"Mr. Punch's" Book of Arms

Chapter 10

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Rogron miró los tizones y guardó silencio. En aquel momento entró la señorita Habert, seguida del coronel. Celeste Habert, convertida en el enemigo común, no contaba más que con Silvia; pero todos le prodigaban tantas más atenciones y cortesías cuanto más le minaban el terreno. Así, estaba indecisa entre aquellas pruebas de interés y la desconfianza que su hermano procuraba despertar en ella. El vicario, aunque alejado del teatro de la guerra, lo adivinaba todo. Cuando comprendió que las esperanzas de su hermana estaban muertas, se transformó en uno de los más terribles antagonistas de los Rogron. Todo el mundo se figurará a la señorita Habert con decir que, aunque fuese dueña y archidueña de un colegio, siempre parecería una institutriz. Las institutrices tienen una manera peculiar de ponerse el gorro. Así como las inglesas viejas han adquirido el monopolio de los sombreros de turbante, las institutrices tienen el de estos gorros; las flores que los adornan son más que artificiales; como los tienen mucho tiempo en los armarios, son siempre nuevos y siempre viejos, incluso el primer día. La felicidad de estas mujeres consiste en imitar a los maniquíes de los pintores; se sientan sobre las caderas más que sobre la silla. Cuando se las habla giran en bloque sobre el busto en vez de volver simplemente la cabeza; y cuando crujen sus vestidos está uno a punto de creer que los resortes de sus mecanismos han chirriado. La señorita Habert, ideal de este género de mujeres, tenía los ojos severos, la boca arrugada, y bajo su barbilla, surcada también de arrugas, las bridas del gorro, fláccidas y ajadas, iban y venían siguiendo sus movimientos. Tenía un pequeño adorno: dos limares, grandes y obscuros, poblados de pelos, que dejaba crecer como clemátides desmelenadas. Por último, tomaba rapé y lo tomaba sin gracia. Se pusieron al trabajo del boston. Silvia tenía enfrente a la señorita Habert, y el coronel se puso a su lado, frente a la señora de Chargebœuf. Betilda permaneció cerca de su madre y de Rogron. Silvia colocó a Petrilla entre ella y el coronel. Rogron desplegó la otra mesa de juego, por si iban Neraud, Cournant y su mujer. Vinet y Betilda sabían jugar al whist, que es a lo que jugaban los señores de Cournant. Desde que aquellas señoras de Chargebœuf, como decía la gente de Provins, iban a casa de los Rogron, brillaban en la chimenea las dos lámparas, entre los candelabros y el reloj, y las mesas estaban alumbradas con bujías de a cuarenta sueldos la libra, pagadas, por supuesto, con las ganancias del juego.

-Vamos, Petrilla, coge tu labor, hija mía -dijo Silvia a su prima con pérfida dulzura, viéndola mirar el juego del coronel.

En público afectaba siempre tratar muy bien a Petrilla. Aquella infame farsa irritaba a la leal bretona y le hacía despreciar a su prima. Petrilla cogió su bordado; pero, mientras daba puntadas, no dejaba de mirar el juego del coronel. Gouraud no parecía darse cuenta de que hubiese una jovenzuela a su lado. Silvia lo observaba, y aquella indiferencia comenzaba a parecerle excesivemente sospechosa. Hubo un momento durante la velada en que Silvia emprendió una importante jugada. El cestillo estaba lleno de fichas y contenía además veintisiete sueldos. Habían llegado los Cournant y los Neraud. El viejo juez suplente Desfondrilles, a quien el ministerio de Justicia encomendaba funciones de juez de instrucción, considerándole con la capacidad de un juez, pero a quien no se reconocía talento en cuanto pretendía ser juez de plantilla y que desde hacía dos meses se había separado del partido de los Tiphaine para unirse al de Vinet, estaba ante la chimenea, de espaldas al juego y con los faldones de la levita levantados. Contemplaba aquel magnífico salón, en el que brillaba la señorita de Chargebœuf, porque parecía que aquella decoración roja había sido hecha expresamente para realzar su belleza admirable. Reinaba el silencio; Petrilla miraba jugar la puesta reunida en el cestillo, y la atención de Silvia había sido absorbida por el interés de la jugada.

-Juegue usted ésa -dijo Petrilla al coronel indicándole una carta.

El coronel inició una jugada de oros y logró el as.

-No es legal la jugada. Petrilla ha visto mi juego y el coronel se ha dejado guiar por ella.

-Pero, señorita -dijo Celeste Habert-, el juego del coronel era ése.

Desfondrilles sonreía viendo la escena. Era un hombre agudo y que había acabado por encontrar divertida la pugna de intereses que había en Provins, donde representaba el papel de Rigaudin en la Casa de lotería, de Picard.

-Ese era el juego del coronel -dijo Cournant, sin saber de qué se trataba.

Silvia lanzó a la señorita Habert una de esas miradas de solterona a solterona, atroz y falsa.

-Petrilla, usted ha visto mi juego -dijo clavando los ojos en su prima.

-No, prima.

-Yo miraba a todos -dijo el juez arqueólogo y puedo certificar que la pequeña no ha visto más que el juego del coronel.

-¡Bah! -dijo Gouraud, espantado-. Las niñas saben mirar a todas partes con disimulo.

-¡Ah! -dijo Silvia.

-Sí -añadió Gouraud-, ha podido mirar el juego de usted para hacer una picardigüela. ¿No es así, hermosa niña?

-No -dijo la leal bretona-; soy incapaz de eso; y en tal caso me habría interesado por el juego de mi prima.

-Demasiado sabe usted que es una embustera, y además una estúpida -dijo Silvia-. Después de lo ocurrido esta mañana, ¿cómo se puede dar crédito a sus palabras? Es usted una...

Petrilla no dejó que su prima terminara en su presencia lo que iba a decir. Adivinando un torrente de injurias, se levantó, salió del salón sin luz y subió a su cuarto. Silvia se puso pálida de rabia y murmuró entre dientes.

-Me las pagará.

-¿Paga usted la puesta? -dijo la señora de Chargebœuf.

En aquel momento, la pobre Petrilla se dio un golpe en la frente con la puerta del corredor, que el juez había dejado abierta.

-¡Bien! ¡Bien hecho! -exclamó Silvia.

-¿Qué le ha sucedido? -preguntó Desfondrilles.

-Nada que no merezca -respondió Silvia.

-Ha debido de hacerse daño -dijo la señorita Habert.

Silvia intentó no pagar la puesta, levantándose para ir a ver lo que había ocurrido; pero la señora de Chargebœuf la detuvo.

-Pague usted primero -dijo riéndose-, porque al volver ya no se acordará usted de nada.

Esta proposición, fundada en la mala fe que la ex mercera ponía en sus deudas de juego y en sus embrollos, obtuvo el asentimiento general. Silvia volvió a sentarse; no se pensó más en Petrilla, y aquella indiferencia no le chocó a nadie. Durante toda la noche, Silvia tuvo una preocupación constante. Cuando terminó el boston, cerca de las nueve y media, se sumió en una poltrona, junto a la chimenea, y no se levantó ya más que para despedir a los contertulios. El coronel la torturaba; no sabía qué pensar de él.

«¡Los hombres son tan falsos!», dijo mientras se dormía.

Petrilla se había dado un golpe terrible con la puerta, contra la cual chocó su cabeza, a la altura de la oreja, en que las jóvenes se apartan los cabellos para hacerse los rizos. Al día siguiente se vio fuertes cardenales.

-Dios la ha castigado a usted -le dijo su prima a la hora del desayuno-; me ha desobedecido usted; me ha faltado al respeto que me debe no escuchándome y dejándome con la palabra en la boca; no tiene usted sino lo que merece.

-Sin embargo -dijo Rogron-, habrá que ponerle una compresa de agua y sal.

-¡Bah! No será nada, primo -dijo Petrilla.

La pobre niña creía haber encontrado una prueba de interés en la observación de su tutor.

La semana acabó como había empezado: entre continuos tormentos. Silvia llegó a hacerse ingeniosa, y llevó los refinamientos de su tiranía hasta los extremos más salvajes. Los illineses, los pieles rojas, los mohicanos habrían podido aprender en ella. Petrilla no se atrevió a quejarse de vagos sufrimientos, de dolores que sentía en la cabeza. El origen del descontento de su prima era el no haberle revelado lo de Brigaut, y, con una testarudez muy bretona, Petrilla se obstinaba en guardar un silencio bastante explicable. Cualquiera comprenderá ahora cuál fue la mirada que la niña echó a Brigaut, a quien creía perdido para ella si le descubrían y al cual, por instinto, quería tener cerca de sí, considerándose dichosa con saber que estaba en Provins. ¡Qué alegría para ella la de ver a Brigaut! Le miró como el desterrado mira de lejos a su patria; con la mirada del mártir que dirige al cielo sus ojos videntes, capaces de penetrar en él durante el suplicio. La última mirada de Petrilla fue tan perfectamente comprendida por el hijo del comandante, que mientras acepillaba las tablas o abría el compás para tomar medidas y ajustar las maderas, se derretía los sesos buscando el modo de ponerse en relación con ella. Brigaut acabó por armar una maquinación de excesiva simplicidad. A cierta hora de la noche, Petrilla le echaría una carta atada al extremo de una cuerda. En medio de los horribles sufrimientos que causaba a Petrilla su doble enfermedad -un tumor que se la estaba formando en la cabeza y el desarreglo de su constitución-, se sentía sostenida por el pensamiento de establecer comunicación con Brigaut. Un mismo deseo agitaba aquellos dos corazones. ¡Separados, se entendían! A cada golpe recibido en el corazón, a cada dolor que experimentaba en la cabeza, Petrilla se decía: «¡Brigaut está aquí!» Y ya sufría sin quejarse.

El primer día de mercado que siguió a su primer encuentro en la iglesia, Brigaut acechó a su amiguita. Aunque la vio temblorosa y pálida, como una hoja de noviembre próxima a caer de la rama, no perdió la cabeza; se puso a comprar frutas a la misma vendedora que proveía a la terrible Silvia, y deslizó una carta en las manos de Petrilla con toda naturalidad, bromeando sobre el género y con el aplomo del más taimado, como si no hubiera hecho nunca otra cosa; tanta sangre fría puso en su acción, a pesar de la sangre caliente que silbaba en sus oídos y le salía hirviendo del corazón, destrozándole las venas y las arterias. Por fuera tuvo la resolución de un forzado veterano, y por dentro los temblores de la inocencia, absolutamente como algunas madres en sus crisis mortales cuando se ven entre dos peligros, entre dos precipicios. Petrilla sufrió los mismos vértigos que Brigaut; cogió el papel y lo guardó, apretándolo en su mano, en el bolsillo del delantal. Las rosetas de sus pómulos se pusieron al rojo cereza de loa fuegos violentos. Ambos niños experimentaron, sin darse cuenta, sensaciones bastantes a mantener diez amores vulgares. Aquel momento les dejó en el alma un vivo manantial de emociones. Silvia, que no conocía el acento bretón, no podía ver en Brigaut un enamorado, y Petrilla regresó a casa con su tesoro.

Las cartas de los dos pobres niños habían de servir de piezas de convicción en un horrible debate judicial, porque sin estas fatales circunstancias nunca habrían sido conocidas. He aquí lo que Petrilla leyó aquella noche en su cuarto:

«Mi querida Petrilla: A media noche, a la hora en que todos duermen, pero en la que yo velaré por ti, estaré todos las noches al pie de la ventana de la cocina. Puedes echar por la tuya una cuerda suficientemente larga para que llegue hasta mí, lo cual no hará ruido, y atarás a ella lo que tengas que escribirme. Yo te contestaré por el mismo medio. Sé que ellos te han enseñado a leer y escribir, esos miserables parientes que debían hacerte tanto bien y te hacen tanto mal. ¡Tú, Petrilla, la hija de un coronel muerto por Francia, reducida por esos monstruos a servirles en la cocina!... ¡Ahí han ido a parar tus lindos colorea y tu hermosa salud! ¿Qué ha sido de mi Petrilla? ¿Qué han hecho de ella? Bien veo que no estás a gusto. ¡Oh, Petrilla! Volvámonos a Bretaña. Yo puedo ganar allí para darte todo lo que necesites; podrás tener tres francos diarios, porque yo gano cuatro o cinco y con treinta sueldos me basta. ¡Ah, Petrilla, cómo he rogado a Dios por ti desde que he vuelto a verte! Le he pedido que me dé todos tus sufrimientos y deje para ti todas las alegrías. ¿Qué haces tú con esos que te retienen a su lado? Tu abuela es más que ellos. Esos Rogron son venenosos; te han robado la alegría. Tu manera de andar por Provins no es la misma con que andabas por Bretaña. ¡Volvamos a Bretaña! Yo estoy aquí para servirte, para hacer lo que mandes, y tú me dirás lo que quieres. Si necesitas dinero, tengo para nosotros sesenta escudos; tendré el dolor de mandártelos por la cuerda en vez de besar con respeto tus queridas manos al ponerlos en ellas. ¡Ah! Ya hace mucho tiempo, querida Petrilla, que el azul del cielo se ha enturbiado para mí. No he tenido dos horas de placer desde que te dejé en aquella maldita diligencia, y cuando te volví a ver como una sombra, la bruja de tu parienta turbó nuestra felicidad. En fin, tendremos el consuelo, todos los domingos, de rogar a Dios juntos y tal vez así nos oiga mejor. Hasta luego, Petrilla, hasta la noche.»

La carta conmovió de tal modo a Petrilla, que estuvo más de una hora releyéndola y mirándola, pero pensó con dolor que no tenía con qué escribir. Emprendió, pues, el difícil viaje de su guardilla al comedor, donde podría hallar tinta, una pluma, papel, y logró realizarle sin despertar a su terrible prima. Momentos antes de la media noche tenía ya escrita esta carta, que fue también citada en el proceso:

«Amigo mío, ¡oh, sí!, amigo mío, porque nadie me quiere más que tú y mi abuela. Que Dios me lo perdone, pero sois también las dos únicas personas a quien quiero, tanto a la una como a la otra, ni más ni menos. Era yo demasiado pequeña para haber podido conocer a mi mamaíta; pero a ti, Santiago, a mi abuela y también a mi abuelo -Dios le tenga en el cielo, porque sufrió mucho con su ruina, que era la mía-, en fin, a los dos que habéis quedado os quiero tanto como desgraciada soy. Así, para que supieráis cuánto os quiero sería necesario que supieseis cuánto sufro; y no quiero que lo sepáis: os daría demasiada pena! ¡Se me habla como no hablamos nosotros a los perros! ¡Se me trata como la última de las últimas! Yo me complazco en examinarme ante Dios y no veo que les haya hecho ningún daño. Antes que tú me cantases la canción de las casadas, yo reconocía en mis dolores la bondad de Dios, porque como le pedía que me llevase de este mundo y me sentía muy mala, me decía: «¡Dios me oye!» Pero puesto que está aquí, Brigaut, quiero que nos vayamos a Bretaña, a reunirnos con mi abuela, que me quiere, aunque ellos la acusan de haberme robado ocho mil francos. ¿Puedo yo tener ocho mil francos, Brigaut? Si son míos, ¿podrías tú hacerte cargo de ellos? Pero son mentiras. Si tuviésemos ocho mil francos no estaría mi abuela en San Jacobo. No he querido turbar los últimos días de esa santa mujer contándole mis tormentos; la harían morir. ¡Ah, si ella supiera que hacen lavar la vajilla a su nieta, ella que me decía: «Deja eso, bonita mía», cuando en sus horas de desgracia quería yo ayudarla... «Deja, deja eso, hermosa mía, que te vas a estropear tus lindas manecitas.» ¡Ah! ¡Bonitas tengo ahora las uñas! Muchas veces no puedo llevar el cesto de la compra, que me sierra el brazo al volver del mercado. Sin embargo, no creo que mis primos sean malos; es su manía de reñir siempre. Y, según parece, no puedo dejarlos.

Mi primo es tutor mío. Un día que quise escaparme porque sufría demasiado, y se lo dije, mi prima Silvia me dijo que me perseguirían los gendarmes, que la ley ayudaba a mi tutor; y yo he comprendido bien que los primos no reemplazan a nuestro padre y a nuestra madre, como los santos no reemplazan a Dios. ¿Qué quieres, mi pobre Santiago, que haga con tu dinero? Guárdale para nuestro viaje. ¡Oh, cómo pensaba en ti y en Pen-Höel y en nuestro gran estanque! Allí tuvimos nuestras últimas dichas; últimas, porque me parece que voy mal. ¡Estoy muy enferma, Santiago! Siento en la cabeza dolores agudísimos, y en los huesos, en la espalda y en los riñones no sé qué tengo que me mata; no tengo apetito más que para comer suciedades: raíces, hojas; me gusta el olor de los papeles impresos. Hay momentos en que lloraría si estuviese sola, porque no me dejan hacer nada a mi gusto y ni para llorar me dan permiso. Tengo que esconderme para ofrecer mis lágrimas al que nos ha dado esto que llamamos nuestras aflicciones. ¿No es Él quien te inspiró la buena idea de venir a cantar bajo mis ventanas la canción de las casadas? ¡Ah, Santiago! Mi prima, que te oyó, dijo que yo tenía un novio. Si quieres ser mi novio, ayúdame; te prometo quererte siempre como hasta ahora y ser tu servidora fiel.

»PETRILLA LORRAIN

Me querrás siempre, ¿verdad?»

La bretona había cogido en la cocina una corteza de pan, que agujereó para incrustar en ella la carta y dar aplomo a la cuerda. A media noche, después de abrir la ventana con excesivas precauciones, echó la carta y el pan, que no podía hacer ningún ruido al chocar con la pared o con las persianas. Sintió que Brigaut tiraba de la cuerda, la rompía y se alejaba depués a pasos de lobo. Cuando llegó al centro de la plaza, Petrilla pudo verle confusamente a la luz de las estrellas; él la contemplaba a la luz reflejada por la bujía. Los dos niños permanecieron así durente una hora. Petrilla le hacía señas para que se marchase; él echaba a andar; ella se quedaba quieta; él volvía a su sitio, y Petrilla lo volvía a mandar que saliese de la plaza. Varias veces se repitieron estas maniobras, hasta que Petrilla cerró la ventana, se acostó y apagó la vela. Ya en el lecho, se durmió feliz, aunque sufría: tenía la carta de Brigaut bajo la almohada. Durmió como duermen los perseguidos, con un sueño embellecido por los ángeles; ese sueño envuelto en atmósferas de azul y oro llenas de los divinos arabescos que entrevió y pintó Rafael.

La naturaleza moral tenía tanto imperio en aquella naturaleza física, que a la mañana siguiente Petrilla se levantó alegre y ligera como una alondra, radiante y feliz. Un cambio tal no podía escaparse a los ojos de su prima, que en aquella ocasión, en vez de gruñir, se puso a observar con la atención de una urraca. «¿De dónde le viene tanta dicha?», fue un pensamiento de celos y no de tiranía. Si el coronel no la hubiera tenido preocupada, habría dicho a Petrilla como otras veces: «¡Es usted muy turbulenta o muy despreocupada de lo que se le dice!» La solterona resolvió espiar a Petrilla como las solteronas saben espiar. Aquel día fue sombrío y mudo como el momento que precede a la tempestad.

-¿Ya no está usted enferma, señorita? -dijo Silvia en la comida-. ¡Cuando yo te decía que todo eso lo hacía para atormentarnos! -exclamó dirigiéndose a su hermano, sin esperar la respuesta de Petrilla.

-Al contrario, prima, tengo así como fiebre...

-¿Fiebre de qué? Está usted alegre como un pinzón. ¿Tal vez ha vuelto usted a ver a alguien?

Petrilla se estremeció y bajó los ojos al plato.

-¡Tartufa! -exclamó Silvia-. ¡Con catorce años y qué aptitudes tiene ya! ¡Va usted a ser una desgraciada!

-No sé qué quiere usted decirme -repuso Petrilla, alzando a su prima los hermosos ojos castaños llenos de luz.

-Hoy -dijo Silvia- se quedará usted en el comedor trabajando, con una vela. Está usted demasiado en el salón y no quiero que me mire usted el juego para aconsejar a sus favoritos.

Petrilla no pestañeó.

-¡Disimulada! -exclamó Silvia, saliendo del comedor.

Rogron, que no comprendía las palabras de su hermana, dijo a Petrilla.

-Pero ¿qué os sucede a las dos? Procura complacer a tu prima, Petrilla; es muy indulgente, muy dulce, y si se pone de mal humor contigo seguramente has hecho algo malo. ¿Por qué disputáis? A mí me gusta vivir tranquilo. Fíjate en la señorita Betilda. Debías tomarla por modelo.

Petrilla podía soportarlo todo porque Brigaut había de ir, sin duda, a media noche a llevarle su respuesta; y aquella esperanza era su premio. ¡Pero ya estaba gastando sus últimas fuerzas! No durmió; estuvo en pie, oyendo dar las horas en los relojes y temiendo hacer ruido. Por fin dieron las doce; abrió suavemente la ventana y echó una cuerda que había hecho atando varios cabos. Oyó los pasos de Brigaut, retiró la cuerda y leyó la carta siguiente, que la colmó de alegría:

«Mi querida Petrilla: Si sufres tanto, no te canses esperándome. Me oirás gritar como gritan los chuanes. Afortunadamente, mi padre me enseñó a imitar su grito. Gritaré, pues, tres veces, y así sabrás que estoy abajo y que tienes que echarme la cuerda; pero no vendré hasta dentro de unos días. Espero darte una buena noticia. ¡Oh, Petrilla! ¡Morir! Pero ¿piensas en eso? Todo mi corazón ha temblado; sólo de pensarlo he creído que era yo quien se moría. No, Petrilla mía, no morirás; vivirás feliz, y bien pronto estarás libre de tus perseguidores. Si no lograse lo que intento para salvarte, iría a hablar a la justicia y diría a la faz del cielo y de la tierra cómo te tratan tus indignos parientes. Estoy seguro de que sólo te quedan unos días de padecer. ¡Ten paciencia, Petrilla! Brigaut vela por ti como cuando íbamos a patinar por el estanque y te retiré de aquel gran agujero donde estuvimos a punto de morir los dos. Adiós, mi querida Petrilla; dentro de unos días seremos felices, si Dios quiere. ¡Ay! No quiero decirte la única cosa que se opondría a nuestra reunión. ¡Pero Dios nos quiere! Dentro de unos días, por tanto, podré ver a mi amada Petrilla en libertad, sin preocupaciones, sin que me impidan mirarte, porque tengo mucha hambre de verte, ¡oh, Petrilla! ¡Petrilla que se digna quererme y me lo dice! Sí, Petrilla, seré tu novio, pero cuando haya ganado la fortuna que mereces; hasta entonces no quiero ser para ti más que un abnegado servidor de cuya vida puedes disponer. Adiós.

»SANTIAGO BRIGAUT.»

Véase ahora lo que el hijo del comandante no decía a Petrilla. Brigaut había escrito la siguiente carta a la señora de Lorrain, a Nantes:

«Señora Lorrain: Su nieta va a morir, aniquilada por los malos tratamientos, si usted no viene a reclamarla; me ha costado trabajo reconocerla, y para que pueda usted por sí misma formar juicio, le envío adjunta la carta que he recibido de Petrilla. Aquí se dice que se ha apoderado usted de la fortuna de su nieta y usted debe defenderse de esta acusación. Si puede, venga en seguida; todavía podemos ser dichosos, mientras que más tarde encontrará usted a Petrilla muerta.

Soy, con todo respeto, su afectísimo servidor,

»SANTIAGO BRIGAUT.

»Casa del señor Frappier, carpintero. Calle Mayor Provins.»

Brigaut temía que la abuela de Petrilla hubiese muerto.

Aunque la carta del que ella, en su inocencia, llamaba su novio fuese casi un enigma para la bretona, creyó en ella con toda su fe virginal. Su corazón experimentó la sensación que experimentan los viajeros del desierto cuando distinguen a lo lejos un pozo rodeado de palmeras. Dentro de pocos días iba a cesar su desventura; Brigaut se lo decía. Durmió tranquila con la promesa de su amigo de la infancia y, sin embargo, al juntar la segunda carta con la primera tuvo un triste pensamiento, tristemente expresado.

«¡Pobre Brigaut -se dijo-. No sabe en qué cepo he metido los pies.»

Silvia había oído a Petrilla; había también oído los pasos de Brigaut debajo de su ventana. Se levantó, se precipitó a examinar la plaza a través de las persianas y vio, a la luz de la Luna, un hombre que se alejaba hacia la casa donde vivía el coronel, y ante la cual se estacionó Brigaut. La solterona abrió muy suavemente la puerta, subió, se quedó estupefacta al ver luz en el cuarto de Petrilla, miró por el ojo de la cerradura y no pudo ver nada.

-Petrilla -dijo-, ¿está usted mala?

-No, prima -respondió Petrilla sorprendida.

-Entonces, ¿por qué tiene usted luz a media noche? Abra usted. Necesito saber lo que hace.

Petrilla fue a abrir con los pies descalzos, y su prima vio la cuerda, que Petrilla, no temiendo ser sorprendida, se había olvidado de guardar. Silvia se apresuró a cogerla.

-¿Para qué le sirve a usted esto?

-Para nada, prima.

-¿Para nada? Bueno. ¡Siempre mintiendo! Por ese camino no irá usted al paraíso. Vuélvase a acostar; tiene usted frío.