía la popa al viento, extendía sus velas como grandes alas de púrpura, y dejaba bien lejos a los bonachones guardacostas que se habían locamente alabado de atraparle.
Tan pronto, virando en redondo y cubriéndose repentinamente de banderolas y paveses de mil colores, corría al encuentro de sus perseguidores. Estos se separaban inmediatamente para tomarla entre dos fuegos, y se precipitaban activamente al combate. Pero la tartana, como una coqueta, inconstante y caprichosa, reanudaba su rumbo primitivo, y a la velocidad de todo su velamen, iba a sumergirse en las oleadas de luz que abrazaban la atmósfera, desesperando así a los honrados guardacostas que se apuntaban un nuevo fracaso. En fin, después de dar numerosas pruebas de su superioridad maniobrera y de marcha y fatigar a las escampavías, conseguía arrastrarlas bien lejos del lugar donde el gitano contaba llevar a cabo su desembarco.
Porque la maldita tartana cumplió tan bien sus instrucciones, que poco a poco el vapor fue velando a las tres embarcaciones que se hundieron en la bruma y desaparecieron cuando el sol no arrojaba ya más que una claridad sombría y rojiza, y las estrellas comenzaban a brillar.
En aquel momento, el gitano, inclinado sobre la borda de su tartana, escuchaba con oído atento un ruido cadencioso que resonaba pesadamente como el paso de muchos caballos.
--¡Ellos son, por fin!--exclamó.
V
LA BLASFEMIA
¿No eres, pues, más que un fraile llorón?
J. JANIN, _Confesión_.
No se podía descender de la cima de la montaña de la Torre, más que por un sendero estrecho tallado en la roca, que daba una serie de rodeos. La pendiente del camino era casi menos rápida, pero se necesitaba mucho tiempo para llegar hasta la playa.
A la entrada de este sendero apareció un hombre a caballo, al que se distinguía difícilmente a la pálida luz del crepúsculo; se detuvo de pronto, pareció conferenciar con algunos de sus compañeros, sin duda ocultos entre los áloes, y después arrojó al aire un cigarrillo encendido que describió una ligera faja de fuego.
Cuando la misma señal hubo partido de la tartana, aquel hombre continuó su marcha seguido de una docena de españoles, también a caballo, que avanzaron con precaución por entre las numerosas rampas de aquel difícil camino. Los unos llevaban sombrero, los otros una redecilla o un simple pañuelo de colores vivos cuyos extremos flotaban sobre sus hombros; pero todos tenían el color atezado, los ragos duramente característicos y el aspecto poco tranquilizador que distingue a los contrabandistas de tierra que operan en el litoral andaluz. Sus caballos iban cargados con dos anchos cofres cubiertos de una tela alquitranada, de una ligereza extraordinaria, pero tan grandes, que el jinete no podía montar más que sobre la grupa, donde se sentaba como un timbalero delante de sus timbales; además, pieles de carnero rodeaban sus cascos, de modo que era imposible oírlos cuando marchaban al paso.
Llegados a la playa, a dos tiros de fusil de la tartana, el jefe de aquellos hombres detuvo su caballo y dijo a sus compañeros:
--¡Por la silla de mi patrón!--aquí se quitó el sombrero--; hijos míos, a la claridad de la luna que se levanta, yo no veo sobre el puente del navío más que al maldito con su gorra y su pluma blanca.
--¿Dónde está, pues, el hermano?
UNA VOZ.--Si el hermano no está presente, ni un real de esas mercancías entrará en mis cofres, ¡Dios me salve! pero el superior del convento de San Juan hace muy mal en emplear a semejante descreído para desembarcar su contrabando, y aunque tenga allí un fraile para bendecirlo y para borrar las garras de Satanás, soy de opinión que tarde o temprano seremos castigados por traficar con un excomulgado. ¡Amén!
EL JEFE.--¿Y crees que no temo, como tú, la cólera de la Virgen al tocar unas mercancías que ¡por Santiago! huelen más a azufre que a cera?
UN FILÓSOFO (_que había sido cocinero_)--.¡Pero pensad, compadres, pensad que en todas las tiendas del camino las cambiarán por buenos dóllares de a cuatro sin preocuparse de si huelen a azufre o a cera!
EL JEFE.--¡Cállate, impío!
EL FILÓSOFO.--Después de todo, no son los exorcismos del reverendo los que le quitarán el olor, si es que lo tienen; a mí que me den las mercancías endiabladas, si son más baratas, y yo hago mi negocio; porque soy de opinión...
--_¡Ave María purísima!_ compadeced al blasfemo--dijeron los contrabandistas persignándose y estremeciéndose de horror.
Muchos fervientes católicos hasta se buscaron sus cuchillos.
El gitano, que no concebía la causa de este retraso, reiteró la señal con el cigarrillo encendido.
--¡Cuánto tiempo perdido!--dijo el filósofo, y avanzó por el agua hasta poder ser oído de los de la tartana--: ¡Señor condenado, señor maldito!--gritó con aire burlón--, ¿ha olvidado usted que estas santas gentes no se acercarán si el reverendo, con su presencia, no tranquiliza las conciencias tímidas de estos corderos?--Y volvió a unirse a sus compañeros que le maldecían.
El gitano se golpeó la frente y dio un silbido.
--¡El hermano!--dijo a un negro que se mostró a la entrada de la escotilla.
El negro desapareció y volvió solo al cabo de un instante, haciendo un signo negativo con la cabeza.
--¡Pues bien, izadle!
El negro entonces, con una prontitud admirable, levantó una antena de la que ató una polea y una cuerda, descendió al sollado y tres minutos después se vio al reverendo elevarse majestuosamente, cernerse un momento por el aire y, descendiendo en un vuelo audaz, tomar tierra al lado del condenado, que le desembarazó amablemente de las cuerdas y garfios de que había sido rodeado aquel nuevo Icaro.
Viendo la ascensión del fraile, los contrabandistas, que esperaban en la playa, habían gritado _gloria in excelsis_ y se habían arrodillado, creyendo que era un milagro; pero el filósofo rió mucho de su simplicidad.
Cuando el nuevo Icaro estuvo de pie, midió con la vista al gitano con el aire más digno y más despreciativo que le fue posible, casi como el mártir mira a su verdugo.
EL GITANO.--Dispénseme, padre, si le he ayudado a subir, pero esos honrados contrabandistas esperan con impaciencia que usted ejerza su sagrado ministerio.