"Mr. Punch's" Book of Arms

Chapter 11

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No preguntó más y se retiró, dejando a Petrilla aterrorizada por aquella clemencia. En vez de estallar, Silvia había repentinamente decidido sorprender al coronel y a Petrilla, apoderarse de sus cartas y confundir a los dos amantes que la engañaban. Petrilla, inspirada por el peligro que lo amenazaba, se cosió las cartas al forro del corsé, cubriéndolas con un retazo de indiana.

Allí acabaron los amores de Petrilla y Brigaut.

Petrilla se alegró mucho de la resolución de su amigo, porque las sospechas de Silvia se desvanecerían cuando no encontrasen de qué alimentarse. En efecto, Silvia pasó tres noches en pie, y durante tres veladas estuvo espiando al inocente coronel, sin ver ni en el cuarto de Petrilla, ni en la casa, ni fuera de la casa nada que delatase la inteligencia de los dos. Envió a Petrilla a confesar, y aprovechó aquel momento para registrarlo todo en la habitación de la niña, con el hábito y la perspicacia de los espías y de los guardas de consumos de las afueras de París. No encontró nada. Su furor llegó al apogeo de los sentimientos humanos. Si hubiera estado allí Petrilla, es seguro que la habría pegado. Para una mujer de su temple, los celos eran más una ocupación que un sentimiento; vivía, sentía latirle el corazón, experimentaba emociones que hasta entonces no había conocido; el más ligero movimiento la desvelaba; escuchaba los ruidos más leves; observaba a Petrilla con una preocupación sombría.

-¡Esta miserable me matará! -decía.

Las severidades de Silvia para con su prima llegaron a la más refinada crueldad y empeoraron el deplorable estado en que Petrilla se encontraba. La pobre niña tenía todos los días fiebre y sus dolores de cabeza se hicieron intolerables. Al cabo de ocho días, los visitantes de los Rogron pudieron ver su rostro tan dolorido, que, a no impedírselo la crueldad de sus intereses, habrían tenido compasión; pero el médico Neraud, aconsejado quizá por Vinet, estuvo una semana sin ir. El coronel, sabiendo que inspiraba sospechas, temió comprometer su matrimonio si mostraba el menor interés por Petrilla. Betilda explicaba el cambio de la niña atribuyéndolo a una crisis prevista, natural y sin peligro. Al fin, un domingo por la noche, estando Petrilla en el salón, lleno a la sazón de gente, no pudo resistir tantos dolores y se desmayó. El coronel fue el primero que lo vio; fue a cogerla en brazos y la llevó a un sofá.

-Lo ha hecho adrede -dijo Silvia, mirando a la señorita Habert y a los que jugaban con ella.

-Le aseguro a usted que su prima está muy mala.

-En los brazos de usted se encontraba muy bien -dijo Silvia al coronel con una horrible sonrisa.

-El coronel tiene razón -dijo la señora de Chargebœuf-; debe usted llamar a un médico. Esta mañana, al salir de la iglesia, todo el mundo hablaba del estado de la señorita Lorrain, que es visible.

-Me muero -dijo Petrilla.

Desfondrilles llamó a Silvia y le dijo que desabrochara el vestido de su prima. Silvia acudió, diciendo:

-¡Son jeremiadas!

Desabrochó el vestido y, cuando iba a aflojar el corsé, Petrilla encontró fuerzas sobrehumanas y se incorporó, exclamando:

-¡No, no! Iré a acostarme.

Silvia había palpado el corsé y había notado los papeles. Dejó que Petrilla se marchara y dijo:

-Y ahora, ¿qué dicen ustedes de su enfermedad? Son farsas. Ustedes no pueden figurarse la perversidad de esta niña.

Cuando terminó la velada, retuvo a Vinet. Estaba furiosa, y quería vengarse. Estuvo grosera con el coronel cuando la saludó para despedirse. El coronel lanzó a Vinet una mirada profundamente amenazadora, como si le señalase en el vientre el sitio en que le iba a poner una bala. Silvia rogó a Vinet que se quedase. Cuando estuvieron solos, le dijo:

-¡Jamás en mi vida me casaré con el coronel!

-Ahora que ha tomado usted esa resolución, puedo hablar. El coronel es amigo mío, pero yo lo soy de ustedes más que de él; Rogron me ha prestado servicios que no olvidaré nunca. Soy tan buen amigo como implacable enemigo. Una vez en la Cámara, se verá hasta dónde soy capaz de llegar, y Rogron será recaudador general, hecho por mí... Pues bien: ¡júreme que nunca revelará nuestra conversación!

Silvia hizo un signo afirmativo.

-Ante todo, ese valiente coronel es más jugador que las mismas cartas.

-¡Ah! -dijo Silvia.

-A no ser por las dificultades que esa pasión le ha creado, tal vez sería mariscal de Francia -prosiguió el abogado-. Así, devoraría la fortuna de usted. Pero es un hombre de mucho fondo. No crea usted que los esposos tienen o no tienen hijos a su arbitrio. Los hijos los da Dios, y usted sabe lo que le ocurriría si los tuviese. No; si quiere usted casarse, espere a que yo sea diputado y podrá usted hacerlo con ese anciano Desfondrilles, que será presidente del Tribunal. Para vengarse, case usted a su hermano con la señorita de Chargebœuf; yo me encargo de obtener su consentimiento; ella tendrá dos mil francos de renta y emparentarán ustedes con los Chargebœuf como yo. Créame usted: los Chargebœuf nos tendrán un día por primos.

-Gouraud quiere a Petrilla -fue la respuesta de Silvia.

-Es muy capaz -repuso Vinet-, y es también capaz de casarse con ella cuando usted muera.

-Un bonito cálculo -dijo ella.

-Se lo he dicho a usted: es un hombre astuto, como el diablo. Case usted a su hermano, anunciando que va usted a permanecer soltera para dejar su fortuna a sus sobrinos o sobrinas; así casa usted de un golpe a Gouraud y a Petrilla y verá usted la cara que pone él.

-¡Ah, es verdad! -exclamó la solterona-. ¡Ya son míos! Ella irá a un almacén y se quedará sin nada. No tiene un céntimo. Que haga lo que nosotros: ¡que trabaje!

Vinet se marchó, después de haber metido sus planes en la cabeza de la solterona, cuya testarudez conocía. Silvia acabaría por creer que el plan era invención suya. Vinet encontró en la plaza al coronel, que le esperaba fumando un cigarro.

-¡Alto! -dijo Gouraud-. Usted me ha derrumbado, pero en mis ruinas hay bastantes piedras para enterrarle a usted.

-¡Coronel!

-¡No hay coronel que valga! Voy a ponerme frente a usted. Ante todo, no será usted diputado.

-¡Coronel!

-Dispongo de diez votos, y la elección depende de...

-Pero, coronel, escúcheme ¿No hay más en el mundo que esa vieja de Silvia? He intentado justificarle a usted; está usted acusado de escribir a Petrilla; Silvia le ha visto a usted salir de casa a media noche para ponerse debajo de sus ventanas.

-¡Bonita invención!

-Va a casar a su hermano con Betilda y dejará su fortuna a sus sobrinos.

-Pero ¿tendrá hijos Rogron?

-Sí -dijo Vinet-. Pero le prometo a usted buscarle una mujer joven y agradable con ciento cincuenta mil francos. ¿Está usted loco? ¿Podemos enfadarnos nosotros? Las cosas, bien a mi pesar, se han vuelto contra usted; pero usted no me conoce.

-Bueno -replicó el coronel-, hay que conocerse. Cáseme usted con una mujer de cincuenta mil escudos antes de las elecciones, y si no, hemos terminado. No me gusta la gente de mal dormir, y usted se ha llevado para sí toda la manta. Buenas noches.

-Ya verá usted -dijo Vinet, estrechando la mano al coronel afectuosamente.

A eso de la una, los tres gritos claros y distintos de un mochuelo resonaron en la plaza. Petrilla los oyó entre su sueño febril, se levantó sudorosa, abrió la ventana, vio a Brigaut y le arrojó un ovillo de seda, al cual ató una carta. Silvia, agitada por los acontecimientos de la noche y por sus indecisiones, no dormía. Creyó que se trataba efectivamente de un mochuelo.

-¡Pájaro de mal agüero!... Pero, ¡hola! ¡Petrilla se levanta! ¿Qué le ocurre?

Y como oyera abrir la ventana de la guardilla, corrió precipitadamente a su balcón y oyó el roce del papel de Brigaut a lo largo de sus persianas. Se ató los cordones de la camisa y subió rápidamente al cuarto de Petrilla, a quien encontró desatando la carta.

-¡Ah, están ustedes cogidos! -exclamó la solterona, yendo a la ventana y viendo a Brigaut, que escapaba a todo correr. Va usted a darme esa carta.

-No, prima -dijo Petrilla, que en una de esas inmensas inspiraciones de la juventud y sostenida por su alma, se elevó hasta la grandeza de resistencia que admiramos en la historia de algunos pueblos entregados a la desesperación.

-¡Ah! ¿No quiere usted? -exclamó Silvia, avanzando hacia su prima y mostrándole su horrible máscara, llena de odio y gesticulante de furor.

Petrilla retrocedió apretando la carta en la mano, que cerraba con una fuerza invencible. Al ver aquello, Silvia agarró con sus manos, como pinzas de langosta la delicada, la blanca mano de Petrilla y quiso abrírsela. Fue un combate terrible, un combate infame, como todo lo que atenta al pensamiento, único tesoro que Dios pone fuera de todo poder y conserva como sagrado lazo entre Él y los desgraciados. Aquellas dos mujeres, moribunda la una y la otra llena de vigor, se miraron fijamente. Los ojos de Petrilla lanzaban a su verdugo la mirada del templario que recibía en el pecho los golpes de péndulo, en presencia de Felipe el Bello, que no pudo sostener aquel rayo terrible y huyó enloquecido. Silvia, mujer y celosa, respondió a aquella mirada magnética con relámpagos siniestros. Reinaba un horrible silencio. Los dedos apretados de la bretona oponían a las tentativas de su prima una resistencia igual a la de un bloque de acero. Silvia torturaba el brazo de Petrilla y se esforzaba por abrirle los dedos; y como no lo conseguía, le clavaba inútilmente las uñas en la carne. Por fin, arrebatada por la rabia, se llevó aquel puño a la boca para morder los dedos y vencer a Petrilla por el dolor. Petrilla seguía arriesgándose a todo con la terrible mirada de la inocencia. El furor de la solterona aumentó hasta tal punto, que la cegó; cogió el brazo de Petrilla y se puso a golpear el puño contra el marco de la ventana, contra el mármol de la chimenea, como cuando se quiere cascar una nuez para obtener el fruto.

-¡Socorro! ¡Socorro! -gritó Petrilla- ¡Me matan!

-¡Ah, gritas, y te he cogido con un amante en medio de la noche!

Y golpeaba sin piedad.

-¡Socorro! -gritó Petrilla, que tenía el puño ensangrentado.

En aquel instante sonaron violentos golpes en la puerta. Igualmente agotadas, las dos primas se detuvieron.

Rogron, que se había despertado, inquieto, sin saber lo que sucedía, se levantó, corrió a la habitación de su hermana y no la vio; tuvo miedo, bajó, y fue casi derribado por Brigaut, a quien seguía una especie de fantasma. En el mismo momento, los ojos de Silvia vieron el corsé de Petrilla; recordó que había palpado papeles en él; saltó sobre él como un tigre sobre su presa; se rodeó con el corsé el puño y se lo mostró a Petrilla, sonriendo, como un piel roja sonríe a su enemigo antes de arrancarle la piel del cráneo.

-¡Ah, me muero! -dijo Petrilla cayendo de rodillas- ¿Quién me salvará?

-¡Yo! -exclamó una mujer de cabellos blancos, en la cual vio Petrilla una vieja cara apergaminada, donde brillaban dos ojos grises.

-¡Ah, abuela! Llegas demasiado tarde -exclamó la pobre niña, deshaciéndose en llanto.

Petrilla se dejó caer en el lecho, sin fuerzas, aniquilada por el abatimiento que sigue, en un enfermo, a una lucha tan violenta. El descarnado fantasma cogió a Petrilla en brazos, como las nodrizas cogen a los niños, y salió con Brigaut, sin decir a Silvia una palabra, pero lanzándole, con una mirada trágica, la más majestuosa acusación. La aparición de la augusta anciana, con su traje bretón, encapuchonada con su cofia, que es una especie de pelliza de paño negro, acompañada del terrible Brigaut, espantó a Silvia: creyó haber visto a la muerte. La solterona bajó, oyó que la puerta se cerraba y se encontró cara a cara con su hermano, que le dijo:

-¿No te han matado?

-Acuéstate -dijo Silvia-. Mañana por la mañana veremos lo que hay que hacer.

Se volvió a la cama, descosió el corsé y leyó las dos cartas de Brigaut, que la dejaron confundida. Se durmió en medio de la más extraña perplejidad, convencida de que su conducta había de tener terribles resultados.

Las cartas enviadas por Brigaut a la señora viuda de Lorrain la habían encontrado llena de inefable alegría, que su lectura turbó. La pobre septuagenaria padecía de no tener a Petrilla a su lado y se consolaba de haberla perdido creyendo haberse sacrificado al interés de su nieta. Tenía uno de esos corazones siempre jóvenes que sostienen y animan la idea del sacrificio. Su anciano esposo, cuya única alegría consistía en la nieta, había echado mucho de menos a Petrilla; la buscaba todos los días en su derredor. La marcha de la niña fue para él uno de esos dolores de que los viejos acaban por morir. Cualquiera puede imaginar la felicidad de la pobre vieja, confinada en un asilo, cuando se enteró de una de esas acciones raras que todavía ocurren en Francia. Después de sus desastres, Francisco José Collinet, jefe de la Casa Collinet, marchó a América con sus hijos. Tenía demasiado corazón para vivir en Nantes arruinado y sin crédito y rodeado de las desgracias que su quiebra había causado. De 1814 a 1824, el animoso negociante, con la ayuda de sus hijos y de su cajero, que le siguió fielmente y le facilitó los primeros fondos, empezó valerosamente a hacer otra fortuna.

Al cabo de inauditos trabajos, coronados por el éxito, volvió, once años más tarde, a buscar su rehabilitación en Nantes, dejando a su hijo mayor al frente de la casa transatlántica. Encontró a la señora Lorrain, de Pen-Höel, en San Jacobo y fue testigo de la resignación con que la más desventurada de sus víctimas soportaba la miseria.

-Dios le perdone a usted -le dijo la vieja-, ya que, encontrándome casi al borde de la sepultura, me da usted los medios de asegurar la dicha de mi nieta. ¡Pero a mi pobre marido no podré rehabilitarle nunca!

El señor Collinet llevaba a su acreedora el capital y los intereses según la tasación comercial: unos cuarenta y dos mil francos. Sus otros acreedores, comerciantes activos, ricos, inteligentes, se habían sostenido, mientras que la desgracia de los Lorrain le pareció irremediable al viejo Collinet, que prometió a la viuda rehabilitar la memoria de su marido, puesto que sólo se trataba de otros cuarenta mil francos. Cuando la Bolsa de Nantes conoció aquel rasgo de generosidad reparadora, quiso admitir en su seno a Collinet, sin esperar la sentencia del Tribunal de Rennes; pero el negociante rehusó aquel honor y se sometió a los rigores del Código de Comercio. La señora de Lorrain había, pues, recibido cuarenta y dos mil francos la víspera del día en que el correo le llevó las cartas de Brigaut. Al dar a Collinet el recibo, sus primeras palabras fueron:

-¡Podré, pues, vivir con mi Petrilla y la casaré con ese pobre Brigaut, que hará fortuna con mi dinero!

No podía estar tranquila; iba de un lado para otro; quería marchar a Provins. Así es que, al recibir las fatales cartas, se echó a la calle como una loca, buscando los medios de ir a Provins con la rapidez del relámpago. Marchó en el correo, cuando le explicaron la celeridad gubernamental de aquel coche. En París tomó el coche de Troyes; a las once y media había llegado a casa del señor Frappier, donde Brigaut, al ver la sombría desesperación de la anciana bretona, le prometió llevarle en seguida su nieta, explicándole en pocas palabras el estado de la niña. Estas pocas palabras asustaron tanto a la abuela, que no pudo vencer su impaciencia y corrió a la Plaza. Cuando Petrilla gritó, aquel grito hirió a la bretona, como a Brigaut, en el corazón. Habrían despertado a toda la ciudad si Rogron, temeroso, no les hubiera abierto. Aquel grito de la joven en plena angustia dio a la abuela súbitamente tanta fuerza como espanto; llevó a su amada Petrilla a casa del señor Frappier, cuya mujer había arreglado aceleradamente la habitación de Brigaut para la abuela de Petrilla. En aquella pobre casa, en una cama medio deshecha, fue depositada la enferma, que en seguida se desvaneció, conservando todavía el puño cerrado, lacerado, sangrante, clavadas las uñas en la carne. Brigaut, Frappier, su mujer y la anciana contemplaron a Petrilla en silencio, presos todos de un asombro indecible.

-¿Por qué tiene la mano ensangrentada? -fue la primera palabra de la abuela.

Petrilla, vencida por el sueño que sigue a los grandes esfuerzos, y sabiendo que estaba libre de toda violencia, abrió la mano. La carta de Brigaut apareció como una respuesta.

-Le han querido quitar mi carta -dijo Brigaut, cayendo de rodillas y recogiendo las frases que había escrito para decir a su amiguita que saliese callando de la casa de los Rogron.

Besó piadosamente la mano de aquella mártir.

Ocurrió entonces algo que hizo temblar a los carpinteros, y fue que vieron a la anciana Lorrain, espectro sublime, en pie a la cabecera de su niña.

El terror y la venganza derramaban su expresión fulgurante por los miles de arrugas que surcaban su piel de amarillento marfil. Aquella frente, cubierta de ralos cabellos grises, expresaba la cólera divina. Con ese poder de intuición que tienen los viejos cuando están cerca de la tumba, leía toda la vida de Petrilla, en la cual, además, había pensado durante todo el viaje. Adivinó la enfermedad que amenazaba de muerte a su niña querida. Dos gruesas lágrimas, trabajosamente nacidas de sus ojos blancos y grises, de los cuales habían las penas arrancado pestañas y cejas, dos perlas de dolor se formaron, dándoles una espantosa frescura, se hincharon y rodaron por las descarnadas mejillas sin mojarlas.

-¡Me la han matado! -dijo al fin, juntando las manos.

Cayó de rodillas, haciendo con ellas un ruido seco en el piso, y se puso, sin duda, a hacer una promesa a Santa Ana de Auray, la más poderosa de las Vírgenes de Bretaña.

-¡Un médico de París! -dijo a Brigaut-. ¡Corre, Brigaut, corre!

Cogió al artesano por los hombros y le hizo andar con un gesto de mando despótico.

-Yo iba a venir, Brigaut -exclamó volviéndole a llamar-. Mira: soy rica.

Desanudó el cordón que unía en el pecho los dos lados de su corpiño, sacó un papel, en el cual estaban envueltos cuarenta y dos billetes de Banco, y dijo:

-¡Toma lo que necesites! Trae el mejor médico de París.

-Guarde eso -dijo Frappier-; ahora no puede cambiar un billete; yo tengo dinero. La diligencia va a pasar y encontrará un sitio en ella; pero antes, ¿no sería mejor consultar al señor Martener, que nos indicaría un médico de París? Tenemos tiempo, porque la diligencia aun tardará una hora.

Brigaut fue a despertar al señor Martener y le trajo consigo; el médico no se sorprendió poco de saber que la señorita Lorrain estaba en casa de los Frappier. Brigaut le explicó la escena que acababa de ocurrir en casa de los Rogron. La charla de un amante desesperado dio a conocer al médico aquel drama doméstico, pero sin que pudiera sospechar su horror ni su trascendencia. Martener dio a Brigaut la dirección del célebre Horacio Bianchon, y Brigaut partió con su maestro en busca de la diligencia, cuyo ruido se oía ya. El señor Martener se sentó; examinó primero las equimosis y las heridas de la mano, que colgaba por fuera del lecho.

-¡Estas heridas no se las ha hecho ella! -dijo.

-No; la horrible mujer a quien yo tuve la desgracia de confiarla la asesinaba -dijo la abuela-.

Mi pobre Petrilla gritaba: «¡Socorro! ¡Me muero!» de un modo que habría enternecido el corazón de un verdugo.

Pero ¿por qué? -dijo el médico, tomando el pulso a Petrilla-. Está muy enferma -añadió, acercando a la cama una luz-. ¡Ah! Difícilmente la salvaremos -prosiguió, después de examinar el rostro-. Ha debido de sufrir mucho, y no me explico cómo no la han cuidado.

-Yo pienso -dijo la abuela- acudir a la justicia. Unas personas que me pidieron mi nieta por carta diciéndose ricas, con doce mil libras de renta, ¿tenían el derecho de convertirla en cocinera y obligarla a hacer trabajos superiores a sus fuerzas?

-No han querido ver la enfermedad más visible a que las jóvenes están expuestas y que exige los mayores cuidados -exclamó el señor Martener.

Petrilla se despertó, a causa de la luz con que la señora de Frappier alumbraba su cara y de los horribles sufrimientos que la reacción moral de su lucha lo producía en la cabeza.

-¡Ah, señor Martener, qué mala estoy! -dijo con su delicada vocecita.

-¿Dónde le duele a usted, amiguita? -dijo el médico.

-Aquí -dijo ella, poniéndose un dedo en la cabeza, por encima de la oreja izquierda.

-¡Un tumor! -exclamó el médico, después de palpar despacio la cabeza y de preguntar a Petrilla sobre sus dolores-. Tiene usted que decírnoslo todo, hija mía, para que podamos curarla. ¿Por qué tiene usted así la mano? Usted no se ha hecho tales heridas.

Petrilla refirió candorosamente su combate con su prima Silvia.

-Hágala usted hablar -dijo el médico a la abuela- y entérese bien de todo. Yo esperaré a que llegue el médico de París, y él y yo nos reuniremos en consulta con el cirujano-jefe del hospital. Me parece muy grave todo esto. Voy a encargar que traigan una poción calmante, que dará usted a la señorita para que duerma; necesita dormir.

Cuando se quedó sola con su nieta, la anciana bretona le hizo revelarlo todo, empleando el ascendiente que sobre ella tenía, diciéndole que era lo bastante rica para los tres y prometiéndole que Brigaut se quedaría con ellas. La pobre criatura confesó su martirio, sin adivinar que iba a dar ocasión a un proceso. Las monstruosidades de aquellos dos seres sin corazón, ignorantes de lo que es familia, descubrían a la vieja mundos de dolor tan extraños a su manera de pensar como podían serlo las costumbres de las razas salvajes de las costumbres de los primeros viajeros que penetraron en las sabanas de América.

La llegada de su abuela y la certidumbre de que en lo sucesivo estaría con ella, y rica, adormecieron el pensamiento de Petrilla como la poción adormecía su cuerpo. La anciana bretona veló a su nieta besándole la frente, los cabellos y las manos, como las santas mujeres debieron de besar a Jesús al colocarle en el sepulcro.

A las nueve de la mañana el señor Martener fue en busca del presidente, a quien contó la escena de la noche anterior entre Silvia y Petrilla, y luego las torturas morales y físicas, las sevicias de todo género que los Rogron habían infligido a su pupila, y las dos enfermedades mortales que a consecuencia de aquellos tratamientos se habían apoderado de la joven. El presidente llamó al notario Auffray, uno de los parientes de Petrilla por la línea materna.