Plick y Plock

Chapter 14

Chapter 144,005 wordsPublic domain

--Usted será vengado. Mi plan está aquí, fijo, cierto como la muerte que le amenaza, porque usted va a morir. ¡Usted tan valiente, tan grande! ¡morir! ¡morir como un miserable!--decía Blasillo en voz baja para no despertar las sospechas de los guardianes, y se retorcía los brazos.

El gitano puso una mano sobre su frente.

--Mira, Blasillo, acabemos esta escena; es atroz. ¡Adiós! Déjame.

--Comandante, aun no, aun no...

--Escucha, hijo mío; en una cajita de hierro encontrarás un mechón de pelo: es de mi pobre hermana; encontrarás también un viejo cinturón: es el que mi padre llevaba cuando le mataron: quema ambos objetos. Lo demás te pertenece, todo, hasta el saquito que te hará dueño del judío de Tánger, si es que tienes el capricho de volver por allá.

--Pero ¡no poderle salvar! ¡ver su agonía, sus sufrimientos!

--¡Por el rayo, Blasillo! ¿olvidas, hijo mío, nuestras largas y rudas travesías, nuestros sobresaltos, nuestros peligros, seguidos siempre de nuevas fatigas?... mientras que mañana, Blasillo, descanso, y descanso de verdad, y para siempre. No me compadezcas, pues; si sufro, es por ti. En fin, adiós; huye de España, vete a otro país; vende la tartana y los negros, vete a vivir tranquilo y dichoso, y, en medio de tu felicidad, acuérdate alguna vez del gitano.

Blasillo cayó a sus pies.

--¿No te parece, hijo mío, que es una lástima acabar mi vida por donde debería haberla comenzado? Si yo hubiese tenido a los veinte años un amigo como tú y una amante como Rosita, no estaría en este lugar, tendría aún ilusiones, una familia, dulces afectos, y me extinguiría dulcemente un día rodeado de mis nietecitos... ¡Singular destino!...

Y después de una pausa, se quitó un pañuelo de seda roja que llevaba al cuello y se lo dio a Blasillo.

--Toma, lo llevarás en recuerdo mío. ¡Adiós!

--¡Ah! hasta la muerte...

--¡Vamos!... ¡adiós!...

El reloj de San Francisco dio las doce.

Cada campanada vibraba de un modo desgarrador en el corazón del pobre niño; a la última, cayó desvanecido.

El gitano lanzó un grito, el sacerdote acudió corriendo y el carmelita también.

--¡Virgen santa! ¿qué tiene su compañero?--preguntó el guardián.

--Nada; la emoción que le ha producido el oír tan grandes pecados.

--Vaya, hijo mío, tranquilícese--decía el buen anciano levantando a Blasillo.

Este volvió en sí, miró a su alrededor, y se precipitó de nuevo en los brazos del gitano.

--¡Cuánta caridad!--decía el guardián--; va a herirse con las cadenas de ese bandido.

El sacerdote se vio obligado a arrancarle de sus brazos casi sin conocimiento.

--Señor--le dijo el gitano--, quisiera volver a ver a usted mañana.

Se quedó solo, meditó profundamente toda la noche, y cuando las campanas del _Angelus_ y la primera claridad del día le sacaron de su ensimismamiento, se pasó la mano por la ancha frente, y dijo:

--Por mucho que haga, no puedo creer en la eternidad.

Después añadió sonriendo:

--¡Y no me disgustaría equivocarme!

XIII

EL GARROTE

Me parece que debe usted sentir dejar esta hermosa vida, le dije yo con el aire del más grande interés.

J. JANIN, «_El asno muerto_».

(En medio de la plaza de San Juan se eleva un estrado, al que dan acceso dos escaleras; en el centro, un sillón de madera muy sencillo, adosado a un largo palo; dos filas de milicianos se extienden a cada lado del cadalso y forman un largo cordón que llega hasta la capilla. Una numerosa multitud llena la plaza y las ventanas, los balcones y los tejados de las casas de la misma: las murallas y hasta las fortificaciones, han sido también invadidas por la multitud. Son las once, de la mañana, el sol brilla, y la alta cúpula de San Juan, se destaca sobre un cielo puro y azul).

EL BARBERO FLORES (_a un hombre del pueblo_).--Hágame el favor, compadre, de ponerme delante de usted, porque como no soy muy alto, podrá usted ver por encima de mi cabeza, y, ¡Dios me salve! estos espectáculos son desgraciadamente tan raros, que entre cristianos hay que ayudarse en la vía de salvación.

EL HOMBRE DEL PUEBLO.--Pase, pues, señor, y no me olvide en sus oraciones.

FLORES.--La Virgen del Carmen le bendecirá, compadre, y usted no se arrepentirá de haberme hecho ese favor cuando sepa que yo conozco curiosos detalles de ese renegado que van a ajusticiar.

UNA JOVEN.--¡Virgen santa! ¿Usted lo ha visto, quizá? ¡qué dicha! semejante suerte no se ha hecho para gentes como nosotros; durante los tres días que el reo ha pasado en capilla, los buenos puestos delante de la reja no eran más que para las grandes damas.

UNA JOVEN (_cargada de cintas y llena de afeites y de lunares_).--Yo soy, pues, una gran dama, porque yo le he visto como veo la bacía de ese barbero de piernas de garza ¡y por mi patrona!...

FLORES (_encolerizado_).--Tu patrona, hija mía, no figura en el calendario, y si no me equivoco, ha dado muchas veces la vuelta a la ciudad, con la cabeza rapada, y montada en una burra, con la cara vuelta hacia la cola...

LA JOVEN (_sacando la navaja de la liga_).--Barbero del infierno, tu garganta es demasiado estrecha para esas palabras; ¡por Cristo! te la voy a ensanchar.

UN MAJO.--¡Vamos, cállate, cállate, joven de las cintas! vuélvete a la calle del Fideo a tocar la guitarra y a echar flores a los transeúntes detrás de tu celosía. Si has visto al gitano de tan cerca, es que seguramente el verdugo te habrá ayudado muchas veces a ponerte la mantilla, y te habrá protegido en estas circunstancias. (_Quitándole el cuchillo_). ¡Demonio! no juegues con este alfiler, porque te puedes pinchar y yo también. ¿Quieres que la devuelva a su sitio, hermosa?

LA JOVEN.--¡Hereje! pero seré vengada, porque ahí viene el hermano José.

UN CAPUCHINO (_llevando en una mano una linterna con dibujos que representan diablos entre llamas, y en la otra una bolsa_).--Por las almas que sufren en el purgatorio, hermanos, dad una limosna y Dios os lo pagará. (_Los asistentes saludan humildemente, se arrodillan con compunción, pero no dan nada._)

LA JOVEN DE LAS CINTAS.--_Ave Maria_, hermano José, tome este real y ruegue porque ese perro de majo sea destripado en la primera _juerga_ que corra. Diga, hermano José, ¿le veré pronto? Mi estera es blanca; mis alcarrazas tienen flores frescas y yo le guardo magníficos cigarros de la Habana.

EL CAPUCHINO (_volviendo rápidamente la espalda, y gritando en alta voz_).--¡Por las almas del purgatorio, señores!

LA JOVEN.--Hermano José, hermano José, ¿me ha olvidado, usted, pues? y sin embargo, yo no he omitido ni una misa ni un _Angelus_.

FLORES.--Parece, compadres, que el reverendo dirige la conciencia de la señora: afortunadamente es robusto, porque esa debe ser una terrible tarea. ¡Amén!

LA JOVEN.--¡Caramba! ¡es bien duro oír calumniar así a un santo varón por un comunero, un masón!

MUCHAS VOCES.--¡Un masón! ¡un comunero! ¿dónde está el masón?

FLORES (_palideciendo_).--¡Por el seno de tu madre! cállate, niña, y no gastes esas bromas; no hizo falta más para que Pérez fuese molido a palos.

LA JOVEN.--Ya lo oyen señores, él conoce a Pérez, que recibió, por la gracia de Dios, más bastonazos que barbas ha rapado ese barbero hereje en su vida. Ved, si no; lleva una cinta verde al cuello; por la Virgen que me ve y me ilumina ¡es un masón! alejadle, pues, hijos míos, alejadle. (_Rumores en el pueblo_.)

MUCHAS VOCES.--¡Al agua el comunero! ¡Muera el masón! ¡Al agua!

FLORES.--Les juro por la sangre de la cruz, compadres, que esa cinta no significa nada, y que...

UN CAMPESINO (_golpeándole_).--¡Toma, recontra! ¡ah! ¡y te atreves a mezclarte con los cristianos!

OTRO.--¡Toma! ¡toma! y a ver si tus hermanos te socorrerán, demonio; llámales en tu auxilio.

MUCHAS VOCES.--¡Al agua, al agua!

LA JOVEN.--Bravo, señores, la Virgen os bendecirá; llevad su cinta verde y su cabeza al alcalde, y no os faltarán los doblones ni las indulgencias para la Cuaresma.

FLORES (_golpeado, desgarrado, lleno de polvo, pasa de mano en mano hasta la muralla que baña el mar; allí, un vigoroso andaluz le agarra y le echa al agua gritando_).--¡Dios me salve! ¡Así mueren los masones herejes y los constitucionales, enemigos del rey absoluto!

LA MULTITUD.--¡Bravo! ¡Viva el rey absoluto!

UN MARINO.--¡Silencio, hijos míos, silencio! he ahí el cortejo que ya empieza a desfilar. ¡Vive Dios! es un hermoso día para mí.

UN CAMPESINO.--Para usted y para todos, señor marino.

EL MARINO.--Para mí más ¡por Santiago! ¿No estaba yo a bordo del guardacosta que le dio caza?

MUCHAS VOCES.--¡Cómo, señor! ¡Usted asistió a ese espantoso combate! ¡Virgen santa! ¡y aun vive!

EL MARINO.--Afortunadamente habíamos comulgado la víspera; a no ser por eso el demonio nos hubiera arrastrado al fondo del infierno.

UN CAMPESINO.--Pero, ¿cómo ocurrió eso, señor? Porque se había dicho que ustedes hundieron su tartana.

EL MARINO.--Y es cierto, compadre, pero acto continuo reapareció a nuestra popa, cubierta de llamas y con más de diez mil demonios encima que lanzaban fuego por boca y ojos.

MUCHAS VOCES.--¡Virgen santa! ¡rogad por nosotros!

EL MARINO.--Y en medio de ellos el gitano que se debatía blasfemando e insultando a todos los santos del Cielo y al señor gobernador.

LA MULTITUD.--¡Jesús, qué horror! ¿y cómo os librasteis del monstruo?

EL MARINO.--Afortunadamente el capitán tenía una botella de agua bendita por el arzobispo de Toledo, y como el infernal buque estaba muy cerca, se la echamos a bordo.

EL CAMPESINO.--¿Con un cañón, compadre?

EL MARINO.--No, compadre, a mano; y entonces todo se hundió como por encanto, entre los rugidos de los demonios.

UN CABALLERO.--Pero, señor marino, ¿cómo se ha dejado prender el gitano en el convento si estaba dotado de ese poder infernal?

EL MARINO.--Precisamente porque estaba en un lugar sagrado.

LA MULTITUD.--¡Claro! ¿Quién se atreve a dudarlo?

EL CABALLERO.--Pero, ¿una vez fuera del convento, no podía recuperar su poder?

EL MARINO.--No, porque se había tenido buen cuidado de cargarle de cadenas... ¡casi no podía andar!...

EL CABALLERO.--¡Como que tenía una pierna rota!...

UNA MUJER.--Lo hacía ver, pero era para engañarnos...

EL CABALLERO.--Yo, señores, no lo veo muy claro...

UNA MUJER.--¡Entonces usted no es cristiano!... ¡Virgen del Carmen! ¡no quiere creerlo!...

EL CABALLERO (_acordándose de la suerte de Flores_).--Señora, yo lo creo todo y he prometido un cirio de treinta libras a la Virgen del Pilar; mire, aquí tengo un rosario...

MUCHAS VOCES.--¡A ver!...

EL CABALLERO (_muy pálido_).--Mirad... y además, aquí tenéis una carta del superior de San Juan dirigida a mí. Leed...

MUCHAS VOCES.--No sabemos leer... No le creáis... es un lazo que nos tiende... ¡Al agua!

(_Afortunadamente en aquel momento se oyen más sonoros que nunca los cantos de los frailes que acompañan al cortejo, y la multitud deja al pobre hombre, que se refugia en una taberna._)

UNA MUJER.--¡Ah! ¡qué dicha, Virgen santa! Aquí está la procesión. Mira, Juana, estamos muy cerca del cadalso, y tiene dos escaleras.

JUANA.--Eso es porque el reo había mandado un navío de guerra; el verdugo subirá por una escalera y él por otra.

UN HOMBRE.--¡Demonio, qué injusticia! se concede eso a un renegado y se me negaría quizás a mí.

JUANA.--Mira, Pepa, los penitentes con el ataúd.

PEPA.--Detrás va el verdugo ¡Virgen santa! no es feo para ser un verdugo; sólo que está muy pálido.

JUANA.--Muy sencillo; es el verdugo de Córdoba que viene a reemplazar al nuestro, y como nunca ha matado aquí... pues, claro, se encuentra cohibido...

UN HOMBRE.--Decid, comadres, ¿veis al gitano?

JUANA.--No, hijo mío... Tenga cuidado, joven (_dirigiéndose a Blasillo que llega en aquel momento envuelto en una capa y que se abre paso a codazos_)... por poco me tira usted al suelo... Eso es... póngase delante, en el mejor sitio. (_En voz baja a Pepa_). ¡Jesús, Pepa! ¿Has visto qué mirada? ¡Parece que le arden los ojos!

PEPA.--¡Ah! será el hijo de alguna víctima del reo... Pero, ya está aquí... ¡Qué alegría, Virgen santa! Desde el día de mi primera comunión, nunca había estado tan contenta...

MUCHAS VOCES.--¡Muera! ¡perro maldito! ¡muera el gitano!

UN HOMBRE.--Doy veinte escudos por reemplazar al verdugo.

OTRO.--Yo cuarenta, pero quiero degollarle, que se vea su sangre.

UNA MUJER (_arrojando un rico rosario a los pies del alcalde_).--Ese rosario vale veinte doblones; lo regalo a la Virgen, pero con la condición de que me lo dejen matar a mí.

BLASILLO (_pisoteando el rosario y agarrando violentamente el brazo de la mujer_).--¡Silencio! ¡silencio, si es que tienes aprecio a la vida!

LA MUJER.--¡Socorro, Dios mío! este muchacho me hunde las uñas en la carne.

MUCHAS VOCES.--¡Silencio! ¡que se calle!

(_Llega el gitano cargado de cadenas; marcha apoyado en el sacerdote, y lleva un ramito de jazmín entre los dedos._)

UN HOMBRE.--¡Bravo! ya está aquí; ¿sabéis que el verdugo está más pálido que él?

JUANA.--¡Jesús! el renegado no ha querido un fraile y se hace acompañar por un sacerdote. ¡Qué corrupción!

UNA VOZ.--¿Se han fijado, señores, cómo va vestido?

JUANA.--Todo de negro... ¡Jesús y qué desvergonzado! En lugar de pensar en la eternidad va oliendo una ramita de jazmín...

UN HOMBRE.--El infame no parpadea siquiera. ¡Muera! ¡muera!

EL SACERDOTE.--Debe usted sufrir mucho... apóyese en mí. ¡Ay! ya estamos bien cerca de...

EL GITANO.--Del término de nuestro viaje, es cierto.

MUCHAS VOCES.--¡Muera el perro! ¡muera! ¡Que le partan en pedazos!

EL GITANO.--Cómo gritan...

EL SACERDOTE.--Sí, pero piense usted...

EL GITANO.--¡En la muerte! ¡Para qué! ahí está el amigo del chaleco rojo que ya piensa por mí.

UN HOMBRE.--¡Que le crucifiquen! ¡Que le quemen a fuego lento!

EL GITANO.--¡Qué sol tan puro! ¡qué cielo tan hermoso!

EL SACERDOTE.--Sí, hijo mío, piense usted en el cielo, en el cielo...

EL GITANO.--Ya hemos llegado; adiós, amigo mío; venga esa mano. Tome esta flor, es todo lo que tengo; guárdela. Adiós, mi buen amigo.

EL SACERDOTE.--¡Ah! ¡con ese valor, con esa energía! ¿qué destino hubiera sido el suyo?

EL GITANO (_enjugando una lágrima_).--Es verdad...

EL POPULACHO.--¡Oh! el cobarde llora. ¡Muera el cobarde!

EL GITANO (_sonriendo_).--¡Es singular! Por un amargo azar del destino cuando estoy a punto de dejar la vida es cuando encuentro los afectos que tan ardientemente he buscado; cuando encuentro a Blasillo, a Rosita y a usted... y a usted sobre todo que me haría creer hasta en la virtud...

EL PUEBLO.--¡Muera el condenado! ¡El apóstata! ¡Ya tardan demasiado!

EL VERDUGO.--Señor gitano, el pueblo se impacienta.

EL GITANO.--Nunca me perdonaría el hacer esperar a su señoría. (_Tiende las manos al sacerdote_). Adiós, amigo mío.

EL SACERDOTE.--Aun no le dejo.

(_El gitano pone el pie en el primer escalón; Blasillo se aproxima a él y le estrecha la mano._)

BLASILLO.--Adiós, comandante; usted será vengado, pero de una manera terrible; todo ese populacho pagará lo que hace. Ahora, muera usted; porque yo puedo presenciar su muerte sin palidecer.

EL GITANO (_en voz baja, subiendo las gradas_)--¡Adiós, querido Blasillo!

JUANA.--.¡Virgen Santa! ¡sabes que ese joven de los ojos ardientes ha hablado al gitano!

PEPA.--Yo lo he visto; sin duda le habrá reprochado algún crimen.

UN HOMBRE.--¡Ah! Por fin el maldito está en el sillón.

OTRO.--¡Alabado sea Dios! Ya le ponen el cuello en la argolla.

JUANA.--¡Santa Virgen! ¡Ya van a matarle! Pero...

UN HOMBRE.--¿Y qué?...

JUANA.--Es que nos estafan, nos roban... ¿y la mano?

EL PUEBLO.--¡Es verdad, que le corten la mano! (_Gritos, tumulto, escándalo. El alcalde consulta con la Junta._)

EL ALCALDE.--Es justo, lo habíamos olvidado. Nuestra es la culpa.

UNO DE LA JUNTA.--Pero, así no vamos a acabar nunca.

EL ALCALDE.--Mi querido amigo, ya que tenemos tan pocas ocasiones de popularizarnos, aprovechemos ésta. Es cuestión de un momento.

EL SACERDOTE (_al gitano_).--Amigo mío, perdóneles usted, el fanatismo les extravía.

EL GITANO.--Ya lo veo.

BLASILLO (_en voz alta_).--¡Bravo, pueblo! inventa nuevas torturas. El Cielo te lo recompensará.

JUANA.--Tiene razón el pobre niño.

BLASILLO (_riendo_).--Sí, mujer, el Cielo o el infierno.

EL PUEBLO.--¡La mano, la mano del maldito!

EL ALCALDE.--Señores, un poco de silencio. La justicia, viviente y sagrado símbolo de la Divinidad, no es una palabra vana, y esta justicia se ha impuesto como deber el rendirse a los deseos del pueblo, juicioso defensor de la religión y del trono.

EL PUEBLO.--¡Viva! ¡viva!

EL ALCALDE.--De modo, señores, que la Junta...

EL SACERDOTE (_interrumpiéndole_).--Señor, en nombre del Cielo, piense que el desgraciado espera la muerte...

(_El alcalde continúa impertérrito y pronuncia un largo y conmovedor discurso, tras el cual acaba por conceder al pueblo la mano del reo._)

LA MULTITUD.--¡Viva el alcalde! ¡viva el rey absoluto!

EL ALCALDE.--Ya has oído, obra.

EL GITANO.--¡Por fin!

EL VERDUGO.--¡No, señor!

EL ALCALDE.--¡Cómo!

EL VERDUGO.--Me han hecho venir de Córdoba para dar garrote al reo, pero no para cortarle la mano. No tengo yo la culpa si ha muerto el verdugo de Cádiz... Vengan diez duros más, y entonces hablaremos.

EL SACERDOTE.--¡Qué horror, Dios mío!

(_El alcalde delibera con la Junta._)

EL ALCALDE (_al verdugo_).--Vaya, no sea usted...

EL VERDUGO.--No rebajo ni un real...

EL PUEBLO (_arrojando el dinero_).--¡Ahí van los diez duros!

UN CARNICERO (_agitando su cuchillo_).--¡Por Santiago! ¡yo le cortaré gratis la mano, y la otra y la cabeza!

EL VERDUGO.--Compadre, ¿acaso mato yo sus animales? Cada cual a lo suyo. Venga ese cuchillo.

(_El carnicero se retira en medio de los aplausos de la multitud; el verdugo recoge cuidadosamente el dinero, va hacia el gitano, le agarra el brazo y le corta la mano._)

LA MULTITUD.--¡Bravo! ¡muera el hereje!

EL GITANO.--Creí que esto era más doloroso.

EL SACERDOTE (_con voz sonora y fuerte_).--Era culpable ante los hombres, pero este martirio le absuelve ante Dios.

BLASILLO (_precipitándose sobre la mano ensangrentada y guardándola bajo su capa_).--Sacerdote, no lo dices todo, ¡esa sangre caerá sobre ellos! Adiós, comandante, aun me hace falta fuerza para vengarte; me voy, porque un minuto más me mataría. (_Blasillo desaparece entre la multitud._)

Como el momento se acerca, se hace un profundo silencio.

El sacerdote se arroja en los brazos del condenado; el verdugo se aproxima y pone al cuello de la víctima la argolla; aprieta después el torniquete que hay en la parte posterior y oprime violentamente el cuello del paciente. Una vuelta más, y el gitano queda estrangulado; en aquel momento el sacerdote le echa un velo a la cara, y cae a sus pies rezando; la multitud aplaude de nuevo y se retira satisfecha. Por la tarde, cuando ya el sol se oculta detrás de la torre de la Aduana, el alcalde volvió al cadalso, donde habían dejado el cuerpo del ajusticiado. Allí se descubrió, sin que el gitano correspondiera a su atención, y entonces los ayudantes del verdugo arrojaron su cuerpo al muladar, donde fue devorado por los perros.

XIV

MAESTRO PLOCK

¡La venganza! placer de los hombres.

Creo que fue a una de esas calles de Tánger, sucias, estrechas y fangosas, bordeada por altas casas sin aberturas, tal vez la calle de Moab'd'hal, a donde Blasillo se dirigió después de una feliz travesía. Muchos días habían transcurrido ya desde la muerte del gitano, y la tartana, siempre oculta en su impenetrable retiro, había podido escapar tanto más fácilmente, por cuanto todo Cádiz la creía hundida; de modo que a Blasillo le fue muy fácil franquear la distancia entre Cádiz y Tánger.

En aquella sucia y fea calle, los árabes se entregaban a sus juegos favoritos y sobre todo a la caza de los armenios, de modo que así que uno de ellos se atrevía a sacar la cabeza a la puerta de su casa, caía sobre él una lluvia de balas.

En medio de ellas atravesó Blasillo la calle hasta que llegó a una enorme verja de hierro detrás de la cual había un viejo de larga y cadavérica cara, cubierto con una especie de gorro amarillo, que encuadraba de una manera extraña su horroroso rostro.

BLASILLO.--Tarda usted mucho, buen hombre, y ya sabe usted, sin embargo, que las balas llueven sobre los cristianos en esta maldita calle.

EL JUDÍO.--¿No es más que eso? Adiós, joven.

BLASILLO.--Una palabra, no se retire tan pronto.

EL JUDÍO.--Hable, pero sea breve.

BLASILLO.--Aquí en la calle no puedo; déjeme entrar en su casa, y entonces...

EL JUDÍO.--¡Que el anillo de Salomón te sirva de collar! ¡Vete!

BLASILLO.--Puesto que usted se niega, voy a intentar un último medio. (_Le enseña un saquito abierto de emblemas jeroglíficos._)

EL JUDÍO.--¡Que no! ¡semejante tesoro en tu poder!... ¿quién ha podido...? Pero, entra, entra; porque las balas llueven, y no quisiera que esos incrédulos mancillaran ese talismán.

Se abrió la puerta.

Blasillo entró bajando la cabeza, atravesó otras dos enormes rejas de hierro y se encontró en un estrecho patio que no recibía la luz más que por arriba.

--Déjame, hijo mío--dijo el judío--, déjame que examine ese saquito.

Y sus ojos echaban chispas bajo sus espesas cejas.

--Vea usted, padre--respondió Blasillo.

--¡Por las cinco estrellas de Stemboth! éstas son las insignas de uno de los grados más altos de nuestra asociación, y yo debo obedecer a los que las posean, sin informarme de qué modo han llegado a sus manos. ¿Qué me mandas, hijo? El viejo está a tus órdenes.

--Te llaman Jacob, y no obstante tu nombre es Plock, ¿no es cierto, anciano?

--Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

--Bien, señor Plock; ¿tiene usted unos almacenes cuya entrada da a la playa, cerca de la ensenada de Betim'Sah?

--Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

--¿Y en esos almacenes guarda ricos tejidos de Túnez, tapices de Constantinopla y cachemiras del Cairo?

El judío palideció pero, no obstante respondió:

--Es verdad. Que el ángel me toque con el dedo si yo miento.

--Bueno, pues esta noche vas a hacer transportar esas mercancías a una tartana, con pabellón danés, que hay fondeada en la ensenada de Betim'Sah.

El judío, que estaba arrodillado, se levantó como si le hubiese picado una víbora.

--¡Por la cintura de los majos! Eso es imposible! Los cabellos se me erizan nada más de pensarlo.

--¡Infame judío! ¿Crees que quiero que me regales tus mercancías? Toma, aquí tienes oro para comprarte tus almacenes, a ti y a tu rabino.

--¡Dios del cielo! guarda tu oro, porque me espanta. Te equivocas sobre el motivo de mi negativa, joven... ¿sabes lo que pides de mí?

--Lo sé, maestro Plock.

--No lo sabes, no.

Entonces miró a su alrededor con inquietud, y, como si temiese ser oído se aproximó a Blasillo, le habló un instante en voz baja, y después le miró con aire interrogativo.

--Ya lo sabía.

--¿Y quiere usted...?

--Sí.

Por la noche, Blasillo vigilaba el embarque de las mercancías, y el viejo Bentek y los negros llevaban a bordo los últimos fardos, cuando Plock que hasta entonces había permanecido alejado, se aproximó al joven y le dijo:

--Sólo el demonio, hijo mío, le ha podido encargar de semejante comisión; pero yo me lavo las manos; ¡que la venganza del Cielo caiga sobre usted y sobre los que le mandan!

--¡Que el Cielo le ayude!--dijo Blasillo tendiéndole la mano.

Pero el judío dio un salto hacia atrás.

--Es verdad, no me acordaba--dijo el joven--. Adiós, maestro, hasta la vista.

--Hasta la vista... Tendría que ser mañana... porque antes de tres días su madre de usted ya no tendrá hijo.

* * * * *

Un mes justo después de la ejecución del gitano, una peste espantosa devastaba Cádiz; porque Blasillo había hecho naufragar su tartana al pie del fuerte de Santa Catalina...

Su tartana, llena de mercancías, comprada por él en Tánger, había sido saqueada por el pueblo.

Porque Blasillo, al comprar aquellas mercancías, que procedían de Levante, entonces asolado por una epidemia, sabía que estaban infectadas y que maese Plock no esperaba más que una ocasión favorable para purificarlas[8].