Plick y Plock

Chapter 3

Chapter 34,057 wordsPublic domain

--Si la brisa no cesa, aparejaremos a las dos y media. Haga izar el pabellón y disparar el cañonazo de partida; vire al cabrestante, desaferre, y cuando las áncoras estén a pico, avíseme. ¿Dónde están el oficial y el resto de la tripulación?

--En tierra, capitán.

--Envíe los botes a buscarles. El que no esté a bordo a las dos, recibirá veinte golpes de rebenque y pasará ocho días en el calabozo. ¡Váyase!

Nunca Zeli había visto a Kernok con un aire tan duro y tan severo. Así, contra su costumbre, no hizo una multitud de objeciones a cada orden de su capitán, y se contentó con ir prontamente a ejecutarlas.

Kernok, después de haber examinado atentamente la dirección del viento y de las brújulas, hizo signo a su compañero de que le siguiese.

Este compañero era el que había ido a buscarle al antro de la bruja. La voz pura y fresca que decía: «¡Kernok, Kernok mío!» era la suya; ¡cómo no había de ser dulce su voz! ¡Era tan linda con sus facciones delicadas y finas, sus grandes ojos velados por largas pestañas, sus cabellos castaños y sedosos que se escapaban por debajo de las anchas alas de su sombrero, y aquel talle tan esbelto y frágil que dibujaba un vestido de tela azul, y aquella actitud tan viva y tan graciosa! ¡y cuando marchaba libre y desembarazada, con el cuello erguido, la cabeza alta! ¡Ah! ¡qué salero! únicamente que su rostro parecía dorado por un rayo de sol tropical.

Porque era de aquel clima ardiente de donde Kernok se había traído a su gentil compañero, que no era otro que Melia, hermosa joven de color.

¡Pobre Melia! por seguir a su amante había abandonado la Martinica y sus bananeros y su casa de celosías verdes. Por él, hubiese dado su hamaca de mil colores, sus madrás rojas y azules, los círculos de plata maciza que rodeazan sus brazos y sus piernas; lo hubiese dado todo, todo, hasta el saquito que encerraba tres dientes de serpiente y un corazón de paloma, mágico talismán que debía proteger sus días, mientras lo llevara suspendido del cuello.

Ya veis, pues, si Melia amaba a su Kernok.

También la amaba él, ¡oh!, la amaba con pasión, porque había bautizado con el nombre de Melia una larga culebrina de 18, y no enviaba su proyectil al enemigo que no se acordase de su amante. Era preciso que la amase mucho, puesto que la permitía tocar su excelente puñal de Toledo y sus buenas pistolas inglesas. ¡Qué más! ¡Hasta le confiaba la custodia de su provisión particular de vino y de aguardiente!

Pero lo que probaba más que nada el amor de Kernok, era una ancha y profunda cicatriz que Melia tenía en el cuello. Provenía de una cuchillada que el pirata le había dado en un arrebato de celos. Y como hay que juzgar siempre la fuerza del amor por la violencia de los celos, se comprende que Melia debía pasar unos días de ensueño al lado de su dulce dueño.

Bajaron los dos juntos.

Al entrar en la cámara, Kernok se arrojó sobre un sillón y ocultó la cabeza entre las manos, como para escapar a una visión funesta.

Se había estremecido, sobre todo, al advertir la ventana por la cual su capitán había caído al mar, como todos sabemos.

Melia le miraba con dolor: después se aproximó tímidamente, se arrodilló tomando una de sus manos que él le abandonó y le dijo:

--Kernok, ¿qué tiene usted?, su mano arde.

Esta voz le hizo estremecer: levantó la cabeza, sonrió amargamente y pasando sus brazos alrededor del cuello de la joven mulata, la estrechó contra sí; su boca rozaba su mejilla, cuando sus labios encontraron la fatal cicatriz.

--¡Infierno! ¡maldición sobre mí!--exclamó con violencia--. ¡Maldita vieja, bruja infernal! ¿quién habrá dicho...?

Y se asomó a la ventana para respirar, pero, como rechazado por una fuerza invencible, se alejó con horror, y se apoyó sobre el borde de su cama.

Sus ojos estaban rojos y ardientes; su mirada, largo tiempo fija, se veló poco a poco; y sucumbiendo a la fatiga y a la agitación, sus ojos se cerraron. Al principio resistió al sueño, después cedió...

Entonces ella, con los ojos humedecidos por las lágrimas, atrajo dulcemente la cabeza de Kernok sobre su seno, que se levantaba y descendía con rapidez. El, abandonándose a este dulce balanceo, se durmió por completo; mientras que Melia, reteniendo su aliento, y separando los negros cabellos que ocultaban la despejada frente de su amante, tan pronto depositaba en él un beso, tan pronto pasaba un dedo afilado sobre sus espesas cejas que se contraían convulsivamente aun durante su sueño.

* * * * *

--Capitán, todo está dispuesto--dijo Zeli entrando.

En vano Melia le hacía signos de que se callase, mostrándole a Kernok dormido; Zeli, que no se atenía más que a la orden que había recibido, repitió con una voz más fuerte:

--¡Capitán, todo está dispuesto!

--¡Eh!... ¿qué hay?... ¿qué es eso?...--dijo Kernok desprendiéndose de los brazos de la joven.

--Capitán, todo está dispuesto--repitió Zeli por tercera vez, con una entonación aún más elevada.

--¿Y quién ha sido el necio que ha dado esa orden?

--Usted, capitán.

--¡Yo!

--Usted, capitán, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como ese quechemarín cubre su trinquete--dijo Zeli con una conmoción profunda, mostrando por la ventana una embarcación que en efecto ejecutaba esta maniobra.

Y Kernok dirigió una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su linda cabeza, como para confirmar la aserción de Zeli.

Entonces se pasó rápidamente la mano por la frente, y dijo:

--Sí, sí, está bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar; subo en seguida. ¿La brisa no ha calmado?

--No, capitán; al contrario, es más fuerte aún.

--Ve y despacha.

El tono de Kernok ya no era duro e impetuoso, sino solamente brusco; de modo que Zeli, viendo que la calma había sucedido a la agitación de su capitán, no pudo por menos que pronunciar un pero...

--¿Vas a comenzar con tus peros y tus síes? Ten cuidado... ¡o te arrojo la bocina a la cabeza!--exclamó Kernok con voz de trueno y avanzando hacia Zeli.

Este se esquivó prontamente, juzgando que su capitán no estaba aún en una situación de espíritu bastante apacible para soportar pacientemente sus eternas contradicciones.

--Cálmese, Kernok--dijo tímidamente Melia--. ¿Cómo se encuentra usted ahora?

--Muy bien, muy bien. Estas dos horas de sueño han bastado para calmarme y desechar las ideas tontas que esa maldita bruja me había metido en la cabeza. Vamos, vamos, la brisa fresquea y nos disponemos a salir. Porque, ¿qué hacemos aquí mientras haya buques mercantes en la Mancha, galeones en el golfo de Gascuña y ricos navíos portugueses en el estrecho de Gibraltar?

--¡Cómo! ¿Usted partirá hoy, un viernes?

--Escucha bien lo que voy a decirte, amada mía; yo hubiera debido castigarte seriamente por haberme decidido por tus súplicas a ir a escuchar las fantasías de una loca. Te he perdonado; pero no me rompas más los oídos con tu charla, o si no...

--¿Sus predicciones han sido, pues, siniestras?

--¡Sus predicciones! hago tanto caso como de... En cambio, lo que yo puedo predecir a ese viejo mochuelo, y tú verás si me equivoco, es que tan pronto como mis ocupaciones me lo permitan, iré con una docena de gavieros[6] a hacerle una visita de la cual se acordará; que me parta un rayo si dejo una piedra de su casucha y si no le pongo la espalda del color del arco iris.

--¡Por piedad, no hable usted así de una mujer que tiene _doble vista_! no parta hoy; ahora mismo una gaviota blanca y negra revoloteaba por encima del barco lanzando agudos gritos; eso es de mal augurio... ¡no parta usted!

Diciendo estas palabras, Melia se había arrojado a las rodillas de Kernok, que al principio la había escuchado con bastante paciencia; pero, cansado de oírla, la rechazó tan rudamente, que la cabeza de Melia fue a dar contra la madera.

En el mismo instante, por una violenta sacudida que el navío experimentó, Kernok, adivinando que el áncora había cedido al cabrestante, se lanzó hacia el puente, con su bocina en la mano.

VI

LA PARTIDA

¡Alerta! ¡Alerta! he ahí a los piratas de Ochali que parten.

_El cautivo de Ochali._

Cuando Kernok apareció sobre el puente, se hizo un profundo silencio.

No se oía más que el ruido agudo del silbato de Zeli, que, inclinado sobre la borda hacía amarrar el áncora, indicando la maniobra por modulaciones diferentes.

--¿Hay que desaferrar el áncora de estribor?--preguntó al segundo, que transmitió esta pregunta a Kernok.

--Espera--dijo éste--, y haz subir a todo el mundo al puente.

Un toque de silbato particular, repetido por el contramaestre, hizo aparecer como por encanto a los cincuenta y dos hombres y a los cinco marmitones que componían la tripulación de _El Gavilán_, y que se colocaron en dos filas, con la cabeza alta, la mirada fija y las manos colgando.

Aquellas buenas gentes no tenían el aire cándido y puro de un joven seminarista, ¡oh no! Se veía en sus duras facciones, en su tez curtida, en su frente surcada, que las pasiones--¡y qué pasiones!--habían pasado por allí, y que los honrados compañeros habían llevado ¡ay! una vida bien tormentosa.

Además, se trataba de una tripulación cosmopolita; era como un resumen viviente de todos los pueblos del mundo; franceses, españoles, alemanes, ingleses, rusos, americanos, holandeses, italianos, egipcios, ¿qué sé yo? hasta un chino que Kernok había enrolado en Manila. Sin embargo, aquella sociedad compuesta de elementos tan poco homogéneos, vivía a bordo en perfecta inteligencia, gracias a la rigurosa disciplina que Kernok había establecido.

--Pasa lista--dijo al segundo, y cada marinero fue respondiendo a su nombre.

Faltaba uno, el piloto Lescoët, un compatriota de Kernok.

--Anótale para veinte chicotazos y ocho días de calabozo.

Y el segundo escribió en su carnet: _Lescoët, 20 ch. y 8 de c._, con tanta indiferencia como un comerciante que anotase el vencimiento de una letra.

Kernok entonces se subió sobre un banco, dejó la bocina cerca de él y habló en estos términos:

--Muchachos, vamos a hacernos de nuevo a la mar. Hace dos meses que nos estamos enmoheciendo aquí como un pontón podrido; nuestros cinturones están vacíos; pero el depósito de la pólvora está lleno, nuestros cañones tienen la boca abierta y no piden más que hablar. Vamos a salir impulsados por una buena brisa NO. y a farolear por el estrecho de Gibraltar; y si San Nicolás y Santa Bárbara nos ayudan, ¡pardiez!, volveremos con los bolsillos llenos, muchachos, para hacer bailar a las chicas de Saint-Pol y beber vino de Pempoul.

--¡Hurra! ¡hurra!--gritaron todos en signo de aprobación.

--¡Desamarra a estribor, larga el gran foque, iza la cangreja!--gritó Kernok con voz estentórea, dando también la orden de aparejar, para no dejar enfriar el ardor de la gente.

El brick, no estando ya aprisionado por sus anclas, siguió el impulso del viento, y se inclinó sobre estribor.

--¡Larga las gavias! ¡iza, iza, bracea, bracea! ¡amarra las gavias!--gritó aún Kernok.

Y el brick, sintiendo la fuerza de la brisa, se puso en marcha; sus amplias velas grises se hincharon poco a poco, el viento circuló silbando entre las cuerdas; ya Pempoul, la costa de Treguier, la isla Santa-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se borraban poco a poco, huían a los ojos de los marineros, que, agrupados en los obenques y en las gavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecían saludar a Francia en una última y larga despedida.

--¡La barra a babor! ¡la barra a babor!--gritó de pronto Zeli con espanto.

Inmediatamente la rueda del timón dio una vuelta rápida y _El Gavilán_ se inclinó bruscamente.

--¿Qué hay, pues?--preguntó Kernok después que fue ejecutada la maniobra.

--Es Lescoët que llega, capitán; el bote que le conduce ha estado a punto de dejarse abordar, y lo hubiéramos aplastado como una cáscara de nuez, si no hubiese hecho virar sobre estribor--respondió Zeli.

El rezagado, que había saltado ágilmente a bordo, se acercó con aire confuso a Kernok.

--¿Por qué has tardado tanto?

--Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el último momento a su lado para cerrarle los ojos.

--¡Ah!--dijo Kernok.

Después, volviéndose hacia su segundo:

--Arregla las cuentas a ese buen hijo.

Y el segundo dijo dos palabras al oído de Zeli que se llevó a Lescoët a un rincón.

--Hijo mío--le dijo agitando una cuerda larga y estrecha--, tenemos un hueso que roer juntos.

--Ya comprendo--dijo Lescoët palideciendo--; ¿y cuántos?

--Una miseria.

--Bien, pero quiero saberlo.

--Ya lo verás; no tengo interés en estafarte ninguno, y además tú podrás contarlos.

--Ya me vengaré.

--Antes siempre se dice eso, y después no se piensa en ello más que en la brisa de la víspera. Vamos, muchacho, despachemos, porque veo que el capitán se impacienta y sería capaz de hacerme probar la misma salsa.

Ataron a Lescoët a una escala de cuerdas, los brazos en alto y el cuerpo desnudo hasta la cintura.

--Estamos dispuestos--dijo Zeli. Kernok hizo un signo, y la cuerda silbó y resonó sobre la espalda de Lescoët. Hasta el sexto golpe se comportó muy decorosamente; no se oía más que una especie de gemido sordo que acompañaba cada zurriagazo. Pero al séptimo el valor le abandonó, y en efecto, debía sufrir mucho, porque cada golpe dejaba en su cuerpo una huella roja que se convertía bien pronto en azul y morada; después quedó levantada la piel y apareció la carne viva y sangrando. Parecía que la tortura debía ser intolerable, porque un estado de desmadejamiento general reemplazó a la irritación convulsiva que hasta entonces había sostenido a Lescoët.

--Se encuentra mal--dijo Zeli con el gratel levantado.

Entonces, el señor Durand, el-calafate de a bordo, se aproximó, tomó el pulso al paciente; después, ensayando una mueca, se encogió de hombros e hizo un signo significativo a maestro Zeli.

El gratel funcionó de nuevo, pero su sonido ya no era seco y restallante como cuando caía sobre una piel lisa y pulida, sino sordo y mate como el ruido de una cuerda que golpease una boya.

Es que la espalda de Lescoët estaba en carne viva; la piel caía en jirones hasta el punto de que el contramaestre se ponía la mano ante los ojos para que no le salpicase la sangre a cada golpe.

--Y veinte--dijo con un aire de satisfacción mezclado de pesar, como una joven que da a su amante el último de los besos prometidos.

O, si lo preferís, como un banquero que cuenta su última pila de escudos.

El propio Zeli se llevó a Lescoët, que no daba señales de vida.

--Ahora--dijo Kernok--, un buen emplasto de pólvora de cañón y de vinagre sobre esos rasguños, y mañana no tendrá nada.

Después, dirigiéndose al timonel:

--Corre una buena bordada al SO.; si se ve una vela, avísame.

Y descendió a su cámara para reunirse con Melia.

VII

CARLOS Y ANITA

...Ese tumulto espantoso, esa fiebre devoradora... es el amor...

_O. P._

Aver la morte innanzi gli occhi per me.

PETRARCA.

La dulce influencia de los climas meridionales aun se hacía sentir, porque el buque _San Pablo_ se encontraba a la altura del estrecho de Gibraltar. Empujado por una débil brisa, con todas sus velas extendidas, desde el contrajuanete hasta los foques de estay, venía del Perú y se dirigía a Lisboa con pabellón inglés, ignorando la ruptura de Francia y de Inglaterra.

El departamento del capitán lo ocupaban don Carlos Toscano y su esposa, ricos negociantes de Lima, que habían fletado el _San Pablo_ en el Callao.

La modesta cámara de antes estaba desconocida, tanto eran el lujo y la elegancia desplegados por Carlos. Sobre las paredes grises y desnudas se extendían ricos tapices que, separándose por encima de las ventanas, caían en pliegos ondulantes. El piso estaba cubierto de esteras de Lima, trenzadas de lina y blanca paja, y encuadradas en amplios dibujos de colores llamativos. Largas cajas de caoba roja y pulimentada contenían camelias, jazmines de Méjico y cactos de espesas hojas. En una linda jaula de limonero y de enrejado de plata revoloteaban unos hermosos pájaros de cabeza verde, de alas purpuradas con reflejos de oro, y bonitas cotorras de Puerto Rico, con todo el cuerpo azul, un penacho de color de naranja y el pico negro como el ébano.

El aire era tibio y embalsamado, el cielo puro, el mar magnífico; y, sin el ligero balanceo que el oleaje imprimía al barco, se hubiera podido creer que se estaba en tierra.

Sentado sobre un rico diván, Carlos sonreía a su esposa, que aun tenía una guitarra en la mano.

--¡Bravo, bravo, Anita mía!--exclamó él--, jamás se ha cantado mejor el amor.

--Es que jamás se ha experimentado mejor, ángel mío.

--Sí, y para siempre...--dijo Carlos.

--Para la vida...--contestó Anita.

Sus bocas se encontraron y él la estrechó contra él en un abrazo convulsivo.

Cayendo a sus pies, la guitarra despidió un sonido dulce y armonioso, como el último acorde de un órgano.

Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazón, que hace estremecer de amor, que hace daño.

Y ella, fascinada por aquella mirada ardiente, murmuraba cerrando los ojos:

--¡Gracias!... ¡gracias!... ¡Carlos mío!

Después, uniendo sus manos, se deslizó dulcemente a los pies de Carlos, y apoyó la cabeza sobre sus rodillas; su pálido semblante estaba como velado por sus largos cabellos negros; solamente a través de ellos brillaban sus ojos, lo mismo que una estrella en medio de un cielo sombrío.

--Y todo esto es mío--pensaba Carlos--, mío sólo en el mundo, y para siempre; porque envejeceremos juntos; las arrugas surcarán esa cara fresca y aterciopelada; esos anillos de ébano se convertirán en bucles argentinos--decía él pasando su mano por la sedosa cabellera de Anita--, y vieja, abuela ya, se extinguirá en una serena tarde de otoño, en medio de sus nietos, y sus últimas palabras serán: «Voy a unirme contigo, Carlos mío». ¡Oh! sí, sí, porque yo habré muerto antes que ella... Pero, de aquí allá, ¡qué porvenir! ¡qué hermosos días! Jóvenes y fuertes, ricos, dichosos, con una conciencia pura y el recuerdo de algunas buenas acciones, habremos vuelto a ver nuestra bella Andalucía, Granada y su Alhambra, su mosaico de oro, de arquitectura aérea, sus pórticos, nuestra hermosa quinta con sus bosques de naranjos frescos y perfumados, y sus pilones de mármol blanco en los que duerme una agua límpida.

--Y mi padre... y la casa donde he nacido... y la celosía verde que yo levantaba tan a menudo cuando tú pasabas, y la vieja iglesia de San Juan, donde por primera vez, mientras yo oraba, murmuraste a mi oído: «¡Anita mía, te amo!»... ¡Y ya ves si la Virgen me protege! en el momento en que tú me decías: «¡Te amo!», yo acababa de pedirte tu amor, prometiendo una novena a Nuestra Señora--repuso Anita, porque su esposo había acabado por pensar en voz alta--. Escucha, Carlos mío--suspiró--, júrame, ángel mío, que dentro de veinte años diremos otra novena a la Virgen para darle gracias por haber bendecido nuestra unión.

--Te lo juro, ¡alma de mi vida!, porque dentro de veinte años aún seremos jóvenes de amor y de dicha.

--¡Oh! sí, nuestro porvenir es tan risueño, tan puro, que...

No pudo acabar, porque una bala enramada, que entró silbando por la popa, le destrozó la cabeza, partió a Carlos en dos, e hizo añicos los cajones de flores y la jaula.

¡Qué dicha para los periquitos y las cotorras, que huyeron por las ventanas batiendo alegremente las alas!

VIII

LA PRESA

...¡Vil metal!

BURKE.

...¡Es posible!

BALZAC.

--¡Diablo! ¡hermoso tiro! Ya ves, maestro Zeli..., la bala ha entrado por encima del coronamiento y ha salido por la tercera porta de estribor. ¡Pardiez! ¡Melia, haces maravillas!

Así decía Kernok, con un largo anteojo en la mano, y acariciando la culebrina aún humeante que él mismo acababa de apuntar contra el _San Pablo_, porque este navío no se había apresurado a izar su pabellón.

Esta era la bala que había matado a Carlos y a su esposa.

--¡Ah! ¡qué suerte!--repuso Kernok viendo el pabellón inglés que se desarrollaba en lo alto de uno de los palos del _San Pablo_--, ¡qué suerte! se da a conocer... ¡y dice de qué país es! pero no me equivoco... un inglés; es un inglés, y el perro se atreve a señalarlo ¡y no tiene un cañón a bordo! ¡Zeli, Zeli!--gritó con voz de trueno--, haz largar todas las velas del brick y preparar los remos; dentro de media hora estaremos cerca de él. Usted, oficial, toque zafarrancho de combate, envíe a los hombres a sus piezas y distribuya los sables y las picas de abordaje.

Después, lanzándose hacia una carronada:

--¡Muchachos! si no me equivoco, ese navío llega del mar del Sud; en esa popa corta y achatada, en ese porte, reconozco una navío español o portugués que se dirige a Lisboa, ignorando sin duda que hemos declarado la guerra a los ingleses. ¡Allá él! Pero ese perro debe tener piastras en el vientre. Pronto lo veremos, ¡pardiez! ¡Muchachos! el casco sólo vale veinte mil piastras; pero, paciencia, _El Gavilán_ extiende su alas y bien pronto mostrará sus uñas. ¡Vamos, muchachos! ¡remad, remad firmes!

Y animaba con la voz y con el gesto a los marineros que, encorvados bajo los largos remos del brick, doblaban la velocidad que le daba la brisa.

Otros marineros se armaban precipitadamente de sables y puñales, y el maestro Zeli hacía disponer los garfios de abordaje.

Kernok, después de haber tomado todas sus disposiciones, descendió al sollado y encerró a Melia que dormía en la hamaca.

Todo estaba dispuesto a bordo de _El Gavilán_: el capitán del desgraciado _San Pablo_, creyendo que el brick de Kernok era un navío de guerra, sin dejar de gemir por la desgracia ocurrida a bordo, izó el pabellón inglés, esperando ponerse así bajo su protección.

Pero cuando vio la maniobra de _El Gavilán_, cuya marcha era aún acelerada por los largos remos, no le quedó duda alguna y comprendió que se trataba de un corsario.

Huir era imposible. A la débil brisa que soplaba por ráfagas, había sucedido una calma chicha, y los remos del pirata le daban una ventaja de marcha positiva. No había que pensar tampoco en defenderse. ¿Qué podían hacer los dos malos cañones del _San Pablo_ contra las veinte carronadas de _El Gavilán_, que enseñaban sus gargantas amenazadoras?

El prudente capitán se puso, pues, al pairo, esperó los acontecimientos, ordenó a la tripulación que se prosternase de rodillas e invocase a San Pablo, el patrón del navío, que no podía dejar de manifestar su poder en una ocasión semejante.

Y siguiendo el ejemplo del capitán, la tripulación dijo un _Páter_.

Pero _El Gavilán_ avanzaba siempre.

Dos _Ave_.

Se oía ya el ruido de los remos que batían el agua cadenciosamente.

Cinco _Credo_.

¡Válgame Dios! es que la voz, la gruesa y terrible voz de Kernok resonaba en los oídos de los españoles.

--¡Oh! ¡oh!--decía el pirata--, se pone al pairo, arría su pabellón, el bribón está atemorizado; ya es nuestro. Zeli, haz armar la chalupa y la canoa grande; yo voy a hacerme cargo de cómo está aquello.

Y Kernok, poniéndose las pistolas a la cintura, y armándose de un largo cuchillo, se plantó de un brinco en la embarcación.

--Y si es una emboscada, si el navío hace un solo movimiento--gritó al segundo--, forzad los remos y poneos a distancia de garfio.

Diez minutos después, Kernok saltaba sobre el puente del _San Pablo_ con sus pistolas en la mano y el cuchillo entre los dientes.

Pero lanzó una tal carcajada, que su excelente hoja le cayó de la boca. La causa de su risa era el ver al capitán español y a su tripulación arrodillada ante una grosera imagen de San Pablo, que se golpeaban el pecho reiteradamente. El capitán, sobre todo, besaba una reliquia con fervor siempre creciente, y murmuraba: «San Pablo, _ora pro nobis_...»

Pero San Pablo ¡ay! no se daba por entendido.

--Acaba con tus monerías, viejo cuervo--dijo Kernok cuando hubo acabado de reír--, y llévame a tu nido.

--Señor, no entiendo--respondió temblando el desgraciado capitán.

--¡Ah! es verdad--dijo Kernok--; tú no entiendes el francés.

Y como Kernok poseía de todas las lenguas vivientes justamente aquello que se relacionaba y era necesario a su profesión, repuso socarronamente:

--_El dinero, compadre._