Chapter 4
El español intentó balbucear aún un _no entiendo_.
Pero Kernok que había agotado todos sus recursos oratorios, reemplazó el diálogo por la pantomima y le puso bajo la nariz el cañón de su pistola.
A esta invitación, el capitán lanzó un profundo, un doloroso, un desgarrador suspiro, e hizo signo al pirata de que le siguiese.
En cuanto al resto de la tripulación, los marineros del brick los habían agarrotado para que no les estorbasen en sus operaciones.
La entrada del local, donde estaba depositado el dinero de don Carlos, se encontraba bajo la estera que cubría el piso. De modo que Kernok se vio obligado a pasar por la habitación donde yacían los restos sangrientos de los dos esposos. El pobre capitán apartó la vista y se puso la mano sobre los ojos.
--¡Toma!--dijo Kernok dándole con el pie al cadáver--; ésta es la obra de Melia. ¡Pardiez! ¡hermosa labor! ¡Ah!... pero el _dinero_... el _dinero_, _compadre_, eso es lo importante.
Abrieron el pañol; entonces Kernok estuvo a punto de desmayarse a la vista de centenares de toneles con aros de hierro, sobre cada uno de los cuales se leía: _Veinte mil piastras_ (cincuenta mil francos).
--¡Es posible!--exclamó--. ¡Cuatro, cinco... quizá diez millones!
Y en su alegría, abrazaba al segundo, abrazaba a los marineros, abrazaba al capitán español, abrazaba a todo el mundo, hasta los cadáveres ensangrentados de Carlos y de Anita.
* * * * *
Dos horas después, una embarcación conducía a bordo de _El Gavilán_ los últimos toneles de dinero, resto de los despojos del _San Pablo_, donde Kernok había dejado a diez de sus hombres, la tripulación española agarrotada sobre el puente y el capitán amarrado al palo mayor.
--Muchachos--dijo Kernok--, yo os doy esta noche _nopces et festin_, como se dice, y después, si sois juiciosos, una sorpresa.
--¡Caray! ¡voto a tal! capitán, seremos juiciosos, juiciosos como vírgenes--dijo el maestro Zeli haciéndose el amable.
IX
ORGÍA
Hic chorus ingens ...Colit orgia.
AVIENUS.
--¡Vino! ¡voto a tal! ¡vino!
Las botellas chocan entre sí, los frascos se rompen, los juramentos y los cantos estallan por todas partes.
Es tan pronto el ruido sordo que hace un pirata borracho cayendo sobre el suelo, como la voz temblorosa de los que aun tienen el vaso en una mano y con la otra se agarran a la mesa.
--¡Vino aquí, grumete, vino, o te aplasto!
Y los hay que luchan entre ellos pie contra pie, frente contra frente. Se estrechan, se enlazan; el uno resbala y se cae; se oye el crujido de un hueso que se rompe, y las imprecaciones reemplazan a la risa.
Otros están acostados ensangrentados, con el cráneo abierto, a los pies de alegres compañeros que cantan con voz de trueno una delirante canción báquica.
Los de más allá, en el último grado del embrutecimiento y de la embriaguez, se entretienen en machacar entre dos balas la mano de un marinero a quien la borrachera ha matado.
Y una porción de juegos más, a cual más original y delicado.
Los gemidos, los gritos de rabia y de loca alegría se confunden y se acuerdan.
El puente está enrojecido de sangre o de vino. ¡Qué importa! El tiempo huye rápido a bordo de _El Gavilán_: todo es locura, arrebato, delirio. De prisa, de prisa, gozad de la vida, que ella es corta. Los malos días son frecuentes; ¡quién sabe si el de hoy no tendrá mañana para vosotros! Divertíos, pues, asid el placer allá donde le encontréis.
No es ese placer moderado, decente, de alas doradas y azules, que se parece a una joven tímida y dulce; ese placer delicado que gusta de sacudir su cabeza fresca y rubia ante los mil espejos de un _boudoir_, o de desflorar con sus labios rosados una copa llena de un licor helado; ese sibarita, en fin, que no quiere a su alrededor más que flores, perfumes y pedrería, mujeres jóvenes y amables, música melodiosa y vinos exquisitos. ¡No, pardiez! se trata de ese otro placer robusto y bestial, de ojo de sátiro, de risa de demonio, que llena las tabernas y los bodegones, que bebe y se emborracha, muerde y desgarra, golpea y mata y después rueda y se retuerce entre los restos de una comida grosera, lanzando una carcajada que parece el aullido de un chacal.
De prisa, de prisa, gozad de la vida, porque os digo que es corta. Gozad, pues, de la vida a bordo de _El Gavilán_.
Era ya noche cerrada; los faroles que guarnecían los empalletados esparcían una viva claridad sobre el puente del buque, que Kernok había hecho cubrir de mesas para festejar su afortunada presa.
A la comida sucedieron las diversiones. El grumete Grano de Sal, después de haberse frotado de alquitrán de los pies a la cabeza, había encontrado conveniente revolcarse sobre un saco de plumas, de modo que, al salir de allí, parecía un volátil de dos pies, sin alas.
Y qué placer el verle dar zancadas, voltear, saltar, danzar, enardecido por los aplausos de la tripulación, y excitado por los latigazos que el maestro Zeli le administraba de cuando en cuando para conservar su agilidad.
Pero de pronto uno de aquellos hombres, un bromista, creo que era un alemán, queriendo que la fiesta fuese completa, aproximó una mecha encendida al penacho de estopa que se balanceaba con gracia sobre la frente de Grano de Sal...
Después el fuego se comunicó de la estopa a los cabellos, de los cabellos a las plumas, y el acróbata improvisado, el desgraciado Grano de Sal, absorbió tanto calórico, que su piel se resquebrajó y crujió bajo su ardiente envoltura.
Al principio todos reían, hasta derramar lágrimas, a bordo del _Gavilán_. Sin embargo, como el grumete lanzaba gritos espantosos, una buena alma, un alma compasiva, porque las hay en todas partes, lo agarró y lo arrojó al mar diciendo: «Voy a apagarlo.»
Afortunadamente Grano de Sal nadaba como un salmón; e incluso tuvo la coquetería de prolongar el baño, paseándose alrededor del brick como un tritón o una náyade, a vuestra elección; por fin entró por la porta de popa, diciendo con su acostumbrado estoicismo: «Prefiero eso que haber sido quemado vivo; a pesar de todo, me he divertido de lo lindo.»
Se oyó un tiro de pistola; después un grito penetrante salió de la cámara de Kernok; Zeli se precipitó hacia ella; no era nada, una miseria.
Figuraos que Kernok, un poco excitado por el grog, había elogiado mucho su habilidad a Melia.
--Te apuesto--le decía--que de un pistoletazo te hago saltar el cuchillo que tienes en la mano.
Melia no dudaba de la habilidad de su amante, pero había querido eludir la prueba.
--¡Cobarde!--había gritado Kernok--; ¡pues bien! para enseñarte, voy a romper el vaso en que bebes.
Y diciendo esto había empuñado una pistola, y el vaso de Melia, roto por la bala, había saltado en mil pedazos.
Cuando Zeli entró, Kernok, con la cabeza inclinada hacia atrás, y la pistola aún en la mano, reía del espanto de Melia, que, pálida y trémula, se había refugiado en un rincón de la cámara.
--¡Y bien! Zeli--dijo el pirata--; ¡y bien! mi viejo lobo de mar, ¿tus señoritas se divierten por allá arriba?
--Le respondo de ello, mi capitán; pero esas damas esperan la sorpresa.
--¿La sorpresa? ¡Ah! es verdad; escucha...
Y dijo dos palabras al oído de Zeli. Este retrocedió con aire de extrañeza, abriendo su enorme boca.
--¡Cómo!... ¿Usted quiere...?
--Claro que lo quiero. ¿No es una sorpresa?
--Y famosa por cierto... Voy, capitán.
Kernok subió también al puente con Melia. A su presencia se sucedieron nuevos gritos de alegría.
--¡Hurra por el capitán Kernok, hurra por su mujer, hurra por _El Gavilán_!
Un cohete partió del _San Pablo_, que estaba al pairo a dos tiros de fusil del brick. Después de describir una curva, cayó en una lluvia de fuego.
--Capitán, ¿ha visto usted ese cohete?--dijo el segundo.
--Ya sé lo que es, valiente mío. Vamos, vamos, muchachos, haced circular el ron y la ginebra. Un vaso para mí y otro para mi mujer.
Melia quiso rehusar, pero, ¿cómo resistir a su dulce amigo?
--¡Vivan los camaradas y los bravos hijos del capitán de _El Gavilán_!--dijo Kernok después de haber bebido.
--¡Hurra!--contestó la tripulación en voz fuerte y sonora.
La orgía había llegado a su apogeo. Los marineros se habían agarrado de la mano y daban vueltas con rapidez alrededor del puente, cantando a gritos las canciones más obscenas y más crapulosas.
Bien pronto llegó el maestro Zeli con los diez hombres que Kernok había dejado antes a bordo del _San Pablo_.
No quedaba a bordo del navío español más que sus tripulantes atados y agarrotados sobre el puente.
--Todo está dispuesto--dijo Zeli--; cuando el segundo cohete parta, capitán, es que la mecha...
--Está bien--dijo Kernok interrumpiéndole--. Muchachos, os he prometido una sorpresa si os portabais bien. Vuestro juicio y vuestra moderación han excedido a lo que yo esperaba; voy, pues, a recompensaros. Ya veis ese navío español: aparejado y equipado como está, vale muy bien... treinta mil piastras... ¡yo pago cuarenta mil, muchachos, yo! lo compro sobre mi parte de la presa, a fin de tener el placer de ofrecer a la tripulación de _El Gavilán_ un castillo de fuegos artificiales con acompañamiento de música. Ya se ha dado la señal. ¡Que cada uno ocupe el sitio que le agrade más!
Y todos los tripulantes, al menos los que estaban en estado de servirse de piernas y de ojos, se agruparon en las cofas y en los obenques.
El segundo cohete había partido del _San Pablo_ y el fuego comenzaba a desarrollarse...
Esta era la sorpresa que Kernok preparaba a su gente; había enviado al maestro Zeli a bordo del navío español, para retirar la poca pólvora que pudiese quedar, disponer las materias combustibles en la cala y en el sollado y agarrotar lo más sólidamente posible a los desgraciados españoles, que no sospechaban nada.
Era, pues, el _San Pablo_ que ardía; la noche era negra, el aire tranquilo, el mar como un espejo.
De pronto, un humo negro y bituminoso salió por las escotillas del navío con numerosos haces de chispas.
Y un grito penetrante... espantoso... que resonó a lo lejos, salió del interior del _San Pablo_, porque su tripulación veía la suerte que le estaba reservada.
--Ya empieza la música--dijo Kernok.
--Desafinan endiabladamente--respondió Zeli.
Bien pronto el humo, de negro que era, se convirtió en rojo vivo y por fin cedió el sitio a una columna de llamas, que, elevándose en torbellinos de la escotilla principal, proyectó sobre las aguas un largo reflejo de color de sangre.
--¡¡Hurra!!--gritaron los del brick.
Después, el incendio aumentó; el fuego, saliendo de las tres escotillas a la vez, se unió y se extendió como una vasta cortina de fuego, sobre la cual la armadura y el cordaje del _San Pablo_ se dibujaban en negro.
Entonces, los gritos de los españoles agarrotados en medio de aquel horno, fueron tan atroces que los piratas, como a pesar suyo, lanzaron aullidos salvajes para ahogar la voz desgarradora de aquellos infortunados.
El incendio estaba entonces en toda su fuerza. Bien pronto las llamas corrieron a lo largo del aparejo; los palos, no estando ya sostenidos por las cofas, crujieron y cayeron sobre el puente con un estruendo horrible; por todas partes se veían jarcias incendiadas, y aquel inmenso foco de luz parecía aún más deslumbrante en medio de la noche sombría.
Los españoles ya no gritaban...
De pronto, la llama, hizo un amplio agujero en uno de los costados del buque, el palo mayor se abatió sobre el mismo lado, el _San Pablo_ dio una fuerte bandada, se inclinó sobre estribor, y el agua entró a borbotones en la cala.
Poco a poco, el casco del navío se fue hundiendo, fuera del agua no quedaba más que el palo de mesana, el único que había quedado en pie, aislado sobre el agua, y que alumbraba como una antorcha fúnebre... después el palo desapareció para elevar un momento aún su blandón inflamado; pero bien pronto el agua se atorbellinó a su alrededor y no se vio más que un ligero humo rojizo, después nada... nada más que la inmensidad... la noche...
--¡Toma! ya ha terminado--dijo Kernok--; el _San Pablo_ se nos ha llevado nuestro dinero.
--¡Viva el capitán Kernok, que da tan hermosas fiestas a su gente!--gritó Zeli.
--¡Hurra!--contestaron todos.
Y los piratas, fatigados, se lanzaron sobre el puente; Kernok dejó a _El Gavilán_ al pairo hasta el amanecer, y fue a gustar de algunos instantes de reposo, con la satisfacción de un hombre opulento que se encierra en su alcoba después de haber dado una fiesta suntuosa a sus invitados.
Después el pirata murmuró casi dormido ya:
--Deben estar contentos, porque he hecho muy bien las cosas: ¡un navío de trescientas toneladas y tres docenas de españoles! creo que no se puede pedir más; sin embargo, no es conveniente que se acostumbren; eso va bien de cuando en cuando, porque, después de todo, es bueno reír un poco.
X
LA CAZA
¡Away!... ¡Away!...
BYRON.
¡Adelante!... ¡Adelante!
Todo dormía a bordo de _El Gavilán_; únicamente Melia había subido al puente, agitada por una vaga inquietud. Aunque la noche fuese aún sombría, un resplandor pálido que asomaba por el horizonte, anunciaba la proximidad del crepúsculo. Bien pronto, amplias fajas de un rojo vivo y dorado surcaron el cielo, las estrellas palidecieron y desaparecieron, el sol se anunció por un incendio lejano y luego se elevó lentamente sobre las aguas azules e inmóviles del Océano, que pareció cubrir de un velo de púrpura.
La calma continuaba siendo completa y el brick permanecía en la misma situación que desde la noche. Melia meditaba sentada en un banco, con la cabeza oculta entre las manos; pero cuando la levantó, el día, ya bastante adelantado, le permitió distinguir todos los objetos que la rodeaban, y se estremeció de horror y de asco.
Se veía a los marineros acostados entre los platos y los restos del festín de la noche, y todo en el desorden más completo; las brújulas derribadas, las jarcias y las cuerdas confusamente mezcladas, armas y vasos hechos añicos, toneles desfondados dejando correr sobre el puente ríos de vino y de aguardiente... Aquí, bravos camaradas dormidos, en las posiciones más extravagantes, y oprimiendo aún una botella de la que no quedaba más que el cuello, parecidos a esos fieros guerreros musulmanes, que, ya muertos, aun conservaban el puño de la daga. Allá, dormía un pirata con el cuello bajo la rueda del timón, de modo que, al menor movimiento de rotación, su cabeza debía quedar indefectiblemente destrozada.
Un verdadero amanecer de orgía, ¡y de orgía de pirata!
Melia comenzó por bendecir a la Providencia porque había protegido con tanta solicitud a toda aquella honrada sociedad, que el brick mecía sobre las aguas; porque, gracias a la incuria que de momento reinaba a bordo, si una tempestad se hubiese elevado durante la noche, todo se hubiera ido a rodar, _El Gavilán_, Kernok, la tripulación y los diez millones, ¡qué lástima!
Por esto quería rezar. ¡La pobre joven encontraba a bordo tan pocas ocasiones de elevar su alma al Ser Supremo! Para rezar, se arrodilló y volvió involuntariamente los ojos hacia la línea vaporosa y azulada que ceñía el horizonte; pero no rezó. Su mirada, dejando de vagar, se fijó en un punto al principio incierto, pero que bien pronto pareció distinguir mejor; en fin, poniéndose las manos encima de las cejas, para aislarse mejor de los rayos del sol, permaneció un instante contemplativa, después sus facciones adquirieron una viva expresión de temor, y en dos saltos se plantó en la cámara de Kernok.
--Estás loca--decía el pirata subiendo al puente con un paso aún pesado y vacilante--; pero si me has despertado por nada...
--Mire--respondió Melia presentándole un anteojo con una mano, mientras que con la otra designaba un punto blanco que se veía en el horizonte.
--¡Maldición!--gritó Kernok después de haber mirado atentamente, y llevó vivamente el aparato al ojo izquierdo--. ¡Mil rayos!
Y frotó el vidrio del anteojo como para asegurarse de que veía claramente y de que ninguna ilusión de óptica le engañaba. No, no se engañaba...
* * * * *
(Aquí un crescendo de todo lo que podáis escoger de más vigorosamente imprecativo en el glosario de un pirata.)
Apenas este torrente de maldiciones y de juramentos hubo salido de su boca, Kernok se armó de un espeque. Un espeque es un palo de madera de unos cinco o seis pies de longitud y de cuatro pulgadas de circunferencia. El espeque sirve para maniobrar la artillería de a bordo. Kernok cambió provisionalmente este destino, porque empleó el suyo en despertar a la gente. Y los golpes de espeque, gloriosamente acompañados de juramentos capaces de pulverizar al buque, fueron cayendo como lluvia de granizo, tan pronto sobre el puente, como sobre los marineros dormidos. Así, cuando el capitán hubo acabado su ronda, casi todos los hombres estaban en pie, frotándose los ojos, la cabeza o la espalda, y preguntaban, dando unos bostezos horrorosos:
--¿Qué pasa, pues?
--¡Que qué pasa!--gritó Kernok con voz de trueno--; ¡que qué pasa, perros! pues que un barco de guerra; una corbeta inglesa que fuerza su aparejo para alcanzarnos... una corbeta que tiene sobre _El Gavilán_ la ventaja de la brisa, porque el viento es más fuerte allá abajo, y sólo nos llegará con ese inglés ¡que mal rayo parta!
Y todas las miradas se volvieron hacia el punto que Kernok designaba con el extremo del anteojo.
--¡Ocho, diez, quince portas!--exclamó--; una corbeta de treinta cañones; ¡muy bonito! y por añadidura, de la escuadra azul.
Llamó a Zeli.
--Oye, Zeli, no se trata de hacer tonterías; haz colocar los remos y ponerlo todo en orden lo más pronto posible; viremos en redondo y despejemos el campo; _El Gavilán_ no tiene el pico ni los espolones bastante duros para recrearse con semejante presa.
Después echó mano de la bocina:
--¡Cada uno a su sitio para largar las gavias y los foques! ¡En línea para largar los juanetes y los contrajuanetes, a aparejar las barrederas altas y las bajas! y vosotros, muchachos, a los remos; si podemos tomar el viento, _El Gavilán_ no tiene nada que temer. Ya sabéis ¡pardiez! que tenemos diez millones a bordo. ¡De modo que, elegiréis entre ser colgados en las vergas del inglés, o entre volver a Saint-Pol con los bolsillos llenos, a beber grog y a hacer bailar a las muchachas!
La tripulación le comprendió perfectamente; la alternativa era inevitable; así, gracias a las velas de que estaba cargado y a sus vigorosos remeros, _El Gavilán_ comenzó a hacer tres nudos.
Pero Kernok no se engañaba sobre la marcha de su buque; veía bien que la corbeta inglesa tenía sobre él una ventaja real, puesto que venía con el viento. Por lo tanto, obrando como un capitán prudente, ordenó hacer zafarrancho de combate, abrir el pañol de la pólvora, llenar los depósitos de balas, subir al puente las picas y las hachas de abordaje, velando en todo con una actividad increíble y pareciendo multiplicarse.
La corbeta inglesa avanzaba, avanzaba siempre...
Kernok hizo llamar a Melia, y la dijo:
--Querida amiga, probablemente se calentará el horno; vas a bajar inmediatamente a la cala, sin menearte más que lo haría un cañón sobre su afuste... ¡Ah! y a propósito, si notas que el brick hace algún movimiento y desciende, es que nos vamos a fondo. Ya me comprendes... y más bien espero eso que no ver a una marsopla fumar en pipa. Vamos basta de lloros, bésame, y que no vuelva a verte hasta después del baile, si es que no dejo la piel.
Melia se puso talmente pálida, que se la hubiera podido tomar por una estatua de alabastro...
--Kernok... déjeme a su lado--murmuró, y arrojó sus brazos al cuello del pirata, que se estremeció un momento y después la rechazó.
--¡Vete!--exclamó--; ¡vete!
--¡Kernok!... ¡déjame velar por tu vida!--dijo echándose a sus pies.
--Zeli, líbrame de esta loca y bájala a la cala--dijo el pirata.
Y como fuese a apoderarse de Melia, ella se desprendió violentamente, y se aproximó a Kernok, con el color animado y la vista brillante.
--Al menos--dijo--, toma este talismán; póntelo y protegerá tu vida durante el combate; su efecto es cierto; fue mi abuela quien me lo dio. Ese mágico talismán es más fuerte que el destino... Créeme, póntelo.
Y ella tendía a Kernok un saquito suspendido de un cordón negro.
--¡Atrás esa loca!--dijo Kernok encogiéndose de hombros--; ¿me has oído, Zeli? ¡a la cala!
--Si tú mueres, que sea por tu voluntad; pero al menos yo compartiré tu suerte. Ahora, nada, nada en el mundo protegerá mi vida; ¡vuelvo a ser mujer como tú eres hombre!--exclamó Melia que arrojó el saquito al mar.
--¡Excelente muchacha!--dijo Kernok siguiéndola con la vista mientras que dos marineros la bajaban al sollado por medio de una silla atada a una larga cuerda.
Y la corbeta inglesa se aproximaba siempre...
Zeli se aproximó a Kernok.
--Capitán, la corbeta nos toma la delantera.
--¡Bien lo veo, viejo tonto! nuestros remos no hacen nada y fatigan inútilmente a los hombres; hazlos retirar, cargar los cañones con dos balas, colocar los garfios de abordaje, los pedreros en las gavias. Haz también arriar las barrederas; si la brisa nos ayuda, nos batiremos sobre las gavias; es el mejor portante de _El Gavilán_.
Cuando la maniobra fue ejecutada, Kernok arengó a sus hombres en la siguiente forma:
--Muchachos, he ahí una corbeta que tiene las costillas sólidas; estrecha tan de cerca a _El Gavilán_, que no podemos esperar escaparnos de ella; además, tampoco es necesario. Si nos hacen prisioneros, seremos colgados; si nos entregamos, también; combatamos, pues, como bravos marineros, y quién sabe si, como dice el proverbio, apretando los talones, salvaremos los calzones. ¡Voto a tal! muchachos, _El Gavilán_ ha echado a pique a un gran buque sardo de tres palos en las costas de Sicilia, después de dos horas de combate; ¿por qué ha de temer a esa corbeta del pabellón azul? Pensad también que tenemos diez millones que conservar. ¡Pardiez! ¡muchachos, diez millones, o la cuerda!
El efecto de esta peroración fue inmediato, y toda la tripulación gritó a la vez:
--¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!
La corbeta se hallaba entonces tan próxima que se distinguían perfectamente sus amuras y su aparejo.
De pronto se elevó una ligera humareda, brilló un relámpago, resonó un ruido sordo y una bala silbando pasó cerca del bauprés de _El Gavilán_.
--La corbeta empieza a hablar--dijo Kernok--, es nuestro pabellón el que quiere ver, ¡la curiosa!
--¿Cuál hay que izar?--preguntó Zeli.
--Este--contestó Kernok--, porque hay que ser galante.
Y empujó con el pie una vieja chaqueta de marinero, cubierta de manchas de vino y de alquitrán.
--¡Es raro!--dijo el contramaestre, y el guiñapo subió majestuosamente hasta lo alto de la driza.
Se supone que la broma pareció un poco pesada a los de la corbeta, porque dos cañonazos partieron casi inmediatamente y las balas hicieron bastantes destrozos en el aparejo de _El Gavilán_.
--¡Oh! ¡oh! ya nos incomodamos... no hay que hacerse de rogar--dijo Kernok--. ¡A mí, Melia!--y se precipitó sobre la culebrina que él había bautizado con este nombre, tomó medidas y apuntó--: ¡Ahí va eso!--e hizo jugar la batería.
--¡Bravo!--exclamó cuando el humo se hubo disipado y pudo apreciar el efecto del disparo--, ¡bravo! Mira, Zeli, mira, ya tiene su mastelero de foques destrozado: esto promete, muchachos, esto promete; pero es cuando _El Gavilán_ le arañe sus costados con los garfios de abordaje, cuando reirá el inglés.
--¡Hurra, hurra!--gritó la tripulación.
La corbeta no respondió al disparo de Kernok, reparó prontamente sus averías, y se dejó ir sobre el corsario.
* * * * *
Entonces estaba tan cerca, que se oían las voces de mando de los oficiales ingleses.
--Muchachos, a vuestras piezas--dijo Kernok precipitándose hacia un banco con la bocina en la mano--; a vuestras piezas, y ¡voto a tal! no hagáis fuego sin que os lo manden.
XI
EL COMBATE
¡El abordaje!... ¡El abordaje!... Unos se suspenden de las jarcias, otros se lanzan hacia los obenques.
VÍCTOR HUGO, «_Navarin_».