Platero y yo

Part 3

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--Señorito: ¿está ahí ese médico?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, á cada instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres que traían á otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo.

Mi amigo se llegó, cariñoso, al herido, le levantó unos míseros trapos que le habían puesto, le lavó la sangre y le fué tocando huesos y músculos. De vez en cuando me miraba y me decía:

-- Ce n'est rien ...

La tarde caía. Llegaba de Huelva un olor á marisma, á brea, á pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas; á veces, dejaba oir un ahogado grito. Y el loro:

-- Ce n'est rien ...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

-¡Ay!

Y el loro, entre las lilas:

-- Ce n'est rien... Ce n'est rien.

XLVII

ANOCHECER

En el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! Es un encanto contagioso que retiene todo el pueblo como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento.

Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas estrellas, amontona en las eras sus vagas colinas amarillentas. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Sentadas en los zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca, detrás de los corrales. Los niños corren, de una sombra á otra, como de un árbol á otro los pájaros...

Acaso, entre la luz umbrosa que perdura en las fachadas de cal de las casas humildes, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes--un mendigo nuevo, un portugués que va hacia las rozas, un ladrón acaso--, que contrastan, en su obscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas... Los niños se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz, se hablan de unos hombres que "sacan el unto para curar á la hija del rey, que está hética..."

XLVIII

EL ROCÍO

Platero--le dije á mi burrillo--; vamos á esperar las Carretas. Traen el rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las Animas, la frescura de las Madres y de los dos Frenos, el olor de la Rocina...

Me lo llevé, guapo y lujoso, á que piropeara á las muchachas, por la calle de la Fuente, en cuyos aleros de cal se moría, en una alta cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.

Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de todos los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, muías y caballos ataviados á la moruna, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado; detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las muchachas, morenas y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más burros... Y el mayordomo--¡Viva la Virgen del Rocío! Vivaaaaa...!--cano, seco y rojo, con el sombrero ancho á la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, el Sin Pecado, malva y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio.

Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo, los cohetes, el duro herir de los cascos herrados en las piedras...

Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer, se arrodilló, blando, humilde y consentido.

XLIX

LOS GORRIONES

La mañana de Santiago está nublada de blanco y gris, como guardada en algodón. Todos se han ido á misa. Nos hemos quedado en el jardín los gorriones, Platero y yo.

¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, á veces, llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos! Este cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el otro bebe en un charquito del brocal del pozo, que tiene en sí un pedazo de cielo; aquél ha saltado al tejadillo lleno de flores casi secas, que el día pardo aviva.

¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, á no ser una dicha vaga, les dicen á ellos las campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasían ó que amedrentan á los pobres hombres esclavos, sin más moral que la suya, son mis hermanos, mis dulces hermanos.

Viajan sin dinero y sin maletas; mudan de casa cuando se les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sábados; se bañan en todas partes, á cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.

Y cuando las gentes, ¡las pobres gentes!, se van á misa, los domingos, ellos, en un alegre ejemplo, se vienen de pronto, con su algarabía fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno, los contemplan fraternales.

L

IDILIO DE NOVIEMBRE

Cuando, anochecido, vuelve Platero del campo, con su blanda carga de ramas de pino para el horno, casi desaparece bajo la amplia verdura rendida. Su paso es menudo, fino, juguetón... Parece que no anda. En punta las orejas, se diría un caracol debajo de su casa.

Las ramas verdes, ramas que, erguidas, tuvieron en ellas el sol, los chamarices, el viento, la luna, los cuervos--¡qué horror! ¡ahí han estado, Platero!--, se caen, pobres, hasta el polvo blanco de las sendas secas del crepúsculo.

Una fría dulzura malva lo nimba todo. Y en el campo, que va ya á Diciembre, la tierna humildad del burro, cargado empieza á parecer divina...

LI

EL CANARIO SE MUERE

Mira, Platero; el canario de los niños ha amanecido hoy muerto en su jaula de plata. Es verdad que el pobre estaba ya muy viejo... El invierno, tú te acuerdas bien, lo pasó silencioso, con la cabeza, escondida en el plumón. Y al entrar esta primavera, cuando el sol hacía jardín la estancia abierta y abrían las mejores rosas del patio, él quiso también engalanar la vida nueva, y cantó; pero su voz era quebradiza y asmática, como la voz de una flauta cascada.

El mayor de los niños, que lo cuidaba, viéndolo yerto en el fondo de la jaula, se ha apresurado, lloroso, á decir:

--¡Pues no le ha faltado nada; ni comida, ni agua!

No. No le ha faltado nada, Platero. Se ha muerto porque sí--diría Campoamor, otro canario viejo...

Platero, ¿habrá un paraíso de los pájaros? ¿Habrá un vergel verde sobre el cielo azul, todo en flor de rosales áureos, con almas de pájaros blancos, rosas, celestes, amarillos?

Oye; á la noche, los niños, tú y yo bajaremos el pájaro muerto al jardín. La luna está ahora llena, y á su pálida plata, el pobre cantor, en la mano cándida de Blanca, parecerá el pétalo mustio de un lirio amarillento. Y lo enterraremos debajo del rosal grande.

Esta misma primavera, Platero, hemos de ver al pájaro salir del corazón de una rosa blanca. El aire fragante se pondrá canoro, y habrá por el sol de Abril un errar encantado de alas invisibles y un reguero secreto de trinos claros de oro puro.

LII

LOS FUEGOS

Para Septiembre, en las noches de velada, nos poníamos en el cabezo que hay detrás de la casa del huerto, á sentir el pueblo en fiesta desde aquella paz fragante que emanaban los nardos de la alberca.

Ya tarde, ardían los fuegos. Primero eran sordos estampidos enanos; luego, cohetes sin cola, que se abrían arriba, en un suspiro, cual un ojo estrellado que viese, un instante, rojo, morado, azul, el campo; y otros cuyo esplendor caía como una doncellez desnuda que se doblara de espaldas, como un sauce de sangre que gotease flores de luz. ¡Oh, qué pavos reales encendidos, qué macizos aéreos de claras rosas, qué faisanes de fuego por jardines de estrellas!

Platero, cada vez que sonaba un estampido, se estremecía, azul, morado, rojo, en el súbito iluminarse del espacio, y en la claridad vacilante yo veía sus grandes ojos negros que me miraban asustados.

Cuando, como remate, entre el lejano vocerío del pueblo, subía al cielo la áurea corona giradora del castillo, Platero huía entre las cepas, como alma que lleva el diablo, rebuznando enloquecido, hacia los tranquilos pinos en sombra.

LIII

EL RACIMO OLVIDADO

Después de las largas lluvias de Octubre, en el oro celeste del día abierto, nos fuimos todos á las viñas. Platero llevaba la merienda y los sombreros de los niños en un cobujón del seroncillo, y en el otro, de contrapeso, tierna, blanca y rosa, como una flor de albérchigo, á Blanca..

¡Qué encanto el del campo renovado! Iban los arroyos rebosantes, estaban blandamente aradas las tierras, y en los chopos marginales, festoneados todavía de amarillo, se veían ya los pájaros, negros.

De pronto, los niños, uno tras otro, corrieron, gritando:

--¡Un racimo! ¡Un racimo!

En una cepa vieja, cuyos largos sarmientos enredados mostraban aún algunas renegridas y rojizas hojas secas, encendía el picante sol un claro y sano racimo de ámbar. ¡Todos lo querían! Victoria, que lo cogió, lo defendía á su espalda. Entonces yo se lo pedí, y ella, con esa dulce obediencia voluntaria que presta al hombre la niña que va para mujer, me lo cedió de buen grado.

Tenía el racimo cinco grandes uvas. Le di una á Victoria, una á Blanca, una á Lola, una á Pepe, y la última, entre las risas y las palmas de todos, á Platero, que la cogió, brusco, con sus dientes enormes.

LIV

NOCHE PURA

Las almenadas azoteas blancas se cortan secamente sobre el alegre cielo azul, gélido y estrellado. El Norte silencioso acaricia, vivo, con su pura agudeza.

Todos creen que tienen frío y se esconden en las casas, y las cierran. Nosotros, Platero, vamos á ir despacio, tú con tu lana y con mi manta, yo con mi alma, por el limpio pueblo solitario.

¡Qué fuerza de adentro me eleva, cual si fuese yo una torre de piedra tosca con remate de plata! ¡Mira cuánta estrella! De tantas como son, marean. Se diría que el cielo le está rezando á la tierra un encendido rosario de amor ideal.

¡Platero, Platero! Diera yo toda mi vida y anhelara que tú quisieras dar la tuya, por la pureza de esta alta noche de Enero, sola, clara y dura!

LV

EL ALBA

En las lentas madrugadas de invierno, cuando los gallos alertas ven las primeras rosas del alba y las saludan, galantes, Platero, harto de dormir, rebuzna largamente. ¡Cuan dulce su lejano despertar, en la luz celeste que entra por las rendijas de la alcoba! Yo, deseoso también del día, pienso en el sol desde mi lecho mullido.

Y pienso en lo que habría sido del pobre Platero si en vez de caer en mis manos de poeta hubiese caído en las de uno de esos carboneros que van, todavía de noche, por la dura escarcha de los caminos solitarios, á robar los pinos de los montes, ó en las de uno de esos gitanos astrosos que pintan los burros y les dan arsénico y les ponen alfileres en las orejas para qué no se les caigan.

Platero rebuzna de nuevo. ¿Sabrá que pienso en él? ¿Qué me importa? En la ternura del amanecer, su recuerdo me es grato como el alba. Y, gracias á Dios, él tiene una cuadra tibia y blanda como una cuna, amable como mi pensamiento.

LVI

NAVIDAD

La candela en el campo!... Es tarde de Nochebuena, y un sol opaco y débil clarea apenas en el cielo crudo, sin nubes, todo gris en vez de todo azul. De pronto, es un estridente crujido de ramas verdes que empiezan á arder; luego, el humo apretado, blanco como armiño, y la llama, al fin, que limpia el humo y puebla el aire de lenguas momentáneas.

¡Oh, la llama en el viento! Espíritus rosados, amarillos, malvas, azules, se pierden no sé donde, subiendo á un secreto cielo bajo; ¡y dejan un olor de ascua en el frió! ¡Campo, tibio ahora, de Diciembre! ¡Invierno con cariño! ¡Nochebuena de los felices!

Las jaras vecinas se derriten. El paisaje, á través del aire caliente, tiembla y se purifica como si fuese de cristal errante. Y los niños del casero, que no tienen Nacimiento, se vienen alrededor de la candela, pobres y tristes, á calentarse las manos arrecidas, y echan en las brasas bellotas y castañas, que saltan, en un tiro.

Y se alegran luego, y saltan sobre el fuego, que ya la noche va enrojeciendo, y cantan:

/*[4] ...Camina,: María, camina, José... */

Yo les traigo á Platero, para que juegue con ellos.

LVII

EL INVIERNO

Dios está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero. Llueve. Y las últimas flores que el otoño dejó obstinadamente prendidas á sus ramas exangües, se cargan de diamantes. En cada diamante, un cielo, un palacio de cristal, un Dios. Mira, esta rosa; tiene dentro otra rosa de agua; y al sacudirla, ¿ves?, se le cae la nueva flor brillante, como su alma, y se queda mustia y triste, igual que la mía.

El agua debe ser tan alegre como el sol. Mira, si no, cuál corren felices, los niños, bajo ella, recios y colorados, con las piernas al aire. Ve cómo los gorriones se entran todos, en bullanguero bando súbito, en la hiedra, en la escuela, Platero, como dice Darbón, tu médico.

Llueve. Hoy no vamos al campo. Es día de contemplaciones. Mira cómo corren las canales del tejado. Mira cómo se limpian las hojas verdes, cómo torna á navegar por la cuneta el barquillo de los niños, parado ayer entre la hierba. Mira ahora, en este sol instantáneo y débil, cuan bello el arco iris que sale de la iglesia y muere, en una vaga irisación, á nuestro lado.

LVIII

IDILIO DE ABRIL

Los niños han ido con Platero al arroyo de los chopos, y ahora lo traen trotando, entre juegos y risas, todo cargado de flores amarillas. Allá abajo les ha llovido--aquella nube fugaz que veló el campo verde con sus hilos de oro y plata--. Y sobre la empapada lana del asnucho las mojadas campanillas gotean todavía.

¡Idilio fresco, alegre, sentimental! ¡Hasta el rebuzno de Platero se hace tierno bajo la dulce carga llovida! De cuando en cuando, vuelve la cabeza y arranca las flores á que su boca alcanza. Las campanillas, níveas y gualdas, le cuelgan, un momento, entre el blanco babear verdoso y luego se le van á la barrigota cinchada. ¡Quién, como tú, Platero, pudiera comer flores,... y que no le hicieran daño!

¡Tarde equívoca de Abril!... Los ojos brillantes y vivos de Platero copian todo el paisaje de sol y de lluvia. En ocaso, sobre el campo de San Juan, se ve llover, deshilachada, otra nube rosa...

LIX

LIBERTAD

Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un encendido pajarillo que, sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero sombrío, y unos muchachos traidores le tenían puesta una red á los pájaros. El triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo.

La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento playero que ondulaba las copas. ¡Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón!

Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la umbría cúpula frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rebuznaba una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, secos y sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron á otro pinar, cantando.

Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos violentos, rozaba su cabezota peluda, contra mi corazón, dándome las gracias hasta lastimarme el pecho.

LX

LA MUERTE

Encontré á Platero echado en su cama de paja, blandos los ojos y tristes. Fuí á él, lo acaricié, hablándole, y quise que se levantara...

El pobre se removió todo bruscamente, y dejó una mano arrodillada... No podía... Entonces le tendí su mano en el suelo, lo acaricié de nuevo con ternura, y mandé venir á su médico. El viejo Barbón, así que lo hubo visto, sumió la enorme boca desdentada hasta la nuca y meció sobre el pecho la cabeza congestionada, igual que un péndulo.

--Nada bueno, ¿eh?

No sé qué contestó.-. Que el infeliz seiba... Nada... Que un dolor... Que no sé qué raíz mala... La tierra, entre la hierba...

A mediodía, Platero estaba muerto. La barriguilla de algodón se le había hinchado como el mundo, y sus patas, rígidas y descoloridas, se elevaban al cielo. Parecía su pelo rizoso ese pelo de estopa apelillada de las muñecas viejas, que se cae, al pasarle la mano, en una polvorienta tristeza...

Por la cuadra en silencio, encendiéndose cada vez que pasaba por el rayo de sol de la ventanilla, revolaba una bella mariposa de tres colores...

LXI

NOSTALGIA

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves cómo se ríe en paz, clara y fría, el agua de la noria el huerto; cuál vuelan, en la luz última, las afanosas abejas, en torno del romero verde y malva, rosa y oro por el sol que aún enciende la colina?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves pasar por la cuesta roja de la Fuente Vieja los borriquillos de las lavanderas, cansados, cojos, tristes en la inmensa pureza que une tierra y cielo en un solo cristal de esplendor?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

¿Verdad que ves á los niños corriendo, arrebatados, entre las jaras, que tienen posadas en sus ramas sus propias flores, liviano enjambre de vagas mariposas blancas, goteadas de carmín?

Platero, tú nos ves, ¿verdad?

Platero, ¿verdad que tú nos ves? Sí, tú me ves. Y yo oigo en el poniente despejado, endulzando todo el valle de las viñas, tu tierno rebuzno lastimero...

LXII

EL BORRIQUETE

Puse en el borriquete de madera la silla, el bocado y el ronzal del pobre Platero, y lo llevé todo al granero grande, al rincón en donde están las cunas olvidadas de los niños. El granero es ancho, silencioso, soleado. Desde él se ve todo el campo moguereño: el Molino de viento, rojo, á la izquierda; enfrente, embozado en pinos, Montemayor, con su ermita blanca; tras de la iglesia, el recóndito huerto de la Pina; en el Poniente, el mar, alto y brillante en las mareas del estío.

Por las vacaciones, los niños se van á jugar al granero. Hacen coches, con interminables tiros de sillas caídas; hacen teatros, con periódicos pintados de almagra, iglesias, colegios...

A veces, se suben en el borriquete sin alma, y con un jaleo inquieto y raudo de pies y manos, trotan por el prado de sus sueños:

--¡Arre, Platero! ¡Arre, Platero!

LXIII

MELANCOLÍA

Esta tarde he ido con los niños á visitar la sepultura de Platero, que está en el huerto de la Pina, al pie del pino paternal. En torno, Abril había adornado la tierra húmeda de grandes lirios amarillos.

Cantaban los chamarices allá arriba, en la cúpula verde, toda pintada de cenit azul, y su trino menudo, florido y reidor, se iba en el aire de oro de la tarde tibia, como un claro sueño de amor nuevo.

Los niños, así que iban llegando, dejaban de gritar. Quietos y serios, sus ojos brillantes en mis ojos, me llenaban de preguntas ansiosas.

--¡Platero amigo!--le dije yo á la tierra--; si, como pienso, estás ahora en un prado del cielo y llevas sobre tu lomo peludo á los ángeles adolescentes, ¿me habrás, quizá, olvidado? Platero, dime: ¿te acuerdas aún de mi?

Y, cual contestando mi pregunta, una leve mariposa blanca, que antes no había visto, revolaba insistentemente, igual que un alma, de lirio á lirio...

MOGUER, 1907.

A

PLATERO

EN EL CIELO DE MOGUER.

Dulce Platero trotón, burrillo mío, que llevaste mi alma tantas veces--¡sólo mi alma!--por aquellos hondos caminos de nopales, de malvas y de madreselvas; á ti este libro que habla de ti, ahora que puedes entenderlo.

Va á tu alma, que ya pace en el Paraíso, por el alma de aquellos paisajes moguereños, qué también habrá subido al cielo con la tuya; lleva montada en su lomo de papel á la mía, que, caminando entre zarzas en flor á su ascensión, se hace más buena, más pacífica, más pura cada día.

Sí. Yo sé que, á la caída de la tarde, cuando, entre las oropéndolas y los azahares, llego, lento y pensativo, por el naranjal solitario, al pino que arrulla tu muerte, tú, Platero, feliz en tu prado de rosas eternas, me verás detenerme ante los lirios amarillos que ha brotado tu descompuesto corazón.

FIN

ÍNDICE

Advertencia a los hombres que lean este libro para niños

Dedicatoria

LA ELEGÍA

I.--Platero

II.--Paisaje grana

III.--Alegría

IV.--Mariposas blancas

V.--La Primavera

VI.-- ¡Angelus!

VII.--El loco

VIII.--La flor del camino

IX.--Ronsard

X.--La luna

XI.--El canario vuela

XII.--Susto

XIII.--La púa

XIV.--Juegos del anochecer

XV.--Amistad

XVI.--La novia

XVII.--Escalofrío

XVIII.--Ella y nosotros

XIX.--La coz

XX.--Asnografía

XXI.--El Verano

XXII.--Darbón

XXIII.--La arrulladora

XXIV.--El canto del grillo

XXV.--Corpus

XXVI.--La cuadra

XXVII.--El perro sarnoso

XXVIII.--Tormenta

XXIX.--Pasan los patos

XXX.--Ultima siesta

XXXI.--La tísica

XXXII.--Paseo

XXXIII.--Carnaval

XXXIV.--El pozo

XXXV.--Nocturno

XXXVI.--El niño tonto

XXXVII.--Domingo

XXXVIII.--La carretilla

XXXIX.--Retorno

XL.--El pastor

XLI.--Convalecencia

XLII.--La niña chica

XLIII.--El Otoño

XLIV.--Sarito

XLV.--Tarde de octubre

XLVI.--El loro

XLVII.--Anochecer

XLVIII.--El Rocío

XLIX.--Gorriones

L.--Idilio de noviembre

LI.--El canario se muere

LII.--Los fuegos

LIII.--El racimo olvidado

LIV.--Noche pura

LV.--El alba

LVI.--Navidad

LVII.--El Invierno

LVIII.--Idilio de abril

LIX.--Libertad

LX.--La muerte

LXI.--Nostalgia

LXII.--El borriquete

LXIII.--Melancolía

A Platero, en el cielo de Moguer

Índice