Chapter 4
-La antesala es, sin duda, ese largo pasillo donde se está entre dos aires -respondió la señora de Tiphaine-. Se ha tenido -prosiguió- la idea eminentemente nacional, liberal, constitucional y patriótica de no emplear más que maderas de Francia. Así, el piso del comedor es de nogal, figurando punto de Hungría. Los aparadores, la mesa y las sillas son también de nogal. Los balcones tienen cortinas de indiana blanca encuadradas de cenefas rojas y recogidas con vulgares abrazaderas rojas y exagerados alzapaños adornados de rosetones de color dorado mate y que resaltan sobre un fondo rojizo. Estas magníficas cortinas cuelgan de unos bastones terminados por palmas extravagantes sujetas por garras de león de cobre estampado. Por cima de uno de los aparadores se ve un reloj de los que se usan en los cafés, suspendido de una especie de servilleta de bronce dorado, una de esas ideas que encantan a los Rogron. Han querido que yo admirase semejante capricho y no se me ha ocurrido decirles sino que, de poner una servilleta en derredor de un reloj, el comedor era el sitio más indicado. Sobre el mismo aparador hay grandes lámparas, parecidas a las que adornan la caja en las buenas fondas. Encima del otro hay un barómetro excesivamente adornado y que parece representar un papel importante en la existencia de los hermanos; Rogron lo mira como miraría a su novia. Entre los dos balcones han colocado una estufa de losa blanca, empotrada en un nicho horriblemente rico. En las paredes brilla un magnífico papel rojo y oro, como se ve también en los restaurantes, y en ellos lo ha elegido Rogron indudablemente. La comida se nos ha servido en vajilla de porcelana blanca y oro; los platos de postre, de azul claro con flores verdes; pero han abierto uno de los aparadores para enseñarnos otra vajilla, de arcilla, para diario. Enfrente de cada aparador hay un gran armario para la mantelería. Todo está lustroso, limpio, nuevo, lleno de tonos chillones. Yo, todavía sería capaz de aceptar el comedor: tiene su carácter y, por desagradable que éste sea, pinta muy bien el de los dueños de la casa; pero no hay modo de aguantar allí cinco de esos grabados negros contra los cuales el ministro del Interior debía presentar una ley y que representan a Poniatowski entrando en el río Elster, la defensa de la barrera de Clichy, a Napoleón apuntando un cañón por sí mismo y a los dos Mazeppa, todos puestos en grandes marcos dorados cuyo vulgar modelo conviene a grabados tales, capaces de hacer que se tome odio al éxito. ¡Oh, cuánto más me gustan los pasteles de la señora de Julliard, que representan frutas; esos excelentes pasteles de la época de Luis XV, que están en armonía con aquel antiguo y amable comedor, de maderas grises y un poco carcomidas, pero que tienen el carácter provinciano y hacen juego con la maciza plata familiar, con la porcelana antigua y con nuestras costumbres! Las provincias son las provincias y se ponen ridículas cuando quieren imitar a París. Me dirán ustedes, tal vez, que yo soy orfebre; pero prefiero este viejo salón del padre de mi marido, con sus gruesos cortinones de seda verde y blanca, con su chimenea Luis XV, con sus tremós contorneados, sus antiguos espejos de perlas y sus venerables mesas de juego; mis viejos vasos de Sevres, con su viejo azul y montados en cobre viejo; mi reloj de flores imposibles; mi araña rococó y mis muebles de tapicería a todos los esplendores de su salón.
-¿Cómo es?-dijo el señor Martener, contentísimo con el elogio que la hermosa parisiense acababa de hacer, con acierto, de las provincias.
-El salón es de un soberbio rojo; el rojo de la señorita Silvia cuando se enfada porque ha perdido una miseria.
-El rojo-Silvia -dijo el presidente, cuya frase quedó incorporada al vocabulario de Provins.
-¿Las cortinas de los balcones...? ¡Rojas! ¿Los muebles...? ¡Rojos! ¿La chimenea...? ¡Mármol rojo portor! ¿Los candelabros y el reloj...? De mármol rojo portor montados en bronce, de una traza vulgar, pesada; los rosetones del techo, romanos, con ramas de follaje griegas. Desde lo alto del reloj nos mira imbécilmente, a la manera de los Rogron, un león inofensivo, llamado león de adorno y que durante mucho tiempo constituirá el descrédito de los verdaderos leones. El tal león rueda bajo una de sus patas una gruesa bola, detalle de las costumbres de los leones de adorno; se pasa la vida con una bola negra en la pata, exactamente como un diputado de la izquierda. Acaso sea un mito constitucional. La esfera del reloj es abigarrada. El espejo de la chimenea tiene uno de esos marcos vulgares, mezquinos, aunque nuevo. Pero donde resplandece el talento del tapicero es en los pliegues, en forma de radios, de una tela roja, que arrancan de un alzapaños colocado en el centro de la chimenea: un poema romántico compuesto expresamente para los Rogron, que se extasían enseñándolo. Del centro del techo pende una araña cuidadosamente envuelta en un sudario de percalina verde, y con razón, porque es de pésimo gusto. El bronce, de un tono agrio, está adornado con filetes de oro bruñido más detestable aún. Debajo de la araña, una mesa de té redonda, de, mármol aun mas portor que lo demás. En la mesa, una bandeja tornasolada, de brillo metálico, en la cual relucen las tazas de porcelana pintada -¡y qué pintura!- agrupadas en derredor de un azucarero de cristal tallado con tanta arrogancia que nuestros nietos abrirán ojos de a palmo admirándolo y viendo los círculos de cobre dorado que le festonean y sus costados, como los de una sobrevesta de la Edad Media, y su tenacilla para el azúcar, que probablemente nunca se usará. Este salón está forrado de un papel rojo, imitando terciopelo, y los entrepaños, encuadrados en varillas de cobre, sujetos en los ángulos con enormes palmas. En cada entrepaño hay una litocromía, con marcos recargados de festones de escayola que imitan a nuestras hermosas maderas esculpidas. El moblaje, de casimir y raíz de olmo, se compone clásicamente de dos canapés, dos poltronas, seis butacas y seis sillas. La consola está embellecida con un jarrón de alabastro que llaman a lo Médicis, colocado bajo una campana de cristal y con la ya famosa licorera. Se nos ha hecho notar ¡que no hay otra licorera igual en Provins! Los vanos de los balcones están cubiertos con magníficos cortinajes, dobles de seda roja y tul, y delante de cada uno hay una mesa de juego. La alfombra es de Aubusson, y también para ella han echado mano los Rogron al fondo rojo con rosas, el más vulgar de los dibujos corrientes. Parece un salón deshabitado; no hay en él libros ni grabados, ni esos objetos menudos que suele haber en las mesas -dijo mirando a su mesa, cargada de objetos de moda, álbumes, lindas cosillas que le regalaban-. No hay flores ni ninguna de esas nonadas que se renuevan. El salón es frío y seco como la señorita Silvia. Buffón está en lo cierto: «el estilo es el hombre», y no hay duda de que los salones son un estilo.
La hermosa señora de Tiphaine continuó su descripción epigramática. Juzgando por aquel botón de muestra, todos se figuraron las habitaciones que los hermanos habitaban en el primer piso y que enseñaron a sus invitados; pero nadie podría imaginarse las estúpidas invenciones que el espiritual maestro de obras había sugerido a les Rogron. Las molduras de las puertas, las contraventanas modeladas, los adornos de escayola de las cornisas, las lindas pinturas, las manos de cobre dorado, las campanillas, los tubos de las chimeneas, de sistema fumívoro; las ingeniosidades que evitaban la humedad, los cuadros de marquetería simulada en la escalera, la vidriería y la cerrajería superfina, todos esos caprichos, en fin, que aumentan el precio de una construcción y que placen a los burgueses habían sido prodigados desmedidamente.
Nadie quiso ir a los saraos de los Rogron, cuyas pretensiones abortaron. Razones para rehusar no faltaban: todos los días estaban dedicados a la señora Garceland, a la señora Galardón, a las señoras Julliard, a la señora de Tiphaine, al subprefecto, etc. Los Rogron creyeron que para hacerse amistades bastaría dar de comer; acudieron a su casa algunos jóvenes bastante burlones y los amigos de comer, que los hay en todas partes del mundo; pero todas las personas serias dejaron de verlos. Asustada por la pérdida de los cuarenta mil francos que la casa, su querida casa, se había tragado sin provecho, Silvia quiso desquitarse a fuerza de economías. Renunció, pues, a escape a las comidas, que costaban de treinta a cuarenta francos, sin contar los vinos, y que no realizaban su esperanza de hacerse una sociedad, creación tan difícil en provincias como en París. Despidió a la cocinera y tomó una muchacha del campo para los trabajos rudos. Ella so encargó de cocinar por sí misma y por gusto.
Catorce meses después de su llegada cayeron, pues, los hermanos en una vida solitaria y sin ocupación. Su destierro de la sociedad había engendrado en el corazón de Silvia un horrible odio contra los Tiphaine, los Julliard, los Auffray, los Garceland; en suma, contra la sociedad de Provins, que ella llamaba la pandilla y con la cual ya no tuvo más que un trato muy frío. Habría querido oponer otra sociedad a aquélla: pero la burguesía inferior estaba exclusivamente compuesta de modestos comerciantes, libres solamente los domingos y días de fiesta, o de gentes mal conceptuadas, como el abogado Vinet y el médico Neraud; de bonapartistas inadmisibles, como el coronel barón de Gouraud, con los cuales Rogron había entablado torpemente relaciones, aunque ya la alta burguesía intentó prevenirle. El hermano y la hermana se vieron, por consiguiente, obligados a quedarse en el rincón de su estufa, en su comedor, recordando sus negocios, las caras de sus parroquianos y otras cosas igualmente agradables. Antes que terminase el segundo invierno ya pesaba sobre ellos el hastío de un modo horroroso y pasaban mil fatigas para matar el tiempo.
Al acostarse por la noche decían: «¡Ya ha pasado una más!» Estiraban la mañana permaneciendo en el lecho; se vestían con lentitud. Rogron se afeitaba por sí mismo todos los días; se examinaba el rostro y hablaba a su hermana de los cambios que creía notar en él; discutía con la criada sobre la temperatura del agua caliente; iba al jardín y miraba si las flores habían brotado; se acercaba a la orilla del río, donde había construido un quiosco; observaba el maderamen de su casa. ¿Juntaban bien los tablones? ¿Se había agrietado alguno? ¿Se mantenían bien las pinturas? Regresaba para hablar de los temores que le inspiraba una gallina enferma o de un sitio en que la humedad hacía perennes las manchas; se lo contaba a su hermana, entretenida en hacer que hacemos, en poner la mesa, en torturar a la criada. El barómetro era el mueble más útil para Rogron: le consultaba sin motivo, le daba palmaditas familiarmente como a un amigo, y luego decía: «¡Mal tiempo hace!» Su hermana respondía: «¡Bah! Hace el tiempo de la estación.» Si alguien iba a visitarle, Rogron ponderaba la excelencia del instrumento. El almuerzo les ocupaba otro rato. ¡Con cuánta lentitud masticaban aquellos dos seres cada bocado! Así es que su digestión era perfecta; no tenían que temer un cáncer del estómago. Hasta el mediodía gastaban el tiempo en leer La Colmena y El Constitucional. Pagaban la suscripción del periódico parisiense por terceras partes con el abogado Vinet y el coronel Gouraud. Rogron llevaba por sí mismo los periódicos al coronel, que vivía en la plaza, en casa del señor Martener, y cuyos largos relatos le causaban un placer inmenso. Por eso Rogron se preguntaba por qué podía el coronel ser peligroso. Tuvo la necedad de hablarle del ostracismo que se le había impuesto y de contarle las murmuraciones de la pandilla. Dios sabe cómo el coronel, tan temible con la pistola como con la espada, y que no temía a nadie, puso a la Tiphaine y a su Julliard y a los ministeriales de la ciudad alta, gentes vendidas al extranjero, capaces de todo por alcanzar cargos, que, cuando las elecciones, leían en los boletines de votación los nombres que les convenían, etc.
A eso de las dos, Rogron emprendía un paseíto.
Se ponía muy contento cuando un tendero se hallaba en el umbral de su puerta y, le detenía diciendo: «¿Cómo va, amigo Rogron?». Charlaba y pedía noticias de la ciudad. Escuchaba y refería a su vez los chismorreos de Provins. Subía hasta la ciudad alta o paseaba por los caminos, según el tiempo. En ocasiones encontraba viejos que paseaban como él. Aquellos encuentros eran acontecimientos felices. Había en Provins personas desilusionadas de la vida de París, sabios modestos que vivían con sus libros. Figuraos la actitud de Rogron cuando escuchaba a un juez suplente llamado Desfondrilles, más arqueólogo que magistrado, que hablaba con el señor Martener padre, hombre instruido, y le decía, mostrándole el valle:
-Explíqueme usted por qué los ociosos de Europa van a Spa mejor que a Provins, cuando las aguas de Provins tienen una superioridad reconocida por la medicina francesa, una acción y una fuerza ferruginosa digna de las cualidades medicinales de nuestras rosas.
-¡Qué quiere usted!-replicaba el hombre instruido-. Es uno de esos caprichos inexplicables. Hace cien años era desconocido el vino de Burdeos; el mariscal Richelieu, una de las figuras más grandes del último siglo, el Alcibíades francés, fue nombrado gobernador de Guyena; tenía el pecho destrozado; todo el mundo sabe por qué; el vino del país le restaura, le restablece. Burdeos adquiere entonces cien millones de renta y el mariscal ensancha el territorio de Burdeos hasta Angulema, hasta Cahors; cuarenta leguas a la redonda. ¿Quién sabe dónde terminan los viñedos bordeleses? ¡Y el mariscal no tiene en Burdeos una estatua ecuestre!
-¡Ah! -respondía el señor Desfondrilles-. Si en este siglo o en otro sucede una cosa análoga en Provins, se verá, yo así lo espero, bien sea en la placita de la ciudad baja, bien en el castillo, en la ciudad alta, algún bajorrelieve de mármol blanco que reproduzca la cabeza del señor Opoix, el restaurador de las aguas minerales de Provins.
-Querido amigo: tal vez la rehabilitación de Provins sea imposible -decía el anciano señor Martener- Esta ciudad ha quebrado.
Al oír esto, exclamaba Rogron con los ojos muy abiertos:
-¡Cómo!
-Fue antaño una capital que luchó victoriosamente con París, en el siglo XII, cuando los condes de Champagne tenían en ella su corte, como el rey Renato tenía la suya en Provenza -replicaba el hombre instruido.- En aquel tiempo, la civilización, la alegría, la poesía, la elegancia, las mujeres, en suma, todos los esplendores sociales no estaban exclusivamente en París. Las ciudades se reponen de su ruina tan difícilmente como las casas de comercio. De Provins sólo nos queda el perfume de nuestra gloria histórica, el de nuestras rosas y una subprefectura.
-¡Ah, lo que sería Francia si hubiese conservado todas sus capitales feudales! -decía Desfondrilles-. ¿Pueden los subprefectos reemplazar a la raza poética, galante y guerrera de los Thibault, que habían hecho de Provins lo que Ferrara fue para Italia, lo que fue Weimar en Alemania y lo que hoy querría ser Munich?
-¿Provins ha sido una capital?-exclamaba Rogron.
-Pero ¿de dónde sale usted? -le contestaba el arqueólogo Desfondrilles.
El juez suplente hería entonces con la contera de su bastón el suelo de la ciudad alta y decía:
-¿Pero usted no sabe que toda esta parte de Provins está edificada sobre criptas?
-¡Criptas!
-Sí, señor, criptas; criptas de una altura y una extensión inexplicable. Son como naves de catedral y tienen columnas.
-El señor está escribiendo una gran obra arqueológica, en la cual piensa explicar esas singulares construcciones -decía el viejo Martener viendo que el juez había entrado en su asunto favorito.
Rogron volvió muy satisfecho de que su casa estuviese construida en el valle. Las criptas de Provins les ocuparon cinco días en exploraciones e hicieron el gasto de la conversación de los solterones durante varias noches. Por este sistema, Rogron aprendía todos los días algo del viejo Provins, de las alianzas familiares o de las añejas noticias políticas, y luego se lo refería a su hermana. Cien veces durante el paseo, y aun varias veces a la misma persona, preguntaba: «Bueno, y ¿qué se dice? ¿Qué hay de nuevo?» De vuelta en casa se tendía en un canapé del salón, como un hombre abrumado de cansancio, aunque no tenía más que el de su propio peso. Hacía tiempo hasta la hora de comer yendo veinte veces del salón a la cocina, mirando la hora, abriendo y cerrando las puertas. Mientras el hermano y la hermana tuvieron reuniones a que asistir, llegaban fácilmente a la hora de acostarse; pero cuando se vieron reducidos a su casa, la noche era para ellos un desierto que forzosamente había que atravesar. Algunas veces, las personas, que de regreso a su domicilio pasaban por la placita oían gritos en casa de los Rogron, como si el hermano asesinase a la hermana: eran los horribles bostezos de un mercero en el último grado de aburrimiento. Aquellas dos máquinas, no teniendo nada que triturar entre sus ruedas mohosas, chirriaban. El hermano habló de casarse, a falta de otra distracción; pero se sentía envejecido, cansado; le horrorizaba una mujer. Silvia, que comprendió la necesidad de una tercera persona en casa, se acordó entonces de su pobre prima, por quien nadie les había preguntado, porque en Provins se creía que la señora Lorrain y su hija habían muerto. Silvia Rogron no perdía nunca nada; ¡era demasiado solterona para que se le extraviase algo! Hizo como que había encontrado casualmente la carta de los Lorrain a fin de hablar del asunto con toda naturalidad a su hermano; éste se sintió casi feliz ante la posibilidad de tener una jovencita en casa. Silvia escribió en términos medio comerciales y medio afectuosos al viejo Lorrain, excusándose por su retraso con la liquidación de sus negocios, su trasplantación y su establecimiento en Provins. Mostrábase deseosa de tener consigo a su prima, y daba a entender que un día Petrilla sería heredera de doce mil libras de renta si el señor Rogron no se casaba. Habría que haber sido un poco bestia salvaje, como Nabucodonosor encerrado en el Jardín de Plantas, sin más alimento que la carne facilitada por el guardián, o negociante retirado sin dependientes a quien martirizar, para comprender la impaciencia con que los hermanos esperaron la llegada de su prima Lorrain. Tres días después de enviar la carta ya se preguntaban cuándo llegaría su prima. Silvia creyó encontrar en su pretendida protección a la prima pobre un medio de conseguir que la sociedad de Provins volviera sobre su acuerdo.
Fue a casa de la señora de Tiphaine, que los había herido con su reprobación y que quería crear en Provins una alta sociedad, como en Ginebra, a anunciar la llegada de su prima Petrilla, la hija del coronel Lorrain, deplorando sus desgracias y mostrándose dichosa de poder ofrecer a la sociedad una joven heredera.
-Bastante ha tardado usted en descubrirla -respondió irónicamente la señora de Tiphaine, que presidía su tertulia sentada en un sofá junto al fuego.
Con algunas palabras dichas en voz baja mientras se daban los naipes, la señora de Garceland recordó la historia de la herencia del viejo Auffray. El notario explicó las iniquidades del posadero.
-¿Dónde está esa pobre niña?-preguntó cortésmente el presidente.
-En Bretaña -dijo Rogron.
-Pero Bretaña es grande -observó el fiscal, señor Lesourd.
-Su abuelo y su abuela nos escribieron... ¿cuándo, querida?-dijo Rogron.
Silvia, ocupada en preguntar a la señora de Garceland dónde había comprado la tela de su vestido, no previó el efecto de su respuesta y dijo:
-Antes de la venta de nuestro establecimiento.
-¡Y ha contestado usted hace tres días, señorita! -exclamó el notario.
Silvia se puso roja, como los más encendidos carbones de la chimenea.
-Hemos escrito al establecimiento de San Jacobo -replicó Rogron.
-Hay allí, efectivamente, una especie de hospicio para ancianos -dijo el juez, que había sido juez suplente de Nantes-; pero la niña no puede estar allí, porque no se admite más que a personas de más de sesenta años.
-La niña está allí con su abuela -dijo Rogron.
-Tenía una fortunita: los ocho mil francos quo su padre de ustedes..., no, quiero decir su abuelo, le dejó -dijo el notario, equivocándose adrede.
-¡Ah! -exclamó Rogron con aire estúpido, sin comprender el epigrama.
-¿No conocen ustedes entonces la situación ni la fortuna de su prima hermana? -preguntó el presidente.
-Si el señor hubiese conocido eso no habría dejado a la niña en una casa que no es sino un hospital decente -dijo severamente el juez-. Recuerdo ahora que vi vender en Nantes, por expropiación, una casa que pertenecía a los señores Lorrain, y la señorita Lorrain perdió todo derecho; el asunto pasó por mis manos.
El notario habló del coronel Lorrain, que si viviese se asombraría de ver a su hija en un establecimiento como el de San Jacobo. Los Rogron se retiraron entonces, diciéndose para sus adentros que el mundo era muy malo. Silvia comprendió el poco éxito que su noticia había alcanzado: había perdido la estimación de todos y no podría ya volver a rozarse con la alta sociedad de Provins.
Desde aquel día los Rogron no disimularon su odio a las grandes familias burguesas de Provins. El hermano cantó a la hermana todas las canciones liberales que el coronel Gouraud y el abogado Vinet le habían hecho aprender y en las cuales se mortificaba a los Tiphaine, los Guénée, los Garceland, los Guépin y los Julliard.
-Pero, oye, Silvia, no comprendo por qué la señora de Tiphaine reniega del comercio de la calle de Saint-Denis, cuando lo mejor que tiene procede de allí. Su madre, la señora de Roguin, es prima de los Guillaume, del Gato que pelotea, que cedieron su establecimiento a José Lebas, su yerno. Su padre es ese notario, ese Roguin que quebró en 1819 y causó la ruina de la Casa Birotteau. De modo que la fortuna de la señora de Tiphaine es robada. ¿Qué vamos a decir, si no, de la mujer de un notario que salva sus bienes y permite que su marido haga una bancarrota fraudulenta? ¡Muy decente! ¡Ah! Y casó a su hija en Provins a causa de sus relaciones con el banquero du Tillet. ¡Y esas gentes tienen orgullo!... En fin, ése es el mundo.