"Mr. Punch's" Book of Arms

Chapter 7

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Desde que el periódico flameó en veinte leguas a la redonda, Vinet tuvo una levita nueva, botas, un chaleco y un pantalón decentes. Se encasquetó el famoso sombrero gris de los liberales y se le pudo ver la ropa blanca. Su mujer tomó una criada y apareció vestida como correspondía a la esposa de un hombre influyente; tuvo bonitos sombreros. Porque le convenía, Vinet fue agradecido. Él y su amigo Cournant se convirtieron en consejeros de los Rogron, a los cuales prestaron grandes servicios. Los arrendamientos hechos por Rogron padre en 1815, en circunstancias desgraciadas, iban a expirar. La horticultura se había desarrollado enormemente en torno de Provins. El abogado y el notario lograron un aumento de mil cuatrocientos francos en las rentas de los Rogron mediante arriendos nuevos. Vinet ganó dos litigios, relativos a plantaciones de árboles, contra dos comunas, y en los cuales se trataba de quinientos álamos. El dinero de los álamos y el de las economías de los Rogron, que llevaban tres años colocando seis mil francos en negocios de gran interés, fue habilísimamente empleado en la compra de varios terrenos. Por último, Vinet acometió y realizó la expropiación de algunos campesinos a quienes Rogron padre había prestado dinero y que en vano se habían matado a cultivar y mejorar las tierras para pagarlas. La mengua que la construcción de la casa había producido en el capital de los Rogron fue compensada sobradamente. Sus bienes, situados en los alrededores de Provins, elegidos por su padre como saben elegir los posaderos, divididos en parcelas, la mayor de cinco fanegas, arrendados a gentes de positiva solvencia, propietarios todos de algunos trozos de tierra y con hipoteca para la seguridad de los contratos, produjeron en el San Martín de noviembre de 1826 cinco mil francos. Los impuestos eran de cuenta de los colonos y no había ningún edificio que reparar o asegurar de incendios. Los hermanos poseían cada uno cuatro mil seiscientos francos en cinco por ciento, y como este valor estaba por cima de la par, el abogado les aconsejó que los vendieran y empleasen en tierras, prometiéndoles, con ayuda del notario, que en el cambio no perderían un maravedí de interés.

Al fin de este segundo período, la vida fue tan dura para Petrilla, la indiferencia de los visitantes, las estúpidas riñas y la falta de cariño de sus primos se hicieron tan corrosivas, de tal modo sentía el soplo frío y húmedo de la tumba, que concibió el atrevido proyecto de irse a pie, sin dinero, a Bretaña para volverse a reunir con su abuela y su abuelo Lorrain. Dos acontecimientos se lo impidieron. El buen Lorrain murió, y Rogron fue nombrado, por un consejo de familia, tutor de su prima. Si la abuela hubiera muerto, primero es de creer que Rogron, aconsejado por Vinet, habría reclamado los ocho mil francos de Petrilla y dejado al abuelo en la indigencia.

-Pero usted puede heredar a Petrilla -le dijo Vinet con una sonrisa espantosa-. ¡No se sabe quién vive ni quién muere!

Iluminado por esta frase, Rogron no dejó en paz a la viuda de Lorrain, deudora de su nieta, hasta que la obligó a asegurar a Petrilla el usufructo de los ocho mil francos mediante una donación inter vivos, cuyos gastos fueron abonados por él.

Petrilla se sintió extrañamente conmovida por aquel duelo. En los momentos en que recibía el horrible golpe, se trató de preparar su primera comunión, otro acontecimiento cuyas obligaciones la retuvieron en Provins. Aquella ceremonia necesaria y tan sencilla iba a producir en los Rogron grandes cambios. Silvia supo que el señor cura Peroux preparaba a las niñas de Julliard, Lesourd, Garceland y otras. Se picó y quiso que a Petrilla la preparase el vicario Habert, superior del ábate Peroux, un hombre que pasaba por pertenecer a la congregación, muy celoso de los intereses de la Iglesia, muy temido en Provins y que, bajo una absoluta severidad de principios, ocultaba una gran ambición. La hermana de este sacerdote, soltera, de unos treinta años, tenía en la ciudad una hospedería de señoritas. Los dos hermanos se parecían: los dos flacos, amarillos, pelinegros, atrabiliarios. Como bretona criada en las prácticas y en la poesía del catolicismo, Petrilla abrió el corazón y los oídos a la palabra del imponente presbítero. Los sufrimientos predisponen a la devoción, y casi todas las jóvenes, movidas por instintiva ternura, se inclinan al misticismo, el lado profundo de la religión. El sacerdote sembró, pues, el grano del Evangelio y los dogmas de la Iglesia en un terreno excelente. Cambió por completo las disposiciones de Petrilla. Petrilla amó a Jesucristo, presente en la comunión, como a un celeste prometido; sus sufrimientos físicos y morales adquirieron un sentido; aprendió a ver en todas las cosas el dedo de Dios. Su alma, tan cruelmente herida en aquella casa, sin que ella pudiera acusar a sus parientes, se refugió en la esfera a que se elevan todos los desgraciados en alas de las tres virtudes teologales. Abandonó, pues, sus ideas de fuga. Silvia, asombrada de la metamorfosis operada en Petrilla por el señor Habert, sintió curiosidad. Desde entonces, sin dejar de preparar a Petrilla para la primera comunión, el señor Habert conquistó para Dios el alma, hasta allí extraviada, de la señorita Silvia. Silvia se hizo devota. Dionisio Rogron, en el cual el supuesto jesuita no pudo hincar el diente, porque a la sazón el espíritu de Su Majestad liberal el difunto Constitucional I podía más sobre algunos necios que el espíritu de la Iglesia, Dionisio permaneció fiel al coronel Gouraud, a Vinet y al liberalismo.

La señorita Rogron hizo, naturalmente, amistad con la señorita Habert, con la cual simpatizó perfectamente. Las dos solteronas se amaron como dos hermanas que se aman. La señorita Habert se brindó a tener consigo a Petrilla, para evitar a Silvia los enojos y las dificultades de una educación; pero los dos hermanos contestaron que la ausencia de Petrilla les dejaría en casa un vacío demasiado grande. La adhesión de los Rogron a su primita pareció excesiva. Al ver que la señorita Habert se introducía en la plaza, el coronel Gouraud y el abogado Vinet atribuyeron al vicario, en interés de su hermana, el plan matrimonial formado por el coronel.

-Su hermana quiere casarle a usted -dijo el abogado al ex mercero.

-¿Con quién? -dijo Rogron.

-Con esa institutriz, esa vieja sibila -exclamó el coronel acariciándose los grises mostachos.

-No me ha dicho nada -respondió Rogron cándidamente.

Una soltera absoluta como Silvia tenía que progresar en el camino de la salvación. La influencia del presbítero iba a aumentar en aquella casa, apoyada por Silvia, que disponía de su hermano. Los dos liberales, que se asustaron, con razón, comprendieron que si el presbítero había resuelto casar a su hermana con Rogron, matrimonio infinitamente más adecuado que el de Silvia con el coronel, impulsaría a Silvia a las más violentas prácticas religiosas y conseguiría que Petrilla fuese a un convento. Podían, pues, perder el fruto de diez y ocho meses de esfuerzos, de vilezas y de halagos. Concibieron un odio atroz y sordo contra el presbítero y su hermana; y, sin embargo, sintieron la necesidad de estar a bien con ellos para seguirlos más de cerca. El señor y la señorita de Habert, que sabían jugar al whist y al boston, empezaron a ir todas las noches a casa de los Rogron. La asiduidad de los unos excitó la asiduidad de los otros. El abogado y el coronel presintieron que se hallaban frente a frente de adversarios tan fuertes como ellos; presentimiento que tuvieron asimismo el sacerdote y su hermana. Su respectiva situación era ya un combate. Así como el coronel hacía gustar a Silvia la inesperada dulzura de una petición de mano, porque Silvia había acabado por ver en Gouraud un hombre digno de ella, la señorita Habert envolvió al ex mercero en la guata de sus atenciones, de sus palabras y de sus miradas. Ninguno de los dos partidos podía pronunciar esa gran palabra de alta política: «¡Compartamos!» Cada uno quería su presa. Por lo demás, los dos astutos zorros de la oposición de Provins, oposición que crecía, cometieron el error de creerse más fuertes que el sacerdote; dispararon primero.

Vinet, atenazado por los ganchudos dedos del interés personal, fue en busca de la señorita de Chargebœuf y de su madre. Las dos mujeres poseían unas dos mil libras de renta y vivían penosamente en Troyes. La señorita, Betilda de Chargebœuf era una de esas magníficas criaturas que creen en los matrimonios por amor y cambian de opinión hacia los veinticinco años, al ver que siguen solteras. Vinet supo persuadir a la señora de Chargebœuf de que debía juntar sus dos mil francos con los mil escudos que él ganaba desde la fundación del periódico e irse a vivir en familia a Provins, donde Betilda se casaría -aseguró- con un imbécil llamado Rogron y podría, siendo, como era, tan espiritual, rivalizar con la hermosa señora de Tiphaine. La adhesión de la señora y la señorita de Chargebœuf a la casa y a las ideas de Vinet dio la mayor consistencia al partido liberal. Aquella alianza consternó a la aristocracia de Provins y al partido de los Tiphaine. La señora de Breautey, desesperada de ver tal extravío en dos mujeres nobles, les rogó que fuesen a verla. Lamentó las faltas cometidas por los realistas y se puso furiosa contra los de Troyes cuando supo la situación en que se hallaban la madre y la hija.

-¡Cómo! ¿No ha habido un noble hidalgo que se case con esta preciosa joven, nacida para ser una castellana? -decía-. ¡La han dejado granarse para que venga a caer en brazos de un Rogron!

Removió todo el departamento sin encontrar un hidalgo capaz de casarse con una muchacha cuya madre no tenía más que dos mil libras de renta.

El partido de los Tiphaine y el subprefecto se dedicaron también, pero demasiado tarde, a la busca de aquel desconocido. La señora de Breautey lanzó terribles acusaciones contra el egoísmo que devoraba a Francia, fruto del materialismo y del imperio que las leyes habían otorgado al dinero. ¡La nobleza no era ya nada! ¡Los Rogron, los Vinet daban la batalla el rey de Francia!

Betilda de Chargebœuf tenía sobre su rival no sólo la ventaja de una incontestable belleza, sino la del arte para vestirse. Era de una blancura resplandeciente. A los veinticinco años, sus hombros, completamente desarrollados, y sus bellas formas tenían una exquisita plenitud. La redondez de su cuello, la pureza de sus muñecas y sus tobillos, la riqueza de su cabellera, de un elegante color rubio; la gracia de su sonrisa, la forma distinguida de su cabeza, el corte y el aire de su tipo, sus hermosos ojos bien colocados bajo una frente bien dibujada, sus movimientos nobles y de alta educación y su talle todavía esbelto, todo se armonizaba. Tenía manos lindas y pies breves. Su salud le daba, tal vez, el aspecto de una bella joven posadera, «pero esto no podía ser un defecto a los ojos de Rogron», dijo la hermosa señora de Tiphaine. La señorita de Chargebœuf hizo su presentación vestida con bastante sencillez. Su traje de merino castaño festoneado con bordados verdes era descotado; pero una pañoleta de tul bien estirada, con cordones interiores, cubría sus hombros, su espalda, entreabrióndose, no obstante, por delante, aunque estaba sujeta por un sévigné. Bajo aquel delicado tejido, las bellezas de Betilda eran aún más coquetas, más seductoras. Al llegar se quitó el sombrero de terciopelo y el chal y dejó ver sus bonitas orejas adornadas con pendientes de oro. Llevaba una crucecita de oro sujeta al cuello por una cinta de terciopelo que le ceñía y se destacaba como el anillo negro que la fantástica naturaleza pone en la cola de los gatos de Angora blancos. Sabía todas las malicias de las muchachas casaderas: mover las manos para arreglarse los rizos que no se han desarreglado; enseñar las muñecas al rogar a Rogron que le atase un puño, a lo cual el infeliz, deslumbrado, se negaba brutalmente, ocultando así sus emociones bajo una falsa indiferencia. La timidez del único amor que el ex mercero había tenido en su vida tomó las apariencias del odio. Silvia y Celeste Habert lo interpretaron equivocadamente; no así el abogado, el hombre superior de aquella sociedad estúpida, que no tenía más adversario que el presbítero, ya que el coronel era y fue largo tiempo su aliado.

Por su parte, el coronel se condujo desde entonces con Silvia como Betilda con Rogron. Se mudaba de ropa interior todas las noches; se puso cuellos de terciopelo, sobre los cuales se destacaba bien su rostro marcial, aun más subrayado por las puntas del blanco cuello de la camisa; adoptó el chaleco de piqué blanco y se encargó un nuevo redingote de paño azul, en el cual brillaba su roseta roja, todo ello con el pretexto de honrar a Betilda. Dejó de fumar desde las dos de la tarde. Se peinó cuidadosamente los grises cabellos sobre el cráneo de color ocre. Tomó, en fin, la apostura de un jefe de partido, de un hombre que se disponía a marchar, a tambor batiente, contra los enemigos de Francia, contra los Borbones en fin.

El satánico abogado y el sagaz coronel hicieron al señor y a la señorita de Habert una jugarreta más cruel aún que la presentación de la bella Betilda de Chargebœuf, a quien en casa de los Breautey y en el partido liberal se juzgaba diez veces más bella que la hermosa señora de Tiphaine. Aquellos dos grandes políticos de pueblo hicieron creer a todo el mundo que el señor Habert iba participando de sus ideas. Provins habló en seguida de él como de un sacerdote liberal. Enterado prontamente el obispo, el señor Habert fue obligado a retirarse de las reuniones de los Rogron; pero su hermana siguió yendo. El salón de los Rogron quedó desde entonces constituido y fue una potencia.

Hacia mediados de aquel año, las intrigas políticas se agitaron en el salón de los Rogron tanto como las matrimoniales. Si los intereses sordos, agazapados en los corazones, libraron combates encarnizados, la lucha política alcanzó una funesta celebridad. Todo el mundo sabe que el Ministerio Villèle fue derribado por las elecciones de 1826. En el colegio de Provins, Vinet, candidato liberal, a quien el señor Cournant había proporcionado el censo mediante la adquisición de una hacienda cuyo pago quedó pendiente, estuvo a punto de derrotar al señor Tiphaine. El presidente no tuvo más que dos votos de mayoría. A las señoras de Vinet y Chargebœuf, a Vinet y al coronel, se sumaban algunas veces en el salón el señor Cournant y su esposa y el médico Neraud, un hombre cuya juventud había sido borrascosa, pero que tomaba la vida en serio; decíase de él que se había dado al estudio y, según los liberales, valía más que el señor Martener. Los Rogron no comprendían su triunfo, como no habían comprendido su ostracismo.

La hermosa Betilda de Chargebœuf se mostraba horriblemente desdeñosa con Petrilla, porque Vinet se la había hecho considerar como enemiga. El interés general exigía el abatimiento de la pobre víctima. La señora de Vinet no podía hacer nada por aquella niña atropellada por una pugna de intereses que ya había acabado por comprender. A no quererlo imperiosamente su marido, ella no habría ido a casa de los Rogron, porque sufría demasiado viendo maltratar a la linda criaturita, que se apretaba contra ella adivinando una secreta protección y le pedía que le enseñase tal o cual punto de costura o algún bordado. Petrilla demostraba así que tratándola con dulzura era capaz de aprender y comprender a maravilla. Por fin, como ya no era útil, la señora de Vinet dejó de ir. Silvia, que todavía acariciaba la idea del matrimonio, acabó por ver en la niña un obstáculo. Petrilla tenía casi catorce años; su blancura enfermiza, síntoma de que la solterona no se cuidaba, la hacía muy bella. Silvia concibió entonces la idea de convertir a Petrilla en una sirvienta para indemnizarse de los gastos que le ocasionaba. Vinet, que llevaba la voz cantante de los Chargebœuf, la señorita Habert, Gouraud, todos los contertulios influyentes aconsejaron a Silvia que despidiese a la gordiflona Adela. ¿No iba a servir Petrilla para cocinar y limpiar la casa? Cuando hubiese mucho trabajo se le aliviaría llamando al ama de llaves del coronel, mujer muy entendida y una de las buenas cocineras de Provins. Petrilla -dijo el siniestro abogado- debía aprender a guisar, encerar los pisos, limpiar, ir a la compra, conocer los precios de las cosas. La pobre pequeña, tan abnegada como generosa, se ofreció espontáneamente, sintiéndose dichosa con ganar así el pan que comía en aquella casa. Adela fue despedida. Petrilla se quedó sin la única persona que tal vez la habría protegido. A pesar de su fuerza, desde aquel instante se aniquiló física y moralmente. Los dos solterones tuvieron para ella mucho menos miramiento que para una criada. ¡Les pertenecía! Se la reñía por futesas: por un poco de polvo olvidado en el mármol de la chimenea o en un globo de cristal. Aquellos objetos de lujo que tanto la habían admirado se le hicieron odiosos. A pesar de que procuraba hacerlo todo bien, su inexorable prima encontraba siempre motivos para reprenderla. En dos años no recibió Petrilla un halago, no oyó una palabra afectuosa. Su felicidad consistía en no ser amonestada. Soportaba con una paciencia angelical la acritud de aquellos solterones que desconocían en absoluto los sentimientos dulces y que a diario le hacían sentir su dependencia. La vida que la joven llevaba entre los dos merceros, como entre las planchas de una prensa, aumentó su enfermedad. Experimentó tan violentas perturbaciones internas, secretos dolores de tan súbita explosión, que su desarrollo se detuvo irremediablemente. Sufriendo dolores espantosos, pero nunca declarados, llegó, pues, al estado en que la vio su amigo de la infancia al saludarla desde la plazoleta con la trova bretona.

Antes de entrar en el drama doméstico que la llegada de Brigaut produjo en la casa de los Rogron es necesario, para no interrumpirle, explicar el establecimiento del bretón en Provins, ya que él fue, en cierto modo, un personaje mudo de esta historia. Brigaut, al escaparse, no se asustó sólo de la seña que le había hecho Petrilla, sino también del cambio experimentado por su amiguita.

Apenas la habría reconocido a no ser por la voz, los ojos y los ademanes, que le recordaban a su compañera de la infancia, tan vivaz, tan alegre y, sin embargo, tan tierna. Cuando se vio lejos de la casa, sintió que le temblaban las piernas y que le corrían escalofríos por la espalda. No había visto a Petrilla, sino su sombra. Subió a la ciudad alta pensativo, inquieto, hasta que encontró un sitio desde donde podía verse la plazoleta y la casa de Petrilla; las contempló con dolor, sumido en pensamientos infinitos, como una desventura a la cual se arroja uno sin saber dónde tendrá su límite. ¡Petrilla sufría, no era feliz, echaba de menos su Bretaña! ¿Qué tenía? Todas estas preguntas pasaron y volvieron a pasar por el corazón de Brigaut, desgarrándole, y le hicieron comprender cuánto quería a su hermana adoptiva. Es muy raro que las pasiones perduren entre niños de distintos sexos. La deliciosa novela de Pablo y Virginia, como la de Petrilla y Brigaut, no resuelven el problema que plantea este hecho moral tan extraño. La historia moderna no ofrece más que la illastre excepción de la marquesa de Pescaire y su marido: destinados el uno al otro por sus padres desde la edad de catorce años, se adoraron y se casaron; su unión dio el espectáculo, en el siglo XVI, de un amor conyugal infinito sin nubes. Habiéndose quedado viuda a los treinta y cuatro años, la marquesa, bella, espiritual, universalmente adorada, rehusó el amor de reyes y se sepultó en un convento, donde no veía ni oía más que a las religiosas. En el corazón del pobre obrero bretón se reveló el amor súbitamente. Petrilla y él se habían protegido tanto mutuamente; él había experimentado tanta alegría al procurarle el dinero para el viaje, había estado a punto de morir por seguir a la diligencia, ¡y Petrilla no lo sabía! Aquel recuerdo había, a menudo, dado calor a las frías horas de su penosa vida durante aquellos tres años. Se había perfeccionado por Petrilla; había aprendido su oficio por Petrilla; por Petrilla había ido a París con el propósito de hacer fortuna. Cuando llevaba en París quince días, no resistió el deseo de verla; había caminado desde el sábado por la noche hasta la mañana de aquel lunes. Pensaba volver a París, pero la conmovedora aparición de su amiguita lo clavaba en Provins. Un admirable magnetismo, todavía discutido a pesar de tantas demostraciones, obraba sobre él sin que él se diera cuenta. Corrían lágrimas de sus ojos, en tanto que otras lágrimas obscurecían también los de Petrilla. Para ella, él era su Bretaña, su infancia feliz; ¡para él, ella era la vida! A los diez y seis años, Brigaut no había aprendido a dibujar ni perfilar una cornisa; ignoraba muchas cosas; pero con lo que sabía ganaba cuatro o cinco francos diarios. Podía, pues, vivir en Provins, donde viviría cerca de Petrilla; acabaría de aprender su oficio, tomando por maestro al mejor carpintero de la ciudad, y velaría por su amiga. Tomó su resolución en un instante. Corrió a París; liquidó sus cuentas, recogió su libreta, su equipaje y sus herramientas. Tres días después estaba colocado en casa del señor Frappier, el mejor carpintero de Provins. Los obreros activos, disciplinados, enemigos del ruido y de la taberna son tan escasos, que los maestros siempre desean un joven como Brigaut. Para terminar la historia del bretón en este punto diremos que al cabo de quince días era jefe de los obreros. Frappier le dio alojamiento y comida en su casa y le enseñó el cálculo y el dibujo lineal. Este carpintero vive en la calle Mayor, a cien pasos de la plazoleta alargada en cuyo extremo, estaba la casa de los Rogron. Brigaut enterró su amor en su corazón y no cometió la indiscreción más leve. La señora de Frappier le contó la historia de los Rogron; le dijo cómo se las había arreglado el viejo posadero para lograr la herencia del buen Auffray. Brigaut se hizo con informes sobre el carácter de Rogron y su prima. Sorprendió a Petrilla por la mañana en el mercado con su prima y se estremeció al verla llevar al brazo una cesta llena de provisiones. Para volver a verla, fue el domingo a la iglesia, donde Petrilla lucía todas sus galas. Allí vio por vez primera que Petrilla era la señorita de Lorrain. Petrilla advirtió la presencia de su amigo, pero le hizo una seña misteriosa para invitarlo a permanecer oculto. En aquel gesto hubo un mundo de cosas, como en el que quince días antes le había hecho para que se pusiera en salvo. ¿Qué fortuna no tendría que acumular Brigaut en diez años para poderse casar con su amiga de la infancia, a quien los Rogron habían de legar una casa, cien fanegas de tierra y una renta de dóce mil libras, sin contar sus ahorros? El perseverante bretón no quiso tentar fortuna sin haber adquirido previamente los conocimientos que le faltaban. Entre instruirse en París o instruirse en Provins, mientras sólo se tratase de teoría, prefirió quedarse cerca de Petrilla, a quien además quería explicar sus proyectos y la especie de protección con que podía contar. No quería, por último, dejarla sin haber penetrado el misterio de aquella palidez que ya empezaba a atenuar la vida en el órgano de donde deserta postreramente: en los ojos; sin saber de dónde provenían aquellos sufrimientos que le daban el aspecto de una muchacha inclinada bajo la guadaña de la muerte y próxima a caer. Aquellas dos señas conmovedoras, que no desmentían su amistad, pero que exigían la mayor reserva, llenaron de terror el alma del bretón. Evidentemente, Petrilla le ordenaba que la esperase y que no intentase verla, porque en esto había peligro para ella. Al salir de la iglesia, Petrilla pudo dirigirle una mirada, y Brigaut vio sus ojos llenos de lágrimas. Antes habría hallado el bretón la cuadratura del círculo que adivinar lo que desde su llegada acontecía en casa de los Rogron.