"Mr. Punch's" Book of Arms

Chapter 5

Chapter 54,053 wordsPublic domain

El día en que Dionisio Rogron y su hermana Silvia se pusieron a despotricar contra la pandilla pasaron sin saberlo a la situación de personajes y se vieron en camino de tener sociedad; su salón iba a convertirse en centro de intereses que buscaban un teatro en que manifestarse. El ex mercero tomó, al llegar a este punto, proporciones históricas y políticas, porque, siempre sin saberlo, dio fuerza y unidad a los elementos, hasta entonces flotantes, del partido liberal de Provins. Veamos cómo. Los primeros pasos de Rogron fueron observados con curiosidad por el coronel Gouraud y por el abogado Vinet, a quienes habían unido su aislamiento y su comunidad de ideas. Aquellos dos hombres profesaban el mismo patriotismo por las mismas razones: querían ser personajes. Pero si bien estaban dispuestos a ser jefes, les faltaban soldados. Los liberales de Provins eran: un antiguo soldado convertido en cafetero; un posadero; el señor Cournant, notario, competidor del señor Auffray; el médico Neraud, antagonista del señor Martener; algunas personas independientes, colonos desparramados por el distrito y poseedores de bienes nacionales. El coronel y el abogado, gozosos de atraerse a un imbécil cuya fortuna podía servirles de ayuda en sus maniobras, que aportaría dinero a sus suscripciones, que en algunas cosas tomaría la iniciativa y cuya casa sería el centro popular del partido, aprovecharon la enemistad de los Rogron con los aristócratas de la ciudad. El coronel, el abogado y Rogron tenían ya establecido un ligero lazo: su suscripción en común a El Constitucional; no había de serle difícil al coronel Gouraud hacer del ex mercero un liberal, aunque Rogron supiese tan poco de política que ni siquiera conocía las hazañas del sargento Mercier, a quien tomaba por un colega.

La próxima llegada de Petrilla aceleró la floración de los codiciosos pensamientos que la avaricia y la necedad de los dos solterones habían inspirado. Al ver que Silvia había perdido toda probabilidad de encajar en la sociedad de los Tiphaine, el coronel concibió un secreto pensamiento. Los militares viejos han contemplado tantos horrores en tantos países, tantos cadáveres desnudos y crispados en tantos campos de batalla, que ninguna fisonomía los asusta; y Gouraud puso los puntos a la fortuna de la solterona. Era un hombre pequeño y grueso. Llevaba enormes aretes en las orejas, ya pobladas de una enorme espesura de pelos. Sus anchas patillas encanecidas eran de las que en 1799 se llamaban aletas. Su rostro, gordo y colorado, estaba un poco curtido, como el de todos los escapados de Beresina. El abultado vientre formaba en su parte inferior ese ángulo recto que caracteriza a los viejos oficiales de caballería. Gouraud había mandado el segundo de Húsares. Sus mostachos grises ocultaban una enorme boca, que nunca había comido, sino devorado. Un sablazo le había partido la nariz; de ahí que su voz fuese sorda y profundamente gangosa, como la que se atribuye a los capuchinos. Tenía manos pequeñas, cortas y anchas, de esas que hacen decir a las señoras: «Tiene usted manos de grandísimo pícaro.» Sus piernas parecían delgadas para el torso. En aquel ágil corpachón se agitaba un espíritu sutil, la más completa experiencia de las cosas de la vida, oculta bajo la aparente indolencia de los militares, y un absoluto menosprecio de los convencionalismos sociales. El coronel Gouraud tenía la cruz de oficial de la Legión de Honor y dos mil cuatrocientos francos de retiro; en conjunto mil escudos de pensión por toda fortuna.

El abogado, alto y flaco, tenía por único talento sus ideas liberales y por único ingreso los productos, bastante menguados, de su bufete. En Provins los abogados defienden por sí mismos sus causas. El Tribunal, por lo demás, escuchaba poco favorablemente al abogado Vinet por razón de sus opiniones. Por eso los colonos más liberales, en caso de litigio, se dirigían, mejor que a Vinet, a otro abogado que disfrutase de la confianza del Tribunal. Se decía que Vinet había seducido a una muchacha rica de los alrededores de Coulommiers y obligado a sus padres a dársela en matrimonio. Su mujer pertenecía a la familia de los Chargebœuf, antigua familia noble de Brie, cuyo nombre viene de la proeza de un jinete en la expedición de San Luis a Egipto. La muchacha había incurrido en el disfavor de sus padres, los cuales tenían dispuesto, a sabiendas de Vinet, dejar toda su fortuna a su hijo mayor, con la obligación, sin duda, de transmitir una parte de ella a los hijos de su hermana. Así fracasó la primera tentativa ambiciosa de aquel hombre. Viéndose acosado por la miseria y avergonzado de no poder dar a su mujer las apariencias convenientes, el abogado hizo inútiles esfuerzos para entrar en la carrera del ministerio público, pero la rama rica de la familia de los Chargebœuf no quiso apoyarle. Como personas de moralidad, aquellos realistas desaprobaban un casamiento forzado. Además, su titulado pariente se llamaba Vinet; ¿cómo proteger a un plebeyo? Cuando el abogado quiso, pues, servirse de su mujer para aproximarse a sus parientes, todos ellos, uno a uno, fueron rechazándole. La señora de Vinet no encontró buena acogida más que en casa de una Chargebœuf, pobre viuda cargada de una hija y habitantes las dos en Troyes. Un día Vinet se acordó del buen acogimiento que esta Chargebœuf había hecho a su mujer. Repelido por todo el mundo; lleno de odio contra la familia de su mujer, contra el Gobierno, que le negaba un puesto; contra la sociedad de Provins, que no quería admitirle, transigió con su miseria. Su amargura se acrecentó y le dio energías para resistir. Se hizo liberal, adivinando que su suerte estaba adscrita al triunfo de la oposición, y vegetó en una mala casucha de la ciudad alta, de la cual su mujer salía muy poco. Aquella joven, destinada por su nacimiento a mejor suerte, permanecía absolutamente sola en el hogar con un niño. Hay miserias noblemente aceptadas y alegremente soportadas; pero Vinet, roído por la ambición, sintiéndose culpable de la desgracia de una joven seducida, disimulaba un sombrío furor; su conciencia se ensanchó y admitió todos los medios para llegar al fin. Su juvenil rostro se descompuso. Algunas personas se espantaban, a veces, en el Tribunal viendo su faz viperina, de cabeza aplastada, boca hendida, ojos que relumbraban a través de los lentes; oyendo su vocecilla persistente y agria que atacaba a los nervios. Su color confuso, mezcla de tonos amarillos y verdes, anunciaba su ambición devorada, la continua quiebra de sus cálculos, sus ocultas miserias. Sabía discutir y hablar; no carecía de viveza ni de imágenes; era instruido, artificioso. Acostumbrado a verlo todo a través de su deseo de llegar, podía convertirse en un hombre político. Un hombre que no retrocede ante nada, con tal que todo sea legal, es muy fuerte; de ahí provenía la fuerza de Vinet. Aquel futuro atleta de los debates parlamentarios, uno de los que habían de proclamar el reinado de la Casa de Orleans, tuvo una influencia horrible sobre la suerte de Petrilla. Por el momento quería procurarse un arma fundando un periódico en Provins. Después de haber estudiado a distancia, con la ayuda del coronel, a los dos solterones, el abogado acabó por contar con Rogron. Esta vez calculaba sobre seguro, y su miseria iba a cesar al cabo de siete dolorosos años durante los cuales había sufrido más de un día sin pan. El día en que Gouraud anunció a Vinet en la placita que los Rogron rompían con la aristocracia burguesa y ministerial de la ciudad alta, el abogado le dio en el costado un codazo significativo.

-Lo mismo le da a usted -dijo- una mujer que otra, bonita o fea; debe usted casarse con la señorita Rogron y luego podríamos organizar aquí algo...

-Pensaba en ello; pero van a traer consigo a la hija del pobre coronel Lorrain, su heredera.

-Haga usted que testen a su favor. ¡Ah! Tendría usted una casa bien montada.

-Ante todo veremos a esa pequeña -replicó el coronel con un acento de truhán, de profundo miserable, propio para demostrar a un hombre de la laya de Vinet cuán poca cosa era una muchacha a los ojos de aquel soldadote.

Desde que sus abuelos entraron en la especie de asilo donde su vida se iba acabando tristemente, Petrilla, joven y altiva, sufría tan horriblemente de vivir de la caridad, que fue dichosa al enterarse de que tenía parientes ricos. Al saber que se marchaba, Brigaut, el hijo del comandante, su compañero de la infancia, convertido en aprendiz de carpintero en Nantes, vino a ofrecerle la suma necesaria para hacer el viaje en coche: sesenta francos, todo el tesoro de sus propinas de aprendiz, penosamente amasado. Petrilla lo aceptó con la sublime indiferencia de las verdaderas amistades y que significaba que en el caso recíproco le habría ofendido que le dieran las gracias. Brigaut había ido todos los domingos a San Jacobo a jugar con Petrilla y consolarla. El vigoroso obrero había hecho ya el delicioso aprendizaje de la protección completa y abnegada al objeto involuntariamente escogido de nuestros afectos. Más de una vez Petrilla y él, sentados los domingos, en un rincón del jardín, habían bordado en el velo del porvenir sus proyectos infantiles; el aprendiz de carpintero, cabalgando en su garlopa, corría el mundo y hacía una fortuna para Petrilla, que le esperaba. Hacia el mes de octubre del año 1824, época en que terminaba su año onceno, Petrilla fue confiada por los dos viejos y el joven obrero, horriblemente melancólicos, al conductor de la diligencia de Nantes a París, con el ruego de que en París la trasladase a la diligencia de Provins y de que velase por ella. ¡Pobre Brigaut! Corrió como un can detrás de la diligencia y mirando a su amada Petrilla mientras pudo. A pesar de las señas que le hacía la bretoncita, corrió hasta una legua más allá de la ciudad; y cuando se sintió agotado, sus ojos enviaron a Petrilla una mirada mojada de lágrimas. Petrilla también lloró cuando dejó de verle; se asomó a la ventanilla y todavía le divisó, plantado en la carretera, mirando cómo huía el pesado carruaje. Los Lorrain y Brigaut tenían tal desconocimiento de la vida, que la bretona al llegar a París no tenía un solo sueldo. El conductor, a quien la niña hablaba de sus parientes ricos, pagó por ella los gastos del hotel en París y se los cobró al de la diligencia de Provins, encargándole que entregase la niña a sus parientes y que les pidiese a ellos el reembolso. Cuatro días después de su salida de Nantes, hacia las nueve de la mañana de un lunes, un viejo y gordo conductor de las Mensajerías reales cogió a Petrilla de la mano y, mientras se descargaban en la calle Mayor los artículos y los viajeros consignados a la Administración de Provins, la llevó, sin más equipaje que dos vestidos, dos pares de medias y dos camisas, a casa de la señorita Rogron, cuyas señas le dio el director de la Administración.

-Buenos días, señorita y la compañía -dijo el conductor-. Le traigo una prima suya, esta que usted ve, y que es muy linda por cierto. Tiene usted que darme cuarenta y siete francos, aunque la pequeña no trae peso; firme usted la hoja.

La señorita Silvia y su hermano se entregaron a su alegría y a su asombro.

-Dispensen -dijo el conductor-, pero el coche está esperando; firmen la hoja, denme mis cuarenta y siete francos con sesenta céntimos... y lo que ustedes quieran para el conductor de Nantes y para mí, que hemos cuidado de la pequeña como si fuese nuestra hija. Hemos anticipado el gasto de su cama, de su alimento, de su viaje a Provins y algunas cosillas más.

-¡Cuarenta y siete francos con sesenta céntimos! -dijo Silvia.

-No irá usted a regatear -exclamó el conductor.

-¿Y la factura? -dijo Rogron.

-Déjate de hablar y paga -dijo Silvia a su hermano-; bien ves que no hay más remedio.

Rogron fue a buscar los cuarenta y siete francos y doce sueldos.

-¿Y no hay nada para mi compañero y para mí? -dijo el conductor.

Silvia sacó cuarenta sueldos de su viejo bolso de terciopelo, casi lleno de llaves.

-Gracias, guárdeselo -exclamó el conductor-. Preferimos haber cuidado a la pequeña por gusto.

Cogió su hoja y salió, diciendo a la criada gordiflona:

-¡Vaya una casa! ¡No sólo en Egipto hay cocodrilos!

-¡Qué grosera es esta gente! -dijo Silvia, que lo había oído.

-¡Pero si han tenido cuidado de la pequeña! -respondió Adela, poniéndose en jarras.

-No tenemos que vivir con él -dijo Rogron.

-¿Dónde va usted a acostarla? -preguntó la sirvienta.

Así fue la llegada y recepción de Petrilla Lorrain a casa de sus primos, que la miraban embobados. Fue arrojada allí como un paquete, sin transición entre la deplorable habitación que ocupaba en San Jacobo junto a sus abuelos y el comedor de sus primos, que le pareció el de un palacio. Se encontraba allí cortada y vergonzosa. A cualesquiera que no fuesen los ex merceros, la bretoncita les habría parecido adorable, con su falda de burdo paño azul, su delantal de percalina rosa, sus toscos zapatos, sus medias azules, su pañoleta blanca, las enrojecidas manos metidas en mitones de punto de lana roja bordados de blanco que el conductor le había comprado. Verdaderamente, el gorrito bretón recién planchado en París -se le había ajado en el trayecto desde Nantes- servía como de aureola a su alegre semblante. Aquel gorro nacional de fina batista guarnecido de una puntilla almidonada y encañonada merecería una descripción; tan coqueto es y tan sencillo. La luz, tamizada por la tela y la puntilla, produce una penumbra, una dulce semiclaridad que envuelve el rostro y le da esa gracia virginal que buscan los pintores en su paleta y que Leopoldo Robert acertó a encontrar para la cara rafaélica de la mujer que tiene un niño en brazos en el cuadro de Los segadores. Bajo aquel marco festoneado de luz brillaba un rostro blanco y rosa, candoroso, animado por la más perfecta salud. El calor de la piel bordeaba de fuego las lindas orejitas, los labios, la punta de la fina nariz y, por contraste, reforzaba la blancura de la tez.

-Y qué, ¿no nos dices nada? -dijo Silvia-. Yo soy tu prima Rogron, y éste es tu primo.

-¿Quieres comer? -preguntó Rogron.

-¿Cuándo saliste de Nantes? -preguntó Silvia.

-Es muda -dijo Rogron.

-Pobre pequeña; no trae nada de ropa -exclamó la gordiflona Adela, desatando el lío hecho con un pañuelo del viejo Lorrain.

-Abraza a tu primo -dijo Silvia.

Petrilla abrazó a Rogron.

-Y a tu prima -dijo Rogron.

Petrilla abrazó a Silvia.

-Está atontada por el viaje esta pequeña -dijo Adela-; quizá necesite dormir.

Petrilla sintió súbitamente por sus primos una invencible repulsión, sentimiento que hasta entonces nadie le había inspirado. Silvia y la sirvienta fueron a acostar a la bretoncita en la habitación del segundo piso, donde Brigaut había visto la cortina de indiana blanca. Había allí un lecho de colegiala, con dosel pintado de azul, del que pendía una cortina de indiana; una cómoda de nogal, sin piedra de mármol; una mesita de nogal; un espejo; una mesa de noche, vulgar, sin puerta, y tres malas sillas. Las paredes, aguardilladas, de la fachada estaban forradas de un mal papel azul salpicado de flores negras. El piso, pintado y lustrado, helaba los pies. No había más alfombra que una pequeña de orillo para los pies de la cama. La chimenea, de mármol común, estaba adornada con un espejo, unos candelabros de cobre dorado y un vulgar jarrón de alabastro, donde bebían dos pichones, que eran las asas. Este jarrón procedía del dormitorio de Silvia en París.

-¿Estarás bien aquí, nena? -dijo Silvia.

-¡Oh, es muy bonito! -contestó la niña con su voz argentina.

-No es descontentadiza -dijo la obesa criada refunfuñando-. ¿Calentarnos la cama? -añadió.

-Sí -dijo Silvia-; quizá estén húmedas las sábanas.

Adela, al traer el calentador, trajo también una de sus gorras de dormir. Petrilla, que hasta entonces había dormido en sábanas de basta tela bretona, se quedó sorprendida de la finura y suavidad de las sábanas de algodón. Cuando dejó a la pequeña instalada y acostada, bajó Adela y no pudo menos de exclamar:

-El equipaje no vale tres francos, señorita.

Desde que se decidió por la economía, Silvia obligaba a la criada a permanecer en el comedor para que no hubiese en la casa más que una lumbre y una luz. Pero cuando iban a visitarlos Vinet y el coronel Gouraud, Adela se retiraba a la cocina. La llegada de Petrilla dio animación a la noche.

-Habrá que hacerle un equipo mañana -dijo Silvia-. No tiene nada.

-No tiene -dijo Adela- más que los zapatones, que pesan una libra.

-En su país se usan así -dijo Rogron.

-¡Cómo miraba su habitación! Y eso que no es muy bonita para una prima de usted, señorita.

-Buena es; cállese usted. Ya ha visto usted que está encantada.

-¡Dios mío, qué camisas! La deben de arañar la piel. Pero nada de esto sirve -dijo Adela, vaciando el paquete de Petrilla.

Señor, señora y sirvienta estuvieron hasta las diez ocupados en decidir de qué percal y de qué precio se harían las camisas; cuántos pares de medias se comprarían; de qué tela y cuántas serían las enaguas y cuánto vendría a costar el ajuar de Petrilla.

-No lo haces por menos de trescientos francos -dijo Rogron, que recordaba los precios de las cosas y los sumaba de memoria gracias al hábito que tenía de hacerlo.

-¿Trescientos francos? -exclamó Silvia.

-Sí, trescientos francos. Echa la cuenta.

Los dos hermanos volvieron a empezar. Salían los trescientos francos, sin hechuras.

-¡Trescientos francos de una redada! -decía Silvia al acostarse, abrumada por la idea que expresa con bastante ingenio esa frase proverbial.

Petrilla era uno de esos hijos del amor a quienes el amor ha dotado con su ternura, su vivacidad, su alegría, su nobleza, su abnegación; nada había hasta entonces adulterado ni ajado su corazón, de una delicadeza casi salvaje; y la acogida de sus primos se lo oprimió dolorosamente. Bretaña había sido para ella el país de la miseria, pero también el del cariño. Los viejos Lorrain fueron los comerciantes más inhábiles, pero también las personas más amantes, más francas, más cariñosas del mundo, como todas las personas sin cálculo. En Pen-Hoël, su nieta no tuvo otra educación que la de la Naturaleza. Petrilla, a su albedrío, andaba en barca por los estanques, corría por el pueblo y por los campos, en compañía de Santiago Brigaut, su camarada, absolutamente como Pablo y Virginia. Obsequiados, acariciados los dos por todo el mundo, libres como el aire, se entregaban a las mil alegrías de la infancia: en verano iban a ver pescar, cazaban insectos, cogían ramilletes y hacían jardines; en invierno hacían resbaladeros, edificaban alegres palacios, pintaban monigotes en la nieve o hacían bolas de nieve con las cuales se apedreaban. Todo el mundo los quería y en todas partes se los acogía con sonrisas. Con la hora de aprender llegaron los desastres. Falto de recursos por la muerte de su padre, Santiago fue por sus parientes colocado de aprendiz en casa de un carpintero donde le alimentaban de caridad, como más tarde a Petrilla en San Jacobo. Pero hasta en aquel hospicio particular la linda Petrilla fue tiernamente cuidada, acariciada y protegida por todos. La pequeñuela, acostumbrada a tanto afecto, no encontró en los parientes tan deseados, tan ricos, aquel ambiente, aquellas palabras, aquellas miradas, aquellas maneras que todo el mundo, incluso los extraños y los conductores de las diligencias, habían tenido para ella. Su asombro, ya grande, aumentó con el cambio de atmósfera moral. El corazón siente de pronto frío o calor como el cuerpo. Sin saber por qué, la pobre criatura sintió ganas de llorar. Estaba fatigada y se durmió. Habituada a levantarse temprano, como todos los niños criados en el campo, Petrilla se despertó al día siguiente de su llegada dos horas antes que la cocinera. Se vistió; anduvo por la habitación, que caía encima de la de Silvia; miró la plaza; fue a bajar y se quedó estupefacta ante la belleza de la escalera; examinó en todos sus pormenores los alzapaños, los cobres, los adornos, las pinturas, etc. Luego bajó; no pudo abrir la puerta del jardín; subió otra vez; volvió a bajar cuando Adela se hubo despertado, y salió al jardín; tomó posesión de él; corrió hasta el río; se quedó embobada ante el quiosco y entró en él. Tuvo para ver y para asombrarse de lo que veía hasta que su prima Silvia se levantó. Durante el desayuno, su prima le dijo:

-¿Eras tú la que desde el amanecer andaba saltando por la escalera y haciendo tanto ruido?

Me has despertado de tal modo, que no he podido ya conciliar el sueño. Tienes que ser prudente y agradable y divertirte sin ruido. A tu primo no le gusta el ruido.

-Ten cuidado también con los pies -dijo Rogron-. Has entrado con los zapatos enlodados en el quiosco y has dejado allí las señales. A tu prima le gusta mucho la limpieza. Una niña tan grande como tú debe ser limpia. ¿Es que no eras limpia en Bretaña? ¡Verdad es que cuando fui allá a comprar hilo me daba lástima ver a aquellos pobres salvajes! Lo que no le falta es apetito -añadió Rogron, mirando a su hermana-; parece que no ha comido en tres días.

Así, desde el primer momento, Petrilla se sintió herida por las observaciones de sus primos; herida sin saber por qué. Su natural franco y recto, abandonado hasta entonces a sí mismo, ignoraba la reflexión. Incapaz de averiguar en qué consistía la falta de sus primos, sus propios sufrimientos iban a aclarárselo lentamente. Después del desayuno, los Rogron, gozosos con el asombro de Petrilla y deseosos de verla pasmada, le mostraron su hermoso salón para que aprendiese a respetar las suntuosidades. A consecuencia de su aislamiento e impulsados por la necesidad moral de interesarse por algo, los solterones acaban por reemplazar los afectos naturales con afectos ficticios; por amar a los gatos, los perros, los canarios, a la criada o al director espiritual. Así, Rogron y Silvia habían contraído un inmoderado amor a su moblaje y a su casa, que tan caros les habían costado. Silvia llegó a ayudar a Adela por las mañanas, pareciéndole que la criada no sabía limpiar bien los muebles, sacudirlos o cepillarlos y mantenerlos como nuevos. Pronto aquella limpieza constituyó una de sus obligaciones. De ese modo, los muebles, lejos de perder su valor, ¡ganaban! Servirse de ellos sin desgastarlos, sin mancharlos, sin arañar sus maderas, sin disipar su barniz: tal era el problema. La ocupación se convirtió luego en una manía de la solterona. Reunió en su armario trapos de lana, cera, barnices, cepillos; aprendió a manejarlos tan bien como un ebanista; tenía sus plumeros, sus rodillas; lustraba el suelo sin temor de hacerse daño; ¡era tan fuerte! La mirada de sus ojos azules, rígida y fría como el acero, se deslizaba hasta por debajo de los muebles en todo momento; más fácilmente habríase hallado en su corazón una cuerda sensible que una pelusa bajo un sillón.

Después de lo que se había dicho en casa de la señora de Tiphaine no podía Silvia retroceder ante los trescientos francos. Así, pues, durante la primera semana Silvia estuvo completamente ocupada y Petrilla constantemente distraída con el encargo y prueba de los vestidos, el corte de camisas y enaguas y el trabajo de las costureras. Petrilla no sabía coser.

-¡Bonita educación le han dado! -dijo Rogron-. ¿No sabes, entonces, hacer nada, corcita mía?

Petrilla, que sólo sabía querer, hizo, por toda respuesta, un gestecillo mimoso.

-Entonces, ¿en qué empleabas el tiempo en Bretaña? -prosiguió Rogron.

-Jugaba - respondió ella candorosamente -. Todos jugaban conmigo. Mi abuela, mi abuelo y los demás me contaban cuentos. ¡Ah! Me querían mucho.

-¡Ah! -respondió Rogron- De modo que hacías lo más cómodo.

Petrilla no comprendió esta gracia de la calle de Saint-Denis y abrió mucho los ojos.

-Es tonta de capirote -dijo Silvia a la señorita Borain, la costurera más hábil de Provins.

-¡Es tan pequeña! -respondió la costurera mirando a Petrilla, que la miraba poniendo un hociquito malicioso.