Chapter 12
En aquellos instantes estaba en su apogeo la guerra entre el partido Vinet y el partido Tiphaine. Las hablillas que los Rogron hacían correr por Provins sobre los conocidos amoríos de la señora de Roguin con el banquero Du Tillet, sobre las circunstancias de la bancarrota del padre de la señora de Tiphaine, un falsario -decían-, hirieron más vivamente a los Tiphaine porque se trataba de maledicencias y no de calumnias. Eran heridas en el corazón; atacaban a los intereses en lo vivo. Aquellas murmuraciones, repetidas a los partidarios de los Tiphaine por las mismas bocas que comunicaban a los Rogron las burlas de la hermosa señora de Tiphaine y de sus amigos, alimentaban los odios, combinados para lo sucesivo con la cuestión política. Las irritaciones que producía entonces en Francia el espíritu de partido, cuyas violencias fueron excesivas, se juntaba dondequiera, como en Provins, con los intereses amenazados y con las individualidades interesadas y militantes. Cada bando aprovechaba ardorosamente lo que podía perjudicar al bando rival. La animosidad de los partidos se mezclaba, tanto como el amor propio, en los asuntos más pequeños, que de ese modo tenían a veces exagerado alcance. Una ciudad se apasionaba por cualesquiera luchas y les daba toda la amplitud de un debate político. Así, pues, el presidente vio en la causa entre Petrilla y los Rogron un modo de abatir, de desconceptuar, de deshonrar a los dueños de aquel salón donde se que trazaban planes contra la monarquía, donde había nacido el periódico de oposición. Fue llamado el fiscal. El señor Lesourd, el señor Auffray, a quien se nombró tutor subrogado de Petrilla, y el presidente examinaron con el mayor secreto, secundados por el señor Martener, el plan que debía seguirse. El señor Martener se encargó de decir a la abuela de Petrilla que presentase su querella al tutor subrogado. El tutor subrogado convocaría el consejo de familia y, armado con el dictamen de los tres médicos, pediría primeramente la destitución del tutor. Planteado así el asunto, llegaría al Tribunal, y el señor Lesourd vería entonces el modo de llevarlo a lo criminal, provocando un proceso. A eso del mediodía, todo Provins estaba soliviantado por la extraña noticia de lo que había pasado durante la noche en la casa Rogron. Los gritos de Petrilla habían sido oídos vagamente en la plaza, pero habían durado muy poco; nadie se había levantado; únicamente algunos preguntaron:
-¿Han oído ustedes ruido y gritos a la una? ¿Qué sería?
Las suposiciones y los comentarios habían abultado tanto el horrible drama, que la multitud se agolpó ante la tienda de Frappier, al cual pedían todos informes; el buen carpintero pintó la llegada de la pequeña a su casa, con el puño ensangrentado, los dedos destrozados. Hacia la una de la tarde, la silla de postas del doctor Bianchon, con el cual venía Brigaut, se detuvo ante la casa de Frappier, cuya esposa fue al hospital para avisar al señor Martener y al cirujano-jefe. Las suposiciones de la ciudad se vieron sancionadas por este hecho. Se acusó a los Rogron de haber maltratado cruelmente a su prima y de haberla puesto en peligro de muerte. Vinet recibió la noticia en el Palacio de Justicia; lo dejó todo y corrió a casa de los Rogron. Los dos hermanos acababan de desayunar. Silvia vacilaba en contar a su hermano su arrebato de la noche, y se dejaba abrumar a preguntas, sin contestar más que: «Eso no te importa.» Iba y venía de la cocina al comedor para evitar la discusión. Cuando se presentó Vinet estaba sola.
-¿No se ha enterado usted de lo que pasa? -preguntó el abogado.
-No -dijo Silvia.
-Pues, según van las cosas, con motivo de lo de Patrilla, va usted a sufrir un proceso criminal.
-¡Un proceso criminal! -exclamó Rogron, que entraba en aquel momento-. ¿Por qué? ¿Cómo?
-Ante todo -dijo el abogado mirando a Silvia-, explíqueme usted, sin ocultar nada, lo que ha sucedido esta noche, y como si estuviera usted en presencia de Dios, porque se habla de amputar la mano a Petrilla.
Silvia se puso lívida y se estremeció.
-¿Ha ocurrido, pues, algo? -preguntó Vinet.
La señorita Rogron contó la escena, intentando excusarse; pero, acosada a preguntas, confesó los hechos graves de aquella horrible lucha.
-Si no hubiera usted hecho más que fracturarle los dedos, el asunto sería de la incumbencia de la policía correccional; pero si hay que cortarle la mano, irá a la Audiencia; los Tiphaine harán todo lo posible por llevarlo hasta allí.
Silvia, más muerta que viva, confesó sus celos y, lo que fue más amargo de decir, la falta de fundamepto de sus sospechas.
-¡Qué proceso! -dijo Vinet-. Ahí pueden ustedes acabar, porque muchas personas los abandonarán, aunque lo ganen. Si no triunfan ustedes, tendrán que marcharse de Provins.
-¡Oh, querido Vinet, usted, que es tan gran abogado -dijo, espantado, Rogron-, aconséjenos, sálvenos!
El astuto Vinet llevó al colmo el terror de aquellos dos imbéciles, y declaró formalmente que la señora y la señorita de Chargebœuf vacilarían en volver a su casa. Verse abandonados de aquellas damas era una terrible condena. En fin, al cabo de una hora de magníficas maniobras, se acordó que, para decidirse Vinet a salvar a los Rogron, era necesario que apareciese a los ojos de Provins con un interés extraordinario. Por lo tanto, aquella misma noche se anunciaría la boda de Rogron con la señorita de Chargebœuf. El domingo se publicarían las amonestaciones. Inmediatamente se haría el contrato en casa de Cournant, acto al que asistiría Silvia para, en consideración a aquella alianza, hacer a su hermano donación inter vivos de todos sus bienes. Vinet hizo comprender a los dos hermanos la necesidad de tener extendido el contrato dos o tres días antes de la boda, a fin de comprometer a las señoras de Chargebœuf a los ojos del público y darles un motivo para seguir visitando la casa de los Rogron.
-Firmen ese contrato, y yo me comprometo a sacarlos a ustedes del mal paso -dijo el abogado-. Habrá una lucha terrible, pero yo emplearé en ella todo lo que soy, y ustedes me deberán otro gran favor.
-¡Oh, sí! -dijo Rogron.
A las once y media, el abogado tenía plenos poderes para el contrato y para la marcha del proceso. A mediodía, el presidente recibió una demanda de Vinet contra Brigaut y la señora viuda de Lorrain por haber arrancado a una menor del domicilio de su tutor. De esta manera, el audaz Vinet se colocaba en actitud de agresor y colocaba a Rogron en la de un hombre irreprochable. En ese sentido habló en el Palacio de Justicia. El presidente dejó para las cuatro el oír a las partes. Es inútil decir hasta qué punto estaba la ciudad de Provins soliviantada con aquellos acontecimientos. El presidente sabía que a las tres habría terminado la consulta de los médicos y quería que el tutor subrogado se presentase, en nombre de la abuela, con el dictamen. El anuncio del casamiento de Rogron con la bella Betilda de Chargebœuf y de las concesiones que Silvia hacía en el contrato enajenó súbitamente dos personas a los Rogron: la señorita Habert y el coronel, que vieron sus respectivas esperanzas fallidas. Celeste Habert y el coronel permanecieron ostensiblemente unidos a los Rogron, pero sólo para perjudicarlos con más seguridad. Así, en cuanto el señor Martener reveló la existencia de un tumor en la cabeza de la pobre víctima de los merceros, Celeste y el coronel hablaron del golpe que Petrilla se había dado la noche en que Silvia la obligó a marcharse del salón, y recordaron las crueles y bárbaras exclamaciones de la señorita Rogron. Refirieron las pruebas de insensibilidad que había dado la solterona ante los dolores de su pupila. De esta suerte, los amigos de la casa, aparentando defender a Silvia y a su hermano, dejaron sentadas las cosas graves que habían ocurrido en la casa. Vinet había previsto esta tempestad; pero ya la fortuna de los Rogron iba a ser para la señorita de Chargebœuf, y él se prometía verla habitar, dentro de unas semanas, la hermosa finca de la plaza y reinar con ella en Provins, porque ya meditaba aliarse con los Breautey para el logro de sus ambiciones. Desde el mediodía hasta las cuatro de la tarde, todas las mujeres del partido de Tiphaine, las Garceland, las Guépin, las Julliard, Galardon, Guénée y la subprefecta mandaron por noticias de la señorita Lorrain. Petrilla ignoraba en absoluto el ruido que sus desgracias habían armado en la ciudad. En medio de sus grandes sufrimientos, experimentaba una dicha inefable viéndose entre su abuela y Brigaut, los objetos de su cariño. Brigaut tenía constantemente los ojos llenos de lágrimas y la abuela acariciaba a su nieta. No hay que decir que la abuela, en su conversación con los tres hombres de ciencia, no omitió ninguno de los detalles que había obtenido de Petrilla sobre su estancia en casa de los Rogron. Horacio Bianchon expresó su indignación en términos vehementes. Espantado de semejante barbarie, exigió que fuesen llamados los demás médicos de la ciudad; de modo que Neraud fue convocado y se le invitó, como amigo de Rogron, a contradecir, si había lugar, las terribles conclusiones de la consulta, que, desgraciadamente para los Rogron, fue redactada con unanimidad. Neraud, a quien ya se inculpaba de haber hecho morir de pena a la otra abuela de Petrilla, se encontraba en una posición falsa, de lo cual se aprovechó el avisado Martener, encantado de aniquilar a los Rogron y de comprometer a aquel señor Neraud, su antagonista. Es inútil reproducir el texto de la consulta, que constituyó una de las piezas del proceso. Si los términos de la medicina de Molière eran bárbaros, los de la medicina moderna tienen la ventaja de ser tan claros que la explicación de la enfermedad de Petrilla, aunque natural y desgraciadamente común, dañaría los oídos.
La consulta era, por lo demás, resolución perentoria, que el nombre del célebre Horacio Bianchon autorizaba. Terminada la audiencia, el presidente permaneció en su sitial al ver a la abuela de Petrilla, acompañada del señor Auffray, de Brigaut y de un público numeroso. Vinet estaba solo. Este contraste impresionó al público, al cual se unieron muchos curiosos. Vinet, que conservaba puesta la toga, elevó hacia el presidente su rostro frío, asegurándose en los verdes ojos las antiparras. Luego, con su voz débil y monótona, expuso que gente extraña se había introducido, con nocturnidad, en casa del señor y la señorita Rogron y había arrebatado de allí a la menor Lorrain. El tutor debía mantener su derecho y reclamaba su pupila. El señor Auffray se levantó, como protutor, y pidió, la palabra.
-Si el señor presidente -dijo- quiere enterarse de este dictamen, emanado de uno de los médicos más sabios de París y de todos los médicos y cirujanos de Provins, comprenderá hasta qué punto es insensata la reclamación del señor Rogron y cuán graves eran los motivos que indujeron a la abuela de la menor a arrebatársela inmediatamente a sus verdugos. He aquí los hechos: un dictamen, suscrito unánimemente por un ilustre médico de París, llamado a toda prisa, y por todos los médicos de esta ciudad, atribuye el estado casi mortal en que se halla la menor a los malos tratamientos que le han hecho sufrir el señor y la señorita de Rogron. El consejo de familia será convocado, en derecho, en el plazo más breve y consultado sobre la cuestión de si el tutor debe ser destituido de su tutela. Nosotros pedimos que la menor no vuelva al domicilio de su tutor y sea confiada al miembro de la familia que el señor presidente quiera designar. Vinet quiso replicar, y dijo que se le debía comunicar el dictamen médico, para discutirle.
-No será comunicado al señor Vinet -dijo con severidad el presidente-, pero sí al fiscal de Su Majestad. Está oída la causa.
El presidente escribió al margen de la demanda la disposición siguiente:
«Considerando que de un dictamen emitido por unanimidad por los médicos de esta ciudad y por el doctor Bianchon, miembro de la Facultad de Medicina de París, resulta que la menor Lorrain, reclamada por Rogron, su tutor, se encuentra enferma de extrema gravedad a consecuencia de los malos tratamientos y de las sevicias ejercidos sobre ella en el domicilio del tutor, y por la hermana del mismo,
»Nos, presidente del Tribunal de primera instancia de Provins,
»Resolviendo la demanda, ordenamos que, hasta la deliberación del consejo de familia, que según la declaración del protutor será convocado, la menor no sea reintegrada al domicilio tutelar y sí transferida a la casa del protutor;
»Subsidiariamente, teniendo en cuenta el estado en que se halla la menor y las señales de violencia que, según el dictamen de los médicos, existen en su persona, designamos al médico director y al cirujano-jefe del hospital de Provins para visitarla; y en el caso en que la sevicia sea comprobada, queda reservada la acción del Ministerio público, sin perjuicio del procedimiento civil emprendido por el señor Auffray, protutor.»
Esta terrible disposición fue leída por el presidente Tiphaine en voz alta y clara.
-¿Y por qué no enviarlos en seguida a galeras? -dijo Vinet-. ¡Y todo este ruido por una chiquilla que andaba en amoríos con un aprendiz de carpintero! Si el asunto sigue así -exclamó insolentemente, pediremos otros jueces, por motivos de recusación legítima.
Vinet salió del Palacio de Justicia y visitó a las personas principales de su partido para explicarles la situación de Rogron, que jamás había dado ni un papirotazo a su prima y en quien el Tribunal -dijo- no veía al tutor de Petrilla, sino al principal elector de Provins.
Según él, los Tiphaine armaban mucho ruido para nada. La montaña pariría un ratón. Silvia, mujer eminentemente prudente y religiosa, había descubierto unos amoríos entre la pupila de su hermano y el chico de un carpintero, un bretón llamado Brigaut. Este pillastre sabía muy bien que la muchacha iba a heredar una fortuna de su abuela, y quería seducirla -¡Vinet se atrevía a hablar de seducción!- La señorita Rogron, que poseía cartas en las cuales resplandecía la perversidad de la chiquilla, no era tan censurable como querían dar a entender los Tiphaine. Pero si Silvia había cometido alguna violencia para apoderarse de una carta, lo cual, por otra parte, estaba justificado por la irritación que le había causado la testarudez de la bretona, ¿de qué se podía culpar a Rogron?
El abogado hizo del proceso una cuestión de partido y supo darle color político. Desde aquella noche hubo divergencias en la opinión pública.
-El que no oye más que una campana, no conoce más que un son -decían las personas prudentes-. ¿Han oído ustedes a Vinet? Pues explica muy bien las cosas.
Se consideró inhabitable para Petrilla la casa de Frappier, porque el ruido produciría a la enferma dolores de cabeza. Tanto médicamente como judicialmente era necesario el traslado de la niña a casa del protutor. El traslado se hizo con precauciones inauditas, calculadas para producir un gran efecto. Se la colocó en una camilla con colchón que conducían dos hombres y junto a la cual iba una enfermera con un frasco de éter en la mano; seguían la abuela, Brigaut y la señora de Auffray con su doncella. En las puertas y en los balcones había gente que presenciaba el paso del cortejo. Verdaderamente, el estado en que se encontraba Petrilla, su blancura de moribunda, todo daba ventajas inmensas al partido contrario de los Rogron. Los Auffray procuraron demostrar a toda la ciudad cuánta razón había tenido el presidente para dictar su disposición. Petrilla y su abuela fueron instaladas en el segundo piso de la casa del señor Auffray. El notario y su mujer les prodigaron los cuidados de la más generosa hospitalidad; emplearon en ello hasta lujo.
Petrilla tuvo a su abuela por enfermera, y el señor Martener fue a visitarla con el cirujano aquella misma tarde.
Desde aquella noche empezaron las exageraciones por una y otra parte. El salón de los Rogron se vio lleno. Vinet había hecho lo posible entre sus partidarios para conseguirlo. Las dos señoras de Chargebœuf comieron con los Rogron, porque aquella misma noche se iba a firmar el contrato. Por la mañana había Vinet anunciado los avisos legales en la Alcaldía. Dijo que el asunto de Petrilla era una miseria. Si el Tribunal de Provins lo resolvía apasionadamente, otro Tribunal más alto sabría apreciar los hechos -decía él -, y los Auffray se mirarían mucho antes de meterse en un proceso semejante. La alianza de los Rogron con los Chargebœuf influyó enormemente en algunas gentes, para quienes los Rogron estaban limpios como la nieve y Petrilla era una chiquilla excesivamente perversa, una serpiente que los Rogron habían abrigado en su seno. En el salón de los Tiphaine, se tomaba venganza de las horribles maledicencias que el partido de Vinet venía propalando desde hacía dos años; los Rogron eran unos monstruos, y el tutor iría al banquillo. Para los de la plaza, Petrilla iba muy bien; para los de la ciudad alta, se moría irremisiblemente; para los de casa de Rogron, tenía unos arañazos en la muñeca; para los de casa de Tiphaine, tenía los dedos destrozados y le iban a cortar uno. Al día siguiente, El Correo de Provins publicaba un artículo extremadamente hábil, bien escrito, una obra maestra de insinuaciones mezcladas en consideraciones judiciales y en el que se eximía ya a Rogron de responsabilidad. La Colmena, que se publicaba dos días después, no podía contestar sin caer en la difamación; pero dijo que, en un asunto como aquél, lo mejor era dejar que la justicia siguiera su curso.
El consejo de familia fue formado por el juez de paz del cantón de Provins, como presidente legal; los Rogron y los Auffray, como parientes más próximos, y el señor Ciprey, sobrino de la abuela materna de Petrilla. Como adjuntos figuraron el señor Habert, confesor de Petrilla, y el coronel Gouraud, que siempre se había hecho pasar por camarada del comandante Lorrain. Se aplaudió mucho la imparcialidad del juez de paz, que incluía en el consejo de familia al señor Habert y al coronel, a quienes todo el mundo creía muy amigos de los Rogron. Dada la gravedad de la circunstancia en que se hallaba, Rogron pidió la asistencia del abogado Vinet al consejo de familia. Por medio de aquella maniobra, evidentemente aconsejada por Vinet, Rogron consiguió que el consejo de familia no se reuniese hasta fines de diciembre. Para entonces, el presidente y su mujer vivían en París, a consecuencia de la convocatoria de las Cámaras, de modo que el partido ministerial se encontró sin jefe. Vinet había ya preparado sordamente al señor Desfondrilles, juez de instrucción, para el caso en que el asunto fuese a lo correccional o a lo criminal, como el presidente había intentado. Durante tres horas defendió Vinet el asunto ante el consejo de familia; estableció unos amoríos entre Petrilla y Brigaut, a fin de justificar la severidad de la señorita Rogron; demostró que el tutor había procedido lógicamente al dejar a su pupila bajo el gobierno de una mujer; sostuvo la no participación de su cliente en la manera como había entendido Silvia la educación de Petrilla. A pesar de los esfuerzos de Vinet, el consejo acordó por unanimidad quitar a Rogron la tutela. Se nombró tutor al señor Auffray y protutor al señor Ciprey. El consejo de familia oyó a Adela, la sirvienta, que acusó a sus antiguos amos; a la señorita Habert, que contó las crueles frases pronunciadas por Silvia la noche en que Petrilla se dio el tremendo golpe, que oyeron todos, y la observación que había hecho sobre la salud de Petrilla la señora de Chargebœuf. Brigaut adujo la carta que había recibido de Petrilla y que probaba la inocencia de los dos. Se demostró que el deplorable estado en que la menor se hallaba era consecuencia del descuido de su tutor, responsable de todo lo concerniente a su pupila. La enfermedad de Petrilla había impresionado a todo el mundo, incluso a las personas de la ciudad ajenas a la familia. Se mantuvo, pues, contra Rogron la acusación de sevicia. El asunto iba a hacerse público.
Aconsejado por Vinet, Rogron se opuso a que el Tribunal homologase el acuerdo del consejo de familia. El Ministerio público intervino teniendo en cuenta la creciente gravedad del estado patológico en que se encontraba Petrilla Lorrain. El curioso proceso no se vio hasta marzo de 1828.
Ya para entonces se había celebrado el casamiento de Rogron con la señorita de Chargebœuf. Silvia habitaba el segundo piso de la casa, donde se habían hecho arreglos para alojarla, y con ella la señora de Chargebœuf, porque el primer piso se destinó entero a la señora de Rogron. La hermosa señora de Rogron sucedió desde entonces a la hermosa señora de Tiphaine. La influencia del matrimonio fue enorme. Ya no se iba al salón de la señorita Silvia, sino al de la hermosa señora de Rogron.
Sostenido por su madre política, y apoyado por los banqueros Du Tillet y Nucingen, el presidente Tiphaine tuvo ocasión de prestar servicios al ministerio; fue uno de los oradores más estimados del centro; le hicieron juez del Tribunal de primera instancia del Sena, y consiguió que su sobrino Lesourd fuese nombrado presidente del Tribunal de Provins. Aquel nombramiento molestó mucho al juez Desfondrilles, siempre arqueólogo y más suplente que nunca. El ministro de Justicia colocó a uno de sus protegidos en el puesto de Lesourd. El ascenso de Tiphaine, no produjo, pues, ninguno entre el personal del Tribunal de Provins. Vinet aprovechó muy hábilmente esta circunstancia. Siempre había dicho a las gentes de Provins que estaban sirviendo de escabel a las grandezas de la astuta señora de Tiphaine. El presidente engañaba a sus amigos. La señora de Tiphaine despreciaba in petto a la ciudad de Provins y no volvería nunca a ella. El padre del señor Tiphaine murió; su hijo heredó las tierras del Fay y vendió su hermosa casa de la ciudad alta al señor Julliard. Esta venta demostró que no pensaba volver a Provins. Vinet tuvo razón. Vinet había sido profeta. Estos sucesos ejercieron gran influencia en el proceso relativo a la tutela de Rogron.
Así, el espantoso martirio infligido brutalmente a Petrilla por dos imbéciles tiranos y que ponía al señor Martener, con anuencia del doctor Bianchon, en el caso de proceder a la horrible operación del trépano; aquel tremendo drama, reducido a las proporciones judiciales, caía en el inmundo lodazal que en el Palacio de Justicia llaman la forma. El proceso se arrastraba de aplazamiento en aplazamiento, entre las sutiles e inextricables mallas del procedimiento, detenido por las trabas de un abogado odioso, en tanto que Petrilla, calumniada, languidecía y sufría los dolores más espantosos que conoce la Medicina. ¿No era necesario que explicáramos aquellos singulares cambios de la opinión pública y la lenta marcha de la justicia antes de volver a la estancia en que Petrilla vivía, en que Petrilla moría?