Plick y Plock

Chapter 13

Chapter 134,024 wordsPublic domain

¡Ved el convento de Santa Magdalena! ahora que el sol no le dora con sus rayos, ¡cómo se eleva imponente con sus negros y altos muros y sus vastos pórticos grises cortados en festones! ¡cuán bien sus pesadas torres, sus largas galerías desiertas encuadran en la sombría verdura de las viejas encinas! ¡cómo sus grandes sombras hacen resaltar la luz blanca y viva que alumbra los muros, platea los techos de plomo y la brillante flecha del campanario!

Ya os lo he dicho; todo es silencio, se distinguiría el vuelo de una abeja del de una mariposa.

¡Atención! ¿no oís los violentos latidos de un corazón que brinca y las inspiraciones de una respiración anhelante? ¿No oís hasta el ágil y fresco césped murmurar bajo el ligero peso que le aprisiona?

Deslizaos detrás de esa madreselva que rodea esa hermosa palmera con sus guirnaldas purpuradas... ¡Veis!... ¡Santo Dios! ¡es la monja! ¡es el gitano!

Un pálido y débil rayo de luna jugueteaba sobre el encantador grupo. El gitano estaba sentado a los pies de la monja, con los codos sobre las rodillas de la joven; él sonreía con amor a aquella cabeza de ángel, y se prestaba a los caprichos infantiles de la monja, que tan pronto le echaba el pelo sobre la frente amplia y elevada, como se la descubría apartando su espesa cabellera.

--¡Ángel de mi vida!--dijo al fin Rosita--, ¡yo quisiera morir así en tus brazos, con los ojos fijos en los tuyos, con mis manos entre las tuyas!

--Pues yo no, amor mío; lo que quisiera yo es vivir siempre así.

--¡Oh, sí! vivir siempre así, porque vivir es estar a tu lado; vivir es amarte... Así, mi plegaria de cada noche a la Virgen, es que proteja nuestros amores, querido mío.

--Ya los protege, querido ángel; ya ves, todo nos sale bien.

--Sin embargo, ¿te acuerdas de aquella tempestad? ¡Jesús! ¡qué espanto viéndote escalar los muros a la luz de los relámpagos, para volver a tu chalupa! El cielo parecía de fuego, ¡Virgen santa!, y yo vi más tarde, por las heridas de tus manos, que te habías visto obligado a agarrarte a los picos de las rocas para que las olas no te arrastrasen.

Y aun trémula al recuerdo del peligro pasado, le enlazó fuertemente con sus brazos como si quisiera substraerle a un peligro inminente.

--¿Te acuerdas? di...

--No, ángel mío, no me acuerdo más que del beso que me diste al decirme adiós.

--¿Te acuerdas de la corrida de toros? ¿te acuerdas del día que te vi en la llanura que se extiende ante el convento? ¡Oh! ¡cómo latía mi corazón cuando comprendí por tus gestos que me reconocías, y cuando oí tu voz bajo mi ventana!

--Y después--añadió en voz más baja--, cuando por medio de una flecha echaste una escala de seda en este jardín... ¡cómo temblaba mi mano al atarla al tronco de esa palmera!

--Mi mano temblaba también, Rosita.

--¿Te acuerdas?... Pero, ¿para qué hablar del pasado, amado mío? el presente es nuestro, el presente y su delirio, y su alegría embriagadora, y sus ardientes caricias, y su dulce abandono... Vaya... cuando esté sola, cuando, en un ardiente insomnio, se agite mi pecho y mis ojos se llenen de lágrimas, entonces... entonces será tiempo de invocar mis recuerdos.

Y su cabeza se inclinó sobre la del gitano, y sus bocas se oprimieron.

--¡Oh! ven--la dijo levantándola dulcemente--, ven a pasear bajo esos viejos naranjos y a respirar su perfume... ¡Mira! Rosita, yo soy tu caballero; esta sombría alameda es el Prado de Madrid; ven, amada mía, enlaza tu brazo al mío, baja el largo encaje de tu mantilla sobre tus ojos, y ven a ver estos hermosos carruajes y estas magníficas libreas. Y después, este viejo claustro negro y silencioso, es el teatro. Ven al teatro, resplandeciente de oro, de cristales y de luz. He aquí al rey, he aquí a la reina y a su corte deslumbrante de pedrería; los espectadores se levantan y saludan. Tú entras en tu palco, tu vestido es blanco como tu seno, en el pelo llevas prendida una flor roja como tus labios... También se levantan, Rosita, también se levantan por ti como por la reina de todas las Españas y dicen: «¡Qué bella es!»

Y la miraba sonriente como si quisiera descubrir un pensamiento de vanidad en aquella frente pura y cándida.

--¡Oh! prefiero el viejo claustro y tu amor--repuso ella; y como se aproximase a él, su pie tropezó con una piedra verdusca--. ¿Qué es eso, amor mío?--preguntó el gitano.

--¡Una tumba!--dijo la joven deteniendo al gitano para que no pisase aquella tierra sagrada, y persignándose.

--¡Cómo! ¡una tumba aquí, en el jardín de este claustro! yo creía que los cristianos no enterraban a sus muertos más que en una tierra bendita; ¿lo es ésta?

--No, ¡santa Virgen! porque se dice en voz baja, en el claustro, que esta tumba es la de Pepa; de Pepa, que un día se atrevió a huir de este santo retiro, pero fue alcanzada en el camino de Sevilla, su amante fue muerto al querer defenderla, y ella...

--¡Y bien! ¿y ella, querido ángel?

--¡Oh! ella fue llevada al convento, y murió en medio de los mayores tormentos. Tres años de suplicio, amor mío, acostándose sobre un lecho de aquellas piedras, sin dormir, sin descanso, golpeada cada día, y viviendo del alimento más miserable, en el cual echaban animales inmundos, para mortificarla y hacerla expiar su crimen, según decía la superiora.

--¡Por el disco del sol!--exclamó el gitano--; entonces, ¿si nos sorprendiesen?...

Y miraba a la joven con ansiedad, porque aquella cruel pregunta se le había escapado, por así decirlo, a su pesar, y comprendía todo lo que semejante suposición debía tener de espantoso para ella.

--Moriría como Pepa--respondió la niña sonriendo con una admirable expresión de amor y de resignación--; como ella, moriría por mi amante. No es la primera vez que se me ocurre.

--¡Cómo! ese horrible destino....

--Es mil veces menos horrible que pasar un día sin verte, sin decirte: Yo te adoro...--murmuró con los dientes apretados, y dejándose resbalar, estremecida, a sus pies.

* * * * *

--¿Lo quieres tú? adiós, pues--contestó ella con un profundo suspiro.

--Sí, adiós, ángel mío, es preciso que nos separemos. ¿Ves? la noche ya es menos obscura, las estrellas palidecen y esa claridad rojiza nos anuncia la proximidad de la aurora. Adiós, pues, Rosita mía.

--Otro beso... uno solo... ¡el último! alma de mi vida.

Y el sol doraba ya las altas torres del convento, cuando aun duraba este beso.

Por fin el gitano se arrancó de los dos brazos que le estrechaban amorosamente, puso el pie en la escala de seda y la subió con su acostumbrada agilidad.

La monja, sentada al pie de la palmera, seguía todos sus movimientos con la mirada inquieta.

--Hasta la noche--decía ella--, hasta la noche, dueño mío, amor mío.

El gitano, que había llegado al último tramo, se volvía una última vez para sonreír a Rosita, y cuando se disponía a pasar al otro lado del muro, la escala, de pronto, se replegó sobre sí misma, se deslizó rápidamente a lo largo de la pared, y el gitano cayó a los pies de la monja, ensangrentado, mutilado, con el cráneo abierto. Seguramente habían cortado las amarras que sujetaban la escala por la parte de fuera.

--¡Me han hecho traición!--exclamó el gitano, y sus ojos se volvieron hacia la monja, que estaba arrodillada, con las manos juntas, pálida, inmóvil, la mirada fija, la respiración suspendida.

--Rosita, Rosita, trata de arrastrarme detrás de esos naranjos antes de que amanezca, porque yo no puedo valerme. ¡Oh! ¡sufro mucho!

El desgraciado se había fracturado el fémur y los huesos le agujereaban la piel.

--Rosita, amor mío, Rosita mía, ayúdame...--repetía con voz débil.

La monja lanzó una carcajada convulsiva y violenta, sus ojos se agrandaron de una manera espantosa, pero no se movió.

--¡Infierno! ¿es que la desgraciada se ha vuelto loca?--exclamó el gitano, y quiso tomar una mano de la joven, pero este movimiento le arrancó un grito penetrante.

Su fractura era viva y sangrienta.

De pronto se oyó un ruido, al principio sordo y confuso, en la dirección de la puerta del jardín.

--Rosita, Rosita, es tu amante quien te lo suplica, sálvate tú, al menos sálvate tú--decía el gitano en un tono desgarrador.

La joven permanecía inmóvil y arrodillada ante él.

El ruido se hacía cada vez más próximo y distinto, y el herido intentó arrastrarse detrás de una espesa mata de madreselva, que podía ocultarle a todos los ojos.

Después de sufrimientos inauditos, lo consiguió.

En aquel momento se abrió la puerta del claustro, y una multitud de carabineros, frailes y gente del pueblo invadió el jardín lanzando atroces rugidos.

--¡Muera el condenado! ¡muera el maldito!--gritaban todos.

El gitano se deslizó como una serpiente detrás de un macizo de áloes. La multitud llegó cerca del muro, y allí, junto a la palmera, encontró a la monja, siempre arrodillada, siempre inmóvil y con las manos juntas.

Aquellos gritos desordenados la sacaron del paroxismo en que estaba abismada; bajó los ojos, vio sangre aún reciente en el suelo y sonrió. Pero sus labios estaban tan convulsivamente apretados, que aquella sonrisa resultaba atroz.

La muchedumbre se estremeció, hizo la señal de la cruz y permaneció muda.

La monja, entonces, haciendo signo con la mano a los que la rodeaban, se puso a seguir el rastro de sangre que el gitano había dejado sobre la arena.

Todos marchaban en silencio, llenos de horror; llegaron por fin al matorral que ocultaba al gitano.

Rosita entonces, se detuvo un momento para separar las hojas espesas y barnizadas de los áloes, se abrió paso a través de la maleza, se arrastró hasta el lado del maldito, lanzó un grito terrible, y cayó... muerta...

--El renegado está ahí; cercad ese lugar y rechazad al pueblo.

--Ríndete, perro, porque veinte carabinas te están apuntando--exclamó el comandante de los carabineros.

--Pobre niña, por lo menos no sufrirás sus torturas--dijo el gitano mirando a la monja, y una lágrima que los más espantosos dolores no le habían podido arrancar, cayó sobre su ardiente mejilla.

--¡Ríndete, renegado! ¡o mando hacer fuego!--repetía el comandante.

--Sois unos valientes, hijos míos--respondió el gitano--: el ciervo está herido ¡y aun le teméis! hermosa caza, en verdad.

Y se calló; entonces se precipitaron sobre él, lo agarrotaron, y tres días después estaba en Cádiz, en la prisión de San Augusto, bajo la custodia de un batallón de milicianos.

* * * * *

Desde hacía tiempo, los pescadores, al señalar la presencia de una canoa que cruzaba por la noche a la vista de los muros del convento, habían despertado las sospechas del alcalde; fueron apostados unos cuantos hombres detrás de las rocas, se espió los pasos del gitano; fue seguido, se le vio abordar, lanzar la escala, y cuando creyeron, por la tensión de las cuerdas, que él subía, las cortaron por fuera, y ocurrió lo que ya sabéis.

XII

LA CAPILLA ARDIENTE

¡Por mi birreta! creéis que se está cómodamente sobre un edredón de este tela, exclamó La Balue tratando de estirarse en su jaula de hierro.

DE FORGES LE ROUTIER, «_Hist. del tiempo de Luis XI_».

En medio de la plaza de San Juan, cerca de la muralla, se eleva una linda rotonda, cubierta de un techo de estaño, reluciente como la cúpula de un minarete. El espacio que existe entre cada columna ha sido cubierto con fuertes rejas de hierro, de modo que este monumento representa bastante bien una vasta jaula circular.

En el centro de ella hay una hermosa capilla adornada con cirios de cera blanca, con ricos osarios de paño negro y calaveras bordadas en plata; al pie del altar, a un lado, se ve un sencillo ataúd de pino, abierto y preparado; al otro lado, una cama compuesta de tres tablas y un saco de ceniza; en otro departamento, separado por una balaustrada, hay un hombre vestido de rojo, que reza arrodillado. Otro hombre, está sentado al borde de la cama y se encorva bajo el peso de gruesas cadenas: es el gitano--y aquel ataúd es el suyo--: el hombre que reza arrodillado es el verdugo.

El gitano ha sido juzgado y condenado, y, según la costumbre, ha de permanecer en la capilla o _capilla ardiente_ los tres días que preceden a su suplicio.

Esta costumbre extraña, legada por la inquisición, consiste en cantar al condenado las preces de los agonizantes durante el tiempo que pasa en capilla.

En impedirle que duerma, ni de día ni de noche, a fin de que mortifique su cuerpo y su alma y de que pueda meditar a su placer sobre el largo viaje que pronto ha de emprender.

En ofrecerle todos los consuelos religiosos que puedan darle los monjes y los capuchinos.

En habituarle dulcemente a la vida de la nada, poniéndole bajo los ojos el ataúd que debe recibir su cadáver y el verdugo que debe librarle de esta vida de miseria y de tribulación.

Al verdugo también se le obliga a permanecer allí, pero por otro motivo; se trata de purificarle por anticipado del homicidio que va a cometer.

Todo transcurría, pues, en el orden apetecido; los cirios ardían, los monjes cantaban, el verdugo rezaba, y el ataúd abierto esperaba.

El gitano bostezaba formidablemente, y esperaba la hora del suplicio con tanta impaciencia como el hombre que tiene mucho sueño y desea tenderse en su cama.

Sin embargo, faltaban aún diez y siete horas.

Los monjes cesaron de cantar, porque la voz se fatiga; el verdugo se levantó, porque la presión del pavimento sobre las rótulas es bastante dolorosa. Una bota de cuero llena de vino circuló entre los frailes y el verdugo. Justo es decir que éste bebió el último; y como después de todo era bueno y humano, pasó la bota a través de los barrotes y la ofreció al gitano.

--Gracias, hermano--dijo éste.

--¡Por Cristo! ¡está usted muy aburrido!--replicó el digno hombre--; pero, ya lo veo, usted me desprecia a causa de mi profesión. Escuche, pues, compadre, todos tenemos que vivir; yo tengo obligaciones: una abuela enferma, una esposa adorada, y dos hijos pequeños, con sus hermosos cabellos rubios y frescas mejillas rosadas... Y además...

El gitano le interrumpió por un movimiento tan brusco, que todas sus cadenas resonaron como si se hubieran roto.

--¡Es posible!--decía con los ojos fijos sobre una robusta joven que, mezclada con la curiosa muchedumbre, había abierto un momento su capa de seda negra, haciéndole un signo expresivo--. ¡Blasillo, Blasillo aquí!

Las salmodias de los capuchinos comenzaron con un nuevo vigor, y el hombre de la casaca roja continuó la obra de su purificación, mientras que el gitano caía de nuevo en sus meditaciones, porque la joven que le llamara la atención había desaparecido.

Vencido por la fatiga y el insomnio, empezaba a dormitar, cuando un carmelita que lo advirtió, le hizo cosquillas con una pluma en la nariz, diciéndole:

--Piensa en la muerte, hermano.

El gitano se despertó sobresaltado y lanzó una mirada terrible al santo varón.

--Más bien debe bendecirme, hermano--dijo éste--, porque ahí tiene usted al reverendo Pablo, superior de San Francisco, que viene a verle.

En efecto, un robusto monje entraba en el recinto, con los ojos bajos, las manos cruzadas sobre el pecho.

--_Ave Maria purissima, mater Dei_--murmuró aproximándose y haciendo un gesto al carmelita, que se alejó.

El fraile se sentó al lado del gitano, que le miraba con una singular expresión de desprecio y de ironía; y, habiendo suspirado muchas veces, se expresó como sigue, con una vocecita agria y chillona que contrastaba con la enorme mole de su cuerpo:

--Que el Cielo le ayude, hermano.

--Diga más bien el diablo, hermano.

--¿Se obstina usted, pues, en morir en la impenitencia?

--Sí.

--Piense, hermano, de qué gloria se cubriría usted haciendo una abjuración de sus errores y entrando en nuestra santa Iglesia.

--¿Vale la pena por tan poco tiempo?

--¿Y la vida eterna, hermano?

--No se haga usted el santo conmigo, compadre; lo que le interesa sobre todo es que sea un religioso de su orden el que haya llevado a cabo la conversión; lo comprendo, una conversión como ésta podría proporcionarle un centenar de clientes, y eso vale la pena.

--El Cielo, hermano, es testigo de...

--Acabemos; todo esto es tan pesado y tan bajo, que usted me inspira repugnancia. ¡Hola! compadre del chaleco rojo; ¿tan pronto se olvida usted de los amigos?--dijo el gitano al verdugo sin querer responder a las súplicas del reverendo.

El verdugo acudió corriendo, con la cara risueña y bonachona.

--En hora buena--dijo el gitano--; hablemos un poco, porque eres tú, mi buen amigo, el que vas a enviarme a la eternidad. ¡Hermosa profesión la tuya! Tú haces lo que Dios no podría hacer: a una hora fija, en un punto dado, apagas una vida como se sopla una vela.

--Lo cierto es, hermano, que _esto_ no dura mucho más--respondió el verdugo sonriendo.

--Figúrate que esas gentes quieren que me confiese; bueno, me confesaré contigo; oirás singulares revelaciones; pero, no, tendrías miedo...

El hombre del chaleco rojo palideció. El fraile, que se había callado hasta entonces, se levantó, salió un momento y luego entró acompañado de dos vigorosos gallegos cargados con cuerdas.

--Hermanos--les dijo dulcemente mostrándoles al gitano--, ese pecador empedernido es bien digno de lástima; impedidle que se condene por anticipado pronunciando tan horribles blasfemias. ¡Amordazadle, hijos míos! y que Dios tenga compasión de él.

Dicho esto se fue, y los gallegos amordazaron al gitano, cuyos ojos se volvieron rojos y brillantes como dos brasas encendidas.

Como parecía bastante tranquilo, al cabo de dos horas le quitaron la mordaza, máxime cuando que algunas lindas mujeres de la mejor sociedad de Cádiz, que se agrupaban alrededor del recinto, habían hecho muy justamente observar que sería imposible ver bien las facciones del gitano mientras aquella villana placa de cuero le cubriese la nariz y la boca.

La mordaza, pues, cayó ante tan filantrópicas razones.

Pero no todo el mundo se interesaba tan tiernamente por el gitano; los unos aplaudían la decisión de la Junta, los otros se prometían un gran placer el día del suplicio, muchos, incluso dirigían furibundas imprecaciones al gitano que se contentaba con sonreír.

Uno entre tantos, un hombre alto, seco y pálido, el corregidor de Sevilla, que se encontraba en Cádiz para seguir un proceso, se encarnizaba sobre todo con el desgraciado reo; a cada instante le decía:

--¡El infame!... ¡Qué dicha para la sociedad que semejante monstruo sea castigado con arreglo a sus culpas!... Le vería estrangular con placer.

Parece que por fin el gitano se cansó de tantas injurias.

Enderezó altivamente la cabeza, y dijo con voz sonora:

--Señor Pérez, ¡es usted poco caritativo!

--¿Quién ha dicho mi nombre a ese miserable?--preguntó el hombre, pálido, confuso y extrañado.

--¡Oh! amigo mío, no es sólo eso lo que sé; ¿y su quinta a orillas del Guadalquivir? ¿y aquel lindo tocador tapizado con esteras de Lima, con sus persianas verdes y su pila de mármol blanco?

--¡Jesús! ¡cómo ese demonio puede saber!...

--Es allí donde, durante el ardiente calor del día, la señora Pérez va a buscar el silencio y el fresco.

--¡Perro! no profanes un nombre respetable. Pero, ¿no hay leyes, no hay justicia más rigurosa? Mientes; cállate, o te hago amordazar de nuevo--decía el corregidor enfurecido.

Pero la multitud, que comenzaba a encontrar la conversación muy divertida, se aproximó más, y como el señor Pérez se encontraba en la posibilidad de huir, el gitano continuó:

--Dice usted que miento, señor Pérez, ¿quiere usted pruebas?

--¡Te callarás, renegado!

--Helas aquí, pues. La señora es bella y joven, morena, con unos ojos negros como el ala del cuervo; gruesa y rosada, con un pie, una cintura y una mano que harían volver loco a un canónigo del Escorial.

--¡Infame! te atreves...

--En fin, debajo del hombro izquierdo tiene un lunarcito negro, coquetón, aterciopelado, que hace saltar aún la deslumbrante blancura de una piel de raso... Pero eso no es aun todo.

El corregidor espumarajeaba de rabia y no podía encontrar una sola palabra para contestar al gitano ni a las guasas con que la multitud le asaeteaba. Por fin exclamó, precipitándose sobre la reja:

--Pero ese infernal gitano ha sabido eso por alguna camarera de mi mujer... o bien es que...

--No, señor Pérez, no--repuso el gitano--; lo he sabido por el capitán de fragata que usted recibía en su casa, en Sevilla, porque ese capitán... era...

--¡Acaba, pues, malvado!

--¡Era yo!... ¿Ya está bautizado su hijo, señor?

El furor del señor Pérez no tuvo límites; se aferró con violencia a la reja; vanos esfuerzos, porque el gitano estaba al abrigo de su cólera.

--Ya lo sospechaba. ¡Y no será ahorcado más que una vez!--aullaba el infortunado corregidor sin soltarse de la reja.

Por fin, amigos caritativos le arrancaron de allí, la multitud se dispersó poco a poco, y cuando llegó la noche ya no había casi nadie alrededor de la capilla.

--Por fin me han dejado libre esos curiosos estúpidos--dijo el gitano cuando daban las once en el reloj de San Francisco--. Pero no, ahí vienen otros, y de la más peligrosa especie--dijo viendo a dos sacerdotes, con sotana negra, que avanzaban hacia la capilla.

El hermano guardián salió a su encuentro.

--¿Qué quieren ustedes?--preguntó duramente al de más edad, porque ya se sabe el odio que la raza monacal tiene al resto del clero.

--Oír a ese cristiano que nos ha enviado a llamar--respondió gravemente el sacerdote.

--¡Es imposible! ¡Por Santiago! Ha despedido al reverendo padre Pablo tratándole como a un arriero borracho.

--Es decir, ¡que nosotros mentimos, perro maldito!--exclamó el sacerdote más joven.

El gitano, tranquilo hasta entonces, había sido simple espectador de aquella escena; pero al oír aquella voz bien conocida, exclamó:

--¡Miserable carmelita, deja entrar a esos sacerdotes! soy yo, el gitano, quien los ha enviado a buscar para comunicarles mis últimas voluntades, para confesarme. ¿Qué esperas, pues?

--Puesto que usted lo quiere, sea, hermano--dijo el fraile desconcertado--; pero, por la Virgen, ha hecho usted una tontería no aceptando la mediación del padre Pablo! ¡Tan bien como está con el Eterno! Amén.

En el momento en que el guardián iba a atravesar el recinto que le separaba del gitano, el joven sacerdote se arrojó sobre la mano del gitano, cubriéndola de lágrimas.

--¡Imprudente! ¿quiere usted perderse?--exclamó su compañero poniéndose ante él para que el carmelita no pudiera verle.

Cuando éste se hubo alejado se aproximó al gitano y le dijo:

--Ya sé, señor, cuáles son sus intenciones, sus creencias, su voluntad; yo no abusaré de estos momentos que son preciosos; óigame: Hace una hora, ese joven, que es quizás el único amigo que usted tiene en el mundo, se arrojó a mis pies... Me lo ha dicho todo, sus crímenes, sus errores de usted... Luego me ha pedido que le proporcionara una última entrevista con usted que él quería tener a todo trance, y he consentido. Ha sido quizás una debilidad, pero en el momento solemne en que usted se encuentra, he creído, puesto que usted se niega a aceptar los consuelos de la religión, que por lo menos los de la amistad le ayudarían a hacer más soportable su situación. Ya lo sabe usted todo... Cuando sea media noche, tendremos que dejarle... Yo, mientras tanto, voy a rezar por usted, porque el hombre capaz de inspirar semejante abnegación no debe ser enteramente criminal.

Y el venerable sacerdote se arrodilló al pie del altar.

--Señor--dijo el gitano--, siento mucho que tenga tan poco tiempo para expresarle mi reconocimiento...

--El tiempo pasa...--repuso el sacerdote.

--¡Ay! sí--dijo el gitano.

Y dirigiéndose a Blasillo, porque era él quien, sombrío y abatido, le miraba fijamente:

--¡Qué tal! Blasillo, hijo mío, adiós. Nuestros proyectos...

--¡Mi comandante! ¡mi pobre comandante!

Y lloraba.

--Mira, si siento dejar la vida, es por ti; te amaba.

--Yo no le sobreviviré.

--Niño, ¿no tienes aún mi tartana y mis negros? Vete, huye a América... eres joven, valiente...

--No, yo le vengaré... aquí.

--Blasillo, te lo prohíbo; tú ejecutarás mis órdenes.